domingo, 20 de diciembre de 2015

Someto votemos

Me he permitido el lujo de titular el presente artículo con un palíndromo (búsquese en el diccionario qué es tal cosa si no se sabe ya que no tengo yo tiempo para hacerlo aquí) sacado de un capítulo de Los Simpsons que los fans de la serie sabrán ubicar correctamente en el marasmo de capítulos que la componen. No es que el título del artículo vaya a tener mucho que ver con lo que en él voy a tratar, pero como en el fondo de elecciones se tratan me ha parecido gracioso, sino irónico emplear una frivolidad como esta como título del artículo. La verdad no sé para qué estoy justificando el título del artículo cuando si lo pongo que para llamar la atención de los posibles lectores, esas personas que malgastarán su tiempo intentando encontrar en estas líneas alguna palabra con mala leche, con doble sentido o destinada a meter cizaña. Espero no defraudar a quien lo lea, pero vamos ya indico que el artículo va a ser un poco aburrido por cuanto todo lo que en él voy a decir son puramente opiniones personales sobre la actualidad española.

Las elecciones generales han llegado. Por fin. Mariano Rajoy, nuestro excelentísimo presidente (nótese por favor aquí un tono de burla exagerado), quiso impedirlas. Si por él fuera no hubiera habido elecciones. No hay que olvidar que la derecha, sobre todo la derecha cavernosa, de la que nuestro presidente es uno de los máximos exponentes, está más acostumbrada a que no se celebren elecciones y a gobernar continuamente sin que nadie se atreva a toserla. Pero por suerte, o por desgracia según se mire, vivimos en democracia, una democracia todavía en pañales o imberbe, imperfecta a todas luces, pero democracia a fin de cuentas, cosa que a mucha gente, sobre todo a los más antiguos les fastidia. He dicho que por suerte o por desgracia vivimos en democracia; lo de por suerte es obvio, gracias a la sociedad española que peleó de manera estoica y admirable porque sus derechos se reconocieran y por la libertad en todos los ámbitos, podemos elegir libremente a quienes gobiernan los designios del país (¿o no? Eso es algo que nunca se sabrá); pero también he añadido lo de por desgracia porque ya dijo Churchill que la democracia es el peor sistema político posible, y yo añado que sí es cierto ya que mi voto, o el de un catedrático de lenguas romances vale lo mismo que el de un participante en Gran Hermano, y ahí lo dejo para interpretaciones individuales.

Como he dicho las elecciones están aquí. Este año son elecciones navideñas, hechas a traición en el momento en el que las empresas dan la paga a sus empleados, en el que el espíritu navideño nos hace ver las cosas siempre con más optimismo del que realmente debería ser, cosa que no está nada mal, pero que obviamente propicia que todo se vea con ojos diferentes y esto puede influir de manera desastrosa en las elecciones generales. Aviso aquí que sin pedir el voto para nadie en este artículo, sí que voy a pedir no votar al PP, esa panda de ladrones, sinvergüenzas, cínicos, hipócritas, demagogos, mentirosos, corruptos, indecentes, miserables y cara duras que arruinaron al país en su día aunque hay quien se cree que fue Zapatero el que lo hizo (esto daría para un artículo completo que algún día escribiré, porque que yo sepa una burbuja inmobiliaria no se crea en dos años y no fue el gobierno socialista el que infló haciendo que se construyeran más pisos en España que en Francia, Alemania y Reino Unido juntos, pero no voy a entrar en más detalles) . O dicho de otra manera pido botar al PP, sin más.

Por primera vez en la historia de España cuatro serán los partidos políticos con una importante representación parlamentaria en el próximo Congreso de los Diputados. Las elecciones de este año son cruciales para lo que queremos que sea España de aquí a los próximos diez años y para intentar enmendar todo el daño acumulado en los últimos ocho años de gobiernos del PP y del PSOE (aquí sí que meto al PSOE como culpable del estado de ruina en el que se encuentra el país). Y digo que son cuatro las opciones que los españoles tienen para ir a votar a las urnas porque es así. Habrá quien diga que hay más opciones, a lo que yo respondo que sí, que claro que hay más opciones, pero por ejemplo Izquierda Unida para mí no es una opción con posibilidades, ni por supuesto UPyD; ni siquiera meto a los nacionalistas que creo que están siempre sobredimensionados en su representación en el congreso. Sólo son cuatro las opciones con posibilidades para poder hacer algo importante la próxima legislatura. Paso ahora a hablar un poco de cada una en orden de relevancia objetiva.

Por un lado tenemos al PP. Ese gran partido patriótico, único defensor de la unidad española y de la indisolubilidad de la identidad nacional que gracias a su inactividad política, a su flagrante impotencia y absoluta inutilidad para gobernar, dialogar o simplemente hacer política está consiguiendo que España esté a punto de romperse (en este asunto, el de Cataluña claro está, Rajoy debería compartir premio al político más inútil con Artur Mas, es imposible destacar a un sobre el otro; no sé si son así de incompetentes o se entrenan para superarse cada día que pasa) y de irse a pique socialmente. El PP es ese partido al que si se vota se estará dando alas para hacer lo que le venga en gana, sin escuchar a nadie, salvo a los mercados financieros, a la prima de riesgo y a Angela Merkel. El PP es el partido del finiquito en diferido de Bárcenas, del caso Gürtel, de las sedes partidistas pagadas con dinero negro, el de los sobre sueldos en sobres con dinero negro, el de la ley mordaza, el de Esperanza Aguirre (este argumento por sí solo debería bastar para sentir verdadera repulsa por votar al PP), el que no quiere que acabe ETA para poder seguir usándola electoralmente, el de la reforma laboral, el de la pobreza infantil, el de los trabajos con sueldos de 800 € por diez horas diarias a los que se llama trabajo de calidad. Este es el PP que se presenta a estas elecciones, pero nos dirán, ellos y desde los medios de comunicación de la caverna fachosa, que es el partido de la recuperación económica, sí la recuperación de sus amiguetes. No sigo porque no merecen mucho más.

Como partenaire de lujo el PP está el PSOE. Dos partidos que son tal para cual. Es una especie de Pimpinela. No pueden vivir el uno sin el otro. Y bien que vivían hasta ahora favoreciéndose constantemente haciendo leyes que les perpetuaban en el poder sabiendo que antes o después se alternarían en la Moncloa y los diferentes Ministerios, desde los que luego saltar a las empresas a las que hubieran hecho favores. El PSOE hace tiempo que dejó de ser un partido de izquierdas, ni tan siquiera es ahora ya socialdemócrata. El PSOE es un partido veleta que según como sople el viento propone. Gobierna para minorías que piensa mayoritarias. Así no se gobierna, así lo que se hace es generar guetos sociales, castas involuntarias que por desgracia vivirán siempre señaladas como gente que vive y chupa de las ubres de Mamá Estado. Hay que gobernar para todos, para todos y cada uno de los ciudadanos de este país, sin dejar a un lado a aquellas personas que más han sufrido tanto por origen social como por discriminaciones sociales. Pero hace tiempo que el PSOE perdió esa manera de hacer las cosas, ya no sabe cómo lograrlo. Es penoso ver a Pedro Sánchez dar gritos en un mitin como si estuviéramos en los primeros años ochenta reclamando sentirse orgulloso por ser del PSOE y votar al PSOE. Ese PSOE que debería haber dejado de gobernar y haber convocado elecciones cuando Europa exigió recortar en sanidad y educación y pensiones pero que se aferró al poder como le ocurre en Andalucía, el verdadero cáncer del PSOE (los ERES, los fraudes de los cursos de formación, etc.). Yo votaba al PSOE pero hace tiempo que no lo hago porque me siento defraudado.

Toca ahora hablar de Podemos: ese partido comunista radical que allí donde gobierna ha instalado la dictadura del proletariado y convertido dicha ciudad en un sóviet, una entidad dependiente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o lo que es peor de la Dictadura Venezolana que celebra elecciones libres en las que la oposición arrasa. Ah, no espera, que gobierna en Madrid, Valencia, Zaragoza, Barcelona y La Coruña y creo que no van tan mal como algunos políticos y periodistas, usuarios de cremas contra las almorranas desde el pasado mes de mayo, llevan vendiendo meses. Pablo Iglesias es un iluso, vive en un mundo irreal, un mundo utópico que por desgracia no podemos conseguir porque muchas de las cosas que propone están fuera del radio de acción no ya del gobierno de España, por ser competencias de Bruselas y de la UE, sino algunas incluso fuera también de ese radio de acción europeo. Vive en los mundos de yupi. Pero también digo que es mejor vivir en los mundos de yupi, que detrás de un plasma o siguiendo la dirección reinante de los vientos que cada semana soplen en la sociedad. Ni Podemos, ni Pablo Iglesias son la solución para lo que a este país le pasa, pero sí pueden ser un soplo de aire fresco en una clase política y en unas instituciones que llevan cerradas haciendo que se vicie y corrompa el aire cuarenta años. Además prefiero la ilusión de la gente sencilla y normal con la que me puedo reconocer, que la resignación de aquellos que viven bien resignados porque para ellos nada cambia por seguir tal y como siempre ha estado. El único error que han cometido ha sido no juntarse con IU, ya que en el fondo comparten prácticamente todo.

Por último tengo que hablar de Ciudadanos, aunque creo que lo más adecuado sería que hablara de Albert Rivera, porque el partido naranja es únicamente este joven. No creo que haya nadie en este país, nadie normal digo, que pueda nombrar a cinco personas relevantes de Ciudadanos, que no sean Albert Rivera ojo. Yo solo sé nombrar a los que hay en Madrid, a los líderes en Ayuntamiento y Comunidad, pero nada más. Hay quien pueda decir que esto no es un problema, pero yo digo todo lo contrario. Un partido que gira única y exclusivamente alrededor de una persona, y en el que el resto de sus representantes se hacen caquita al oír hablar de él, me da bastante repelús, por no decir miedo. Los partidos personalistas es lo que tienen, deben comprar a su líder. No voy a negar que en su día Albert Rivera me cayera bien, sobre todo cuando solo daba por saco en Cataluña. Pero ahora que lo tenemos más en Madrid que al propio Rajoy, le he cogido una tirria que no puedo con ella. Rivera es un charlatán, un vende aspiradores, un testigo de Jehová, un pesado de tertulia y un producto muy bonito para ser comprado, pero que luego te das cuenta que no tiene nada de innovador que es la razón por la que lo compraste. Ciudadanos en sí no es un mal partido, es más ilusiona tanto como puede hacerlo Podemos, pero Rivera no es Iglesias, ambos están muy lejos de lo que yo quiero para presidente de España, pero cada vez que veo a Rivera en la tele, posando como si de un modelo de pasarla se tratara y haciéndose el moderno y el ciudadano, cuando no ha pasado penurias en su vida, me toca mucho las narices.

Pero hay que elegir entre uno de estos cuatro. Sinceramente me da un poco igual a quien vote le gente. Yo no tengo que hacer campaña por ninguno de los cuatro, gracias al cielo. No me gusta mentir, y a pesar de que me encanta la política por lo que tiene de trabajo por tus compatriotas y conciudadanos, no podría ser político por esa misma razón. La política es mentira desde el principio, es hipocresía, demagogia y cinismo, no digo que no pudiera ser bueno en ello pero no me sería yo del todo. Pero a pesar de que no voy a hacer campaña a favor de ningún partido, sí que voy a pedir echar al PP del gobierno, o al menos impedir que pueda gobernar cómodamente. Es casi imposible que Rajoy no vuelva a ser presidente, demasiada inercia económica lleva el PP como para no ganar y gobernar con legitimidad. Sólo espero que tenga que buscar el apoyo de al menos otros dos partido para poder gobernar, para poder aprobar leyes.

Esta va a ser la legislatura del cambio. Ya no va a haber dos partidos mayoritarios en los que encuadrar a la gente. Ya no hay únicamente dos corrales en los que agrupar el ganado ovino y bovino de este país. Hay más opciones, y a pesar de que algunos, desde PSOE y PP, solo saben hablar de que se necesita estabilidad porque si no de lo contrario entraríamos casi en barrena, eso no es verdad. Que haya un parlamente con cuatro partidos fuertes implicará diálogo, ese que hubo en la Transición y que tanto alaban desde los partidos tradicionalistas cuando les conviene. Diálogo y pactos. Los pactos serán muy importantes ya que permitirán mejorar todas y cada una de las leyes que se puedan aprobar. Por eso en necesario hoy más que nunca ir a votar en las elecciones participar. Decirles a los políticos de siempre, a esos que llevan agarrados a un sillón cobrando un sueldo público que es a los ciudadanos a los que deben rendir cuentas, y a nadie más. Y por eso debemos ser los ciudadanos españoles los que debemos hablar y hacerles saber que nada de lo que hacen para bien o para mal quedará impune.

Aún así, a pesar de que considero que es muy importante ir a votar, sé que en esta ocasión más que nunca va a ser muy complicado decidir el voto. Yo mismo he estado indeciso hasta esta última semana. A mí me sobran las campañas electorales, es más me aburren soberanamente, deberían prohibirlas por ley, pero la verdad es que en esta ocasión sí me han servido para saber, más que a quién votar, a quién no hacerlo. He estado dudando entre tres partidos políticos (adivinad a cual no iba a votar desde el principio, no creo que sea difícil), pero viendo sus intervenciones en mítines, en los debates en la televisión y las opiniones de ciertos periodistas contra o a favor de ciertos candidatos, he terminado por saber qué papeletas introducir en las urnas de Congreso y Senado, aunque la de esta última institución no sé si la terminaré de meter. Sé que a quien voy a votar no concuerda con todo aquello que quiero para mi país y para el futuro, pero son los que más se acercan, aunque haya cosas que ni de lejos comparta con ellos.

Estas son unas elecciones cruciales. Esto es así. Después de ellas nada será igual. Se obligará a los políticos, sobre todo a PP y PSOE a meterse de lleno en el siglo XXI de la política donde los pactos y el diálogo sustituirán al compadreo, los sobres en “B”, los favores políticos y la indecencia y la ignorancia de los votantes. Espero que no vuelva a haber nunca mayorías absolutas, que sí que son una dictadura, aunque se vista de democracia. Yo iré a votar por la tarde. No soy de urna madrugadora. Prefiero votar por la tarde después de haber visto la tele, leído un poco y haber pasado el día tranquilo. Pero iré a votar y pido a todo aquel que lea este artículo que haga lo mismo: que vaya a votar, que ejerza su derecho a elegir a sus representantes. Me da igual a quien se vote, lo digo en serio, incluso al PP, no es problema mío que alguien decida meter una papeleta con sus siglas en una urna electoral sino de quien lo haga. Pero hay que ir a votar. Luego no nos podremos quejar si no votamos, aunque sea solo por eso: por poderse quejar luego por gusto, como buen deporte nacional español. Por eso digo hoy someto votemos.

Caronte.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (LXI)

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(Viene de la entrada anterior.)

Tras cerrar la puerta, Anna se quedó pensando durante unos minutos en la conversación y el encuentro que acababa de tener con Alberto. Éste le dio una buena impresión, parecía un hombre afable, cordial, que juzgaba a las personas por cómo se portaban con él y no por cómo parecían ser en general. Tampoco sabía Anna porqué había sacado esa impresión si la breve conversación que habían tenido no había sido tan intensa como para sacar dichas conclusiones. Sin embargo eso era lo que pensaba. Además también se sentía extraña; no obstante Alberto era la primera persona del pasado de él que había conocido y con la que había tratado después de haberle escuchado a él hablar sobre Alberto y la relación que en su día tuvieron en la universidad. Ese vínculo temporal que unía a la persona con la que acababa de hablar y a la persona con la que estaba en Viena y con la que llevaba saliendo unos dos años la hacía sentirse como un elemento intermedio, un eslabón de una cadena que ya estaba forjada antes de ser incorporado a la misma y por esa misma razón podría ser eliminado en cualquier momento.

No siguió dando muchas más vueltas al encuentro con Alberto. Volvió a pensar en él ahora y en que no sabía dónde estaba ni qué estaba haciendo ni qué estaba pensando. Pero ella no podía perder más tiempo pensado en él, tenía que prepararse para la cena de fin de año y la fiesta. Todavía no sabía muy bien qué iba a ponerse, por ello había llevado a Viena dos vestidos aparentemente semejantes, o eso es lo que un hombre pensaría a simple vista, pero que en realidad eran totalmente opuestos, con la esperanza de que él la ayudara a decidirse por uno de ellos. Ahora, en la situación que se había encontrado después del sueño reparador que se había echado, iba a ser ella la que decidiera, y a pesar de que en un primer momento Anna pensó que su ausencia la iba a afectar más, se encontraba ahora muy tranquila y despreocupaba: “si no está, él se lo pierde” dijo en voz alta en mitad de la habitación a medida que se desnudaba para meterse en el cuarto baño para ducharse.

Él seguía absorto mirando por la ventana del Café Central o dándole vueltas a un café que ya estaba más que mareado y que no había probado todavía. Mientras tanto Alberto lo vio allí sentado y se dirigió hacia él. Aprovechó que él no se estaba dando cuenta de nada para darle un susto o una sorpresa, eso siempre según como se mire o cómo se lo tome el afectado o damnificado si tira por la salida más tremendista. Antes de ir a la mesa donde estaba sentado él se acercó a la barra y pidió un café irlandés, “con más whisky que café si no le importa, Irlandés profundo como yo lo llamo” le dijo al camarero en un alemán más que correcto sin apenas acento extranjero y haciendo énfasis en el tono irónico que tanto le gustaba utilizar.

Alberto se le acercó por la espalda, como esos viejos espías de las novelas más clásicas del género que se citaban con sus dobles agentes o sus contactos en territorio enemigo en cafés de mala muerte (aunque el Central del Viena no era el caso) y se acercaban por la espalda, sigilosamente, casi encapuchados, vestidos con largas gabardinas oscuras para pasar inadvertidos en territorios comunistas en los que las luces del alumbrado público eran tan pobres como la propia población ahogada por un ideal iluso y ficticio que nadie que lo imponía lo cumplía, tocados con sombreros que a veces hacían las veces de paraguas cuando del cielo caían esas constantes y grises cortinas de agua que calaban hasta los huesos. Él seguía sin darse cuenta del mundo que había a su alrededor dentro del Café Central. Si hubiera ocurrido algún tipo de crimen, un asesinato con un bolígrafo pistola, un apuñalamiento encubierto tras un periódico, un envenenamiento por cianuro, y la policía hubiera requerido a los testigos que intentaran describir lo que había ocurrido, él no hubiera servido de mucha ayuda y hubiera pasado por un perturbado mental que deja correr las horas sin percatarse de lo que acontece a su alrededor.

– Este es un buen lugar para pasar el rato si no se tiene otro lugar mejor para estar. – Dijo Alberto sin ni siquiera presentarse, ni saludarle, ni nada por el estilo, simplemente apareciendo por detrás de él y quedándose mirándole desde las alturas, ya que Alberto estaba de pie y él sentado y algo desconcertado ante la presencia que acababa de aparecer a su lado.
– ¿Qué narices haces aquí? – Preguntó él al final después de salir de su asombro y reconocer en el rostro del hombre que tenía al lado y que le ocultaba parte de la visión del interior café.
– Es poco cortés por tu parte saludarme con una pregunta y encima en tono casi de reproche. Y además de todas maneras sería yo el que debería preguntarte lo mismo, teniendo en cuenta que en apenas un par de horas, sino algo menos, tienes una cena en el Sacher. – Dijo Alberto muy convincentemente.

Él se quedó callado. No supo que responder al argumento de Alberto. Le miró de arriba abajo observándole como si fuera la primera vez que le veía, de hecho era la primera vez que le veía en lo que parecían sus ropajes de faena o trabajo, y además en Viena, su destino diplomático.

– Tienes razón. No sé qué hago aquí. – Dijo al final él volviendo a mirar a su café.
– Si no te importa, y aunque te importe lo voy a hacer igual, me voy a sentar contigo. – Dijo Alberto mirándole de manera extraña, irónica quizá, pensó él a medida que le vía sentarse delante suyo en la mesa del Café Central
– Siéntate sí. – Añadió él casi resignado, aunque la verdad es que no sabía muy bien qué sentía al ver a su antiguo compañero de universidad, quizá su único amigo a día de hoy, delante de él en Viena.
– Ahora me van a traer un café irlandés.
– Vas a empezar bien la noche.
– No creo que estés en disposición de meterte conmigo habiendo dejado a un bellezón sola en una habitación del Sacher a pocas horas de tener que ir con ella a una cena de fin de año y a la posterior fiesta para la cual, y no es por tirarme flores, te conseguí un par de entradas. – Dijo Alberto sin ningún matiz de reproche en su voz, pero sí un deje irónico y sarcástico que no ocultaba del todo cierta reprimenda paternal.
– Si has venido a leerme la cartilla me pillas con un humor difícil. Además...
– El humor es el que has tenido siempre. – Le interrumpió Alberto.
– Además, ¿cómo sabes con quien estoy en Viena?
– Pues porque ya que tú has tenido tan a bien no llamarme desde que estás en Viena para saber de mí, decidí pasarme por el Hotel Sacher para hacerte una visita sorpresa. Visita que por cierto le he hecho a Anna, mujer que no te merece ni de lejos. – Dijo Alberto sin dejar su sarcasmo en el cajón y desplegando un arte dialéctico que siempre había tenido, sobre todo teñido de esa ironía tan fina y a la vez directa.
– ¿Has ido al Sacher? – Preguntó atónito él.
– Eso he dicho sí. – Respondió con calma Alberto.
– ¿Y has visto a Anna? – Volvió a insistir él.
– Sí, también. Por cierto una chica extraordinaria. Muy guapa. Para mojar pan. – Respondió de nuevo Alberto esbozando ahora una sonrisa en su cara.
– Ya. – Añadió él pensativo.
– Además hemos hablado un poco sobre ti.
– ¿Ah sí? – Preguntó él lleno de curiosidad.
– Sí. Todo malo lógicamente. De donde no hay no se puede sacar ya saber. – Volvió Alberto a sonreír, esta vez de manera maliciosa intencionadamente.
– Ya. Es lo que tiene ser de mi calaña. – Respondió ahora él sumándose al tono irónico de Alberto.
– ¡Qué desperdicio de mujer! – Suspiró Alberto mirando a su antiguo compañero de revista universitaria.
– Me alegro de verte Alberto. – Dijo él mirándole con total sinceridad.
– Yo también.
– Tenía que haberte llamado cuando llegamos a Viena. – Añadió él después de un pequeño silencio en el que ambos bebieron de sus respectivos cafés.
– No pasa nada. En un viaje de estas características en el que uno pone toda su concentración para que salga bien es normal pasar por alto cosas. – Dijo Alberto sabiendo que él había pedido perdón, a su manera, por su quizá falta de cortesía.
– Debí llamarte. Anna me lo ha dicho esta mañana. Siempre he sido un poco miserable en lo referente a los amigos. – Dijo él ahondando en ese mea culpa que estaba soltando.
– Todos tenemos nuestros defectos.
– No es justificación.
– Ya sé que tú te llevas la palma en cuanto a defectos y que yo soy todo virtudes, pero nadie es más culpable por eso. – Volvió Alberto al tono irónico para intentar sacar a su antiguo compañero de ese estado de melancolía en que parecía estar sumido.
– Siento no haberte llamado Alberto. Siento no haberte tenido como un amigo, cuando después de todo quizá seas lo más cercano a un amigo que a día de hoy tengo. – Dijo por fin él siendo más sincero de lo que nunca había sido y hablando como nunca había hablado a nadie, salvo a Anna en alguna ocasión.
– No tiene la menor importancia. – Dijo Alberto mirándole fijamente y viendo cómo él tras haberle mirado para pedirle perdón ahora había vuelto a dirigir su mirada hacia la ventana que había junto a su mesa y volvía a escrutar la noche vienesa. – Pero ya que estamos aquí y como todavía nos queda café a los dos, me gustaría saber ¿qué te pasa? ¿Por qué estás aquí? – Añadió.
– No lo sé Alberto. En la habitación con Anna después de hacer el amor me he sentido vacío. Vacío y perdido. Necesitaba tomar el aire, tomar distancia con todo lo que estoy viviendo aquí y pensar en ello.
– Pensar está bien, pero cuando no se está acostumbrado puede ser malo. – Dijo Alberto de manera intencionada para quitar gravedad a la conversación que parecía avecinarse.
– Llevo pensando toda mi vida Alberto. Si no sobre una cosa, sobre otra.
– Pues date una tregua. Estás de vacaciones, aprovéchalas. Yo por desgracia hoy he estado de servicio y me ha tocado estar pringando en la embajada hasta hace una hora. Y después de tomarme este café contigo me iré a mi casa, en la afueras de Viena, a pasar la noche y celebrar el fin de año solo. Tu por ejemplo tienes bastante mejor plan creo yo. Aparte de estar pasando en Viena con probablemente la chica más guapa que haya ahora mismo en la ciudad, y lo digo en serio y sin exagerar, aunque con los cracos que última mente hay en Viena eso no es mérito alguno, tienes pase para una de las fiestas más exclusivas y buscadas por la gente guapa de la ciudad y mañana ves el que probablemente sea el último concierto que dirija Georges Petre en su vida.
– A veces no es oro todo lo que reluce. – Dijo amargamente él.
– ¿Por qué lo dices? ¿No es cierto que Anna es una mujer con la que cualquier hombre querría estar? – Preguntó Alberto de manera inquisitiva casi.
– Sí.
– ¿Y no vas a ir a la fiesta del Sacher? ¿Y al concierto mañana?
– Sí, pero...
– ¿Pero qué? – Se le quedó mirando Alberto, esperando una respuesta.
– Tienes razón en todo. Pero a pesar de todo esto, a veces me siento solo en mi vida Alberto. Muchos son los errores que pesan sobre mi conciencia a día de hoy.
– Errores hemos cometido todos. La humanidad entera podría ser considerada un error por el Planeta. Nuestro presidente del gobierno podría ser considerado un error en sí mismo, por no hablar de los líderes de la oposición.
– No es lo mismo.
– Ya. Pero como dice el dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”.
– No tiene sentido que me lo digas. Eso es algo negativo.
– No tiene porqué. Yo nunca he considerado que ese refrán sea algo que denote algo negativo. Yo me lo aplico mucho. Si no podemos cambiar radicalmente nuestra situación a la velocidad que querríamos, solo queda consolarnos con que hay otros muchos tontos con nuestro problema. Así de simple. Por ejemplo: que no puedo follar a menudo, pues me aguanto o pago por ello, y me consuelo sabiendo que también habrá miles de hombres que tampoco mojarán el churro como yo. – Razonó Alberto.
– ¡Qué animal! ¿Dices esto también en la embajada? – Preguntó él extrañado y algo divertido ante el desparpajo y normalidad con la que Alberto había hablado.
– En petit comité sí. Delante de quien no debo no. – Rió Alberto.

Se hizo el silencio entre ambos, mientras los dos se encerraban en sus pensamientos momentáneamente para reordenarlos quizá, o simplemente para asimilar todo lo que se habían dicho hasta el momento.


Caronte.

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viernes, 11 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (LX)

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(Viene de la entrada anterior.)

Nada más salir él de la habitación del Sacher, Anna notó que algo raro pasada. No terminó por despertarse al instante, él ya se había cuidado bastante como para no hacer un ruido demasiado grande al cerrar la puerta. Sin embargo ella no duró mucho tiempo más dormida en la cama. Abrió los ojos con una pesadez extrema, como en esas mañanas de domingo de invierno en las que uno no tiene fuerzas para nada pero que por las obligaciones más rutinarias de la vida uno tiene que despertarse y levantarse de la cama. Miró a su alrededor todavía con los ojos entornados y no dándose cuenta realmente de mucho. Veía la habitación entre penumbras, a oscuras. Apenas un leve resplandor anaranjado se filtraba por entre las cortinas de seda de las ventanas. No notó que hubiera nadie en la habitación y eso la extrañó. Al notarse sola, algo que podría ser una sensación ilusoria según pensó ella, hizo que terminara por desperezarse del todo y abrir bien los ojos. Pero siguió sin ver a nadie.

Anna se incorporó en la cama y llamó por su nombre a su acompañante. Nadie respondió. “Quizá está en la ducha”, pensó ella, pero rápidamente se dio cuenta de que ni salía luz del baño ni se oía la ducha funcionar. Se levantó de la cama y se dio una vuelta por toda la habitación intentando descubrir algo que sabía que no iba a encontrar: él no estaba. Se sentó en uno de los sillones de la habitación y reparó que encima del escritorio había un papel escrito. Volvió a levantarse, se acercó a la mesa y cogió el papel con el membrete del hotel. Leyó la nota que él la había dejado y se dio cuenta de que algo iba mal. No entendía que teniendo una cena de fin de año en apenas un par de horas y luego una fiestas, actos ambos para los que los dos tenían que prepararse, se hubiera marchado “a dar una vuelta” como ponía en la nota. El “te quiero” lo leyó casi de pasada, molesta por el contenido de la nota y porque el silencio y la actitud que él había mantenido en el fondo durante todo el viaje la tenían totalmente desconcertada.

Sin saber muy bien qué hacer porque para mayor inri él no se había llevado el teléfono móvil, decidió resignarse y esperar a que volviera. Anna sabía que lo que él hiciera tampoco la tenía que preocupar demasiado. Sabía de sus cambios de humor y que él todavía tenía una herida muy grande en su alma, en sus recuerdos, que no había cicatrizado del todo y que ese viaje él lo había planeado como bálsamo curador de esa herida. Pero él se había encontrado con la realidad y ese viaje no estaba sirviendo para curar esa herida sino que la había abierto más y la había puesto en carne viva haciéndole recordar cosas que le causaban mucho dolor; cosas que a ella ni se le pasaba por la cabeza qué podrían ser.

Iba a empezar a preparase para la fiesta metiéndose en el baño para ducharse cuando empezó a sonar el teléfono de la habitación. Al descolgar escuchó al otro lado del auricular la voz de Rocío, la recepcionista del hotel. Anna preguntó que si pasaba algo grave ya que su compañero de habitación no estaba. Rocío dijo que no que el señor había salido hacía una media hora del hotel y que todavía no había vuelto. Entonces Rocío explicó a Anna la razón de la llamada, y era que había un hombre en recepción que había preguntado por el señor y en qué habitación se alojaba.

– Como mandan las normas del hotel lo primero que he hecho ha sido llamarla. – Explicó Rocío a Anna por teléfono.
– ¿Quién es? – Quiso saber Anna quien ya se olía quién podría ser.
– No me ha dado el nombre. Viene vestido con una gabardina larga, de esas que usaban los mafiosos o mejor dicho los hombres de negocios turbios. Dice que es amigo del señor. – Dijo Rocío.
– Pues ahora mismo no está en la habitación, eso ya lo sabes Rocío. – Replicó Anna.
– Ya. Por eso la estoy llamando.
– Pero no me trates de usted por favor, que no soy tan mayor mujer. – Pidió Anna.
– No podemos hacer eso discúlpeme. ¿Qué le digo al hombre este? – Añadió Rocío.
– Que suba. Pero avísale de que no va a encontrar a quien está buscando. – Respondió Anna sabiendo que quizá así ese hombre misterioso que no había querido dar su nombre, pero que ella casi podía imaginar, no subiría.
– De acuerdo.
– Gracias por avisar Rocío.
– De nada. Era mi obligación. – Concluyó Rocío y colgó interrumpiendo la comunicación con la habitación de Ann.

No pasaron ni cinco minutos cuando alguien llamó a la puerta de la habitación. Anna sabía quién era. Se acercó a la puerta y abrió sin ni siquiera preguntar para cerciorarse de que al menos era una voz masculina la que respondía desde el otro lado. Antes de abrir la puerta y descubrir el rostro del hombre misterioso y saber si el nombre que daba coincidía con el que ella ya tenía en la cabeza, se miró en el espejo del recibidor de la habitación, se retocó el pelo que estaba algo alborotado después de haber estado un rato durmiendo, se ajustó la bata que se había puesto al quedarse un poco destemplada y por fin se decidió a abrir.

Al abrir la puerta, Anna se dio de bruces con un hombre alto, más que ella y quizá algo más alto que su acompañante en ese viaje también. Durante unos segundos que muy probablemente a ambos se les hicieron eternos, se observaron mutuamente, quizá Anna lo hizo de manera más disimulada. Para su sorpresa Anna no descubrió a un hombre ajado por la edad o más bien por el trabajo que, si ese hombre era quien ella pensaba, le haría recaer sobre sus hombros bastantes responsabilidades. Ella se fijó en su rostro. Un rostro amable, fino, sin barba, ni bigote; todo lo contrario, un rostro afeitado, lustroso, ni moreno ni pálido y sin cicatrices. Los ojos eran marrones y mostraban también sorpresa al verla a ella abriendo la puerta de la habitación y descubriendo por primera vez sus rasgos, quizá alguna vez imaginados. También ella se fijó en su indumentaria, iba vestido muy formal, como si acabara de terminar algún encargo importante en su trabajo, no iba de ejecutivo pero tampoco de empleado autónomo, como la recepcionista le había dicho el hombre desconocido llevaba como abrigo una gabardina color crema pálida que le llegaba por debajo de la rodillas, demasiado poco elegante para el gusto de Anna. Sin embargo debajo de esa gabardina ya anacrónica aparecía un traje que parecía sacado de una novela de John Le Carré o Graham Greene, a juego además con un chaleco abotonado. Sin embargo no llevaba corbata, o no la llevaba puesta, pese a que la camisa blanca que llevaba estaba preparada para ella.

El hombre desconocido por su parte miró a Anna durante aquellos segundos de silencio y reconocimiento como si mirara una estatua en algún museo. Intentó no parecer demasiado descarado mirándola pero su belleza le impidió mostrarse frío y distante y desde el primer vistazo se dio cuenta de que esa mujer que tenía delante, pese a que muy probablemente la sacaría casi diez años era mucho más madura de lo que cualquier mujer de su edad sería. Al darse cuenta de que iba en bata, aunque debajo llevara una especie de camisa de raso, probablemente usada para dormir cómoda, se sintió un poco incómodo, como un intruso que llega en un momento poco adecuado e interrumpe algún ritual sagrado y secreto. Para evitar ponerse rojo decidió presentarse y así evitar que el silencio siguiera prolongándose en el tiempo.

– Hola. Perdone que la moleste. Supongo que la habrán avisado de recepción de que subía. Soy... – No pudo terminar la frase porque fue Anna la que sin saber muy bien por qué la terminó por él añadiendo su nombre y dejándole totalmente anonadado.
– Alberto, ¿verdad? Yo soy Anna.
– Sí. Eh... ¿Cómo lo sabe? – Preguntó él tras unos segundos de vacilación en los que se cara mostró tal sorpresa que Anna se vio en la obligación de darle una explicación.
– Me ha hablado de usted. – Dijo Anna sin pronunciar el nombre de su acompañante y compañero de habitación, suponiendo que Alberto sabría a quien se estaba refiriendo.
– ¡Ah! – Pareció aliviarse un poco Alberto.
– Siento haberle desconcertado. Pase si quiere. – Dijo muy amablemente Anna.
– No quiero quitarla mucho tiempo. – Dijo Alberto a medida que pasaba a la habitación justo al lado de Anna, tan cerca que pudo oler su perfume.
– No se preocupe. Por cierto, creo que tratarnos de usted está fuera de lugar. Así que si no te importa creo que es mejor tratarnos de tú. – Dijo Anna sonriendo a su invitado.
– Mejor. La verdad es que me incomoda tratar de usted a gente joven. – Dijo Alberto un poco incomodado por entrar en la habitación sin notar la presencia de su amigo y también aliviado por dejar de usar un tono tan formal.
– Si vienes buscando a tu compañero de universidad, siento decirte que no está. – Comentó Anna.
– ¿No? – Preguntó Alberto desconcertado.
– No. Yo me acabo de despertar de una pequeña siesta y me he encontrado la habitación vacía. No sé donde estará. Ha dejado una nota. – Dijo esto mientras se acercaba al escritorio de la habitación para mostrarle a Alberto la nota.
– Que explícito. – Comentó irónicamente Alberto tras leer la nota.
– Sí. La locuacidad de tu amigo es legendaria. – Siguió ella con el tono sarcástico.
– Pues entonces me voy a marchar. Venía simplemente a saludarle y a invitaros a tomar algo en mi casa mañana por la tarde.
– ¿No te ha llamado él?
– Recientemente no. Hablamos la última vez hace unos meses cuando le dije que le había conseguido entradas para el concierto de año nuevo y la fiesta de esta noche en el Sacher.
– Qué poca consideración, de verdad. Mira que se lo he dicho muchas veces. – Comentó Anna.
– No pasa nada. Él siempre ha sido parco en palabras, y más de este tipo. – Dijo Alberto mostrando un tono más que conciliador y quitando importancia al asunto.
– Sí pasa, sí. En cuanto a la invitación de ir a tomar algo a tu casa mañana está aceptada sin discusión. En cuanto vuelva se lo digo.
– Ya hablaré yo con él si no. – Dijo Alberto algo intimidado por la actitud tan decidida de ella.
– Si el que tendría que hablar contigo es él. Me ha hablado bastante desde que llegamos a Viena. Te tiene mucho aprecio y cariño aunque no lo quiera reconocer.
– Nos llevábamos bien en la universidad, aunque no estuviéramos en los mismos círculos de amistades. Luego perdimos un poco el contacto hasta que nos reencontramos en una feria del libro en algún país de Europa que ahora mismo no recuerdo muy bien. – Dijo Alberto repitiendo una historia que Anna conocía ya en parte.
– Sí. Eso me ha dicho él. Por cierto tú sabes qué le pasa, o qué le pasó en el pasado a nivel personal.
– No, ¿por qué? – Quiso saber Alberto.
– Pues porque desde que llegamos a Viena está como ausente no es el mismo que en Madrid. Te preguntaba porque le conoces desde hace más tiempo. – Respondió Anna.
– No la verdad es que no tengo ni idea. Cada vez que le he visto desde que nos reencontramos no hemos hablado demasiado del pasado de cada uno. – Replicó Alberto.
– Ojalá él hubiera estado aquí. Me hubiera gustado verle la cara viendo que aparecías por la puerta. – Dijo Anna entre divertida por imaginarse la cara de él e irónica.
– A mí también me hubiera gustado verle. – Dijo Alberto cayendo después en un silencio un poco incómodo. – Creo que me voy a ir, te tendrás que ir preparando para la cena de fin de año y la fiesta de después. – Añadió Alberto con la intención de despedirse.
– Sí. Me voy a tener que ir preparando a pesar de que este no haya vuelto todavía. Luego pretenderá que no me enfade. – Dijo Anna de una manera que Alberto no pudo saber si era en serio o en broma.
– Me parece muy extraño que se haya ido, o haya salido a dar una vuelta sabiendo el ajetreo de noche que os esperaba. – Dijo Alberto.
– Él sabrá. Me molesta que no se haya llevado ni el móvil y que no haya dejado por lo menos el nombre del lugar al que habrá ido a tomarse algo. Porque por cómo está la noche, que parece que se va a poner a nevar, pasear seguro que no está paseando. – Dijo Anna dirigiéndose delante de Alberto hacia la puerta.
– De hecho se ha puesto a nevar. – Dijo Alberto señalando ya casi desde la puerta de la habitación hacia la ventana.
– Mejor me lo pones. – Replicó Anna mirando hacia las ventanas con un brillo de ilusión y sorpresa en los ojos por la noticia que Alberto le había comunicado.
– ¿De verdad que no comentó nada así de pasada, sin darse cuenta, ningún lugar al que le hubiera gustado ir? A lo mejor aprovechando que te habías quedado dormida, y viendo que quizá todavía tenía una hora para hacer algo antes de prepararse para la cena ha decidido ir a algún lugar. – Divagó un poco Alberto.
– Pues no sé. No creo. – Empezó a decir Anna pensando. – Bueno, puede que comentara de ir a tomar un café antes de volver a la habitación, pero yo estaba muy cansada y le dije que prefería volver directamente.
– A lo mejor se ha ido a tomar ese café a alguna cafetería que conociera y le gustara. – Comentó Alberto.
– Pues mira ahora que lo dices a lo mejor tienes razón. Pero yo no conozco ninguna cafetería como para ir a buscarle o para pedir en recepción que llamen por si está él allí. – Dijo Anna intentado parecer molesta, pero sin conseguirlo según notó Alberto.
– Si es así, habrá ido a algún café con solera. Para esas cosas es muy tradicional o muy snob como se quiera mirar. – Comentó él mientras abría ya la puerta de la habitación.
– Pues espero que esa cafetería tenga un buen reloj en la pared para que se dé cuenta de qué hora es y vaya volviendo ya. – Dijo Anna sonriéndole y franqueándole el paso.
– Espero. Bueno ha sido un placer conocerte, aunque haya sido de esta forma tan poco formal. – Dicho esto Alberto le tendió la mano a Anna, se la tomó y se la llevó a los labios para besársela.
– Nunca me habían besado la mano. – Dijo Anna sonriendo y algo colorada por la vergüenza que ese gesto un tanto anacrónico la producía.
– Yo tampoco suelo hacerlo mucho salvo cuando el protocolo diplomático lo exige. Pero tenía ganas. Espero que nos podamos ver más. – Dijo Alberto colocándose la gabardina y metiéndose una mano en el bolsillo.
– Mañana nos veremos. Ya te llamará él ya sea por propia voluntad o bajo amenaza por mi parte. – Volvió Anna a usar ese tono irónico tan característico.
– Cierto, ya se me olvidada. Mañana nos veremos entonces supongo. Buenas noches y que paséis una buena salida y entrada de año. – Dijo para concluir Alberto que ya se había puesto en marcha por el pasillo del Sacher dirigiéndose hacia los ascensores de la planta.

Caronte.

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martes, 8 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (XLIX)

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(Viene de la entrada anterior.)

Salió de la habitación sin hacer ruido intentando cerrar la puerta con toda la delicadeza que pudo. Ya en la calle volvió a sentir ese frío intenso que llevaba golpeando Viena desde por la mañana. Ya la noche era prácticamente cerrada. La poca claridad que podría quedar por poniente quedaba totalmente anulada por el cielo cubierto que en todo el día había impedido ver el sol a los habitantes de Viena. Pero a pesar del frío glaciar se sentía bien. La presión en su pecho empezó a disminuir. La sensación de agobio, esa ansiedad que le hacía sentirse encerrado en su propio cuerpo estaba desapareciendo. La calle siempre había ejercido sobre él un efecto purificador muy importante. Los lugares cerrados después de mucho tiempo, o simplemente por aclimatación a los mismos, terminaban siempre generándole sensación de encierro. Muchas veces siendo joven, sobre todo en su periodo universitario, cuando llegaba el fin de semana sentía que su habitación se convertía en una celda de reclusión y cómo las paredes parecían cerrarse poco a poco sobre él haciendo que sintiera una sensación de vacío interior, de vértigo ante la vida que tenía por delante y ansiedad por su presente. Todo eso desaparecía son salir a la calle.

“¿Y ahora qué?” Se preguntó parado delante del hotel Sacher. No sabía qué hacer. En la habitación había sentido la necesidad imperiosa de salir a la calle de sentir el aire y sentirse libre. Pero una vez allí fuera, abrigado como si estuviera a punto de partir hacia una expedición ártica, no sabía qué más hacer. Sin pensarlo echó a andar.

En un primer momento se dirigió hacia la fachada principal de la ópera. Caminó por los soportales del edificio hasta que tuvo que salir de nuevo a la intemperie. Tuvo la tentación de cruzar el bulevar del Ring pero al final decidió quedarse en la misma acera de la ópera. No había nadie por la calle. Ni tan siquiera se oían circular coches a lo lejos. Sólo de vez en cuando algún tranvía hacía chirriar sus ruedas por los raíles incrustados en la calzada. Siguió bordeando el edificio de la ópera hasta que volvió a encontrarse delante del Hotel Sacher. En ese momento y sintiendo que la ansiedad volvía a instalársele en el pecho pensó en ir a tomarse un café a alguna de las cafeterías históricas de la ciudad. No quería enfrentarse de nuevo a Anna y a lo que vendría después esa tarde.

Como Anna le había comentado cuando habían vuelto al hotel después de comer, él tenía una gran memoria visual, sobre todo a la hora de recordar lugares, calles, plazas y direcciones en ciudades en las que quizá sólo hubiera estado una vez en su vida. De su primer viaje a Viena le vino el recuerdo súbito de un café situado no muy lejos del Palacio Imperial del Hofburg. Consultó el reloj y vio que apenas pasaban unos minutos de las cinco de la tarde, y como no quería volver a entrar en el hotel y subir de nuevo a la habitación decidió intentar encontrar ese café y tomarse algo tranquilamente intentando relajarse y desterrar al menos por esa tarde y para el resto de la noche la ansiedad que sentía.

No sabía muy bien donde exactamente estaba el café, su memoria fotográfica no daba para tanto, pero sí sabía qué dirección tomar. Echó a andar por Agustinerstrasse. Caminó pegado a la fachada del Museo de la Albertina primero, para posteriormente seguir pegado a los muros de la Iglesia de los Agustinos, congregación que daba nombre a la calle. Esos muros de hecho ya formaban parte del complejo real del Hofburg. Llevaba un paso ágil, primero porque no quería que se le hiciera demasiado tarde para no volver con la hora muy pegada, y segundo porque el frío le alentaba a caminar deprisa para que sus extremidades no se entumecieran. Pronto llegó a una plaza prácticamente cuadrada, presidida por la estatua ecuestre de algún rey. Su memoria tenía recuerdo de dicha plaza cerrada prácticamente por todos sus lados menos por el que él venía caminando. Sin quererlo se desvió un poco de la ruta que estaba siguiendo para acercarse hasta el centro de la plaza. Ahora sí recordaba perfectamente la plaza y el edificio que la abrigaba: la plaza era Josefsplatz y el edificio la Biblioteca Nacional.

Contemplando junto a la estatua ecuestre la magnanimidad de los edificios que rodeaban la plaza percibió que algo empezaba a caer tímidamente del cielo. Había comenzado a nevar. No le sorprendió en demasía percatarse de que estaba nevando, era algo que desde que esa mañana vio el cielo níveo del color de la plata más pura sabía se iba a producir antes o después. En el fondo sentía alegría por ver nevar, algo que desde niño siempre le había hecho mucha ilusión y había envidiado a los países del resto de Europa que podían disfrutar de la nieve no sólo en las montañas sino también en muchas ciudades.

Salió de Josefsplatz por un pasadizo que pasaba por debajo de una de las alas del palacio del Hofburg y que desembocaba en una calle que a su ver terminaba en la plaza que daba justo delante de la entrada principal del Palacio Imperial de Viena. Sin pensárselo dos veces y como inspirado por un recuerdo voraz que le vino a la mente, tomó la calle que daba continuidad a la que llevaba justo por el extremo opuesto de la pequeña, pero regia, plaza. Así tomó Herrengasse y la recorrió hasta que hizo un pequeño quiebro y pudo ver al final de la misma la esquina en la que se ubicaba el café que buscaba y cuyo nombre ya aparecía iluminado con letras que pretendían imitar el dorado pero que eran simplemente amarillas: Café Central.

Ese era el café que recordaba de su primer viaje a Viena. Un café como no hay muchos en Madrid y que desde que pasó por sus ventanales la primera vez hacía más de diez años no se le había borrado de la mente. El interior era cálido. Las paredes estaban forradas de espejos, los techos llenos de molduras de escayola y frescos italianizantes. Las lámparas colgaban de esos techos y arrojaban sobre las mesas, muchas, muy juntas y muy pequeñas, una luz amarillenta que acrecentaba la sensación de comodidad e intimidad entre la multitud. Sin embargo esa tarde, a pocas horas de que el año terminara el café estaba medio vacío; apenas unas pocas mesas estaban ocupadas por personas en su mayoría solas, sin compañía.

Tras echas un vistazo rápido y disimulado al interior del café, decidió sentarse en una mesa junto a uno de los ventanales mirando hacia la calle que había traído desde el Sacher. Nada más sentarse un camarero se aceró y le preguntó qué quería tomar, él contestó secamente pero con educación que un café  de la casa. El camarero se marchó detrás de la barra a preparárselo, podía hacerlo él mismo ya que no había muchos clientes y la mayoría de los empleados estaban con los brazos cruzados o charlando en voz baja entre ellos, seguramente comentando en tono jocoso alguna cosa sobre la gente que había en el café.

Esperó que el camarero le trajera el café mirando por la ventana y viendo como poco a poco los copos de nieve que caían del cielo eran más grandes y caían con más constancia. La noche ya era cerrada y la oscuridad invadía todos los rincones de Viena. La luz de las farolas no alcanzaba a iluminar la parte alta de los edificios haciendo que estos parecieran mucho más grandes de lo que en realidad eran, dándoles además un aire fantasmagórico inquietante. Observó como la luz de las lámparas de Café Central, tras atravesar los enormes ventanales del establecimiento se proyectaba sobre la acera dándola un tono dorado difuminado que arrojaba las sombras de las pocas personas que todavía pasaban por la calle ese día.

Llegó su café. El camarero también le dejó al lado tres periódicos de ese día: uno de Viena, el Times de Londres y otro alemán. Como el alemán a pesar de que lo hablaba bastante bien y lo leía con bastante corrección, el idioma extranjero que más dominaba era el inglés, por ello se fijó en los titulares del mítico diario londinense. En la portada del enorme periódico tamaño sábana, un anacronismo que los sucesivos directores y dueños del rotativo inglés habían mantenido como seña de identidad a pesar de las continuas quejas de los lectores que veían cómo era muy difícil leer el periódico si no era encima de una mesa o sentado en un sillón orejero de los que tanto abundan en los clubes de caballeros británicos y de que los diarios rivales a veces se burlaban de ese formato enorme de impresión, aparecía un titular que le llamó la atención por referirse a España, algo que le sorprendió dadas las fechas en las que estaban cuando el nivel de noticias, como por arte de magia, bajaba bastante.

Para su tranquilidad el titular sólo señalaba que el gobierno de derechas de Madrid había vuelto a hacer el ridículo ante el gobierno inglés, elevando una queja a través de las embajadas respectivas, acusando al gobierno del Peñón de Gibraltar de usar aguas españolas para instalar una serie de baterías de fuegos artificiales para celebrar el año nuevo. Al ir a la página donde remitía el titular de la portada y leer la noticia con más atención, se enteró de que la queja del gobierno español era que esas baterías no sólo tenían como objetivo alegrar la vista a los habitantes del peñón, además de a los monos pensó él, cuando dieran la bienvenida al nuevo año sino que también habían aprovechado las maniobras de instalación de las baterías flotantes para lanzar al fondo del mar una serie de bloques de hormigón para destrozar la pesca. No quiso seguir leyendo porque se le iba a poner mal humor y además ya sabía lo que venía después: quejas respetivas ante los embajadores, primero llamando el ministro español de exteriores al embajador ingles en Madrid, que probablemente no estaría por ser las fechas que eran, y luego el Foreign Office haciendo lo mismo con el embajador español en Londres que probablemente tampoco estaría en la legación diplomática por encontrarse muy posiblemente en Ibiza o en Mallorca.

Después de leer parte de esa noticia, que no entendía que The Times llevara a su portada, concluyó que la cuestión de Gibraltar no se acabaría nunca y que en el fondo no había ningún problema. Era normal que España esté escocida por tener todavía dentro de su territorio una colonia británica, él mismo las veces que había estado en Londres de joven no se había cortado a la hora de gritar delante de Buckingham Palace o de Downing Street eso de “¡Gibraltar español!”. Lo que ya no le parecía tan normal es que para levantar el ánimo de los borregos votantes del partido derechista del gobierno y ensalzar su sentimiento patriótico nacionalista usaran argumentos tan zafios y tan cogidos por pinzas para acusar a Gibraltar o a Londres de invasión de aguas territoriales.

Dejó a un lado el periódico y volvió a mirar por la ventana. Quien en ese momento le hubiera observado habría visto a un hombre solo, no por no estar acompañado por nadie en el café, sino más bien solitario. Un hombre que tenía en el corazón instalado un sentimiento de soledad que no se podía quitar. Miraba por la ventana como intentando alcanzar el infinito con su mirada. Miraba un horizonte inexistente. Un horizonte quizá que sólo existía en su memoria y estaba en el pasado. Un horizonte que le hacía volver unos años atrás y a verse caminar por esas mismas calles en verano con sus padres durante el último viaje que hizo con ellos. Quien hubiera entrado en el café hubiera visto a un hombre que desprendía melancolía y nostalgia y que bien mirado incluso inspiraba sentimientos de lástima y pena. Sin embargo quien entró en el café no vio nada de eso, sino simplemente a un hombre al que conocía de los tiempos en los que ambos eran estudiantes universitarios.

Caronte.

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domingo, 6 de diciembre de 2015

El Vals del Emperador (XLVIII)

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(Viene de la entrada anterior.)

Entraron al Sacher. Anna saludó a Rocío, la recepcionista española que estaba colocando unas flores en una mesa y que al verlos se interesó por ellos y el día que habían pasado. A Anna casi no le dio tiempo a contestar porque vio como él se dirigía casi sin saludar a la amable recepcionista hacia los ascensores. Tras reunirse de nuevo con él le reprochó sus prisas diciéndole que daba imagen de persona cascarrabias y gruñona, además de maleducado. Él ignoró esas críticas y simplemente musitó que estaba cansado y que quería echarse un poco en la cama para afrontar la tarde y la noche de fin de año sereno y fresco.

Anna se dio cuenta de que por mucho que descansara no iba a borrar de su cabeza por sí mismo aquello que le perturbaba por ello al salir del ascensor en su planta y camino de su habitación se acercó a él y le abrazó por detrás haciendo que se parara en mitad del pasillo donde sin él esperarlo, o esa es la impresión que ella tuvo, le plantó un beso que le desarmó por completo y que le dejó totalmente atónito. Para nada él hubiera pensado que Anna se comportaría de esa manera tan cariñosa después de lo arisco que había estado él en los últimos minutos, por ello se la quedó mirando con una cara llena de asombro, con unos ojos abiertos como platos que la escrutaban de arriba abajo intentando descubrir qué es lo que vendría a continuación: si un reproche seguido de la consiguiente charla y las preguntas posteriores; o por el contario si ese beso anticipaba una especie de reconciliación o perdón que corría un tupido velo sobre esa actitud arisca.

Antes de llegar a la puerta de su habitación Anna le volvió a besar de esa manera, aunque la sorpresa ya no fue como con el primer beso. Delante de la puerta, y al igual que pasó el día anterior Anna empezó a besarle desde la espalda el cuello y a morderle ligeramente el lóbulo de la oreja, sin dejar de agarrarle por la cintura atrayéndole hacia ella.

– ¿Pero a ti que te pasa cada vez que llegamos al hotel? – Preguntó él sorprendido nada más cerrar la puerta y viendo como ella nada más quitarse el abrigo se volvía hacia él para seguir besándole.
– A mí nada. Deja de preguntar anda. – Dijo ella divertida mirándole a los ojos profundamente, con esa mirada que ponen a veces las mujeres y que poco deja a la imaginación de los hombres
– No creo que me merezca esto después de cómo me he comportado desde hace un rato. – Dijo él dejándose besar.
– No. Pero a mí me apetece besarte y hacerte el amor. – Contestó ella cortante pero llena de sinceridad tanto en la voz como en la mirada.
– Pensé que después del beso que me has dado en el pasillo iba a venir una reprimenda. – Confesó él confiado de que ella iba a seguir en la misma actitud.
– La reprimenda llegará. Por eso no te preocupes. – Sonrió ella. – Pero ahora me apetece acostarme contigo. ¿A ti no? – Insinuó ella sensualmente.
– No creo que nadie en su sano juicio te dijera que no a esa pregunta. – Apuntó él a medida que ahora era él el que se acercaba a ella para besarla en el cuello y cogerla en brazos mientras ella se enroscaba en él pasando sus piernas por detrás de la cintura de él.

A partir de ese momento sólo los cuerpos mudos hablaron. Sobraron las palabras y fueron la pasión y el deseo los que cobraron protagonismo entre ellos dos. Se desnudaron de mala manera, sin preocuparse de cómo caían las ropas en el suelo y los diferentes muebles de la habitación (hasta apareció un zapato de ella detrás de uno de los cojines del sofá grande de la habitación; y unos calcetines de él justo al lado del portafolio que había encima del escritorio de madera maciza). Se dejaron llevar por lo que sus cuerpos querían. Sus cabezas dejaron de pensar en nada más que en el placer y el sexo. Eso era en parte lo que Anna quería: que él dejara por unos minutos de martirizarse por un pasado que solo le generaba dolor y amargura y le hacía perderse las cosas buenas que la vida le regalaba. Él por su parte a pesar de desear el cuerpo de Anna con todas sus fuerzas y de no ser capaz de prestar atención a nada más que no fueran esas piernas esbeltas y bien formadas, largas como un día sin pan, ese vientre liso y esos pechos exultantes, firmes pero sin ser exuberantes como esas mujeres a las que la naturaleza dota de dos senos del tamaño de sandías con los que se podría alimentar a dos familias tradicionales españolas, de esas pertenecientes al Opus Dei que no saben qué es un preservativo, la píldora del día después o un DIU y que tienen hijos como si el mañana no se acabara nunca, no podía dejar totalmente a un lado ese pasado. Pasado del que sabía que tenía que desprenderse para que no siguiera supurando odio, rencor y resentimiento en el presente.

Disfrutaron el uno del otro de sus cuerpos. Se amaron. Hicieron en amor por toda la habitación, no solo en la cama sino también en el suelo, donde después de besarse por todo el cuerpo, de acariciarse hasta la saciedad, hasta que sus manos terminaron por conocer de memoria todos y cada uno de los recovecos de sus cuerpos, de intercambiar fluidos, de dejarse llevar tanto él como ella por la lujuria y el placer carnal convirtiéndose ambos en animales que buscaban el cuerpo del contrario para saciar su sed de sudor y su hambre de carne. Se amaron con brutalidad y sin mesura, sin darse cuenta de su alrededor y sólo sintiéndose un único cuerpo, una única carne. Se desahogaron. Anna liberó su cuerpo para que él pudiera liberar su mente de todo aquello que le preocupaba. Él la hizo suya casi con violencia, pero una violencia sutil que hace que nadie se sienta intimidado. Compartieron unos minutos de lujuria sintiendo cómo el contrario gemía de placer y se dejaba llevar por un sentimiento más fuerte que cualquier voluntad o atadura.

Cuando acabaron de amarse, cuando acabaron de entregarse el uno al otro descansaron. Miraron sus cuerpos desnudos. Se comieron con la mirada y se tocaron para darse cuenta de que aquello había sido real y no un mero sueño húmedo adolescente en el que las pasiones, las lujurias y los deseos más inconfesables tienen rienda suelta para imaginar cualquier situación y para hacer realidad cualquier fantasía. Pero aquello no era un sueño. Sus cuerpos eran reales y estaban agotados, plenos de placer y amor. Aunque muy probablemente el amor que ambos sentían no era el mismo y eso era algo que ambos sabían: ella desde el principio y asumiéndolo con total normalidad; él por el contrario sólo admitiéndolo en su fuero interno, sin confesárselo realmente a su conciencia diaria para no frustrar un sueño que vivía desde que conocía a Anna.

De repente y sin saber cómo él se vio saliendo del baño de la habitación y comprobó que Anna estaba tumbada en la cama. Estaba dormida. Descansaba plácidamente acurrucada entre las sábanas, como un niño que en su más tierna infancia duerme sin preocupación alguna, ajeno a todo el mundo que le rodeo y a los problemas que acudirán a su mente y perturbaran su espíritu cuando vaya haciéndose adulto y su conciencia pierda esa inocencia temprana que cada vez se malogra antes. Viéndola así, tan tranquila, tan serena, casi sonriendo mientras dormía, él se dio cuenta de que no era la misma Anna con la que hacía unos minutos había hecho el amor. Sentía que era una persona camaleónica que en cada momento asumía la actitud que más convenía asumir, tanto para ella como para los que la rodeaban, en este caso él. De esto él ya había tenido alguna sensación, pero ahora caía en la cuenta de verdad. La mujer con la que había hecho el amor hacía un rato, no era la misma con la que lo había hecho la noche anterior. La de esa ocasión era una mujer que se dejaba amar, que le complacía sin parecerlo. Sin embargo la Anna con la que acabada de hacer el amor era muy diferente: era combativa, llena de furia y pasión que no se dejaba amilanar, que para nada se dejaba manejar y que no sólo no se dejaba llevar fácilmente por las embestidas de él sino que era ella la que pretendía llevar el control.

La miró tendida en la cama durante varios minutos pensando que esa facultad de cambiar su actitud según la ocasión la tenían pocas personas, o al menos muy poca gente que hubiera conocido en su vida. Podría ser falsedad, pero él no quería llamarlo así. En realidad si Anna se comportaba así era porque se preocupaba de él, pensaba, pero de una manera que adaptaba su forma de ser a lo que él pudiera necesitar en cada instante y situación. Si Anna era capaz de mutar su forma de ser como un camaleón, no lo hacía para protegerse a sí misma, sino para que la persona que estaba a su lado, él, se sintiera mejor y se olvidara de todo lo demás. Pero a veces él se preguntaba si eso era lo que quería.

De repente, viéndola descansar se dio cuenta de que quizá todo eso no era más que puro teatro. Un teatro en el que él era uno de los protagonistas principales, pero no un protagonista bueno del que el público sale del teatro hablando maravillas y alabando su actuación y su papel, sino un protagonista que queda humillado por la historia y por el que el público siente pena tras la función. Empezó a sentirse mal, a agobiarse. La presión en el pecho que tanto había sentido en su vida en momentos de crisis personal estaba volviendo. Sintió unas ganas aterradoras de huir, quizá no de Viena, sino de esa habitación del Sacher donde Anna dormía plácidamente después de haber hecho el amor apasionadamente.

Para intentar calmarse se acercó a una de las ventanas de la habitación, la más lejana a la cama para que cuando la abriera para tomar el aire un poco e intentar aliviar esa presión en su pecho y esa sensación de prisión incomunicada, Anna no sintiera frío. Así lo hizo. La noche ya estaba empezando a caer sobre Viena. El cielo ya no era blanco, sino más bien gris oscuro, y a lo lejos empezaban ya a encenderse las farolas de las calles. Asustado pensando que quizá el tiempo les había jugado una mala pasada volando sin previo aviso, miró el reloj de pared de la habitación y comprobó para su asombro que apenas eran las cuatro y media de la tarde. Cayó en la cuenta que estando en Viena era normal que la noche llegara tan rápidamente, y de manera tan súbita como estaba ocurriendo, debido no solo a la latitud tan septentrional de la ciudad imperial sino también al cielo cubierto que bloqueaba el paso a los rayos de luz solar que ahora deberían estar acariciando por última vez ese año los tejados de los edificios dorándolo con una luz que sabe que está muriendo pero que también renacerá con la misma fuerza de siempre.

Respiró profundamente cogiendo todo el aire que podía para llenar sus pulmones. Sintió el aire gélido penetrar por su nariz y bajar por sus conductos internos hasta colmar sus pulmones. Pero la presión no pasaba. Contempló como poco a poco las sombras de la noche invadían Viena y como la silueta de los edificios, de la Albertina, del Hofburg, iban poco a poco confundiéndose en el horizonte. No había nadie por la calle. Anna seguía durmiendo tranquila, ajena a todo ese desasosiego interno que él sentía y que le estaba provocando esa sensación de encierro y angustia de la que no podía desprenderse.

Sin pensárselo dos veces cerró la ventana y se empezó a vestir. Cogió la ropa que con el desenfreno de la pasión Anna le había ayudado a quitarse y estaba repartida por toda la habitación. Se la puso haciendo el menor ruido posible para no despertar a Anna. Se disponía a salir un rato a la calle a dar un paseo, para despejarse, para aliviar esa presión en el pecho, esa angustia y esa sensación de encarcelamiento. Sabía que si Anna se levantaba sin que él hubiera vuelto probablemente ella se enfadaría y la noche se terminaría por arruinar. Pero le daba igual todo. Necesitaba experimentar esa sensación de huida. Necesitaba sentir el aire frío de Viena en su cara y en su cuerpo; necesitaba dejar que ese aire, símbolo de la libertad más absoluta, le atravesara por completo y se metiera por todos los poros de su cuerpo. Y necesitaba estar solo por encima de todo.

Antes de salir de la habitación echó una última mirada a Anna. La volvió a ver allí tendida en la cama tan indefensa, tan tranquila y ajena a lo que él estaba viviendo en ese instante. Sintió una especie de culpa por irse, aunque fuera solo un rato, sin decirla nada. Para intentar expiar su culpa y el pecado que sentía que estaba cometiendo se acercó al escritorio que había cerca de la ventana de la habitación y cogió del portafolio que había encima de él una hoja en blando con el membrete del hotel Sacher en su parte superior. Sacó un bolígrafo de uno de los cajones del escritorio y se paró delante del papel en blanco sin saber muy bien qué escribir en la nota que pensaba dejar a Anna para que si se despertaba en su ausencia supiera que estaría de vuelta en la habitación con el tiempo suficiente para prepararse para la cena.

Al final fue lo más escueto y explícito que pudo. Se acordó de la nota que ella le había dejado en su casa en Madrid la primera noche que pasó con ella y en la que por primera vez la hizo el amor. Simplemente terminó por poner “Anna vuelto en un rato. Salgo a tomar el aire a la calle. Estaré de vuelta a tiempo para la cena. Te quiero.”; el “Te quiero” lo puso después de releer la nota varias veces y tras pensar que sin él esa nota quedaba algo incompleta, o al menos demasiado fría para que ella no se enfadara demasiado con él. Sabía que enfado iba a haber, eso no lo iba a evitar con una nota. Pero en el fondo también quería saber si ella se enfadaría con él como lo haría una persona que quiere a otra y que ve que en un momento importante, como puede ser la noche de fin de año, esta otra persona desaparece aunque sea momentáneamente y aparentemente con una buena excusa que dar por esa ausencia.

Caronte.

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