domingo, 12 de julio de 2015

Mejor olvidarlo (II)

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(Sigue de la anterior entrada)

El alba llegó y con ella la luz empezó a entrar en mi habitación, aunque todavía con muy poca fuerza no sólo porque el sol estaba apenas asomando por el horizonte, sino también porque suelo dormir lo más a oscuras posible para que ninguna luz de la noche, luz artificial se entiende, me pueda molestar e impedir aún más el poder conciliar el sueño. Como tampoco soy de los que se está en la cama dando vueltas por las mañanas, y tampoco me iba a dormir siendo ya tan temprano como era, al final decidí levantarme. Eran poco más de la ocho de la mañana, hacía por tanto poco más de tres horas que había recibido la llamada de mi amigo, y todavía pensaba en ella con desasosiego. Quería que llegara la hora en la que había quedado en el Café Comercial con él para poder hablar cara a cara e intentar por todos los medios hacerle entrar en razón, ayudarle todo lo posible y evitar que siguiera en ese estado de ansiedad y agobio en que le había notado por teléfono. Mientras desayunaba pensé en que muy probablemente mi amigo no habría dormido absolutamente nada. Suele pasar cuando se le da vueltas de manera incansable a una cosa o idea que no podemos quitarnos de nuestros pensamientos, de nuestra cabeza, esa cosa o idea hasta que no la hablamos con otra persona sobre ello, o si no se da el caso, hasta que pasa el suficiente tiempo como para que esa cosa o idea desaparezcan por sí solas.

Pensé que el día se me iba a hacer mucho más largo de lo que al final fue. Supongo que el tener en la cabeza la situación de mi amigo ayudó en parte a que no tuviera en mente el sopor de los primeros días de verano, digo de manera oficial, porque con calor llevábamos ya bastantes más días de los que el calendario llama verano. Entre unas cosas y otras, recados que hacer, libros que leer, un cuadro que pintar y varios artículos que escribir, junto con el tiempo dedicado a la comida y la siesta posterior (hablo de siesta por decir algo porque también llevo años sin dormirme después de comer), dieron las seis de la tarde, hora límite que me había auto impuesto para salir de mi casa y llegar a la cita en el Café Comercial con tiempo de sobra para ser yo quien esperara, y por qué no decirlo, también porque siempre me ha gustado llegar el primero a las citas con mis amigos, o con mi familia, o con mi novia el día que la tenga. Además el Café Comercial es un sitio al que tengo mucho cariño porque sigue siendo uno de los pocos reductos que hay en la ciudad donde uno puede ir solo y pasar totalmente desapercibido, a leer o incluso como en varias ocasiones he hecho a escribir o tomar notas para posibles relatos, cuentos o historias. Sigo buscando esa gran idea que me lleve a escribir una novela completa.

De mi casa al Café Comercial hay unas cuantas paradas de metro separadas también por un trasbordo lo suficientemente largo como para constituir por sí solo una odisea independiente. Se tarda, si se consigue coger el metro bien y no eternizarse en los andenes del infierno esperando, unos cuarenta minutos. Si uno no tiene la tarde, o la mañana, puede tardar hasta casi una hora en llegar. La boca de metro está prácticamente en la puerta del café. Cuando llegué la terraza estaba repleta de gente, turistas los menos, sobre todo adultos de mediana edad sentados tranquilamente al frescor de los ventiladores de vapor charlando de temar variados y parejas, también había algún valiente solitario en una mesa situada en uno de los extremos del café. Yo me dirigí directamente dentro del Café. Para hablar con calma y tranquilidad, sin gafas de sol que protejan los ojos del inclemente sol urbano que se gasta el mes de junio en esta ciudad, es el mejor lugar. Además era dentro donde había quedado con mi amigo.

De un primer vistazo me di cuenta que no había llegado todavía, luego como había planeado era el primero. El interior del café no estaba demasiado abarrotado de gente. Había por ser sábado una tertulia literaria, no recuerdo muy bien cuál era el tema que logré adivinar por encima del murmullo típico de un café, pero sin duda debía versar sobre escritores americanos contemporáneos. Para mis adentros pensé que no era mal tema de tertulia, y que dependiendo del gusto de cada lector podría dar para confrontar muchas ideas y visiones literarias. Decidí sentarme en un rincón del local en una zona en la que no había mucha gente para así poder hablar con tranquilidad con mi amigo sin que conversaciones ajenas nos hicieran levantar demasiado la voz. Me senté de espaldas a la pared forrada de espejos mirando hacia el resto del café. Desde esa posición podía controlar casi todas las mesas y por supuesto la entrada por la que suponía no tardaría en entrar mi amigo. Mientras esperaba su llegada pedí un café vienés, saqué mi cuaderno de notas y escribí varias reflexiones e ideas que se me habían pasado por la cabeza yendo hacia el café.

No tuve que esperar demasiado tiempo. Poco después de que el camarero que me había tomado nota me hubiera traído el café, apareció por la puerta mi amigo. Le hice una señal con la mano para que me viera y pudiera venir hacia la mesa en la que estaba. Voy a decir la verdad: mi amigo no tenía muy buena pinta, no se le veía lleno de ánimos ni ganas de estar allí probablemente. Pero allí estaba. Se acercó sin prisa hacia la mesa donde me encontraba, quitándose las gafas de sol y llevándolas en la mano. Al llegar a la mesa yo me levanté para saludarle, le di la mano y un abrazo como suelo hacer con esos amigos que de verdad merecen la pena, y también en parte porque sabía que él ese día lo necesitaba. Tras saludarnos empezamos a hablar y así lo primero que le dije fue:

– ¿Qué tal? ¿Cómo has pasado el día?
– Pues bueno, ha pasado simplemente.
– No tienes tampoco muy mala cara.
– La de siempre, eso no creo que cambie nunca.
– Es cierto. ¿Qué vas a querer tomar?
– Nada.
– Venga hombre no me vengas con esas. Pídete un café, o una cerveza con limón, o un refresco.
– Si es que no me apetece nada.
– Pues entonces si quieres nos vamos y adiós muy buenas.
– Bueno. Me tomo una caña con limón.
– Perfecto. ¿Cómo estás de ánimos?
– Mal.
– ¿Pero mal por qué? Ayer tuviste la cena de graduación. Se supone que tenías muchas ganas de ir.
– Sí. Pero luego allí las cosas empezaron a torcerse un poco, y luego con la fiesta en la discoteca..., al final terminó la cosa mal cuando me fui para mi casa.
– ¿Al final fuiste a la discoteca? Creía que no querías ir.
– Y no quería pero como siempre pasa los planes cambian sin tener nunca en cuenta la opinión de los demás.
– No te entiendo. Anda cuéntame desde el principio cómo fue todo, así podré ayudarte mejor. Intenta decirme todo lo que se te pase por la cabeza, eso ayuda a uno de desahogarse.
– Pues nada. El día comenzó muy bien. Salí a correr y todo.
– Joder pues ya hay que tener ganas para eso sabiendo que ibas a trasnochar bastante.
– Ya, pero correr me relaja bastante. Por eso ayer por la mañana me fui a correr. Cuando terminé llamé a un amigo para ver si quería que me pasara por la tarde a por él y su novia e ir los tres en mi coche, ya que me pillaba de camino sin casi desviarme. En el fondo lo hacía no por hacer de buen amigo y por ser algo normal, sino también por no ir solo hasta el restaurante donde se iba a celebrar la cena.
– ¿Y por qué no querías ir solo? No creo que hubiera sido nada raro.
– Si no es porque me pareciera raro, sino porque no quería llegar, no conocer a nadie, quiero decir, no poder estar allí con nadie esperando a que llegaran mis amigos, y estar allí solo como marginado sin hablar con nadie y sin relacionarme con nadie. Por eso quería ir con alguien a la cena, para sentirme algo más normal.
– Te entiendo, aunque creas que no.
– Sigo. Como te decía el día se pasó muy bien y rápido para lo que yo pensaba. Casi sin darme cuenta llegó el momento de ducharme, vestirme y prepararme para ir a por mi amigo y su novia. Hice todo esto y tras recogerlos no demasiado lejos de la estación central nos fuimos hacia el restaurante siguiendo los túneles del río y luego la carretera del noroeste. Llegamos puntuales a la hora que nos habían dicho que estuviéramos allí, es más quizá llegamos unos minutos antes. Aparqué un poco retirado del restaurante y fuimos dando un paseo, bajo un sol abrasador, hasta el sitio. Todo muy normal. Me sentía muy cómodo y a gusto, incluso diría que feliz.
>> Al llegar al restaurante pasamos al jardín donde se iba a realizar el cóctel y....
– Os dieron cóctel y todo, ¡qué nivel! Cómo se nota que sois ya prácticamente ingenieros. Menudo pijo te estás volviendo, no sé si debo seguir quedando contigo siendo yo tan poco digno de la presencia de alguien como tú.
– ¿Sí, no? O eso, o empezamos a quedar en lugares más apropiados a mi estatus.
– ¿Qué tiene de malo esté café? Que sepas que es el más antiguo de la ciudad.
– Lo sé, lo sé. Sólo bromeaba.
– Pues yo no.
– Ya seguro. Bueno como te decía. Al llegar al jardín todavía no había casi nadie, bueno estaba el delegado y compañía, la creme de la creme vamos, saludamos por cortesía y nos dirigimos hacia una zona algo alejada de la entrada para no estorbar y para no estar donde todos los pelotas y pijos de verdad irían llegando. Estuvimos esperando, mi amigo, su novia y yo charlando animadamente y muy a gusto, hasta que volvieron a aparecer caras conocidas por la entrada al restaurante. Legaron entonces los tres amigos que quedaban por llegar. Ni que decir tiene que todos íbamos con nuestras mejores galas. Hasta yo me había comprado un disfraz apropiado para no desentonar, y la verdad es que no desentoné porque era de los pocos que llevaba pantalón claro, y mi americana era la única con coderas de todas las que había.
– Vamos, ibas para haberte echado una foto y enmarcarla. Lo único que deberán empezar a acostumbrarte a esos “disfraces” como tú los llamas porque los vas a tener que vestir más a menudo.
– Entonces ya no serán disfraces.
– Menudo hipócrita estás hecho.
– ¿Por qué?
– Por lo que acabas de decir.
– No estoy de acuerdo contigo. Ayer yo iba disfrazado porque llevaba un tipo de ropa que no me he puesto nunca. Sólo dos veces antes había llevado una chaqueta o americana puesta: en mi comunión y en una obra de teatro. Y que yo sepa cuando uno viste de manera diferente a como lo hace durante la mayor parte del año se dice que va disfrazado. Es como en carnavales. ¿O tú en carnavales vistes como lo haces a diario?
– No, claro.
– Pues ahí está la explicación. La ropa que llevé ayer, y la que llevaron la mayor parte de mis compañeros de clase, eran disfraces. Y yo decidí ser el payaso más original, que para eso estamos.
– Está hablando tu resentimiento hacia la carrera.
– También puede ser.
– Anda sigue contando, que no acabamos.
– Si no me interrumpieras...Durante el cóctel estuvimos todos muy a gusto, muy bien en un rincón del patio en corrillo entre nosotros. Se nos acercó un profesor y todo a conversar un poco con nosotros. Fue algo agradable estar en un ambiente tan distendido, aunque no todos los profesores hacían lo mismo, la mayoría hablaban entre ellos o con sus estudiantes palmeros, esos que babean a su paso y pierden casi toda su dignidad, si es que tienen alguna, haciendo la pelota para conseguir un extra en la nota final de la asignatura. Nada nuevo, tampoco te vayas a creer que esto lo descubrí ayer. El cóctel se excedió de tiempo y al final pasamos a cenar propiamente dicho como media hora más tarde de lo planeado, aunque con la cantidad de canapés que me había comido, yo casi había cenado ya. Pero vamos para el riñón que nos costó la cena, o la broma según cómo se mire, comí poco....y mal.
>> Pasamos al comedor y buscamos una mesa donde sentarnos los seis que éramos, hubiéramos sido ocho pero dos amigos no vinieron, uno porque dijo que cincuenta euros eran una barbaridad, algo por lo que le di la razón, el otro porque decía que era un paripé ir para estar solo con nosotros y que para eso íbamos a un sitio solos. Este último argumento sí que no lo compartí porque me parece falto de sustancia; es cierto que estar lo que se dice estar juntos estuvimos los mismos que llevamos estando juntos seis años en clase, pero yo al menos hablé con más gente y, aunque sí puedo aceptar que hice el paripé estuve con el resto de compañeros, muchos de los cuáles prefiero no volver a ver en mi vida por no compartir su forma de ser ni en un uno por ciento. Pero aislarse del mundo y vivir amargado tampoco es una opción que quiera en mi vida. Al final eché de menos a estos dos amigos, pero cada uno tiene sus razones, las de verdad y las de mentira, y yo no soy nadie para hacerlas cambiar.
– Tampoco deberías ser nadie para juzgar dichas razones, ¿no?
– No estoy juzgando.
– ¿Ah, no?
– Para nada. No he hecho nada que conmigo no se haya hecho.
– Pero entonces asumes que estás juzgando la decisión de tus amigos.
– No estoy juzgando, simplemente estoy dándote mi opinión sobre lo que mis dos amigos dijeron para no ir a la cena. Si hubiera juzgado hubiera terminado con una sentencia, positiva o negativa con respecto a esas razones o motivos, porque si no te hubiera dicho que me parece totalmente aceptable y legítimo decir que no pagas cincuenta euros por una cena, pero que me parece poro decente decir que no vas a una cena por la gente que va pero que si hubiéramos querido hacer una cena de manera independiente sí que te apuntas. Esto sí sería juzgar.
– Bueno, bueno.

Caronte.

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sábado, 11 de julio de 2015

Mejor olvidarlo (I)

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Serían las cinco o cinco y media de la mañana cuando el móvil empezó a vibrar en la mesilla de noche, donde lo suelo dejar siempre para saber qué hora es cuando las primeras luces de la mañana me sacan de las profundidades del sueño. Por norma general no suelo recibir muchas llamadas, ni muchos mensajes. No suelo usar mucho el móvil vamos, por eso no es que tenga el último modelo precisamente. Por esta razón también me sorprendió mucho la llamada. He de decir que casi no la oigo, o más que oír, notar, ya que el móvil siempre está en silencio, esté durmiendo o despierto, en el trabajo, conduciendo o en la piscina. Esa noche era de esas ya habituales noches de viernes, aunque ya era más bien madrugada del sábado, en las que el insomnio me impedían conciliar el sueño de manera continuada; no es que sea ahora la mayor marmota de la tierra, no he sido nunca un dormilón de levantarme cuando nada tengo que hacer sobre las once de la mañana; aunque sí es cierto que esa noche me estaba costando más de la cuenta dormirme. No paraba de dar vueltas en la cama; no terminaba de encontrar mi posición. Además hacía un calor de mil demonios, lo que tampoco es que ayudara mucho. Había estado leyendo intentando cansarme hasta bien entrada la madrugada, pero sobre las dos decidió que ya era hora de dejarlo e intentar dormirme con otra táctica. Al final fue el móvil el que me terminó por descolocar.

Cuando vi quién era el que me estaba llamando, en un primer lugar me dije: “este se ha vuelto loco, para mí que ha bebido algo y como no está acostumbrado se le ha subido a la cabeza y llama para hacer la gracia”. Pero antes de decidirme a coger la llamada, también reflexioné un poco y me dije que no podía ser así, que si me estaba llamando esta persona por algo sería, y a las cinco de la madrugada el motivo debía de ser algo serio, si no, no me molestaría. No erré en mi pronóstico. Como digo era un amigo de hace mucho tiempo con el que tengo muy buena relación y con quien mantengo contacto más o menos habitual. No es que nos veamos mucho, aún viviendo en la misma ciudad y prácticamente teniendo gustos muy semejantes; tampoco es que nunca lo hayamos hecho. Pero nos llevamos muy bien y, él más que yo, solemos contar el uno con el otro en momentos malos para pedirnos consejo o para desahogarnos de nuestros problemas personales. La llamada no fue agradable.

Al descolgar, lo primero que hice fue preguntarle si pasaba algo, si había habido algún problema y si estaba bien. No hubo respuesta inmediata. Oía de fondo la respiración entrecortada de alguien. Me asusté. No era normal. Volví a insistir y le llamé por su nombre varias veces, cada vez más preocupado. Seguía sin contestar nadie, aunque el ruido de fondo se escuchaba ahora algo más nítido y claro, como si se hubiera acercado el móvil a la cara, a la oreja y fuera a empezar a hablar. Pero la línea seguía muda de palabras. Y digo de palabras porque sí había ruido y reacción al otro lado de la línea. Era un llanto lo que estaba escuchando. Alguien estaba llorando al otro lado. Me puse muy nervioso y a punto estuve de colgar y llamar a la policía para que intentaran localizar la llamada, si es que eso se podía hacer y no era más que una ilusión totalmente ficticia impuesta en el subconsciente de la sociedad por las series americanas y las películas de Hollywood.

Al final escuche la voz de mi amigo, deformada por la emoción y el llanto. Estaba muy nervioso y su respiración seguía siendo muy irregular y entrecortada. Intenté calmarle, hacer que se relajara que dejara de llorar y respirara hondo para que no se pusiera más nervioso. Yo sabía ya, sin él haber dicho una sola palabra más que mi nombre y un “necesito ayuda” que sonó implorante y último, qué es lo que iba mal. Si el miedo porque algo malo hubiera pasado terminó por evaporarse, ahora me acudía otro temor, quizá no tan radical, pero sí mucho más personal e íntimo, un temor que sólo sale cuando alguien de preocupa y te importa y por el que de manera directa e instantánea no puedes hacer nada. No terminaba de calmarse. Seguía muy nervioso. No era capaz de articular palabra, o bueno, sí podía pero eran tan telegráficas que no conformaban ninguna frase con sentido decente. Se le notaba la ansiedad a la legua, por teléfono, y a mí debió de notárseme la impotencia de no poder hacer absolutamente nada. Intenté preguntarle que dónde estaba, si en su casa o en el centro de la ciudad. Parecía desorientado porque no conseguía decirme nada con claridad. Decidí ponerme algo más serio e intentar por las malas y a la fuerza, o al menos con toda la fuerza que puede dar el móvil y una conversación telefónica, que se calmara, que respirara con tranquilidad, que dejara de llorar y que me dijera de una vez qué estaba pasando porque estaba preocupado.

La calma llegó. No la calma total que hubiera hecho que todo hubiera acabado como una mera anécdota, pero al menos sí una tranquilidad que permitió que habláramos de manera normal, si es que la conversación que tuvimos puede llegar a considerarse normal. Intentaré reproducir en todo lo posible lo que aquella llamada dio de sí, aunque como siempre suele pasar el tiempo hace también su trabajo y es posible que haya partes que estén completadas no con recuerdos veraces, sino más bien con lo que creo que nos dijimos por teléfono. Así empecé diciendo yo:

– Tranquilízate. Eso lo primero.... ¿Ya?
– Eso intento.
– A ver dime qué es lo que pasa, o qué es lo que ha pasado.
– Que soy un mierda. Que no valgo para nada. Que no sirvo para nada. Que estoy y estaré siempre sólo.
– Bueno, pues sí que estamos bien sí. En primer lugar, nada de lo que has dicho es verdad.
– Soy un mierda.
– Por más que lo repitas no va a convertirse en realidad. Tú no eres un mierda y lo sabes. Un mierda no se acaba una carrera tan dura como la tuya a curso por año y como tú te la has sacado en los últimos años.
– Eso no sirve para nada. ¿De qué me sirve haberme sacado la carrera en seis años si cuando se supone que tengo que celebrarlo, pasarlo bien, estar a gusto y divertirme estoy como estoy?
– Son cosas totalmente diferentes.
– Es todo lo mismo. No valgo para nada salvo para el estudio y todo lo que tenga que ver con eso. Soy un monstruo social.
– Por lo feo que eres es posible. Pero dejándome de bromas que quizá no seo hoy el momento más adecuado, te pido que dejes de decir gilipolleces por favor.
– ¿Por qué lloro cuando debería estar riendo? ¿Por qué me siento vacío después de haber estado en la cena de graduación y en una discoteca? ¿Por qué lo único que querría ahora mismo sería desaparecer, irme lejos y empezar de nuevo? ¿Por qué?
– Calma por favor. Vamos a ver cómo solucionamos esto de momento. Mira estás muy nervioso, no sé qué es lo que ha podido pasar en tu cena de graduación y en tu fiesta posterior y por teléfono no vamos a poder hacer nada. Si quieres quedamos mañana por la tarde, cuando estés más tranquilo y todo esté algo más lejano y frío en tu cabeza.
– Siento haberte despertado a estas horas.
– No me has despertado.
– Siento molestarte para esta mierda, para que me escuches llorar y para preocuparte cuando ya estas de vacaciones. Siento todo.
– Pues no sientas tanto, anda. No me pidas perdón por algo que visto lo visto necesitabas. No me voy a enfadar contigo por contar conmigo como siempre te he dicho.
– No tenía que haberte llamado.
– No claro, hubiera sido mejor que siguieras donde estés llorando, o conduciendo, o las dos cosas a la vez con lo peligroso que podría ser. Por cierto, ¿dónde estás?
– Cerca de mi casa con el coche. No podía seguir conduciendo y me he parado en una calle cercana. Me ha salido todo de golpe y he reventado.
– Bueno, pues ahora relájate del todo. Cálmate, aparca y vete a casa. Intenta dormir algo, aunque no creo que vayas a poder desgraciadamente. Por lo menos échate en la cama, cierra los ojos e intenta descansar todo lo posible. Mañana, bueno por las horas que son ya, hoy, será otro día.
– Por mí que no llegara.
– Si vuelves a decir semejante burrada voy ahora mismo a tu casa y te reviento a collejas.
– Para qué quiero yo que llegue mañana, para que todo siga siendo igual, para que nada cambie, para seguir dándome cuenta de que soy un mierda, para que los amigos con los que he estado no sepan qué es lo que me ha pasado y pasen de mi y no se preocupen, para....
– Ya. Tranquilo por favor. Olvida ya todo. Sé que es difícil. No sé por qué estás pasando ahora mismo pero me puedo hacer una idea. Yo también he tenido momentos muy malos lo sabes, pero se pueden superar.
– Yo pensaba que había superado todo esto. Pero no. Sigo siendo un mierda. Doy pena.
– Mira si a alguien le das pena quien tiene un problema es esa persona que siente pena por ti que demostrará ser un miserable. Quien piense que eres un mierda, no te merece ni como amigo ni como nada. Así que haz lo que te he dicho por favor, hazme caso. Vete a casa e intenta olvidar esto de momento, deja la mente en blanco e intenta descansar.
– Vale.
– ¿Quieres entonces quedar mañana para hablar con más calma?
– Si a ti no te importa, sí. Necesito desahogarme.
– No, mañana hablamos en serio, pero no te desahogas. Ya has llorado por lo que se ve todo lo que tenían que llorar. Ahora toca no llorar más, por favor.
– Es fácil decirlo.
– Sí, muy fácil, pero si quieres no te lo digo. Si quieres te digo que sigas llorando, que te vayas lejos y no vuelvas. Si quieres te confirmo todas las gilipolleces que te estás diciendo.
– No te pongas así tampoco, por favor. Siento todo esto, no quería molestarte.
– No me has molestado, ni me molestarás nunca. Pero si dices que es fácil que te diga que te calmes, no te voy a engañar, sí lo es. Lo que es tan fácil es ver como un amigo llama a las cinco y pico de la madrugada, preocuparse por si ha pasado algo grave, y escuchar al otro lado de la línea a ese amigo llorando y pasando un momento muy malo. Y encima no puedo hacer más que escucharle cuando quizá necesitaría más apoyo. Eso no es fácil. Así que no me des las gracias, ni pidas perdón.
– Vale.
– ¿Te viene bien quedar mañana en el Café Comercial? ¿Sobre las siete de la tarde?
– Vale.
– Pues si me prometes que cuando cuelgue vas a aparcar el coche, te vas a ir a tu casa, te vas a meter en la cama y vas a intentar descansar un poco, me despido de ti hasta mañana.
– Intentaré hacer todo lo que dices.
– Pero inténtalo bien intentado por favor. Tranquilízate. Ya verás cómo mañana ves todo esto como si hubiera sido un mal sueño.
– Vale.
– Nos vemos mañana. Un abrazo y mucho ánimo, anda.
– Mañana nos vemos. Y gracias por todo.

Cuando colgué el teléfono y la voz de mi amigo se apagó al otro lado del móvil me quedé con una sensación rara. Estaba preocupado, muy preocupado. Esta situación, ver a mi amigo así, no era algo nuevo. Recuerdo un viaje que hizo a levante hace un par de años tras el cual vino totalmente destrozado de piel para adentro. Vino totalmente abatido, lleno de dudas, miserias y ansiedad. Cayó por aquel entonces en un pozo muy profundo de paredes lisas del que sin ayuda no podría salir. Un pozo en el que por desgracia, aunque esto ya no lo viví yo en primera persona, ya había estado unos años antes de esta segunda caída; un pozo del que creyó salir, pero que en realidad no salió. Pero al final pareció que sí había salido, muchos meses, casi tres años, estuvo en manos de un profesional que le intentaba ayudar a levantar sus ánimos, a recuperar su autoestima hecha añicos después de ver que todo lo que creía que era no le servía para nada porque nada tenía. Nunca llegué a compartir esa visión suya tan pesimista, aunque sí le entendía. Por suerte pareció salir del pozo, no sin sudor, penas, llantos, decepciones y demás. O esto es lo que pensaba, porque después de su llamada esa noche y tras haberle notado cómo estaba anímicamente hablando: hundido, temí que hubiera vuelto a caer en el pozo.

Mis esperanzas de dormir algo más de cuatro o cinco horas esa noche se esfumaron al mismo tiempo que descolgaba el teléfono. Aunque si tengo que ser sincero tampoco es que sin la llamad hubiera podido conciliar el sueño de otra manera, también yo mismo tengo mis cosas en la cabeza que me impiden dormir con tranquilidad. Y aunque no tuviera cosas en la cabeza a las que dar vueltas tampoco creo que durmiera mucho más de seis o siete horas; mi cuerpo hace tiempo que dejó de comportarse como debería. Al final uno de acostumbra y lee, escribe, o idea planes que casi nunca se terminan por cumplir pero que por unas horas, o unos días, o mejor dicho noches, mantienen el cerebro ocupado y lo cansan. Sólo me quedaba esperar, sin tampoco dar muchas vueltas a lo que había hablado con mi amigo, hasta que llegara el alba, que no tardaría mucho en producirse al estar en el mes de junio.

Caronte.

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jueves, 9 de julio de 2015

El Vals del Emperador (XXVII)

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Al calor de la conversación no se había percatado del paso del tiempo, ni de que ya no les quedaba comida en sus respectivos platos. Habían dado respectiva cuenta de su cena. Viendo que la conversación había llegado a un momento de descanso, el camarero que les había estado atendiendo toda la noche se acercó hasta su mesa y les retiró los platos ya vacíos y los cubiertos sucios. El jefe de sala del restaurante también se acercó aunque en su caso para preguntarles si la cena había sido de su agrado, a lo que ambos, primero Anna y luego él, respondieron que sí, que todo había estado delicioso y que era una pena que ya hubieran dado cuenta de su cena. El camarero volvió a la mesa y les ofreció la carta de postres. Tras ojearla unos segundos él ya sabía lo que tomaría, un strudel de manzana acompañado de un café; Anna por su parte tardó un poco más en decidirse. Viendo que estaba dudosa y que no se terminaba de decidir, el jefe de sala intervino preguntándola si permitía que le hicieran una recomendación. Anna accedió de buen grado sonriendo ampliamente, como queriendo dar las gracias al jefe de sala por ayudarla a decidirse. Al final Anna de decantó por una de las recomendaciones del jefe de sala: una tarta de chocolate y nata, especialidad de la casa, y según el propio jefe de sala uno de los postres más demandados del restaurante. Al retirarse tanto el jefe de sala como el camarero la conversación se retomó, aunque no en tono tan serio como antes.

– ¿No guardas ningún amigo de la universidad? ¿No tienes contacto con nadie de aquella época? – Preguntó Anna.
– Para el grupo que se supone que éramos en aquella época, la respuesta es no. No tengo a día de hoy contacto con ninguno de los amigos que se supone que tuve en la universidad. – Respondió él.
– Es triste.
– Sí, bastante triste. Y también duro, sobre todo para mí que llegué a la universidad sin tener amigos, y tras creer que los años que pasé en la facultad sirvieron para comenzar nuevas amistades que duraran toda la vida, me terminé por dar cuenta de que no iba a ser así.
– ¿Por qué? Cuando hemos salido del hotel me has contado la historia del gorro ruso que llevas y de cuándo te lo compraste. En ese viaje a Rusia fuiste con dos amigos de la universidad.
– Tienes toda la razón Anna. Pero también he dicho que fue de las últimas grandes cosas que hice con amigos de la universidad. Yo tampoco termino de entender qué pasó. Supongo que nunca he terminado de saber mantener ninguna amistad, que si perdí contacto con aquellas personas fue por mi culpa y falta de insistencia. – Dijo él con el tono de voz como golpeado de repente por la nostalgia y el recuerdo, recobrando la melancolía anterior.
– Esto no es como cuando hay peleas que se dice que dos no luchan si uno no quiere. Para que haya amistad entre dos personas, ambas personas deben quererla y mantenerla. Y del mismo modo para que una amistad termine deben poner de su parte ambas personas. – Anna dijo esto intentando animarle, hacerle ver que nadie tiene la culpa de manera individual de las cosas que pasan.
– Muchas veces no me comporté como debía con todos los amigos que hice durante los años de universidad. A veces primaba a unos sobre otros y puede que eso terminara por alejarme de todos ellos.
– Eso no es ninguna razón válida. Y si me permites es una soberana tontería. – Anna se sorprendió a sí misma diciendo estas palabras y usando para ello un tono rotundo, casi de doctor en filosofía enunciando un axioma de la naturaleza al que nadie puede poner objeción alguna.
– ¿Por qué? – Quiso saber él entre asombrado por lo que acababa de decir ella e intrigado por lo que añadiría a continuación.
– Acabas de decir que a veces primabas a algún amigo sobre otro.
– Sí.
– Eso no es nada raro. Es como si me dicen que por qué me pongo más un pantalón que otro, o por qué uso más una colonia que otra. Los gustos no son universales y mucho menos homogéneos. Diferenciar entre amigos es lo más natural del mundo. Si las personas no somos iguales unas a otras, y todo el mundo acepta esto como algo normal y natural; tampoco las relaciones que establezcamos con estas personas serán iguales.
– Durante mucho tiempo pensé eso yo mismo. Pero había personas que no lo entendían así. A veces tenía la sensación con algunas personas a las que consideré amigos que o se quedaba en pack, es decir todo el grupo de amigos que éramos en la universidad, cuatro o cinco nunca muchos más, o se podía quedar.
– Soberana tontería. Quien dijera eso no tenía ni idea de lo que era la amistad. Se pueden tener muchos amigos, considerar a todos y cada uno de ellos como amigos y querer a cada uno de una manera diferente sin que eso implique menor consideración para el resto. Tú no tienes la culpa de que hubiera personas entre aquellos amigos con los que tuvieras una relación más estrecha.
– No estoy tan seguro de eso. – Dijo él de nuevo embargado por la melancolía y sintiéndose culpable de que a día de hoy no tuviera amigos con los que verse, quedar o tomar algo de vez en cuando. Una melancolía que a veces le invadía de tal manera que lo único que podía hacer para dejarla atrás era cerrarse en banda y repetirse una y mil veces que él no era culpable de nada.

Entre tanto vino el camarero con sus respectivos postres. La tarta de ella era fría y tenía una pinta deliciosa, de esas que le hacen a uno que sus glándulas salivales funcionen a todo trapo y levanten el más primario de los deseos devoradores. El postre de él, el strudel de manzana venía caliente, o mejor dicho tibio. Se notaba que estaba recién hecho y que no había dado tiempo a que se enfriara debido al éxito que estaba teniendo entre los comensales del restaurante aquella noche. Ambos probaron el postre del otro. A Anna el strudel no terminó de convencerla, aunque la bola de halado de vainilla artesano sí que le gustó; a él por el contrario como buen amante de los dulces, chocolates, pasteles y tartas, la de Anna sí que le gustó y probó en un par de ocasiones su postre.

– ¿Eres muy dulcero? – Preguntó Anna, mirando divertida cómo él se llevaba a la boca el tenedor con un trozo de su tarta.
– Los dulces son mi perdición, lo reconozco. Vaya donde vaya lo primero que hago es preguntar por el dulce típico de la ciudad, pueblo o región. Todo lo que sea dulce me vuelve loco. Incluida tú. – Esto último lo dijo recuperando el tono amable y normal que le suele caracterizar y que había mantenido prácticamente durante todo el viaje desde que salieron de Madrid por la mañana.
– Por muchas lisonjas que me digas no te vas a librar de seguir contándome qué pasó para que no mantengas contacto ni relación alguna con los amigos que hiciste en la universidad. – Dijo ella sonriéndole entre maliciosa y dulcemente, apremiándole con la mirada a que siguiera contando.
– Parece que no me libro esta noche de contarte sobre mí, ¿no? – Preguntó él sabiendo de antemano la respuesta.
– No. Y ahora dime ¿qué pasó para que después de acabada la universidad perdieras el contacto o la amistad con tus amigos?
– Como te he dicho supongo que hubo culpa por parte de todos. No creo que tuviéramos el mismo concepto de amistad todos y mucho menos las mismas prioridades. Después de volver de Rusia cada uno nos fuimos de vacaciones de manera individual, yo con mis padres, y el resto con sus familias o con sus parejas quien las tuviera.
>> Aquel verano fue muy largo. Habíamos acabado la universidad y ahora tocaba ver qué hacíamos cada uno con nuestras vidas. Yo era un mar de dudas. Por un lado no me gustaba la carrera que había hecho y no me llenaba de ilusión trabajar de lo mío. Pero por otro lado me quería ir de casa, no aguantaba más seguir bajo el paraguas de mis padres. No es que me llevara mal con ellos por entonces, simplemente quería no tener que estar siempre dando explicaciones y haciendo de buen hijo como había estado haciendo muchos años. Pero volviendo al tema que me voy por las ramas y no terminamos.
>> El verano fue muy largo y cada dos por tres les decía a mis amigos de quedar para hacer algo, a tomar algo, o a pasar algún día fuera de Madrid lejos del calor sofocante de la ciudad. Casi nunca me contestaba nadie. Y cuando contestaban lo más normal era un no. A veces alguno de mis amigos proponía hacer algo y yo, aunque no me apeteciera mucho iba. No me quedaba otra si quería salir de mi casa. Lo que pasa es que había veces que siempre era lo mismo, me llamaba un amigo y siempre me proponía lo mismo, esperando que yo dijera que sí aunque cuando lo proponía yo la respuesta fuera negativa. Cuando intentaba cambiar algo el plan para adaptarlo a algo que me apeteciera más siempre se me decía “primas el qué al quién”, y yo pensaba para mí “pues claro, no te fastidia, no voy a estar siempre cediendo porque quieras”. Me terminé cansando y al final dejé de proponer cosas que me gustaban y empecé a hacerlas solo.
– Hay que tener valor para hacer las cosas solo. En mi lugar no habría sido capaz de hacerlas, nunca me he sentido cómoda saliendo sola, o yendo al cine por mi cuenta. – Comentó ella tras haber escuchado con detenimiento el discurso de él.
– No me quedaba otra Anna. O salía solo o me quedaba en casa encerrado de lunes a domingo y vuelta a empezar. No fue fácil salir solo. Muchas veces me volvía a mi casa después de haber salido porque me entraba una ansiedad de caballo al verme solo caminando por el centro de Madrid viendo cómo pocas personas de mi edad hacían eso.
– ¿Y por qué no insististe? ¿Por qué no seguiste sugiriendo a tus amigos el quedar? – Preguntó Anna de nuevo.
– Porque me cansé de los noes. – Dijo él con sequedad y algo de irritación en su voz.
– Es algo que puede ocurrir cuando tienes amigos. Quizá fuiste poco tolerante. – Se atrevió ella a decir.
– No Anna. Te puedo asegurar que fui tolerante, y aguanté mucho. Pero creo que es normal que uno se termine por cansar cuando propones algo con toda la ilusión del mundo y casi siempre recibes la misma respuesta.
>> Sé que no compartía muchos gustos con mis amigos, pero durante la carrera, aunque pocas, sí que hicimos algunas cosas juntos. Lo que pasa es que se acabó ese nexo de unión que nos mantenía juntos y viéndonos todas las semanas del curso. Y una vez se acabó eso, cada uno tiró por sus prioridades. Y supongo que las mías no fueron las mismas que las de mis compañeros.
– ¿Y cuáles fueron esas prioridades?
– La amistad y las personas. Durante la carrera me di cuenta de que tener un título universitario, ser buen estudiante o conseguir el mejor trabajo del mundo es lo más miserable que puede haber si no hay personas con las que puedas compartir tu vida, amigos, pareja, familia. Yo opté por lo último, por las personas; mis amigos...... Pues supongo que no pensaron como yo. Algunos se pusieron a buscar trabajo en cuanto volvieron de sus vacaciones, otros simplemente priorizaron a otras personas u otros aspectos de sus vidas.
>> Esto no quiere decir que nos volviéramos a ver más. Todavía hubo unas cuantas ocasiones en las que quedamos todos juntos y organizamos alguna cena. Pero como cada uno hizo su vida y pasó del resto al final esas cenas dejaron de hacerse porque cada cual daba sus excusas para no ir. Y con el tiempo, apenas dos años después de acabar la carrera no quedaba nada de aquellas relaciones de amistad que hubo algún día, si es que las hubo. Cosa de la que duda cada vez que pienso en ello.
– No creo que tengas que dudar. Probablemente tú si hubieras intentando mantener la amistad. El resto no dependía de ti. Todos podemos hacer más en todo lo que acaba mal o como no planeamos. Pero una persona no puede hacer todo. No tienes que martirizarte por ello. – Dijo Anna con calma, pensando muy bien sus palabras para intentar no ser brusca y para hacerle ver que él no era el culpable único de la pérdida de la relación con sus amigos de la universidad. – Cada persona es un mundo, y si muchas veces somos incapaces de conocernos a nosotros mismos, piensa en lo difícil que puede ser intentar comprender a los demás. Las amistades van  y vienen.
– El problema Anna está en si nunca se ha tenido una amistad de verdad, y las que se cree haber tenido se terminan perdiendo o esfumando con el tiempo.

La cena ya había terminado. El restaurante estaba cada vez más vacío. Las costumbres horarias de Europa Central nada tienen que ver con las españolas. En Austria, como en otros muchos países europeas, prácticamente todos lo que no están al sur del continente, es decir, todos menos Italia, Portugal, Grecia y España, se cena muy pronto, y más en invierno, y trasnochar implica volver a casa y acostarse como muy tarde a la una de la madrugada, cuando en Madrid, incluso en las noches más intempestivas esa es la hora de comenzar a disfrutar de la noche. La conversación que mantenía, aunque muy intensa e interesante, tendría que seguir irremediablemente por la calle camino de vuelta hacia el Sacher.

El camarero les retiró los platos de los postres. El jefe de sala se acercó a la mesa para preguntar qué tal les había parecido la cena, y si los postres habían estado de su agrado. Ambos confirmaron que había sido la mejor cena que hubieran podido tener en Viena y sin duda en su próxima visita a la ciudad, si es que la había, volverían por allí para degustar sus exquisiteces. Él pidió la cuenta. El jefe de sala se dirigió hacia la barra, sacó la factura, la guardó en una libreta de cuero con la insignia del restaurante resaltada en oro y se la acercó a la mesa, además ordenó en alemán al camarero que les llevara, obsequio de la casa, unos chupitos de licor tradicional austríaco. Anna que no solía beber demasiado alcohol, y menos licores de graduación prácticamente eslava (superior a los 40º), le pasó el chupito a él, que aunque no tenía muchas ganas de meterse si quiera un chupito, terminó por beberse prácticamente de golpe, con el ardor de garganta que le supuso, los dos. Él fue el que pagó la cuenta. El jefe de sala en persona les ayudó a ponerse los abrigos, les acompañó hasta la puerta del restaurante, en el que apenas quedaban ya tres o cuatro mesas ocupadas por comensales que en su mayoría ya estaban dando cuenta del café y el postre, y se despidió de ellos: besándole la mano a Anna y estrechándole la suya a él, inclinando al mismo tiempo ligeramente la cabeza. Volvieron a salir a la gélida noche vienesa.

Caronte.

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viernes, 3 de julio de 2015

El Vals del Emperador (XXVI)

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Comenzaron a comer lentamente debido al calor que todavía emitían los platos recién terminados de cocinar. Tras beber un poco de vino él propuso un brindis por ellos dos, por estar allí en Viena sentados en ese restaurante, protegidos del frío helador del invierno austríaco y disfrutando el uno de la compañía del otro; Anna añadió al brindis el deseo de que se repitiera más veces esa escena. Hicieron sonar sus copas y volvieron a beber. Tras esto ahora sí comenzaron a degustar sus respectivos platos y a continuar con la conversación desde prácticamente el mismo punto en el que la dejaron.

– Entonces, si soy un desequilibrado mental ¿no tienen miedo de lo que te pueda pasar estos días en Viena durmiendo no ya en la misma habitación que yo sino en la misma cama? – Preguntó él con algo de sorna.
– Hombre no te creas que no me lo he planteado ahora mismo. Pero creo que el que tendría que tener miedo de lo que pudiera pasar en la habitación del hotel tendrías que ser tú. En la cama sabes que mando yo. – Respondió Anna echándole una ojeada de soslayo mientras intentaba quitar las espinas a su trucha.
– ¿Con que en la cama mandas tú? No tenía noticia de semejante hecho. Tendré que ir entonces con más cuidado. – Repuso él siguiendo con la broma.
– Ve con más cuidad sí. No vaya a ser que te devore a la luz de la luna. Por cierto está muy bueno este pescado. – Dijo Anna cambiando de tema.
– Me alegro de que te guste Anna. ¿Quieres probar el guiso de venado? Estoy seguro que también te gustaría.
– Bueno, dame un poco que lo pruebe. No esperes que yo te ofrezca pescado porque está delicioso y lo que me gusta de verdad no lo comparto con nadie. – Apuntó Anna sonriéndole irónicamente.
– Mira también tenemos eso en común. A mí tampoco me gusta compartir con nadie lo que me gusta y apasiona, salvo si merece la pena compartir claro está. – Dijo él al mismo tiempo que, pillando a Anna desprevenida cogiendo el tenedor que él la prestaba para que probara el guiso, pinchaba con su tenedor un trozo de trucha acompañado por una patata asada y un poquito de salsa de hierbas.
– ¡Pero qué ladrón estás hecho! – Exclamó Anna viendo atónica y sin posibilidad de acción cómo él se llevaba a la boca el bocado de trucha y la sonreía. – Te vas a enterar tú. Ya verás.

Siguieron disfrutando de su cena entre conversaciones sin trascendencia. Hablaron sobre el día siguiente y los planes que en principio tenían para ese último día del año. Estaba, claro está, la cena y la posterior fiesta de Fin de Año a la que asistirían en el propio Hotel Sacher, una de las más solicitadas por los vieneses con posibilidades económicas. La fiesta que organiza el Sacher para celebrar el Fin de Año es una de las más solicitadas por la élite social de toda Viena, y resulta casi imposible conseguir mesa para la cena, y entrada para la posterior celebración. Sin embargo ellos tenían tanto la mesa reservada desde hacía varios meses, como la entrada a la última, o mejor dicho primera, fiesta del año. Sin embargo la cena no comenzaba hasta las ocho de la tarde con lo que tenían todo el día para disfrutar de Viena, hacer compras, visitas o simplemente descansar y estar rondando por el hotel haciendo tiempo hasta que llegara el momento de vestirse con sus mejores ropas y celebrar tanto el Fin de otro año, como el Inicio del siguiente.

– Todavía no me has contado cómo has podido conseguir las entradas para una fiesta tan exclusiva como dices que es la del Hotel Sacher, sin ser vienés y sin tener, que yo sepa, ningún amigos austríaco que tuviera algún contacto. – Preguntó Anna con curiosidad.
– Bueno es cierto que no tengo ningún amigo vienés ni austríaco con contactos suficientes como para que me consiguiera mesa y entrada para la fiesta del Sacher. Pero ¿quién te dice a ti que debe ser vienés ese contacto? – Repuso él con algo de misterio y con pocos ánimos de seguir la conversación por esos derroteros.
– La verdad es que nadie. Lo que pasa es que como nunca hemos hablado de tus amigos, o conocidos. Como desde que te conozco nunca hemos hecho nada con nadie, siempre hemos salido solos y nunca te he visto atender ni llamadas ni mensajes de nadie que no fuera tu secretario del trabajo; pues he deducido que de algún sitio habrán tenido que salir las invitaciones para la fiesta. – Dijo Anna llevando la conversación poco a poco al punto al que ella quería.
– Sé hacia dónde quieres ir Anna. No quiero hablar de eso. – Dijo él cortando en seco la conversación, o al menos pretendiéndolo.
– No estoy queriendo llevar la conversación hacia ningún sitio. – Mintió piadosamente ella sabiendo que había algo de lo que él no quería hablar pero que sabía que quizá lo necesitaría. – Pero no vas a negar que después de más de dos años saliendo, yendo al cine, a cenar, a comer, de viaje, y acostándote conmigo cuando te viene en gana, no me parezca raro que no hayamos hablado nunca de ti.
– Tampoco lo hemos hecho nunca de ti Anna. – Repuso él de manera algo brusca para como ella le estaba hablando.
– Cierto. Pero la cuestión no es esa ahora. Si de mí no hemos hablado es quizá porque nunca me has preguntado nada. Yo sin embargo sí te he preguntado muchas veces. Y siempre me sales con las mismas y además te haces el ofendido cuando ocurre.
– ¿Ahora me vas a decir que si te hubiera preguntado por ti y tu pasado me hubieras contestado amablemente y hubiéramos hablado? – Muy bronca se estaba volviendo la conversación y esto era algo que él notaba.
– Mi pasado no está presente en mi vida. El tuyo por el contrario parece como si no se hubiera terminado en ningún momento. Sé que hay algo de tu pasado que no está bien cerrado. – Dijo Anna cogiéndole de la mano pese a la reticencia de él que intentó zafarse del gesto de ella. – Sé que puede ser doloroso, y seguramente lo sea, pero por eso mismo quiero hablar contigo porque no puedes tener eso ahí constantemente presente cuando muy probablemente sean cosas que pasaron hace muchos años.
– Tienes razón, es doloroso y mucho. Pero es el pasado.
– No es pasado si sigue en tu cabeza, o en tu corazón, día a día.
– No está en ninguno de esos lugares.
– Mientes. Sé que mientes. A una mujer no la vas a engañar tan fácilmente y menos tú que...
– Y menos yo que nunca he estado con una mujer tanto tiempo como contigo verdad. – La interrumpió el sin dejar terminar la frase que estaba Anna pronunciando. – Y menos yo que nunca he amado a una mujer, ni nunca ha sido amado por ninguna ¿verdad? – Terminó él molesto, enfadado, lleno de rabia, no tanto por Anna que ninguna culpa tenía de todo aquello, sino con él mismo por escuchar de boca de ella todo lo que sabía que era verdad.
– Yo no quería decir eso y lo sabes tan bien como yo. No me vengas ahora haciéndote el ofendido. Si no quieres hablar es problema tuyo, no mío. Pero no niegues la realidad por favor, no caigas en ese error tan común en muchas personas. No quiero generarte dolor hablando de algo que tú no quieras, pero déjame ayudarte. – Dijo Anna sin cambiar en ningún momento el tono de vez. Sí es cierto que no se mostraba compasiva, sino firme en sus palabras y en su actitud; tampoco sonreía, pero no estaba enfadada con él por cómo estaba reaccionando ni mucho menos. Estaba preocupada ante todo.

Estuvieron unos minutos eternos en silencio. Cada uno terminó de dar cuenta de su cena. Apenas se pronunciaron palabras, casi ni se emitieron ruidos, solo los sonidos propios de una cena se podía escuchar: el cortar de los cuchillos, el tintineo de las copas, el pan al ser partido con su característico crujido de ternura, el frotar de las servilletas sobre los labios. También se podían escuchar con más claridad de la que hubieran deseado las conversaciones de las mesas de al lado. Aunque no llegaban a entender lo que se decían los demás comensales que les rodeaban, por el tono de dichas conversaciones sí podían averiguar si estaban alegres, o tensos, o enfadados, o cansados. Ellos aunque en silencio sabían perfectamente lo que sentía cada uno: él sabía que ella no estaba molesta por su propio comportamiento y su brusquedad a la hora de contestarla, aunque podría comprender que estuviera algo dolida por ver que sus intentos de ayudar no estaban sirviendo de nada bueno, más bien al contrario; ella por su parte se daba cuenta de que él no estaba a gusto, que no estaba cómodo hablando de ello, notaba su dolor interior y el peso que ese pasado doloroso todavía tenía en el presente, por eso se sentía en parte culpable de haber traído a primera línea unos sentimientos y unos recuerdos que quizá era verdad lo que él decía y estaban puestos a buen reguardo en el pasado, aunque por instinto femenino ella sabía que no era así.

– Mira si te he ofendido en algo te pido perdón. No quería por nada del mundo traerte malos recuerdos de tu pasado. – Empezó a decir Anna para intentar zanjar la cuestión y volver a terreno más neutral y a una relación más pacífica y menos conflictiva, sin entrar en detalles que podrían resultar delicados.
– No Anna. No te tengo que perdonar por nada. He sido yo el cabezón. Como lo he sido siempre. Tienes razón cuando dices que hay cosas en mi pasado que no están cerradas ni olvidadas, por mucho que yo mismo me diga que sí lo están. – Cortó él por lo sano, cambiando el tono de voz por completo y asumiendo su parte de culpa en la conversación tan arisca que hasta hace nada habían tenido.
– ¿Y por qué no intentas cerrar de una vez por todos esos asuntos?
– Porque supongo que ya no importan lo más mínimo. Poco o nada se puede hacer por algo pasado desde el presente.
– Por el pasado no se puede hacer nada. Lo que en un momento se dijo o se hizo no se puede cambiar. Ahí tienes razón y te la doy sin contemplaciones. Aunque espero que no sienta precedente. – Añadió Anna intentando rebajar un poco la tensión mostrándose un poco bromista, cogiéndole de nuevo de la mano, haciendo que él levantara sus ojos hasta que éstos estuvieran fijos en los suyos, y sonriéndole cariñosamente. – Pero hay una cosa que si se puede hacer con el pasado, y es cerrarlo por completo, ponerlo en su lugar. Aunque para ello se necesite fuerza de voluntad y muy probablemente pasar por momentos duros recordando aquello que nos hizo daño, o aquello de lo que nos arrepentimos.
– Eso mismo me dijo hace muchos años un psicólogo al que fui cuando era un joven universitario que todavía tenía esperanzas por ser feliz algún día. – Dijo él con un tono demasiado pesimista tanto para su gusto como para el de Anna que lo notó en seguida.
– No tenía ni idea de que hubieran ido a un psicólogo. – Comentó ella sorprendida.
– Fue algo que pasó hace muchos años. Casi en la prehistoria de mi memoria. – Continuó él sonriendo levemente, como recordando esos tiempos con sus cosas malas, pero también las buenas que parece que las hubo.
– Mira, has sonreído. Me alegra ver al menos que todavía queda algo de esa persona alegre, irónica y sarcástica que conozco y que tanto me divierte. – También Anna sonrió ligeramente acompañándole.
– Tampoco sabes que durante varios años en la universidad estuve yendo a ese psicólogo para tratarme una depresión. Por suerte, y también gracias tanto a la ayuda de mis padres, pero ante todo, creo yo, gracias a la ayuda y el apoyo de varios compañeros de universidad.
– No, tampoco lo sabía. Tuvo que ser dura aquella época. En los momentos difíciles es donde encontramos nuestro verdadero destino, y donde descubrimos a las personas a las que de verdad importamos.
– Eso suelen decir. – Dijo él medio distraído mirando por la ventana del restaurante.
– Tu mismo acabas de decir que gracias a tus compañeros de universidad pudiste superar la depresión.
– Sí lo he dicho. Lo que pasa es que hoy en día de esos compañeros de universidad no tengo más que vagos recuerdos del pasado. La universidad nos cambió a todos. Supongo que a mí me abrió los ojos para descubrir lo que de verdad importa en la vida. A otros no.
– ¿No tienes relación con nadie de aquella etapa de tu vida? ¿No tienes amigos de hace años? – Preguntó Anna sin dejar de mirarle a los ojos. Mirada que él no correspondía continuamente, sino que hablaba sin mirarla directamente a los ojos.
– Amigos, lo que se dice amigos, aunque depende mucho claro está de la concepción que se tenga de la amistad, no tengo la verdad. No tengo a nadie con quien poder quedar un día de vez en cuando y contarle mi vida. No hay nadie que me vaya a llamar una tarde y me haga recordar viejos tiempos y me dibuje una sonrisa ya sea de vergüenza por alguna vivencia pasada, o de verdadera gracia por alguna anécdota recordada de improviso. – Dijo él en tono melancólico, un tono que habitaba en el recuerdo y que pretendía rememorar tiempos pasados haciéndolos parecer menos tristes y solitarios.
– Nadie puede decir que no tienen ningún amigo. Creo que exageras demasiado. Estoy segura que alguien habrá que de vez en cuando, aunque sea cada muchos meses, te llame y puedas pasar un rato por teléfono contando viejas historias. – Dijo Anna intentando que él no fuera tan negativo y que intentara buscar en su interior algo de lo que poder sacar algún tipo de esperanza.
– ¿Para ti qué es un amigo, o amiga, Anna? – Quiso saber él; y ahora sí que la estaba mirando directamente a los ojos escudriñándola, apremiándola con la mirada para que buscara una respuesta adecuada a la pregunta que acababa de proponerla.
– ¿Cómo? – Anna quedó sorprendida por la pregunta. No se la esperaba.
– Sí, ¿qué entiendes por amistad Anna? – Repitió él de otra forma.
– Pues... – Dudó Anna durante unos segundos; segundos que la parecieron una eternidad y de los que no sabía cómo salir. – Pues para mí la amistad es uno de los sentimientos más fuertes que hay en la vida y que una persona puede sentir por otra. La amistad es ese sentimiento que sin ser amor te lleva a querer a otra persona con todo tu corazón; es lo más cercano que se puede estar sentimentalmente de otra persona sin sentir atracción física. Yo entiendo la amistad casi como una mezcla entre los sentimientos que tenemos hacia nuestra familia, un padre, una madre, un hermano, y los que se tienen hacia nuestra pareja. – Dijo Anna tras superar el momento de duda que al proponerla él la pregunta había generado y que la había pillado totalmente despistada.
– En términos generales coincidimos. Pero para mí un amigo también es esa persona que sabes que va a estar ahí cuando lo necesitas, pidiéndolo tú o no. Es esa persona que no te va a juzgar nunca, o mejor dicho, es esa persona que te juzgará más severamente que la Inquisición, pero que nunca dictará sentencia negativa en contra tuya. Un amigo es esa persona que te dará los consejos que no se aplica él mismo y que sabiéndolo intenta hacerte ver que son los mejores. Sin embargo un amigo no es esa persona que está ahí porque no le queda más remedio y porque te tiene que ver todos los días durante el periodo de tiempo que duran las clases en la universidad y que llegado el último examen y tras tomarse algo se despide hasta el primer día de curso del año siguiente. Un amigo es esa persona que pese a todo sabes que estará ahí aunque no la veas todos los días. – Dijo él sin dejar de mirar los ojos de Anna un solo instante.
– Eres muy exigente.
– No lo creo. Lo que pasa es que desde hace mucho tiempo el concepto “amigo” se usa con mucha ligereza y a cualquier persona que pasa por la vida de uno sin hacer absolutamente nada. Una persona con la que te llevas bien y con la que hablas un rato de manera cordial y agradable en un bar cada vez que vas allí no es un amigo, sino simplemente un buen conocido. Una persona con la que compartes un viaje a la playa en compañía de otras personas entre las que sí que puede haber amigos, no son amigos sino simplemente compañeros de viaje con los que te llevas bien. Pero no. Ahora todo el mundo es amigo de todo el mundo aunque solo se hayan sentado juntos en la misma clase durante toda una carrera universitaria sin haberse dirigido nunca la palabra. – Siguió diciendo él elevando un poco más el tono, dejando atrás la melancolía por el pasado y pasando más bien a una especie de rabia contenida desde hace mucho tiempo.
– No tiene por qué haber una única forma de amistad. – Intentó Anna aplacar un poco sus ánimos.
– Eso no es amistad Anna. Eso es hacer el paripé. Es poner etiquetas a las personas simplemente para sentirnos bien y poder decir por ahí que se tienen muchos amigos, cuando la realidad es todo lo contrario. – Terminó sentenciado él bebiéndose de un trago el vino que quedaba en su copa: un buen trago de todas maneras.


Caronte.

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