sábado, 11 de abril de 2015

Seis años

Ayer iba yo con unos amigos de la universidad camino de la cafetería de mi Escuela a disfrutar de nuestro merecido descanso después de tres terroríficas horas de no parar de hacer absolutamente nada, cuando me he sentido viejo, mayor, como si fuera un abuelo. Y es que en el hall de mi Escuela había mucha gente, todos estudiantes en la misma pero de cursos inferiores, probablemente muy inferiores, quizá primero o segundo del nuevo grado. Luego estábamos nosotros que intentábamos llegar a la cafetería a por nuestros cafés: cinco amigos de sexto de carrera ya, pero del plan antiguo, y yo mismo. Lo digo tal como lo siento me he sentido muy mayor entre toda esa multitud de jóvenes, casi diría yo que adolescentes, si yo mismo me considero joven que creo que sí porque no hace ni una semana que he cumplido los 24 años. Me ha entrado una sensación de madurez, o mejor dicho veteranía ya que lo primero creo que todavía no lo he logrado y me falta camino para hacerlo, que me ha sumido en un bajón momentáneo tremendo.

Pero para qué nos vamos a engañar tanto mis amigos como yo llevamos en la Escuela seis años, bueno uno de ellos siete por ser de una promoción de entrada anterior a la mía. Más concretamente desde el 3 de septiembre de 2009 es desde cuando llevo estudiando mi carrera en mi muy noble, leal e ilustre Escuela (aunque cada día que pasa, los tres adjetivos que he empleado para describirla tengan menos significado y sean menos aplicables a esa institución académica que vive dentro de ese gran sarcófago de hormigón gris, feo de narices por no decir cojones, y frío a más no poder). Por lo tanto y si las cuentas no me fallan, y espero que no lo hagan ya que dentro de poco más de dos meses me examino de una asignatura económica en la que hay que emplear fórmulas exponenciales con decimales y en la que el profesor responsable ha decidido que las calculadores no son necesarias usando como criterio que un ingeniero debe saber hacer sin ayudas tecnológicas (a la usanza del fundador de mi Escuela allá por el siglo XIX) dichas operaciones en el tiempo que le dé para ello (todo completamente racional como se puede ver), son 67 meses. Muchos meses en definitiva. Mucho tiempo desperdiciado de nuestras vidas que son muy cortas y hay que disfrutarlas que luego se pasan volando que da gusto.

Toda esa cantidad de meses da para mucho y sobre todo para que uno no se dé cuenta de que van pasando y cayendo poco a poco en el olvido arrasados sin piedad ni miramientos por el tiempo que no se para a pensar en nada ni nadie. Parece que fue ayer que entré en la Escuela y fui a la charla de bienvenida del curso cero en el que durante ese mes de septiembre de 2009 empecé a conocer mi Escuela y el que podía ser mi mundo si poco a poco me iba sacando los cursos, cosa que en aquel entonces me parecía como escalar el Annapurna. Durante aquel mes fui conociendo los usos y costumbres del castillo que a día de hoy es ya casi como mi casa, si no fuera porque no quiero ni verlo en pintura, a personas con las que sigo manteniendo algo de contacto, esos primeros “amigos”, aunque no me gusta llamarlos así porque para mí esa palabra tiene bastante más sentido y sentimientos, con los que al menos podía cruzar unas palabras en los descansos entre clase y clase y poder empezar a relacionarme gracias a ellos con más gente. Pero no fue ayer nada de esto. Han pasado ya más de 48.000 horas pero no me había dado cuenta hasta que ayer me crucé con esos estudiantes de los primeros cursos yendo para cafetería. Una bestialidad de tiempo.

Supongo que será por el microcosmos que se crea en las universidades, facultades y escuelas universitarias, pero sigo diciendo que no me parece que hayan pasado ya casi seis años desde aquel primer día. Se me han pasado volando. Aunque es curioso porque esa sensación de velocidad en el paso del tiempo sólo la he tenido ahora, a un mes escaso, cinco semanas, de acabar para siempre las clases en mi Escuela. Hasta este año la sensación que siempre he tenido, curso a curso, es que el tiempo parecía no avanzar, que los cursos eran eternos, y las semanas y algunos días tediosos de universidad más academia después. Había días en primero y segundo que salía de mi casa para ir a la Escuela a las siete de la mañana y no volvía a ella hasta las ocho de la tarde, si el transporte en metro se me daba bien. Veía a mis padres algunos días apenas dos horas de las 24 que tiene el día. En aquellos días llegaba a mi casa y tenía la sensación de que había estado fuera años, curioso contraste, no disfrutaba de mis 18 o 19 años, ni luego de los 20, ni casi de los 21, algo más empecé a disfrutar ya con 22 al darme cuenta de que las cosas no podían seguir así que aquello no merecía la pena. Los días eran muy largos, las semanas eternas, y el curso toda una cuesta arriba constante que había que subir corriendo para más inri.

Pero ayer cuando me crucé con esa manada de jóvenes y tiernos estudiantes, llenos de ilusión, de esperanza, de alegría de vivir y de disfrutar y de aprender y de sacarse la carrera de sus sueños; con esos jóvenes aprendices todavía de universitarios, si es que es algo que se aprende en algún momento, que están empezando a conocer la Escuela y a acostumbrarse a los usos y costumbres de la anquilosada maquinaria docente; con esos jóvenes que entraron en la universidad con la grandísima ilusión de cambiar definitivamente de vida y de conocer a sus amigos que se mantendrán con ellos, si la providencia quiere, hasta el final ya de sus vidas, y también quizá a esa chica o chico de los que enamorarse (y desenamorarse también a lo mejor) y empezar una relación que podría ser la definitiva tan buscada y deseada por unos y por otros. Todos esos jóvenes que llevaban escrito en la cara que lo eran me hicieron sentir viejo, muy mayor, un verdadero veterano curtido en mil batallas y escaramuzas, en una guerra que dura ya casi tanto como la II Guerra Mundial.

Y es que no nos hemos dado cuenta de que el tiempo ha pasado. Poco a poco iban cayendo los cursos y pasando los años. Los inviernos con su oscuridad mañanera que hacía que llegara a la Escuela completamente de noche; las primaveras en las que los árboles de Ciudad Universitaria año tras año florecían en una sinfonía verdaderamente armónica de colores y olores que aunque poco me alegraban el trayecto desde y hacia el metro; los otoños lluviosos en los que los paraguas mojados empapaban los periódicos que poníamos mis compañeros de taquilla y yo en el fondo de las misma; los principios de verano en los que el calor sofocante hacía que las clases se convirtieran en hornos y nosotros mismos en paletillas de cordero y alguno que otro también en cochinillos de gran clase. Han pasado las épocas de exámenes sin que me diera cuenta de que cada año me las tomaba menos en serio y de manera más relajada desde aquellas primeras veces en primero y segundo en las que esas épocas eran terroríficas por los nervios y la presión que tenía por aprobar y no tener que estudiar en verano (cosa que no ha pasado hasta el verano pasado por fin el último de la carrera).

Así se han pasado todos los años casi sin excepciones. Y digo casi porque en cuarto de carrera, aunque las épocas del año siguieron siendo las mismas los días no, porque las clases las tuvimos por la tarde (tradición algo absurda y sin sentido que se tenía en mi Escuela, al menos con el Plan Antiguo, que ahora en el nuevo no sé cómo van las cosas, aunque sabiendo cómo funciona el castillo de hormigón me puedo imaginar que poco o nada ha cambiado, al menos para bien, para mal lo han hecho muchas cosas que no voy a nombrar por no hacer interminable esta reflexión). Ese año a pesar de que parecía que iba a ser aún más interminable resultó más agradable de lo que imaginaba. No tuve que madrugar, decidí empezar a cambiar mi cuerpo yendo a la piscina casi todas las mañanas, no cogía metros atestados de gente y podía ir con menos agobios leyendo con tranquilidad. Lo único que me costaba más era salir tan tarde del castillo embrujado de hormigón y llegar a mi casa pasadas las nueve de la noche. Aunque para evitar eso algunos días decidía llevarme el coche a la Escuela para así ahorrarme algunos minutos; esto también me servía para poder acercar a algún compañero al metro y así estar un rato más con amigos.

Pero ese año vespertino también pasó como el resto: lento en el momento de vivirlo, pero rápido visto ahora, cuando todo parece haber volado más rápido de lo que un águila se lanza en busca de su presa divisada entre la espesura de unos arbustos para darla caza y disfrutar de su manjar. Y así han pasado estos últimos años de mi vida a dos velocidades que ahora comprendo que han sido la misma, una vista desde dentro y otra ya desde fuera reflexionando y mirando cómo nos ha cambiado a todos, en algunos casos para bien, en otros para mal, en la mayoría con combinación de ambos. Sin embargo este año no se me está pasando como los anteriores. Quizá por el mero hecho de ser el último y ser consciente de ello, sexto se me está pasando más rápido de lo que me gustaría, a pesar de que por mí no estaría más tiempo del necesario y deseado en mi escuela, pisando su suelo encerado y cogiendo sus múltiples ascensores para llegar a las diversas partes del castillo que es mi Escuela. El Proyecto Fin de Carrera, del que ya he hablado en anteriores artículos, la propia carrera, el incierto futuro que se nos abrirá en unos meses a la hora de enfrentarnos sin arnés (salvo los hijos de papá que ya tienen un buen cable que les ha permitido enchufarse por ahí) al mundo laboral, la duda de si los que hemos conseguido acabar la carrera siguiendo el Plan de Estudios Antiguo vamos a ser reconocidos como lo que somos Máster en el nuevo EES de la Unión Europea y no meros graduados que no serviremos para nada; quizá todo esto está haciendo que todo se me pase muy rápido este año.

No sé qué pasará en unos meses cuando todo esto acabe. No sé si echaré de menos la Escuela después de haber pasado varios años de dudas, de malos momentos, de crisis personal, de crisis de identidad, y de miedo por pensar que todo esto ha sido una total y completa pérdida de tiempo. Lo que sí sé a día de hoy, gracias sobre todo a ver este año como ya no soy, no somos mis compañeros y yo unos cualquiera en la masa estudiantil de la Escuela, sino más bien los veteranos, los abuelos, los mayores, es que han pasado ya seis años, y que para bien o para mal (me gustaría ser optimista hoy y pensar que han sido para bien) ya no van a volver a pasar. Y en seis años hemos cambiado nosotros y el mundo, y ante todo nos hemos ido haciendo más responsables y a introducirnos poco a poco de verdad en el mundo adulto de la sociedad. Ya no somos estudiantes rasos por mucho que todavía nos queden unas cuantas semanas de serlo oficialmente.

Recuerdo todavía como si fuera ayer, gracias a esos caprichos que el tiempo de vez en cuando se permite para jugar con las personas, cómo veía a los mayores de la Escuela, a los estudiantes de otros cursos, sobre todo a los de sexto que por aquel entonces compartían el mismo pasillo que los de primero de carrera, como si fueron extraterrestres, miembros del un mundo que todavía me quedaba muy lejano y sobre el que era absurdo pensar. Y sin embargo ahora muy probablemente, si los jóvenes estudiantes no han cambiado mucho, seré yo y mis propios compañeros los observados como raros especímenes sacados de un laboratorio clandestino y oscuro en el que se experimenta con seres humanos y se crean híbridos maléficos. Ahora somos nosotros los mayores, los oficiales en el ejército de la Escuela, los que tenemos más galones aunque no se nos respeten las estrellas sobre nuestros hombros. Cuando alguna vez veo cómo nos miran a los de sexto los pobres engañados al entrar en la Escuela, me veo a mí hace seis años haciendo lo mismo. Tengo la sensación de haberme cambiado de posición en el espejo en el que estos jóvenes estudiantes, al igual que yo hace años, me miraba. Ya no soy quien admira, observa, contempla y analiza; sino el admirado, observado, contemplado y analizado. No hay vuelta de hoja. Somos los mayores, pero yo tengo la sensación de ser algo más viejo, algo más mayor, más que si hubieran pasado de manera natural los 67 meses que se han consumido de mi vida en la Escuela. Ayer cuando me crucé con todos esos primerizos estudiantes me di cuenta de cómo habíamos cambiado, no ya sólo yo, sino también los amigos con los que iba a la cafetería.

Puede que esta sensación sea sólo mía, aunque estoy más que seguro que no es así. Creo que este año todos mis compañeros, y también mis amigos tienen esta sensación de final de un viaje que se ha prolongado durante seis años y que está a punto de terminar. Otro viaje está también a punto de empezar, y de eso tampoco tengo ninguna duda, lo que pasa es que no sé qué viaje será ese. Así como cuando acabé la selectividad tenía la misma sensación que ahora al acabar la carrera de que se acababa una etapa larga de mi vida y empezaba otra que no sabía cuánto iba a durar ni cómo se iba a pasar, pero al menos sabía qué etapa era y dónde se iba a desarrollar, ahora mismo cuando poco queda de esta etapa no tengo ni idea de cuál ha de ser la siguiente, ni si será como esta igual de amarga y llena de dudas, o si por el contrario será la definitiva que me muestre lo que quiero ser y me haga encontrar esa felicidad que es la meta más básica que todo ser humano debería ponerse en su vida.

No sé cómo se desarrollarán los próximo años de mi vida, ni de la de mis amigos. Tampoco sé a ciencia cierta si estos seis años que se están terminando de consumir como la llama de una vela que lleva encendida toda la noche para proveer de luz una habitación asolada por la penumbra, me han servido para algo o me serán de utilidad en mi verdadera vida en los años que han de venir. Sé, eso sí, que se han pasado ya; que me siento mayor comparándome con el resto de estudiantes que abarrotan la cafetería todos los días cuando nosotros vamos hasta allí para tomarnos el café de turno y descansar apenas veinte minutos de los coñazos que nos sueltan en clase, que tengo la sensación que no sirven para nada; que ya somos esos estudiantes que estamos de retirada de la vida universitaria para pasar a una peor, más estresada y llena de obligaciones serias; que por muy largos que puedan parecer los días de universidad cogidos de manera independiente, al juntarlos todos y verlos con algo de perspectiva, la que da tener 24 años y no 18, no han sido más que un suspiro. Y de todo esto me doy cuenta ahora. Es posible que pudiera haber disfrutado estos 67 meses mucho más: no tomando con tanta seriedad y agobio lo que tenía que ver con la carrera y los exámenes; habiendo sido mucho más abierto en el ámbito personal para así haber podido conocer quizá a más amigos y también por qué no a una chica con la que estaría saliendo a día de hoy; habiendo disfrutado mucho más de los amigos que tengo; habiendo discutido menos y habiendo pasado de aquellas personas que no merecen la pena. Pero nada de lo que pudiera haber hecho puedo hacer ya, porque no puedo volver a esos momentos.

Han pasado seis años. He pasado seis largos años que se han acabado rápidamente. Y ahora sólo me queda ver cómo en la Escuela somos unos pobres abuelos, hablando de manera exagerada, que en nada irán a ver obras de verdad, aunque no desde la valla sino desde dentro, o a una oficina a poner números a lo que en primer lugar es un dibujo, o a manejar las finanzas de alguna empresa, o a jugar con el dinero de alguien para enriquecerse a título personal, o a asesorar gobiernos para que hagan más kilómetros de AVE, o de autopistas de peaje para que nuestros amigos se llenen los bolsillo a costa de todos los ciudadanos, aún sabiendo que son inversiones perdidas desde el primer momento.

Lo único bueno de esto es que al menos no se han cumplido los peores presagios que tenía cuando entré y siendo estudiante de primero, al ver a los mayores de la Escuela. No he ido a peor. Me he hecho mayor, he envejecido más años que los naturales, como el resto de mis compañeros, pero al menos no he terminado siendo un huraño ermitaño encerrado en una cueva, creo haber evitado ese riesgo. No soy tampoco un viva la virgen que esté todo el día por ahí de fiesta, saliendo hasta las tantas de la noche todos los fines de semana. Pero aunque ayer tuviera la sensación real de que el tiempo había pasado y yo lo había vivido, me quedo con esto último que lo he vivido, lo bueno y lo malo, con intensidad. Y ahora me doy cuenta de ello.

Caronte.

jueves, 9 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XVI)

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Él ya había estado una vez allí dentro rodeado de todo el esplendor antiguo que emana de ese tipo de hoteles por toda Europa, ya fuera en París, Madrid, Múnich o Ginebra. Sin embargo para Anna no debía ser así ya que cuando entró en el vestíbulo del Sacher, donde está la recepción y donde los huéspedes de todas la nacionalidades se mezclan, intercambian saludos de cortesía, cierran negocios o empiezan amistades, empezó a mirar todo aquello con un profundo interés, como el niño que va por primera vez a un zoológico y a cada paso que da se queda embobado y asombrado con los animales que ve, y quiere saber más y ver más y conocer más, sin descanso, sin cansarse y sin aburrirse. Así miraba Anna en ese vestíbulo decorado con profusión centroeuropea: con cortinas grandes y rojas; mesas decoradas con enormes centros florales, o floreros, o relojes rococó con figurillas de soldados o animales exóticos o jinetes en sus caballos; espejos enormes con molduras florares muy recargadas doradas en los que el reflejo de quien se mira queda eclipsado con las decoraciones de fondo; con grandes jarrones en las esquinas, o relojes de pie. La grandeza de un pasado ya casi olvidado, de museo, concentrada en un vestíbulo que evocaba glorias pasadas y tiempos de esplendor y exclusividad, cuando príncipes, duques, marqueses y condes se hospedaban allí y daban prestigio al hotel.

Todo eso seguía intacto, pero la sangre noble de sus huéspedes se había cambiado por empresarios, jeques árabes enriquecidos por el oro negro que mana en mitad de la inmensidad infernal del desierto saudí, turistas japoneses que fotografían hasta el más mínimo detalle del más insignificante elemento de decoración de la sala más recóndita del Hotel, y gente normal que ha ahorrado lo suficiente para darse un único gran capricho en su vida yendo a uno de los hoteles más míticos de la capital austríaca y probablemente uno de los más conocidos en el mundo entero, aunque la fama no le venga única y exclusivamente por su historia sino más bien por ser el origen de uno de los postres más famosos como es la Tarta Sacher: un jugoso bizcocho de chocolate en medio del cual se inserta una muy fina capa de mermelada de albaricoque, y todo ello recubierto de chocolate fundido, haciendo las delicias de todo aquel a quien le guste el dulce.

Se acercaron al mostrador y esperaron a que les atendiera algún empleado del hotel. Lo hizo una mujer joven, atractiva, morena y con los ojos castaños, algo que a él se chocó un poco ya que no era muy habitual ver vieneses con esa descripción física. No estaba muy desencaminado, cuando la joven se dirigió a él para atenderle notó en su acento un deje poco corriente para un austriaco. No sonaba muy alemana. Y en efecto fue así, la joven no era alemana sino española. Al oír cómo Anna se dirigía a él en español para preguntarle sobre una pequeña placa que había encima de la recepción en la que ponía un par de datos sobre la creación del hotel y los años que llevaba en pie, la joven de la recepción les preguntó si eran españoles, a lo que Anna contestó sorprendida y casi aliviada de poder hablar y entenderse con alguien en ese hotel en su idioma. Por el contrario él no se sorprendió demasiado, muchos habían sido los viajes que había hecho y muchas las recepciones de hotel que había pisado para no saber que detrás del mostrador podía aparecer cualquier nacionalidad del planeta tierra, y los españoles cada vez en mayor proporción.

Tras arreglar los asuntos de la habitación y la llegada al hotel, con las consabidas presentaciones sobre el servicio de desayuno, comidas y cenas, la ubicación del salón restaurante, el servicio de habitaciones, y los actos preparados para la cena de fin de año por si les interesaba, la joven española recepcionista llamó a un botones que se encargó de coger el carrito del equipaje y tras una serie de instrucciones en alemán se lo llevó hacia una zona de servicio por la que lo subiría hasta la habitación a la que habían sido destinados. La joven española les acompañó hasta el ascensor y tras decirles cómo llegar hasta su habitación se despidió de ellos deseándoles una muy buena estancia en el Gran Hotel Sacher y en Viena, y se puso a su total disposición diciéndoles que no dudaran en pedirla nada y si necesitaban algo durante su estancia que estaría encantada de atenderles que llamaran a la recepción y preguntaran por Rocío. Curioso nombre para estar en Viena pensó él, teniendo en cuenta que más español no podía ser y que además para un alemán no sería fácil pronunciarlo.

Subieron en el ascensor solos hasta la segunda planta donde estaba su habitación, la 212, un número bastante bonito había dicho Anna cuando la recepcionista española le había dado la tarjeta de la habitación, esas tarjetas frías e impersonales que habían ido poco a poco sustituyendo a las llaves de metal para dar un aire moderno y tecnológico a los hoteles y para ahondar en la omnipresente comodidad del huésped que algún día consideró que una llave era algo muy ordinario y común, muy visto, muy antiguo ya, para que en un hotel se siguieran usando. Dos fueron las tarjetas que les dieron, una para cada uno, como si con una no fuera suficiente, como si se pensaran que iban a estar mucho tiempo solos y que usarían la habitación de manera individual e independiente sin estar los dos presentes. Salieron del ascensor y del brazo recorrieron el pasillo de la segunda planta del Sacher buscando su habitación. El suelo del pasillo amortiguaba sus pasos, los tacones de los zapatos de Anna no se escuchaban se hundía ligeramente en la larga alfombra que protegía la madera noble del suelo. Las paredes estaban forradas de papel pintado e iluminadas por candelabros situados entre las puertas de las habitaciones encima de unas pequeñas mesitas sobre las que había flores metidas en unos jarrones de aspecto muy delicado. Los techos eran blancos inmaculados con molduras rococó de escayola. Por fin llegaron a su habitación.

Al entrar se encontraron un una habitación amplia, dividida en dos espacios, un primero destinado a una especie de vestíbulo recibidor al que daba una de las dos puertas del baño, y otro destinado a la estancia propiamente dicha donde se encontraba la cama con un pequeño dosel, y en el que también había un escritorio con su correspondiente silla, una mesita baja alargada y un par de sillones justo delante de las ventanas que daban a uno de los laterales del hotel y desde las que se tenían unas vistas extraordinarias del Museo de la Albertina en primer término y del gran palacio imperial del Hofburg al fondo. Su equipaje ya estaba perfectamente colocado en el sitio que le correspondía, así como los trajes, tanto de él como de ella, colgados en el armario. La habitación estaba exquisitamente decorada con tonos blancos y tranquilos, sin la estridencia y la profusión de las zonas comunes del hotel que desprendían un gusto por lo rococó y lo recargado algo añejo para el gusto de él. Anna estaba encantada con el hotel. Nada más entrar en la habitación se dispuso a descubrir hasta el más recóndito de los rincones, para fijar en su recuerdo cada detalle.

– Parece que te ha gustado el hotel. Pareces una cría descubriendo un mundo nuevo y apasionante. – Dijo él parado de pie junto a la cama, dejando en la mesilla de noche un par de cosas que llevaba encima y que no iba a necesitar de inmediato.
– La habitación es preciosa. Me encanta. Y las vistas son increíbles. – Dijo Anna acercándose a él y besándole en los labios, corriendo las cortinas un poco y dejando que toda la luz del sol se colara por las ventanas y llenara todo el espacio de la habitación.
– Sabía que te iba a gustar, por eso pedí esta habitación, con estas vistas, para que te sintieras como en otro mundo. – Le dijo él, mirándola a los ojos y esbozando esa media sonrisa que era tan típica de él cuando se sentía feliz y estaba a gusto, sin preocupaciones.
– ¿Qué son todos esos edificios? – Le preguntó Anna agarrándole por la cintura y acercándole un poco más hacia ella para que notara su cuerpo contra el suyo.
p – ¿De verdad lo quieres saber ahora? ¿No tienen hambre? – Dijo él notando cómo ella hacía por acercarle hacia sí y dejándose hacer. – Pues mira, este edificio que tenemos justo delante, que tiene una estatua ecuestre delante es el Museo de la Albertina, uno de los más importantes de Viena. Y aquello que se ve al fondo es el Palacio Imperial, El Hofburg. Pero no te preocupes que todo lo veremos y podrán contemplar la enorme belleza de esta ciudad. – Terminó diciendo él y sin que ella se lo esperara, porque estaba mirando atónita por la ventana asumiendo todo lo que él la estaba contando, la giró hacia el haciendo que le mirara y dejara por un instante de mirar por la ventana, y la besó de nuevo como pocas veces la había besado, con una pasión renovada y con ganas de verla encima de la cama desnuda llamándole para que se acercara y la hiciera suya, amándola.
– Bueno, otra vez. ¿De verdad eres el mismo hombre con el que llevo saliendo un par de años? Porque no te reconozco. Desde esta mañana eres como otro. Nunca habías mostrado esta pasión y desvergüenza. – Dijo ella sin dejar de mirarle a los ojos, viendo quizá algo que le chocaba en él, algo que no había visto nunca y que en el fondo la inquietaba por las consecuencias que podría tener.
– Pero como no voy a mostrar pasión teniéndote delante, con Viena de fondo, y con una cama junto a nosotros. Lo raro, lo inusual, lo chocante sería que no mostrara esta pasión. Lo único que quiero es amarte y lo haría ahora mismo si mis tripas no rugieran como lo están haciendo. – Añadió él, no queriendo ver esa mirada de Anna que lo estaba escrutando hasta lo más profundo de su ser.
– Bueno, vamos a comer entonces, que no quiero que desfallezcas del hambre que estás pasando. – Terminó de decir ella sonriendo irónicamente y soltándose del abrazo en el que llevaban un par de minutos y dirigiéndose hacia el baño para probablemente arreglarse un poco para salir a comer.

Cuando salió del baño Anna se había recogido el pelo en una especie de moño detrás de la cabeza. Un moño suelto de esos que se hacen las mujeres cuando el pelo les molesta sobre la cara o los hombros y quieren mantenerlo a raya un rato mientras hacen alguna tarea que requiera de toda su atención, esos moños que mantienen el pelo recogido pero suelto con apenas poner un bolígrafo, un lápiz, o incluso llegado el caso un palillo chino. Al verla con el pelo recogido él sintió algo raro, como una especie de redescubrimiento de Anna. Pocas veces le había visto con el pelo así, casi siempre que estaban juntos, cenando, en el teatro, dando un paseo o en la cama haciendo el amor, el largo, ondulado y castaño pelo de Anna caía como el agua de una cascada cae: libre y sin ataduras. La miró fijamente amándola aún más de lo que ya la amaba, deseándola más de lo que ya la deseaba. Hubiera deseado no tener hambre en ese momento, un hambre que ya estaba empezando a darle pinchazos en un estómago, el suyo, que ya le pedía alimento después de muchas horas sin ingerir nada sólido, para poder cogerla besarla en la boca y el cuello, dejar que la pasión llenara toda la habitación y comenzar a desnudarla, tenderla en la cama, recorrer todo su cuerpo con sus manos, besar sus pechos, jugar con sus pezones en su boca, recorrer con su lengua su suave piel y perderse entre sus piernas sucumbiendo al placer ya desatado.

Pero tenían que ir a comer. Ya habría tiempo de otros menesteres y comidas más apetecibles. Para esa primera comida en Viena él eligió un restaurante no muy alejado del Hotel Sacher. Nada sofisticado, ni excesivamente caro. Tampoco nada de comida rápida, algo que ambos detestaban, él más que ella, que de vez en cuando y sólo para oírle quejarse quedamente pero terminar por sucumbir a sus deseos le había obligado a comer en una de esas grandes cadenas de hamburgueserías americanas que venden carne de vacuno aunque pueda no serlo. Era un restaurante café, que si no recordaba mal tenía menú del día de lunes a viernes a muy buen precio para ser Viena y con una variedad importante de platos, todos ellos muy buenos.

Caronte.

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lunes, 6 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XV)

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El chófer les llevó hasta el coche que el hotel había puesto para recogerles. Como cabía de esperar era un Mercedes negro último modelo de la más alta gama con los cristales traseros tintados para que nadie pudiera ver quiénes eran los ilustres personajes que iban allí montado. Aunque el sol entraba a raudales por todos los ventanales de aeropuerto todavía no habían salido a la calle para ver si ese solo radiante lograba calentar algo el ambiente invernal que seguro hacía en la calle y que correspondía para las fechas que eran. El chófer cargó el equipaje menos voluminoso en el maletero del coche, mientras que un par de trabajadores del hotel se llevaban las maletas más pesadas y voluminosas, así como un par de trajes tanto de él como de ella que habían traído para asistir al Concierto de Año Nuevo, a una furgoneta que les seguiría hasta el hotel.

El trayecto desde el aeropuerto de Viena hasta el centro de la ciudad no lleva más de veinte minutos, y prácticamente todo el tiempo discurre por una autopista que penetra inclemente, casi sin transición ni aviso, hasta la propia ciudad imperial, hasta acariciar al propio río Danubio que riega con sus míticas aguas la tierra vienesa. El chófer apenas cruzó un par de palabra con ellos, si acaso él le dio alguna indicación y comentario sobre cualquier cosa que no tuviera importancia alguna. Sin embargo una vez salieron de los dominios del aeropuerto Anna sí empezó a hablar cogiéndole la mano y dejando de mirar por el cristal tintado que impedía que el sol en todo su esplendor penetrara en el interior de vehículo.

– Bueno pues ya estamos en Viena. Después de toda la murga que me has estado dando estos meses para venir por fin estamos aquí. – Dijo Anna llevándose la mano de él hacia su regazo, cogiéndola con fuerza y a la vez ternura.
– Sí, parece mentira que sea cierto. Y cómo que te he dado la murga, si sólo lo hemos hablado un par de veces. No me costó mucho que aceptaras la invitación que yo recuerde. – Contestó él sin todavía mirarla directamente, teniendo la vista fija en el horizonte, en la carretera que discurría delante del coche.
– ¿Un par de veces? Pero si cada vez que podían me hablabas de este viaje y de lo bien que lo íbamos a pasar. No callabas. Menos mal que dándote un beso cierras esa boca, porque cuando coges carretilla... – Apretó ella un poco más la mano de él para que así éste reaccionara y la mirara.
– Hombre, a lo mejor lo comenté unas cuantas veces más, pero sólo porque me hacía mucha ilusión que vinieras conmigo. – Ahora sí la miraba, aunque tímidamente, sin mantenerla la mirada mucho rato, apenas unos segundos. Parecía que tuviera miedo, o vergüenza de estar allí y de lo que pudiera ocurrir en esos días.
– Pues para toda la ilusión que dices que tienes puesta en este viaje, desde que te has bajado del avión no has abierto la boca. No pareces el mismo que esta mañana en Madrid me recibió con un beso que no me esperaba y que sinceramente demostraba una pasión que nunca había visto en ti. – Ahora ella le había obligado a que la mirara fijamente y a los ojos. Anna le estaba escrutando la cara, mirando más allá de sus propias pupilas, leyéndole los pensamientos e intentando descifrar sus sentimientos.
– Puede que todavía no me crea que estoy aquí contigo. Que todo esto me parezca un sueño, y que tema despertar del mismo y verme de nuevo solo en mi casa de Madrid preparándome para despedir un año más como lo llevo haciendo ya mucho tiempo. – Dijo él mirándola a los ojos, aguantando esa intensa mirada de Anna que a pocos hombres hubiera dejado tranquilos. Esa mirada que en sí misma podía representar todo el amor del mundo y todo el odio.
– Pues créetelo, porque es verdad. Estamos en Viena, volando por la autopista que comunica el aeropuerto con la ciudad a borde de este coche conducido por el chófer que nos ha puesto el hotel. – Anna se había acercado a él, hablaba con un tono de voz más bajo que el que había utilizado hasta entonces, como queriendo no ser oída por el hombre que conducía el coche. – Así que esto es real. No es un sueño. Estás en Viena conmigo que es lo que querías. Lo vamos a pasar en grande, y vamos a disfrutar el uno del otro. – Terminó de decir estar palabras tras haberle soltado la mano y haber posado sus dos preciosas manos en su cara, una en cada lado. Se acercó a él y le besó en la boca, en silencio.

El coche siguió avanzando sorteando a los demás conductores con una maestría propia de un campeonato de carreras. De repente, casi sin darse cuenta, la autopista se transformó en una calle de Viena. El campo que había a ambos lados de la carretera se cambió por edificios de viviendas, de oficinas, comercios y demás. A la izquierda estaba el río Danubio, o al menos el canal que lo acercaba un poco más a Viena, porque para ser sinceros el verdadero río Danubio, ese mítico nombre que pronunciado parecía evocar grandes épocas pasadas y lugares imaginarios propios de las mentes más fantasiosas, no pasaba por Viena. Es más, la primera vez que él estuvo en Viena quedó decepcionado con eso. Él esperaba poder pasearse por la orilla del Danubio, ese río que automáticamente siempre le recordaba el Vals de Strauss que tanto amaba y que tanto conocía por cerrar el Concierto de Año Nuevo junto a la Marcha Radetzsky, como lo había hecho cuando fue a Estambul a orillas de Bósforo, o en París al borde del Sena, en Londres por los paseos que jalonan el Támesis, o incluso en Madrid en ese maravilloso parque que sustituyó ya hace muchos años a la gris, maloliente y ruidos M-30. Pero se encontró con que Viena no tenía río. No había ni rastro del Danubio. Lo único que recordaba al mítico río era la música clásica. Nada más.

Anna al ver el río lo señaló y echó un vistazo a través de la ventanilla. También preguntó que si ese era el Danubio, a lo que él le contestó la verdad, que no lo era, sino más bien una canal que se construyó en su día para desviar en parte el curso principal del río y evitar las inundaciones que casi todos los años se producían en otoño cuando las lluvias, como si de África se tratara, golpeaban toda esta región de Europa.

– No queda mucho si no recuerdo mal. Ya estamos de hecho en Viena. Tardaremos en llegar lo que el tráfico de esta ciudad quiera. – Dijo él cogiéndola la mano y llevándosela a los labios para besarla.
– Me imaginaba el Danubio mucho más grande y, no sé cómo decirlo, más...
– Más río. – Completó él la frase que ella no sabía cómo terminar.
– Sí supongo que es eso. Me esperaba una especie de Sena o Támesis, pero a lo grande. Algo con más entidad, digno del nombre que tiene y que todo el mundo conoce. No un río que parece escondido porque a la ciudad le dé vergüenza mostrarlo. Es como el Manzanares en Madrid, que en el fondo es el río de la capital pero que nadie parece enorgullecerse de él. – Añadió Anna algo seria, mirándole como queriendo justificar su propia opinión. Él por el contrario la miraba divertido, intentando mantener el semblante también serio, escuchándola atento, pero no podía más que alegrarse y sentirse contento porque ella dijera lo que pensaba sin tapujos, sin pelos en la lengua, pudiendo incluso sonar inoportuna. Le gustaba su sinceridad, cualidad que tanto escasea en el mundo actual.
– Yo tuve la misma sensación la primera vez que lo vi también. Algo más que tenemos en común. Me consuelo comprobar que no soy el único que pensaba que el Danubio por Viena pasaba mostrando toda la majestuosidad que se le presuponía. – Terminó por decir él, sonriéndola y dándola un beso en la mejilla, no de esos que se dan por cortesía, sino uno que mostraba más que eso, cariño, aprecio y agradecimiento.

El coche empezó a callejear ya por las calles de Viena. Por las ventanillas a pesar de que los cristales eran tintados se podían ver a los vieneses bien abrigados con abrigos tiroleses de esos que pesan un quintal y que calientan como si llevaran resistencias eléctricas por dentro, con guantes, bufandas y sombreros austríacos, muchos de ellos con una pluma de perdiz decorándolos; las vienesas por su parte llevaban abrigos de piel, las señoras más mayores, o gabardinas y plumas las mujeres más jóvenes, también con bufandas y guantes. Debía de hacer bastante frío a pesar del sol que lucía en el cielo. Sin embargo la sensación que ambos tenían dentro del coche es que era mucho más tarde de lo que ponía en el reloj del salpicadero, y es que en el fondo sus sensaciones no iban muy desencaminadas. Estaban muy en el centro de Europa y bastante más al este que España; por aquellas tierras el sol salía y también se ponía bastante más temprano que en Madrid, por eso a pesar de que eran poco más de la una y media de la tarde, parecía que la tarde estaban a punto de terminar para dar paso a una caída del sol que llenaría de sombras las calles de Viena.

Pronto los edificios más modernos de las afueras de la ciudad empezaron a dar paso a los más antiguos y señoriales del centro de Viena. Cruzaron el canal del río Danubio y cogieron probablemente la calle más famosa de toda Viena: el Ring. Esos grandes bulevares arbolados jalonados por grandiosos edificios públicos, teatros, bibliotecas, muesos, ministerios y palacios, recorrían el antiguo emplazamiento de las murallas medievales de la ciudad que cuando ésta se empezó a quedar pequeña y quiso crecer para convertirse en la ciudad más moderna de Europa, sede del gobierno de uno de los Imperios más grandes y poderosos del continente como era el Austrohúngaro, tuvieron que ser derribadas para dar paso a los ensanches urbanizadores que permitieron a Viena ser el centro de la aristocracia europea, envidia de muchas otras grandes ciudades que veían como esa pequeña ciudad que hasta entonces había estado a la sombra de las grandes capitales mundiales pasaba al centro del mundo con grandes edificaciones, monumentos, parques públicos y grandes paseos para que los nobles y cortesanos del emperador pudieran pasear cómodamente y ser vistos por el resto de la sociedad vienesa.

Sin embargo aquel penúltimo día del año el Ring no parecía el mismo que él recordaba de su primer viaje a Viena. En aquella ocasión hacía mucho calor y los árboles estaban vestidos con sus mejores galas, con diferentes tonalidades de verdes, con todas sus ramas cubiertas de hojas; la gente paseaba en manga corta, si es que no algún joven iba sin camiseta corriendo bajo la sombra de los grandes árboles, y los turistas se agolpaban en los pasos de cebra para continuar con su visita de la ciudad, descubriendo rincones que se escapan de la fama que tienen algunos lugares de Viena. Pero aquellos recuerdos eran muy diferentes a lo que ahora veía por las ventanas. Los árboles estaban totalmente desnudos y no arrojaban más sombra que la que su propio esqueleto de ramas podía proyectar en unos paseos y aceras casi exclusivamente poblados por vieneses.

Cada vez que el coche tenía que aminorar un poco la marcha debido al tráfico, a algún semáforo o por el paso de algún tranvía, él intentaba señalar a Anna alguno de los grandes y majestuosos edificios que se erguían a ambos lados de la gran avenida para intentarla contar algo sobre él, algo de lo que se acordara de la veces que había estado en Viena de turista y no para algún negocio o trabajo. Pasaron también al lado del parque de la ciudad, donde se yerguen multitud de estatuas de grandes músicos y compositores de nombres universalmente conocidos, entre las que destaca por encima de cualquier otra la famosa estatua dorada de Johann Strauss tocando el violín. A todo lo que él decía Anna asentía y preguntaba si iban a verlo y a pasar por ahí paseando, a lo que él siempre decía que claro, que harían todo lo que a ella le apeteciera.

En un momento dado y casi sin darse cuenta se encontraron parados en un semáforo justo enfrente del gran edificio de la Ópera de Viena. Ya estaban cerca de su destino. El Hotel Sacher se encontraba justo detrás de la Ópera. Allí parados durante los largos segundo que el semáforo permaneció cerrado, en rojo, para ellos, él se remontó con sus recuerdos a la primera vez que estuvo allí mismo, paseando con sus padres por esas mismas calles, cruzando ese mismo paso de cebra por el que ahora pasaban los pocos turistas que el invierno atrae a Viena y los altivos ciudadanos vieneses orgullosos y muy celosos de su ciudad, venida a menos como casi todas las grandes ciudades y capitales europeas después de que sus naciones pasaran a ser países museo más que grandes potencias internaciones temidas y respetadas en cualquier rincón del globo, dueñas de vastos y multiétnicos territorios.

Todavía podía acordarse de lo que sintió cuando por primera vez contempló el magnífico edificio de la Ópera de Viena, con sus formas exuberantes y exageradas, con su decoración ampulosa y sobrecargada de adornos y filigranas que daban al edificio un aire de gran caja de música rococó. En toda la manzana que ocupaba el edificio, una manzana para él solo, para decir que allí estaba el mayor templo de la ópera del mundo, donde los más grandes tenores y sopranos, músicos, compositores y directores de orquesta habían cantado, tocado, estrenado y dirigido piezas y obras de los mejores. La Ópera de Viena es todo un monumento a la música, un edificio orgulloso por todo lo que ha escuchado. Su interior tampoco hace de menos al exterior. Cuando uno camina por sus pasillos y salas, sube por su escalera principal o se sienta en el patio de butacas, en algún palco lateral o en el mismísimo palco imperial, reconvertido en el palco más exclusivo aunque abierto a quien pueda pagar el precio de una de sus butacas, siente que está en otra época, muy lejana y distante cuando la música clásica y la ópera eran el espectáculo más popular; estar dentro de ese gran edificio era viajar a otro mundo incluso muy lejano del que él venía, donde a la música clásica que tanto amaba se la consideraba un arte menor, de gente rara y solitaria, antigua, conservadora.

A medida que el coche volvió a andar y a recorrer los últimos metros hasta llegar a la puerta del Hotel Sacher, miró por última vez el edificio de la Ópera, el lateral por el que ahora discurrían despacio, pudiendo disfrutar de la armonía que mirar las fuentes, ventanas, esculturas y bustos de famosos músicos, le provocaba. Anna le miraba callada con su mano entre las suyas como llevaban desde que habían empezado a recorrer de verdad la Viena que iban a visitar en esos días finales del año, frío y luminosos. El coche se detuvo. El chófer se bajó del coche, le abrió la puerta a él. El conserje del hotel hizo también lo propio con la puerta de Anna dándola las buenas tardes en inglés y ayudándola a bajar. El botones sacó del maletero sus maletas y las puso en un carrito en el que ya estaba el resto de su equipaje que había llegado unos minutos antes que ellos. Sin apenas darse cuenta de si hacía mucho frío o no en la calle, pasaron al vestíbulo del hotel.


Caronte.

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sábado, 4 de abril de 2015

Pomposamente cierta, la delicada veritá

El que adjunto a continuación es un artículo que no he escrito yo y que para mi gran sorpresa recibí ayer por e-mail. Si tengo que ser sincero no esperaba recibir por mi cumpleaños algo semejante y reconozco que me ha sorprendido un poco. Añado que supongo que todo lo que mi pequeño gran amigo cuenta de mí es en gran parte falso y una distorsión premeditada de la realidad, pero sea lo que sea (porque lo voy a leer una vez lo publique como él me ha pedido) seguro que estará escrito desde el cariño....o no. Antes de nada me gustaría darle mi más sincero agradecimiento de todo corazón.

Y aquí os lo dejo:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Para para, se ha rebobinado la cinta demasiado. A ver ahora. “Así es que la ciencia está agitándose siempre entre los hombros astronómicos de lo infinitamente grande y las maravillas de lo infinitamente pequeño; ¡lo infinitamente pequeño, que, como dijo un gran escritor, no es acaso más que el gigante que para embromarnos se disfraza de enano!”.

Sí, quizá sea el período justo, vamos bien. Porque el siglo XIX le viene que ni pintado a mi querido amigo de nombre decimonónico (por momentos podría parecer que le iría bien viviendo en él),  y la célebre frase de D. José Echegaray quizás haga justicia al que espero y deseo sea un día el segundo premio Nobel de Literatura que la Ingeniería de Caminos española ha dado.

Pues bien, qué sorpresa para los ávidos lectores de este pequeño rincón literario toparse con un artículo que hable por fin de su misterioso autor llamado Caronte. Ya era hora de que éste fuese desenmascarado, mejor aún si es con motivo de su vigésimo cuarto cumpleaños, arrojando luz a las tinieblas de este agujero infecto que por momentos es La Laguna Estigia. Quizá me esté dejando llevar por la fuerza de la prosa, pero dejémonos de tonterías y pasemos a diseccionar al literato oculto enfrente de la pantalla del ordenador agazapado tras una única venta con barrotes (qué ironía), en sus dominios particulares de la finca familiar del marquesado de Vicálvaro.

Antes de ponerle a caer de un burro, que muchas veces bien que lo merece, a pesar de todas sus taras he de reconocer (pero no en voz alta) que mi buen amigo es una de las mejores personas que conozco. Vale, sé lo que estáis pensando, en nuestra amada escuela de caminos desgraciadamente no abunda la gente buena y por ende es sencillo que alguien mediocre vaya a la selección; pero en este caso no es así. El pomposo rubio de ojos azules y cuerpo apolíneo (ahora, antes se le veía bien de lejos) marcado por largas horas en el gimnasio con Aznar es una gran persona que mucha gente se ha negado a conocer de verdad. Él mismo quizás sea una de ellas, pues es tan sumamente cuadriculado que corre el rumor de que sería más sencillo entrar a darse una vuelta por Corea del Norte y hacerse un selfie con Kim Jong-Un en un McDonald’s que hacerle cambiar de opinión en multitud de aspectos de su vida diaria. Lleva un cilicio puesto a voluntad propia, como diría otro buen compadre bananero suyo.

Pues sí amigos, resulta que a pesar de que él mismo se descalifique (más bien se fustigue) en incontables ocasiones, este Judas es un amigo con todas las letras. A-mi-go. Lo escribo así porque el chaval es un poco falto, y de vez en cuando hay que decirle las cosas de este modo para que las entienda, qué se le va a hacer (que conste que no parafraseo ninguna referencia a algún elemento incómodo del mobiliario urbano muniqués).  A pesar de ello no se le cree, por lo que espero que relea esto tantas veces sea necesaria para que se dé por aludido. Y que sobretodo entienda de una vez qué es la palabra amistad y se la tatúe en el cerebro, porque a fe mía que más de una vez se lía y ve amigos donde no los hay, y viceversa.

Y que conste que no es sencillo hoy día ser amigo de alguien, mucho menos encontrar a alguien que lo sea para ti, pero él demuestra que es una persona en quien se puede confiar, y que siempre estará ahí cuando lo necesites, mostrando su apoyo incondicional (con la consiguiente chapa paternalista) y ayudándote a levantarte cuando tropiezas mil veces con la misma piedra (sí amigos, se puede tropezar infinitas veces más qué nuestro ilustrado blogger). Lo dejo ya porque sino alguna lagrimilla me va a asomar, y no es plan de ponerse melancólico cuando el objetivo estaba claro: sacar sus trapos sucios.

Bueno, antes de sacarlos, mejor dejarme que saque yo el peine que me he tenido que comprar. ¿Cómo, no sabéis para qué? Claro amigos, es que mi buen compañero resulta que siempre me manda a peinarme cuando yo (y otro buen amigo nuestro de incontable valor, más que el que él injustamente, y de manera más que aparente, le da) le conmina a salir a tomarse algo con SÓLO una hora de antelación, si llega. Es que a ver, a quién se le ocurre… ¡Error! Tan de sopetón no se pueden hacer las cosas, hombre. Qué absoluta falta de respeto; seguro que estáis pensando. Ironía al margen, he de decir que siempre le seguiremos llamando para intentar disfrutar de su gran compañía; y si no, pues al menos lo haremos por salir peinados por Madrid, que con nuestras pintas habituales de millonetis y de gente pudiente no nos llega normalmente.

Volviendo al tema de su cajón de mierda, que sé que estáis deseándolo, empezaré a enumerar sus vicios. Emmm… Tiene tantos que no sé bien por dónde empezar, dejarme bien que piense. ¿Os acordáis de aquel pedal que se enganchó? Ah no, que él sólo pide Eine Fanta (lástima no poder insertar la foto del camarero de la Hofbräuhaus). ¿Y recordáis aquella vez que se encendió un porro en clase? Vaya, tampoco fue él, eso solo pasaba en mi instituto.  ¿Quizás del volquete de putas que organizó? Qué pájaro el tío… Mierda, ese no fue él, sino Francisco Granados (lástima, cada vez quedan menos políticos como Alá manda). Otra oportunidad. ¿Y de la vez que empalmó dos fiestas seguidas? Vale, vale, perdón, juntar las uvas con el concierto de año nuevo no es empalmar, que me he liado. Emmm… Si es que este tío es un temerario, vive tan al límite que se me hace difícil recordar las correrías que se pega el muy pendejo cabrón.  No hay norma que no quiera quebrar, le pone el riesgo. El novio de la muerte, dirían algunos.

Como aquella vez que casi fallece, en una de las muchas ocasiones que se juega su pálido pellejo. Estábamos tranquilamente una cálida tarde de agosto en la orilla del apacible río Isar de la capital bávara cuando decidió que, previo haber mandado a la avanzadilla como buen general, merecía probar el subidón de adrenalina que era dejarse llevar por esas aguas domadas por los surfers alemanes hasta un punto indeterminado del Englischer Garten. Espero no olvidar nunca su reacción y sobretodo su cara cuando salió de esa especie de bomba sesentera que se marcó para lanzarse. Su cara. Ésa cara. Con un grito saliendo de lo más profundo de su ser, como si se le hubiese helado el alma. Como se nota que el muy señorito en Galicia no se baña, es muy de caldo mediterráneo como buen gato. Congelado estaba, como canicas, dijo tenerlos. Y menudas risas que nos echamos a su costa. El tío valiente no abrió la boca en todo el camino, acojonado y muerto de frío que iba. Qué grande. Lo mejor es que jamás reconocerá que se lo pasó como nunca; y lo peor es que no quiere volver a vivir emociones fuertes porque alojarse en un camping (con su legendaria comodidad) es demasiado bajo para su actual status social. Lástima, él se lo pierde; se le echará en falta sin duda.

Y ahora sí que recuerdo varios de sus vicios. Qué triste, yo que pensaba haberlos olvidado de lo lamentables que son. ¿A qué diríais que está enganchado? Venga va, se abren las apuestas. Oigo por ahí que a la metadona. Frío, frío; su piel mezcla del culo de Iniesta y la teta de una monja no se debe a ello. Otro por ahí dice que es un loco del volante. ¿Éste? ¡Qué va! El rey del carril central en una carrera de caracoles se quedaría en la Q1. Dejarlo, porque jamás lo adivinaríais. Os lo describiré: es un enamorado de un néctar supremo de color rojizo, macrotextura delicada, punto de reblandecimiento anillo-bola bastante bajo, retrogusto petulante en el cielo del paladar y que según él realza la potencia de cualquier otro alimento elevándolo a la categoría de las estrellas Michelin. Obviamente según esto todo el mundo ya lo sabe. Sí amigos, el Tomate Orlando. Orlando, sólo Orlando, el tomate frito casero de vuestras madres y abuelas es pura bazofia, cómo osáis siquiera compararlo. Sé lo que estáis pensando, yo también creo que es lamentable, pero tristemente es cierto. Reconozco que casi todos los intentos de abrir sus limitadísimos horizontes culinarios han fracasado, aunque espero no rendirme y desengancharle de tal adicción. Supongo que lo lograré, hasta el minuto 93 siempre hay tiempo de tocar la moral.

El siguiente vicio es su forma de vestir, si es que a cubrir su desnudez puede siquiera referirse eso que él hace. Digamos, sutilmente, que el gusto vistiendo se lo contagió Dani Alves; por lo que seguro que lo catalogáis como discreto. No sabemos bien qué le ha dado desde hace un tiempo, pero su daltonismo galopante (rosa y rojo, puñetazo en el ojo) y su poco sentido común que a su lado el payaso de Micolor sea un hombre elegante. Eso un día cualquiera, ya que aprovecha cualquier ocasión para lucir palmito y renovar su fondo de armario cual marujona. Pero nada es comparable a La Prenda. De los creadores de “nada podía ser peor” y de los productores de “bandera en pista a rayas amarillas y rojas” llega el famoso y catatónico pantalón de cuadros de mi ilustre amigo. Tenéis que verlo (aconsejo no desayunar antes), las palabras no hacen justicia a tamaño horror. Aunque reconozco que, aparte de que este gran señor lo viste con lustre, elegancia y altivez, me fascina cómo una prenda de tantos colores y formas diferentes es absolutamente incapaz de combinar con ninguna otra. Aunque mi grandilocuente amigo se empeña una en otra vez en disfrazarse con eso unido a un jersey ¡de rombos de otros colores! y a unos calcetines “a juego” prestados por Jesús Mariñas. Hay que reconocer que huevos le echa un rato, yo así vestido no salgo ni de mi habitación. Chapeau por mi amigo, exporta moda a pesar de lo que digan los demás.

Además, si algo caracteriza también a mi camarada son sus firmes convicciones. Esas mismas que le hacen declararse monárquico a la vez que sueña con la república, estudiar francés a la par que aprovecha cual ocasión que tiene para llamarlos a todos vuelca frutas, vanagloriarse de no dedicar tiempo a los estudios y “mágicamente” aprobar todas, vestirse y comportarse cual miembro de las juventudes del PP cuando dice ser votante de izquierdas, declarar asco absoluto a nuestra amada escuela y luego apuntarse voluntariamente a actividades extraescolares en ella y llegar el primero a clase, poner un blog público narrando al detalle su vida personal y ofenderse de veras si alguien le coge el móvil, dar por culo con quererse ir de viaje solo porque se aburre en casa y cuando tiene la oportunidad de viajar con amigos rajarse completamente, vilipendiar a alguien y luego ser nuevamente su best friend in the whole world… Vamos, igual de firmes que los cimientos de la Torre de Pisa. Bueno, me paro ya, porque seguro que son ejemplos suficientes, y hay que tomarlos con moderación. Ojo cuidado, que aun así, es de los más respetables de cuantos conozco, y defiende siempre sus ideas seas cuáles sean. Que levante la mano quienes como él lo hacen sea cual sea la ocasión (cri cri). Y también, a pesar de ello, da unos consejos bastante buenos, sinceros y muy firmes. La contradicción en estado puro.

Quizás por esa valentía y esos principios que muestra creo firmemente que podría ser un gran político, que es otra de las aficiones que este bellaco tiene. Hay quien compara su atracción a las urnas con la que el gran maestro Julio Iglesias tiene hacia cualquier persona del sexo femenino. Es ver una, y no resistirse. Buenos palos se ha llevado un servidor por no ir nunca a votar, y he de reconocer que son justos. Gracias a este buen compañero, a quien en sus largos debates políticos (zzzzzz…) acompaña otro amigo barbudo nuestro de corte proletario, ha hecho posible que mi limitado conocimiento de la materia alcance campos tiempo atrás insospechados. Eso sí, le recomiendo que se haga mirar porqué todas esas personas cultas que de vez en cuando nombra como si fuesen amigos suyos de toda la vida, siempre me recuerdan a ex jugadores del Real Betis Balompié… Se le augura un buen futuro en el campo político y/o diplomático (sueña con desalojar a Trillo de Londres), y desde aquí le deseo el mayor éxito posible. Desde algún rincón del planeta espero ver su nombre en la prensa (rosa) algún día habiendo hecho algo grande (ser tronista, por ejemplo).

Supongo que esos gustos extraños derivan en parte de su tan mal gusto en otro campo como es el juego de caballeros jugado por animales. Y es que aquí se le ve el plumero a la legua, y se dice seguidor del Trampas FC. ¿Viéndolo alguien diría lo contrario? Supongo que no, su peinado típico de las gentes que pueblan las gradas del Establo le delata. Ahora bien, todavía no me ha pasado ninguna entrada para ver a El Glorioso a pesar de que yo sea seguidor de su incómodo vecino y rival, y eso que las malas lenguas dicen que él estaba al tanto las cuentas en B de Luis El Cabrón. Supongo que es otro de los misterios sin resolver de su dilatada vida; ése y su número de cuenta en Suiza, que explicaría parte sus extensos fondos vilipendiados en los tugurios de ropa, libros y restaurantes excelsos de Madrid.

Otra de sus aficiones, aparte de los apasionantes e interesantísimos mundos de la recolección de sellos y de libros de 2ª mano, es viajar. Le encanta viajar, en business claro; de mi delicado amigo poco menos se presupone. Una de sus ciudades fetiche, a la cual reclama insistentemente como capital del reino, es Toledo. Vive absolutamente prendado de esta muy bonita ciudad (idílica según él), de la que guarda grandes amigos como El Greco, a quien el año pasado fue a visitar unas cuantas veces. Sigo sin entender cómo no fueron al Taco Away, ya que junto con la ilustre villa de Olías del Rey es de lo poco decente que hay en la comarca de La Sagra.

Espero que con este artículo que estoy ahora mismo concluyendo mi excelente amigo y mejor persona se sienta plenamente satisfecho y agradecido por ello, y que perdone a este escritor de más abajo de los confines de Príncipe Pío los comentarios hirientes que haya podido realizar; son todos realizados desde el cariño que se le guarda. Y pensar que hasta hace un tiempo éramos familia… Quien lo diría leyendo esto (o sí, que hay gente pa tó). Todavía no sé incluir la firma digital, pero si no la pondría aquí para que mi demacrado amigo creyese todo lo que le he dicho, por más que él piense que como con otra gente, su relación termina cuando lo hagan los tiempos de esclavitud de caminos en el cercano junio. Si es que hay que ver lo cerrado que es este hombre, la virgen.

Esto es todo amigos, como dirían los Looney Toons. Compañero, muchas felicidades; que tu celebérrimo cumpleaños tenga todas las fanfarrias y bambalinas que te tanto te emocionan, que seas feliz aprendiendo a vivir con todo lo que tienes que es mucho y muy bueno, que no cambies en ciertos aspectos ni un ápice (me encantan los idiotas) y que por fin aprendas de música y tengas siempre alguna canción de Mr. Worldwide que tararear… Espero poder celebrar más años que soy partícipe de tu amistad, un abrazo!!!

One car lost.

viernes, 3 de abril de 2015

XIV

Hoy me toca a mí tomar el relevo de Caronte. Soy Vix, amigo, creo, del dueño de este blog y al que hace unas semanas le pedí que me dejara escribir algo por su cumpleaños, que es mañana, y que lo publicara en el blog bajo mi nombre y total responsabilidad. Agradezco que aceptara y por esa misma razón escribo estas líneas. Mi amigo es una persona que hace un año y pico decidió comenzar a escribir este blog, sin otra voluntad que plasmar en letra, en papel y de manera digital también sus ideas, su visión de la vida y del mundo, y poder tener también una pequeña vía de escape para dar salida a todo su mundo interior. Pero no sólo ha usado el blog para mostrar su mundo interior, sus inquietudes y preocupaciones, también lo ha usado para dar una especie de homenaje a sus amigos escribiendo sobre ellos cada vez que llegaban sus cumpleaños.

Por esto también le pedí que me dejara escribir una cosa y publicarla en su blog, porque mi amigo ha escrito de todos sus amigos, con la mejor voluntad del mundo, consiguiendo, desde mi modesta opinión un resultado más que digno y creo que a ninguno le ha podido molestar nada de lo escrito en esos artículos. Pero hay un problema y es que quién le iba a escribir a él algo. Sé de primera mano que es algo que le hace ilusión pero sus amigos no son muy dados a las letras, son muy de números, como por otra parte corresponde a estudiantes de ingeniería. No es que yo sea un Cela, o un Delibes, ni mucho menos, pero también me gusta algo escribir y además conozco a esta persona desde hace muchos años, y siempre he sabido que siempre ha sido más de letras que de ciencias, lo que pasa es que tomó la decisión de estudiar Ingeniería de Caminos, él piensa que de manera totalmente equivocada, yo creo que por algo la tomaría, quizá el destino guarde para él un papel importante en ese mundo.

Pero bueno empecemos por el principio. A mi amigo le conocí en el colegio, cuando tendríamos doce o trece años, ya no me acuerdo, casi toda la vida, ya que él cumple ahora 24 años. Media vida con este señor de amigo, se hace pesado. Sólo cuando empezamos los dos la universidad es cuando hemos empezado a vernos menos. Aunque de vez en cuando seguimos quedando y contándonos las cosas, más él que yo que siempre he sido más callado. No obstante si lo pienso bien creo que conozco bastante bien y en profundidad la vida de mi amigo. Muchas has sido las cosas, anécdotas e historias que me ha contado desde que está en la universidad, no sé si me vio cara de cura porque a veces tenía la impresión de que me usaba como confesor, cosa que como muestra de confianza agradezco, pero que tras seis años me ha convertido en un baúl de secretos, muchos de los cuales tampoco hubiera pasado nada si no me los cuenta. Menos mal que no compartimos muchos amigos en común, y no conozco en persona a ninguno de sus amigos de la universidad, porque sería difícil mantener la boca cerrada de tantas cosas como me ha contado mi amigo.

Si tengo que ser sincero, y espero que no le moleste leer esto, como creo que él mismo ha sido cada vez que escribía sobre sus amigos, tengo que decir que mi amigo es un poco rarito. Tiene sus manías y una forma de ser un tanto especial. Bueno en realidad es raro de pelota, y perdón por el exabrupto. Esta es la realidad, no me extraña que algunas personas en la universidad con las que, sin ser amigas, tiene relación digan y le consideren, sin haber tenido nunca el valor para decírselo, el raro del grupo. Pero vamos por lo que me cuenta mi amigo, que esa gente le llame raro, con lo que ellos mismos tienen encima, es más para él un piropo y una señal de que está haciendo bien las cosas que algo que le haga sentirse mal. Sí es cierto que durante los primeros años de universidad pasó una época mala sabiéndose o, mejor dicho, considerándose él a sí mismo raro, diferente, un extraño en un mundo de igual o semejantes. Cosa que siempre le dije que era una soberana estupidez porque si todo el mundo fuera igual la vida sería muy aburrida.

Muchas veces le he dicho que si todos fuéramos unos aprovechados de la vida; si todos fuéramos unos hipócritas que criticamos mucho una cosa cuando no somos nosotros los que la hacemos o utilizamos, pero que a la menor oportunidad hacemos uso y disfrute de esa misma cosa intentando que no se nos descubra; si todos vistiéramos igual, con vaqueros todos del mismo corte y color, con los mismos jerséis lisos y de colores suaves, con los mismos polos de tonalidades pastel; si todos leyéramos el mismo tipo de libros; si todos comiéramos el mismo tipo de comida, y nos gustaran el mismo tipo de salsas para las patatas o los langostinos; si todos votáramos como burros con orejeras sin cuestionarnos absolutamente nada al mismo partido político una vez tras otra; si todos nos tomáramos la universidad con la misma intensidad como si fuera lo más importante del mundo cuando sólo es una etapa más en la vida que acaba con una fiesta de disfraces donde te entregan un papel timbrado y firmado por el Jefe del Estado en el que se pone con letra gótica que se es tal o cual cosa; si todos tuviéramos a un papá que nos colocara en su empresa o tuviera conocidos en otros lugares; si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón ¿qué sería del mundo? ¡Cuántas tardes habré pasado con mi amigo hablando de esto al principio de la carrera! Sobre todo cuando peor estaba de ánimos y de autoestima.

Para qué negarlo es mejor ser diferente. Es duro, pero a la larga es siempre mejor porque es lo único que nos distinguirá de lo mediocre, de lo común, de lo habitual, de las copias infinitas que parecen ser la moda ahora. Pero esto lo veo yo y me ha costado lo mío hacérselo ver a mi amigo que ahora sí acepta con absoluta normalidad el ser algo más diferente en algunos aspectos a los demás, a esas personas que él siempre consideró como más normales que él y que envidiaba por ello, a esas personas que se convirtieron luego en sus amigos, sin nunca, o el menos es lo que me ha contado, juzgarle, aceptándole siempre tal y como era, y haciéndole ver también, cosa que les agradezco de mi parte, que no era raro. Porque raro y diferente son cosa muy distintas, y hay quien confunde los términos.

Desde que conozco a esta persona muchos son los cambios que ha experimentado y que él mismo ha generado de manera voluntaria. Otros cambios le han llegado a la fuerza, impuestos por el ambiente tóxico de su Escuela, o eso es lo que he terminado por concluir de todas nuestras muchas conversaciones. El cambio más evidente, decidido por él que ocurriera, ha sido físico. Hace tres años este amigo mío estaba gordito, bueno gordo por qué no decirlo. Nunca le gustó su cuerpo, siempre quiso cambiarlo pero también siempre le dio mucha pereza. Yo soy una persona que suele hacer algo de ejercicio durante la semana, o me voy a nadar un par de días entre semana, o los fines de semana me voy a correr o a andar a paso ligero, y muchas veces le dije que me acompañara, pero nunca terminaba echando ganas.

Pero hace un par de años decidió que hasta aquí había llegado, que tenía que cambiar. Y lo hizo. Empezó a controlar las comidas, reduciendo las cantidades pero comiendo de todo. Cambió la bollería industrial por los cereales. Las comidas grasientas por carnes y pescados a la plancha, y verduras rehogadas. Pero ante todo se pudo a hacer ejercicio: natación durante el curso, salir a correr en vacaciones, abdominales casi todas las tardes, etc. Y lo consiguió. Bajó de peso. Adelgazó enormemente, tanto que tuvo que arreglar primero y luego cambiar todo su armario porque la ropa no le valía. Está irreconocible y eso que no he dejado de verle desde hace un montón de años, pero el cambio ha sido radical. Alguna vez que le he preguntado por el porqué desea voluntad de cambio, siempre he recibido la misma respuesta y es que si quería empezar a cambiar las cosas a nivel personal tenía que empezar por su físico que no terminaba por gustarle.

Bueno esto ya lo ha conseguido Lo que pasa es que ahora debería empezar a coger un poco de masa muscular porque ahora mismo no es más que un saco de huesos con algo de carne pegada a ellos. Eso sí según él ha conseguido tener abdominales, que no es que no los tuviera antes, ya que todos tenemos esos músculos, sino que siguiendo los consejos del sabio José María Aznar – sé que esto le va a molestar pero da igual algo de chicha habrá que poner digo yo – ha conseguido tener “tableta” (aunque también digo habrá que verlo porque a un adolescente de estos que se creen que están bueno y muestran sus “músculos” delante del espejo del baño mientras se hacen un selfie con el móvil para colgar en Facebook o Instagram para que las adolescentes suspiren por ellos, también se les notan la tableta de abdominales pero porque están delgados).

Hasta aquí el cambio físico, el más obvio, que no es poco. Pero también ha habido cambios más a nivel personal, íntimo. El entrar en su Escuela, y ojo que como se me escape lo de Facultad puedo acabar colgado de un árbol con las tripas y entrañas saliéndome por el abdomen tras haber sido este rajado para disfrute de las aves carroñeras que sobrevuelen los cielos de Madrid, si es que hay alguna; como digo el entrar en su Escuela supuso muchos cambios. Como digo, el salir de su barrio, cosa que en principio hubiera sido algo muy beneficioso pero que, al menos durante los dos primeros años, le supuso un duro golpe en su concepción de la vida y del mundo. También es cierto que a la larga esa salida de su barrio ha sido lo mejor que le ha pasado, por lo que he podido comprobar con mis propios ojos y por lo que él mismo me ha contado (aunque esta salida haya supuesto que no nos veamos todo lo que nos gustaría, cosa que no tiene por qué ser nada mala). Desde aquellos primeros años de universidad hasta este, el último de ellos, muchas han sido las cosas que ha vivido, buenas y malas, alegres, tristes, penosas y en algún caso destructivas. Pero son cosas de la vida. La cuestión es que si físicamente mi amigo ha cambiado bastante, también se personalidad lo ha hecho.

Antes de entrar en la universidad era una persona algo introvertida, le costaba mucho empezar a conocer a la gente, hacer amigos, relacionarse en general con otras personas. Sólo si la relación con otras personas se comenzaba porque yo u otras personas con las que previamente tenía contacto lo hacíamos él se unía y terminaba siendo una persona amigable y en cierto modo sociable. Esto sí que le trajo muchos problemas al entrar en la universidad y darse cuenta que apenas tenía amigos, quizá yo solamente, y ver cómo toda la gente con la que empezaba a relacionarse tenía círculos externos a la Escuela con los que hacían cosas los fines de semana, o parejas con las que quedar. Compararse con esos nuevos compañeros, algunos de los cuáles luego sería sus amigos, le hizo ir creando una bola de ansiedad que terminó estallando en un viaje de prácticas en Valencia. Y a partir de ese momento entró en un túnel oscuro. Un túnel hacia las profundidades de su propio ser, de su propia personalidad. Un túnel de falta de autoestima, de falta de ganas por ir a la universidad y de falta de ilusión por nada. Túnel que se agravó y profundizó con el asunto de no tener pareja algo que le persigue constantemente y del que, aunque diga que ahora lo tiene algo más asumido y controlado, creo que sigue tocándole mucho la moral.

Pero con la ayuda de su familia, de sus amigos de la universidad, estos últimos con un peso importante en todo este asunto ya que según me ha contado con cierta emoción y alegría contenida han sido uno de los apoyos más firmes que ha tenido; y supongo que también con mi ayuda aunque muchas veces lo único que he hecho ha sido escuchar, nada más, porque en el fondo lo que muchas veces mi amigo necesitaba era ser escuchado, sin más, y comprendido, sobre todo esto último; con toda esta ayuda y apoyo consiguió poco a poco ir viendo la luz final del túnel y terminar por salir de él, aunque también haya habido momentos de tropiezo después. Pero ¿quién no tiene momentos malos a lo largo del año? Quien afirme esto último no sabe lo que dice y tiene una vida más que vacía. Siempre le he dicho a mi amigo que la vida en el fondo es esto que ha vivido, pero con diferentes intensidades. La vida es sufrimiento, es alegría, es dolor, es amor, es odio, es pasarlo mal, y pasarlo de puta madre también. Y quien no vive emociones confrontadas no vive al fin y al cabo.

Todo esto que ha vivido le ha dejado algo dentro de él. No es la misma persona que entró en la universidad hace seis años. Ha cambiado, pero no quiero decir si para bien o para mal, porque tampoco lo sé, sólo el tiempo, el más viejo y sabio de cuantos acompañantes vitales tiene un hombre a lo largo de su vida, podrá decir si los cambios a nivel personal, íntimos, de carácter, que ha tenido en estos seis años de forjado universitario han servido para armar un carácter definitivo y definitorio. Ahora es algo más egoísta, y lo digo como lo siento. Egoísta en el sentido de que ha empezado a pensar más en sí mismo que en los demás, en sentirse bien él y hacer siempre aquello que desee antes de cualquier otra cosa. También es algo más abierto a la hora de conocer gente y de relacionarse con sus compañeros de clase, con los que le cae bien, con los que le caen mal y con los que ni una cosa ni la otra. Esto puede ser considerado como algo hipócrita, y lo es, pero por lo que me ha ido contando en estos seis años, es lo que se lleva en su carrera: la hipocresía y el cinismo, y a veces hay que adaptarse a ello. Sé que no le gusta ser así, pero casi mejor para tratar a personas que miran por encima del hombro.

Sin embargo sigue sin haber cambiado una cosa, y es que sigue siendo muy cerrado de mente; cerrado en el sentido de que le cuesta mucho asumir riesgos, asumir retos, cambiar un plan que tenía preestablecido en su cabeza por algo que surja de la nada. Y esto es algo que no es bueno. Muchas veces le digo, muchas veces sin aplicarme yo el mismo cuento, que no puede estar siempre tan ceñido a unos planes, a un horario, que en el fondo no son tales y no existen, que son simplemente una especie de normas que él mismo se auto impone y de las que es muy difícil sacarle. Por ejemplo si tenía pensado cenar en su casa, o comer, o llevar a su madre al trabajo. le cuesta mucho cambiar esa mentalidad; le cuesta mucho si alguien dice de comer por ahí aceptar ese plan porque piensa que está faltando a algo, o si un amigo le dice de quedar un domingo por la tarde tampoco suele aceptar por el hecho de tener clase al día siguiente. No se puede ser así, tan cerrado de mente, sobre todo para los asuntos personales. No se puede vivir tan pegado a unos planes pensando que si te los saltas estás cometiendo un grave delito. Hay que vivir la vida y eso supone básicamente improvisar día a día. No se puede vivir supeditado a una especia de normas, porque quizá esas normas ficticias nos están impidiendo descubrir algo que merece la pena.

Y es que ser tan cerrado en estos temas es peligroso. A mi amigo le pesa mucho en su forma de ser, en sus ánimos, el hecho de no tener pareja, cosa que le pasa a mucha gente, pero que a él le agravó mucho la gran crisis de personalidad que tuvo hace un tiempo. Pero si no se abre un poco, si no acepta el libre albedrío de la vida: que no todo puede estar medido, contado, cronometrado y fijado de antemano, nunca va a tener pareja, y lo digo aunque parezca y sea duro. Aunque no sólo depende de esto último. También debe cambiar él mismo algo su manera de ser y sobre todo dejar de tener miedo. Miedo es lo que arguye. Ese miedo es el que le lleva a poner siempre excusas para no terminar de aceptar los consejos de sus amigos. “¿Y miedo de qué?” Le pregunté hace poco. No me supo contestar a la primera, estuvo pensando, dándome largas, vagas razones que no eran verdad. Pero de pronto me dijo que sentía miedo no a hablarle a alguna chica que le gusta, o incluso a decirle directamente eso. Más bien diente miedo de no amar, de no saber amar, de no sentir nunca que una chica le ama; de no sentir nunca pasión por una chica, esa pasión que desarma a los seres humanos y les vuelve vulnerables; esa pasión irracional. Tiene miedo a no encontrar el amor que busca, y a no cumplir sus propias expectativas puestas en el hecho de tener pareja. Y yo le digo que lo que realmente le pasa no es que tenga miedo de todo eso, es que tiene miedo de equivocarse. Pero es que las equivocaciones son una cosa más de la vida. Dice un proverbio hindú: a veces se gana y otras veces se aprende. Por esto siempre intento decirle que o se atreve en algún momento, más pronto que tarde, y hace algo de todo lo que sus amigos le llevan aconsejando mucho tiempo, o empieza a asumir que la vida seguirá pasando y seguirá solo, sin pareja, sin siquiera acercarse a las puertas de la felicidad y del amor (aunque a veces tras esas puertas no sea todo siempre de color de rosa).

Pero vayamos a otros aspectos. Mi amigo es un grandísimo amante de la música clásica, quizá por ello también es considerado un rarito. Pero es algo que le da igual. Cada vez que se pone a escuchar música clásica es capaz de evadirse totalmente. Cualquier problema que tenga desaparece, al menos momentáneamente si se pone a escuchar sus piezas musicales preferidas. Lleva años sin perderse el Concierto de Año Nuevo de Viena, y sueña con ir allí a vivirlo en directo algún que otro años; y estoy seguro que algún día estará allí. Me acuerdo todavía de cuando me dijo que si le quería acompañar a ver uno de los eventos musicales más importantes que se iban a dar en Madrid hace un par de veranos. Y es que la cuestión era que tocaba en el Teatro Real la Orquesta Filarmónica de Berlín, bajo la batuta de Sir Simon Rattle, una de las piezas más famosas del mundo: la Novena Sinfonía de Beethoven. ¿Qué más puede pedir un amante de la música? Pues según sus propias palabras nada. Y no fue para menos, durante el concierto, que vimos desde la última fila del gallinero del Teatro Real, mi amigo entró varias veces en trance escuchando varios compases de la sinfonía. Pero esto también tiene su toque friki, porque hace ya un tiempo me confesó que a veces sólo en su habitación se pone música clásica y con un palillo chino que cogió de un restaurante por batuta, se pone a dirigir una orquesta ficticia y fantasma (espero que no se enfade por destapar este pequeño secretillo).

Otra de sus grandes pasiones son las letras. La lectura le apasiona, vamos casi diría yo que le obsesiona. El año pasado sin ir más lejos me dijo que se leyó sesenta libros, lo que si no me fallan las cuentas son unos cinco libros al mes. Una barbaridad. Cada vez que hablamos de literatura me asombra ver la gran variedad de géneros y autores que toca. Siempre están presentes sus favoritos: Eduardo Mendoza, Muñoz Molina, Paul Auster, Vargas Llosa, Le Carré, y últimamente también Marías, Graham Greene, McEwan o Javier Reverte. Una vez me dijo que quizá el germen de esa pasión por la literatura, el origen de ese magnetismo brutal hacia los libros fue uno que leyó en sexto de primaria, “Finis Mundi” creo recordar que me dijo, que le dejó muy marcado y le descubrió que los libros contienen tantos mundos como lectores hay en la Tierra. A veces también me dice, con algo de melancólica tristeza que no va a tener tiempo de leer en vida todo aquello que quisiera, que llegará un momento en que se dará cuenta que habrá miles de historias que dejará sin leer y deberá decidir, cosa que no quiere ni plantearse.

Pero, como ya comenté al principio, las letras también le gustan ahora por la otra faceta: la de escribirlas. Por esta razón creó el blog que hoy secuestro para publicar estas líneas. Escribe y le gusta. Otra cosa es que lo que escriba interese a alguien o incluso esté bien escrito. Al menos lo intenta. Ahora está con una historia que según se le ha ido un poco de las manos porque no pensaba que se le fuera a extender tanto, pero bueno en el fondo es lo que siempre me ha dicho desde que comenzó este blog: su mayor ilusión es llegar algún día a escribir un libro. Simplemente eso escribirlo, ni tan siquiera publicarlo. Piensa que no tiene talento ni madera de escritor que está muy contaminado por su carrera de números, pero si tengo que ser sincero sí ha habido cosas que ha publicado que han merecido la pena. Sé que en el fondo por encima de cualquier otra cosa, le haría ilusión poder ser algún día escritor, más que como profesión como hobbie y complemento a su actividad profesional, y poder alguna vez firmar libros en el Retiro durante la Feria del Libro. Yo le digo que persiga ese sueño, esa ilusión, y que tenga en cuenta que el único Nobel que tiene su Escuela y su Universidad es de Literatura: Don José de Echegaray; y además uno de los más influyentes escritores españoles del último siglo también fue Ingeniero: Don Juan Benet.

No me gustaría terminar este pequeño y humilde homenaje a mi amigo sin hablar de probablemente su gran pasión: Londres. Desde que fue por primera vez hace ya casi diez años siempre ha deseado volver, y lo hizo hace unos cuantos. Siempre dice que no se habrá enamorado nunca de una chica, que ya llegará el día seguro, pero sí se ha enamorado locamente de Londres. Es su gran amor. Todo en aquella ciudad le vuelve loco, le entusiasma, le gusta y le ilusiona. Estaría visitando Londres todos los años aunque fuera un fin de semana. Recorrería sus calles sin cesar como un vagabundo sin rumbo ni objetivo alguno en la vida más que andar y andar y andar. Se sentaría en las hamacas de cualquiera de sus parques a ver como muere el día, a ver a los niños jugar con sus padres, a las parejas amarse, y a los abuelitos dar un paseo recordando probablemente momentos pasados vividos con mucha intensidad. Me dice muchas veces que Londres tiene algo que no sabe explicar, algo magnético. También dice que no cambiaría Madrid por nada, pero que si lo tuviera que hacer, sólo sería feliz en Londres.

Bueno creo que ya es hora de acabar, porque si no me va a matar mi amigo Caronte. Bastante le estoy hurtando del blog ya. Sólo me quedar decir que espero vivir muchos cumpleaños suyos más, quizá no escribiendo algo sobre él porque esto se hace una vez y no más, pero sí como amigos. Espero que lo escrito le guste porque a mí me ha costado lo mío poder escribir estas líneas, no me extraña que me diga que no es fácil escribir por mucho que tengas dentro que contar, y no me extraña tampoco que admire a todos esos escritores que publican libros, de calidad más o menos decente, como rosquillas. Después de esto yo también admiraré a quien es capaz de escribir con coherencia algo. Espero haber contribuido, aunque me haya adelantado unas horas a su cumpleaños, a hacérselo pasar menos aburrido y anodino de lo normal. Sé que el artículo le hará ilusión porque así me lo ha dejado caer ya un par de veces diciendo con melancolía que él escribe de todos sus amigos, porque les aprecia y les quiere, sin ninguna intención más que la de hacerles un regalo algo más personal y divertido. Acabo ya, habría mucho más que decir pero con esto es más que suficiente. Feliz cumpleaños amigo.

P.S.: El otro día el muy cretino va y me dice la mayor gilipollez que me ha soltado en mucho tiempo. Y es que va y me suelta que se apuesta conmigo que si dentro de 25 años sigue viendo a sus amigos y teniendo relación con ellos me invita a una cena en el mejor restaurante de Madrid. Me quedé alucinado. Parece ser que no tiene esperanza ninguna a que cuando acabe la carrera tenga relación con sus amigos de la Escuela. Soberana estupidez. Basa esta conclusión en que si ahora que se ven todos los días quedan a tomar algo, o para hacer cosas juntos, de higos a brevas, si es que quedan en algún momento, en cuanto acabe la carrera y su relación diaria, poco se van a ver. Lo que hay que oír de vez en cuando. A ver si se echa novia de una vez y deja de soltar imbecilidades, y ella le mete en vereda soltándole un par de guantazos cada vez que diga algo sin sentido.

Vix.