sábado, 7 de febrero de 2015

Un día como hoy

Un día como hoy, una vez acabados los exámenes en la universidad, debería estar contento, debería estar por ahí fuera en la calle, dándome una vuelta o de fiestas con amigos, con mi pareja o simplemente disfrutando el día. Sin embargo aquí estoy, en mi casa, sin salir, al calor del radiador que hay debajo de mi escritorio, escribiendo estas líneas y sintiéndome encerrado en una prisión, mirando por la ventana y sólo viendo los barrotes que impedirían a un ladrón romper el cristal y robarnos lo poco que tenemos. No debería ser así. Pero no me queda más remedio que asumir que hay días en los que por mucho que quiera salir es imposible o no tengo las ganas suficientes, ni probablemente el valor tampoco, para hacerlo yo sólo sin depender de nadie ni de nada.

Es verdad que hace un frío de mil demonios. Probablemente estemos en Madrid ante la semana más fría, no sólo de este año, ni de este invierno, sino quizá de los últimos diez o quince años. Hacía mucho tiempo que no hacía tanto frío y durante tantos días seguidos. Para muestra de lo que digo sólo hay que haber visto las noticias en la televisión o en internet para descubrir que la mitad de España está bajo una capa importante de nieve, y la otra mitad bajo capas y capas de ropa intentándose proteger del frío glaciar con que el viejo y gruñón invierno nos ha querido deleitar este año. Pero no me hubiera hecho falta tener que ver las noticias y las imágenes de carreteras desaparecidas bajo un manto blanco, o las capitales del norte de España dejando estampas de postal para saber que este año ha devuelto el frío de antaño a nuestras calles. Sin ir más lejos, muchos son los años que las fuentes de mi barrio llevaban sin amanecer completamente congeladas, yo al menos no recuerdo haberlas visto así al menos desde que iba al colegio, cuando tenía unos quince años, y cuento ahora con veintitrés.

Por mucho que hubiera podido aprovechar este fin de semana de “vacaciones”, y digo vacaciones por no echarme a llorar, ya que llevo (yo y todos mis compañeros de universidad) tres semanas seguidas de exámenes sin haber descansado un puñetero día para nada, para salir y despejarme por fin, para recobrar las fuerzas perdidas desde la Navidad fantasma que he tenido este año, probablemente el frío hubiera echado para atrás a cualquiera de las personas a las que se lo hubiera pedido. Porque siendo sinceros, no hace tiempo para hacer lo que a mí más me gustaría hacer en un día como hoy, sea la época del año que sea, dar una vuelta por Madrid sin tener un rumbo fijo, simplemente recorriendo calle tras calle. Pero estamos en invierno, y este año ha venido crudo de verdad, como los de antaño, por lo tanto tengo que asumir que el frío pueda minar las ganas de salir a la calle, por miedo de acabar con la nariz, o las orejas perfectas para usar de cubitos de hielo en un cubata.

Debería aprovechar al menos estos dos días que tengo sin ocupaciones, ni obligaciones de la universidad, ni preocupaciones académicas, ni relacionadas con mi Proyecto Fin de Carrera. Pero parece que siempre que se me puede presentar una oportunidad para disfrutar, para salir y despejarme y olvidarme de todo lo que me suele rondar la cabeza y que termina preocupándome de más, todo se acaba truncando. Ha dado la casualidad que de los pocos amigos que tengo ninguno esté este fin de semana para quedar y tomarnos algo o dar una vuelta, aunque muy probablemente lo que a mí me gustaría hacer a ellos no es lo que más les guste y por eso quizá tampoco puedo estar todos los fines de semana diciéndoles nada. Además está el Proyecto que les absorbe por completo y les separa del mundo para hacerlo. Yo no comparto esa obsesión con lo relativo a la Escuela y por ello los fines de semana si le echo ganas suelo salir, aunque sea un rato minúsculo y por mi barrio y aunque tenga muchas cosas que hacer de la universidad.

Quizá si estuviera en otra carrera que me gustara y me ilusionara podría compartir con mis amigos más inquietudes y horarios, y quizá me administraría el tiempo igual que ellos. Pero no es así. Estoy en una carrera que con el tiempo me ha dejado de llenar. Me he dado cuenta del error que cometí. Me di cuenta tarde y no pude rectificar, por eso ahora me siento encerrado en mí mismo, con una parte de mí a la que le gustaría volar lejos y dejar todo atrás, incluso a todos los que esta carrera me ha dado y a los que quiero como amigos. También es cierto que si tuviera amigos fuera del ámbito de mi Escuela no me sentiría así, y un día como hoy podría aprovechar para desconectar del todo, de la universidad, de mi casa, de mi vida y de mis problemas y preocupaciones. Podría escaparme de mí mismo y respirar, cambiar de aires. Pero no puedo hacerlo. Mi círculo es único, y quizá eso a la larga me termine por agobiar, haciendo que el círculo acabe de nuevo en un único punto.

Pero estoy donde estoy, tengo los amigos que tengo y de los que no me puedo quejar. Tengo mejores amigos de los que me merezco, amigos que nunca pensé podría llegar a tener, y a los que a veces muestro menos amistad de la que ellos a mí me demuestran. No soy muchas veces justo con ellos, es más podría llegar a considerarme un traidor o un judas, pero muy probablemente sin ellos, aunque sean pocos, peor llevaría la carrera y mi propia vida. No creo que pudiera pedir ni encontrar mejores amigos, lo que pasa es que a veces si siento como si necesitara tener otros amigos que nada tuvieran que ver con la Escuela, porque como un virus que va atacando y destruyendo todas las células y tejidos del cuerpo humano, mi Escuela termina por alejar, individualizar y consumir las ganas de todo. Hay ocasiones que necesitaría estar en un aire diferente, con gente diferente y que nada tuviera que ver con la ingeniería. Con gente con la que pudiera compartir quizá más inquietudes y aficiones personales. A veces como he dicho antes necesitaría volar, irme lejos del aquí y el ahora, de mi escuela y de mis amigos. A veces siento que me falta el aire y que sólo lo podría recuperar con nada que tuviera que ver con mi vida. Pero eso es imposible.

En días como hoy me gustaría, no voy a negarlo, quedar con mi novia, con mi pareja y salir a dar una vuelta, a pasar frío los dos de la mano recorriendo las calles de Madrid, sentándonos al calor de las estufas eléctricas de la Chocolatería San Ginés a tomarnos un bueno chocolate caliente y unos churros, a contemplar el frío caer sobre el Palacio Real y ver a otras parejas hacer lo mismo que nosotros, simplemente pasear juntos de la mano o abrazados, acompasando nuestros pasos y sintiendo el calor de uno en el cuerpo del otro. Todo llegará algún día. O no. Quizá deba acostumbrarme a pasar días como hoy como lo estoy pasando, en mi casa, escribiendo o leyendo, calentito en invierno, viendo una película de esas que uno siempre ve en tardes en las que no hace nada salvo hibernar en casa, películas que termina sabiéndose de memoria. Debería empezar a acostumbrarme a esta vida, o al menos debería empezar a pensar que a lo mejor algún día cambie todo y tardes como esta las pase igual que hoy pero acompañado de mi novia en mi casa, o en la suya, bajo una manta zamorana viendo una película que me sepa de memoria pero que a ella le haga ilusión ver y con la que me quedaría dormido sin remedio, pero no pasaría nada porque ella me despertaría susurrándome al oído, o con una caricia en el pelo o simplemente con un codazo brusco que me hiciera dar un pequeño bote en el sillón, tras el cual fingiría haber estado viendo la película muy interesado.

Pero no hay nada de eso. Ni amigos con los que poder quedar hoy, ni novia con la que pasar la tarde o ir a cenar fuera a celebrar cualquier chorrada, simplemente que nos queremos o que he acabado los exámenes. Lo único que tengo hoy, en este día tan frío es lo que estoy haciendo, escribir. No es gran cosa, es más, muy probablemente no sea nada, y lo que en un principio pueda hacerme sentir mejor al ser una válvula de escape a mi mente y mis ideas, termine convirtiéndose en un espejo de mi alma, el reflejo de una vida que cuando en el futuro lo vuelva a mirar o leer vea lo que fui, o lo que sea en el momento en que vuelva a mirarme en estas letras, un reflejo de mis preocupaciones y de todo lo que me inquiera y me impide ver más allá. No debería estar escribiendo una tarde como hoy, pero todo ha querido que así sea. Las letras en el fondo pueden ser unas magníficas compañeras, y dar más compañía que muchas personas. Las letras permiten leer vidas ajenas, o propias por semejanza y paralelismo. Vidas más o menos difíciles, depresivas, o por el contrario dichosas y envidiables, llenas de aventuras, emociones, diversión y alegría, y vidas llenas de amor.

Hoy me toca refugiarme en las letras. Primero escribiendo estas letras yo mismo, mostrando aquello que siento esta tarde fría de la semana más fría de todo el año y el invierno; y después probablemente las letras escritas de otros, o mejor dicho de otro escritor. Letras ajenas en las que me sumergiré para poder así volar lejos, a los escenarios que se describan en esa historia, en ese libro. Volar e irme yo también a vivir las mismas aventuras que pasen los personajes descritos en esas letras ajenas a mí, y en las que a veces me parece verme descrito. Volar para no estar aquí en mi habitación tras las ventanas enrejadas de mi casa, como encerrado en una prisión de la que quisiera escaparme para ser fugitivo de mi propia vida, para huir hacia delante sin mirar a todo lo que hay detrás y que no quiero ni siquiera recordar. Solo las letras me permiten esa huida a día de hoy, esa carrera sin descanso hacia lugares lejanos, hacia vidas ajenas que se parezcan la mía, o sean radicalmente ajenas a mí, para así al menos no pensar en que un día como hoy que se supone de vacaciones, el primero realmente en el que no tengo que hacer absolutamente nada desde que empecé este último curso de universidad en el que estoy inmerso, estoy en mi casa deseando salir a hacer algo con alguien sin poder hacerlo.

No me sale nada más. Hoy no me nacen más palabras que pueda dejar fijas en un folio de papel. Folio ficticio que no es más que la fría pantalla de un ordenador que no huele a árbol y en el que la tinta no es más que unas imágenes en forma de letras unas tras otras que no huelen a tinta tampoco. Me gustaría poder escribir más pero hoy ya me he agotado, hoy no tengo más vida que contar. Hoy ya se ha acabado. Mañana quien sabe si habrá algo que merezca la pena contar.

Caronte.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Recuerdo y silencio (Parte III)

Tras ver el muro perimetral, decidimos ver los barracones donde “vivían” los prisioneros. De todos los módulos para prisioneros que llegó a tener el Campo de Dachau, actualmente sólo han dejado en pie un par de ellos, mientras que del resto sólo quedan las plataformas encima de las cuales se levantaban las edificaciones. Los barracones dormitorios son unas edificaciones simples, de una sola planta, alargadas y no muy anchas. Dentro de ellas apenas hay un par de salas. El espacio principal estaba ocupado por literas de madera sin colchón alguno, una encima de otra, y tupiendo todo el espacio aprovechando al máximo todo hueco disponible. Es fácil imaginar el nivel de hacinamiento de los presos que allí pasaron muchos meses de sus vidas, temiendo diariamente ser vilmente asesinados o maltratados, o es posible que deseando que llegara la muerte para quedar libres de aquel infierno en vida que estaban pasando. Algo que me llamó la atención fue la zona de los retretes. Todos estaban juntos una al lado del otro en dos hileras una enfrente de la otra, sin intimidad alguna, aunque qué más daría la intimidad en una situación como la que se podía dar en aquel sitio. La sensación con la que salí de los barracones de los prisioneros fue que más que destinados a seres humanos, estaban destinados a alojar a animales que esperan su turno para ser sacrificados. Allí dentro sí que se sentida el silencio, pocos de los que visitaron a la vez que yo aquellos dormitorios hablaban o cruzaban palabra con nadie. Frío, mucho frío se sentía allí dentro.

Pero aún quedaba un golpe más que nuestras conciencias tendrían que soportar. Después de salir del barracón de los prisioneros no dirigimos hacia el final del Campo de Concentración, hacia la zona más alejada de la entrada y del edificio principal. En el fondo nos quedaba muy poco por ver. Sin embargo lo que faltaba hubiera sido más que suficiente si lo que buscamos aquella manara eran emociones fuertes que permanecieran constantemente con nosotros en nuestro recuerdo. Nos dirigimos hacia los edificios que albergaban la cámara de gas y los hornos crematorios. El camino lo hicimos en silencio, no tanto como el que habíamos guardado hasta entonces, pero sí mayor del habitual en aquel viaje hasta ese día. No sé Alex o Juan Carlos, yo sí estaba afectado por Dachau. Todo lo que allí estaba viendo estaba calando muy profundamente en mí, y muy probablemente se fijaría en mi memoria para ir conmigo siempre.

El edificio de los hornos crematorios y de la cámara de gas es una construcción rústica de ladrillo, con tejado a dos aguas y muchas chimeneas en el mismo. Esas chimeneas por sí solas ya anunciaban sin mayor estridencia qué es lo que nos íbamos a encontrar allí dentro. A decir verdad el entorno del edificio crematorio era el más bonito de todo el Campo, rodeado de árboles y jardines bien cuidados. Una crueldad más a la que someter a los prisioneros que hasta allí fueran conducidos para “ducharse”. Nada más entras al edificio nos encontramos con una sala con varias cabinas de cremación. Parecían los hornos donde los panaderos hacen pan en nuestros pueblos, pero la finalidad de los que aquel día estábamos viendo estaba más que clara y creo que no necesita explicación alguna.


Sin embargo aquello que terminó por helarnos la sangre del todo, por acallarnos por completo, por hacernos dejar de pensar e incluso de sentir fue la cámara de gas. Una sala cuadrada, de techo bastante bajo y apenas con luz, llena de orificios de varios tamaños, formas y disposiciones, en paredes, suelo y techo. Por esos orificios llegaba la muerte. Por esos orificios se iba la vida, si es que alguno de los que hasta allí llegaran por mucho que les latiera el corazón pudo decirse que estaba vivo. Dentro de esa pequeña habitación, claustrofóbica, intenté estar un par de minutos recordando, supongo que rezando por aquellos que en salas semejantes por toda Europa murieron hace setenta años, pero no pude. Me salí enseguida. No aguantaba más allí dentro pensando en la angustia de los que allí entraron engañados, creyendo que iban a recibir una ducha, al darse cuenta que lo que iban a hacer allí era morir sin haberse despedido de nadie. Esa sala por sí misma representa toda la maldad que puede llegar a idear el hombre. Esa sala de la vergüenza para el ser humano.

Tras ver la cámara de gas decidí que yo ya había visto suficiente, y aunque todavía quedaban un par de salas con más hornos crematorios mi visita ya había acabado. Me salí afuera, a que me diera el aire, a respirar. Nunca había necesitado más el aire, ni siquiera ese mismo día nada más empezar la visita a Dachau. Quien pretenda visitar un campo de concentración debe ir preparado para encontrar el horror. No sé si yo estaba preparado. Poco después de salir yo, mis dos compañeros de viaje también lo hicieron. Pocas palabras cruzamos sobre lo que acabábamos de ver. Pero es que pocas palabras quedan dentro de uno tras ver aquello, y poco se puede comentar de algo que todos sabemos lo que supuso. Quiero decir que en Dachau no murió nadie en la cámara de gas, porque no dio tiempo a usarla. Pero este dato da igual. ¿Qué más da si murió alguien o no, si el objetivo estaba claro?

A pesar de que todavía nos quedaban varias cosas por ver, la visita ya no fue igual que hasta entonces. El paso por la cámara de gas creo que nos afectó a los tres y ahondó el silencio que se había apoderado de nuestro espíritu aquella mañana. Tras la visita al edificio de la muerte, solo nos quedaban por ver los memoriales construidos por las diferentes confesiones religiosas. Muy cerca del edificio del crematorio estaba el memorial ortodoxo ruso, que no era ni más ni menos que una iglesia votiva típica de cualquier pueblecito ruso, construida en madera y muy bonita por cierto. Luego nos dirigimos al memorial cristiano protestante, que era una construcción gris de hormigón, horrorosa y fría; el memorial cristiano católico no recuerdo muy bien cómo era pero no tuvo que ser demasiado impresionante para que no dejara poso en mi memoria. Sin embargo el que sí me impresionó fue el memorial judío.

Este memorial consta de una gran estructura que se abre en medio de la tierra a través de una rampa que desciende lentamente hacia una especia de gruta en la que en unos huecos hechos en las paredes hay unas velas destinadas al recuerdo de todas las almas que perecieron en aquel Campo de Concentración. La estructura se va estrechando a medida que uno profundiza en ella y se va oscureciendo por la falta de luz solar. Poco a poco se va haciendo más íntima, y permite a los que pasamos a verla recogernos sobre nosotros mismos y pensar, recordar y rezar en la lengua que queramos y al dios que nos venga en gana o en el que creamos. De todos los memoriales que hay en Dachau el judío fue el que más me conmovió.

Una vez visitado el memorial ya era hora de ir acabando la visita a Dachau. Ya no había más que ver, y lo que ya llevábamos visto había sido más que suficiente. Nos encaminamos a la salida a través de la avenida central arbolada del Campo de Dachau, donde en su día se debía congregar la poca vida que los prisioneros allí encerrados tuvieran para charlas con sus compañeros de cautiverio. Esa avenida, ahora vacía y solitaria, jalonada por los grandes árboles que con los años han ido creciendo y proporcionando algo de belleza a un lugar que tan malos y trágicos recuerdos evoca nos condujo de nuevo frente al edifico principal. Giramos a la derecha y cruzamos de nuevo el edifico de entrada con la torre de madera de vigía que corona el cuerpo central del mismo.


Antes de irnos para siempre de aquel centro de dolor, recuerdos y silencio, nos pasamos por la tienda del centro de atención al visitante. Todo lo que había tenía que ver con el sufrimiento que lugares como aquel infligieron en todo un pueblo como el judío. Libros, novelas, fotografía, tazas, postales, todo llevaba consigo el objetivo de hacer recordar al comprador qué había sido Dachau. Yo vi un libro que me interesó y que tendría que haber comprado, porque ahora no recuerdo cual era el título y me arrepiento de no haberlo comprado. Volvimos al coche y pusimos rumbo de nuevo a la residencia de estudiantes donde nos estaría esperando ya Ángel. Allí dejamos Dachau, la historia, la desgraciada historia reciente de Europa, pero con nosotros nos llevamos el recuerdo y el silencio.

Caronte.

martes, 3 de febrero de 2015

Recuerdo y silencio (Parte II)

El primer lugar al que nos dirigimos fue la zona de celdas de detención y castigo, y al módulo de presos especiales, donde estos podían tener un tratamiento diferenciado del resto y una celda para uno solo. Este módulo era un edificio de una única planta pero muy largo, como una granja de pollos de esas que ya están desapareciendo de los campos españoles. Entramos por uno de sus extremos, a través de una puerta metálica blanca. Una vez dentro, y después de que la vista se acostumbrara a la poca luz, casi a la penumbra que imperaba allí, nos dimos cuenta de donde estábamos. Lo que teníamos delante de nuestras narices era un pasillo interminable, iluminado únicamente por unas bombillas ovaladas situadas en el techo y espaciadas entre sí unos cuantos metros, dando una sensación de escasez de luz y de abandono. A ambos lados de ese pasillo interminable, de ese corredor del silencio y el castigo, se abrían las puertas de las celdas, alternándose una a cada lado. No había dos puertas una enfrente de la otra, supongo que para que los presos tuvieran aún mayor sensación de soledad y asilamiento, y para que no se pudieran comunicar con el preso que tenían enfrente y pudieran tener la sensación de que no estaban allí solos.


Hacia la mitad de ese enorme pasillo, y por tanto en la parte central del edificio se abrían una serie de salas más amplias que las minúsculas celdas de los presos. Estas salas son las que ocupaban los oficiales nazis encargados de la vigilancia de los presos y de ese edificio. Había también un par de salas de interrogatorios, con techos muy altos y paredes encaladas; salas de reconocimientos médicos y una cocina para elaborar la comida que tanto los presos como los oficiales comerían, obviamente de diferente calidad cada una. Una cosa que me llamó la atención es que en estas salas de oficiales había radiadores, había calefacción para pasar más cómodamente los duros inviernos bávaros, sin embargo en las celdas que había ido viendo a lo largo del corredor y a las que me había asomado no había. Al darme cuenta de ese detalle, me pregunté cuántos prisioneros no morirían de frío, por enfermedades derivadas de la falta de abrigo, enfermedades que en condiciones normales no hubieran causado la muerte de nadie, pero que allí dentro se convertían en verdaderas condenas a muerte.

Al salir de nuevo al aire libre, volví a respirar. No sé si a Juan Carlos y a Alex les pasó lo mismo, pero salir de ese edificio para mí supuso la libertad. Dentro de él me sentía pesado, como si sobre mis hombros recayera una carga que no me correspondiera, una carga que por historia y por su recuerdo pesaba más que cualquier otra. Volver a pisar la calle, sentir el aire en mi cara y poder mirar al cielo y verlo aunque fuera gris, como ocurría aquella mañana,supuso una sensación diferente a lo que siempre había notado. El edificio que acabábamos de abandonar no era más que la parte más amable de lo que nos quedaba por ver en Dachau. Dije antes que había muchos chavales jóvenes en grupos de institutos o colegios, y he de decir que para la edad que tenían se comportaban con un respeto bastante alto, supongo que la carga histórica que sobre sus hombros recae, por cercanía, es mucho mayor, y allí dentro la notarían más. Sí tengo que decir que había algunos chavales de esos que iban a su bola y como suele pasar a menudo en España con los macarrillas de la clase iban armando jaleo y más bien ligando con sus compañeras de clase que enterándose de la historia que aquel Campo de Concentración tenía que transmitirles.

Tras visitar este primer edifico nos dirigimos a la construcción más grande de cuantas quedan en pie en Dachau, y que domina todo el campo de concentración. Se supone que este gran edificio era en su día el centro neurálgico de la actividad del campo, donde los oficiales y los jefes encargados del buen funcionamiento del mismo pasaban más tiempo. También en este edificio se supone que estaban los comedores para todos los prisioneros. En la actualidad este gran edificio sirve de museo y centro de interpretación de todo lo que pasó durante el nazismo en aquel Campo de Concentración.

Dentro de este gran edificio en forma de U, que parece abrazar a toda la extensión de terreno que tiene delante y que en su día servía para hacer formar a todos los prisioneros e incluso para ejecutar a aquellos que habían intentado huir o se habían saltado las normas del Campo, había muchísima gente. A medida que la mañana iba avanzando el Campo de Dachau se fue llenando de grupos escolares y turistas de todas las nacionalidades del mundo. Entre toda esa multitud seguíamos nosotros, algo recobrados después del trago del edificio de castigo y del silencio que ese pasillo largo y solitario impuso a nuestras conciencias. La verdad es que este museo que empezábamos a visitar a mí no es que me llamara demasiado la atención: eso de ir leyendo los letreros explicativos en cada una de las salas, con la cantidad de salas que parecía poder albergar ese gran edificio de una planta, no me resultó muy atractivo. Sí es cierto que había salas muy interesantes y en las que merecía la pena estar más tiempo leyendo algún que otro letrero o mirando y contemplando los objetos recuperados de algún que otro prisionero del Campo.


Dentro del museo, aun sin separarnos mucho los unos de los otros y siempre sabiendo donde estaban mis dos compañeros de viaje, cada uno íbamos a lo nuestro, fijándonos en lo que más nos llamara la atención o nos interesara. La parte que más me interesó a mí del aquel museo fue la correspondiente a la historia previa del campo, el devenir de la Guerra y la creación y desarrollo del propio Campo de Concentración, más que todo lo correspondiente a nombre personales de víctimas o verdugos, básicamente porque sabía que lo que allí dentro se contaba me podría revolver el estómago y la conciencia y terminar asqueándome tanto que tendría que salirme del museo. Otra de las cosas que intenté hacer en ese museo fue intentar ponerme en la piel tanto de las víctimas de la barbarie que fue el Holocausto, como también de los verdugos, porque creo que la personalidad de estos últimos es más interesante desde el punto de vista sociológico.

Todos sabemos qué es el dolor, qué es sufrir por algo o por alguien. Todos podemos en cierto modo pensar qué sentiríamos si nos privaran de la libertad, si nos torturaran para que confesáramos algo que no hayamos hecho o si simplemente nos insultaras, pegaran o maltrataran. Todos podemos entender qué es ser una víctima de algo. ¿Pero qué pasa en el otro lado? ¿Cómo se llega a ser un monstruo y a consentir, practicas e idear métodos de tortura y experimentos con seres humanos, encaminados a producir el mayor dolor y daño posible? Esta creo que es la parte más interesante, el cómo personas como nosotros mismos pudieron cometer tales crímenes inhumanos sobre personas semejantes. Qué tuvo que pasar por las mentes de todos los jerarcas nazis, investigadores y médicos que se dejaron llevar por el odio hacia los judíos y les consideraron menos que a los propios animales salvajes. Por mucho que intenté saber qué pudo ocurrir en las mentes de esos monstruos me fue imposible entender todo ese daño, todo ese dolor, todo ese mal que emanó de personamos que en el fondo eran como todos nosotros. Quizá ese es el punto que más miedo pueda dar: que en algún momento se pueda repetir aquello, porque en el fondo somos las mismas personas, pertenecemos a la misma raza y especie animal.

Estuvimos bastante tiempo metidos en el edificio principal del Campo de Dachau. Cuando salimos, al menos yo no era el mismo. Había visto y leído todas las atrocidades y maldades que había visto y leído ya en mi casa, sin embargo la diferencia es que estaba allí, justo en el lugar donde se habían producido, y eso me provocó una especie de vértigo, una sensación de desasosiego personal. El silencio seguía instalado en todos nosotros, tanto en Alex como en Juan Carlos, supongo que cada uno sacamos algo de la visita a ese museo del horror y la barbarie humana. Sin embargo Dachau no fue de los Campos de Concentración más mortíferos o duros. Si lo comparamos con Mathausen y Auschwitz, Dachau era un balneario de retiro espiritual. No me quiero ni imaginar lo que tiene que ser visitar uno de esos dos centros del horror y de la maldad de la que puede hacer gala el ser humano.

Todavía nos quedaba mucho por ver. Lo que hicimos nada más salir del edificio principal/museo, fue tomar un poco el aire y refrescar nuestras mentes. Para no meternos de nuevo en otro edificio donde ver de primera mano lo que tuvo que ser la vida en Dachau, nos dirigimos hacia la alambrada que rodea todo el recinto del Campo de Concentración. A medida que nos acercábamos me di cuenta de la verdadera magnitud del Campo. Aunque pudiera parecer pequeño a simple vista, las distancias eran grandes. La seguridad del Campo de Concentración se materializaba mediante un sistema de barreras físicas muy importantes. A lo largo de todo el perímetro cada centenar de metros más o menos había una torre de vigilancia desde donde si se terciara el caso se podía disparar con muy buena visibilidad sobre aquellos prisioneros que intentaran salir del infierno. El problema es que para salir del infierno había que ser Dios, y en aquella época parece que se fue de vacaciones a Cancún. A parte de las torres de vigilancia había una empalizada de madera y hormigón que delimitaba el campo, protegida con alambre de espino y por un foso que aunque ahora estuviera vacío en su día tenía agua. Todo para impedir que los allí encerrados tuvieran ganas de intentar salir. Quien allí entraba sólo tenía una salida, al menos su alma, porque su cuerpo muy probablemente una vez inservible no saldría jamás de los muros de Dachau.

Caronte.

lunes, 2 de febrero de 2015

Recuerdo y silencio (Parte I)

La semana pasada se conmemoró el 70 aniversario de la liberación de los campos de concentración de Mathausen y Auschwitz por parte de las tropas soviéticas durante el final de la IIGM. Esta conmemoración anual intenta que en las sociedades occidentales no se olvide nunca la barbarie humana que se produjo durante todo el nazismo contra los judíos. Pero también debe ser un recuerdo de lo que los seres humanos podemos llegar a ser si en algún momento algo se nos tuerce en nuestro interior. La semana pasada en el fondo representa el recuerdo del horror, el dolor y la tragedia que asoló todo un pueblo, el judío, en Europa durante varios años. Años negros, oscuros, de difícil recuerdo y de vergüenza para todos aquellos que habitamos este continente, pero creo que también para cualquier ser humano. No debemos olvidad que Hitler, y todos sus secuaces no fueron más que seres humanos que decidieron hacer del mal su bienestar mental y físico.

Durante estos días en los que tanto se ha hablado del Holocausto, de la barbarie nazi contra los judíos y de campos de concentración me ha venido a la mente el recuerdo de la visita que hice a uno de estos “huertos del horror”. Fue durante el viaje que hice con varios amigos por Europa, principalmente por Alemania, para ir a visitar y traernos de vuelta después de un año de Erasmus, a otro amigo que estaba en Múnich estudiando (y que también está allí este año). Una de las visitas que desde que decidí unirme a la aventura de irme en coche con estos amigos a recorrer una parte del Viejo Continente, puse como imprescindible y casi obligada fue dedicar una mañana a visitar el Campo de Concentración de Dachau, en las cercanías de Múnich; además un amigo de la universidad, Miguel, nos lo recomendó vivamente ya que él estuvo en Múnich el verano anterior de vacaciones y le pareció una visita muy interesante. No hubo mucha resistencia por parte de mis amigos y decidimos que esa iba a ser una de las visitas que haríamos durante nuestra estancia en la capital bávara.

La visita la realizamos el segundo o tercer día tras nuestra llegada a Múnich. Para ir a Dachau hay que coger el coche porque, a pesar del crecimiento de la ciudad de Múnich, todavía queda algo retirado del centro, y más aún de la zona de la Residencia Universitaria en la que estábamos alojados en plan “okupa”. Fue Juan Carlos quien llevó el coche hasta allí si no recuerdo mal y yo iba de copiloto porque llevaba la dirección de la manera de llegar hasta el parking del Campo de Concentración, porque aunque llevábamos GPS a veces éste nos jugaba malas pasadas, y preferimos poder echar las culpas a alguien físico antes que hacerlo a una máquina con la que no te puedes indignar dignamente, valga la redundancia.

El día estaba gris, totalmente cubierto, y a diferencia de cuando llegamos a la capital bávara y de todos los días anteriores por Alemania y Europa, ya no hacía calor. Hacía más bien frío. Entiéndase como frío aquella temperatura que impide ir cómodamente en pantalón y manga corta, y no el frío que obliga a ir con abrigos de plumas. Lo dicho, aquella mañana a parte de un cielo completamente encapotado y gris, hacía fresco. Es más Ángel, nuestro amigo de Erasmus, nos tuvo que dejar a los tres unos abrigos que ponernos porque nosotros no llevábamos absolutamente nada de abrigo en nuestro equipaje, como mucho yo llevaba una sudadera y un pantalón desmontable, poca cosa. De todas maneras al ser yo el más friolero, aquella mañana yo fui el único que fui con pantalón largo y una chaqueta que me dejó Ángel. Pero no solo estaba en cielo encapotado sino que también había estado lloviendo y el suelo estaba completamente mojado y lleno de charcos; sin embargo lo bueno de las carreteras alemanas es que están muy bien diseñadas, y salvo algunos tramos a los que todavía no les habría llegado su momento de renovación por lo general parecía como si el asfalto estuviera seco.

Para llegar a Dachau tuvimos que coger una de las carreteras de circunvalación de Múnich. Como he dicho el Campo de Concentración no estaba cerca de donde estábamos alojados, pero aún así era una visita obligada. Cuando llegamos parecía que acababan de abrir, porque apenas había unos coches particulares aparcados y un par de autocares con visitas de colegios e institutos. Como es lógico aparcamos lo más cerca posible de la entrada y del centro de recepción de visitantes, donde están la tienda de souvenirs, la cafetería y los baños, así como un mostrador de información donde un par de jóvenes chicas alemanas con sus correspondientes melenas rubias y sus pechos exuberantes (cito estas características para que el lector interesado se dé cuenta de la fauna que hay por aquellos lares) daban información den varios idiomas a quien la solicitara. Nosotros no solicitamos información, dicho sea de paso.

El centro de atención al visitante es una estructura moderna, muy del gusto alemán, con materiales oscuros pero abierta al mundo para recibir la luz, la poca luz que puede recibir mejor dicho. Este centro está fuera del recinto del Campo de Concentración propiamente dicho, sin embargo una vez allí, en el camino de grava que conduce hasta la puerta principal del campo uno podía sentir ya el peso de la historia, y el ambiente trágico que sigue predominando en ese lugar. No muy lejos del centro de visitantes se encuentra la verdadera entrada al Campo de Dachau, un edificio no muy grande, de una sola planta y con una torre de vigilancia de madera con sus ranuras para disparar con las metralletas presidiendo el cuerpo de dicho edificio de entrada. Debajo de la torre de madera de vigilancia se abre un pasadizo abovedado que conduce a los terrenos del campo de concentración. Antes de entrar a ver el horror de Dachau y atravesar ese pasadizo y la verja de entrada nos paramos unos minutos a ver la zona que queda delante del edifico de entrada, en la que todavía se pueden ver parte de las vías del tren que llevaban los prisioneros a Dachau, los últimos metros de libertad, si es que era entonces ya libertad, de los prisioneros que sabían cuando entraban en el Campo de Concentración pero no cuando iban a salir, ni tan siquiera si lo iban a hacer.


Mirando los restos de los raíles de las vías del tren me imaginé lo que un prisionero que viniera hacinado en uno de esos vagones de ganado pensaría o sentiría. No fui capaz. Simplemente me quedé mirando unos instantes esos trozos de hierro, anaranjados por la lluvia y el tiempo, en silencio, mirando lo que los prisioneros también verían a su llegada a esa estación final. Dentro de mí ya empezaba a posarse el peso de la historia, el drama y la tragedia allí vividos por tantas miles de personas, mujeres, niños, hombres, ancianos. Tras unos segundos decidimos entrar en el recinto vallado del Campo de Dachau, atravesando el edificio de entrada por su pasadizo. Yo me quedé unos metros algo retrasado de Alex y Juan Carlos, y pude contemplar relativamente solo, ya que por casualidades del destino y de las masas de turistas no había nadie más conmigo allí en el pasadizo, la verja de entrada y pude leer la inscripción que presidía y preside la entrada a la mayoría de los Campos de Concentración Nazis: “Arbeit Macht Frei” o traducida al castellano, “El Trabajo os hará Libres”.
  

Una vez dentro del recinto, ese inmenso espacio de firme de grava suelta que al andar suena y el sonido te acompaña todo el tiempo como una musiquita repiqueteante, uno puede sentir la soledad que la multitud allí hacinada durante años, sin saber cuál iba a ser su futuro o destino, podía sentir. Lo peor de los Campos de Concentración, para mí era la sensación de falsa libertad que podían dar a sus “habitantes”. Esa sensación de estar en medio del campo, con el cielo sobre sus cabezas, con la brisa del viento acariciando su piel, como si sólo estuvieran en una excursión o viviendo en una comunidad. Esa sensación de libertad que sabes que no es cierta es la que más tuvo que minar la conciencia y el alma de los prisioneros. Ver el mundo libre y saberse enjaulados como animales salvajes, pero con menos derechos aún que éstos.

Lo primero que me llamó la atención allí dentro fue la gran extensión que tenía. Era un Campo enorme, la vista casi no lo podía abarcar. Lo segundo que me chocó fue la cantidad de excursiones escolares que había visitando Dachau. Los alemanes conocen su pasado, y saben qué hicieron sus compatriotas con los judíos en lugares como ese, las barbaries que hicieron, la sangre que derramaron, la violencia gratuita que infligieron a inocentes, la crueldad que desplegaron en unos años negros no solo ya para Alemania, que siempre tendrá esa pesada losa sobre su conciencia colectiva como país, sino para todo un continente como Europa. Por esto quizá yo también sentí la responsabilidad de aquello que estaba viendo. Yo, como europeo también he de saber que lo que allí pasó lo hicieron personas como yo que en un momento dado sufrieron algún tipo de mutación, o que algún chip interno se les dio la vuelta. Mis amigos y yo también teníamos que saber. Desde el momento en que estuvimos dentro el silencio se apoderó de nosotros. Los tres a nuestra manera, juntos pero solos con nosotros mismos, visitamos Dachau en silencio, escuchando a la historia, escuchando el desgarrador y demoledor silencio que nuestras conciencias nos imponía.

Caronte.

jueves, 22 de enero de 2015

Última primera ronda

Tengo la sensación de que fue hace unos pocos días que empecé el último curso de mi carrera, pero ya han pasado más de tres meses, las Navidades y ahora toca volverse a emplear a fondo con los exámenes de los primeros parciales. Esta primera ronda de exámenes que espero sea la última a la que me tenga que enfrentar. Ya es temporada de exámenes en el Corte Ing......perdón, en la Escuela de Caminos de Madrid. Ha vuelto el circo mundial a instalarse durante unas semanas en Ciudad Universitaria, más concretamente en un horroroso edificio de hormigón gris, con ventanas de mierda que no protegen nada contra el tremendo frío que hace por estos lares de Madrid.

Parece mentira que hayan llegado tan pronto. ¡Si no me ha dado tiempo para estudiarlos! Es sin duda el año que más justo llego a estos primeros parciales. No es de extrañar teniendo en cuenta que este año, por cortesía de los magníficos planificadores de la carrera y administradores de la misma, además de tener que estudiar el curso propiamente dicho, tenemos el Proyecto Fin de Carrera (un mastodóntico trabajo individual que consiste en la redacción de un Proyecto Constructivo que puede variar desde una presa hasta un estadio de fútbol, todo muy adaptado al mundo profesional que nos espera dentro de siete u ocho meses, o menos si se tiene enchufe por parte de papi o el amigo de papi). El PFC me ha quitado, y supongo que a más gente también, que no seré el único, mucho tiempo para preparar estos primeros parciales. Pero bueno este año es así.

El combate ya ha empezado de hecho. Esta semana he tenido dos exámenes, el último hoy mismo. El martes tuve examen de una asignatura de mi especialidad. Fue un asalto más largo de lo que me esperaba antes de empezarlo, pero creo que lo salvé bastante bien. En el fondo esta asignatura no tenía mucha miga, es más con tres lecturas intensas de todo el temario me ha bastado (bueno, eso y el ir a clase y atender bastante, ya que la asignatura me ha parecido interesante, de las pocas que he tenido así en la carrera). El segundo asalto ha sido esta misma mañana: ferrocarriles (nombre llamativo donde los haya, de esos que cuando lo comentas fuera de los círculos camineros levanta la admiración de la audiencia que te esté escuchando). Para este asalto sí que no iba tan preparado como me hubiera gustado. No he podido dedicar más que dos días completos a estudiar una asignatura que en este primer parcial ha sido de las más densas y completas en cuanto a temario. Pero no he salido mal del todo del asalto. Para lo que me había preparado estoy contento.

Aunque ahora que lo pienso he tenido otro asalto más. Sí, de una asignatura optativa de especialidad. Asalto que he ganado sin haber peleado siquiera. Esta asignatura sí que ha sido una broma. Nunca hemos sabido, mis compañeros y yo, qué se daba en cada clase. Era una sorpresa. Como sorpresa era también el profesor que venía a darnos la clase. Que esa es otra. En esta asignatura los profesores principales son un matrimonio. Cuando venía la mujer, llegaba a tiempo, daba la clase más o menos estructurada, sin irse demasiado por las ramas (aunque no podía evitar hacerlo) y más o menos salíamos a nuestra hora, aunque casi siempre había que recordarla que la clase había terminado. Sin embargo cuando llegaba el marido llegaba el descontrol padre. Casi siempre llegaba entre quince y veinte minutos tarde, sofocado debido a su perímetro abdominal, con prisas. Sus clases eran desordenadas a más no poder, aunque la verdad es que lo que contaba, muchas veces, tenía bastante interés. Y lo de salir a la hora era un sueño. Pero bueno toda ha sido por una buena causa: victoria por incomparecencia.

Esta última primera ronda no ha hecho más que empezar. Y lo peor está por llegar. Los payasos del circo no sabemos lo que nos tendrán guardado, y los funambulistas que estamos hechos los estudiantes tendremos que capear el temporal lo mejor posible. Todavía me quedan cinco asaltos en las dos próximas semanas. Una cosa que no entiendo, no ya este año, sino el año pasado también porque ocurrió de manera similar, es por qué tenemos clase durante la época de exámenes. Supongo que somos negros, o chinos, o indios o vete tú a saber qué otra raza perseguida y estigmatizada. Aunque creo que más que negros, o chinos, o indios, los responsables de planificación de la Escuela se han pensado que somos imbéciles. Allá ellos si piensan así. Digo esto porque durante los primeros cuatro años de la carrera durante la época de exámenes no teníamos clases. Es más ahora Bolonia tampoco tiene clase cuando tienes sus exámenes parvularios (que nadie se ofenda con esta comparación por favor. O bueno que sí se ofendan, qué más da, si ya está todo el pescado vendido). ¿No se dan cuenta los que tienen que planificar y organizar el curso que en la época de exámenes a las clases no va casi nadie, y que es injusto que siga habiendo ya que el ir a clase hace perder horas de estudio y preparación de los exámenes, pero el no ir supone perder materia de las asignaturas que entrará en los siguientes parciales? No supongo que no se dan cuenta (luego los imbéciles somos nosotros). Otra cosa más con la que tenemos que tragar. ¡Qué se le va a hacer!

La época de exámenes es un periodo raro. Raro porque la gente parece transformarse en una evolución pokémon diferentes. La gente se ensimisma demasiado en éstas fechas, se encierra en sí misma, en una burbuja que se crea y que la separa del mundo. Pero lo peor es que los que intentamos no caer en eso, o los que hemos aprendido con los años de carrera a no caer en esa burbuja, parece que somos los raros, y que ofendemos a los demás por no meternos en esa burbuja. ¡Hay más vida! No todo son los exámenes. Es más puedo afirmar que los exámenes no son nada. A esas personas que así actúan, y que son un ejército completo en mi Escuela, les aconsejaría que se preguntaran que ¿qué les aportan los exámenes bueno? Estoy seguro que reflexionando un poco sobre esta cuestión, las personas que son normales llegarán a la misma conclusión: nada. Siempre habrá quien responderá “me aportan aprobar la carrera, a sacar buena nota”, esta gente tiene un problema, debería hacérselo mirar. Sacrificar durante algo más de un mes, entre semanas de exámenes y semanas previas, de tu vida de manera completa y absoluta encerrándote en los estudios y la carrera (sea cual sea) es algo que de verdad es de preocuparse, y además no sirve de nada. Bueno sí, sirve para amargarse la existencia. La vida es más que aprobar un examen.

La cuestión es que para llegar a esta conclusión hay que haber pasado por una reflexión importante de lo que queremos que sea nuestra vida. Y no estoy seguro que muchos compañeros mío, a pesar de saber hacer integrales triples, usar la calculadora HP como si fuera su amante y llevar más que al día las asignaturas (no hay cosa más innecesaria en la vida que esto último), no son capaces de reflexionar sobre qué cosas son aquellas que de verdad importan. No digo con esto que quien crea que aprobar una asignatura, o sacarse la carrera bien, sea algo malo. Yo mismo durante los dos primeros años, quizá incluso hasta en tercero, era así. Pero después me di cuenta que no merecía la pena. Solo quiero decir que creo sinceramente que ese planteamiento vital que implica encerrarse en sí mismo y en los estudios, aislarse del mundo y estar todo el tempo circunspecto, de mal humor y amargado y preocupado, no conlleva ningún beneficio.

A parte de este aspecto lamentable de la época de exámenes que en mayor o menor medida, de manera directa o indirecta nos afecta a todos, también hay aspectos positivos, o al menos graciosos (o eso me parece a mí). Dentro de unos años siempre recordaré esta primera época de exámenes, la correspondiente al primer parcial, como una época de mañanas frías y oscuras y de amaneceres extraños, encerrado en un aula inmensa, blanca, silenciosa y hostil; o de atardeceres en los que poco a poco a lo largo de un examen, que puede durar tres o cuatro horas, la oscuridad va venciendo a la luz y la tarde luminosa se va convirtiendo poco a poco, con esos tonos azulados, naranjas y violetas en el preámbulo de la noche. También recordaré siempre el poder contemplar la sierra de Madrid en todo su esplendor, a lo lejos, nevada.

Es más, siempre recuerdo por estas fechas el examen de álgebra de primero de carrera, durante el cual en un momento dado del mismo en un aula de exámenes en la que no cabía ni un alfiler, fuimos testigos de una conjunción de acontecimientos que pocas veces se repiten. Estaban repartiendo el primer ejercicio del examen desde la parte delantera del aula. Poco a poco un silencio sepulcral, que ni siquiera en los cementerios se produce, fue invadiendo el aula. Los murmullos previos, de nervios, se fueron apagando paulatinamente. La razón era que esa primera pregunta teórica del examen se suponía que no entraba porque no se había dado en clase, o porque incluso se había dicho que no iba a caer ese año (la pregunta era: “matriz inversa y traspuesta”). En ese preciso instante, justo cuando toda el aula estaba en silencio, fría, asumiendo el palo en la espalda que acababan de dar, se puso a nevar. Parecía que el frío que nos había invadido debido a esa pregunta hubiera subido hasta las nubes y hubiera puesto en marcha un mecanismo de nevada. No cuajó. Pero la imagen nunca se me borrará de la mente. Cada vez que lo pienso me acuerdo perfectamente de la imagen.

Este es uno de los muchos recuerdo que tendré grabados debido a la época de exámenes. Pero no será el único. Tampoco podré olvidar, y creo que ninguno de mis compañeros tampoco, las magníficas mesas de examen. Esas mesas blancas, que si tienes la suerte de ser de los primeros en hacer un examen en el año en curso te las encontrarán impolutas, pero que a medida que los asaltos van pasando, los exámenes de las diversas asignaturas de la carreras celebrándose, van llenándose de fórmulas matemáticas, números, ecuaciones, dibujos de triángulos (parece que no hay otras formas geométricas en el mundo); pero también se llenan de mensajes, de fórmulas que algún alumno pillo se ha apuntado antes de empezar a hacer el examen para que no se le olvide, dibujos artísticos y mensajes, por no decir insultos y críticas que ni Boyero en El País, dirigidos a profesores (casi todos con más razón que un santo). Esas mesas fantásticas, comodísimas, inclinadas hasta tal punto que logran que, a menos que borres ficticiamente con la goma de borrar un sector de la misma, todos los útiles de escritura, dibujo y cálculo deslicen todo el rato haciendo que el estudiante esté casi más pendiente de que no se le caigan las cosas que del propio examen.

Esto es dentro de esa inmensa aula de exámenes, en la que la vista no alcanza a distinguir con claridad donde está el final, o el principio. Pero si hay una cosa que tampoco se me olvidará de la época de exámenes es el momento de la apertura del aula donde los estudiantes debemos mostrar nuestros conocimientos, o nuestra inventiva que también vale para salir del paso. A medida que se va aproximando la hora del examen el área de espera, amplia y generalmente en penumbra, de la primera planta se va llenando de estudiantes nerviosos, con apuntes en la mano dando los últimos repasos (repasos que no sirven para absolutamente nada, sólo para que los más ingenuos e ilusos crean que con ellos van a fijar algún concepto de última hora). Hasta que llega el momento en que aquellos apostados a las puertas del aula de exámenes que ocupa prácticamente toda la tercera planta del edificio que alberga la Escuela, empiezan a moverse, a ascender las escaleras a paso procesional. No sé qué interés tienen los alumnos que se ponen los primeros, supongo que estarán invadidos por el espíritu de la “maruja de rebajas” que todos los primeros días de rebajas de los grandes almacenes entra a todo correr al vacío por si acaso le quitan las bragas paracaídas que tiene fichadas en la planta de lencería.

Cada vez que se abren las puertas tengo la impresión de ser vacas que vamos al matadero y que sin criterio objetivo alguno nos dirigimos a nuestro amargo destino como burros. A mí me divierte ver tanta preocupación por algo que no la tiene, nerviosismo por algo irreal, angustia por cosas que no valen nada y prisas por hacer un examen (seguro que para otras cosas que merecen más prisas no tienen tanta vida). Estas cosas me divierten ahora, en primer y segundo curso no tanto. Yo era igual. Lo que pasa es que uno se da cuenta del circo que se monta en época de exámenes, de los payasos que actúan, de los funambulistas que intentan no caer en el vacío (a pesar de que es un vacío ficticio) y de las fieras salvajes e irracionales en que alguno se convierte en esos días del mes de enero.

Lo bueno es que si dios quiere esta será la última primera ronda de exámenes. Una vez afronte los asaltos correspondientes que me quedan, muy probablemente no vuelva a pisar esa aula de exámenes más en estas fechas. Con esto ganaré en salud seguro, porque además de unas mesas incomodísimos las sillas de hojalata negra en las que nos sentamos no es que sean el trono de un rey. Pero perderé momentos de diversión, recuerdos que ya no grabaré en mi memoria, experiencias todas diferentes cada año y en cada examen. Pero esto es la vida, empezar y acabar asaltos, y salir lo mejor posible de ellos. Esperemos salir bien parados de todos los asaltos que nos quedan en esta última primera ronda.

Caronte.

jueves, 15 de enero de 2015

Segunda página (Parte III)

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Ya estaba dicho. Era la primera vez que se atrevía en serio a proponer algo así a ninguna chica tras conocerla. Aunque no pasaron muchos segundos hasta la contestación de ella, para él fueron los segundos más largos que han existido en su vida, casi equiparables a todos los años que llevaba ya vividos multiplicados por diez y elevados a la quinta potencia. Ahora cobraba sentido para él la Teoría de la Relatividad de Einstein. El silencio sin embargo no duró tanto, aunque sí lo suficiente para que él volviera a notar un cambio en ella. Esta vez, aunque no dejó en ningún momento de sonreír y de mirarle a los ojos, sí se vio como la pregunta no la pillaba del todo desprevenida, parecía como si supiera que podía pasar algo parecido, como si esperara algo así, y por eso también pareció alagada. Él por el contrario estaba empezando a ponerse rojo. Muy rojo. Empezó a sentir que la cara le ardía y que sus orejas empezaban a echar humo. Sabía que eso lo estaba notando ella, pero de todas maneras si quería que esa conversación durara algo más, o que se pudiera repetir en algún otro momento, lo que había hecho era lo que tenía que hacer, y el ponerse rojo formaba parte del ritual y del miedo que sentía a priori. Pero ya estaba hecho. No había vuelta de hoja. Ella no le dijo que no. Obviamente tampoco le dijo que sí.

– Sería una buena idea la verdad porque estamos aquí hablando como dos pasmarotes, yo con un libro que pesa lo suyo en las manos y tú perdiendo el tiempo sin buscar lo que estuvieras intentando encontrar. Pero he quedado con unas amigas en un rato en el Conde Duque.
– No estoy perdiendo el tiempo para nada. Todo lo contrario. Y además uno no siempre encuentra aquello que busca, y es posible que a veces encontremos lo que no esperamos.

El no ya lo tenía. Pero el calor que le había ido subiendo hacia la cara, y el sudor que le empapaba el cuerpo y las manos iba a seguir un rato. Aunque podría haberse sentido decepcionado no lo hizo. Ella no fue en ningún momento tajante, es más, cuando dijo lo de sus amigas, lo dijo como esperando que no hubiera sido así y no haber quedado con ellas, si es que había un “ellas”. O esto es lo que él quiso interpretar por el tono con que ella lo dijo, entre cortado y algo decepcionado, sin duda menos firme que durante todo el tiempo que había estado hablando con ella. Antes de terminar de despedirse y emprender ella su marcha de la librería dijo:

– Es posible que nos volvamos a encontrar otro día. Me he propuesto descubrir nuevos autores y leer libros más a menudo. Es una cuenta pendiente, como tantas otras. Si volvemos a coincidir una tarde como ésta seguro que podemos hablar más tiempo y te podré contar que tal el libro. – Dijo esto mirando la portada de “Olvidado Rey Gudú”.
– Pues si has quedado no te voy a molestar más que bastante he hecho ya metiéndome donde no me llamaban. Si te llevas ese libro seguro que no te arrepientes, y si lo haces podrás siempre culpar a ese chalado que se te acercó en una librería casi escondida en lo más recóndito de la Plaza del Dos de Mayo.
– Seguro que sí me gusta. Y seguro que volvemos a coincidir para poder decirle a ese chalado del que has hablado que me ha gustado. Voy a darle otra vuelta a las estanterías a ver si hay algo más que descubrir esta tarde.
– Yo también recobro mi búsqueda, aunque no creo que encuentre nada más interesante a lo ya descubierto esta tarde.

Dicho lo cual empezó a moverse del lugar donde desde que empezaron a hablar ella había estado inmóvil, mirándole atentamente, escuchándole y sonriéndole. El lugar de donde él no quería que se moviera. Ambos retomaron la búsqueda de algún libro entre las estanterías de la librería en el mismo lugar donde la habían dejado. En un momento dado él se dirigió a la zona de libros de autores extranjeros a rebuscar entre los ejemplares de uno de sus autores favoritos, Paul Auster, a ver si encontraba alguno digno de su interés. Esta zona de literatura extranjera está separada de la iberoamericana por un tabique que hace las veces de separador de los dos espacios en los que se divide la pared principal de la librería, y desde un lado no se puede ver lo que pasa al otro. Estando en esa zona de la librería no podía ver qué estaba ella haciendo al otro lado, ni ella le podía ver a él. Pero casi mejor así, después de todo, pensó él. ¿Para qué iba a seguir teniendo presente más que en sus pensamientos a la chica, si quizá no la iba a volver a ver en su vida?

Pronto volvió a concentrarse en la búsqueda de algún libro que le interesara, esta vez entre los autores extranjeros. Por norma general siempre que había ido se había llevado libros de autores iberoamericanos. Aunque también en alguna ocasión se había llevado algún ejemplar de John Le Carré, o del ya nombrado Paul Auster. Fue mientras se ponía de puntillas para alcanzar un ejemplar de este autor americano cuando volvió a escuchar su voz dirigiéndose a él. Ella tenía ya en la mano la bolsa marrón de toda la vida que da la librería cuando compras algún libro, y estaba terminando de pagar:

– Yo ya he acabado mi búsqueda. Me llevo un par de libros. ¿A ver qué tal?
– Seguro que tienes buen gusto y los libros que hayas cogido, además de unos privilegiados por estar en tus manos, te gustarán.
– Y si no me gustan tendré que repetir la visita esperando volver a encontrar algo interesante, aunque sea en alguna estantería. Quizá nos veamos alguna otra tarde si vienes por aquí.
– Tentaré a la suerte viniendo más a menudo. Tendré que leer más rápido y más libros para tener que venir más.
– Ha sido un placer hablar un rato contigo. Adiós.
– Mejor hasta luego.

Aunque fue él quien dijo las últimas palabras, fue ella la que se despidió la última, pero no con palabras sino con una sonrisa más luminosa que la más brillante de todas las estrellas que haya en el universo. Antes de volver a centrarse en el libro que tenía en las manos, miró unos segundos por la ventana de la librería, viendo cómo ella se marchaba quizá para siempre. Pero nunca sería para siempre, porque desde esa tarde él sabía que ella, sus ojos de un intenso y profundo color miel y su sonrisa perpetua, habían quedado ya grabados en sus retinas, en su mente y en su corazón.

Antes de marcharse de la librería, volvió a pasarse a la zona de literatura de autores iberoamericanos. Siempre suele darse muchos paseos por dentro de la librería de un lado para el otro y vuelta a empezar. Puede toquetear varias veces un mismo libro, parecer que se va a decidir claramente por uno y volver a dejarlo en su sitio para volver a tomarlo en sus manos y decidir al final llevárselo. De ahí que se pueda pasar horas allí dentro y perder por completo la noción del tiempo. De hecho esa tarde que empezó con algo de sol todavía, aunque ya de ese color que anuncia la pronta despedida del astro rey, ya era noche y las farolas había teñido de naranja todos los rincones de la Plaza del Dos de Mayo.

Hubo algo que le llamó la atención de manera muy fuerte, el libro “Olvidado Rey Gudú” de Ana María Matute que tan solo hacía unos minutos, aunque podía haber sido perfectamente horas, había estado en las manos de la chica, volvía a estar en su lugar destacado en la estantería, destacando sobre el resto por su prominente tamaño. Se quedó completamente desconcertado, anonadado, quizá con la boca abierta. Parecía que ella se lo iba a llevar. ¿Y si toda la conversación había sido una farsa? ¿Y si se había quedado con él? Incrédulo como estaba cogió el ejemplar. Lo sopesó en sus manos un segundo y lo abrió. En la primera hoja después de la tapa dura de la portada, en la parte superior derecha de la misma, estaba escrito a mano por los dueños de la librería el precio de segunda mano, 7 euros. Hasta ahí todo normal. Quizá había alguna tara en el libro, pensó él. Muchos libros al ser de segunda mano tienen en las primeras páginas dedicatorias de sus anteriores dueños hacia la persona a la que había probablemente regalado el libro en primera instancia y que por diversas vicisitudes de la vida había terminado en una estantería de esa librería. Quizá simplemente ella era cómo él en esa librería que cogía muchos libros que parecía que iba a comprar y al final los dejaba todos y compraba otros completamente distintos.

Pasó la primera página para ver si la primera idea que le había venido a la cabeza, la de la tara en el libro en forma de dedicatoria personal de una tercera persona, era la causa de que ella hubiera dejado el libro en el mismo lugar donde lo había cogido. Pero en esa segunda página, en la que ponía únicamente el título en grande de la novela, no sólo estaba dicho título sino también unas palabras escritas a lápiz sin haber marcado mucho la escritura para que no se notaran mucho. Podían ser de cualquiera. Como él mismo había comprobado en otros libros, podían ser del anterior dueño. Pero él sabía que no era así. Eran de ella. Esas palabras decían:

No quería fingir haberlo leído pero me ha gustado hablar con un chalado de esta preciosa historia

No lo dudó y aunque ya tenía ese libro, lo compró de nuevo. Ya se inventaría algo para justificar la absurdez que estaba haciendo ante sus padres. Siempre podría decir que como le gustó tanto, y viendo que había otro ejemplar en tan buen estado y a tan buen precio lo había comprado para regalárselo a un compañero de la universidad cuyo cumpleaños por cierto también estaba a punto de celebrarse. Pero no podía dejar ese libro ahí. Cuando fue a pagar, con el corazón mucho más acelerado de lo que sería conveniente por temas de salud, vio como el dependiente que de manera natural suele estar siempre ensimismado con el ordenador clasificando nuevos ejemplares de los libros que les van llegando le dijo:

– ¿Parece que es un libro que te ha gustado mucho no?

Como un imbécil contestó:

– Lo he visto ahí tan gordo y me ha llamado la atención.

A lo que el dependiente volvió a contestar:

– Ya. Pues si te resulta de provecho esa chica suele venir todos los meses al menos una vez, lo que pasa que no viene un día determinado a la semana.
– Gracias.

Pagó. Se quedó mirando desconcertado al dependiente unos segundos, cogió la bolsa con los libros que había comprado, y recomprado, y salió de la librería todavía desconcertado por todo lo que acababa de pasar en ella, en aquel rincón literario de Madrid. No sabía qué pensar de nada de lo que había pasado. Podía ser perfectamente una broma del destino para reírse de él. Aunque también podía ser perfectamente la mayor señal y oportunidad que ha tenido en su vida delante de sus propias narices para haber intentado algo más, si es que había algo más que poder intentar, con una chica. Y también podía ser un sueño, y nada de lo vivido en la librería aquella tarde fuera real. No. Sí había sido real. Se había atrevido a hablarle a una chica desconocida y a mantener una conversación, a invitarla a tomar algo e incluso a ser algo atrevido lanzándola indirectas. Pero lo más increíble, o eso al menos pensaba él es que ella había mantenido la conversación, con lo fácil que hubiera sido decirle que ya había leído el libro y cortar ahí de raíz todo lo de después. Pero eso no había pasado.

Como no terminaba de encajar nada de lo ocurrido decidió darse una vuelta más por Malasaña antes de subir a la glorieta de Bilbao a coger el autobús que le llevaría a casa. Mientras estaba paseando, sacó “Olvidado Rey Gudú”, lo abrió por su segunda página y volvió a leer esas palabras que sabía que ella las había escrito, pensando quizá que él las leería, o quizá no. También en ese punto había que dejar al destino su parte de oficio. Lo real era que esa segunda página existía, y que existiría para siempre.

Y fin.

Caronte.

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miércoles, 14 de enero de 2015

Segunda página (Parte II)

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La chica, que tendría más o menos su edad, si no algún año más, no más de dos, entró como quien conoce el lugar y sabe donde tiene que dirigirse para buscar lo que está buscando. Él seguía en cuclillas y había vuelto a mirar los libros del Nobel peruano. Sin embargo, de vez en cuando, intentando disimular y no ser descubierto, lanzaba alguna que otra mirada de soslayo hacia la nueva clienta de la librería. Por mucho que lo negara, cada vez que ponía su mirada sobre ella, la librería era cada vez más secundaria y los libros que iba cogiendo eran simples excusas para tener la mirada activa, recorriendo de arriba abajo las estanterías y lanzando también miradas, ya no tan disimuladas, a la joven.

Poco a poco la librería y los libros, incluso aquello que había ido a buscar aquella tarde, pasaron a un segundo plano y todos sus actos, gestos y miradas iban encaminados a intentar estar lo más cerca posible de la chica, a robar algún segundo al tiempo para poder mirarla y contemplar su belleza, sin que ella lo notara. Poco a poco empezó a sentir algo raro en su interior. Su estómago ya no estaba tranquilo, como lo había estado hasta hacía unos minutos, estaba revuelto, en tensión como con un nudo. Estaba nervioso y no sabía muy bien porqué. Bueno en el fondo sí que lo sabía, lo que pasa es que si lo reconocía los nervios irían a más. En un momento dado ambos estuvieron juntos, mirando los libros de la misma estantería, recorriendo con la mirada probablemente el mismo tiempo los mismos títulos y autores, e intentando encontrar aquello que cada uno buscara. Sin querer, en un momento dado, ella, muy probablemente ensimismada buscando algún libro, se chocó con él al querer avanzar y seguir mirando los libros del mismo nivel de estanterías. En ese momento ella levantó la vista y le miró a los ojos y con una voz dulce y aguda, a la vez que firme y sincera le pidió disculpas y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y aunque hubiera querido decirla que no pasaba nada por haberse chocado en él, se quedó más mudo que las figuras de Daoiz y Velarde que presiden la Plaza del Dos de Mayo.

Durante los pocos segundos que duró ese pequeño encontronazo, él pudo ver de cerca sus inmensos ojos color miel. Unos ojos donde cabría toda la inmensidad del universo y todavía sobraría hueco para varios universos más. Unos ojos en los que desde ese instante le hubiera gustado perderse para siempre, vivir, encerrarse y nunca volver a la realidad del mundo. Unos ojos que le miraron de cerca, a la cara, directamente a sus pupilas y que le paralizaron, dejaron mudo, sin sangre y sin capacidad de reacción alguna. Es más muy probablemente si hubiera dicho o hecho algo hubiera sido demasiado patoso. Pero no sólo fueron sus ojos. Su sonrisa también le cautivó llegándole a lo más profundo del corazón. No tenía una dentadura perfecta de esas que todos los jóvenes de hoy en día tienen derivada de los aparatos de ortodoncia, pero para él sí lo fue desde el primer momento. La sonrisa de sus labios fue probablemente lo que le dejó de piedra y sin capacidad de reacción digna, y terminó por hacerle perder la noción del tiempo y del espacio.

Ya no pudo seguir con normalidad en la librería. Ya cualquier libro que cogía le daba igual, no le prestaba la atención que podría merecer. La librería se redujo a ella. El nudo de su estómago había crecido y se había subido a la garganta, para dejar paso a una sensación de hormigueo en la boca del estómago. Ella seguía mirando estante por estante todos los libros que había colocados, como él hacía siempre que iba allí, quizá por ver ese paralelismo, esa semejanza de comportamiento entre ambos él se encontraba fuera de juego. Ni en sus mejores sueños o mejor dicho ilusiones hubiera imaginado que pudiera encontrarse una chica en esa librería haciendo lo que tantas otras tarde él mismo había hecho, y además la chica era la más guapa que había visto nunca.

En un momento dado vio como ella cogía un ejemplar entre sus manos, “Olvidado Rey Gudú” de la recientemente fallecida Ana María Matute, dama de las letras españolas. Dio la casualidad, la extraordinaria casualidad, que ese libro se lo había leído él recientemente dejándole un extraordinario sabor de boca y ahora era ella la que, como a él mismo le había pasado cuando lo compré también en esa librería, sostenía en sus preciosas manos otro ejemplar del mismo libro. No supo muy bien cómo sacó las fuerzas necesarias que se requieren para hacer lo que hizo, pero se lanzó a la piscina sin pensarlo mucho y la dijo:

– Ese libro es uno de los mejores que me he leído.

Ella algo sorprendida de que alguien le hablara en una librería en la que por norma general los clientes son silenciosos y apenas suelen cruzar unas palabras con los dependientes de la tienda a la hora de pagar, le contestó algo aturdida pero son esa misma dulce voz con la que unos minutos antes se había disculpado por chocarse sin querer con él:

– No he leído nada de esta autora, y sé que se ha muerto hace poco, por eso me he fijado en él y lo he cogido.
– Pues yo también me fijé en ese libro hace unos meses en esta misma librería, lo que pasa es que yo me fijé en él por el tamaño más que nada.
– Sí, la verdad es que tiene buen tamaño. ¿De qué va el libro, si puedo preguntártelo?
– Claro que puedes preguntármelo, para eso estamos los lectores ¿no?, para aconsejarnos lecturas y descubrir cosas que están ahí para que lo hagamos.

Entonces él la contó un poco por encima de qué trataba esa magnífica novela, o fabula, o cuento para adultos que es “Olvidado Rey Gudú”. Si hacía unos minutos no fue capaz más que sonreírla de vuelta cuando ella se disculpó por chocarse con él, ahora las palabras salían solas, en muchos momentos casi atropelladas. Ella no dejaba de mirarle a los ojos muy atenta y en silencio escuchando todo lo que él la estaba contando, asumiendo sus palabras al mismo tiempo que sostenía en sus con firmeza y confianza el libro. Nunca se había sentido tan escuchado en algo que le hacía tanta ilusión poder demostrar, y nunca se imaginó que podría contar a nadie por petición ajena de qué iba un libro, y mucho menos a una chica en la librería en la que estaba. Hay momentos en los que la fuerza y la determinación que pueden estar ocultas de manera habitual, salen a la luz y son útiles. No supo nunca de dónde le vino toda esa fuerza, donde dejó los nervios, el miedo y la vergüenza para lazarse a hablar con una chica desconocida, con el miedo que eso le había provocado siempre con tan solo imaginarlo. Pero lo estaba haciendo. Le costaba mucho mirar a la chica a los ojos, mantenerla la mirada de manera firme. Ella además no dejó de sonreír en todo momento, lo que le ponía las cosas más complicadas. Cuando terminó su resumen de “Olvidado Rey Gudú” notaba que tenía la boca seca y que las piernas le temblaban. Menos mal que la voz no le tembló salvo al principio de la conversación porque si no las fuerzas se le hubieran venido abajo.

– Pues parece que tiene buena pinta, o al menos parece que a ti te encantó. – Dijo ella.
– No te voy a negar que sí que me gustó. Pero te aseguro que no te defraudaría. Es un buen libro.
– Pues entonces me lo tendré que llevar ¿no? – Dijo al mismo tiempo que ampliaba aún más su radiante sonrisa.

Él viendo que la conversación podía estar a punto de acabar y eso era algo que no quería que ocurriera porque no quería dejar de poder mirarla a los ojos, de contemplar su sonrisa y de estar en su presencia, volvió a sacar fuerzas y valentía y la preguntó:

– ¿Es la primera vez que vienes a esta librería?
– No. Ya había venido un par de veces. Me la recomendó un amigo de la universidad. Casi siempre que he venido me he llevado algún libro.
– Sí, eso es algo que también me pasa a mí. Muchas veces vengo buscando algún libro de un determinado autor y termino llevándome otros de autores completamente diferentes. Estoy como enganchado a esta librería. Me encanta.
– Es un sitio muy poco habitual. A mí también me gusta. – Esto último lo dijo ella mirando alrededor suyo, intentando abarcar son su mirada todo el espacio del local que ocupa la pequeña librería.
– Si me permites decírtelo, eres la primera chica que entra en la librería a la vez que estoy yo dentro. Me parece que voy a tener que venir mucho más a menudo a ver si se repite.

Nada más terminar de decir esto último, temió que hubiera sido demasiado directo y claro y que la conversación tan agradable que hasta entonces habían mantenido se acabara de manera algo brusca y agridulce. Pero ella siguió igual de sonriente. Quizá algo más ruborizada, algo más tímida, ya que su sonrisa pasó de ser amplia y reluciente a más personal e íntima, y su mirada dejó por unos instantes de estar fija en los ojos de él para bajar hasta la portada de “Olvidado Rey Gudú”, que como su propio nombre indica había pasado a un segundo plano en los últimos minutos. Unos segundos después de decir esto, ella contestó, con una voz quizá algo más dulce que antes pero igual de firme y segura, y con un tono que mostraba algo de agradecimiento por la especie de cumplido que le había soltado:

– Cuando yo vengo tampoco suele haber gente de mi edad. Siempre hay gente más mayor que busca en silencio como si temiera molestar a la multitud invisible.

Esta última frase le gustó especialmente. Era muy poética, o eso mismo le pareció a él, aunque muy probablemente era ya el embalsamiento que tenía encima el que le hacía magnificar para bien todo lo que le estaba pasando. Sin embargo, a medida que la conversación fue avanzando entre comentarios algo más triviales e inocuos, aunque llenos de intención por parte de ambos, sobre autores y libros leídos recientemente y comprados en esa misma librería, él se fue dando cuenta que eso tendría que acabar en algún momento, y esto era algo que él no quería que ocurriera. No quería pensar que esa tarde fuera simplemente una tarde, una casualidad que no se volvería a dar, y si se diera no fuera con ella de nuevo sino con otra persona. No quería que esa tarde pasara sin más y acabar la conversación y despedirse él o ella para marcharse y seguir con sus respectivas vidas, la de él anodina y triste seguro, la de ella un completo misterio pero seguramente más interesante y abierta. Por eso aunque el miedo y la vergüenza habían ido desapareciendo a medida que ella respondía con amabilidad, divertida por estar allí hablando con alguien, y sonriéndole haciendo que él se sintiera cómodo y seguro de sí mismo, habían terminado de volver y a agarrarle la boca del estómago y a martillearle la nuca. Sabía que por mucho que le costara tenía que intentar algo más, por eso casi sin pensárselo, o mejor dicho tras haberlo pensado mucho y por no encontrar razón coherente para no hacerlo sino más bien inconvenientes si no lo hacía, terminó por soltar, casi a bocajarro:

– ¿Te apetecería tomarte algo y seguir hablando de libros sentados en alguna de las terrazas de la plaza, para no estar aquí de pie como dos estatuas?

Continuará...

Caronte.

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