lunes, 4 de abril de 2016

1/4 de siglo

Pues sí ya ha llegado el día que mucha gente espera durante todo el año y otra mucha intenta evitar o incluso ocultar para que nadie se dé cuenta: hoy es mi cumpleaños. Y no es un cumpleaños cualquiera ya que llego a una cifra redonda. Hoy es mi vigesimoquinto cumpleaños. Un cuarto de siglo ya. Dicho así parece que no es mucho pero si uno se para a pensar en todo lo que en 25 años puede ocurrir en la vida de una persona, es para echarse atrás y reflexionar sobre el asunto. En 25 años pueden ocurrir tantísimas cosas como para que a cualquiera que se considere y esté objetivamente cuerdo se le nuble la vista ante semejante cantidad de años vividos. Es fácil decir eso de que llevo vivido un cuarto de siglo; podría decir también que ya he consumido un cuarto de mi vida pero no me atrevo a decir eso porque sobre la vida nada se puede decir con seguridad, y vivir cien años es algo en lo que me da mucha pereza pensar, es quizá mucha vida por vivir.

Hoy está siendo un día como el que se supone que fue el día en que vine al mundo y mi llanto se oyó por primera vez entre la humanidad en la ya inexistente antigua maternidad de O’Donell del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Aquel, según me han contado mis padres y abuelos, fue un día terriblemente lluvioso y gris, quizá también frío aunque ese dato no lo tengo confirmado, supongo que el que hiciera frío o calor importaba más bien poco cuando los cuerpos y conciencias de mi familia estaba más a verme venir al mundo. Fue un día casi premeditado ya que a mi madre la ingresaron el 3 de abril, mismo día que moría uno de mis escritores preferidos Graham Greene, y el parto estaba más que planeado para que se realizara por cesárea, ya que venía de nalgas sentado cual Buda observante. Luego aquel 4 de abril de 1991 no fue un día ni de carreras ni de sobresaltos ni de nervios acuciantes por una repentina rotura de aguas. Ya se sabía que iba a venir al mundo.

A pesar de que el día oficial de mi cumpleaños es hoy ha sido este fin de semana cuando he realizado las celebraciones correspondientes. Además bastante mal día está siendo ya hoy como para que encima tuviera que celebrar hoy mi cumpleaños de manera oficial con familia y/o amigos. No digo que no me gustaría, ya que de hecho sí que haría ilusión que hoy hubiera alguna sorpresa, sobre todo de amigos, ya que de la familia ya me las puedo oler. Pero por suerte o por desgracia hoy me toca trabajar. Esta es una diferencia fundamental ya que es el primer cumpleaños que me pilla levantando el país, trabajando por España para sacar adelante nuestra gran nación (nótese en esta frase un muy fina y poco sutil ironía). Llegaré a mi casa hoy sobre las seis y media de la tarde, estaré apenas tres minutos en ella y saldrá para la academia de inglés para seguir con mi rutina diaria de lunes desde hace un par de meses.

No puedo negar que me gustaría que hoy alguien decidiera darme una sorpresa a la salida del trabajo o de la academia, pero sé que no va a pasar. Puede que de hecho no pase porque dé la impresión de que soy una persona a la que eso no le gusta. Sin embargo no puedo saber si me gusta o no porque nunca me ha pasado. Pero no me ha pasado porque por norma general mi cumpleaños siempre ha caído en fechas muy próximas a la Semana Santa y por tanto difícil para celebrar sobre todo con amigos. Pero este año no ha sido así con lo que podría dar lugar a este tipo de sorpresas, lo único que estoy trabajando y por tanto esto no va a pasar, no ya por esto sino porque no tengo tampoco demasiados amigos que puedan hacerlo. Y tampoco pareja luego me tengo que conformar, cosa que en el fondo tampoco está mal, con la felicitación de mis padres y abuelos y tíos a lo largo del día. Un día gris, lluvioso y totalmente asqueroso.

Hoy me toca estar en el trabajo y celebrarlo al menos con mis compañeros, que no amigos, que tengo aquí y con los que compartiré unos pasteles que he comprado para tomarlos en la cafetería de la zona noble de mi escuela (llamada así no porque la gente que allí va tenga algo de noble, sino por las paredes forradas de lo que parece madera). La celebración oficial y principal ya se celebró el sábado en Almagro. ¡Almagro! Sí en ese lugar de la Mancha de cuyo nombre sí que quiero acordarme ya que es allí y no en otro lugar donde tengo parte de mis raíces. En ese pueblo de la Mancha nación mi abuela paterna y a apenas tres kilómetros mi abuelo también por parte de padre. Luego poniéndonos exquisitos tengo un 50% de sangre manchega y por tanto no puedo olvidar esa tierra regada por un sol inclemente en verano.

A Almagro fui con tres amigos, dos de los cuales son pareja, a los que quiero más de lo que la sociedad suele ver bien confesar aunque a mí eso sinceramente me da igual, ya que la amistad es eso querer a otras personas por muy diferentes sean a nosotros mismos y por muchas y casi irreconciliables diferencias se hayan podido tener en momentos pasados. El primer año de carrera, cuando toda mi vida a nivel personal cambió celebré el cumpleaños en el Burguer King de la Puerta del Sol de Madrid con únicamente dos amigos (uno de ellos estuvo el sábado también en Almagro, para que otros digan…). En cuarto de carrera si no recuerdo mal llegué a celebrarlo con casi diez personas. Espejismos baratos, ilusiones de mercadillo, oasis en medio del desierto que dan confianza a un nómada que no sabe dónde va.

Hay quien podría decir que celebrar un cumpleaños con tan poca gente es algo triste. Sé que no soy Vargas Llosa, pero tampoco pretendo serlo. No tengo muchos amigos y prefiero que sea así mil veces a encontrarme piedras en el camino que me hagan tropezar y no ver bien qué es lo que hay delante. Los que estuvieron en Almagro son aquellas personas a las que quiero; personas que han seguido manteniendo el contacto periódicamente no excusándose ni en su trabajo ni en ninguna falta de tecnología para hacerlo. De hecho no tengo whatsapp, y ni falta que me hace. El tener ese programita del demonio lo único que genera son ilusiones de amistades. Sólo ante la ausencias de whatsapp uno se da cuenta de quien vale la pena y quien no porque por móvil todo es mucho más sencillo. No tengo whatsapp pero sí móvil y en mis cuentas en redes sociales hay información suficiente como para contactar con migo si alguien quiere.

Eso no me preocupa. El día pasado en Almagro ha sido extraordinario. No lo hubiera cambiado por nada del mundo. Nada. Lo pasé en grande y creo que mis amigos también, o al menos fingieron lo suficientemente bien como para hacerme creer que lo pasaron bien. Sé que no fingieron y que también lo disfrutaron aunque probablemente cuando oyeron la idea de ir a Almagro por mi cumpleaños ninguno sabría con seguridad donde estaba ese lugar de la Mancha y pensaron que me habría vuelto totalmente loco de remate. En el futuro, en los cumpleaños que tengan que venir, si puedo y ojalá que pueda, celebraré mi cumpleaños como lo he hecho este fin de semana, es decir, yendo con mis amigos a pasar un fin de semana a alguna de las ciudades históricas de España, siempre a mi cuenta, ya que mucho tendría que cambiar la cosa como para que mi cumpleaños lo pueda celebrar con mi pareja, si es que en algún momento me echo pareja.

Pero el fin de semana ya ha pasado. Hoy es el día de mi cumpleaños y de momento sólo he recibido felicitaciones de mis padres y compañeros del trabajo. Hoy me toca trabajar, bueno “trabajar”, ya que desde que he vuelto de la Semana Santa no he hecho absolutamente nada, pero nada de nada de nada. Es más incluso me siento mal por estar en el despacho del trabajo haciendo que trabajo porque en realidad no tengo nada que hacer. Me gustaría trabajar, de verdad, estar toda la jornada laboral haciendo cosas pero no es así. Es agobiante. No sé cómo puede haber gente a la que le guste estar en el trabajo sin hacer nadad, tocándose las narices, mirando las musarañas y encima recibiendo un salario por ello. Pero hoy no me voy a quejar por no trabajar. Prefiero que sea así. En el fondo es mi cumpleaños. Es más creo que el día del cumpleaños de uno debería ser festivo para esa personas y su familia más cercana; tengo la convicción de que así se ganaría en productividad e ilusión. Es una mera idea.

Hoy cumplo 25 años. Una cifra redonda y perfecta para celebrar por todo lo alto, pero no va a ser así. No es que no me hiciera ilusión sino que no puedo hacer una celebración por todo lo alto, primero por ser lunes y segundo porque tampoco tendría muchos invitados a los que agasajar en una fiesta y de los que recibir regalo (aunque esto último no es algo que me importe mucho la verdad). Hoy me toca ver llover desde la ventana de mi despacho en la universidad. Y lo que se dice ver, vero poco ya que aparte de la lluvia, la mañana también ha amanecido con niebla, una niebla rara y misteriosa, una niebla que me gusta ya que me recuerda a Londres, ciudad que este año me gustaría volver a visitar para conmemorar el 10º aniversario de mi primer viaje a la capital del Imperio Británico. Llueve mucho. Me encanta ver llover por la ventana. Lo que ya no me encanta tanto es haber tardado una hora en llegar al trabajo. La lluvia en Madrid hace que los inútiles cojan el coche y no sepan conducir.

Hoy también puede ser el día de las desilusiones. Espero algunas llamadas y si éstas no se producen pues quizá me hagan pensar algunas cosas. Sé que esto es egoísta por mi parte, pero es lo que hay. No voy a recibir la llamada de mi pareja, ni la sorpresa que me tenga preparada, porque no hay pareja que pueda hacer dichas cosas. Tampoco tengo tantísimos amigos que vayan a colapsar mi móvil con llamadas, o mi correo electrónico, o mis redes sociales. De hecho de toda la gente que conozco sólo una mínima parte se acordará de mi cumpleaños y me felicitará. De la mayoría me dará igual, ya que sinceramente me importan más bien poco, pero hay otro grupo del que si no se produce la felicitación la echaré en falta la verdad.

Pero bueno este año, este día prefiero dejar a un lado todo aquello que hoy 4 de abril no se va a producir y centrarme en aquello que sí va a pasar y de hecho ya está pasando. A medio día invito a mis compañeros a pasteles. Por la tarde cuando llegue a mi casa sobre las nueve de la noche quizá haya alguna celebración, aunque poca porque mañana se trabaja y se va al colegio y al instituto. Llamarán mis abuelos, tíos y primos; y espero que también lo hagan los amigos a los que quiero de verdad, esos que vinieron, y se dejaron convencer para ello, a Almagro, una de las cunas del teatro clásico español.

Cuando dentro de 365 días se acabe este primer cuarto de siglo de vida, solo me quedará por soñar con ver otros dos cuartos más al menos. Eso no se puede ni tan siquiera pensar: no está en nuestras manos, ni tan siquiera en la de los médicos o la ciencia, sino en las del destino. Lo que sí que sé es que a partir del año que viene no será ya un joven, o bueno sí lo seré pero caminaré irremediablemente ya hacia la edad adulta, esa en la que la juventud no es más que un recuerdo del pasado, en muchos casos lejano ya. En un libro también leí hace ya un tiempo que una vez cumplidos los 25 no se puede culpar a nadie de lo que nos pase, ya que las decisiones a partir de esa fecha nos corresponder únicamente a nosotros de manera individual. Ya no tengo excusa para si hay algo que quiera cambiar en mi vida no hacerlo, no podré ya echar más balones fuera.

Hoy cumplo 25, un cuarto de siglo que se me ha pasado como si fuera simplemente una hora aburrida. No creo que los próximos 25 años se pasen tan rápidamente y estén tan llenos de emociones y situaciones diferentes, de personas que vayan y vengan, que pasen en definitiva, por mi vida, como estos primero 25.

Para acabar me gustaría agradecer por estos 25 años a mis padres y familia por hacérmelos vivir tan intensamente. Y de manera especial también me apetece agradecer a Carlos, Noe y Pablo (por orden alfabético para que nadie se me moleste, aunque no creo que lo fueran a hacer) su compañía en Almagro para celebrar esta fecha tan señalada. A todos los demás, los que me vayan a felicitar, como a los que no, os deseo que paséis un buen día.

Caronte.

domingo, 27 de marzo de 2016

Una Pascua algo extraña

Esta Semana Santa está siendo algo diferente a las que hasta ahora he vivido. Tampoco excesivamente, es verdad, pero sí lo suficiente como para que los pequeños matices que la están diferenciando de otras se hagan notar. De primeras esta Semana de Pasión estoy trabajando, no es que esté trabajando los días principales de celebración religiosa/festiva/vacacional, sino que estoy trabajando en general. De hecho esta semana por el tipo de trabajo que tengo estoy de vacaciones. Es lo que tiene trabajar en la Universidad, que cuando llegan las vacaciones escolares/universitarias no se trabaja demasiado (aunque esto de no trabajar demasiado no es que sea solo en época vacacional, ya que un día normal en el trabajo me cuesta mucho encontrar algo que hacer para matar el tiempo). Pero estoy trabajando y esa es una diferencia fundamental.

Otra diferencia de esta Pascua es que un poco más y cae en invierno. Esto es común para todo el mundo, no es una diferencia o matiz que me ataña solamente a mí. Pero no es menor, ya que todas las procesiones salen casi de noche, por lo menos en Madrid. Es probable que en otras ciudades mucho más pías y por tanto menos pecadoras que la comunista y pro URSS Madrid, gobernada por los rojos desde el pasado mes de mayo cuando se desalojó de la alcaldía a los herederos del régimen que llevaban acaparando el poder absoluto de la villa desde hace un cuarto de siglo, las procesiones salgan a cualquier hora del día. Sin ir más lejos en Sevilla, la catolicísima y muy creyente capital andaluza, tienen procesiones a todas horas, todos los días de la semana desde el fin de semana del domingo de ramos hasta el de resurrección.

Yo no soy una persona excesivamente creyente, o mejor dicho religiosa, no me gusta que nadie me diga cómo me tengo que comportar para ir al cielo, al paraíso, para disfrutar de la vida eterna. Es más no creo en nada más allá que nuestra estancia temporal y mal aprovechada en la Tierra. Es aquí donde debemos disfrutar de la vida y no en el más allá con Dios, que vete a saber tú qué es Dios para cada uno de los millones de creyentes de cualquier fe y creencia que hay en el mundo. No se puede decir que sea muy feligrés tampoco. Llevo sin pisar una iglesia sin ir a un entierro, un bautizo o una boda, o simplemente de turismo como mínimo desde que hice la primera comunión. Y sin que me den una hostia también bastante tiempo. Y aquí sigo, vivo, sin que el pecado me reconcoma la mente ni el alma, y sin notar que me estoy condenando al fuego eterno, donde probablemente se tenga una existencia post-terrenal mucho más entretenida.

Pero a pesar de que no me considero un creyente de los pies a la cabeza sí que tengo mi fe. La llevo a mi manera. No necesito que un señor que ha estado enclaustrado toda la vida, alejado de la normalidad y que habla como si tuviera una almorrana del tamaño de un melocotón de Calanda, me diga como tengo que vivir mi fe. Sé que estoy blasfemando, pero considero que ese Dios del que todo el mundo habla en estas fechas está más con gente como yo que respeta el mundo y lo intenta preservar todo lo posible, disfrutándolo, cuidándolo, conociéndolo y descubriéndolo en todo su esplendor, que con todos esos que siguen intransigentemente a un cura con sotana y que no soportan que se haga broma con la religión. De hecho me da igual blasfemar a ojos de estos radicales, con lo a gusto que se vive así.

Como digo a pesar de mi peculiar forma de vivir y de creer en algo respeto profundamente las tradiciones católicas de España, ya que es mi país. Además las procesiones y todos los demás actos que conlleva la Semana Santa en España: torrijas, potajes, bacalao con tomate, monas de Pascua en Cataluña el próximo lunes, etc., son algo extraordinario. Aparte de todo el turismo que viene a nuestro país para disfrutar de estos eventos supersticiosos en los que se venera una imagen de madera sobre una carroza cargada a hombros sobre penitentes que pasea dicha carroza y la imagen que en ella va subida por toda la ciudad en un recorrido de varios kilómetros y muchas horas. Es un negocio redondo y perfecto. Ya en las procesiones de Semana Santa en España no hay fe, o la hay de manera muy minoritaria; o eso al menos creo yo. Y por esto mismo creo que nadie va a quitar las procesiones de ninguna ciudad por mucho temor que infundan esos políticos necios que usan el miedo para intentar ganar algún voto ignorante. La Semana Santa es un negocio y por eso mismo siempre se celebrará en este país, gobierne quien gobierne, y sea España la forma de gobierno que sea: Monarquía o República.

Como el año pasado, esta Pascua he ido a ver tres procesiones distintas en Madrid, tres días diferentes. De las tres sólo una es a la que voy de manera incondicional y es la del Cristo de los Alabarderos. Las otras dos la verdad es que me dan un poco igual, es más si no fuera a verlas estaría tan contento y feliz en mi casa rascándome la barriga, pero a mi madre le hace ilusión ir a verlas ya que ya no vamos al pueblo a ver las de allí (mucho más deprimentes y chapadas a la antigua, tanto que hay momentos en los que temo que la bandera que se ponga en el Ayuntamiento venga con pajarraco incluida).

Pero este año la procesión de los Alabarderos ha traído consigo una sorpresa muy grata y agradable. Resulta que estando ya mi madre y yo preparados en un punto del recorrido a pocos metros del inicio de la procesión, que sale desde la Puerta de Oriente del Palacio Real de Madrid, un matrimonio de turistas americanos se me acerca y me pregunta si hablo inglés; yo le contesté a la mujer, ya que fue ella la que me preguntó (siempre son las mujeres las más lanzadas en estos temas, es como si a los hombres nos diera reparo), que sí que hablaba inglés, con lo que la di pie para que me preguntara que qué era todo eso que estaba pasando y por qué había tanta gente allí de pie parada. Ahí empezó una especie de Via Crucis algo especial, porque me vi en la necesidad de explicar en inglés a un par de guiris qué es una procesión de Semana Santa y por qué se hacían. Menos mal que mientras me intentaba explicar cómo podía explicando los pormenores de la procesión, una mujer española, ya jubilada, que había vivido veinticinco años en Nueva York se sumó a la conversación y entre ella y yo, mi madre la pobre hacía de convidada de piedra en la conversación al no saber inglés, conseguimos explicar al matrimonio qué era la procesión.

Pero la cosa no quedó ahí. El matrimonio, que resultó ser americano y concretamente de Kansas City, se quedó durante toda la procesión junto a nosotros, siendo “nosotros” mi madre, la mujer medio neoyorquina y yo mismo. Estuvimos como hora y media hablando sobre España y EE.UU., sus diferentes tradiciones y formas de entender la religión. Resultó que el matrimonio era bastante religioso. Además acababan de llegar a Madrid hacía apenas unas horas. Previamente habían estado en Barcelona, San Sebastián y Bilbao. Vamos que al llegar a la capital y descubrir ese guirigay de procesiones, Cristos Crucificados por las calles y demás debieron de quedarse más que petrificados. En todo el tiempo que estuvieron con nosotros también hablamos un poco de Donal Trumpo y el alivio que para ellos suponía estar lejos de su tierra sin poder escuchar absolutamente nada de ese “personaje” que es como le llamaron.

Una de las cosas más curiosas y también por qué no decirlo delicadas que pasó y que viví, fue el momento de explicarles a los americanos qué era un nazareno y porqué se parecía tanto a los miembros del Ku Klux Klan, o simplemente como ellos se referían a esta organización: el Klan. En el momento que le comenté al matrimonio la semejanza en vestimenta entre los nazarenos y el Klan la mujer puso una cara de horror increíble, no se lo podía creer de hecho. Es más creo que no se lo creyó hasta que vio a menos de un metro suyo a uno de esos nazarenos y entonces me dio la razón aparentemente entre conmovida y asustada. Como pude también les expliqué que la vestimenta de nazareno es anterior al Klan con lo que parece que se calmó la mujer un poco. El hombre por su parte sacó la cámara de fotos, o el móvil, y echó una foto a uno de esos nazarenos para mostrarla en Kansas a sus amigos y familiares, comentando a continuación que se apuntaría la explicación que yo le había dado para darla también ante las más que previsibles protestas y exclamaciones de asombro de dichos amigos y conocidos.

Pasada la procesión por delante de nosotros, nos despedimos todos de manera muy efusiva y cordial. Los americanos nos agradecieron a la mujer española que había vivido en Nueva York y a mí que les hubiéramos explicado tan bien la procesión y todo lo que nos preguntaron sobre España, la Semana Santa y más asuntos varios. Nos agradecieron igualmente que hubiéramos invertido nuestro tiempo acompañándoles mientras la procesión se desarrollaba, a lo que yo al menos respondí diciendo que era un honor, porque de hecho yo lo viví así ya que no siempre se puede mostrar algo de la ciudad que se ama a gente que lo desconoce todo de ella. Nos estrechamos las manos y nos despedimos todos, siguiendo cada cual nuestro camino. Ahora repasando lo que ocurrió para poder escribirlo lo siento de manera muy especial. Fue un rato muy agradable durante el que comprobé que mis años de estudio de inglés habían servido para algo, además el hombre americano me dijo que hablaba bastante bien inglés cosa que hizo que me enorgulleciera.

Las otras dos precesiones a las que he ido esta Pascua poco o nada tienen de reseñables. Están a años luz de la de los Alabarderos, tanto por presentación como por escenario de desarrollo. Pocos lugares hay en Madrid que se puedan asemejar al Palacio Real y todo su entorno, exceptuando claro está el insidioso edificio que alberga la Catedral de la Almudena, construcción desentonante donde las haya pero que a fuerza de verla ahí siempre al final uno la coge cariño. Pero este año ha habido una diferencia y es la luz. Las procesiones de Madrid este año han salido todas al borde del ocaso, con el sol ya vencido sobre el horizonte, dispuesto a caer rendido al otro lado del mundo y dar paso a la penumbra y las sombras de la noche madrileña.

Para ir acabando también he de decir que este año como todos los demás en mi casa el Viernes Santo, día de la crucifixión y muerte de Jesús hijo de Dios nuestro Señor, ha habido bacalao con tomate pare comer. Un manjar delicioso que a mi madre le sale casi celestial, valga la blasfemia para describir las cualidades culinarias de mi madre en este ámbito. Pero no se ha quedado ahí la cosa ya que las torrijas tampoco es que le salgan malas, sino más bien todo lo contrario y también como todas las Semanas Santas en mi casa hay torrijas casi durante una semana. Este año la diferencia ha estado en que ha sido mi madre la que también ha hecho las torrijas para mi abuela, ya que la pobre ya no está para cocinar algo tan laborioso como este dulce tan empalagoso y delirante, aunque a mis abuelos les han durado apenas tres días y a día de hoy ya no tienen ni una sola que llevarse a la boca. Lo único que este año no se ha comido en mi casa ha sido potaje. Una pena la verdad, pero no paso todo el año hambre para no subir de peso para que llegue esta semana de Pascua y me ponga a comer manjares pecaminosos como un cerdo y todo el esfuerzo se venga abajo.

Sin embargo todo lo anterior son minucias, extrañezas poco serias, diferencias insustanciales y casi imperceptibles, cambios irrelevantes y casi anecdóticos. Esta Pascua para mí ha traído consigo un estado de agitación interior personal muy relevante. No, esta Semana Santa por suerte o por desgracia, aunque no creo que ni lo uno ni lo otro tengan nada que ver en los cambios, no ha sido como las anteriores. Las anteriores se desarrollaron en un entorno que controlaba con un futuro estable por delante sin cambios y sin decisiones relevantes y decisivas que tomar. La de este año no ha sido así. Antes de comenzar los días grandes de la Pascua de este año recibí una noticia que me turbó y cambió todo mi planteamiento mental, afectando relevantemente a mi situación personal, o que afectaría relevantemente a mi situación personal si yo tomo la decisión de que así sea.

Es muy probable que en un periodo de tiempo tenga que tomar una decisión que cambiará mucho. Y eso es lo que me lleva reconcomiendo la cabeza toda esta Semana Santa, lo que ha hecho de esta Pascua algo extraño y muy diferente a todas las anteriores, y probablemente también a las siguientes que deban venir en los años que hay por delante de nosotros aunque estos todavía no existan ni puedan ni deban ser imaginados. Son las decisiones que pueden afectar seriamente al ámbito personal las más complicadas de tomar. Pero siempre hay que decidir. De hecho lo hacemos constantemente. El problema es que las decisiones que tomamos todos los días y a todas horas no nos cambian la vida de manera relevante, no ya en un futuro a muy corto plazo, sino a la larga. Son las decisiones que sabemos que nos transformarán en otra personas las que más nos cuesta tomar, básicamente porque el ser humano es un animal que necesita seguridad para hacerlo todo, salvo contadas excepciones temerarias, un animal al que no le gusta el riesgo porque se ha acomodado a vivir tranquilamente en un entorno que más o menos es capaz de controlar.

Lo que tengo que decidir no lo puedo controlar y por eso me perturba, me genera incertidumbre y miedo, mucho miedo. Pero son los hechos y es la vida. Esta Pascua la voy a recordar toda mi vida, no por haber sido ligeramente diferente a las anteriores, sino por probablemente ser diferente a todas las que en el futuro puedan venir y pueda vivir. Además la semana que viene es mi cumpleaños, un cuarto de siglo, que tampoco va a ser igual que todos los anteriores, empezando por la edad que cumplo, y siguiendo por las mismas razones que acabo de exponer aquí. También en esto esta Pascua ha sido extraña ya que mi cumpleaños no cae cerca de la Semana Santa sino que ésta ya ha acabado, cuando habitualmente mi cumpleaños siempre ha caído o el fin de semana del Domingo de Ramos, o en el de Resurrección, sino justo en mitad de estos días de celebración de fe religiosa y espiritualidad. Vamos que la Pascua de este año ha sido y será siempre una Pascua extraña venga lo que tenga que venir.

Caronte.

jueves, 17 de marzo de 2016

Frío sol

Madrid tiene a finales de invierno, entre otras muchas cosas únicas en el mundo, si todo viene como tiene que venir y la primavera no se adelanta demasiado un sol radiante que no calienta, que riega la tierra, las calles y los edificios, así como a las personas que habitamos en la ciudad, con una luz fría que aún en los momentos más álgidos del día, esos durante los cuales en verano el sol agita su fusta implacable sobre la ciudad y la abrasa con sus rayos. Madrid a finales del invierno, más o menos por el mes de marzo, o incluso a finales de febrero, cuando ya el sol termina por vencer a la oscuridad y se emparejan las duraciones del día y la noche, de la luz y la oscuridad, disfruta de días más soleados que muchos del verano y la primavera, con un sol radiante y espectacular pero que no logra calentar.

Ya hablé de la blanca luz del invierno en Madrid en otra entrada en el blog; de esa luz que acaricia las fachadas de los edificios durante las tardes soleadas invernales de Madrid, si es que el mal tiempo, los cielos grises y la lluvia lo permiten, y las ilumina con una luz inconmensurable y que no se encuentra en ningún otro rincón del mundo. Madrid no es una ciudad hermosa al estilo de Roma, París, Viena o Praga, ni tan siquiera como Londres o Berlín. Podría incluso aventurarme a decir, por mucho que me pueda doler que Madrid es una ciudad fea, aunque más que fea yo creo que es una ciudad rústica y rural a pesar de ser cosmopolita e internacional. Pero ninguna de las ciudades que he nombrado comparándolas con Madrid en cuanto a belleza tiene esa blanca luz de invierno ni ese sol frío que tiene la villa y corte ciudad capital de España.

El sol de finales del invierno en Madrid es un sol cuya luz a pesar de ir día a día ganándole la batalla a la oscuridad todavía no es capaz de calentar. A finales de febrero o principios de marzo el sol ya se siente victorioso frente a las largas noches de invierno y es capaz casi de igualar con su luz a la oscuridad todavía reinante. Pero a pesar de que la guerra empieza a estar ganada no puede sin embargo sacar fuerzas para calentar y que sus rayos piquen en la piel de los madrileños. Sin embargo este sol débil, casi victorioso, apenas todavía pletórico, que empieza a dominar sobre la luna y la noche no dura siempre. Esa sensación de tener días radiantes sin una sola nube en el firmamento que enturbie la vista del horizonte y unos cielos de un azul tan intenso que hace daño contemplar no duran mucho, son casi un oasis en medio de todo un año.

Los días de estas pocas semanas del año en las que luce el sol pero éste no calienta son días en los que el frío gélido de las mañanas, que hace que los campos y las zonas ajardinadas de la capital queden cubiertas por un muy sutil y delicado manto de hielo y escarcha blanca, pase a ser un frío tibio o una tibieza fría que impide que uno se quite el abrigo ya que para ir en mangas de camisa o jersey por mucho sol que haga es todavía pronto en el calendario, para acabar el día, cuando un tono malva se va adueñando del cielo hasta que la más amplia gama de tonos azules van ganando terreno en la bóveda celeste para convertirse al final en el más profundo y sideral negro, con un frío acorchado que se mete de nuevo por todos los resquicios de la ropa para intentar rozarnos la piel desnuda.

Es increíble, conmovedor incluso, disfrutar de este sol frío que lo único a lo que nos obliga es a usar gafas de sol, ya que a pesar de que no tiene fuerza para calentar ni tan siquiera en las horas centrales del día, sí manda su luz reconfortante sobre las calles de Madrid. Los abrigos no sobran, y esto hace que las imágenes de la gente por las grandes calles del centro de la capital sean chocantes. Si se hiciera una foto en plena Gran Vía de Madrid en la que quedara reflejado y congelado un instante veríamos un cielo totalmente raso, de un azul intensísimo y bellísimo como en pocas épocas vemos en Madrid, sin una sola nube, diáfano e inescrutable, inmenso e inabarcable; un cielo que para quien no se fijara en las ropas de los viandantes que saldrían en la foto evocaría calor, una buena y cálida temperatura. Sin embargo quien se fijara un poco más detenidamente en la gente que en la fotografía apareciese se daría cuenta cómo van abrigados, usando incluso bufandas y guantes, sobre todo en la acera de sombra.

No es de extrañar que mucha gente, turistas extranjeros y nacionales, habitantes de la urbe capital o simplemente gente de paso por ella, quedé extrañada por este fenómeno único que, aunque no lo sepan de primeras, no vivirán en ninguna otra parte del mundo. Los amaneceres de estos días de sol frío con absolutamente gélidos, las tardes también, y en medio de esos dos momentos cuando el sol nace y muere diariamente como un ave fénix eterno está el día soleado de Madrid de finales de invierno. El sol acaricia la cara, la intenta tostar y reconfortar tras varios meses de cielos encapotados, grises y lluviosos en los que las ganas de salir a la calle se ven frustradas y truncadas por una mezcla de pereza y melancolía por esos días soleados y alegres, bulliciosos y animados de la primavera y parte del verano. Pero no consigue su objetivo.

Por muchas ganas que el sol ponga en su misión es incapaz de dar calor, de hacer que los ciudadanos de Madrid nos quitemos alguna capa de abrigo de encima. Pero con el paso de los días este sol impotente, todavía en su edad temprana en la que es todo entusiasmo y ganas pero que no puede con nada, va ganando fuerza e intensidad. Todavía mientras escribo estas líneas el sol sigue siendo joven e inmaduro para calentar y derrochar la fuerza que suele tener también en Madrid en verano, más quizá que en cualquier otra parte de España también, aunque aquí sé que exagero más. Pero estos días ya están a punto de llegar a su fin.

Ya cada vez el sol es capaz de calentar más sobre todo a medio día, de alzarse más en el cielo para lanzar sus rayos lo más verticales posibles y golpear inmisericordes sobre Madrid. Están lejos todavía las jornadas eternas de luz, sol y calor que traerán los meses de junio y julio, y también por qué no agosto aunque en menor medida, cuando los que quedemos en Madrid tendremos que aguantar sufriendo esas largas y densas horas estivales, cuando la canícula y el ambiente infernal llenan todos los rincones y calles de Madrid, cuando las sombras son tanto o más calurosas que las zonas de sol, cuando no hay refugio donde ocultarse de ese mismo sol que en estos últimos días de invierno todavía no puede calentar.

Ojalá estos días pudieran durar todo el año. No puedo negar que me gusta el frío y mucho. Sé que aunque muchos dicen que vivir en un país con fríos, duros e inclementes inviernos no es algo divertido, yo sería feliz haciéndolo. Me gustaría que en Madrid en invierno nevara todos los años, pero el maldito y maravilloso a un tiempo Sistema Central se queda con la poca nieve que en invierno cae por estos lares peninsulares. Por esto me gusta este sol incapaz de calentar y de tornar el frío en tibio ambiente pre-primaveral. Me gusta caminar por las calles de Madrid con gafas de sol porque el sol me moleste en los ojos, pero al mismo tiempo hacerlo con bufanda y abrigo pesado y calentito, con jersey y con botas para que los pies no se queden tiritando. No cambiaba esta sensación por ninguna otra del mundo, no trocaba este sol por una temperatura caribeña ni loco. Prefiero estos días de cielos casi siempre nítidos y azules, sin nubes, con ligera brisa del norte y frío.

Sin embargo este tipo de días no tienen por qué existir. No todos los años hay días de estos, o tantos días de estos. Sí es cierto que es lo normal. Además este año está siendo todo un poco más raro de lo normal por el invierno tan atípicamente caluroso que estamos teniendo. No creo que este sol frío vaya a durar mucho más. Es una pena porque estos días están siendo una maravilla, sobre todo aquellos en los que el cielo está verdadera y completamente azul, que por desgracia no son todos. Cuando esto pasa, y se combinan la blanca y fría luz de este sol de finales de invierno y el azul impoluto del cielo de Madrid pasear por las calles de la ciudad pasa a ser un lujo del que únicamente los madrileños podemos disfrutar y que todo el mundo con al menos dos dedos de frente es capaz de reconocer. Ir al Retiro una mañana de sábado o domingo tras haberse pasado antes por la Cuesta del Moyano para buscar en sus puestos algún libro que merezca la pena a un precio más que inmejorable, es algo que pocas ciudades del mundo pueden ofrecer.

Las mañanas de los fines de semana son las mejores para disfrutar de este sol, para retarle y burlarse de él por su impotencia a la hora de calentar. Y digo las mañanas porque durante las tardes, a pesar de que día a día el sol gana tiempo y terreno a la noche, todavía las sombras cubren la ciudad demasiado temprano para los gustos de la capital, aunque para el mío personal no. Esos fines de semana en los que brilla espléndido el sol son las mejores para disfrutar de él, para salir  pasear antes de tomar algo y comer tranquilamente, no sobra ropa, pero tampoco falta nada. Uno puede ir al Retiro como he dicho a disfrutar de un buen rato con la pareja, o a la Plaza de Oriente a pasear junto a las estatuas de reyes godos, o a la zona del río recientemente acondicionada para el uso y disfrute de todos los vecinos de la villa y corte.

El sol anima a moverse, a salir del letargo invernal para ir empezando a entrenarse de nuevo para la temporada primaveral cuando la vida sale de las casas para instalarse en las calles, plazas y parques, hasta bien entrado el otoño. El sol es vida siempre, salvo entre el quince de julio y el de agosto, cuando en vez de vida es horno asador y solo genera muerte (figuradamente quiero decir). Pero el sol de invierno es un sol que quiere avisar de lo que está por venir pero para lo que todavía falta tiempo, apenas unas semanas. No caliente, no quema, no broncea, no pica, pero transmite vida, levanta el ánimo y si se combina con el cielo azul es perfecto para dejarse llevar por las mejores y más bonitas emociones. Es un sol que alegra siempre, al menos a mí me alegra más que ningún otro a lo largo del año, porque me permite salir a pasear solo y sentirme a gusto, sin envidiar a las parejas que luego en verano y sobre todo en primavera abarrotan el Retiro, los parques y las plazas de cualquier zona de Madrid, demostrando su amor y su falta de soledad. Puedo decir que amo al sol frío de finales de invierno.

Pero esto ya se acaba. El sol ya no será más un simple faro luminoso. No creo que los días de cielos despejados durante los cuales desde ciertos lugares de Madrid se puede contemplar a la perfección la silueta inmensa y pétrea, regia y sólida de la sierra madrileña con sus cumbres cubiertas de nieve, y radiante sol vayan a durar mucho más. Cada día que pasa noto que al mediodía el abrigo va sobrando más. El sol empieza a quemar, a saberse un poco más fuerte con cada momento, a recordar que el invierno está prácticamente muerto y la primavera ya llama a las puertas de la naturaleza. Aunque esto da igual. No importa que haya que esperar de nuevo todo un año para volver a ver esta maravillosa luz blanca y fría de invierno en Madrid. No importa que lo que venga ahora vaya poco a poco ganando en intensidad y calor hasta llegar al horno veraniego en el que se convierte la capital de España en verano. No importa porque quienes llevamos a Madrid en nuestros corazones y en nuestra alma sabemos que ese sol frío ha de volver en menos de un año.

Mientras este sol frío de finales de invierno termina por desarrollarse y pasar a ser un sol más poderoso y arrogante incluso, inmisericorde y despótico. Mientras este sol solo mande rayos de luz y el calor esté ausente en ellos, hay que disfrutarlo porque puedo asegurar que somos los únicos que podemos disfrutar de él, y esto sí que no es poca cosa. Simplemente hay que saber aprovechar y amar a este joven sol principiante que cuando aprenda lo que tiene que hacer lo hará sin piedad alguna, y entonces echaremos en falta el frío de esta época y la luz blanca de este frío sol.

Caronte.