martes, 29 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (LXIV)

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(Viene de la entrada anterior.)

En la recepción del Sacher seguía Rocío que al verle entrar y sacudirse la nieve que llevaba sobre los hombros de su abrigo y del pelo antes de que esta pasara de estar en estado semisólido, ya que la nieve no puede considerarse agua en estado sólido puro, a convertirse en pequeñas gotas de agua gélida que le mojaran y humedecieran el pelo se acercó a él para decirle que hacía algo más de una hora vino un hombre con gabardina a preguntar por él, que subió a su habitación y que tras unos minutos arriba volvió a bajar y a coger un coche oscuro y se marchó. Distraído todavía por su escapada furtiva al Café Central y sin prestar mucha atención, la justa como para saber de qué estaba hablando la joven recepcionista española, a lo que le estaba diciendo Rocío acertó a decir unas pocas palabras de confirmación de lo ocurrido y de que estaba al corriente de todo ya que ese hombre había por fin dado con él y habían hablado un rato; que simplemente era un viejo amigo que vivía en Viena y con el que se había rencontrado tras mucho tiempo. Sin prestar mucha más atención a la joven se dirigió hacia los ascensores y tras meterse en uno que acabada de dejar en el hall del hotel a varios huéspedes ya ataviados para la cena de fin de año pulsó el botón correspondiente a la planta de su habitación.

Encaró el pasillo que le llevaría hacia la puerta de su habitación algo nervioso. Él no entendía ese estado de nervios. No lograba comprender por qué estaba nervioso, ansioso y también algo temeroso por abrir la puerta y ver a Anna de nuevo. No quería imaginarse cuál podría ser la reacción de ella ante esa ausencia de inesperada premeditación. Por una lado quería verla enfadada, furiosa y molesta por haberla dejado sola en la habitación sin avisarla para irse por ahí tras dejar como aviso o anuncio de ese acto una simple nota escrita en un folio con membrete del hotel. Pero por otro lado temía que ella fuera indiferente, que no le importara en el fondo lo que él hiciera ya que él nada le debía a ella y era totalmente libre para hacer su vida tal y como quisiera sin dar explicaciones por sus actos y sin tenerla que tener en cuenta para ello. Esa mezcla de sentimientos le provocaba una especie de desazón interior que le tenía hecho un nudo en el estómago. Un nudo de nervios que mientras avanzaba por el pasillo del Sacher hacia su habitación se hacía más fuerte y le provocaba una especie de vértigo ante una situación para la que por mucho que imaginara posibles escenarios y por tanto posibles respuestas a los mismos, no estaba preparado.

Ahí estaba la puerta de la habitación con el número en siluetas de bronce dorado. Se llevó la mano al bolsillo de su abrigo y tocó la llave. La sacó y la sostuvo en la mano unos segundos mirándola, a ella y a la cerradura donde la tendría que introducir para poder girarla hacia la derecha y lograr que el mecanismo de cerrajería se desbloqueara y la puerta quedara libre dándole paso hacia el interior de la habitación. Interior que no estaría vacío sino que olería al afrutado perfume de Anna, que sin duda siendo ya la hora que era estaría arreglándose para bajar a cenar al gran comedor del Sacher, y que mostraría la actividad de una persona que está preparando todo para vestirse: armarios abiertos, fundas de vestidos con las cremalleras bajadas dejando al descubierto el tesoro que guardan en su interior, cajas de zapatos desperdigadas por el suelo y diferentes accesorios sobre alguna superficie donde mostrarlos.

Por fin se decidió a abrir la puerta. Para su sorpresa tuvo que dar dos vueltas a la llave en la cerradura. Anna había echado la llave en la habitación. Eso le demostraba, una de dos: que Anna se sentía algo insegura sin su presencia en la habitación; o que Anna había querido dejarle claro que lo iba a tener fácil para volver a entrar y fingir que nada había pasado. Al pensar en esta segunda opción él se dio cuenta de que quizá el recibimiento iba a ser más frío de lo que deseaba. Aún así siguió abriendo la puerta, ¿qué otra cosa podía hacer?

Al entrar en la habitación olió el perfume de Anna. Un perfume muy característico que llenaba toda la estancia con un aroma dulzón, nada ácido, como a él le gustaba. Anna estaba en el servicio con el secador del pelo encendido, aparato del demonio que lanzando esos bufidos constantes impedía escuchar cualquier cosa. Por eso Anna no se dio cuenta de que él ya estaba de vuelta en la habitación. Ni siquiera notó el portazo que sin que él quisiera dar, dio la puerta como si estuviera guiada por una mano malvada que quisiera desenmascararle. Sabiéndose todavía invisible, al menos no notado, aprovechó la ocasión para intentar sorprender a Anna. Por ello decidió pasar al cuarto de baño intentando aparentar la mayor normalidad posible, como si en ningún momento él se hubiera ausentado de la habitación.

– Ya estás casi preparada. Ya me puedo dar prisa yo. – Dijo él pasando al baño como si fuera el de su propio piso en Madrid.
– Hombre, el desaparecido en combate. – Dijo Anna parando el secador del pelo de inmediato para que el espantoso ruido del mismo no les impidiera a ambos escucharle lo que tuvieran que decirse.
– Siento haberme ido tan de repente Anna. Necesitaba tomar un poco el aire. – Dijo él a modo de excusa aun sabiendo que no iba a colar.
– ¿No has tenido suficiente aire libre en todo el día no? – Preguntó Anna irónica.
– Lo siento. – Dijo él de nuevo, acercándose a Anna que le miraba de manera indirecta a través del espejo fijándose en el reflejo de sus ojos en el mismo.
– No me tienes que pedir perdón. No estoy ofendida por nada. Quizá molesta. – Volvió a insistir Anna ahora ya girándose para mirarle directamente a la cara.
– Anna, necesitaba pensar en unas cosas. – Intentó justificarse él un poco más.
– No es verdad. Lo que has hecho es huir del presente para refugiarte en tu pasado. Ese pasado que quieres olvidar, pero que como el drogadicto con la cocaína, no puedes dejar atrás. – Sentenció Anna siendo mucho más dura de lo que él se hubiera imaginado. Su mirada era fría, pero no indiferente, había algo de compasión y comprensión en la mirada que Anna le estaba lanzando y con la que perforaba su alma.
– Puede que sí. Puede que no esté a la altura de una noche como esta, o de un viaje como este con una mujer de tu talla. – Dijo él, mezclando en su respuesta un doble sentido que Anna no supo descifrar correctamente.
– Puede que tengas razón. – Concedió Anna indiferente.
– Pero estoy aquí de nuevo, con unas ganas tremendas de celebrar el fin de año contigo como debe celebrarse una ocasión así. Además no sé si te habrás dado cuenta, pero está nevando. Mañana Viena está blanquísima. – Dijo él intentando acercarse a ella pero viendo como casi de manera imperceptible ella se echaba un poco hacia atrás para apoyarse en el mueble del lavabo para volver a la tarea que la entrada de él había interrumpido.
– No me vengas ahora con palabras bonitas. No estoy enfadada contigo porque ya eres mayorcito para hacer lo que quieras y no soy nadie para reprocharte nada, pero sí estoy molesta porque te creía algo más valiente para enfrentarte a los problemas, aunque vengan del pasado. – Volvió a decir Anna en un tono frío, duro y directo. Un tono que a él le hizo comprobar que Anna no iba a dejarse achantar tan rápidamente.
– Sé que me he comportado mal. Como un crío. Pero tú misma me has dicho en varias ocasiones que lo hecho, hecho está. No puedo volver atrás en el tiempo para no irme esta tarde a tomar el aire y pensar en mis cosas. Estoy en el Hotel Sacher con la mujer más bonita del mundo y voy a ir a la fiesta de fin de año con la mejor acompañante posible. Muy probablemente seré la envidia de cualquier hombre esta noche. Que me he comportado como un imbécil. Pues sí. Pero qué se podría esperar de alguien como yo. No doy más de sí. Siento muchas cosas Anna. Pero hay una cosa que no siento y es quererte como te quiero. – Terminó por confesar él, asumiendo toda la culpa, auto flagelándose como un penitente fanático en Semana Santa y sincerándose con Anna, que seguía vuelta de nuevo hacia el espejo con el secador en la mano.
– Ya puedes prepararte para la cena, que es tarde. – Contestó Anna inmutable ante lo que acababa de decir él, fingiendo una frialdad que ya no sentía, sabiendo que había ganado la batalla por esa ocasión. No añadió nada más, simplemente volvió a encender el secador de pelo que con su atronador ruido llenó el baño y la habitación de un estruendo atronador.
– Anna por favor, no seas tan dura conmigo. ¿Qué más quieres que haga? Dame por lo menos un beso, lo necesito. – Dijo él elevando un poco, o mejor dicho bastante, su tono de voz para poder ser escuchado por Anna a través del aire cálido y ensordecedor que emanaba del secador y a medida que se acercaba a Anna para abrazarla por la espalda, gesto que quedó inconcluso a medio camino por la repentina respuesta de ella.
– Tú lo que necesitas es alguien que te meta de verdad en vereda, o te suelte un buen guantazo en la cara. Deja de hacerte el zalamero y dúchate, o aséate, o vístete ya. Y el beso te lo va a dar quién yo te diga. – Dijo Anna amenazante con el peine que estaba usando para ahuecar su pelo castaño y que éste se secara por completo para posteriormente pasar a peinarlo. No pudo seguir fingiendo indiferencia o frialdad ante él y se le escapó una sonrisa en su cara.
– Vale, vale fiera. – Contestó él dándose cuenta del cambio de actitud que había surtido efecto en Anna. – Me quedo sin beso de momento. Entendido. Me vale con esa sonrisa.
– Pues ale a ducharse. – Concluyó Anna volviendo a su tarea, mientras él salía del cuarto del baño sonriéndola tímidamente como haría alguien que sabe que ha perdido una batalla menor pero que guarda un as en la manga para el resto de la guerra.

Ambos siguieron preparándose para la cena de Fin de Año. Él se duchó lo más rápido posible, sin entretenerse en notar el agua cálida que le recorría el cuerpo y que le reconfortaba después de haber estado en la calle sufriendo un frío gélido que le había penetrado por todos los resquicios posibles de su cuerpo en los que la piel no estuviera protegida por ropa de abrigo. Le hubiera gustado disfrutar más de esa última ducha del año, pero sabiendo que a Anna no la gustaba llagar tarde a ningún sitio, aunque fuera informal, prefirió darse prisa y enjabonarse el cuerpo y la cabeza de manera diligente y con rapidez. Anna le llevaba bastante ventaja en los preparativos para la cena, cosa que no era de extrañar teniendo en cuenta que había tenido todo el tiempo posible para hacerlo mientras que él por su cobardía, como ella muy bien había notado, ahora se veía un poco apurado con el tiempo y tenía que hacer todo de manera acelerada.

Al final estuvieron los dos vestidos y preparados para bajar al gran salón donde se realizaría la cena de fin de año. Anna llevaba puesto un vestido ceñido azul marino discreto, pero muy elegante y sensual, que dejaba ver esas piernas esbeltas y definidas desde la rodilla a los tobillos; además llevaba unos zapatos de tacón de charol, azules también, a juego con el vestido. Como complementos llevaba una pulsera de piedras pulidas, quizá lapislázulis o alguna similar, y un collar muy simple al cuello; más que collar era un colgante: un fino cordel de plata del que colgaba justo en mitad de su pecho una pequeña gema también azul, un zafiro, que fue un regalo de él. Pero si algo le llamaba la atención a él de cómo iba Anna era el pelo. De normal Anna solía llevar el pelo suelto, en alguna ocasión recogido con una pinza a la altura de la nuca, pero pocas veces él la había visto con un recogido total que quitaba todo el pelo de la cara de Anna y mostraba toda su frente limpia, sin ningún pelo rebelde que no quisiera estar recogido en el moño. Al verla totalmente preparada ya él pensó que estaba preciosa, espectacular y también aunque esto le pasó de manera fugaz por la mente, que no la merecía.

Por su parte él iba bastante normal. En ocasiones tan especiales y de gala como la cena a la que iban a asistir, y posterior fiesta, son las mujeres las que reinan como estrellas luciendo en lo alto del firmamento sobre la más absoluta e infinita negrura celestial. Los hombres por el contrario son simples acompañantes, no lucen ni esplendidos ni deslumbrantes. La verdad es que quedaría absurdo decir que un hombre estaba radiante en tal o cual fiesta, o que el modelo de smoking que llevaba le quedaba que ni pintado. Eso es algo que todo hombre ha sabido desde que el mundo es mundo: en ciertas ocasiones las mujeres son las únicas protagonistas; ya podría ser siempre así y en todos los ámbitos de la vida, así no parecería machista decir que una mujer estaba espléndida y bellísima en una fiesta o en una cena de gala. Por eso que él llevara un smoking de Armani hecho a medida en Madrid, en la tienda que el modisto italiano tiene en la milla de oro de la capital hispana, con una pajarita de color burdeos para dar un toque de color y distinción ante la multitud masculina toda vestida de manera semejante, no era nada relevante. Sólo Anna al verle también completamente vestido comentó que estaba mucho más elegante que todos esos que se creen elegantes simplemente por llevar un traje a diario. Si hubiera que destacar algo en su vestimenta de esa noche serían los calcetines de rayas rojas, de un rojo sangre, un rojo intenso que sólo en los más oscuros cabarets de París alguna vez se ha vestido y llevado puesto.

Caronte.

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lunes, 28 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (LXIII)

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(Viene de la última entrada de la serie.)

De nuevo, como las dos veces anteriores se volvió a hacer el silencio. Pero esta vez el silencio parecía definitivo. Ambos se habían dicho lo que tenían que decirse, quizá él más que Alberto, pero aún así los dos habían hablado con el corazón, siendo sinceros y claros, mostrando sus sentimientos y su manera de ser. Alberto se dio cuenta de que él tenía muchas losas a su espalda, losas muy pesadas que provenían de su pasado y que él mismo se había colocado sobre los hombros como una penitencia impuesta por una autoridad moral que solo existía en su cabeza. Contra eso no podía hacer mucho la verdad, pero aún así lo intentaría. No podía dejar que él siguiera culpándose por cosas por las que ya nada se podía hacer. No podía dejar que él siguiera asumiendo actos de terceras personas como propios y martirizándose por ellos. Pero Alberto sabía también que no sería tarea fácil. Parecía que él se había dado cuenta de que quizá la amistad no es algo que haya que demostrar las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año, sino un sentimiento que va más allá de demostraciones.

– Creo que deberíamos ir yéndonos de aquí. – Dijo Alberto después de estar unos minutos en silencio sin decirse nada.
– Deberíamos. – Dijo él pensativo, repitiendo esa palabra maquinalmente sin tener conciencia de haberla pronunciado.
– Sobre todo tú que tienes a tu pareja esperando en el Sacher para ir a cenar y luego a la fiesta de después. – Le recordó Alberto.
– Debería irme sí. – Volvió a decir él como un fantasma.
– No hace falta que muestres esas ganas desenfrenadas por quemar la pista de baile del Sacher y ser la comidilla de la alta sociedad las próximas semanas. – Dijo Alberto irónicamente para intentar levantar el ánimo de su amigo.
– Por cierto, no sé si te lo comenté el principio, pero mañana habéis quedado conmigo por la tarde en mi casa para tomar café. – Dijo Alberto para sorpresa de él que solo entonces reaccionó ante el anuncio de su antiguo compañero.
– ¿Y eso cuando ha sido?
– Lo he hablado con Anna cuando he ido a buscarte al hotel y no estabas. – Contestó Alberto tranquilamente como si fuera algo que debería saberse de antemano.
– Ah muy bonito. Haciendo planes a mis espaldas. – Dijo él exagerando una indignación fingida.
– Qué pedante, ¿qué tienes dos espaldas? – Dijo Alberto de manera socarrona.
– Sí y muy anchas. Pero no me cambies de tema. Está muy mal eso de que el que parece mi único amigo y la chica con la que estoy en Viena de vacaciones hagan chanchullos sin contar con la tercera persona implicada en el complot. – Argumentó él de manera vehemente como si estuviera realmente indignado.
– No es obligatorio que vengas. Anna parecía encantada con la idea. De hecho dijo que ella iría a mi casa dijeras tú lo que dijeras. – Le comunicó Alberto como si nada.
– Y encima con prepotencias. – Terminó por decir él sonriendo.
– Eso es asunto de cama. Arréglalo con ella. – Dijo Alberto desentendiéndose del asunto.
– La leeré la cartilla...si se deja. Iremos encantados mañana por la tarde a tomar un café a tu casa. Lo único que no sé donde está. – Dijo ya él en un tono normal.
– No te preocupes por eso. Os mandaré un coche para que os recoja en el hotel, o hablaré con el Sacher para que os pida un taxi. Déjamelo a mí. – Dijo Alberto son la seguridad de quien está acostumbrado a hacer planes y a organizar ese tipo de cosas. – Y vuelvo a repetir que deberíamos marcharnos. Se está haciendo peligrosamente tarde, sobre todo para ti. A mí en el fondo no me espera más que mi casa, y una cena tan austera que hasta un monje se quejaría de lo escasa que es. – Añadió Alberto levantándose de la mesa y empezando a ponerse la gabardina.
– Supongo que tendré que irme sí.
– No entiendo que no quieras volver al Sacher, estar con Anna y pasar una noche de fin de año alucinante. – Dijo Alberto entre sorprendido y extrañado.
– Yo tampoco sé qué me pasa. Pero sí vámonos. Venga. – Dijo también él levantándose de la mesa y mirando su reloj de pulsera para comprobar qué hora era.

Se acercaron ambos hacia la barra. Lo más normal era que estando el Café Central tan vacío como estaba, de hecho de las mesas que estaban ocupadas cuando él llegó sólo una quedaba todavía con gente, en concreto con un hombre mayor que seguía con un café sobre la mesa y un periódico abierto también sobre la misma mesa dando la espalda a una de las grandes ventanas del local, fueran los camareros los que se hubiera acercado a la mesa para llevar la cuenta, pero no fue así. Alberto se adelantó un poco mientras él se terminaba de poner su abrigo y la bufanda, y sacaba los guantes de los bolsillos.

– ¿No me irás a invitar después de haberme buscado por media Viena? – Dijo él acercándose a Alberto para impedir que hiciera lo que sabía que iba a hacer.
– Sí. Claro que voy a invitarte. – Dijo Alberto con convicción.
– Pues no me da la gana. – Aseguró él cogiéndole del brazo que tenía ya extendido con un billete hacia el camarero.
– Pues me la suda. – Dijo Alberto de nuevo zafándose de su antiguo compañero de universidad.
– Ni se le ocurra cobrarle a este hombre que esta desequilibrado. – Dijo él en inglés dirigiéndose a uno de los camareros.
– No le haga caso que no sabe lo que dice. El café le sienta mal. – Replicó Alberto al mismo camarero al que él se había dirigido, pero en vez de en inglés en alemán.
– Eso es juego sucio. A ti te entienden mejor. – Se quejó de manera divertida él.
– Haber estudiado alemán de jovencito. – Concluyó vencedor Alberto al conseguir que el camarero le hiciera caso y cogiera el billete que le tendía desde el otro lado de la barra.
– No me parece bien que pagues tú Alberto, después de haber sido también tú el que me ha conseguido las entradas para el concierto de año nuevo y los pases para la fiesta de fin de año del Sacher, además de haberme invitado a tu casa mañana a tomar café.
– Bla, bla, bla. Hablas demasiado. – Se mofó Alberto haciendo muecas con la cara.
– Que conste que esto te lo voy a devolver.
– Y yo te lo exigiré. No te quepa la menor duda.

Salieron del Café Central. La noche era ya plena. El cielo mostraba un resplandor mortecino producido por el reflejo en las nubes, más bajas de lo normal, de las luces callejeras de Viena. Seguía nevando, cada vez con un poco más de intensidad, con calma pero sin pausa. Poco a poco se iba acumulando una pequeña película de nieve en las superficies de coches, aceras y calzada; también en los alfeizares de las ventanas de los edificios aunque ahí en menor medida. En las aceras se podían ver ya marcadas perfectamente las huellas de los pocos peatones que por ellas habían pasado en los últimos minutos. También en la calzada se veían los rodales dejados por los coches: varias trazadas correspondientes a los pocos coches que habían circulado por esa calle céntrica de Viena en esa hora tardía del último día del año.

– Mañana Viena va a amanecer cubierta por una buena capa de nieve. – Dijo Alberto mirando al cielo nada más salir del café y ajustándose la gabardina.
– Si sigue así seguro. – Confirmó él.
– No, si lo he dicho afirmándolo. Es una buena nevada. Probablemente la primera de la temporada que durará varias semanas. Y si la naturaleza lo quiere a lo mejor incluso sale el sol y los chavales pueden jugar con la nieve. – Añadió Alberto.
– Sería estupendo. A Anna le gustaría mucho.
– La nieve a quienes no estamos acostumbrados a ella ilusiona siempre. Solo a los que la sufren en su verdadero esplendor y es más causa de problemas que de alegrías les amarga. Imagínate vivir en Siberia, o en los estados más norteños de América, o en Canadá. No creo que allí haga mucha gracia ver que llegan las primeras nieves. Yo no lo celebraría con alegría sabiendo que debo quitar de la entrada de mi casa todos los días casi cien kilos de nieve en lugar de hacer muñecos con ella. – Dijo Alberto con imaginación e ironía.
– Crucemos los dedos para que eso no cambie de momento. – Apuntó él sonriendo.
– Sí.
– Bueno creo que como has dicho dentro ya va siendo hora de que me vuelva al hotel. – Dijo de nuevo él cambiando de tema y asumiendo ya que debía volver al Sacher.
– Sí. Tu chica estará preocupada. – Confirmó Alberto.
– No sé si estará preocupada o no. Lo que sé es que probablemente esté algo cabreada.
– Pues no esperes más.
– Me alegro de haberte visto. Por cierto no me has contestado: ¿cómo has sabido donde estaba?
– Supongo que intuición. En Viena no hay muchos lugares con tanta historia como este y me he imaginado que si habías salido a estar un rato solo y quizá a tomar algo, vendrías hacia aquí. Además siempre que nos hemos visto en Madrid ha sido en un lugar parecido a este, ya fuera el Café Comercial, que he oído que han cerrado, el Café Pavón o el Café Gijón. – Contestó Alberto recordando viejos encuentros con su antiguo compañero de universidad, recobrado ahora como amigo. – Y supongo que también la suerte ha jugado a mi favor. – Concluyó tras un breve silencio.
– Pues me alegro de que hayas dado conmigo esta última noche del año.
– Espero que sea la primera de muchas, no en Viena, pero sí en Madrid.
– Yo también lo espero Alberto. Eres la única persona a la que quizá puedo llamar amigo de nuevo. – Concluyó él tendiéndole la mano para despedirse.
– Yo a mis amigos de verdad no les doy la mano. Prefiero darles un abrazo. – Dijo Alberto desconcertándole momentáneamente.

Los dos viejos compañero de universidad que compartieron durante un año trabajo en la revista de su facultad y que parecía se volvían a reencontrar no como antiguos camaradas o compañeros sino como amigos, que sin saberlo lo habían sido desde hacía tiempo pero por las circunstancias y el propio comportamiento humano nunca se habían parado a pensar en que la relación que tenían no era la de dos simples antiguos compañeros sino la de dos amigos que de vez en cuando se buscan para charlar, compartir temores, ideas, ilusiones y problemas y así aliviarse el uno con el otro, se despidieron con cálido abrazo. Para Alberto no era nada raro ya que sí tenía algún que otro amigo con el que de vez en cuando, cuando paraba por Madrid entre un destino diplomático y otro, se veía. Para él sin embargo ese abrazo significó el volver a sentir que tenía alguien a quien llamar amigo después de muchos años sin poder hacerlo con nadie. Ese abrazo era el gesto que quizá empezaría a cerrar una herida abierta desde hacía muchos años por personas a las que en su día también abrazó como amigas pero que terminaron por hacerle mucho daño al defraudarle y fallarle en momentos malos y duros en los que él pensó y creyó ilusamente que esas personas estarían para ayudarle y apoyarle, pero que a la hora de la verdad le dejaron solo.

El abrazo se terminó y los dos amigos tomaron caminos diferentes por las calles de Viena. Alberto en coche, un coche de la embajada por las placas de matrícula que llevaba que había estado aparcado a varias decenas de metros del café en un lugar en el que por norma general no se podía aparcar pero que por privilegios diplomáticos sí podía hacerlo. Él sin embargo tomó de nuevo el mismo camino que le había conducido hasta el Café Central de Viena, caminando por calles desiertas, cubiertas ligeramente por una fina capa de nieve que mostraba sutiles marcas de pisadas de algún peatón que habría ido hacia su casa o a la casa de algún familiar o de alguien que le esperara para celebrar el fin de año. La nieve seguía cayendo tanto sobre Viena como sobre su abrigo y su cabeza, desprovista en esta ocasión del gorro ruso que compró en Moscú un cálido verano de hacía muchos años.

Casi sin darse cuenta estaba de nuevo delante del Hotel Sacher, no de su fachada principal sino de la que daba al Museo de la Albertina, la misa fachada a la que se abrían las ventanas de su habitación. Sin mucho éxito, ya que desde joven nunca supo establecer donde estaban las habitaciones de una casa mirándola desde fuera, intentó ubicar en esa fachada barroca las ventanas de su habitación para poder ver a Anna si es que por algún casual ella pasaba por delante de ellas o se asomaba para intentar ver entre las sombras nocturnas de Viena la silueta de él. Pero eso no ocurrió y sin demorarse más decidió entrar al hotel y subir a su habitación para rencontrarse con Anna.

Caronte.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

¿Estas Navidades cuentan como vacaciones?

Las Navidades de los últimos dos años no fueron vacaciones para mí. Bueno, ni para mí, ni para muchos de mis compañeros. Aunque también es cierto que algunos tuvieron menos vacaciones que otros. Yo no tuve vacaciones porque tanto en el penúltimo año de carrera, gracias a un profesor amargado de la vida, como en el último gracias a un sistema académico obsoleto que sigue pensando que un Proyecto Fin de Carrera realizado por una persona únicamente es un buen sistema de aprendizaje y contacto con el mundo profesional que nos espera fuera de la universidad, estuve hasta arriba de trabajo, nervios, estrés y tensión. Tampoco voy a quejarme aquí de haber elegido la carrera que elegí y lo que ello iba a suponer; además ya he dicho que no soy de los que peor pasó las Navidades ya que supe dejar a un lado la carrera los días que había que dejar a un lado algo que no merecía la pena, y que sigo pensando que no la merece. Sé de gente, amargada claramente o poco organizada, que pasó peor estas fechas; pero no es algo que me preocupe en demasía.

¿Pero y estas Navidades, cuentan como vacaciones o no? Pues la verdad es que no lo sé. Sí sé que son las primeras en varios años que al menos no tengo en la cabeza el tener que entregar un trabajo a la vuelta a la escuela después de las vacaciones de Navidad. Pero a pesar de ese alivio mental, tengo mis dudas de que las fiestas que empiezan ahora, que de hecho ya han empezado oficialmente con el sorteo de la lotería de Navidad y oficiosamente con el encendido de las luces navideñas por todo Madrid, sean para descansar y olvidarme de todo. No puedo olvidarme del todo, cuando desde que tengo uso de razón estas fechas suponían únicamente un descanso, un alivio, un paréntesis, el más esperado por cierto, en medio de un curso escolar, ya fuera en el colegio, el instituto y más recientemente en la universidad. Pero este año no es así.

Este año no empecé un nuevo curso universitario en la Escuela el pasado mes de septiembre. Ni tampoco tengo que volver para las últimas clases antes de los exámenes parciales de febrero nada más pasar Reyes. Tampoco tengo en el horizonte, allá por mayo-junio terminar otro curso más que dé paso al siguiente que dé paso al siguiente y así hasta el infinito. Todo se acaba y más las épocas de la vida. Yo ya he acabado mi época universitaria. Hay quien no lo acepta y dice que sigue siendo estudiante, pero yo considero que una vez alguien acaba su primera carrera deja de ser estudiante a ser un elemento más del ciclo laboral (una especie de ciclo de la vida, mucho más injusto, sobre todo en España ya que sin enchufe, contactos o padrino no se entra con determinadas seguridades en el mismo). Yo ya no soy estudiante, pero tampoco estoy en ese ciclo laboral. La verdad es que no sé muy bien donde estoy realmente.

Me gustaría decir que estas fiestas Navideñas suponen un alivio en mi vida por juntarse un conjunto de días festivos durante los cuales en el trabajo se relaja un poco el ambiente, entre comidas de empresa, cestas de Navidad, pagas extraordinarias y decoración navideña. Pero yo no sé si estos días son así. De momento para mí todos los días son iguales, se mezclan unos con otros como un hilo continuo temporal, únicamente roto sábados y domingos en los que la actividad del mundo es menor y eso al menos sí se deja notar en mi vida. Mi vida es un repetitivo día de la marmota (ahora entiendo a Bill Murray en la famosa película).

De lunes a lunes, si es que puedo hacer distinción entre semanas, meses..., todo es igual. Me levanto. Desayuno. Veo un poco la tertulia política de por las mañanas. Hago la cama. Me aseo. Me siento delante del ordenador a buscar trabajo. Pasa una hora. Pasan dos horas. Leo un poco. Escribo un poco. Llevo a mi padre a trabajar. Leo de nuevo. Como. Descanso un rato. Voy a la piscina (tres días por semana). Nado. Vuelvo a casa. Me siento delante del ordenador a ver si alguna empresa ha respondido a los correos que las he mandado solicitando empelo en alguna oferta o simplemente mandando una instancia voluntaria. Nunca hay nada en la bandeja de entrada del correo electrónico, o al menos nada ilusionante y esperanzador. Meriendo un té. Voy a la academia de inglés (lunes y viernes). Vuelvo a mi casa ya de noche (esto es por ser invierno). Ceno. Veo la tele. Me acuesto.

El día siguiente es lo mismo.

Nada cambia. Todo sigue igual. Yo quiero que todo cambie para que todo siga igual, pero no sucede. Estoy perdido en el tiempo infinito que pasa y pasa y pasa sin que nada ocurra. Ha llegado la Navidad ya. Muy rápido este año, mucho más de lo que me esperaba. Iluso de mí en su día, hace ya una eternidad casi, o eso es lo que a mí me parece, pensé que este año no me comía el turrón en mi casa por tener trabajo ya que hice una entrevista en una gran empresa, que se supone que pasé o así me confirmó el chico de RRHH que me la hizo tras hablar con él por teléfono, para un puesto de ingeniero junior (vamos un becario en ingeniería, pero queda mejor que los niños de papá digan que son ingenieros junior) en Doha, sí Doha, a tomar por c. a la derecha. Pero nada aquí estoy comiéndome los mocos, haciendo hueco a los polvorones, turrones, y comilonas familiares donde la ingesta de cantidades ingentes de comida parece ser la tradición cuando sólo es tirar el dinero a manos llenas.

No sé si debo perder la esperanza o la ilusión de encontrar trabajo en algo que me pueda hacer ilusión. Ya me costó trabajo terminar una carrera tras pasar varios años de dudas existenciales profundas que me metieron en un pozo de problemas tanto a nivel personales como a nivel más académico o profesional. No sabía qué hacer con mi vida entonces. El problema está en que tampoco sé qué hacer con ella ahora. Para empezar supongo que seguir intentando que alguna empresa se fije en mí, que me dé la oportunidad de demostrar que valgo para esto, aunque esto es algo que ni yo mismo sé si seré capaz de demostrar, que no me pida tener experiencia previa porque no he tenido un papá, un tío o un amigo de la familia que me haya podido colocar durante los últimos veranos en su empresa para tocarme las gónadas y poder así fingir (porque en el fondo los niños de papá no tienen que mostrar experiencia en ningún sitio ya que trabajo tienen asegurado) que son grandes profesionales, que no dudo que seguramente lo sean.

Supongo que haber acabado una carrera en los años estipulados cuando se supone que era de las más difíciles y duras para conseguir semejante hazaña, hablar dos idiomas (inglés con bastante fluidez y nivel; y francés con un nivel bastante aceptable) y haber obtenido unos resultados académicos más que aceptables no es suficiente. Pero así va todo. No sé de qué me quejo si era algo que veía venir. En el fondo no me quejo de nada. Si no tengo trabajo será porque de momento no lo merezco. ¿Cada persona tiene lo que se merece no? El mundo es justo y da a cada cual aquello que le corresponde. Yo tengo salud ¿no? No sé porqué pido más. Soy un egoísta de mierda: además de salud quiero tener trabajo de lo mío y no mendigarlo, novia con la que poder pasar estar Navidades y disfrutar un poquito más de los placeres de la vida, dinero extra para poder comprar con más soltura los regalos navideños que me apetezca, etc. Si es que soy un miserable, con la cantidad de gente que no tiene esas cosas. Así me va.

No se puede culpar a nadie de lo que nos pasa a cada uno de nosotros por nuestras propias acciones. Esta es la teoría. Yo lo aplico a la práctica. Coño: si no tengo trabajo será que no valgo; si no tengo novia es que no hago por tener, ni me lanzo a las chicas que me gustan, ni salgo, ni nada; si no gano dinero es porque no quiero con lo fácil que puede ser vender mi cuerpo al pecado carnal. Ya en serio, estoy muy harto de todo esto. Estoy cansado de mandar y mandar currículos y que ninguna empresa se digne a contestar; estoy cansado de que todos los días sean siempre iguales, que nada los modifique, que ningún amigo me llame para quedar un fin de semana y sacarme de la rutina más asquerosa (tampoco es que esta opción sea muy plausible, pero bueno). Mis días no se los desearía ni a mi peor enemigo. Nadie que no los haya vivido puede imaginárselos. De hecho intento levantarme todos los días más o menos temprano para que así por la noche me duerma por llevar muchas horas despierto, porque si no, no conseguiría conciliar el sueño. A veces me duermo no por cansancio sino de puro aburrimiento.

Es patético saber que llegará Nochebuena, y al día siguiente el día de Navidad, y la semana que viene llegará también la noche de Fin de Año y el día de Año Nuevo con todos sus rituales y también la noche de la cabalgata de Reyes y el día de Reyes con sus roscones, habas y figuritas escondidas y que serán como otro día cualquiera en mi nueva vida de parado, ni-ni, no estudiante, eterno candidato a empezar a trabajar. Llegarán también los días de los deseos para el nuevo año y ¿qué pediré yo? No sé. Supongo que ser algo más feliz, o al menos, ya que no me siento infeliz, tener ilusión y renovar la esperanza porque los días vuelvan a ser rutinarios pero por tener algo que hacer, por deber cumplir con una obligación, y no por estar mirando las musarañas, soñando con que me llamen de alguna oferta de trabajo y me digan que quieren hacerme una entrevista, amargado porque el móvil lo tengo como si fuera un adorno más en mi habitación.

No puedo, ni debo tampoco, hacerme ilusiones. Ya han llegado esas fechas a las que llamamos Navidad. Nada de momento ha cambiado. No sé si cambiará algo en estos días. Supongo que no, pero quiero pensar que sí. No podré ir a nadar tanto como me apetecería porque la piscina está cerrada algunos días señalados en rojo en el calendario. Tampoco tengo ni academia de inglés ni de francés (aunque no sé para qué voy ya que parece ser que no se me valora, o quizá es que también debería hablar ruso, armenio y tamil para poder trabajar). Estos días como siempre serán diferentes, pero también serán iguales a todos los anteriores y a los que tienen que venir.

No sé si estoy de vacaciones o no. Total llevo desde septiembre, por empezar a contar en un mes tradicionalmente amargo para quienes trabajan o estudian por suponer la vuelta a la vida normal después del deseado verano, en unas vacaciones especiales en las que todos los días son igual de mierda que el anterior pero algo menos que el siguiente. Dudo de todo. Dudo del paso del tiempo. Dudo de que el tiempo pueda poner a cada uno en el sitio que merezca. Dudo de que exista el tiempo. No sé qué coño estoy escribiendo hoy. Parezco Dalí o Buñuel soñando (pretencioso por mi parte compararme con estos dos genios). Creo que me he pasado con el turrón del duro, no comiéndomelo sino dándome golpes con él en la cabeza. En definitiva: ¿Cuentas estas Navidades como vacaciones, sí o no? No lo sé todavía. Y dudo mucho de que lo averigüe. De todas formas supongo que lo que toca es decir también ¡Feliz Navidad!

Caronte.

martes, 22 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (LXII)

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(Viene de la entrada anterio.)

Se hizo el silencio entre ambos, mientras los dos se encerraban en sus pensamientos momentáneamente para reordenarlos quizá, o simplemente para asimilar todo lo que se habían dicho hasta el momento.

– Es el último día del año y esto parece un funeral. ¿Qué habéis estado haciendo en Viena desde que llegasteis? ¿Habrás enseñado la ciudad a Anna, no? – Rompió Alberto el silencio.
– Sí. Ayer por la tarde estuvimos dando una vuelta por el Ring y por el barrio judío. Esta mañana hemos ido a Belvedere y luego hemos comido por el Stadpark. – Contestó sin muchas ganas él.
– No está mal. Pero vamos, si vengo yo a pasar unos días en fin de año con mi chica a Viena visito lo justo. Me pasaría todo el día con ella en el hotel dándole al tema. – Replicó Alberto sonriendo como si lo que acababa de decir fuera algo normal.
– Ya. Propio de ti.
– ¿No me estarás llamando degenerado? – Preguntó sarcásticamente Alberto.
– ¿Yo? – Respondió haciéndose el indignado él. – Cómo es posible que me creas capaz de acusarte de semejante calumnia. – Insistió irónicamente.
– Por ser capaz lo eres. De eso y mucho más. – Termino de decir riendo.
– Por cierto, ¿cómo te va en el Cuerpo Diplomático? – Quiso saber él demostrando verdadero interés.
– Pues la verdad es que bastante bien. Ya tengo categoría de secretario de segunda y mis jefes aquí en Viena, incluyendo al embajador, son bastante amables y velan porque los nuevos como yo vayamos aprendiendo poco a poco y ascendiendo en el escalafón. – Dijo Alberto complacido porque él le preguntara por su trabajo.
– ¡Cómo los toreros! – Exclamó él exagerando ficticiamente su sorpresa.
– Exactamente. Dentro de poco podré torear ya en plazas de primera categoría de verdad. – Dijo Alberto siguiendo con el símil torero.
– ¿Viena no es de primera categoría? – Preguntó de nuevo él ahora sí sorprendido.
– En teoría sí. Es decir es un destino clase A, pero es de segunda línea. Es un destino al que básicamente se manda a un embajador que lleva ya muchos años de servicio a que se termine por retirar aquí.
– Pues menudo retiro dorado. – Dijo él arqueando las cejas y mirando a su alrededor como si así abarcara lo que es Viena en sí.
– Ya. Por eso es un destino clase A, por ser Viena. Pero trabajo, lo que se dice trabajo diplomático no hay mucho. Lo único que hacemos en la embajada es tener constancia de los españoles que residen y trabajan en Austria y de los turistas que de vez en cuando tienen algún problema, menos siempre.
– Entonces estarás cómodo, ¿no? – Preguntó de nuevo él.
– Sí, claro. Lo que pasa es que me gustaría ir destinado a una legación diplomática algo más difícil en el más amplio significado de la palabra.
– Ya, claro. Vamos que cambiabas Viena por Teherán, ¿no? – Dijo él sorprendido por la respuesta anterior de su ex compañero.
– Pues aunque no te lo creas, porque no te lo vas a creer, sí. En lugares como Teherán se aprende mucho más y se ganan muchos más galones. Pero no creas que me estoy quejando por estar en Viena. De hecho estoy mucho mejor que en mi anterior destino.
– ¿Era Lituania no?
– No. Estuve destinado tres años en Riga.
– ¿Estonia?
– Qué patada a la geografía mundial acabas de dar. ¡Madre mía!
– ¿Qué pasa?
– ¿Riga de qué país es capital?
– Por la pregunta deduzco que no es de Estonia, ¿verdad?
– ¡Que hábil!
– Pues entonces será la capital de Letonia.
– Estás hecho un fiera en geografía, ¿eh? – Terminó diciendo Alberto después de esta demostración desastrosa de conocimientos geográficos por parte de su antiguo compañero de universidad.
– Las repúblicas bálticas siempre se me han dado muy mal. Nunca acertaba con sus capitales. Las he mezclado toda mi vida. – Reconoció él a regañadientes y un poco avergonzado. – Pero quien les mandaría independizarse de la madre patria Rusia. – Añadió irónicamente para matizar su error en geografía.
– Seguro. – Replicó Alberto para picarle un poco. Tras lo cual bebió otro poco del café irlandés que tenía delante y que olía como si de un whisky solo se tratara.
– ¿Por qué estás mejor aquí que en Riga? – Preguntó él de nuevo.
– Pues porque allí el embajador era un mamarracho de campeonato. Un imbécil integral. De esas personas de las que piensas “cómo es posible que puedas seguir viviendo si eres un inútil”. Era un negado, además de maleducado y sinvergüenza. Pero claro no es de extrañar ya que no era diplomático. Fue uno de esos nombramientos que nuestro muy noble y leal gobierno se comprometió a no hacer pero que a la primera de cambio y pensando que en Riga no se iba a notar, hicieron. – Respondió Alberto sin pelos en la lengua.
– Si te escucharan en el cuerpo diplomático...
– Pues estarías más que de acuerdo conmigo. No se puede nombrar como embajador a un político necio y miserable que lo único que quiere es tener un retro dorado después de haber estado en España cobrando por la cara y sin pegar un palo al agua. Si por lo menos se hubiera comportado con humildad reconociendo que él no era diplomático de carrera sino simplemente una designación política, en lugar de creerse el rey del mambo y tratar a todos los empleados de la embajada como si fuéramos sus sirvientes.
– ¿Y no se puede quejar uno? – Preguntó él de manera un poco incrédula.
– Cuando se trata de un nombramiento político y no diplomático es mejor callar, a no ser que se haga una queja conjunta por parte de todos los trabajadores de le embajada. Pero no se hizo. Cosa que también entiendo. Lo único bueno es que sólo fue nombrado a dedo, es decir sin mérito alguno, el embajador. El resto de los trabajadores de la legación diplomática eran funcionarios de carrera, algunos brillantes que vacilaban al embajador como querían, dejándole en varias ocasiones bastante mal, incluso en público. Fue duro el trato y los tres años allí, pero también hubo momentos de risas y de pensar “te lo tienes bien merecido pedazo de cabrón”. – Dijo Alberto desahogándose.
– ¿Y qué paso al final con ese “embajador”? – Dijo él haciendo el gesto de entrecomillado con sus manos al pronunciar la palabra embajador.
– Está en la cárcel por conducir borracho a más de doscientos kilómetros por hora y matar a una persona que conducía otro coche con el que se chocó en un accidente. – Contestó Alberto con total normalidad sonriendo ampliamente, como si la respuesta que acababa de dar le satisficiera enormemente.
– ¡Joder! – Exclamó él totalmente sorprendido por ese final tan drástico.
– Cada uno al final acaba donde se merece por los actos que comete. Nadie se va impune de esta vida, créeme. – Sentenció Alberto volviendo a tomar su taza de café y dando otro largo sorbo.
– No estoy totalmente seguro de eso. – Dijo a su vez él pero de manera mucho menos segura y contundente que Alberto, pensando quizá en algunos actos que él había cometido, y otros que había sufrido y que se habían saldado sin consecuencias para aquellas personas que los habían cometido.

Silencio otra vez. Como si fuera el telón de un teatro que cae después de cada uno de los actos de una obra dramática para marcar una tensión que se puede palpar y para preparar el público, en vilo por el qué pasará a continuación, para el desenlace de la obra en el que los actores demostrarán su valía y pasión interpretativa.

– Alberto, ¿te puedo hacer una pregunta? – Volvió a romper el hielo él.
– Sí claro. Salvo si se trata de saber cuáles son mis preferencias sexuales o si quiero hacer un trío contigo y con Anna, a lo que te respondería que no porque no me atraes lo más mínimo. – Dijo Alberto volviendo a mostrar un sentido del humor muy particular.
– Pierde cuidado, no era eso. – Contestó él sonriendo. – Solo quiero saber si sigues teniendo contacto con la gente de la universidad.
– Sí. – Fue escueto Alberto contestando.
– ¿Guardas amigos de la facultad? – Volvió a preguntar él cambiando ligeramente la pregunta de antes para hacerla algo más personal y darla más sentido.
– De la revista sobre todo. – Contestó de nuevo Alberto algo serio sabiendo por dónde podrían ir los tiros.
– Erais un grupo muy agradable. Fue un error meterme en la revista de la facultad tan tarde, durante mi último año. Si lo hubiera hecho no estaría en esta situación. – Dijo él en un tono oscuro, lastimero casi, muy melancólico.
– ¿En qué situación? – Dijo Alberto sin saber muy bien a qué se refería exactamente.
– Alberto, por suerte o por desgracia, eres la única persona que guardo de aquella época de mi vida y no siempre te he tratado bien.
– ¿A qué vienen eso ahora? Hace apenas unos años que nos hemos vuelto a ver. No me has tratado ni bien ni mal, simplemente por circunstancias personales de cada uno seguimos caminos diferentes. Yo en la revista de la facultad llevaba mucho más tiempo que tú, solo coincidimos un año. Me caíste bien y supongo que yo a ti también, aunque esto lo pongo más en duda. No es broma. Pero teníamos círculos de amigos diferentes.
– Ya. Lo que pasa es que ahora yo no tengo amigo alguno y al único que veo de aquella época es a ti. Tú has sabido mantener tu círculo de amigos de aquella época y yo los he perdido. – Siguió él usando ese tono nostálgico.
– Una amistad no es cosa de una sola persona. – Le dijo Alberto con seriedad viendo como su antiguo compañero de universidad se hundía en sus recuerdos.
– No eres el primero que me lo dice. – Confesó él.
– ¿Anna también te ha dicho lo mismo? – Adivinó Alberto.
– Sí. – Corroboró él.
– Chica lista, no sé qué hace contigo. – Bromeó Alberto sonriendo irónicamente.
– Yo tampoco. – Añadió él serio.
– Estaba bromeando hombre. Disfruta el momento y lo que estás viviendo en Viena. – Dijo Alberto al mismo tiempo que le daba un golpe en el hombro para animarlo un poco y sacarlo de ese ensimismamiento melancólico en el que se hallaba.
– Pienso mucho en aquella época. Cuando estaba en la revista. Me lo pasaba bien en aquellas reuniones apresuradas sin orden ni concierto en la que cada uno llegaba a una hora y se iba a otra. – Siguió diciendo él como si los comentarios que intercalaba Alberto no le afectaran a la argumentación.
– Sí. Era un descontrol total y absoluto. Todavía no me explico cómo sacábamos adelante la revista. – Corroboró Alberto.
– Estoy completamente de acuerdo. Ese descontrol me gustaba. Ir de vez en cuando al cuartucho de la asociación para ver cómo iba la revista me daba la vida. Y más en ese último curso de la carrera en el que los que se suponían mis amigos pasaban de absolutamente todo, y lo  único que llenaba sus miserables vidas, lo de miserable lo añado ahora, era el proyecto final de carrera.
– Ya.
– Debería haberme dado cuenta de qué amigos tenía entonces. Vosotros erais mucho más agradables y compartíais más conmigo que ellos. No sabes lo que me arrepiento de haber perdido el contacto con vosotros, intencionadamente porque os consideraba una especie de secta. – Dijo él hablando ahora en un tono más sincero que nostálgico.
– Hombre es que lo éramos. Hacíamos rituales satánicos los viernes por la tarde en los laboratorios de la facultad y alguna que otra orgía iniciática también caía, estas regadas con buena sangría reserva del ‘93. – Comentó Alberto de manera muy irónica y sarcástica interrumpiéndole.
– No. Estoy hablando en serio Alberto. Si no me metí antes en la asociación de la revista es porque consideraba que esas asociaciones de estudiantes eran una especie de perversión a las que iban solo los estudiantes vagos. – Volvió él al asunto del que estaba hablando.
– Vagos y maleantes, no lo olvides. – Apostilló Alberto.
– Sí podría haberlo dicho así. Pero es la verdad. Pero nada de eso era así. Todo lo contrario, creo que vosotros erais los únicos que disfrutabais de la universidad y vuestro paso por ella. Mis amigos lo único que hacían era estudiar, matarse a hacer el proyecto, o trabajos, o a adelantar temario, cosa absurda donde la haya, y la vida social la dejaban para cuando tenían un momento. Eran unos necios. Ahora lo veo claro. – Parecía que iba a decir algo más, sin embargo calló y se quedó mirando a Albert.
– No puedes estar siempre pensando en ese pasado porque dejas de vivir el presente. A lo largo de la vida, uno comente sobre todo errores. Los aciertos son mínimos y de ellos nunca nos damos cuenta ni los valoramos. – Argumentó Alberto al ver que él no iba a añadir nada más.
– Si me pongo a pensar creo que no he acertado nunca con ninguna decisión.
– ¿Tampoco trabajando donde trabajas? – Preguntó incisivamente Alberto.
– Eso no tiene nada que ver Alberto. – Se excusó él.
– ¿A no? ¿Entonces por qué no trabajas de lo que estudiaste? ¿No trabajas en algo que te gusta más?
– Sí pero en el fondo no fue una decisión propia tomada por mí de manera independiente. Los hechos hicieron que la tomara.
– Ni tú sabes lo que quieres decir. No justifiques tus malas decisiones y las hagas únicas usando argumentos tan imbéciles. Si a día de hoy trabajas como editor en una de las editoriales independientes, no de esas comerciales que pretender vender libros más que sacar a la luz calidad, más importantes de España es porque tú decidiste dejar de trabajar de aquello para lo que te formaste. ¿O me equivoco?
– No, pero...
– No pero qué. – Dijo Alberto en un tono firme y elevado, que podría haber sido escuchado por cualquier parroquiano que hubiera habido en el Café Central, pero por ser ya las horas y la fecha que eran nadie más que los camareros oyeron. Él no respondió lo que Alberto aprovechó para seguir diciendo: – No te das cuenta de que trabajas en algo que tú has decidido trabajar y en lo que estás mucho más a gusto y feliz. Tú tomaste esa decisión acertada. Que no la quieras ver es otro problema.
– Si lo veo. – Dijo él como si fuera un niño reprendido por su madre.
– Los cojones, y perdón por la expresión. – Apuntó Alberto inmediatamente.
– Solo digo que a nivel personal todas las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida me han llevado a la soledad, a no tener ningún amigo, a no haber tenido nunca pareja, a vivir solo, a salir solo y a estar solo. – Intentó excusarse y explicarse él.
– Las decisiones que afectan a los sentimientos hacia otras personas son las más difíciles de tomar y son en las que más se falla. Tú y toda la humanidad. No te comas la cabeza. No merece la pena. Además me tienes a mí. Solo del todo no estás.
– Nunca te he tratado como te merecías. – Volvió a decir él como si estuviera a punto de ser conducido a la cruz para ser crucificado en la plaza pública.
– No importa el pasado sino lo que queda por venir. Se pueden remediar las cosas si es que crees que hay algo que remediar. Por mi parte no hay nada que arreglar. De hecho estoy aquí tomándome un café contigo después de haber intentado encontrarte en tu hotel y no estar.
– Tendría que haber sido yo el que tendría que haberte llamado para quedar en Viena para agradecerte todo lo que has hecho. – Volvió a decir él.
– No voy a ser condescendiente contigo. Tienes razón. Deberías haberme llamado. Pero eso ya da igual. Me apetecía verte, a ti y a tu acompañante, y he hecho lo posible, moviendo mis hilos para hacerlo. El resto da igual. – Explicó Alberto hablando claro y directamente, sin dar rodeos y sin mostrase molesto o enfadado.
– A ti te da igual. A mí no. – Replicó él de nuevo.
– Pues deberías empezar a asumir que tu opinión es tuya y que lo que otros opinen también es válido. 

Caronte.

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