jueves, 17 de marzo de 2016

Frío sol

Madrid tiene a finales de invierno, entre otras muchas cosas únicas en el mundo, si todo viene como tiene que venir y la primavera no se adelanta demasiado un sol radiante que no calienta, que riega la tierra, las calles y los edificios, así como a las personas que habitamos en la ciudad, con una luz fría que aún en los momentos más álgidos del día, esos durante los cuales en verano el sol agita su fusta implacable sobre la ciudad y la abrasa con sus rayos. Madrid a finales del invierno, más o menos por el mes de marzo, o incluso a finales de febrero, cuando ya el sol termina por vencer a la oscuridad y se emparejan las duraciones del día y la noche, de la luz y la oscuridad, disfruta de días más soleados que muchos del verano y la primavera, con un sol radiante y espectacular pero que no logra calentar.

Ya hablé de la blanca luz del invierno en Madrid en otra entrada en el blog; de esa luz que acaricia las fachadas de los edificios durante las tardes soleadas invernales de Madrid, si es que el mal tiempo, los cielos grises y la lluvia lo permiten, y las ilumina con una luz inconmensurable y que no se encuentra en ningún otro rincón del mundo. Madrid no es una ciudad hermosa al estilo de Roma, París, Viena o Praga, ni tan siquiera como Londres o Berlín. Podría incluso aventurarme a decir, por mucho que me pueda doler que Madrid es una ciudad fea, aunque más que fea yo creo que es una ciudad rústica y rural a pesar de ser cosmopolita e internacional. Pero ninguna de las ciudades que he nombrado comparándolas con Madrid en cuanto a belleza tiene esa blanca luz de invierno ni ese sol frío que tiene la villa y corte ciudad capital de España.

El sol de finales del invierno en Madrid es un sol cuya luz a pesar de ir día a día ganándole la batalla a la oscuridad todavía no es capaz de calentar. A finales de febrero o principios de marzo el sol ya se siente victorioso frente a las largas noches de invierno y es capaz casi de igualar con su luz a la oscuridad todavía reinante. Pero a pesar de que la guerra empieza a estar ganada no puede sin embargo sacar fuerzas para calentar y que sus rayos piquen en la piel de los madrileños. Sin embargo este sol débil, casi victorioso, apenas todavía pletórico, que empieza a dominar sobre la luna y la noche no dura siempre. Esa sensación de tener días radiantes sin una sola nube en el firmamento que enturbie la vista del horizonte y unos cielos de un azul tan intenso que hace daño contemplar no duran mucho, son casi un oasis en medio de todo un año.

Los días de estas pocas semanas del año en las que luce el sol pero éste no calienta son días en los que el frío gélido de las mañanas, que hace que los campos y las zonas ajardinadas de la capital queden cubiertas por un muy sutil y delicado manto de hielo y escarcha blanca, pase a ser un frío tibio o una tibieza fría que impide que uno se quite el abrigo ya que para ir en mangas de camisa o jersey por mucho sol que haga es todavía pronto en el calendario, para acabar el día, cuando un tono malva se va adueñando del cielo hasta que la más amplia gama de tonos azules van ganando terreno en la bóveda celeste para convertirse al final en el más profundo y sideral negro, con un frío acorchado que se mete de nuevo por todos los resquicios de la ropa para intentar rozarnos la piel desnuda.

Es increíble, conmovedor incluso, disfrutar de este sol frío que lo único a lo que nos obliga es a usar gafas de sol, ya que a pesar de que no tiene fuerza para calentar ni tan siquiera en las horas centrales del día, sí manda su luz reconfortante sobre las calles de Madrid. Los abrigos no sobran, y esto hace que las imágenes de la gente por las grandes calles del centro de la capital sean chocantes. Si se hiciera una foto en plena Gran Vía de Madrid en la que quedara reflejado y congelado un instante veríamos un cielo totalmente raso, de un azul intensísimo y bellísimo como en pocas épocas vemos en Madrid, sin una sola nube, diáfano e inescrutable, inmenso e inabarcable; un cielo que para quien no se fijara en las ropas de los viandantes que saldrían en la foto evocaría calor, una buena y cálida temperatura. Sin embargo quien se fijara un poco más detenidamente en la gente que en la fotografía apareciese se daría cuenta cómo van abrigados, usando incluso bufandas y guantes, sobre todo en la acera de sombra.

No es de extrañar que mucha gente, turistas extranjeros y nacionales, habitantes de la urbe capital o simplemente gente de paso por ella, quedé extrañada por este fenómeno único que, aunque no lo sepan de primeras, no vivirán en ninguna otra parte del mundo. Los amaneceres de estos días de sol frío con absolutamente gélidos, las tardes también, y en medio de esos dos momentos cuando el sol nace y muere diariamente como un ave fénix eterno está el día soleado de Madrid de finales de invierno. El sol acaricia la cara, la intenta tostar y reconfortar tras varios meses de cielos encapotados, grises y lluviosos en los que las ganas de salir a la calle se ven frustradas y truncadas por una mezcla de pereza y melancolía por esos días soleados y alegres, bulliciosos y animados de la primavera y parte del verano. Pero no consigue su objetivo.

Por muchas ganas que el sol ponga en su misión es incapaz de dar calor, de hacer que los ciudadanos de Madrid nos quitemos alguna capa de abrigo de encima. Pero con el paso de los días este sol impotente, todavía en su edad temprana en la que es todo entusiasmo y ganas pero que no puede con nada, va ganando fuerza e intensidad. Todavía mientras escribo estas líneas el sol sigue siendo joven e inmaduro para calentar y derrochar la fuerza que suele tener también en Madrid en verano, más quizá que en cualquier otra parte de España también, aunque aquí sé que exagero más. Pero estos días ya están a punto de llegar a su fin.

Ya cada vez el sol es capaz de calentar más sobre todo a medio día, de alzarse más en el cielo para lanzar sus rayos lo más verticales posibles y golpear inmisericordes sobre Madrid. Están lejos todavía las jornadas eternas de luz, sol y calor que traerán los meses de junio y julio, y también por qué no agosto aunque en menor medida, cuando los que quedemos en Madrid tendremos que aguantar sufriendo esas largas y densas horas estivales, cuando la canícula y el ambiente infernal llenan todos los rincones y calles de Madrid, cuando las sombras son tanto o más calurosas que las zonas de sol, cuando no hay refugio donde ocultarse de ese mismo sol que en estos últimos días de invierno todavía no puede calentar.

Ojalá estos días pudieran durar todo el año. No puedo negar que me gusta el frío y mucho. Sé que aunque muchos dicen que vivir en un país con fríos, duros e inclementes inviernos no es algo divertido, yo sería feliz haciéndolo. Me gustaría que en Madrid en invierno nevara todos los años, pero el maldito y maravilloso a un tiempo Sistema Central se queda con la poca nieve que en invierno cae por estos lares peninsulares. Por esto me gusta este sol incapaz de calentar y de tornar el frío en tibio ambiente pre-primaveral. Me gusta caminar por las calles de Madrid con gafas de sol porque el sol me moleste en los ojos, pero al mismo tiempo hacerlo con bufanda y abrigo pesado y calentito, con jersey y con botas para que los pies no se queden tiritando. No cambiaba esta sensación por ninguna otra del mundo, no trocaba este sol por una temperatura caribeña ni loco. Prefiero estos días de cielos casi siempre nítidos y azules, sin nubes, con ligera brisa del norte y frío.

Sin embargo este tipo de días no tienen por qué existir. No todos los años hay días de estos, o tantos días de estos. Sí es cierto que es lo normal. Además este año está siendo todo un poco más raro de lo normal por el invierno tan atípicamente caluroso que estamos teniendo. No creo que este sol frío vaya a durar mucho más. Es una pena porque estos días están siendo una maravilla, sobre todo aquellos en los que el cielo está verdadera y completamente azul, que por desgracia no son todos. Cuando esto pasa, y se combinan la blanca y fría luz de este sol de finales de invierno y el azul impoluto del cielo de Madrid pasear por las calles de la ciudad pasa a ser un lujo del que únicamente los madrileños podemos disfrutar y que todo el mundo con al menos dos dedos de frente es capaz de reconocer. Ir al Retiro una mañana de sábado o domingo tras haberse pasado antes por la Cuesta del Moyano para buscar en sus puestos algún libro que merezca la pena a un precio más que inmejorable, es algo que pocas ciudades del mundo pueden ofrecer.

Las mañanas de los fines de semana son las mejores para disfrutar de este sol, para retarle y burlarse de él por su impotencia a la hora de calentar. Y digo las mañanas porque durante las tardes, a pesar de que día a día el sol gana tiempo y terreno a la noche, todavía las sombras cubren la ciudad demasiado temprano para los gustos de la capital, aunque para el mío personal no. Esos fines de semana en los que brilla espléndido el sol son las mejores para disfrutar de él, para salir  pasear antes de tomar algo y comer tranquilamente, no sobra ropa, pero tampoco falta nada. Uno puede ir al Retiro como he dicho a disfrutar de un buen rato con la pareja, o a la Plaza de Oriente a pasear junto a las estatuas de reyes godos, o a la zona del río recientemente acondicionada para el uso y disfrute de todos los vecinos de la villa y corte.

El sol anima a moverse, a salir del letargo invernal para ir empezando a entrenarse de nuevo para la temporada primaveral cuando la vida sale de las casas para instalarse en las calles, plazas y parques, hasta bien entrado el otoño. El sol es vida siempre, salvo entre el quince de julio y el de agosto, cuando en vez de vida es horno asador y solo genera muerte (figuradamente quiero decir). Pero el sol de invierno es un sol que quiere avisar de lo que está por venir pero para lo que todavía falta tiempo, apenas unas semanas. No caliente, no quema, no broncea, no pica, pero transmite vida, levanta el ánimo y si se combina con el cielo azul es perfecto para dejarse llevar por las mejores y más bonitas emociones. Es un sol que alegra siempre, al menos a mí me alegra más que ningún otro a lo largo del año, porque me permite salir a pasear solo y sentirme a gusto, sin envidiar a las parejas que luego en verano y sobre todo en primavera abarrotan el Retiro, los parques y las plazas de cualquier zona de Madrid, demostrando su amor y su falta de soledad. Puedo decir que amo al sol frío de finales de invierno.

Pero esto ya se acaba. El sol ya no será más un simple faro luminoso. No creo que los días de cielos despejados durante los cuales desde ciertos lugares de Madrid se puede contemplar a la perfección la silueta inmensa y pétrea, regia y sólida de la sierra madrileña con sus cumbres cubiertas de nieve, y radiante sol vayan a durar mucho más. Cada día que pasa noto que al mediodía el abrigo va sobrando más. El sol empieza a quemar, a saberse un poco más fuerte con cada momento, a recordar que el invierno está prácticamente muerto y la primavera ya llama a las puertas de la naturaleza. Aunque esto da igual. No importa que haya que esperar de nuevo todo un año para volver a ver esta maravillosa luz blanca y fría de invierno en Madrid. No importa que lo que venga ahora vaya poco a poco ganando en intensidad y calor hasta llegar al horno veraniego en el que se convierte la capital de España en verano. No importa porque quienes llevamos a Madrid en nuestros corazones y en nuestra alma sabemos que ese sol frío ha de volver en menos de un año.

Mientras este sol frío de finales de invierno termina por desarrollarse y pasar a ser un sol más poderoso y arrogante incluso, inmisericorde y despótico. Mientras este sol solo mande rayos de luz y el calor esté ausente en ellos, hay que disfrutarlo porque puedo asegurar que somos los únicos que podemos disfrutar de él, y esto sí que no es poca cosa. Simplemente hay que saber aprovechar y amar a este joven sol principiante que cuando aprenda lo que tiene que hacer lo hará sin piedad alguna, y entonces echaremos en falta el frío de esta época y la luz blanca de este frío sol.

Caronte.

jueves, 10 de marzo de 2016

Europa ha muerto

Hace tiempo que lo llevaba intuyendo pero no ha sido hasta esta semana cuando he terminado de constatar que la Unión Europea no existe, ha muerto. El problema quizá no está en que se haya muerto recientemente sino en que muy probablemente llevara muerta ya varios años y no me hubiera dado cuenta. Siempre he sido un europeísta convencido: he nacido siendo europeo al contrario que mis padres que les pilló ya creciditos y a punto de casarse, y siempre he visto en el sueño de unión de la sociedad europea como algo que solo podría traer a la sociedad cosas buenas. Pero ya no puedo seguir fingiendo y soñando. Esta semana me ha dado de bruces con la realidad, y no puedo más que lamentar que la Unión Europea no existe, que lleva muerta varios años, quizá alguna década y que por desgracia no ha sido por causas naturales sino que ha sido asesinada por los líderes europeos sucesores de aquellos padres de la Unión.

En 1951 se firmó en París el Tratado constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA. Más tarde en 1957 en Roma en un gran salón que actualmente pertenece a los Museo Capitolinos, Italia, Francia, Alemania y el Benelux conformaron realmente lo que hoy se conoce, o hasta hoy se conocía, como Unión Europea. En aquel entonces los líderes europeos dejaron atrás sus diferencias, y probablemente sus odios históricos (no hay que olvidad que Francia y Alemania siempre han sido enemigos en Europea) y se unieron para conformar una hermandad que compartiera valores y dejara atrás conflictos y guerras que lo único que conseguían era empobrecer y destruir a los países y romper familias generando miles de muertos, sangre y dolor.

Pero el ideal de aquellos primeros grandes hombres con pinta más de humanistas casi que de personalidades de estado egoístas y egocéntricas, duró más bien poco. Los valores que llevaron a fundar la Unión Europea como una sociedad de países hermanados en busca de la paz y la prosperidad social poco a poco fue degenerando únicamente en una búsqueda del beneficio económico individual de cada país, obviando al conjunto de la sociedad. El egoísmo sustituyó al altruismo y a la generosidad de los países que sabían que si todo el conjunto de la Unión progresaba lo harían todos y cada uno de sus miembros.

Quizá desde los primeros años el germen del mal, de ese virus que lo ha destruido todo desde que Adam Smith planteó sus síntomas, fue calando profundamente sin que nadie se diera cuenta, o sin que nos quisiéramos dar cuenta. La Unión Europea siguió creciendo buscando el bienestar social, basándolo y justificando el progreso económico como única herramienta para lograrlo. El capitalismo o mejor dicho, ya que no me considero para nada comunista, el capitalismo mezclado con el liberalismo más radical y duro, fue haciéndose hueco en la agenda europea. Poco a poco los objetivos de la Unión dejaron de ser sociales y humanistas, como el principio pretendían también ser, para ser únicamente económicos.

Cada país se fue conformando como un ente independiente, como una empresa, que sólo miraba por el conjunto si esa visión iba a beneficiarle económicamente en algo. A día de hoy la Unión Europea es un conjunto compartimentado, un recipiente de vasos incomunicantes, de países que poco a nada tienen que ver los unos con los otros, cosa que de hecho debería de ser buena, pero que además no quieren saber nada los unos de los otros salvo para asuntos económicos. ¡Así no nació Europa! No entiendo cómo a los líderes europeos no se les cae la cara de vergüenza al pertenecer a una UE que a día de hoy ha terminado por perder todos los valores que llevaron a su fundación. Nada queda de 1957, del Tratado de Roma, salvo un papel mojado que sirve a algunos nostálgicos de la verdadera Unión para cerciorarse de que en algún momento sí que existió algo que se denominó Unión Europea.

Pero claro, generalmente los proyectos complejos, esos para los que son necesarios muchos esfuerzos, mucho valor y muchas ganas, o como diría Churchill (aunque la cita no es correcta): sangre, sudor y lágrimas; estos proyectos siempre van bien por una de las siguientes dos opciones: la primera, porque todo funciona bien, no hay problemas graves y por tanto no hay que enfrentarse a crisis de envergadura considerable y por esto mismo quienes estén al frente de dicho proyecto poco o nada tienen que hacer más que administrar bien, y eso se aprende en cualquier escuela de negocios; o bien, y aquí viene la segunda de las opciones, los líderes del proyecto son de tal envergadura, con la suficiente capacidad de reacción, agallas y valor como para enfrentarse sin titubear a cualquier circunstancia por muy enrevesada que sea y por muy delicada que se pueda llegar a poner, logrando así mantener el proyecto a flote y aprender de esas situaciones delicadas.

Dicho lo anterior cabe señalar que la Unión Europea siempre ha funcionado bien mientras las crisis a las que se ha tenido que enfrentar en su historia se podían resolver mediante una buena gestión y administración de las mismas, y mientras las medidas a tomar simplemente fueran económicas, fueran quienes fueran los líderes de los países miembros y fueran cuales fueran sus capacidades por muy mediocres que éstas pudieran llegar a ser. Pero ahora esto ya no vale. Europa ha dado con la horma de su zapato: la crisis de los refugiados. Nótese que se usa la palabra “crisis” como si ésta pudiera ser resuelta como una crisis económica, o agrícola, o política. Pero si hemos de ser correctos usando el lenguaje deberíamos de estar hablando de “Éxodo masivo”.

Como comencé diciendo un poco más arriba, Europa ha muerto, ha sido asesinada esta semana. Si todavía alguien tenía esperanzas de que Europa y sus gobernantes estuvieran verdaderamente a la altura de las circunstancias, éstas han quedado tiradas por el barro de los campos de refugiados, por no llamarlos de concentración, donde se hacinan miles de personas sin posibilidad de vivir dignamente. El pacto con Turquía por el que en el fondo se venden personas por unos 3000 millones de euros, repito, por 3000 millones de euros, ha terminado por asestar un golpe mortal a todos aquellos valores que en su día conformaron la comunidad de países, la unión de sociedades más avanzada del mundo, envidiada por mucha más gente de la que lo reconocía abiertamente.

Los refugiados sirios, iraquíes, afganos, libios, están huyendo de sus países e intentan llegar a Europa: esa tierra que siempre hemos vendido como la tierra prometida para todo aquel que quisiera mejorar, vivir bien y tener un futura decente. Porque en el fondo esto ha sido siempre Europa hasta los últimos años: una tierra de oportunidades, el viejo continente donde todo funcionaba bien, donde la generosidad estaba por encima de toda individualidad, donde el bien común siempre ha reinado por encima de los intereses particulares de un único estado miembro. Pero como también he dicho ya en este artículo todo iba bien hasta que han llegado los problemas importantes, hasta que la Unión y sus gobernantes de turno se han tenido que enfrentar a asuntos verdaderamente importantes que no se resuelven con un Consejo Europeo extraordinario que dure hasta las tantas de la madrugada.

No voy a hablar aquí de la situación de los refugiados y de los motivos que les llevan a arriesgar sus vidas y la de sus familias, a pagar un dinero que no tienen vendiendo probablemente a sus hijas y mujeres a mafias para ser violadas durante una temporada, por llegar a Europa para simplemente tener un futuro, y no muerte por delante. Ya he hablado de esto en otro artículo en el blog. No voy a repetirme.

El problema de los refugiados es algo que Europa directa o indirectamente, tampoco voy a meterme a analizar las cuestiones geopolíticas que han conducido hasta esta situación, ha provocado. La guerra civil en Siria, iniciada durante esa Primavera Árabe que tanto se aplaudió en Europa y EE.UU. porque estaba derrocando a dictadores, previamente asentados en sus respectivos tronos de poder absoluto por esas mismas democracias de ambos lados del Atlántico, se ha convertido en un conflicto semi-dormido, casi olvidado, que está destruyendo un país, que amenaza con extenderse debido al terrorismo islamista de ISIS y que parece que se va a enquistar si no se pone remedio de verdad a la situación. Pero no se va a hacer nada por una simple razón: Siria no tiene nada que ofrecer a Occidente de lo que Occidente pueda aprovecharse. Siria es un desierto, un montón de kilómetros cuadrados de arena y roca, sin petróleo, ni gas, ni recursos minerales como tiene África. Siria es un erial y no interesa. Siria solo tiene una cultura milenaria, alberga de las más bellas ciudades antiguas del mundo; pero eso es cultura y no se puede traficar con ella, no genera millones de millones de millones.

Europa se ha traicionado así misma con su actitud para con los refugiados. En 1989 desde el corazón del viejo continente, allí donde las diferencias surgidas durante la Guerra Fría tras el albor de la IIGM, desde Berlín se dio un gran ejemplo de humanidad al mundo con la Caída del Muro de Berlín. Hoy también desde el viejo continente, tan largamente envidiado por su calidad de vida, se enseña al mundo cómo se puede ser racista, intolerante, mezquinos, zafios, ruines y egoístas mediante la construcción de nuevos muros y alambradas de espino que eviten la llegada de personas “non gratas” y nuestra tierra. Lamentable, vergonzoso, asqueroso.

Los líderes europeos, todos sin excepción, han demostrado con el pago a Turquía por que se haga cargo de los refugiados, su nivel de humanismo. Nada queda de la época dorada de Europa donde la generosidad imperaba. El viejo continente ha olvidado su pasado de refugiados; hemos olvidado las guerras, las tragedias humanas, el hambre, la muerte y el sufrimiento de la sociedad. Desde los despachos de las cancillerías y las diferentes presidencias de gobierno el mundo se ve muy lejano y lo que menos quieren los líderes es que el mundo real llegue hasta el alféizar de sus ventanas.

Hace meses Europa acordó acoger a miles de refugiados y a repartirlos por cuotas, como si fuera ganado o toneladas de cereal, entre los diferentes países miembros. Parecía que Europa estaba reaccionando a un drama humanitario que no se ha conocido desde la IIGM. Pero eran simples espejismos. De todas aquellas palabras bienintencionadas solo queda papel mojado, mojado por la sangre de las miles de personas que mueren cada mes intentando llegar a las costas y a las tierras europeas. Llegan miles de personas todas las semanas pero no se hace nada: simplemente se hacinan en campos de refugiados, que siempre queda mejor que llamarlos de concentración, ya que las reminiscencias nazis parece que sí que están presentes; cuando lo que estos campos lo único que son es campos de concentración donde los refugiados están obligados a quedarse porque no se les quiere acoger en ningún sitio. Tampoco difieren muchos líderes europeos de Hitler o Mussolini, al menos en cuanto a racismo se refiere.

Obviamente el problema con los refugiados es delicado, quizá el más complejo al que Europa se haya tenido que enfrentar nunca. Pero se supone que los líderes europeos están para algo, ¿no? No hay respuesta para esto. Los líderes europeas están solo para que sus respectivos países vayan bien económicamente, y si te he visto no me acuerdo. La Unión ya no es más que una asociación económica de países egoístas que busca generar riqueza al precio que sea y si hay que sacrificar a miles de personas que intentan buscarse un futuro lejos de una guerra, pues da igual. ¡Es ruin! No sé qué va a ser de Europa en los próximos tiempos pero no auguro nada bueno.

Cada vez que veo en las noticias, leo en los periódicos o escucho en la radio alguna noticia relativa a los refugiados o a las medidas que Europa se supone que está tomando para solventar la situación, siento una mezcla de pena, rabia, impotencia y también asco. No me siento representado con la Unión Europea actual. No puedo ya decir con orgullo, como antes decía, que me siento casi más europeo que simplemente español. El problema es que tampoco puedo decir simplemente que me siento orgulloso de ser español porque la actitud del gobierno con referencia a este asunto no es que esté siendo ejemplar (ni en este asunto ni en otros muchos); muy pronto España ha olvidado que hace no muchas décadas también nosotros éramos refugiados en Francia o México, ¿qué hubiera pasado si nos hubieran hacinado en un campo de concentración y nos hubieran tratado como mierda de vaca?

Hay quien me tachará de oportunista, de demagogo e hipócrita por simplemente escribir pero no hacer nada más. Y en parte tendrán razón aquellos que me critiquen por ello, pero lo que sí sé es que no sería cobarde como lo están siendo los líderes europeos, ni tampoco ruin ni miserable. La Unión Europea no puede llamarse así mientras consienta los campos de concentración de refugiados. De hecho el nombre Europa cada día que pasa vuelve a tener únicamente el significado que tuvo en su día, a saber, uno de los continentes. Nada más. Es una pena que costara tanto esfuerzo y sufrimiento crear la Unión Europea para que unos líderes cobardes y miserables, unos vendidos al dinero y a los mercados que quizá sea una descalificación peor aún, la hayan matado en apenas un par de años. Sólo falta gritar eso de: ¡Europa ha muerto, larga vida a la vergüenza!

Caronte.

martes, 1 de marzo de 2016

Vergüenza cervantina

A nadie se la habrá pasado el hecho de que estamos en 2016, que no tenemos gobierno electo pero sí en funciones, que el Real Madrid ha perdido la Liga y que no sabe a qué juega si es que juega a algo ni que el invierno que está a punto de acabar no ha sido invierno sino más bien una fría primavera en la que los almendros y otros árboles de floración temprana se han adelantado casi un mes y ya han florecido. Nadie habrá obviado estos hechos, y sin embargo desde mi punto de vista en España este año se conmemora un hecho fundamental no ya solo para la cultura de nuestro país de la que nos deberíamos que sentir más que orgullosos, sino para el conjunto de los castellano-parlantes: la muerte de Don Miguel de Cervantes Saavedra. Seguro que muchos habréis pensado que me estaba refiriendo a algo mucho más importante y al daros cuenta de a lo que me voy a referir en este artículo dejéis de leer inmediatamente; allá vosotros con vuestra conciencia y vuestra soberana incultura.

Miguel de Cervantes (en este artículo será o Don Miguel, ya que quizá es y será el único hombre con ese nombre que podrá ser referido universalmente siempre con dicho título de distinción y respeto, o Cervantes a secas, según me dé) murió en el mes de abril de 1616, es decir, justo hace cuatro siglos. Ahí es nada. Sé que hay gente que este dato le dará totalmente igual, y a la que le dejará completamente indiferente, pero a mí no. Las figuras como Cervantes siempre merecen hueco en la cultura de un país y más aún en fechas tan importantes como el cuatrocientos aniversario de su muerte.

La figura de Don Miguel no es una figura cualquiera en la cultura española. Miguel de Cervantes ha sido, es, y será siempre una figura literaria universal, que ha traspasado, traspasa y traspasará (aunque a muchos les pese) nuestras fronteras. Cervantes no pertenece únicamente a España, como sí lo hacen otras figuras de la historia cultural española, sino a todo el mundo. Don Miguel es una de esas personalidades que están presentes en el estudio de la literatura universal en todos los rincones del planeta. Desde Reino Unido hasta Nueva Zelanda, desde la Tierra del Fuego hasta la Península de Kamkatcha, desde la ciudad más cosmopolita de los EE.UU., hasta el pueblo más perdido y tradicional de Japón. Quizá he exagerado un poco pero la figura de Cervantes y la ocasión merecen la pena.

Pero España es diferente a todo. Siempre lo hemos sido y siempre lo seremos. Da igual que Don Miguel naciera en una de las ciudades más bellas y hermosas de España, Alcalá de Henares, da igual que pusiera en el mapa una de las regiones más solitarias y áridas de nuestro país como es La Mancha. Da igual todo. En España hemos tratado siempre mal a quienes nos han  puesto en el mundo, a quienes han hecho que se conozca nuestro país, nuestra lengua y nuestra cultura allende los mares. Nunca nos ha importado la cultura ni sus figuras más relevantes fuera cual fuera su ámbito: literatura, escultura, pintura, cine, teatro, etc. En España solo nos preocupamos por la fiesta, por el alcohol, por inventarnos alguna celebración para no trabajar, por el sol y la playa, por ver el fútbol y que nadie nos lo toque, por estar al día de la vida de los demás (famosos si puede ser), de insultar al vecino, de envidiar al amigo y de nosotros mismos de manera individual olvidándonos de que formamos parte de un país riquísimo en muchos ámbitos.

Cervantes está siendo olvidado, menospreciado, condenado al ostracismo, tachado de antigualla y de vestigio del pasado. Ya han pasado dos meses desde que empezó este 2016 y no hay noticia alguna de los actos que todo país orgulloso de su pasado, su historia y su cultura estaría celebrando o a punto de celebrar por todo lo alto. Pero ya he dicho esto es España. La sociedad no va a exigir que se haga nada especial, que no se gaste ni un euro en conmemorar a un muerto por mucho que ese muerto sea de la talla de Cervantes, a menos que corra la cerveza y la comida y haya fiestas y días de vacaciones por ese hecho. Es vergonzoso que no haya nada preparado para conmemorar la muerte de una de las figuras más grandes de la historia de la literatura universal, cuya obra magna, “El Quijote”, ha sido traducida a más idiomas que cualquier otra obra de ficción exceptuando la Biblia. A los españoles les da igual todo esto, pero es que al gobierno de la nación mucho más.

Pero qué le vamos a pedir a un gobierno de derechas, cuando dicha ideología en España siempre ha sentido verdadera alergia por todo lo que sonora a cultura e intelectualidad. Una ideología analfabeta por norma general, aunque siempre ha habido excepciones como en todas las malas familias, que tacha de izquierdas todo aquello relacionado con la cultura, y que considera como rojos a todo el mundo que dedique su vida a crear algo hermoso para ser disfrutado por el resto de la humanidad. No entiendo tanto desdén a la cultura por parte de la derecha política española a no ser que estén acomplejado por ver que pocos intelectuales y artistas (en el término más amplio de esta palabra tan denigrada por los poderes mediáticos conservadores) comulgan con sus ideas.

El actual gobierno en funciones del PP, encabezado por Mariano Rajoy y secundado por ministros tan ilustres e ilustrados como Fernández Díaz, Montoro, Báñez y anteriormente por el gran intelectual de este país Wert, lleva despreciando la cultura española desde que llegó al poder y decidió subir los impuestos a todo lo que tenía que ver con ella, ignorando que intentar recabar dinero de aquella gente que va al teatro o al cine para intentar ser un poco mejor persona lo único que consigue es generar analfabetos. Pero quizá esto es lo que pretender: ampliar su base de votantes para así poder seguir gobernando durante muchos años sin que nadie les tosa y sin que nadie se cuestione de verdad lo que hacen.

Este gobierno ha ignorado desde el principio la cultura y lo sigue haciendo ahora en funciones. Pero Don Miguel sigue expectante. Y así creo que seguirá. Sólo en los últimos días parece haber algo de movimiento en todo lo relacionado con los eventos que se van a realizar para conmemorar y recodar la figura de Cervantes, pero esto es así básicamente porque organizaciones como la RAE o el Instituto Cervantes, así como muchos intelectuales de este país se han empezado a movilizar para exigir que desde las instituciones públicas se haga algo, que se empiecen a mover los hilos de un año que debería estar lleno de actos, celebraciones, exposiciones, charlas, congresos, conferencias y ferias literarias que centraran su actividad en la figura de este español universal que sin saberlo dio al mundo una de sus referencias culturales clave.

Personalmente no tengo esperanza alguna de que se pueda recomponer algo que parece más improvisado que realmente reflexionado y preparado durante muchos meses. Siento vergüenza de mi gobierno (si es que podía llegar a sentir más todavía). Pero lo que para mí es más grave aún, es que también siento vergüenza de los españoles, de mis propios conciudadanos. Entiendo que un gobierno como el del PP no tenga la más mínima voluntad de celebrar algo de este calibre sabiendo que congregará a decenas de intelectuales que no dudarán en criticar y dar palos al gobierno y de sacarle los colores (algunos en el PP saldrían inmediatamente a contestar a dichos intelectuales tachándoles de izquierdosos e hipócritas, incluso de defraudadores de hacienda y caraduras). Sin embargo lo que no acabo de entender es cómo la sociedad española no se indigna por este hecho. Y mientras tanto Cervantes seguirá esperando.

Para mayor inri y vergüenza del gobierno español y de España en su conjunto, este 2016 también se celebra otra efeméride igual de importante: también se cumplen 400 de la muerte de William Shakespeare. Y digo esto porque el gobierno de Su Majestad la Reina Isabel II del Reino Unido sí tiene un plan preparado durante meses por no decir años que ya lleva ejecutando desde el primer día de este año y que su primer ministro, David Cameron, por cierto de la misma familia política que Mariano Rajoy, anunció lleno de orgullo durante su discurso de año nuevo. Me gusta mucho el RU, pero no envidio ni su cultura, ni su estilo de vida, ni su sociedad. Sin embargo sí envidio el hecho de que saben recordad a sus figuras más importantes. A los ingleses no les molesta ni les incomoda conmemorar la muerte de sus compatriotas más célebres. Los ingleses no sienten esa especie de envidia e inquina que desde tiempos inmemoriales se instaló en la sociedad española y que desde entonces corre por nuestras venas.

En España parece como si envidiáramos que Cervantes sea reconocido en el mundo entero y sea tachado de español. Mientras tanto en RU sienten todo lo contrario. ¿Pero qué podíamos esperar de un país como España que ni sabe dónde está enterrado su escritor más universal, y que solo lo busca con ahínco para que una alcaldesa nefasta que ama las “relaxing cups of café con leche” se haga la correspondiente foto al final de su mandato para que se la recuerde como paladín de la cultura y de un orgulloso pasado? Los ingleses sin embargo saben bien donde pueden ir a dejarle flores a William Shakespear, ni más ni menos que a la majestuosa e imponente Abadía de Westminster al “Poet’s Corner” (para Ana Botella “El rincón de los poetas”).

La diferencia entre la sociedad inglesa y la española estriba en el hecho de que ellos no se avergüenzan de su pasado sea cual sea. En España sí y ese creo que es el problema que tenemos en este país. Cada vez que hablamos de algo que tiene que ver con el pasado se nos pone la piel de gallina y un escalofrío nos recorre la médula espinal como advirtiéndonos de que entramos en terrenos pantanosos. ¿Qué culpa tiene Don Miguel de que en España a día de hoy no sepamos mirar hacia atrás y darnos cuenta de que nuestra historia, a veces triste y dolorosa, es una historia en común muy poderosa que se remonta muy atrás en el tiempo? Ninguna, pero lo estamos pagando con su figura.

Cervantes es quizá la figura española más conocida en el mundo. No estoy hablando del mundo de bajo nivel intelectual, de los analfabetos del siglo XXI que solo viven de ver la televisión, sino de ese mundo cultivado, que ve en la cultura la única herramienta de progreso. Don Miguel es una figura universal de la que los españoles nos deberíamos sentir más que orgullosos, pero que por desgracia parece que queremos esconder y no mostrar para que nadie se sienta mal. No lo entiendo, y por más que pienso en alguna explicación que pueda tener algún argumento de peso para defenderla, no la encuentro. ¡Hasta los ingleses van a conmemorar también la figura de Miguel de Cervantes durante su Año Shakespeare! No entiendo cómo no se nos cae la cara de vergüenza. Bueno sí que lo entiendo pero quizá es mejor que no piense en ello para no deprimirme aún más.

Sé que escribo todo esto por tener quizá más sensibilidad que la mayoría a toda expresión cultural, en especial al mundo de la literatura. Pero aun así me parece indignante, por no decir indecente, que no se haga nada para honrar la figura del padre de “El Quijote”. Creo que los españoles no nos damos cuenta, ni tampoco valoramos, la magnitud de la figura de Don Miguel a escala universal. Preferimos sentirnos orgullosos de que la selección española de fútbol haya sido campeona del mundo en 2010 que tener a uno de los más grandes escritores de la historia de la literatura. Es más, la consecución del Mundial de Fútbol se recordará periódicamente siempre can actos y celebraciones por todo lo alto, mientras que la conmemoración de los 400 años de la muerte de Cervantes pasará desapercibida a no ser que conlleve como dije al principio días de fiesta, cerveza y comida gratis.

A nivel personal no me resigno a que la figura de Miguel de Cervantes pase desapercibida. No me resigno a constatar que nadie en este país mueve un solo dedo para que se recuerde como es debido la persona del creador de “El Quijote”, entre otras muchas obras, eclipsadas todas ellas por la magnitud y relevancia de aquélla. Pero me tengo que resignar a que en este país ocupen más portadas de periódicos y minutos en la información de los telediarios de ámbito nacional lo que ocurre en Venezuela, lo mala y diabólica que es Manuela Carmena con sus Reyes Magos de mercadillo y sus titiriteros pro etarras, y lo bueno que sería para la estabilidad y el bienestar de España que Mariano Rajoy con su nivel intelectual y cultura siga al frente del gobierno, que las celebraciones y los actos del Año de Cervantes.

No me he leído “El Quijote” lo que sin duda servirá como argumento para quien quiera criticarme y llamarme hipócrita; pero no creo que haya que ser un experto en arte para saber por ejemplo que La ronda de noche de Rembrandt es uno de los cuadros más importantes de la pintura flamenca. No me siento orgulloso de no haber leído la obra cumbre de las letras españolas, sino más bien todo lo contrario, pero sí sé que si España y los españoles no somos capaces de conmemorar y recordar cómo se debe la figura de Don Miguel de Cervantes Saavedra en el 400 aniversario de su muerte estaremos cometiendo un error histórico que algún día se calificará como “vergüenza cervantina” del que no nos arrepentiremos nunca (o quizá sí, en España todo es posible).

Sólo espero que ya que estamos ya en marzo no se tarde mucho más en empezar a recordar a Cervantes. Don Miguel lo merece. Como merece que ayer mismo en TVE la serie El Ministerio del Tiempo, le rindiera un homenaje más que digno, quizá el primero que se hace en su año, con un capítulo repleto de comedia, en el que se recordaba la figura de Cervantes y lo que “El Quijote” ha supuesto, y de hecho todavía supone, para España, y del que el propio autor se hubiera reído y habría disfrutado como un niño con zapatos nuevos. Todavía estamos a tiempo se salvar lo que ya ha comenzado como vergüenza, aunque solo sea por superar a los ingleses en su conmemoración de Shakespeare. Ojalá Cervantes tenga el año que se merece.

Caronte.

sábado, 27 de febrero de 2016

Esperando que Oscar decida

Ya va otro año más, y este ya es el tercero, en el que comento en el blog mis predicciones para los premios más ansiados por el mundo del cine, por actores, directores, guionistas, músicos, peluqueros y toda la demás farándula que los rodea. La 88 edición de los Oscar de Hollywood se celebra mañana en el Teatro Dolbly (anteriormente Kodak) de Los Ángeles. Vuelvo a vivir estor días con cierta incertidumbre, ya que a pesar de que no tengo nada que ver con el mundo del cine, ni formo parte de la farándula que acabo de nombrar, sí me considero un gran cinéfilo, aunque a veces mis gustos no coincidan con los de la mayoría y muchas veces las películas que yo considero dignas de ser premiadas son denigradas por los grandes gurús del cine y los críticos más selectos cuyo intelecto e inteligencia están a años luz de las mías.


Para mi sorpresa, ya que no esperaba hacerlo ya este año, también espero el resultado de la gala del cine más famosa y más llena de nervios del mundo con interés económico, ya que por séptimo año consecutivo he participado en la porra oficial de los Oscar que organiza el Cineclub de mi Escuela, donde desde hace ya unas semanas que he vuelto muy a mi pesar, esta vez no para malgastar mi tiempo en proyectos absurdos y asignaturas desfasadas sino para ganarme el pan mío de cada día y levantar España, que la veo yo últimamente muy ruinosa y zarrapastrosa (nótese la ironía por favor, si es que se sabe qué es eso visto lo visto últimamente). No voy a negar la ilusión que me hizo darme cuenta de que otro año más iba a poder echar la porra de los Oscar e intentar ganar los eurillos que me podría reportar el premio, aunque me huelo que hay gato encerrado porque me niego a pensar que en seis años no haya ganado ni en una ocasión haciendo el estudio tan exhaustivo que realizo los días previos. Pero vamos al grano.

La 88 edición de los Premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, es decir los Oscar, viene con polémica. El racismo, o lo que los actores negros han venido a llamar racismo de la Academia por falta de nominados de color. Sé que lo que voy a decir puede llegar a ser usado en mi contra en algún momento, y sin lugar a dudas malinterpretado por aquellas personas que quieran hacerme daño. Pero me da igual, voy a entrar en la polémica. Yo no veo racismo en la edición de este año. Veo justicia. La igualdad no es que todo el mundo tenga lo mismo, sean negros, hispanos, europeos, caucásicos, orientales, mujeres, niños, ancianos, etc. No. La igualdad es que todo el mundo tenga lo que se merece. Y yo considero que este año no había muchas opciones para que un actor de color se colara entre los nominados en esas cuatro categorías. Qué le vamos a hacer. ¿Es duro? Puede que ser. ¿Es injusto? Desde luego que no. Quiero que con total sinceridad cada cual piense el nombre de cinco actores y cinco actrices de color que realmente merezcan la pena. Morgan Freeman, Denzel Washintong, Woopi Wholberg... ¿Hay más que realmente lo valgan?

Los Oscar no son cuestión de razas, color de piel, religión (aunque en este punto probablemente se generan silencios incómodos; nadie habla de que la mayoría del cine de Hollywood dale del bolsillo de judíos), o preferencias sexuales. Los Oscar deberían de ser simplemente la fiesta del cine, donde los mejores en cada campo reciban el mayor premio del mundo del celuloide. Basta de distraer la atención. Cuando haya un actor negro de la talla de Jack Nicholson o Marlon Brando me lo decís; y lo mismo cuando haya alguna actriz negra de la talla de Meryl Streep. Y ahora llamarme lo que queráis, me da igual.

Voy con mis predicciones. Esta 88 edición de los Oscar creo que está bastante clara en cuanto a favoritos individuales y películas en general. Habrá sorpresas como siempre porque los académicos son así, siempre hacen alguna para que se hable durante un tiempo de tal o cual premio, o de tal o cual injusticia. Ahí no voy a entrar porque no me merece la pena. Este 2016, aunque se premien películas de 2015 va a ser probablemente el año de Leonardo Di Caprio, sin lugar a dudas. Ya puede haber alguna película que arrase en número de estatuillas, o polémicas, o descuidos, o provocaciones durante la gala, que el lunes solo se hablara de Di Caprio. Siempre y cuando, claro está, termine de llevarse su tan ansiado Oscar. ¿Se lo merece después de tantas nominaciones? No lo sé. De verdad que no lo sé. Yo no he visto “El Renacido”, ni tampoco me llama la atención, pero los que saben dicen que ha hecho un papelón. Supongo que ya se lo debería haber llevado antes, y si lo hace ahora no será más que porque sus rivales quizá no han estado tan a la altura. De todas maneras Di Caprio no es mi actor fetiche, es más está lejos de serlo, pero quizá sí se lo merezca.

No puedo hablar mucho de las candidaturas de actores porque este año la verdad es que las películas que he visto han sido más de historias que de interpretaciones. El Oscar a Mejor Actor está casi cantado para Di Caprio y no creo que vaya a haber sorpresas. Pero en las otras tres categorías supongo que los ganadores serán los esperados. El Oscar a Mejor Actriz estará entre la ya veterana Kate Blanchett por “Carol” y Brie Larson por “La Habitación”; no he visto ninguna de las dos películas aunque la primera sí me hubiera gustado verla. Los mejores actores de reparto (ambas categorías) probablemente sean Alicia Vikander por “La Chica Danesa” y Sylvester Stallone por “Creed”. La primera creo que merecerá totalmente la estatuilla aunque también aquí puede haber sorpresas. El segundo supongo que la recibirá más que por merecerlo en esta ocasión, cosa que no pongo en duda porque no he visto la película ni la voy a ver, por servir de homenaje de uno de los actores imprescindibles de Hollywood de las últimas décadas.

Tema Mejor Pellícula y Mejor Dirección. Aquí me voy a mojar un poco más porque sí que he visto algunas de las candidatas. Entre las ocho cintas nominadas al Oscar a Mejor Película de 2015 he visto tres de ella: “Marte”, “El puente de los espías” y “Spotlight”. Me han gustado mucho las tres. Me hubiera gustado también ver “Brooklin” y “La Gran Apuesta”, pero no lo he hecho (básicamente porque para la primera quiero esperar a leerme el libro en la que se basa y la segunda se me ha pasado el tiempo ya). Sin embargo ninguna de estas películas es la favorita. Este papel lo tiene “El Renacido” y supongo que se lo llevará, aunque preferiría que fuera “Spotlight”, esa grandísima historia que pone de mala leche e indigna pero que demuestra que un puñado de hombres y mujeres valientes y justos pueden cambiar un poco las cosas. El Mejor Director pues supongo que será Iñárritu por “El Renacido”, aunque sigo diciendo que tengo la impresión de que esta película está muy sobrevalorada. Aquí voy a volver a quejarme del desprecio que siguen teniendo los Oscar por Spielberg, ya que a pesar de que su película es una de las nominadas a mejor cinta del año, él no está nominado a mejor director. Ocurrencias absurdas de Hollwood.

En el apartado de guiones creo que “Spotlight” se llevará el Oscar a Mejor Guión Original, mientras que “La Gran Apuesta” hará lo propio con el de Mejor Guión Adaptado. Y aquí no creo que vaya a haber muchas sorpresas como sí que las espero en las categorías mencionadas en el párrafo anterior. Aunque luego con la Academia nunca se sabe y termina por hacer chorradas, o barbaridades según se quiera considerar y calificar algunas de las decisiones más polémicas de los últimos años. En las categorías más técnicas hay una grandísima favorita que a la postre creo que será la ganadora absoluta de la noche, con permiso de Di Caprio, al menos por número de premios. Esta película es “Mad Max: Furia en la carretera” una película de esas de culto, es decir o la amar o la aborreces, que según parece está muy bien hecha, al menos técnicamente. Comento brevemente la categoría de Mejor Película de Animación para decir algo evidente y es que Pixar volverá a conseguir un Oscar por “Del Revés” su última creación, aunque a mí no me produjera ningún sentimiento de admiración cuando la vi.

Pero mañana a miles de kilómetros de mi casa, y a nueve horas de diferencia, en Hollywood se librará quizá la última gran batalla del cine clásico. Dos titanes del mundo cinematográfico se miden en una de esas categorías que suelen pasar desapercibidas pero que yo siempre es la primera que suelo buscar tanto cuando salen las nominaciones como cuando se anuncias los premios. La batalla por el Oscar a Mejor Banda Sonora se lo disputarán, sin desmerecer a los otros tres nominados, Ennio Morricone y John Williams. A veces es muy injusta la vida y dos grandísimos monstruos de la música deben verse las caras frente a frente. Para los dos será probablemente su última ocasión, sus últimos Oscar Morricone tiene 87 años y Williams 84. Williams sabe lo que es ganar un Oscar, lo ha hecho en cinco veces, habiendo sido nominado 50 veces; Morricone por su parte es autor de quizá unas de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, pero sólo tiene un Oscar en su haber, y es el honorífico. Mañana uno de los dos ganará un Oscar, de eso no hay duda, pero quién será es un misterio.

No puedo elegir entre Morricone o Williams porque admiro a ambos. De Morricone me apasionan bandas sonoras como la de “El Bueno, el Malo y el Feo”, “Por un puñado de dólares” o por supuesto por la magnífica “La Mission”. Pero es que el maestro John Williams ha compuesto la música de películas que siempre llevaré en mi retina; músicas que siempre resuenan en mis oídos y que todo el mundo puede tararear. De Williams son obra las músicas de “E.T.”, “Tiburón”, “La Guerra de las Galaxias”, “Harry Potter”, “Indiana Jones”, “Superman”, “La Lista de Schindler”, “Parque Jurásico”, “Salvar al Soldado Ryan” o “Solo en Casa”. No puedo elegir. Por un lado creo que Ennio Morricone merece ganar de verdad un Oscar. Pero por otro lado John Williams es y será siempre mi compositor favorito de bandas sonoras, un dios terrenal de la batuta y la armonía que ha puesto música a muchas de mis películas favoritas. ¿Ganará el mejor? No, porque eso implicaría que los dos compartirían el premio y no puede ser. Ojalá no pierdan ambos, aunque estando la decisión en manos de la Academia todo puede pasar.

Ya no hay más que decir. La suerte ya está echada. Los nombres de los ganadores de cada una de las categorías de la edición 88 de los Oscar ya está impreso en las tarjetas correspondiente dentro de los sobres lacados bajo atento resguardo del notario de turno. Las estatuillas doradas también están ya listas para caer en las manos de sus nuevos propietarios y decorar dando distinción y prestigio alguna estantería. Para algunos serán las primeras estatuillas, para otros no pero harán que sí y las recibirán con la misma ilusión que aquella primera. Yo como siempre esperaré a la mañana del lunes para saber quiénes han sido los ganadores y juzgar la justicia o injusticia que se haya podido repartir durante la gala. Podré o no ganar la porra de los Oscar de mi Escuela, pero eso es casi secundario. Solo falta esperar a mañana cuando todo se decidirá y tendremos y perdedores o derrotados, ilusiones y decepciones, y por supuesto no faltarán las voces que dirán que se han cometido verdaderas barbaridades, entre ellas a lo mejor la mía, pero que me callaré. Sólo falta que Oscar decida con quien se va. Suerte a los nominados y que ganan los mejores.


Caronte.