martes, 12 de abril de 2016

Bibliópata o bibliófilo


Las filias, es un término que proviene del griego "Philos" que significa amor y del sufijo "ia" que significa cualidad. En psicología, son aficiones o atracciones a determinadas realidades o situaciones, por lo tanto, significan lo contrario que las fobias que hacen referencia a los miedos. Luego con esta definición podríamos decir que un bibliófilo es un amante o aficionado a las ediciones originales y más correctas de los libros, así como un estudioso y entendido sobre sus libros o el tema sobre el que se basa su colección. Por el contrario un bibliópata, palabra que no existe, pero que yo me estoy dando el lujo de inventar aquí en esta entrada de blog, sería una persona que ama los libros hasta tal punto que enferma por causa de ese amor, que le lleva a convertirse en un maníaco obsesivo de los libros.

¿Por qué he empezado diciendo todo esto? Pues básicamente porque hace ya un tiempo, bastante más del que honorablemente puedo admitir sin caer en la enfermedad ni casi en el delito, que me llevo preguntando si mi amor en los libros puede entenderse como una conducta más o menos normal, es decir si soy un bibliófilo, o si por el contrario esa pasión por la palabra escrita y encuadernada es más respuesta de una patología médica inaudita que sólo unos pocos seres humanos terminamos por desarrollar y que por tanto no ha sido nunca antes descrita en las grandes enciclopedias médicas.

Algunos ya estarán diciendo que soy un exagerado. Y es cierto, no les falta razón, soy un exagerado de tres pares de narices, pero es que en lo relativo a los libros no tengo mesura ni medida alguna. Soy un exagerado sin paliativos. El año pasado mismamente rocé la cifra de ochenta libros leídos, y porque algunos de ellos eran grandes novelas de más de quinientas páginas siempre llevan más tiempo leer, y otros cuantos novelas en inglés y francés, idiomas que por no ser mi lengua materna me cuestan mucho más leer y lo hago de manera más lenta; por no contar las semanas que en las vacaciones no leí por estar a otras cosas, no sé si más interesantes en el fondo, pero sí más exigentes en cuanto a tiempo se refería.

Puede que esté siendo demasiado presuntuoso y presumido hablando tan de mí mismo en primera persona. Sin embargo no pretendo dejar mal a nadie, ni mucho menos. Lo único que busco es intentar establecer si lo que sufro es una filia o una patología relacionada con los libros. Los casi ochenta libros del año pasado son un síntoma que se puede englobar más, objetivamente hablando, en el ámbito de una patología. Algunos os preguntareis que por qué, y yo respondo porque básicamente esos ochenta libros leídos se convertían en casi una necesidad. Día que no leía día que me sentía mal y me avergonzaba casi de mí mismo por no haber podido encontrar algunos minutos, aunque fueran apenas diez o quince, para entregarme al vicio de la lectura. Y esa necesidad poco a poco se fue convirtiendo en obsesión. Buscaba cualquier instante de tiempo ocioso para leer, llegando hasta tal punto que leer era lo único para lo que muchos días me levantaba.

Es cierto también que el año pasado fue extraordinario en varios factores. El primero fue el asunto universitario. Acabé la carrera con la cantidad de tiempo que dicha misión conlleva entre preparación y estudio de las asignaturas, menos mal que salvo dos en todo el año las demás eran prácticamente “marías”, así como la redacción y elaboración del Proyecto Fin de Carrera que terminé de exponer el primer día de julio del año pasado, bajo un sol abrasador y sudando como un pollo a punto de ser empalado para meterlo en un horno para ser asado. Esas dos misiones me llevaron mucho tiempo y aunque intenté que no fuera así también muchas ganas de leer en los momentos de tiempo libre. El segundo de los factores, y quizá también el más relevante para haber alcanzado la cifra de ochenta libro leídos, fue que a partir de septiembre no tenía ya más universidad y por tanto la obligación de pasar unas cuantas horas al día calentando un sitio en un aula gigantesca en un edifico de hormigón horrible para más gloria del ego de algún profesor a punto de ser momificado para la posteridad.

Estos dos hechos combinados, junto con un tercero consistente en la falta de empleo para aquellas personas normales que no tenemos padrinos que nos enchufen en empresas de amigos o conocidos, hicieron que alcanzara semejante cifra de libros devorados en un solo año. Esta lectura ávida podría ser considerada como normal siempre y cuando las lecturas se hagan única y exclusivamente por devoción y no por obligación, aunque esta venga auto impuesta. Pero a mí me terminó por pasar esto último. El tiempo libre e intentar no pensar en el hecho de que no encontraba trabajo ni rezándole al patrón de la profesión, me llevaron a refugiarme en la literatura y sobre todo en los libros. Digo sobre todo porque también durante todos esos meses del año pasado también dediqué ímprobos esfuerzos a escribir una novela que por suerte ya he acabado.

Dudo por todo esto de que mi afición por la lectura siga manteniéndose dentro de los límites de la salud mental. Tengo miedo de haber traspasado la línea que separa aquello que es filia de aquello que es manía o patología preocupante. Otro síntoma que ya hace tiempo que noto y que me hacen reafirmarme en el hecho de que me estoy convirtiendo en un bibliópata, dejando a un lado el dominio de los bibliófilos, es la angustia que me invade cada vez que voy a una librería a comprar un libro. Esto no es un asunto menor. Quiero decir creo que en este caso sí que he pasado ya la línea de lo sano y lo inquietantemente dañino para mi salud, sobre todo para mis nervios.

Es llegar a una librería sea cual sea, desde la celebérrima e histórica Casa del libro de la Gran Vía, hasta la más cutre de las librerías de segunda mano que inundan desde hace ya unos años barrios como Lavapiés o Malasaña, y ser incapaz de estar en ella menos de una hora. No hablo ya del hecho de que me siento muchas veces incapaz de decidir qué libro comprar. Es una sensación muy extraña y, para más datos, nada agradable. La verdad es que si me pongo a pensar también soy incapaz de definir lo que siento en una librería. El verme rodeado de libros me atora, me agobia. Es como si me asfixiara tener al alcance de la mano tantísimos libros, todos ellos interesantísimos e ignotos. Ir leyendo los títulos y el nombre de los autores, así como observando las portadas de dichos libros me genera ansiedad porque aun sabiendo que me tengo que comprar algún libro, ya que ese es por qué estoy en la librería, me veo incapaz de decidirme por ninguno. Veo multitud de títulos que me atraen y no sé cuál coger.

Cuando parece que voy a decidirme por un libro siempre caigo en la cuenta de que coger ese conlleva irremediablemente dejar de coger otra docena en los que me he fijado anteriormente. Por eso muchas veces opto por la opción de no coger ninguno, o coger alguno que no hubiera sopesado hasta ese momento. Aun así cuando pienso en el libro que he comprado ya en mi casa, donde lo clasifico y registro, vuelvo a sentirme culpable por haber cogido ese y haber dejado otros. Esto me pasa sobre todo en las librerías tradicionales. Menos problemas me generan por ejemplo las librerías de viejo o segunda mano. En estas últimas, aparte de que en ellas paso mucho más tiempo rebuscando entre las decenas de títulos que en las atestadas estanterías se apilan y amontonan, tengo la ventaja de que los libros son más baratos y por tanto no me siento tan culpable a la hora de comprar más de uno. Sin embargo lo que sí que siento en estas librerías es otro síntoma de la patología que temo tener, y es que soy incapaz de comprar libros que no sean de ediciones originales y por así decir “buenas”. Aunque este último síntoma es menos relevante e importante.

Sé que probablemente esta angustia por no poder decidirme por ningún libro en particular y sufrir indecibles dudas ante la cantidad de títulos y autores que me gustaría leer a la vez, se podría solventar si no fuera tan maniático y no llevara guardadas en mi cartera cuatro listas de libros pendientes por leer. Son cuatro pequeñas hojas de papel del tamaño de un post-it en las que con la letra más pequeña y clara que he podido conseguir llevo apuntados casi una treintena de libros de los más diversos autores e idiomas a los que doy prioridad de lectura y por consiguiente de compra. Si esta lista no estuviera probablemente la mayor parte de los problemas de decisión se eliminarían porque no habría ningún papel o documento que me recordaría constantemente una serie de libros y autores prioritarios y por tanto mi mente, o mejor dicho mi subconsciente, no me recordaría títulos y nombres y sería libre de elegir el libro que me más rabia me diera cada vez que voy a una librería. Pero soy incapaz de deshacerme de esos pequeños trozos de papel porque siento que si lo hago, aunque de hecho estas notas no las uso casi nunca porque no avanzo en la lectura de esas prioridades por terminar siempre por comprar libros que no aparecen en esas listas, puedo llegar a olvidar ciertos títulos que quiero leer con toda mi alma.

Si no existieran estos trozos de papel en los que parece escrito el futuro de mis lecturas, sería libre de leer y comprar los libros que quisiera. Pero no me siento libre de ello. Hay lecturas que me llevan mucho tiempo llamando desde la lejanía y desde el más absoluto y atronador silencio de las palabras impresas. Hay títulos míticos que me quedan por leer, pero al mismo tiempo hay decenas de títulos que aparecen como novedades que desearía devorar con fruición. La vida no me da para más. Es imposible leer cuanto está escrito y aún falta por escribir. Creo que esto es algo que debo asumir y cuando antes lo haga mejor ya que en cierto modo paliará estos síntomas amenazantes que me hacen pensar que sufro de bibliopatía.

Según lo hasta ahora expuesto parece que solo hay argumentos para pensar que sufro una patología maligna que poco a poco terminará por secar mi cerebro. Sin embargo, y aunque dé la impresión de que lo que sufro está muy lejos de ser una fobia creo que no es así. Amo los libros por encima de muchas cosas incluso por encima de muchas personas, salgo apenas un par de pares. Cada vez que me paro a leer, ya sea en el metro camino del trabajo, o en mi casa un sábado por la mañana cuando no tengo nada que hacer, o algún día antes de dormir al no encontrara nada estimulante en la televisión, o incluso en el propio trabajo cuando no tengo nada mejor que hacer; cada vez que me pongo a sumergirme en la historia que encierran las páginas de un libro mi mente se libera.

No sé realmente qué conexiones se activarán en mi cerebro, ni si las reacciones químicas que en esa masa gris encerrada en nuestro cráneo seguro que se producen tienen algún nombre científico concreto, sólo sé que la lectura me convierte durante el tiempo que esté inmerso de lleno en ella en otra persona. Cada libro que leo, o devoro según me esté gustando más o menos, es un mundo nuevo que descubro y al que viajo sin moverme de mi natal Madrid. Los libros son una vía de escape a una vida, la mía, que por el momento tiene pocas emociones fuertes, o no tan fuertes. Tengo pocos amigos de verdad, esas personas a las que se quiere casi de manera incondicional porque así se elige hacer, y tampoco tengo pareja con quien compartir problemas y alegrías y disfrutar de la vida hasta niveles hasta ahora no alcanzados por mi persona. Luego algo tenía que conseguir para poder evadirme de la realidad de vez en cuando.

Esa evasión la conseguí hace ya algún tiempo con la lectura y los libros, y hace algo menos también con la escritura. Sé que puede parecer extraño que alguien que en su día decidió tomar un camino lleno de números y ciencia al estudiar una ingeniería tan dura como la de Caminos, Canales y Puertos, aunque no es tan fiero el lobo como lo pintan, disfrute mucho más con las letras y de hecho se sienta mucho más de letras que de números. Me siento orgullo de ello. No cambiaba los libros por nada del mundo a día de hoy, bueno sí que lo hacía por tener pareja, por encontrar a esa persona que me hiciera viajar a los mismos lugares que lo hacen los libros pero con su mera presencia y compañía. Pero eso no va a pasar de manera espontánea. Debo buscarla o simplemente esperar que llegue.

Sin embargo la búsqueda o espera no siempre es agradable. Por ello amo los libros. No puedo decir que sean sustitutos de una relación de pareja, porque entonces debería decir que soy promiscuo y poco fiel ya que cuando termino con uno paso al siguiente sin miramiento alguno, ni tan siquiera del sexo ya que no se puede sustituir algo que no ha estado nunca (¿o sí?). Los libros son otra cosa como ya he dicho. Los libros son mi sustento emocional. Con los libros aprendo, río, me emociono, me conmuevo, me aburro hasta límites insospechados, pero ante todo me siento feliz. Cada vez que me hago con un libro nuevo siento como si ese día fuera el más feliz de mi vida. Las librerías son casi mi hábitat natural: podría vivir en ellas a poco que me dieran de comer a diario. La Feria del Libro de Madrid, así como el Día del Libro el 23 de abril, o la fiesta del libro allá por otoño, son de esas fechas marcadas siempre en rojo en el calendario de mi vida como importantes.

No creo sinceramente que sea un bibliópata aunque tenga ciertos síntomas que así me clasificarían tras el examen en profundidad de un psicólogo. Creo más bien que estoy más cerca de padecer de bibliofilia. Sea lo que sea, aunque preferiría que fuera lo segundo, me da igual. Me siento cómodo siendo lo que soy. Podrán considerarme raro por leer más de setenta libros al año, por devorar casi sin tiempo para digerir los libros que caen en mis manos. Pero me da igual, quien nunca ha leído y no lee de manera habitual no puede sentir lo que yo y las miles de personas como yo que hay en el mundo, sentimos. Aspiro a leer todo lo que se ha escrito en el mundo, aunque me tendré que conformar con aquellos libros que en determinados momentos terminen en mis manos ya sea como regalos de terceras personas o como adquisiciones propias. Aspiro asimismo a crear una gran biblioteca personal que poder legar algún día a mis hijos, si es que algún día encuentro a esa persona que me pueda proporcionar una familia. Aspiro a vivir muchas vidas y aventuras sin salir de mi vida.

Si todo esto es ser bibliópata que venga Dios o quien sea y lo vea. Yo estoy más por la labor de considerarme bibliófilo, o amante de los libros y la lectura, de la palabra escrita o hablada incluso, de las letras en general.

Caronte.

lunes, 4 de abril de 2016

1/4 de siglo

Pues sí ya ha llegado el día que mucha gente espera durante todo el año y otra mucha intenta evitar o incluso ocultar para que nadie se dé cuenta: hoy es mi cumpleaños. Y no es un cumpleaños cualquiera ya que llego a una cifra redonda. Hoy es mi vigesimoquinto cumpleaños. Un cuarto de siglo ya. Dicho así parece que no es mucho pero si uno se para a pensar en todo lo que en 25 años puede ocurrir en la vida de una persona, es para echarse atrás y reflexionar sobre el asunto. En 25 años pueden ocurrir tantísimas cosas como para que a cualquiera que se considere y esté objetivamente cuerdo se le nuble la vista ante semejante cantidad de años vividos. Es fácil decir eso de que llevo vivido un cuarto de siglo; podría decir también que ya he consumido un cuarto de mi vida pero no me atrevo a decir eso porque sobre la vida nada se puede decir con seguridad, y vivir cien años es algo en lo que me da mucha pereza pensar, es quizá mucha vida por vivir.

Hoy está siendo un día como el que se supone que fue el día en que vine al mundo y mi llanto se oyó por primera vez entre la humanidad en la ya inexistente antigua maternidad de O’Donell del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Aquel, según me han contado mis padres y abuelos, fue un día terriblemente lluvioso y gris, quizá también frío aunque ese dato no lo tengo confirmado, supongo que el que hiciera frío o calor importaba más bien poco cuando los cuerpos y conciencias de mi familia estaba más a verme venir al mundo. Fue un día casi premeditado ya que a mi madre la ingresaron el 3 de abril, mismo día que moría uno de mis escritores preferidos Graham Greene, y el parto estaba más que planeado para que se realizara por cesárea, ya que venía de nalgas sentado cual Buda observante. Luego aquel 4 de abril de 1991 no fue un día ni de carreras ni de sobresaltos ni de nervios acuciantes por una repentina rotura de aguas. Ya se sabía que iba a venir al mundo.

A pesar de que el día oficial de mi cumpleaños es hoy ha sido este fin de semana cuando he realizado las celebraciones correspondientes. Además bastante mal día está siendo ya hoy como para que encima tuviera que celebrar hoy mi cumpleaños de manera oficial con familia y/o amigos. No digo que no me gustaría, ya que de hecho sí que haría ilusión que hoy hubiera alguna sorpresa, sobre todo de amigos, ya que de la familia ya me las puedo oler. Pero por suerte o por desgracia hoy me toca trabajar. Esta es una diferencia fundamental ya que es el primer cumpleaños que me pilla levantando el país, trabajando por España para sacar adelante nuestra gran nación (nótese en esta frase un muy fina y poco sutil ironía). Llegaré a mi casa hoy sobre las seis y media de la tarde, estaré apenas tres minutos en ella y saldrá para la academia de inglés para seguir con mi rutina diaria de lunes desde hace un par de meses.

No puedo negar que me gustaría que hoy alguien decidiera darme una sorpresa a la salida del trabajo o de la academia, pero sé que no va a pasar. Puede que de hecho no pase porque dé la impresión de que soy una persona a la que eso no le gusta. Sin embargo no puedo saber si me gusta o no porque nunca me ha pasado. Pero no me ha pasado porque por norma general mi cumpleaños siempre ha caído en fechas muy próximas a la Semana Santa y por tanto difícil para celebrar sobre todo con amigos. Pero este año no ha sido así con lo que podría dar lugar a este tipo de sorpresas, lo único que estoy trabajando y por tanto esto no va a pasar, no ya por esto sino porque no tengo tampoco demasiados amigos que puedan hacerlo. Y tampoco pareja luego me tengo que conformar, cosa que en el fondo tampoco está mal, con la felicitación de mis padres y abuelos y tíos a lo largo del día. Un día gris, lluvioso y totalmente asqueroso.

Hoy me toca estar en el trabajo y celebrarlo al menos con mis compañeros, que no amigos, que tengo aquí y con los que compartiré unos pasteles que he comprado para tomarlos en la cafetería de la zona noble de mi escuela (llamada así no porque la gente que allí va tenga algo de noble, sino por las paredes forradas de lo que parece madera). La celebración oficial y principal ya se celebró el sábado en Almagro. ¡Almagro! Sí en ese lugar de la Mancha de cuyo nombre sí que quiero acordarme ya que es allí y no en otro lugar donde tengo parte de mis raíces. En ese pueblo de la Mancha nación mi abuela paterna y a apenas tres kilómetros mi abuelo también por parte de padre. Luego poniéndonos exquisitos tengo un 50% de sangre manchega y por tanto no puedo olvidar esa tierra regada por un sol inclemente en verano.

A Almagro fui con tres amigos, dos de los cuales son pareja, a los que quiero más de lo que la sociedad suele ver bien confesar aunque a mí eso sinceramente me da igual, ya que la amistad es eso querer a otras personas por muy diferentes sean a nosotros mismos y por muchas y casi irreconciliables diferencias se hayan podido tener en momentos pasados. El primer año de carrera, cuando toda mi vida a nivel personal cambió celebré el cumpleaños en el Burguer King de la Puerta del Sol de Madrid con únicamente dos amigos (uno de ellos estuvo el sábado también en Almagro, para que otros digan…). En cuarto de carrera si no recuerdo mal llegué a celebrarlo con casi diez personas. Espejismos baratos, ilusiones de mercadillo, oasis en medio del desierto que dan confianza a un nómada que no sabe dónde va.

Hay quien podría decir que celebrar un cumpleaños con tan poca gente es algo triste. Sé que no soy Vargas Llosa, pero tampoco pretendo serlo. No tengo muchos amigos y prefiero que sea así mil veces a encontrarme piedras en el camino que me hagan tropezar y no ver bien qué es lo que hay delante. Los que estuvieron en Almagro son aquellas personas a las que quiero; personas que han seguido manteniendo el contacto periódicamente no excusándose ni en su trabajo ni en ninguna falta de tecnología para hacerlo. De hecho no tengo whatsapp, y ni falta que me hace. El tener ese programita del demonio lo único que genera son ilusiones de amistades. Sólo ante la ausencias de whatsapp uno se da cuenta de quien vale la pena y quien no porque por móvil todo es mucho más sencillo. No tengo whatsapp pero sí móvil y en mis cuentas en redes sociales hay información suficiente como para contactar con migo si alguien quiere.

Eso no me preocupa. El día pasado en Almagro ha sido extraordinario. No lo hubiera cambiado por nada del mundo. Nada. Lo pasé en grande y creo que mis amigos también, o al menos fingieron lo suficientemente bien como para hacerme creer que lo pasaron bien. Sé que no fingieron y que también lo disfrutaron aunque probablemente cuando oyeron la idea de ir a Almagro por mi cumpleaños ninguno sabría con seguridad donde estaba ese lugar de la Mancha y pensaron que me habría vuelto totalmente loco de remate. En el futuro, en los cumpleaños que tengan que venir, si puedo y ojalá que pueda, celebraré mi cumpleaños como lo he hecho este fin de semana, es decir, yendo con mis amigos a pasar un fin de semana a alguna de las ciudades históricas de España, siempre a mi cuenta, ya que mucho tendría que cambiar la cosa como para que mi cumpleaños lo pueda celebrar con mi pareja, si es que en algún momento me echo pareja.

Pero el fin de semana ya ha pasado. Hoy es el día de mi cumpleaños y de momento sólo he recibido felicitaciones de mis padres y compañeros del trabajo. Hoy me toca trabajar, bueno “trabajar”, ya que desde que he vuelto de la Semana Santa no he hecho absolutamente nada, pero nada de nada de nada. Es más incluso me siento mal por estar en el despacho del trabajo haciendo que trabajo porque en realidad no tengo nada que hacer. Me gustaría trabajar, de verdad, estar toda la jornada laboral haciendo cosas pero no es así. Es agobiante. No sé cómo puede haber gente a la que le guste estar en el trabajo sin hacer nadad, tocándose las narices, mirando las musarañas y encima recibiendo un salario por ello. Pero hoy no me voy a quejar por no trabajar. Prefiero que sea así. En el fondo es mi cumpleaños. Es más creo que el día del cumpleaños de uno debería ser festivo para esa personas y su familia más cercana; tengo la convicción de que así se ganaría en productividad e ilusión. Es una mera idea.

Hoy cumplo 25 años. Una cifra redonda y perfecta para celebrar por todo lo alto, pero no va a ser así. No es que no me hiciera ilusión sino que no puedo hacer una celebración por todo lo alto, primero por ser lunes y segundo porque tampoco tendría muchos invitados a los que agasajar en una fiesta y de los que recibir regalo (aunque esto último no es algo que me importe mucho la verdad). Hoy me toca ver llover desde la ventana de mi despacho en la universidad. Y lo que se dice ver, vero poco ya que aparte de la lluvia, la mañana también ha amanecido con niebla, una niebla rara y misteriosa, una niebla que me gusta ya que me recuerda a Londres, ciudad que este año me gustaría volver a visitar para conmemorar el 10º aniversario de mi primer viaje a la capital del Imperio Británico. Llueve mucho. Me encanta ver llover por la ventana. Lo que ya no me encanta tanto es haber tardado una hora en llegar al trabajo. La lluvia en Madrid hace que los inútiles cojan el coche y no sepan conducir.

Hoy también puede ser el día de las desilusiones. Espero algunas llamadas y si éstas no se producen pues quizá me hagan pensar algunas cosas. Sé que esto es egoísta por mi parte, pero es lo que hay. No voy a recibir la llamada de mi pareja, ni la sorpresa que me tenga preparada, porque no hay pareja que pueda hacer dichas cosas. Tampoco tengo tantísimos amigos que vayan a colapsar mi móvil con llamadas, o mi correo electrónico, o mis redes sociales. De hecho de toda la gente que conozco sólo una mínima parte se acordará de mi cumpleaños y me felicitará. De la mayoría me dará igual, ya que sinceramente me importan más bien poco, pero hay otro grupo del que si no se produce la felicitación la echaré en falta la verdad.

Pero bueno este año, este día prefiero dejar a un lado todo aquello que hoy 4 de abril no se va a producir y centrarme en aquello que sí va a pasar y de hecho ya está pasando. A medio día invito a mis compañeros a pasteles. Por la tarde cuando llegue a mi casa sobre las nueve de la noche quizá haya alguna celebración, aunque poca porque mañana se trabaja y se va al colegio y al instituto. Llamarán mis abuelos, tíos y primos; y espero que también lo hagan los amigos a los que quiero de verdad, esos que vinieron, y se dejaron convencer para ello, a Almagro, una de las cunas del teatro clásico español.

Cuando dentro de 365 días se acabe este primer cuarto de siglo de vida, solo me quedará por soñar con ver otros dos cuartos más al menos. Eso no se puede ni tan siquiera pensar: no está en nuestras manos, ni tan siquiera en la de los médicos o la ciencia, sino en las del destino. Lo que sí que sé es que a partir del año que viene no será ya un joven, o bueno sí lo seré pero caminaré irremediablemente ya hacia la edad adulta, esa en la que la juventud no es más que un recuerdo del pasado, en muchos casos lejano ya. En un libro también leí hace ya un tiempo que una vez cumplidos los 25 no se puede culpar a nadie de lo que nos pase, ya que las decisiones a partir de esa fecha nos corresponder únicamente a nosotros de manera individual. Ya no tengo excusa para si hay algo que quiera cambiar en mi vida no hacerlo, no podré ya echar más balones fuera.

Hoy cumplo 25, un cuarto de siglo que se me ha pasado como si fuera simplemente una hora aburrida. No creo que los próximos 25 años se pasen tan rápidamente y estén tan llenos de emociones y situaciones diferentes, de personas que vayan y vengan, que pasen en definitiva, por mi vida, como estos primero 25.

Para acabar me gustaría agradecer por estos 25 años a mis padres y familia por hacérmelos vivir tan intensamente. Y de manera especial también me apetece agradecer a Carlos, Noe y Pablo (por orden alfabético para que nadie se me moleste, aunque no creo que lo fueran a hacer) su compañía en Almagro para celebrar esta fecha tan señalada. A todos los demás, los que me vayan a felicitar, como a los que no, os deseo que paséis un buen día.

Caronte.