sábado, 8 de noviembre de 2014

Somos nada sin nadie

Desde que nacemos los seres humanos nos vemos obligados a relacionarnos con las personas, otros seres humanos como nosotros que terminarán siendo amigos, compañeros de clase, de vagón de metro, de academia de francés o chino, nuestras parejas, novias o novios, nuestros hijos, los amigos y parejas de éstos, y aún en algún caso la familia de éstos. Desde el mismo momento en que nuestra madre nos expulsa de su seno con dolor, llanto y sangre somos, y al ser nos vemos obligados a relacionarnos. No tenemos opción de hacer otra cosa. Por muy antropofobóbicos que seamos, a menos que queramos ser considerados como unos bichos raros o descartados por la sociedad, siempre estaremos en continuo contacto con la sociedad.

El contacto con otros seres humanos, de nuestro mismo sexo o del contrario o ya en estos días tan modernos y actuales con personas que nacieron con un sexo pero que se sentían del contrario y acudieron a la medicina para cambiarlo, nos proporciona siempre sensaciones, vivencias y experiencias imprescindibles en la vida de cada uno de nosotros. El ser humano es ante todo un ser que está hecho para vivir en sociedad, para amar, para querer, para odiar, para morir incluso en sociedad. Sin la sociedad el ser humano no es, y si no que se lo digan a Tom Hanks en la película Náufrago, o más bien al personaje que interpretaba, que para poder mantener algo la cordura mientras vive en solitario en una isla salvaje tiene que recurrir a un balón de vóleibol al que llama Wilson y con el que comparte inquietudes, miedos e ideas. Por mucha ficción que esta película contenga, muestra la verdadera naturaleza del ser humano, como ser sociable, que únicamente en sociedad puede hacerse, vivir y morir.

Sin la sociedad el ser humano estaría sólo en el mundo. No querría ni imaginarme cómo sería la vida en un planeta en el que únicamente viviera un ser humano, sin embargo voy a hacer el esfuerzo. Imaginémonos un planeta salvaje, asocial, sin más vida que la de las plantas que crezcan en montañas, riberas de ríos, valles o extensas llanura, y las bestias que den debida cuenta de estas plantas y de otras bestias para sobrevivir. Imaginémonos una reserva natural africana que ocupara todo el planeta tierra. ¡Qué desolador sería todo!  Y sin embargo qué hermoso también, sin seres humanos que pudieran alterar esa belleza infinita, ese orden natural en el devenir del mundo, ese normal discurrir de la vida en la tierra. Sin seres humanos la tierra sería bella, tranquilla, viviría en paz.

Pongamos ahora en este gran jardín, selva tropical, llanura manchega, estepa rusa, valle alpino, desierto asiático, al ser humano. Pero sólo a uno, que naciera de la nada, y creciera por sus propios medios. En el mundo actual en que vivimos, es incomprensible para una mente media humana pensar, ni siquiera imaginar, que algo pueda surgir de la nada. Pero de la nada surgimos allá por los albores del tiempo, cuando todo era nada, y la nada era todo. Esta persona sola en medio del todo no sería, no podría ser porque no tendría a nadie como ella, y por tanto nadie sería. La soledad en la que viviría esta persona le haría vivir como si no existiera porque nada podría compartir, nada podría decir, nada podría hacer. Porque si no hay nadie ahí para escuchar lo que tenemos que decir, nadie podrá dar cuenta de que lo hemos dicho y por tanto si sólo nosotros sabemos que hemos dicho algo a nadie, nadie sabrá lo que hemos dicho. Esta única persona en el mundo moriría algún día, y entonces dejaría de ser de manera material, pero hay que recordar que nunca fue y por tanto nadie sería.

En soledad nada puede ser dicho, o hecho, sólo nos tenemos a nosotros para dar constancia de esas palabras pronunciadas, o de esos actos hechos, pero sin nadie que oiga esas palabras por nosotros dichas, sin nadie que sea receptor de esos actos por nosotros actuados nunca podríamos estar seguros de haber dicho o hecho tal o cual cosa. La soledad implica dudar de nuestra propia existencia. La soledad implica no ser, porque ser con uno mismo solamente no vale, no basta, no es suficiente para el ser humano acostumbrado desde el primer segundo del todo después de la nada a estar con alguien, a ser en sociedad. La sociedad es lo que completa al ser humano, el objetivo último que toda persona tiene en mente desde que nace. Bueno quizá cuando nacemos no lo tenemos en mente, en ese instante no tenemos nada en mente, no somos más que un par de kilos de carne sanguinolenta y berreante, helada de frío por abandonar la cálida seguridad de nuestra no existencia mundana en protegidos por nuestra madre. Quizá en el momento de nacer simplemente tenemos algo dentro de nosotros, que nos es implícito que nos hace buscar siempre la sociedad, y estar en ella, y ser en ella como éramos sin ser en el útero materno.

A medida que vamos creciendo en el mundo, siendo cuidados siempre por nuestros progenitores, nuestra madre y nuestro padre, aunque siempre es más la madre la que carga, no de manera impuesta, con la inmensa y ardua tarea de protegernos al menos mientras todavía somos unos niños. Son nuestros progenitores los que siempre nos animan a estar en sociedad, a salir de la soledad de nuestro mundo íntimo y particular que es la familia: el padre, la madre, quizá un hermano o hermana, o quizá varios, y en los casos más extremos – no en términos negativos ni peyorativos esto último – seis o siete. Siempre nos dirá nuestra madre que demos las gracias a quien nos da un caramelo cuando con tres o cuatro años, yendo en el metro en un vagón atestado de gente, un señor muy amablemente nos cede su asiento para que nos sentemos. Ese simple hecho, el dar las gracias, el animarnos a ello, o casi empujarnos a ello, constituye una de las primeras ocasiones en las que nos vemos obligados a relacionarnos con la sociedad, representada en este caso en la persona que nos ha dejado su sitio en el vagón de metro y nos ha dado también un caramelo.

Cuando ya hemos dejado la niñez atrás el enfrentamiento con la sociedad es si cabe aún mayor. El primer gran reto que todos hemos pasado ha sido el colegio. Este es el primer gran espacio social al que debemos hacer frente y donde nuestra relación con la sociedad debe empezar a apuntalarse bien. El colegio es sociedad y está pensado para ello. Todo el sistema educativo, en los países más desarrollados, en aquellos que se preocupan por el futuro de sus sociedades y por tanto de los chavales que empiezan a tener que defenderse solos, lejos de la tutela implícita de sus padres y sin tenerlos constantemente detrás para apoyar sus decisiones, como digo todo el sistema educativo está encaminado para dar confianza al ser humano desde los primeros momentos de su andadura por la vida. Sin los colegios, y las relaciones que estos obligan a tener tanto con compañeros de la misma edad, o más mayores, o más pequeños, como con los profesores, no podríamos ser. Sólo basta con ver que quienes no pueden asistir a un colegio normal no desarrollan una capacidad social fundamental como es la empatía con otras personas.

En el colegio pasamos muchas horas al día cuando somos pequeños, y compartimos muchos momentos con mucha gente. En el colegio conocemos a las primeras personas que son como nosotros, de nuestra misma edad, y vemos tanto las diferencias que nos distinguirnos de los demás, como las cosas que se comparten y que crean vínculos mucho más fuertes de lo que en el momento que se hacen se puede llegar a pensar. Pero ante todo el colegio es el mejor modelo posible de reproducción del mundo, a escala 1:1. Lo que pasa en el colegio, pasa en la vida real. Lo que nos pasaba cuando teníamos diez, once, o nueve años, nos pasa cuando tenemos diecinueve, veinte, o veintitrés, o más tarde con cincuenta, o sesenta o setenta y cinco años. Solo hay una diferencia, la edad, y el entorno que nos rodea en cada momento de nuestra vida, es decir la sociedad con la que interactuamos en cada momento. También hay otra diferencia: la inocencia. Cuando somos apenas un prototipo a escala reducida de joven, o de adulto, es decir cuando estamos en quinto o sexto de primaria, todavía no hemos conocido la falta de inocencia, todavía estamos cubiertos por ese velo protector que impide ver a gran escala los pecados de la sociedad.

Cuando en el colegio, durante el transcurso de un recreo, mientras se juega un partido de fútbol con un bote de plástico de un zumo que uno de los compañeros con los que estamos jugando se ha bebido y lo ha cedido a la causa general creemos que se ha cometido una injusticia contra nuestro equipo, no dudamos en acusar a nuestros rivales de tramposos por haber cometido falta, y nos enfadamos con ellos y nos les hablamos durante el partido y quizá durante todo lo que quede de ese día. Pero el enfado dura poco, y al día siguiente en el recreo otra vez nos volvemos a juntar para jugar otro partido con equipos diferentes. Con esa edad todavía inocente no damos más importancia a las cosas, incluso vemos como algo de adultos el enfadarse y no hablar al rival por tirar muy fuerte contra nuestro portero, y al día siguiente, o a la salida del colegio estar como si nada hubiera pasado pensando en echar al día siguiente otro partido más. Esto es la sociedad, o al menos los primero instantes de ella. Sin embargo estos partidos de futbol no duran eternamente, y no somos tan inocentes por tiempo indefinido.

Cuanto mayor es nuestro contacto con la sociedad, y más variado es este contacto, somos y sentimos más porque empezamos a tener capacidad crítica y de comparación. Poco a poco vamos distinguiendo dentro de la sociedad, dentro del mundo que nos rodea, a diferentes clases de personas no siempre agradables de encontrar. Pero esto también es vivir. Es imprescindible llevarse golpes muy duros en lo más profundo de uno mismo para saber qué es ser, para saberse vivo. La gente que terminará rodeándonos la mayor parte de nuestra vida será aquella que se lo haya ganado a pulso, aquella a la que terminaremos queriendo con todo nuestro corazón, la que nunca nos habrá fallado, la que tras vernos mal y sabernos mal buscará ayuda en otro amigo nuestro para animarnos y sacarnos del hoyo, la que nos habrá sabido perdonar desplantes en momentos duros, la que nos querrá igual o más que lo hacemos nosotros, la que nos hará ser mejores personas y señalará sin miramiento alguno y con toda la dureza posible los errores que hayamos cometido – y los que estemos a punto de cometer nos los señalará también y nos advertirá de que si al final los cometemos contra su consejo nos darán una paliza.

Sin esta parte de la sociedad que conformaran el puñado de amigos, contables con los dedos de una mano siempre – quien diga que tiene más amigos no sólo miente a quien se lo dice, sino que se miente a sí mismo, y confundirá a personas con las que tiene un trato cordial con aquellas que de verdad son amigas y por tanto no sabrá nunca distinguir a un amigo de un compañero que comparte parte de nuestra vida diaria y a ambos los tratará igual y por igualar al final verá que no tendrá ni lo uno (amigos) ni lo otro (compañeros) –, a los que terminaremos queriendo, las personas no podemos ser y no podremos nunca sentirnos. Estos amigos permiten poder contrastarse a uno mismo en la realidad, teniendo testigos tanto de lo que decimos, como de lo que hacemos, de lo que callamos y de lo que no nos atrevemos a hacer. Poder tener a alguien con nosotros para poner el contrapunto a nuestras vidas es algo fundamental y es lo que da sentido en el fondo a nuestra existencia.

Si el creador de todo el universo (sea Dios, Alá, Yahvé, o Merlín el Encantador) hubiera querido que el ser humano no fuera, solo tendría que haber puesto en la tierra a un ser humano cada vez, por ciclo vital. Desde el momento en que nos vemos rodeados de seres como nosotros sabemos que sólo entre ellos podremos ser, vivir, existir. Entre estos seres humanos, y solamente entre ellos podremos desarrollarnos plenamente, ser felices. En la sociedad encontramos nuestra razón de ser y siempre la buscamos aunque no nos demos cuenta de dicha búsqueda hasta que rendimos cuentas con nosotros mismos el último instante de nuestra existencia, justo antes de expirar podremos mirar hacia atrás y ver todo el camino que hemos recorrido y reconocer los rostros de todas y cada una de las personas con las que alguna vez en nuestro deambular, con o sin rumbo, solos o acompañados, por el mundo y por la vida, nos hemos relacionado. Solo en el momento en que se pone el sol de nuestra vida seremos capaces de ver los verdaderos rostros de quienes nos han amado, querido y acompañado mientras hemos sido y por tanto nos han hecho ser alguien.

La sociedad nos envuelve y sin ese envoltorio tendríamos frío y no sabríamos ser, ni estar, ni siquiera parecer. Sin la capa de protección homogénea que proporciona al ser humano la sociedad, el conjunto de amigos del colegio, del instituto, de la universidad – si es que son diferentes entre ellos, que lo más normal es que sí pero también hay casos, quizá los más extraordinarios que un amigo de los primeros cursos de educación primaria aguanta con nosotros hasta la universidad, y aún más allá; los compañeros del trabajo, del club de campo, o del grupo de catequesis; las personas que van a la misma hora que nosotros a la piscina y con las que terminamos entablando pequeñas conversaciones intrascendentes para el normal devenir tanto de nuestras vidas como de las de estos sujetos pero que nos hacen pasar un rato muerto en los vestuarios mientras nos cambiamos, o los del golf, o los amigos de la pachanga dominguera de fútbol. Todas estas personas conformaran nuestro entramado social a lo largo de nuestra vida y aunque nuestra relación con ellas sea minúsculo a lo largo de toda una existencia, también nos hacen ser.

Pero no sólo la sociedad es algo que nos permite a los seres humanos ser tales. La sociedad también nos da quizá el mayor regalo que podamos imaginar. En el inmenso conjunto de personas, y personajes también, con los que en algún momento de nuestro continuo respirar nos relacionamos se encontrará nuestro mejor complemento, a lo mejor y en muchas ocasiones el único, aquella persona que dará total y completo sentido a nuestra vida, esa persona con la que pasaremos a otra dimensión más allá del simple existir y ser, y sin la cual seremos conscientes de que por mucho que seamos y nos sintamos ser, si no podemos compartir con ella nuestra existencia seremos menos. Pero encontrar a esta persona supone el mayor de los retos que el ser humano tiene por delante desde el mismo momento en que nacemos.

No es fácil, si lo fuera nada tendría sentido y el amor en su estadio más alto no existiría, simplemente se sustituiría por placer carnal como simple desahogo de las necesidades más básicas que tenemos los seres humanos como miembros del reino animal que somos. El amor que implica necesitar a otra persona para ser sólo se puede conseguir si se da verdadera importancia a la sociedad, a los individuos de manera individual para poder verlos tal cual, sin esperar a que la última luz de la vida ilumine su rostro y sea sólo entonces cuando reconozcamos. El amar a una mujer o a un hombre –esto da lo mismo ambos son caras de la misma moneda, y la distinción entre heterosexualidad y homosexualidad es una mera clasificación que la simpleza que ha ido invadiendo la mente humana con el paso de los siglos y el constante deterioro genético de la humanidad ha inventado para distinguir y tachar como diferente lo que en verdad es un mismo sentimiento como es el amor a otro ser humano- implica dar mucho, implica haber alcanzado el máximo nivel en la relación con la sociedad, en la fusión con la misma.

El poder dar y recibir amor supone el objetivo final que tenemos los seres humanos grabado a fuego en nuestro código vital que nos lleva a querer pertenecer a la sociedad. Somos amor, y somos sociedad, por esta razón buscamos el amor en la sociedad, y sin ella nunca lo podríamos encontrar. Volvamos un segundo a nuestro individuo soltado solo en medio de la más salvaje y bella naturaleza. Éste nunca podrá amar nadie, ni siquiera podrá plantearse qué es eso de amar, ni a quien, no tendrá opción porque en el fondo no será. No tendrá ninguna sociedad en la que ser, en la que relacionarse con otros como él y por tanto sólo con él no podrá nunca alcanzar el objetivo final de la vida. Me gustaría preguntar al lector de estas líneas, si es que llega tan lejos en un artículo tan sumamente cubista como este, si alguna vez se ha planteado su vida –  no presente sino futura – ausente de la sociedad, sin nadie a su alrededor a quien contar nada, sin que sus actos queden registrados por alguien, sin amar y sin sentirse amado, sin sentir en última instancia.

Pero ahora en los tiempos que corren el ser humano cree que la sociedad está en un móvil o en un ordenador. Los jóvenes creen que por relacionarse mediante whatsapps o por facebook son miembros de la sociedad actual. Pero la sociedad actual no existe, porque la sociedad no es actual, ni pasada, ni futura. La sociedad ha sido siempre la misma desde que el mundo es mundo, desde que hay vida e la tierra, desde que los primeros homínidos son. La sociedad no cambia siempre permanece. Lo que el whatsapp o facebook o twitter o cualquier otro sucedáneo de red “social” hacen es engañarnos haciéndonos creer que estando en sus redes –y enriqueciendo a sus dueños, haciéndoles cada día más podridamente ricos– estamos en sociedad. Y esto es pura mentira. Estar en sociedad es ser, y no se puede ser a través de un móvil o el ordenador, esas máquinas crean gilipollas en vez de seres humanos como crea la sociedad. Estar y ser en sociedad es mirarse a los ojos mientras se habla, hablarse en persona, tocarse, abrazarse, estrecharse la mano, besarse, quedar en un bar y hablar, discutir sobre quién debe ser el portero titular de la selección española con los amigos, intercambiar unas torpes palabras en inglés en una gasolinera de Luxemburgo con un camionero chipriota afincado en Lituania sobre la situación económica y política europea, hablar con la chica que te gusta y no atreverte a decirla nada, erar en nuestras relaciones con otras personas. Todo esto es la sociedad y nadie podrá decir que el ser humano es sin alguien, porque sin la sociedad el ser humano sería uno y por tanto nadie.

Caronte.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Por fin una señal clara (II)

Después de salir de la iglesia de las Salesas Reales, bajé por la calle Bárbara de Braganza hasta toparme con el Paseo de Recoletos, una de las zonas que más me gustan de mi Madrid. A pesar de que la noche no estaba para nada fresca, y menos entre edificios, al llegar a este majestoso paseo arbolado, la brisa que siempre corre por Madrid me hizo abrocharme un poco la cazadora que llevaba puesta. La oscuridad ya lo abarcaba todo, a pesar de que eran poco más de las siete de la tarde, pero en esta época del año la luz se despide pronto de las calles y deja a la oscuridad se apodere de las mismas e incluso del propio espíritu de los ciudadanos. No había mucho tráfico y por eso se podía pasear tranquilamente sin ese ruido constante de coches pasando cerca. Hubo una cosa que me llamó peculiarmente la atención y que me hizo esbozar una sonrisa de incredulidad. Justo cuando tomé el Paseo de Recoletos, muy cerca del Café del Espejo, un par de muchachas jóvenes rompieron a voces señalando la estatua de Valle-Inclán. Cuando miré pensando que ¡vaya dos mujeres que se sorprenden por una estatura que lleva ahí desde que tengo memoria!, me di cuenta que algo no iba bien en la estatua. Como he dicho ayer fue 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, y todavía coleaba en Madrid el espíritu de Halloween. Los gritos de las dos jóvenes venían motivados porque la estatua de Valle-Inclán tenía puesto en los ojos un par de leds de color rojo que le daban in aire demoníaco. Cuadro lo descubrí, esbocé una sonrisa pensando qué hubiera pensado el maestro de las letras al ver su estatua de tal guisa.

Como no llevaba rumbo alguno, sino que simplemente me dejaba llevar por mis pies, cuando llegué a la Plaza de Cibeles habiendo tenido que abandonar la parte central del Paseo de Recoletos debido a las obras de remodelación del pavimento que se están llevando a cabo (y que llegan muchos años después de que se prometieran, como consecuencia de que en apenas cinco meses hay elecciones municipales) decidí seguir camino por el Paseo del Prado y no subir hacia Sol o Gran Vía por la Calle Alcalá. Quizá en otras circunstancias hubiera tomado dirección Sol, pero ayer no me apetecía estar entre tanta gente. No quería ir donde más aglomeración hubiera para así evitar ver a grupos de amigos o a parejas cogidas de la mano o abrazadas dando un paseo. Ya que iba solo prefería ir por donde menos gente hubiera para no ver hacer lo que otros como yo estaban haciendo aunque no les conociera.

Crucé la plaza de Cibeles y seguí mí paseo por el Paseo del Prado, que también está en obras para mejorar su pavimento y sus aceras. En Neptuno me crucé a la acera del Hotel Ritz y me dirigí hacia el Museo del Prado. Aquí en vez de seguir por su fachada principal, es decir por delante de la entrada de Velázquez, decidí irme por detrás y subir hasta la Iglesia de los Jerónimos. Esta zona de Madrid es sin lugar a dudas la más bonita. No tiene rival este conjunto formado por la RAE, los Jerónimos, el Casón del Buen Retiro, el Propio Museo del Prado y también porque no el Ritz. El barrio de los borbones como se le conoce a las calles que se encuentran encerradas entre la calle de Alcalá, el Paseo del Prado, la calle Alfonso XII y el Real Jardín Botánico. Es una zona muy tranquila desde la que se puede llegar en apenas unos minutos a cualquier parte de Madrid, y pasear por las tardes de verano por el Retiro para poder huir del ajetreo de la vida diaria y del calor que hace en los días estivales en la capital de España. En otoño e invierno esta zona parece desolada y desierta, la noche abraza los edificios y les da un aire de misterio y abandono que en cierto modo es falso y verdadero al mismo tiempo.

Por la parte trasera del Museo del Prado, una zona sin apenas gente en la que uno puede pasear sin sentir que nadie le mira y que nadie piensa en la razón que me hace ir solo un sábado por la tarde. Llegué hasta la entrada de Murillo del Museo y de ahí seguí por la verja del Jardín Botánico hasta llegar a la Plaza de Atocha. Y allí en Atocha pude contemplar otro de los grandes edificios de Madrid, para mí uno de los más hermosos, testigo de otra época en la Madrid empezaba a ser ciudad y dejaba atrás su espíritu de pueblo. Hablo de la Estación de Atocha ese inmenso edificio que parece un ser de otro tiempo ya extinto, cuyo cadáver se mantiene incorrupto. La belleza de la Estación de Atocha pocas estaciones la igualan. Desde Atocha pocos caminos podía tomar que no me alejaran mucho del centro, de hecho sólo uno me seguía manteniendo en el Madrid más céntrico. Subí por la Cuesta del Moyano, que como su propio nombre indica necesita de un esfuerzo no despreciable para ser remontada. Ayer tarde, tanto por la hora que era como por ser un día festivo, las casetas de los libreros estaban todas cerradas. Una pena porque siempre que paso por allí y las casetas están abiertas mis sentidos disfrutan como un niño con sus nuevos juguetes el día de Reyes. En esta zona tampoco había mucha gente, salvo los cada vez más típicos runners y los chavales con sus skates. Al llegar a la parte alta de la cuesta decidí seguir por el Retiro.

Como buen día de difuntos que era, mis pasos me hicieron entrar en el Parque del Retiro por la Puerta del Ángel Caído, no sé si aquello fue una señal o simplemente pura casualidad por Halloween, pero allí estaba. Dentro del Retiro la brisa se hizo algo más fresca, hasta tal punto que me tuve a abrochar del todo la cazadora que llevaba puesta. Siempre es un placer entrar en el Retiro, sobre todo en verano durante esos larguísimos días de luz que disfruta esta ciudad para resguardarse del calor sofocante que desprende el asfalto de las calles. En invierno, o en un otoño decente, el Retiro muestra su carácter más arisco y frío. La muerte llega al parque, los árboles pierden sus ropajes de hojas; los verdes tonos de los árboles tornan en cálidos ocres, naranjas y amarillos, hasta quedar en marrones apagados. Las hojas que hasta hacía unas semanas todavía aguantaban en los árboles empiezan a caer y a cubrir el suelo. La oscuridad de la tarde hace que las siluetas de los árboles queden resaltadas sobre el cielo iluminado por los destellos de las farolas de la ciudad, e incluso la estatua al diablo parece tener miedo de lo que pueden encerrar las sendas oscuras y sombrías que parten de los senderos principales del parque.

Por todo el camino que seguí por el Parque del Retiro me crucé con mucha gente, aunque no tanta como con la que me hubiera cruzado por Gran Vía o Sol. Muchos eran los corredores que desafiando a la oscura tarde, a la fresca brisa del retiro y a las cuestas y desniveles del parque me pasaban corriendo y respirando sonoramente. También muchas eran las personas que iban acompañadas por sus perros. No sé si por Halloween o porque ahora es moda pero muchos perros llevaban al cuello un collar luminoso que hacía que en la oscuridad solo se distinguiera dicho collar (de luces verdes, azules, rojas o moradas) moviéndose en solitario. Al principio pensé que era una especie de broma macabra que se había puesto de moda, pero al acercarme a esas luces solitarias me di cuenta que eran simples collares. Pero no sólo a corredores y perros con sus dueños da cobijo el Retiro por las tardes sea cual sea la época del año. También son muchos los patinadores, tanto que hubo un momento en el que, mientras iba por el Paseo de Coches camino de la Calle O’Donnell, me rodeó un grupo de unas diez personas todas ellas sobre patines como si fueran un banco de peces sorteando a un animal mucho más lento que ellos. Y también muchas eran las parejas que iban por el Retiro; solas o en grupo, cogidas de la mano, abrazadas, sentadas en un banco o caminando por separado pero juntos. Pocos éramos los que desafiábamos a la oscuridad del Retiro en solitario buscando quien sabe qué o a quién, o simplemente intentando encontrarnos a nosotros mismo para así poder buscar en algún momento aquello que ahora no tenemos y anhelamos.

Ya era hora de salir del Parque y volver al corazón urbano de Madrid. Dejé atrás el Retiro por la Puerta de O’Donnell y me metí en el corazón del barrio de Salamanca hasta que callejeando alcancé la calle Príncipe de Vergara y poco después la calle Goya en la que de nuevo volví a sentir el calor atípico de la noche. Subí la calle Goya decidido a remediar el chasco del principio de la tarde y comprarme algún libro en inglés en la Casa del Libro, aun sabiendo que la variedad de libros que tienen en la Librería Pasajes nadie la iguala. Cuando llegué a la Casa del Libro eran poco más de las ocho de la tarde. Todavía me faltaba una hora para que mi padre terminara de trabajar y me volviera con él a casa.

Para mí entrar en cualquier librería es no saber cuánto tiempo voy a pasar dentro, ni si voy a comprar uno o dos o tres libros, o si acaso voy a comprar algo. Entrar en una librería es como si entrara en el armario que lleva a Narnia, para mí el tiempo no avanza en una librería o lo hace sin yo darme cuenta. Los libros en lengua extranjera están en el sótano. Allí bajé. Y allí encontré la segunda decepción de la tarde, no tenían ninguno de los libros que iba buscando, ni siquiera otros que me pudieran llamar la atención para comprarlo de rebote. No me lo podía creer. Después de toda la tarde paseando, improvisando una ruta a medida que iba caminando, no era justo acabar así la tarde: con las manos vacías.  Subí de nuevo a la planta baja de la Casa del Libro y me puse a mirar estanterías como un sonámbulo, mirando título tras título, apuntando mentalmente aquellos autores que me podían interesas así como los títulos de algunos libros que me parecían interesantes. Siempre suelo mirar nuevos títulos de autores que llevo leyendo mucho tiempo. Esta búsqueda sin objetivo me relaja y me hace sentir bien, diferente. Estar rodeado de libro me hace no sentirme solo, olvidad por un momento todo el mundo que hay fuera de la librería y al que me tengo que enfrentar todos los días me guste o no, con éxito o sin él.

Pero después de varias decepciones librescas, la tarde me guardaba una sorpresa más que inesperada. Entre los libros con los que me topé estaba “Los cipreses cree en Dios” de José María Gironella, un libro que llevaba buscando casi dos años con una intensidad que ni Sherlock Holmes a la hora de resolver un crimen. En todas y cada una de las librerías en las que entraba, fueran grandes superficies o simples librerías de barrio de toda la vida, preguntaba por este libro. Y muchas veces había mirado en la Casa del Libro de Goya por un ejemplar, pero nunca lo habían tenido. Y sin embargo allí lo tenía delante de mis ojos. Incrédulo de mí lo cogí y lo sopesé en mis manos. Pesaba lo suyo ya que era un ejemplar en tapa dura, de una de las últimas ediciones que se habían tirado de esa novela. Lo volví a dejar en su sitio pensando que si lo tenían ahí bien podría volver cualquier otro día a por él tras consultar con mis padres y pensármelo bien. Dejé la zona de libros en tapa dura y me fui hacia la de libros de bolsillo a seguir mirando títulos y autores que me pudieran interesar para el futuro.

De nuevo, y para mi asombro, me volví a topar con “Los cipreses creen en Dios” de nuevo, ahora en ejemplar de bolsillo, bastante menos pesado que su hermano mayor de tapa dura, pero igualmente voluminoso. No podía ser verdad. Dos ejemplares de un libro que llevaba tanto tiempo buscando en la misma tienda el día en que había decidido abandonar la prisión de mi cuarto para salir a dar un paseo y comprarme un par de libros en inglés, que no había podido comprar porque la librería inicial a la que había ido estaba cerrada por ser día festivo y que en esa misma librería en la que me hallaba tampoco había podido encontrar. Por primera vez en mi vida tenía claro que eso tenía que significar algo. No se pueden dar a la vez tantas señales que le señalan a uno lo que tiene que hacer. No pude hacer otra cosa que no fuera comprar ese libro. El destino, el azar, Dios, mi suerte (buena o mala), Buda, la providencia, esa fuerza mayor que controla todas las vidas que hay sobre la tierra; fuera lo que fuera todas estas señales no podían significar otra cosa: tenía que comprar el libro. Así lo hice, y así acabó la tarde de ayer que con tan mala fortuna empecé. Por una vez en la vida algo fuera de mi entendimiento me había ayudado a tomar un camino sin yo mismo quererlo. Ayer fue la primera vez que vi claramente una señal que me indicaba nítidamente lo que tenía que hacer. El problema es que no siempre se encuentran esas señales de manera tan resolutiva.

Cartonte.

Por fin una señal clara (I)

Lo único que ayer por la tarde sabía cuando salí de mi casa era precisamente eso, que tenía que salir. No podía quedarme en mi casa ayer por la tarde porque estaba empezando a agobiarme y a sentirme encerrado en mi habitación. Pero también tengo que decir que hasta que me decidí a salir le di muchas vueltas a mi cabeza. Es complicado tomar la decisión de salir a dar una vuelta por el centro de Madrid sin tener nada que hacer, simplemente por salir, y menos si es en solitario. Por eso me costó tanto decidirme, por el mero hecho de tener que salir solo. Pero ayer por la tarde tomé la decisión de alejarme de mi casa para evitar que la presión que me estaba empezando a golpear el pecho y para alejar las ideas del pasado reciente que mi mente estaba volviendo a revolver.

La excusa perfecta que elegí para terminar de animarme a dar una vuelta fue ir a comprar un par de libros en inglés que en las últimas semanas me habían empezado a rondar la cabeza. Y el mejor sitio que hay en Madrid para encontrar un libro en inglés, o en cualquier otro idioma, es la Librería Pasajes en la calle Génova (calle famosa por albergar de momento, hasta el futuro cambio a la Cárcel de Soto del Real, la sede del Partido Popular), muy cerca ya de la Glorieta de Alonso Martínez. Esta librería la encontré hace cerca de un año en uno de mis paseos de fin de semana, y luego investigando en internet y en diferentes foros y blogs de literatura fui descubriendo su más que merecida fama. Si alguien busca un libro en cualquier otro idioma de cualquier autor, por muy desconocido que éste sea en esta librería lo encontrará con casi total seguridad.

Ya tenía excusa para salir, y eso hice. Me vestí sabiendo que si me abrigaba mucho iba a pasar calor. Porque por mucho que ayer fuera el primer día de noviembre, el tiempo más parece de abril o mayo que de las fechas correctas en las que estamos. Este maldito cambio climático nos va a matar a todos. Con lo que a mí me gusta el frío y los días de mal tiempo, con viento, lluvia y niebla; esos días en los que el no tener pareja con quien salir queda algo difuminado y en segundo plano pensando que quien sí la tiene tampoco es que pueda salir mucho en esas condiciones climáticas (esta idea es algo de mala persona, lo sé, y no me siento bien cuando la pienso, pero en algunas ocasiones pensar así me hace sentir mejor, con lo que se incrementa lo de mala persona). Espero que este otoño veraniego se acabe pronto y pueda ya por fin vestirme con ropa más adecuada a esta época del año.

Puede que para llegar hasta la Librería Pasajes lo más rápido sea el metro. Pero no pienso usar el metro más que lo justo y necesario para ir a la universidad o a la academia de francés. Si puedo evitar coger el metro mejor. No pienso seguir convalidando la desmantelación de este servicio público por parte de los miserables políticos del PP en la Comunidad de Madrid, degradando el servicio de la manera tan radical en que lo llevan haciendo en los últimos tres años. Por esta razón cogí el autobús que para justo enfrente de mi casa y que me lleva hasta la Plaza de Manuel Becerra. Desde allí y cogiendo otro autobús que baja por la calle Alcalá hasta que en el cruce con la Calle Goya coge esta última para recorrerla casi en su totalidad, cruzar la Plaza de Colón y encarar la Calle de Génova al final de la cual me tendría que bajar porque habría llegado a mi destino.

Como no me gusta ir en el transporte público mirando a las musarañas cuando voy sólo, ya que ese hecho acrecienta mi sentimiento de soledad, siempre llevo un libro conmigo. Los libros son mis amigos más fieles y leales; mis más apasionadas amantes son sus páginas y las historias que narran. Si no fuera por los libros creo que me hubiera terminado de consumir en la depresión más absoluta de todas y no hubiera podido sobreponerme a muchas situaciones muy complicadas en el ámbito personal. El libro que me llevé ayer en el autobús es un ensayo del filósofo Erich Fromm sobre el amor llamado “El arte de amar”, en el que analiza qué es el amor, sus tipos, su descomposición en la época actual y la manera de amar. La verdad es que leyendo esta visión del amor me estoy dando cuenta de cómo a día de hoy hay muy pocas personas que de realmente amen, y esto es una pena porque veo muchos ejemplos de ello.

Pero ir leyendo en el autobús, o en el metro, no exime al lector de enterarse de todo aquello que le rodea. Es más, aparte de concentrado en la lectura hay que ir siempre pendiente de la estación por la que va el metro, o de la parada de bus en la que uno se tiene que bajar, para evitar sustos. Pero no sólo de esto iba yo pendiente. Cuando me subí en el autobús en la zona trasera del mismo en los asientos que se enfrentan iban tres niñas, que no tendrían más de quince años pero que llevaban una conversación bastante interesante, no por lo que estaban diciendo cada una, sino por el propio tema. Una de ellas, que se veía era la líder del grupo, que no paraba de hablar a voces como si estuviera sorda, que no lo descarto, y de dar palmadas cuando quería hacer énfasis en algo que estuviera diciendo, iba diciendo que hace unos días había ido a una discoteca con el chico que le gustaba (puede que fuera novio o no, si es que a esa edad pueden saber estos críos que es un novio/pareja/persona a la que amar) y que en un momento se empezó a besar con él, pero que luego llego otra chica, no sé si amiga o no y empezó a molestarles y a intentar quitarle el novio a la susodicha. Me pareció tan absurda la conversación y en el fondo tan triste que intenté concentrarme al máximo en la lectura para no pensar en estas tres crías que para desgracia de todos no son minoría en la sociedad y algún día serán el futuro de este país (si el cambio climático no ha acabado antes con nosotros).

Cuando llegué a Manuel Becerra cambié de autobús, y ya con gente más normal y adulta emprendí mi último tramo en transporte público. La decepción, el chasco, llegó cuando me bajé del autobús en la parada que me correspondía. Menuda señal me enviaba el destino para empezar la tarde. Y es que hasta ese momento no había caído en el día que era: 1 de noviembre, día de Todos los Santos, fiesta nacional (en este país de católico apostólico y romano como dicta la Constitución….ah no que la Constitución dice que España es un país laico). Cuando vi que la librería estaba cerrada a cal y canto, con los cierres metálicos echados y todas las luces apagadas, me sentí como un verdadero imbécil, porque el objetivo fundamental de haber salido, la excusa que me había dado a mí mismo para dejar mi casa e irme solo por ahí, era comprarme unos libros. En ese momento lo único que pensé fue qué hacer en ese momento: me volvía a mi casa con ese mal sabor de boca como un fracasado y dándome vergüenza de mí mismo, o seguir dando una vuelta por donde me llevaran mis pies. Opté por la segunda opción.

Para sobreponerme del mazazo emocional de encontrarme la librería cerrada, crucé la calle Génova y me compré una palmera de chocolate en la Viena Capellanes. Las palmeras de chocolate de Viena Capellanes son un pecado mortal imposible de redimir por mucha penitencia que se haga, pero como la manzana del árbol prohibido son deliciosas y yo mismo condenaría a la humanidad a mil años de trabajos forzados por una de ellas. No me puedo resistir, lo siento, soy débil y lo reconozco. Pero antes de que nadie me juzgue probad dichas palmeras y después decidme si no cometeríais el mismo pecado una y mil veces. Con mi palmera en la mano y el libro en el bolsillo de la cazadora me puse en marcha por las calles de Madrid sin saber muy bien dónde ir. Esa decisión la iría tomando a medida que avanzara por las calles y en cada cruce decidiría si ir a izquierdas o a derechas.

Caminando di con la Plaza de París, uno de los lugares que menos gente conoce en Madrid, y por eso suele estar siempre bastante tranquila. En esta plaza se dan lugar dos de las sedes judiciales más importantes de este país, como son El tribunal supremo que ocupa el lado sur de la plaza y la Audiencia Nacional (que actualmente se encuentra en obras de remodelación y ampliación), lugar donde se juzgan la mayor parte de los temas de terrorismo y corrupción. Detrás del Tribunal Supremo, aunque más bien formando parte del mismo edificio que un día fue un convento de religiosas, se encuentra la Iglesia de las Salesas Reales, que aparte de un exterior deslumbrante y grandioso, guarda en su interior dos secretos en forma de tumbas. Poca gente sabe, o mejor dicho menos gente de la que sería normal sabe que en el interior de esta iglesia madrileña se encuentran enterrados un Rey de España y un militar/político bastante famoso. El Rey es Fernando VI, que a diferencia que todos sus antepasados y sucesores no está enterrado en el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial sino en la capital de España; mientras que el militar y político es Leopoldo O’Donnell.

Si uno no se atreve a entrar en las diferentes joyas arquitectónicas de Madrid, y a pasear por la calles de esta maravillosa ciudad nunca podrá descubrir estos pequeños secretos. Aunque ya había estado antes en esta iglesia y ya había visto las tumbas de ambas personalidades, volví a entrar. No soy muy religioso que se diga, no voy a misa a no ser que haya una boda, un funeral o un bautizo. No comulgo con las creencias cerradas de la Iglesia a la que pertenezco por bautismo, pero ayer me senté en uno de los bancos de la Iglesia de las Salesas Reales y me puse a rezar. Llevaba muchos años sin rezar en una iglesia. No sé por qué lo hice, simplemente estando allí sentado sentí la necesidad de hacerlo. Supongo que en momentos personales complicados que uno vive aquellas vías de escape que antes descartaba de primeras terminan siendo una opción válida más. Quizá por esto ayer me aferré a mis propias creencias y en el silencioso interior de la Iglesia de las Salesas Reales, enfrente del sepulto del Rey Fernando VI, me puse a rezar, a encontrarme conmigo mismo, a sentirme sólo voluntariamente para encontrar una paz interior que en los últimos tiempos parece que he perdido. Pedí a quien tuviese la potestad de conceder sea quien sea, y se llame como se llame, que me guiara por un camino que me condujera a la felicidad y al amor que es lo único que quiero en mi vida; ni poder, ni reconocimiento, ni riquezas, ni fama es lo que busco, sólo un camino que seguir que me haga realizarme como persona.
Caronte.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hasta los cojon...las narices de esta panda

Cuando uno piensa que ya lo ha visto todo en temas de corrupción política en España se da cuenta que todavía queda mucho que no sabemos. Cada día que pasa pienso hasta cuándo la ciudadanía de este país que en la situación económica actual tiene que luchar todos los días para sacar adelante a su familia va a aguantar. ¿Cuál es el límite hasta el que el ciudadano normal y corriente de este país tiene que llegar para decir basta? ¿Cuánto tiempo más vamos a estar los ciudadanos de este país callados permitiendo que cualquier político se apodere de nuestro silencio en beneficio propio? No lo sé, pero me gustaría saberlo.

El lunes una gota más cayó en el vaso de la indignación generalizada de los españolitos medios. Se podría decir que es la gota que colma el vaso pero es que éste lleva ya rebosando muchos años. Me gustaría creer como he hecho hasta ahora que la corrupción es cosa de una mínima parte de las personas que se dedican a la política, pero con cada caso de corrupción que sale a la luz me doy cuenta lo equivocado que estaba. La corrupción en este país no es cuestión de siglas políticas, de color o de ideologías; el problema de la corrupción es una mera cuestión de “caradurismo”; de personas miserables que no tienen una sola gota de ética ni de moral en sus conciencias. Pero quedarme ahí y decir que de la corrupción sólo tiene culpa una parte – los políticos – sería engañar, porque con el silencio que mostramos los ciudadanos, sin tener en cuenta las pequeñas manifestaciones que casi todos los fines de semana recorren las calles de cualquier ciudad española, lo único que hacemos es dar carta blanca a estos sinvergüenzas que asumen eso de que quien “calla otorga”.

La operación anticorrupción que el lunes salió a la luz (la Operación Púnica) afecta principalmente al Partido Popular. Pero esto ya me da igual, porque el que es corrupto solo tiene un partido político: su propio beneficio personal, que es a lo único que se debe. Y ya me da igual porque estoy completamente hastiado de la panda de garrulos y ladrones que nos gobiernas. Estoy harto de ver en las noticias únicamente noticias de políticos corruptos a lo largo y ancho de la geografía española. Estoy hasta las narices (por no decir hasta la polla) de  que una panda de caraduras y sinvergüenzas que se supone han sido elegidos por todos nosotros para administrar España y gobernar nuestros pueblos y ciudades me tomen el pelo, se burlen de mi inteligencia y se rían en mi cara. No sé si esto que yo siento lo experimentará más gente, pero al menos con toda la gente que hablo piensa como yo. El problema es que en petit comité se puede estar todo lo indignado que se quiera, pero si esa indignación no se traduce en una verdadera actitud ante la vida y la realidad en el día a día, de poco servirá sulfurarse en reuniones familiares en las que se pone verde a Montoro, se critica la falta de inteligencia de Rajoy o se comenta las fiestas de confeti de Ana Mato (la mujer florero que no sabía nada de lo que pasaba en su casa).

Si lo de la operación policial de ayer fuera un hecho que ocurre cada cierto número de meses, o si hubiese una de estas operaciones cada año como mucho quizá la indignación no estaría tan justificada. Corrupción hay en todas las latitudes del globo terráqueo, desde Estados Unidos a Japón y desde Gambia a Noruega. Todos los países por muy decentes que pensemos que son y por muy ejemplares que sean en términos generales, también tienen a sus golfos. Todos. Pero el problema radica en dos cuestiones fundamentales: cómo se trata socialmente la corrupción en esos países, es decir, cómo la afrontan los propios afectados por esos casos; y por otro lado el número de casos. En España nos destacamos del resto de países comparables al nuestro (con lo de países comparables hablo de países con nuestro mismo nivel socio-cultural, de nuestra órbita geográfica; obviamente no puedo comparar a España con países como Pakistán, Guinea Ecuatorial o El Salvador, porque no están objetivamente en nuestro mismo grupo de países; no se me malinterprete como racismo o clasismo, simplemente uso estas clasificaciones para poder comparar elementos iguales o parecidos) en los dos aspectos destacados.

No ha sido sólo la Operación Púnica. Si sólo hubiera sido esta operación pues, aunque seguiría habiendo sido grave, pero sería más normal (si se puede considerar normal robar de las arcas públicas el dinero que con tanto sudor les cuesta ganar a todos los ciudadanos). El problema está en que es la Operación Púnica, es el Caso Gürtel, es el Caso de las Tarjetas Opacas de Caja Madrid, es el caso Palau de la Música en Cataluña, es el Caso Pujol (padre e hijos), es el Caso Bárcenas, es el Caso de los ERE de Andalucía, es la Operación Malaya, es el Caso de las ITV también en Cataluña, es la Operación Pokémon en Galicia, son sindicalistas, empresarios y políticos que usan dinero público para lucro personal, es el Caso Palma Arena, es el Caso Urdangarín, es…Podría seguir nombrando casos de corrupción en muchos lugares de España, que afectan a todos los partidos políticos, y digo todos, que tengan o hayan tenido poder aunque haya sido poco, y que implican miles de millones de euros de todos los ciudadanos. Pero no voy a seguir nombrando más porque puedo acabar cabreado y diciendo cosas de las que me pueda arrepentir en el futuro.

Esta es la muestra, una parte mínima de la muestra de casos de corrupción españoles. Si hay algún país comparable al nuestro que tenga una lista mayor me gustaría saberlo, pero es muy complicado que sea así. Esto es indignante, esto son gotas que han ido cayendo en el vaso de la indignación popular, del aguante de la sociedad; lo que no comprendo es cómo es posible que ese vaso no haya desbordado ya. La única explicación que tengo a eso es probablemente el propio carácter de los españoles que siempre que hay algo que nos pone de mal humor, algo que nos cabrea mucho, algo que nos toca mucho los cojo…la moral, intentamos desviar nuestra atención de ese problema o cabreo para centrarnos en otras cosas que nos hagan olvidar todo y reír. Porque aparte de corruptos España es experta en reír, somos el país del cachondeo, y quizá esto explica en cierto modo el porqué de muchas cosas.

Peno no ganamos sólo cuantitativamente en el asunto de la corrupción en comparación con otros países. También ganamos en términos cualitativos, es decir en la calidad de nuestros corruptos. En esto somos campeones del mundo en caradurismo y sinvergonzonería: vamos que somos reyes de la picaresca. Porque si uno es corrupto hay que serlo hasta el final, y si uno tiene la cara muy dura hay que demostrarlo todo lo posible. Por estas razones los políticos en este país cuando se les pilla con las manos en la masa y los jueces les empiezan a señalar con el dedo, lo único que saben hacer es o bien atacar a toda la carrera judicial o mirar hacia otro lado y acusar al partido contrario de lo mismo. De esto no se salva nadie, ningún político imputado por casos de mangoneo ni ningún partido con políticos ladrones en sus filas. ¿Pero qué más da, si aquí lo importante es reírse de todos los ciudadanos a la cara? Todavía no hay ningún partido, que haya tenido y ejercido el poder en algún momento en alguna administración pública, que haya atajado la corrupción de raíz. Con esto quiero decir que siempre los partidos ante los casos de corrupción se han escudado en la presunción de inocencia, y yo les digo que esto ya no basta, que los ciudadanos estamos hartos de esas chorradas y esas excusas, que lo que hay que exigir siempre es una conducta intachable porque si una persona se comporta como debe de hacerlo, fiel a una ética y moral dignas, ningún juez le imputará ningún delito. Aquí sí se aplica eso de que cuando el río suena, agua lleva.

Sin embargo Spain is different. Y es diferente porque siempre ha dado igual todo. Vuelvo al asunto de la picaresca para explicar esto. El carácter español, entre otras muchas peculiaridades, tiene algo que en otros países no se da, ya que es propio de nuestra forma de ser, como es la picaresca. Esta cualidad (de momento la voy a considerar cualidad) hace que el español busque siempre cualquier tipo de resquicio legal o moral para sacar un provecho de alguna situación aprovechándose de un tercero. Esto que podría llegar a ser indicativo de agilidad mental, y por tanto se podría decir que un cierto nivel de picaresca es siempre necesario en la vida, la sociedad española lo ha terminado por llevar a su extremo más radical. Ahora la picaresca implica, en todos los niveles de la sociedad que quede claro, aprovecharse de terceras personas sea cual sea su situación para sacar un beneficio personal no importándonos cómo queda aquél del que nos hemos aprovechado. Y como se puede ver esta peculiaridad ya no es una cualidad buena sino una falta total y absoluta de ética personal.

Que hay muchos políticos corruptos: sí. Que cada vez son más los políticos salpicados por asuntos turbios: también. Que no se salva ninguna ideología política: por supuesto. Pero también es verdad (y lo que voy a decir ahora seguro que va a causar protestas y diversidad de opiniones, y probablemente que se me llame de todo) que los políticos no son más que el reflejo de la sociedad, gente como todos nosotros. Los políticos no son creados en una cueva de los Picos de Europa por un druida gracias a conjuros y pócimas mágicas. Los políticos son gente como yo que estoy escribiendo esto, y como tú lector mío que estás perdiendo el tiempo leyendo este artículo; han estudiado en las mismas facultades universitarias, institutos y colegios como todos nosotros y por tanto han recibido una educación muy similar. Los políticos son un reflejo de nosotros mismos, nos guste admitirlo o no. Porque para un ciudadano normal y corriente es muy fácil criticar a los políticos diciendo que son unos ladrones (críticas casi siempre merecidas) y unos sinvergüenzas, pero es que salen de la misma sociedad a la que todos pertenecemos. Por tanto algo tendremos que estar haciendo mal en conjunto.

Sé que en este tema soy muy crítico y exigente, pero es así. ¿O es que los ciudadanos de la Comunidad Valenciana no sabía en las últimas elecciones municipales y autonómicas de 2011 que la alcaldesa de Alicante era una ladrona consumada, o que Francisco Camps presidente autonómico era un pieza de cuidado, o que Carlos Fabra, presidente de la Diputación de Castellón era el Padrino de la corrupción valenciana? Claro que se sabía pero todos ellos siempre han conseguido mayorías absolutas sin sufrir ningún desgaste políticos por sus tejemanejes. ¿Y quién votó a todos estos caraduras? Los ciudadanos valencianos. Es muy fácil, ya sea desde un blog como yo estoy haciendo con este artículo, o sentado en un sillón viendo las noticias, criticar y poner verdes a los políticos y decir que tienen la culpa de todo lo que pasa en este país, de haberlo arruinado. Pero los políticos no sólo salen de la misma sociedad a la que yo o el señor del sillón pertenecemos, sino que somos nosotros mismos los que los ponemos allí. No pretendo entrar en más detalle entre la relación tan estrecha entre corrupción y sociedad española, porque no es mi intención en este artículo, ya habrá tiempo de tratarlo en otro, pero si los políticos se ríen de nosotros en nuestras propias narices algo de culpa también tendremos todos.

Pero si he llegado ya hasta mi máximo nivel de hartazgo, si los políticos, todos, me tienen ya hasta los mismísimos, no es por los nuevos casos de corrupción que van saliendo cada semana, sino por considerarnos a toda la sociedad como imbéciles. ¿De qué va el Presidente del Gobierno pidiendo perdón en el Senado y diciendo que se siente igual de indignado con los políticos de su partido implicados en casos de corrupción cuando no es capaz ni siquiera de pronunciar el nombre de algunos de ellos? ¿De qué la señora Esperanza Aguirre indignándose y haciéndose la víctima cuando muchos de sus colaboradores del PP de Madrid están siendo investigados por la justicia y ella misma comete delitos? ¿De qué va el Secretario General de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, fingiéndose el sorprendido y dolido porque su sucesor al frente del ayuntamiento de Parla sea un ladrón como todos? ¿De qué van todos estos sinvergüenzas? Se creen que a estas alturas de la película los ciudadanos somos tontos y no sabemos distinguir un perdón sincero de un perdón electoralista. Todos sabemos que están siendo cínicos e hipócritas, alcanzando niveles nunca vistos antes y que deberían empezar a ser objeto de estudio en las facultades de sociología de las universidades españolas.

En los últimos tiempos, y más forzados por el ambiente social que se vive de aversión hacia los políticos que se apoltronan en sus escaños que por propias convicciones, parece que las reacciones de los partidos políticos están siendo diferentes. ¡Han empezado a haber dimisiones! Lo nunca visto hasta ahora. Pero si los políticos creen que así los ciudadanos vamos a empezar a decir que hay mano dura contra la corrupción lo tienen crudo. No es más que fachada. Siguen siendo igual de transigentes y siguen siendo más que tibios en sus respuestas ante los corruptos. Si un político cae imputado debería ser inmediatamente expulsado de cualquier tipo de responsabilidad o cargo público, y si yo fuera responsable de algún partido político, también estaría expulsado del mismo desde el minuto uno en que se produzca la imputación. Pero el problema es que todos están de mierda hasta el cuello, y si uno cae y no recibe apoyo de “los suyos” quizá tenga ganas de hablar ante la policía y se desmonte el chiringuito. Los partidos políticos se han convertido en clubes privados donde mandan una serie de capos y o eres como ellos o no pienses en meterte en política porque nunca llegarás a nada. Quizá la solución llegue en el momento en que alguien se meta en un partido fingiendo ser como la panda de rateros que hay dentro y poco a poco vaya subiendo puestos hasta que alcance un cupo importante de poder y sea entonces cuando se quite la máscara, si es que por el camino no ha sido tentado por el diablo, y desmonte todo el chiringuito, eso sí, desde dentro. Si los partidos no se retroalimentaran de su propia mierda y fueran de verdad fueran estructuras abiertas a la participación pública las cosas serías diferentes.

Pero todo esto no son más que ensoñaciones mías. Nada de esto va a pasar ni a corto, ni a medio plazo. Sólo si dentro de unos meses las elecciones municipales suponen un derrumbamiento total del poder bipartidista tradicional de este país las cosas puedan cambiar algo. Por eso, y dejándolo por escrito como prueba, digo aquí que si de aquí a las elecciones no se produce un cambio general de actitud en los partidos políticos, y hablando a nivel personal, sobre todo en el PSOE, con respecto al tratamiento de los sospechosos y señalados con los dedos de la justicia como ladrones, caraduras y sinvergüenzas (y hablo por ejemplo de que el PSOE deje de amparar y dar cobijo bajo sus puestos en el Congreso y el Senado a los expresidentes de la Junta de Andalucía, Chaves y Griñán metidos hasta el cuello en mierda corrupta generada en ese cortijo particular que ha sido Andalucía para el PSOE y que huele a podrido por todos los lados, por mucho que digan los dirigentes socialistas); como digo si no se cambia la actitud votaré a PODEMOS para castigar a toda la panda de sinvergüenzas que sólo saben reírse de los ciudadanos en su propia cara.

Rajoy estará indignado con estos casos de corrupción, Esperanza Aguirre avergonzada de haber confiado en un ladrón y Tomás Gómez desolado por ver que su sucesor es un caradura, pero yo estoy hasta mis mismísimas gónadas reproductoras de toda esta panda de caraduras. Y lo peor es que creo que las cosas van a seguir tal y como están ahora hasta que la ciudadanía no se ponga en serio a reclamar a los políticos, a los que “democráticamente” hemos elegido para que administren nuestras ciudades y comunidades autónomas, seriedad, ética y moral. Hasta que los políticos no sientan en su propia nuca el aliento cabreado de la gente no dejarán de reírse de todos nosotros, hasta que no se encuentren vayan por donde vayan un grupo de personas que les llame lo que son (corruptos, sinvergüenzas, caraduras, ladrones, etc.) no van a reaccionar, hasta que no tengan miedo (en el buen sentido de la palabra, entendido como respeto) de sus electores, es decir todos nosotros, no van a darse cuenta de lo que realmente la ciudadanía piensa y del estado de hartazgo, hastío y aborrecimiento que tienen por ellos. Por esto hay que expresar nuestra indignación; gritar ¡BASTA YA, ESTAMOS HASTA AHÍ MISMO DE TODOS VOSOTROS!, y expresar verdaderamente nuestras ganas de que cambien las cosas.

PS: Me gustaría también recordar a todos esos políticos que de verdad se mueven por sus conciudadanos y que aborrecen estas actitudes de los políticos “mayores” y sienten verdadero asco y desprecio por estos caraduras que por ser sonoros hacen que se generalice.

PS: Si hay algún político, o familiar de alguno, que se haya visto ofendido con cualquiera de los comentarios aquí vertidos, lo siento mucho pero que se jodan, esa era exactamente mi intención. Si no quieren ser insultados, o mejor dichos definidos, que actúen de manera ética.

Caronte.

viernes, 24 de octubre de 2014

Mi amigo con alma de Gran Capitán

El lunes que viene es el cumpleaños de un amigo. Cumple 23, el patito y el culo de lado, y como ya es tradición en los últimos tiempos para celebrarlo organiza mañana sábado una barbacoa en su casa. Vive en un pueblo, por mucho que no quiera oír esta palabra. Esto no es malo, en el fondo si me baso en lo que otro amigo dice, según el cual todo el mundo que viva al sur de Príncipe Pío vive en un pueblo, todos mis amigos de la universidad y yo mismo vivimos en pueblos. Pero el amigo del que hablo vive en un pueblo pueblo, y si no fuera por las barbacoas que organiza de vez en cuando, y que siendo sincero se le dan bastante bien, y porque su casa tiene piscina, aunque ésta sea cubierta y en verano el agua sea caldo de cocido, creo que no le tendría por amigo. En conclusión es amigo mío por conveniencia, me aprovecho de él.

No. Todavía no he aprendido a mentir bien del todo. Todo lo anterior es mentira. Bueno todo no, lo de que es amigo por interés sí es verdad. Ah no, perdón me he vuelto a equivocar. Mi subconsciente no calibra lo que quiere decir. Lo único que es verdad de lo que arriba he dicho es que sus barbacoas son las mejores a las que he asistido; ni el martirio de San Lorenzo las iguala. El resto de lo que he dicho arriba es mentira (cruzo los dedos para que no se desvele nunca la verdad). Bueno también es verdad que hoy es su cumpleaños y por tanto cumpliendo con la palabra que le di hace ya algunos meses le estoy escribiendo este artículo. No trabajo por encargo, que quede claro, y este será el último artículo que haré por petición de nadie. A partir de ahora si escribo de alguien lo haré porque a mí me apetezca (ya sea bien o mal).

Llamo encargo a este artículo que estoy escribiendo, pero quizá debería llamarlo escritura bajo coacción político-militar amenazado con terribles sufrimientos si no cumplo con lo prometido. Con esto no estoy exagerando. Llevo meses presionado por esta persona para que escriba un artículo sobre él. Presiones que ni el depósito de gas más grande y seguro del mundo podría resistir sin sufrir abolladura (primera frikada de ingenieros que meto en el artículo, espero no pasarme demasiado con ellas para nadie piense mal de mí). Cada semana, cada día, cada pocas horas me demandaba la publicación del artículo desde que me lo pidió a finales del curso pasado. Cada vez que lo he visto en clase este curso, o cada vez que este verano he quedado con él para ir al cine me exigía bajo amenazas la publicación de su artículo. Muchas presiones y tensión he tenido que aguantar. He llorado por todos los rincones de la Escuela agobiado por su insistencia. Muchas mañanas he rogado a mi madre que me firmara un justificante para no ir a clase y no tener que cruzarme con él por lo acosado que me sentía. He llegado a pensar en presentar una demanda o una querella, depende del camino que quisiera llevar en los tribunales, si por lo civil o por lo penal (segunda frikada sobre la carrera y en el mismo párrafo: ¡por favor no me encerréis en un sanatorio mental, son cosas de ingenieros, somos unos incomprendidos!).

¡Qué exagerado soy! ¡Cómo me gusta darme el pego! No he sentido nunca nada de lo anterior, o al  menos no por el encargo que me hizo este amigo hace ya unos meses. Sí es verdad que cada dos por tres me recordaba lo del artículo; lo que me ayudaba a recordar a su vez que le había dado mi palabra de que tendría su artículo. Aunque esto no quita para que sí sintiera su pesada insistencia. Pero con presión no suelo trabajar bien, y menos escribir. Cada vez que me decía que cuándo iba a salir su artículo siempre le decía que pronto. Mentía claramente. Pero es que no se puede escribir a la ligera y menos si se hace sobre un amigo. Como me pasó con el artículo que ya escribí sobre otro de mis amigos de la universidad, quizá el más antiguo de los que a día de hoy me quedan, y con el que coseché gran aceptación entre crítica especializada y público, quería escribir un buen artículo y esto no siempre sale bien bajo presión. Sí es cierto que la presión es buena – como cada vez que preguntaba por su artículo me decía mi amigo – y los ingenieros debemos trabajar bajo presión y como dijo una vez el profesor Manterola: “lo mejor es estar en tensión”. Pero no quería lanzarme a escribir sin tenerlo claro, sin haber encontrado la inspiración necesaria para hacerlo.

Yendo al tema que me ocupa hoy he de decir que este amigo, a pesar de que no me ha acosado como un sádico sexual acosaría a Carmen de Mairena, podría haberlo hecho perfectamente. No conozco a otra persona entre los millones de conocidos que tengo repartidos a lo largo y ancho de la geografía mundial, desde Nepal a Perú y desde Alaska a la Isla de Tasmania, que sepa tanto y con tanto detalle sobre temas militares, de espionaje y de historia de la guerra. Nadie. Y en este asunto no exagero ni un ápice. Pero lo mejor de todo esto, no es que algunas veces sea un pesado redomado cuando empieza a hablar de tal o cual batalla de la Segunda Guerra mundial, o de un francotirador muy famoso de EE.UU., sino que cuando habla de todo esto lo hace con entusiasmo, gustándole el tema. Poca gente conozco que sepa tanto de un tema tan amplio y variado y con tantos datos de nombres de armas, batallas, carros de batalla, nombres de militares, soldados y espías. Y esto sí es de admirar, yo lo admiro, y le admiro a él por saberlo tan bien y por amar este tema. Ya podría yo ser en algún tema tan sabio como mi amigo. Pero creo que ni en tres vidas que yo viviera podría nunca entusiasmarme tanto por un tema tan complejo. Si alguna vez tengo alguna duda o pregunta sobre algún asunto militar sé a quién tengo que preguntar. Sinceramente creo que haría buena carrera en el ejército, simplemente por las ganas que le pondría, porque los conocimientos de historia, técnica militar y de espionaje prácticamente se los sabe a la perfección.

Muchas veces bromeando le digo que si alguna vez fuera presidente del Gobierno de España le nombraría Ministro de Defensa. Pero creo que este amigo no se conformaría con un único Ministerio, y ya me ha pedido que le nombre Ministro Absoluto de Defensa e Interior, para poder controlar él solo a las FF.AA. y al Servicio Secreto español. No quiero ni imaginar el peligro que eso supondría, más que nada porque tiene aires de grandeza conquistadora. Sin ir más lejos se cree el nuevo Gran Capitán de los Tercios Españoles, que por cierto pretende restaurar para volver a conquistar lo que un día estuvo bajo domino español. Pero es cierto que si he de comparar a mi amigo con algún gran militar de la historia de la guerra sería con este gran personaje de la época de los Reyes Católicos, ya sea por su conocimiento y pasión por todo lo que tiene que ver con el ejército y los conflictos bélicos o por su gran altura personal que demuestra siendo generoso con todos los que le rodean y nobleza.

Lo bueno de todo esto es que yo nunca seré Presidente del Gobierno de España, ¡y menos mal!, porque si no estaría en obligación de nombrarle Ministro, o al menos encargado en la sombra de los asuntos turbios del Estado que creo que en el fondo sería lo que más le gustaría: poder tener el control en la sombra sabiendo los secretos más ocultos de todos y lavando los trapos más malolientes de las cloacas del Estado. Para chincharle a veces le digo que le nombraría Ministro de Defensa encargándole que disolviera el Ejército, pero él me amenaza con un Golpe de Estado. Lo dicho, menos mal que no aspiro a ser político, o al  menos no a ser Presidente del Gobierno.

Pero, no sólo es la guerra lo que más pone a mi Ministro de Trapos Sucios, apodo que a partir de este momento usaré en el artículo para designar a mi amigo más peligroso y letal (un Bruce Willis a la española, sin ese atractivo que le daría ser americano). Su otro gran campo de actuación son las nuevas tecnologías. ¿Qué sería de mi Ministro sin su tableta electrónica? Estaría perdido en un mar de asilamiento durante las clases de la universidad. No podría haber salvado el sopor insoportable que las muy interesantes clases de Obras Hidráulica o de Geotecnia suelen producir en todos nosotros. Habría caído en dulces sueños dando serenas cabezadas en los más que cómodos asientos de chapa gris de las aulas de nuestra querida Escuela…Bueno en realidad aunque tenía “tablet” muchas veces sí ha sucumbido y a terminado cayendo en los brazos de Morfeo inducido muy probablemente a ello por los insoportables sermones que algunos profesores soltaban desde la tarima o por la supina incompetencia de otros que ostentan el título de catedrático o incluso de director. Muchas veces mis compañeros de universidad y yo hemos visto a mi futurible Ministro serenamente dormido en clase, con la cabeza bien recta, la boca cerrada porque si no entran moscas y los brazos cruzados cual estatua divina. También es cierto que en otras muchas ocasiones su tableta ha entretenido a toda la fila que estábamos juntos sentados, y nos ha ayudado a sobrellevar mejor alguna que otra asignatura (eso sí con vídeos completamente estrafalarios y difíciles de clasificar en una categoría concreta). Luego mi amigo también podría considerarse como: ese ser humano a una tableta electrónica pegado, parafraseando a Francisco de Quevedo.

Pero volvamos a las barbacoas de las que suele ser anfitrión. Esas barbacoas en las que la grasa predomina sobre cualquier otro alimento sano. Poco verde se ve en los platos de panceta, costillares, salchichas, brochetas, chorizos y morcillas. Bueno ahora que lo pienso en la última barbacoa que hizo en su casa hubo ensalada, supongo que para enmascarar en cierto modo todo el colesterol que el resto de verdaderos manjares contienen. En esas barbacoas nos reunimos casi todos los personajes que compartimos todos los días en la Escuela, incluso más gente si se precia, alejados del ambiente corrosivo (tercera frikada caminera, a la siguiente me encerráis por favor) que se respira allí; al menos durante unas cuantas horas podemos estar como buenos hermanos compartiendo vino y pan en fraternidad (¡qué religioso me ha quedado esto último!). En estas barbacoa también vuelan las cervezas, las coca-colas, y al final también si se tercia los chupitos de tequila. Yo por mi parte no paso de la fanta.

Es curioso pero mi futuro Ministro de Asuntos Turbios dice que va al gimnasio, y que lo lleva haciendo un par de años ya, pero la verdad es que no ha cambiado su fisionomía desde entonces. Bueno. Vale. Sí ha cambiado un poquito, pero lo que gana en el gimnasio lo pierde en esas barbacoas excesivas y tan exquisitas. ¿¡Pero qué sería de nosotros sin esas barbacoas!? No seríamos nadie, meros mindundis vagando por el mundo sin destino prefijado. Sólo la crême de la crême asiste a esas barbacoas – tengo entendido que una vez Gadafi, Sadam y Castro estuvieron presentes en una de ellas, rodeados de espías de la CIA y del Mossad israelí, compartiendo amigablemente conversaciones y chistes malos sobre George Bush padre.

No puedo dejar de nombrar en este artículo la lavadora de mi futurible ministro, su BMW rojo. Lo llamo lavadora porque le pica que lo hagamos. Yo no entiendo de coches así que probablemente lo que yo diga sobre ellos puede perfectamente obviarse, incluso que llame yo a un BMW (o su speedy como a mi amigo le gusta llamar a su coche) lavadora puede ser hasta un piropo. No puedo criticar yo su coche teniendo en cuenta que he montado muchas veces en el mismo, incluso para hacer uno de los mejores viajes que he hecho en los últimos años cuyo destino fue los Pirineos. He de decir que si no le nombro nunca Ministro de Trastienda Política podría dedicarse a ser chófer, porque conducir sí se puede decir que se le da bien.

Por el contrario una cosa que no se le da bien últimamente es el picante. Siempre se las había dado de duro en este tema diciendo que él aguantaba cualquier tipo de comida picante, que no tenía ningún problema en tomar tabasco con una hamburguesa o con lo que se terciara de por medio. Hasta que un día según tengo entendido, aceptando un reto de otro amigo en común, terminó por echar alguna que otra lagrimilla por causa del picante. A partir de ese día ya no ha vuelto a hacer gala de su aguante texano al picante, y mucho menos a aceptar un reto de nuestro querido amigo en común. Las salsas picantes quizá no sean lo suyo, pero la salsa barbacoa sí, y la usa para todo tipo de carne pegue o no la sala con ella, sin saber que mata el sabor con ella es una pena que no tenga más horizonte culinario que dicha salsa que por su puesto pondrá en la barbacoa.

Dejando a un lado las bromas y los chites, así como los chismorreos y rumores que afirman que en realidad no va ningún día al gimnasio, ni lo ha hecho nunca en estos últimos años, si no que va a la heladería Los Alpes de la que se ha convertido en el máximo socio inversionista y principal cliente de temporada, quiero decir que este amigo por muy duro que parezca y quiera hacerse ver, en el fondo es muy buena persona. Quizá no tan buena persona como yo, porque eso es muy complicado (desde Gandhi nadie ha sido tan altruista como un servidor). O quizá tampoco como para llegar a merecer el Nobel de la Paz, premio que desde que lo consiguió Barak Obama ha perdido todo prestigio internacional. Pero para mí sí que es buena persona y además, vuelvo a decir, noble, característica esta última que no todo el mundo ostenta. Yo mismo no soy ni de lejos tan buena persona y tan noble como mi futurible Ministro de Cloacas Estatales, ya me gustaría.

Tan noble es que a veces incluso me siento avergonzado y abrumado; sin ir más lejos el año pasado me regaló un libro (“El príncipe” de Nicolás Maquiavelo) sin yo merecerlo lo más mínimo, sólo por hacer lo que un amigo debe hacer por otro siempre que pueda, como es ayudarle con un trabajo que tuvimos que hacer el año pasado en Navidad con el que se vio (como yo mismo me vi también) algo justo de tiempo. Sería buen Ministro de España, aunque sus aires conquistadores a veces me hagan pensar que podría estar ante un nuevo Conde-Duque de Olivares, o un Hernán Cortés del s. XXI. Sin embargo como muchas veces él mismo dice, le pegaría más ser el Gran Capitán, tanto por sus conocimientos militares como por su valía personal y su gran nobleza en todos los ámbitos. Si hubiera más personas como este amigo, o como del que ya escribí hace tiempo, quizá las cosas irían de manera muy diferente, y podría escribir más a menudo de manera más distendida de lo habitual.

Poco más puedo añadir a lo ya escrito. Creo que no falta nada por decir: ni bueno, que no es que haya mucho que decir, ni malo, que algunas cosas me tengo que callar para que esta amistad basada en sus invitaciones a barbacoas no acabe hoy (es broma, no hay nada malo que pueda decir). Bueno sí lo último que tengo que hacer es agradecerle que sea una de las dos únicas personas que me acompañan de vez en cuando al cine a ver alguna película: menos de las que me gustaría porque no siempre mis gustos coinciden con los suyos o porque las películas que él me propone se pasan un poco de violentas y bélicas, pero muchas más de las que pensaba iba a ir a ver con él de antemano. Lo dicho gracias. Y casi se me olvidaba, aunque faltan un par de días aprovecho ya para desearte ¡Feliz Cumpleaños!, y espero que la barbacoa de mañana sea como siempre: excelente, quizá más que las anteriores, pero no por la comida, sino porque la organizas tú que tan buen anfitrión eres. Y espero también poder acudir muchas veces más a alguna de tus barbacoas. (Al final no he dicho más frikadas de la universidad, por esta vez me libro de la horca).

Caronte.

domingo, 19 de octubre de 2014

Chapuzón muniqués con percance (Parte II)

Ya estábamos allí. El Englischer Garten es uno de los espacios verdes urbanos más impresionantes y grandes del mundo, y es imposible abarcarlo entero en una visita a Múnich, sólo si se vive allí durante una temporada larga es posible que uno termine descubriendo todos sus rincones. Pero de todos estos rincones probablemente el más famoso para locales y turistas es la zona de surf que los americanos construyeron en un canal del río principal de Múnich que atraviesa el Englischer de sur a norte. Tras la Segunda Guerra Mundial la ciudad de Múnich quedó en la zona bajo mando americano, de canadienses y estadounidenses, más concretamente por soldados californianos que echaban de menos su tierra cálida natal. Por esta razón y para hacer su estancia en las frías tierras bávaras decidieron hacer una ola artificial en el citado canal para poder practicar su pasatiempo favorito y acordarse de su tierra natal. Y así nació la más famosa ola surfera de Alemania, y uno de los atractivos más famosos de Múnich en la época estival.


Desde que Ángel comentó lo de la ola de surf y lo de ir al río/canal donde está para darnos un chapuzón, tanto Alex como Juan Carlos sólo tenían en la cabeza, en el hueco que les dejaba su drogadicción por los coches, el ir al río a bañarse. ¡En qué hora Ángel comentaría lo del río! Pero no me puedo quejar porque yo, previendo lo del río eché en mi equipaje un bañador y una toalla de playa (la sensación que tenía haciendo la maleta en Madrid al echar semejantes bártulos para un viaje a Centroeuropa era todo un poema). En mi subconsciente había ciertas ganas de meterme en el río, aunque la parte más racional de mi persona, es decir prácticamente el 90% de mí mismo, me decía que no era buena idea meterse en el río, que era mejor conocer Múnich mejor, sus monumentos y museos. Pero en un  viaje compartido hay que hacer muchas cosas muy variadas, y aquella tarde tocaba tirarse a un río.

Cuando llegamos al lugar del crimen, el río, había multitud de gente viendo a unos pirados hacer surf con trajes de neopreno, porque el agua estaba más bien fresquita, y otra multitud tumbada en el césped. Gente de todas las edades, principalmente jóvenes, aprovechan los días de calor que la meteorología de Múnich les regala para despelotarse (entiéndase por despelotarse el quedarse en bañador o bikini para tomar el sol o sentarse al borde del río para mojarse los pies y paliar así el calor). Como buenos domingueros españoles que en trances calurosos estamos más que entrenados colocamos nuestro puesto de mando en una zona de césped planita donde dejamos la bici y mochilas de turistas y empezamos a despelotarnos también. Esta operación no resultó para nada fácil, téngase en cuenta que para ponernos el bañador sin que ninguna alema quedara anonadada por la dotación española y comprobara que el pepino español es mil veces mejor que la salchicha alemana, tuvimos que hacer malabares poniéndonos las toallas a la cintura y quitándonos poco a poco pantalón y calzoncillos, para posteriormente ponernos el bañador. Pero se consiguió y pasamos de ser los típicos turistas a convertirnos en bañistas de río. Yo me puse el bañador para no desentonar, pero no tenía intención de meterme en el río.

Si soy sincero me daba algo de miedo meterme en el río después de que Ángel nos contara que tenía bastante corriente, que había que evitar un desvío que se producía río debajo de donde estábamos nosotros y que si cogíamos la rama equivocada del río podíamos acabar descalabrados contra las rocas después de una cascada, y que para salir del río había que agarrarse a un cable tendido entre ambas orillas y venciendo la fuerte corriente del río moverse hacia una de las orillas donde había una barandilla metálica que conducía a unas escaleras de hormigón que permitían salir del río. ¡Vamos un río normal como cualquier otro y tranquilo como una balsa de aceite! Pero no sólo tenía cierto miedo a que nada saliera como tenía que salir y que yo no fuera capaz de hacerlo, también tenía algo de respeto a la temperatura del agua que había comprobado no era muy tibia. Como no podíamos tirarnos al río los cuatro a la vez ya que alguien tenía que cuidar las cosas que llevábamos, la bici, las mochilas, la ropa y la cámara de fotos, en una primera ronda se sumergieron en el río Ángel, Alex y Juan Carlos, todos con unas pintas horribles con un moreno albañil que daba hasta pena mirar. Hay fotos que atestiguan el chapuzón en esta primera ronda. Yo me quedé con las cosas viendo como mis compañeros u amigos seguían río abajo llevados por la corriente. La verdad es que tardaron bastante tiempo en volver andando. Yo pensaba que el trayecto en el río no era tan largo y que sólo iban a tardar nos minutos en volver, pero al final fueron algunos más. Durante ese tiempo que estuve solo me empecé a dar cuenta que al final me iba a tirar yo también al río por mucho que mi cabeza me dijera que no. Supongo que mi lado aventurero, la parte de mí que dice que hay que vivir experiencias de todo tipo para que el día que sea alguien respetable y honorable pueda contar este tipo de anécdotas disparatadas. Sabía que me iba a tirar y a pesar de hacerme el reticente en el fondo ya había tomado la decisión de zambullirme en el río con todas las consecuencias.

Cuando volvieron mis amigos llegó la hora de la verdad y tras unas cuantas insistencias por su parte al final acepté en meterme en el río. Una vez me explicaron cómo era el camino por el agua y cómo era la salida del río, ya estábamos preparados para volvernos a meter en el agua. Esta vez se quedó en tierra, siendo el más listo de todos, Ángel; y Ángel fue quien sacó las únicas fotos que atestiguan la insensatez que aquella tarde de julio hice. Insensatez memorable que siempre podré contar en un futuro a quien me quiera escuchar. Lo mejor en estos casos es no pensar lo que se está haciendo. Y eso hice. No pensé. Me acerqué al borde del río/canal y una vez allí tras respirar hondo para coger aire salté. Dije antes que el agua estaba fría, pues me quedé corto. Fría no es el calificativo que debo darle a la temperatura del agua del río, más bien estaba gélida. Al zambullirme en el agua prácticamente toqué el fondo fangoso del río, pero no lo volví a hacer más porque para evitar tocar con los pies el fondo y sentir esa especie de asco por el barro que había preferí ir con las piernas encogidas como podía. El agua estaba tan fría que por unos segundos me quedé sin respiración, y cuando salí de nuevo a la superficie después de tirarme lo único que me vino a la boca fue una bocanada de aire y un ¡aaaaaaaaahhhhhh! Durante unos metros la respiración fue muy rápida porque el agua quemaba de lo fría que estaba, todas las extremidades de mi cuerpo quedaron entumecidas por el frío sobre todo los dedos tanto de pies como de manos. Estaba tan fría el agua que muy probablemente no se me hubiera reconocido el sexo si se me hubiera hecho un examen médico.

Una vez dentro del río lo único que quería es que pasara todo lo más rápido posible para salir del agua. Iba el primero de los tres delante tanto de Alex como de Juan Carlos, pero decidí pararme un poco para que ellos me alcanzaran y no ir tan en solitario, básicamente por si pasaba algo. Pasamos el desvío del río con facilidad, la verdad es que Ángel lo pintó mucho más negro de lo que era. Tras el desvío pasamos por debajo un puente desde el cual varias personas nos miraban como pensando “pobres locos, no saben lo que hacen”, algunas incluso nos tiraban fotos, algo normal ya que mi cuerpo hercúleo y apolíneo está hecho para el pecado, aunque el moreno albañil tampoco hay quien me lo quite de encima. Tras ese primer puente llegó una zona más calmada en la que simplemente con dejarse llevar se avanzaba a buena velocidad. El frío seguía igual de intenso pero al menos la sensación inicial había pasado. Sin embargo todavía quedaba un último esfuerzo y un último punto delicado, como era el cable de salida. La verdad es que yo me esperaba un cable fino, casi un alambre, pero lo cierto es que era un buen trozo de cable de un grosos considerable. El único problema es que como de lejos no veo bien casi me lo paso, estuve a punto de no atraparlo bien. Para evitar que fuera yo el primero en salir y poder ver cómo se salía, fue Juan Carlos el que primero se agarró al cable, luego fui yo y por último Alex.

En este momento es cuando la corriente más se notaba, a pesar de eso gracias a mi fuerza titánica pude avanzar por el cable y agarrarme a la barandilla. El paso del cable a la barandilla fue el más complicado porque uno podía perder fácilmente la sujeción, por suerte poco a poco fui avanzando por la barandilla sin problema hasta que en un momento se me soltó una mano y al volverme a agarrar a la misma me raspé con la gruesa y áspera pared de hormigón que hacía las veces de zona de salida del río. Comento aquí la insolidaridad de una serie de personas que estaban sentadas en la zona de salida del río viendo como los que se atrevían a tirarse aguas arriba intentaban salir por ahí; estas personas sentadas al borde estorbaban mucho la salida con sus pies y lo peor de todo es que no hacía nada por no estorbar, ojalá un día se atrevan a tirarse y se equivoquen de ramal del río y se vayan por la cascada y mueran entre terribles sufrimientos con la cabeza abierta contra una piedra.


Una vez fuera del río la odisea no había acabado, quedaba la vuelta a la zona de zambullida donde nos esperaba Ángel. Y la verdad es que no sé que fue peor, si la experiencia dentro del agua o la vuelta descalzo por caminos de grava, arena y piedrecillas que se clavaban en la planta de los pies haciendo que tuviera que ir andando como Chiquito de la Calzada. Hubiera estado graciosos que alguien nos hubiera grabado de vuelta con ese andar de sálvese quien pueda, la gente nos miraba raro cuando nos veía pasar a su lado. Yo si podía me metía por la hierba para evitar los caminos de piedras, aunque no siempre era posible. Cuando volvimos donde Ángel nos esperaba este estaba sentado en su toalla mirando el infinito y nada más vernos nos preguntó qué tal, a lo que los cachondos de mis otros dos compañeros de viaje fluvial solo supieron contestas contándole mi “¡aaaaaaahhhhhhh!” inicial. Desde aquella tarde cada vez que vuelvo a ver a Alex y a Juan Carlos juntos me saludan imitando ese “¡aaaaaaaaahhhhhhh!” ahogado que proferí cuando me metí en el río.

Todavía se quedaron con ganas de meterse otra vez en el río, pero yo ya decidí que había tenido suficiente aventura por el momento. Además el rasguño que me había hecho en la muñeca izquierda al salir del río, y que todavía a día de hoy se me marca un poco, se estaba empezando a poner un poco rojo y algo hinchado, aunque aparentemente no era nada. Ellos se volvieron a meter en el agua, y hubieran estado así toda la tarde como crío de teta, mientras que yo me puse a secarme y a vestirme de nuevo con ropa de turista perdido por Múnich. Tampoco en la operación de vestirme de nuevo deje que nada se me viera, aunque había un par de muchachas que no me quitaban ojo. Una vez volvieron mis amigos de su tercera vuelta por el río, se vistieron de nuevo y emprendimos de nuevo nuestro paseo por el Englischer Garten.

Antes de abandonar el Jardín Inglés nos dirigimos hasta un templete de aire griego desde el cual se dominaba una amplia extensión de césped de un verde tan intenso que llegaba a cegar. Esa gran pradera esmeralda estaba llena de chavales jugando al fútbol, perros corriendo tras un frisbie tirado por sus dueños, parejas tumbadas descansando y disfrutando de su amor y nosotros que la atravesamos para llegar al templete. A medida que nos acercábamos al templete se empezaba a oír una música relajante y unas voces que acompañaban armónicamente a dicha música. Y es que dentro de ese templete había un grupo de personas cantando, bailando, tocando instrumentos musicales y ondeando una gran bandera púrpura al cielo. Todo esto volvió a encogerme el corazón y a ponerme un gran nudo en la garganta que hizo que se me saltaran las lágrimas, aunque mis amigos no lo vieran porque no quise que lo hicieran. Nunca antes había sentido esa paz interior, esa felicidad momentánea que llenaba todos y cada uno de los rincones de mi corazón. No puedo explicar exactamente lo que sentí en aquellos minutos es que estuvimos allí parados sin decir nada ninguno. No se puede expresar con palabras ya sean habladas o escritas ese tipo de sensaciones que sólo quienes las viven puede imaginarlas y comprenderlas. Allí arriba escuchando esa música y oyendo esas voces cantar, viendo como de repente el sol salía por un hueco que las nubes habían dejado llenándolo todo de vida, contemplando en la lejanía el perfil de la ciudad de Múnich, sólo allí arriba durante unos minutos pude sentir qué era la felicidad. Sólo por esos momentos aquello hubiera merecido la pena.


Después de salir del trance en el que estoy seguro podríamos haber estado todo lo que quedaba de día, pusimos ya rumbo hasta la salida del Englischer. Pero antes de salir del todo pasamos simplemente para echar la foto de rigor a la pagoda china que hace las veces de biergarten, o jardín de la cerveza más famoso entre turistas. Tras esa parada turística de rigor salimos del Englischer Garten y cogimos el metro que nos devolvió después de un día más que intenso a la residencia de Ángel que usábamos como cuartel general de nuestra estancia en la capital bávara. Así acababa nuestro primer día completo en Múnich, tras haber hecho, visto, visitado y vivido mucho más de lo que hubiéramos pensado aquella mañana cuando nos levantamos. Es una pena que los días vuelen cuando uno los disfruta, y lo que en realidad son muchas horas cuando uno las recuerda como hago yo ahora parezca apenas unos minutos. Si el tiempo se pudiera parar, estoy seguro que los cuatro que estuvimos aquel día dando vueltas por Múnich lo hubiéramos hecho en algún momento de aquel primer día completo. Yo lo hubiera parado en el templete griego del Englischer sin lugar a dudas. Es una pena que el tiempo pueda llegar a borra en algún momento todos los recuerdos y sentimientos que experimentamos aquel día; al menos a mí me queda todavía, aunque apenas visible ya, la marca del raspón que me hice al salir del río tras mi chapuzón. Marca en mi carne que me permite recordar aquellas horas como si fueran ayer.

Caronte.