viernes, 5 de junio de 2015

Ruinas romanas, más goma quemada y muchos coreanos (III)

Antes de marcharnos de Nürburgring mis dos compañeros de aventura viajera se dedicaron mientras el coche se enfriaba un poco, algo que sinceramente consideraba imposible debido básicamente al calor que seguía haciendo y que parecía no disminuir, sino más bien al contrario seguir aumentando con el paso de las horas, a darse una vuelta por el parking contemplando los prodigios del motor. Para mí todos los coche eran iguales, salvo algún que otro Ferrari que siguen pareciéndome algo exótico y fuera de mi alcance. Cuando consideraron que el coche ya estaba lo suficientemente recuperado, aunque de un paso por Nürburgring nada ni nadie queda igual que antes, nos dispusimos a partir camino de nuestro próximo punto de parada y noche. Pero debido al calor que hacía antes de nada me fui de nuevo al baño a echarme un poco de agua en la cara, el cuello y la nuca para ver si así se bajaba un poco el calor que sentía. En el baño había un alemán bien grande que estaba haciendo exactamente lo mismo que yo y que al verme bajar la cabeza hacia el chorro de agua y empaparme la cara me dijo que vaya calor que hacía, a lo que yo le respondí que sí que ni siquiera en España de donde era había pasado yo tanto calor en un único día, a lo que él alemán volvió a responder que llevaba más de cincuenta años sin hacer tanto calor por aquella tierra. Al salir del baño cada uno fuimos en una dirección. No me extraña que los alemanes estuvieran rojos como tomates y con las camisas y camisetas empapadas de sudor y las frentes brillantes por la misma razón.

Dijimos adiós al olor a rueda quemada, a gasolina y a humo. Por fin tomamos reemprendimos la carretera y pusimos rumbo hacia nuestra siguiente parada, Heidelberg, una de las grandes ciudades universitarias alemanas, referente en el mundo educativo superior no solo en el mundo germánico sino también en toda Europa. El viaje a Heidelberg no sé cómo se desarrolló ya que me quedé totalmente dormido. Solo tengo vagos recuerdos producidos supongo en fases ligeras de mi sueño en las que escuchaba hablar a mis dos acompañantes sobre el circuito de carreras de Hockenheim, otra de las célebres pistas de carreras que hay en Alemania, y sobre el ir hacia allí para verlo en vez de dirigirnos a Heidelberg aprovechando que yo estaba dormido. Es lo que tiene estar enganchado al mundo del motor y los coches, que supongo que es como una droga que no deja pensar en otra cosa (como me pasa a mí con los libros), y llevar en los genes los rugidos de motores y en la sangre la gasolina. Ya digo es posible que esto no pasara, y que estas voces no se produjeran realmente, yo iba dormido, descansando lo que podía. Me desperté como una media hora antes de llegar a Heidelberg.

La ubicación de esta ciudad universitaria no tiene pérdida alguna ya que se encuentra enclavada en la confluencia de los ríos Neckar y Rin, aunque teóricamente está a orillas del primero. La ciudad se aposta en los costados del desfiladero por el que discurre el Neckar y que desde la lejanía se pueden ver como dos moles inmensas de terreno que se elevan sobre el nivel normal del suelo y se mantienen así elevados como si fueran una mesa dispuesta para gigantes. Poco a poco a medida que el coche se fue acercando a la ciudad la hendidura en el terreno provocada por el río se fue haciendo más presente y clara, hasta que penetramos por completo en ella y cruzamos de parte a parte, pegados siempre a la margen izquierda del Neckar, la ciudad de Heidelberg. No podíamos pararnos en ese momento a visitarla ya que debíamos llegar a algún camping para poder registrarnos antes de que cerraran, pero aunque esa primera toma de contacto fue efímera en cuanto que duró lo que tardamos en recorrer en coche la ciudad. Sin embargo entre algunos edificios pude contemplar efímeramente la silueta rosada del Castillo de Heidelberg en lo alto de una colina, colgado sobre los tejados de la ciudad, mirándola desde las alturas, protegiéndola de nada y de todo.

El camping al que nos dirigíamos se encontraba algo alejado de la ciudad, no mucho apenas unos minutos en coche, y en la mismísima orilla del Neckar. Estaba regentado por una pareja muy peculiar, ya que la formaban un alemán que tenía pinta de lobo de mar que de teutón centroeuropeo y una mujer de origen asiático que no supe muy bien ubicar entonces y que ahora por más que lo intento tampoco sabría hacerlo. La verdad es que me pareció una mezcla curiosa cuanto menos. Logramos plaza en el camping por los pelos, ya que llegamos apenas unos minutos antes de que cerraran la recepción de turistas. Nos dijeron que podíamos plantar la tienda donde quisiéramos hacia el final de la zona de acampada, bastante lejos de la entrada y los baños, para que negarlo. La ubicación no es que fuera la idónea ya que la hierba en la zona que nos tocó tenía una buena altura y hubiera servido como un buen buffet libre a una gran manada de vacas.

El problema es que en el camping había un grupo numerosísimo de turistas orientales, coreanos concretamente, que habían levantado un verdadero campamento base al principio del mismo y que ocupaban una buena extensión de terreno. No tenían mucha edad, serían incluso más jóvenes que nosotros, parecía que estaban en un viaje de fin de estudios. Lo que pasaba era que daba miedo pasar junto a esa mini ciudad que tildé inmediatamente de Bangkok Dangerous, no por que fueran tailandeses ni peligrosos, sino porque parecía una ciudad de los suburbios malolientes, dirigidos por las mafias, de alguna gran ciudad del sureste asiático. Esto lo sé de buena mano ya que como en los campings anteriores fui yo el que tuvo que ir a buscar una maza para poder clavar la tienda de campaña al suelo. Dio la casualidad de que mi búsqueda terminó en los coreanos, primero porque no es que hubiera muchas más opciones (apenas había occidentales), y segundo porque nadie parecía tener una maldita maza en aquel camping. Luego tuve que dirigirme hacia el gueto coreano. Tras observar un poco el panorama me decidí por un grupo de chavales que tenían cara de amables. Porque entre los grupos de chicas que rehuían la mirada, las pandas de carteristas lideradas por un coreano con pintas de no dejarte ni un hueso entero tras una sesión de tortura y los grupos de coreanos gordos, frikis y con pinta de informáticos vírgenes y pajilleros, no me atrevía a preguntar a nadie. Tuve suerte que di con un chaval amable que me dejó con toda displicencia su maza y me dijo que ya se la devolvería que no había problemas.

De vuelta con Juan Carlos y Álex, les relaté lo sucedido y la experiencia tan extraña de sentir que estaba en el más lejano oriente, cuando en realidad estaba en una de las ciudades más intelectuales de Alemania por cuya universidad han pasado muchos de los más grandes pensadores y científicos de ese país. Pero resulta que ya habían calvado la tienda de campaña, por lo que el haber arriesgado mi vida fue totalmente en balde. Tuve que volver a devolver la maza. Aunque esperé un poco para que el coreano que me la había prestado no pensara que le estaba vacilando. De vuelta a la ciudad del marisco crudo, los tenderetes de ropa en la calle y las cazuelas de fideos de arroz me puse a buscar al chaval que me había dejado la maza. El problema en ese momento era que no recordaba muy bien quién era. ¡Todos los coreanos son iguales! Y tampoco recordaba muy bien la zona en la que le había encontrado. Al final fue él quien dio conmigo y pude devolverle la maza intentando mostrarme lo más amable posible y excusándome por la tardanza y por no haberle encontrado yo. También le dije en español que cualquiera les distinguía siendo todos iguales. Esto último supongo que no lo entendió porque se rió.

Ya teníamos la tienda montada. Ahora tocaba darse una buena ducha para ir a Heidelberg a visitar la ciudad y cenar en algún lado. Mientras organizábamos todo un poco, pasó una cosa totalmente surrealista, o al menos eso es lo que me pareció en el instante. Fue una de las anécdotas de todo el viaje sin lugar a dudas. Resulta que un señor alemán, ya mayor, con el pelo canoso, la piel llena de arrugas, bigote y gafas de ver, se paró delante del coche y en un español más que decente, tanto que en el primer momento pensé que era un español que nos había descubierto por la matrícula, nos preguntó si éramos españoles. Tras unos primeros segundos de desconcierto en los que intentamos, al menos yo, hacernos una composición de lugar para saber quién preguntaba, respondimos que sí, tras lo cual nos preguntó el señor si habíamos venido desde España, a lo que volvimos a responder que sí. El hombre quedó alucinado por el viaje. Así entablamos una conversación que duró unos cuantos minutos, y que estuvo liderada por Álex que aparte de buen conductor tiene buen don de gentes (mejor que yo seguro, aunque eso no es que sea muy difícil).

El hombre nos empezó a decir que estaba en el camping con su hijo y su nieto pasando un fin de semana de hombres, pero que él realmente vivía en Heidelberg. Estudió derecho en la universidad de dicha ciudad y estuvo también un par de años en España, primero terminando sus estudios y luego trabajando en los juzgados de Plaza de Castillo como abogado. Lo más sorprendente es que nos dijo que había sido compañero nada más ni nada menos que del juez Baltasar Garzón, algo que al menos a mí me dejó totalmente alucinado. También nos preguntó por nuestro viaje y qué es lo que habíamos visto y qué íbamos a ver los días siguientes. Nos recomendó encarecidamente que visitáramos Heidelberg, a lo que le dijimos que nos íbamos en cuanto termináramos de organizar el campamento para la noche. También hablamos del calor que estaba haciendo esos días en Alemania y nos comentó que nunca había vivido tanto calor, aunque no era raro que en verano hiciera calor, bastante más de la que nos pudiéramos pensar. Al final nos despedimos de manera muy cordial, casi como si fuéramos viejos conocidos que se reencuentran después de una larga ausencia. No sería la última conversación con ese viejo abogado que tanto carió tenía a España y tan hondo le calamos los españoles.

Mientras escribo y recuerdo aquella jornada me doy cuenta de algunos detalles que parecían olvidados ya, o al menos que empezaban a estar envueltos en las brumas del recuerdo perdido. Surgen a medida que escribo detalles que a priori pensaba que eran de una manera pero que luego resulta que me viene a la mente que fueron de otro modo. Así caigo ahora en la cuenta de que no nos duchamos antes de ir a Heidelberg, sino a la vuelta de la visita a la ciudad. Luego una vez que dispusimos perfectamente la tienda de campaña y dejamos todo en su sitio decidimos encaminarnos hacia la ciudad. En la recepción del parking nos dijeron que debíamos estar de vuelta antes de una hora determinada de la noche, que sí que no recuerdo muy bien cual era, para no molestar a la gente que ya estuviera durmiendo o a punto de hacerlo. Está claro y creo que no hace falta que lo justifique que no llegamos antes de esa hora, pero aún así pudimos pasar con el coche ya que hicieron una excepción que yo supongo que fue debida a la extraordinaria situación de ocupación del parking.

Llegamos a la ciudad y aparcamos con una suerte infinita, casi sin dar muchas vueltas, algo imposible si hubiéramos intentado hacer lo mismo en Madrid un día como ese, en pleno fin de semana. Como digo aparcamos muy cerca del centro, al lado de Karlslatz (mientras escribo intento documentarme bien sobre los lugares por los que pasamos con sus nombres verdaderos para facilitar así a quien esté interesado que pueda buscar esos lugares). Desde esa plaza pudimos ver por primera vez el Castillo de Heidelberg que cuelga sobre la ciudad como la imagen de un fantasma, semiderruido, con sus piedras rojas, o rosadas, o anaranjadas, o marrones, según cómo las ilumine el sol, mostrando toda su desnudez y vejez, sostenidas ya en muchos lugares mediante andamios que con el paso del tiempo se han convertido en elementos tan definidores del monumento como sus fachadas barrocas y medievales.
 
Vista del Castillo de Heidelberg desde Karlsplatz
La tarde ya estaba decayendo, pocas horas quedaban de luz útil sobre el horizonte para alentar la vida diurna. Y esa poca y ya casi extinta luz solar proporcionaba a la ciudad una belleza inusual debido a las luces y sombras que unos edificios arrojaban sobre otros. Siempre he dicho que Madrid tiene los mejores atardeceres del mundo, y más desde que los llevo viviendo dos años al ir a francés por las tardes al centro de la capital de España; pero soy capaz de reconocer un atardecer hermoso cuando lo veo y el que aquella tarde nos brindó el destino tanto a mis compañeros de viaje, como a mí, lo era sin ninguna duda. Sin saber muy bien hacia donde nos teníamos que dirigir, por no saber qué calle de las que salían de la plaza en la que nos hallábamos coger, optamos por hacer algo muy típico del turista despistado y es seguir a la mayoría. Además también es buen truco siempre en ciudad extranjera, y si es histórica aún más, guiarse por las torres de las iglesias, ya que la más alta siempre suele coincidir con la plaza principal. Y así hicimos también.

Iglesia del Espíritu Santo.
Tras dejar atrás Karlsplatz llegamos a otra plaza, ésta más pequeña que la anterior y con la estatua de una Virgen en su centro, su nombre no sé cual es pero los edificios que la rodeaban tenían la pinta de haber albergado a gentes muy importantes de Heidelberg. Ahora sin embargo muchos de esos grandiosos edificios, palacios, que nos cruzamos en nuestro paseo por la ciudad albergan hoteles de muchas estrellas, comodidades y lujo. Seguimos avanzando. Cada vez había más gente por las calles y el murmullo se hacía cada vez más intenso. La razón para esto era que estábamos ya en la Plaza del Mercado, la plaza principal de Heidelberg donde bullía la vida como si estuviéramos en cualquier plaza mayor de cualquier ciudad española. Las terrazas con sus sombrillas se arremolinaban alrededor de la plaza, pegadas a los edificios en cuyos bajos había restaurantes, cafeterías, pastelerías y cervecerías; pero estas mesas llenas de gente también proliferaban en el centro de la plaza entre el edificio del Ayuntamiento y la Iglesia del Espíritu Santo, alrededor de una fuente. El juego de sombras que el sol arrojaba sobre la plaza la hacía mucho más hermosa de lo que probablemente hubiéramos podido contemplar en pleno mediodía. La gran Iglesia que ocupaba más de la mitad del espacio de la plaza, cuya parte trasera se enfrentaba al Ayuntamiento como si el poder de la iglesia hubiera dado la espalda al poder de los hombres terrenales, estaba presidida en su fachada de poniente por una gran torre coronada por uno de los tan típicos tejados de iglesia alemanes que ya habíamos visto en la lejanía en muchos pueblos desde la carretera.

Desde el centro de la plaza del mercado se podía ver el omnipresente castillo de la ciudad. Uno mientras está en Heidelberg no puede olvidar su presencia. Aunque no se vea se sabe que está ahí, como el espíritu del antiguo dueño de un palacio o fortaleza medieval que reniega a irse del que fue su hogar y baluarte de su poder y dominios aún después de muerto. Una vez el ojo capta la belleza, aunque más que bello u hermoso este castillo es atractivo, de la fortaleza rosada siempre la tiene presente, y muchas veces sin quererlo busca su presencia en las alturas, por encima de los tejados de los edificios, para calmar la necesidad de saberse bien protegido y cerciorarse de que las cosas siguen en si sitio y seguirán siempre así hasta que la locura de algún humano o alguna sociedad decidan poner fin al pasar del tiempo y al normal desarrollo de la historia.

El camino que yo estaba buscando era el de llegar hasta el puente viejo desde el que se tienen sin duda las mejores vistas de todo el conjunto urbano de Heidelberg y desde el cual se puede contemplar al mismo tiempo los campanarios de las distintas iglesias de la ciudad que se elevan hacia el cielo en busca de vete tú a saber qué, el gran río Neckar que sin ser uno de los más famosos de Alemania, y muy poco conocido fuera de sus fronteras, tiene en su encuentro con el Rihn aspiraciones de río amazónico y su anchura sobrecoge, el Castillo-Palacio de Heidelberg y el resto de tejados de la ciudad universitaria. Al puente se llega bordeando la Iglesia del Espírito Santo y cogiendo la calle que sale desde su lado norte. Todos los rincones de la ciudad estaban totalmente abarrotados de gente tomando algo en las terrazas de los cafés y de las cervecerías, o preparándose para cenar en los múltiples restaurantes. También proliferaban las heladerías de las que salían numerosas colas de personas que esperaban su turno para refrescar sus entrañas con un helado.
 
Vista de la Puerta Medieval de acceso al puente viejo.
Al final de la calle que llevábamos y con el sol ya apenas iluminando el último tercio de las fachadas de todos los edificios, se levanta una enorme puerta que da acceso al puente propiamente dicho. Es algo típico de los puentes medievales, aunque este no lo sea por haber sido erigido en el siglo XVIII, sobre todo del centro de Europa, aunque también tenemos buenas muestras de ello en España, el disponer en sus extremos, sobre todo el que da a la ciudad propiamente dicha, de puertas de acceso en las que antiguamente se pagaba una tarifa o impuesto para poder traspasar dicha puerta y entrar en la ciudad. Allí estaba la gran puerta, con dos torres esféricas coronadas con sendas cúpulas en forma de cebolla. Atravesamos la puerta y empezamos a recorrer el puente hasta prácticamente su mitad para desde allí poder contemplar tranquilamente la belleza de la ciudad, con su castillo en lo altos, sus torres eclesiásticas, sus tejados picudos, la puerta del puente y el río Neckar bajo nosotros. Y es aquí donde me fijé en la maravillosa luz de atardecer que nos acompañaba, que tuvimos el privilegio de contemplar, y que resbalaba con sus tonos dorados por los edificios que daban a la orilla del río y los tejados de las casas del centro de la ciudad. Una luz que daba las últimas caricias a esas fachadas a las que había acompañado durante todo el día y de las que ahora debía despedirse hasta la mañana siguiente, cuando después de morir en el horizonte, por poniente, el sol volviera a nacer otra vez con un nuevo día de vida del mundo, por oriente.

Caronte.

jueves, 4 de junio de 2015

Ruinas romanas, más goma quemada y muchos coreanos (II)

Alrededor de la plaza se levantaban una serie de edificios con aire noble y antiguo, de guardianes de la ciudad y de moradores de la misma desde hacía muchos tiempo. Sin tener una forma clara ni definida, la Plaza del Mercado de Tréveris me transmitía armonía y belleza. Todos los edificios miraban con orgullo la plaza, las fachadas terminadas casi todas ellas puntiagudamente rodeaban el espacio público y las torres de la catedral y de otras iglesias cercanas se alzaban orgullosas sobre el resto de edificaciones dejando entrever su existencia sin ser vistas directamente. Desde la plaza nos dirigimos primeramente hacia la Porta Nigra, una construcción romana, símbolo de la ciudad. Podríamos haber ido primero a visitar la Catedral, pero como ésta estaba en otra dirección, algo opuesta a la de la Porta Nigra, decidimos ir primero hasta el monumento más alejado para luego volver sobre nuestros pasos de nuevo hasta la Catedral.

La Porta Nigra es una construcción masiva en piedra oscura, con dos aberturas que hacen las veces de puertas en su parte baja, y numerosas ventanas en el propio cuerpo de la construcción, que no me atrevo del todo a considerarla un edificio. Este monumento alrededor del cual nos arremolinábamos los turistas que en ese momento estábamos en Tréveris como si no hubiera nada más interesante en la ciudad sirvió en su día como puerta de entrada a la ciudad romana y principal baluarte defensivo de la misma. Fue construida alrededor del año 180 de nuestra era, por lo que ha vivido muchos siglos del devenir del mundo y ha contemplado impertérrita el comportamiento irracional del ser humano a lo largo de su existencia, sufriéndolo también en sus propias piedras en alguna que otra ocasión. No quiero decir que me pareciera poca cosa, porque no lo es, ni que no me impresionara porque la verdad es que estar al lado de esa construcción impone, lo que pasa es que lo que ya había visto de Tréveris me había gustado bastante más, sobre todo el estilo arquitectónico de la ciudad, estilo que por otra parte impera en toda esta zona de Alemania y que veríamos con asiduidad durante esos días.
 
Porta Nigra
Como dije antes, tras ver el monumento emblema de la ciudad de Tréveris nos dirigimos de nuevo hacia la plaza del mercado para esta vez coger otra de las calles que salen de la misma y llegar hasta la Catedral de San Pedro. Para ser más exactos lo que íbamos a visitar no era solo la Catedral de Tréveris sino también la Iglesia de Nuestra Señora, que está prácticamente adosada a la primera y por tanto nos íbamos a quitar dos pájaros de un tiro. Estas dos grandiosas construcciones, que representan le poder de Dios en la tierra y en su día intentaron simbolizar todo el poder religioso de la ciudad, forman parte también de la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Tengo que decir que el conjunto no solo es monumental sino que también es realmente hermoso. Y es que tanto la Catedral de San Pedro como la Iglesia de Nuestra Señora se elevan al cielo de Tréveris con sus tremendas fachadas y torres de piedra gris o marrón, según como les dé el sol. Son una muestra magnífica del estilo gótico primitivo alemán, es más la Catedral se supone la construcción religiosa más antigua de toda Alemania, no el edificio en su totalidad, sino partes del mismo que datan del IV. Pero si su exterior es verdaderamente imponente como digo, el interior no se queda a la zaga y destaca sobre todo por su amplitud de espacios y luminosidad natural, aparte de por su altura. Cuando entré en la Catedral los ojos se me fueron directamente al techo, como me suele pasar en este tipo de construcciones, y allí se quedaron durante unos cuantos pasos. Lo más bonito de la catedral no obstante no está en su propio interior, sino en el claustro desde el cual se puede tener una visión global del conjunto eclesiástico con sus torres, arcos, contrafuertes, gárgolas y pináculos. En el claustro coincidió que sonaron las campanadas anunciando la hora, si no recuerdo mal, un espectáculo del que siempre me ha gustado disfrutar porque me hace retroceder en el pasado a un tiempo en el que ese sonido era el centro de la vida de la ciudad, ya que marcaba todas las pautas de los ciudadanos, no sólo marcando las horas, sino también los acontecimientos importantes de la vida social de un pueblo o ciudad, como muertes, anuncios de reunión, o avisos frente a amenazas.

Dentro de ambas iglesias se estaba bastante bien, básicamente porque hacía fresquito. El calor que a esa hora del día ya hacía en el exterior no era para nada normal, y pasar a un edificio en el que la temperatura bajaba considerablemente se agradecía. Hubiera estado todo el día dentro de la Catedral, sentado en alguno de los bancos, no sólo por sentir el frescor del ambiente, sino también por admirar la armonía de las formas de las columnas, techos, bóvedas y arcos. No es algo que sólo sintiera en Tréveris. El estilo gótico, en cualquiera de sus ramas y épocas siempre me ha transmitido paz interior y tranquilidad. Contemplar las fachadas góticas de muchas catedrales españolas me tranquiliza, y estar dentro de esas construcciones me hace estar a gusto contemplando la belleza que el ser humano es capaz de crear mediante formas. Pero no teníamos tampoco mucho tiempo para estar visitando la catedral ya que teníamos una cita, cada vez más cercana, con la velocidad y el olor a gasolina y rueda quemada en Nürburgring. Salimos de nuevo a la plaza de la catedral donde el calor de nuevo nos golpeó con toda rotundidad en la cara, y el sudor que dentro de la iglesia se había secado y parecía haber desaparecido volvió a aparecer sin demorarse lo más mínimo.
 
Conjunto eclesiástico de Tréveris
Volvimos hacia la plaza del mercado de la que ya también, con algo de tristeza por mi parte, nos despedimos y tomamos una de las calles que salen de la misma en dirección hacia donde teníamos aparcado el coche. A parte de la persecución y las demoras de mis compañeros de aventuras, admirando a las hembras de raza germánica o teutónica (algunos hablaría de tetónica), llegamos de nuevo al Aula Palatina a la que ahora el sol le daba más de frente iluminando su fachada principal lateral y mostrando en todo su esplendor su tono rojizo y su historia centenaria. Quiero añadir aquí una pequeña anécdota que recuerdo vivamente, y es que caminando en dirección al parking por una de las aceras de la calle de repente escuché un sorbido monumental de flema, de esos que alimentan y que hacen saber a todo el que está cerca que te acabas de meter p’al cuerpo un pollo que si lo hubieran echado habría volado sin duda alguna. Fue soberbio, tanto que tanto mis compañeros como yo nos miramos y comentamos la rica alimentación del germano que había generado semejante sonido interior.
 
Plaza del mercado
El trayecto entre Tréveris y el circuito de Nürburgring lo hizo Álex de conductor. Si alguno se piensa que fue plácido o tranquilo que sepa que está totalmente equivocado. Íbamos tarde. El tiempo se nos echaba encima. Se acercaban las dos de la tarde, hora de apertura del circuito, y aún estábamos a bastantes kilómetros de distancia. Además no habíamos comido. Pero ningún problema nos puede hacer sufrir como dirían Timón y Pumba. La comida la habíamos comprado por la mañana antes de salir de Ulmen camino de Tréveris en un Lidl. Llevábamos además desde Madrid fiambre envasado, por lo que ese día decidimos comer bocadillos, para lo que sólo nos faltaba el pan. Ahora bien el tiempo nos apremiaba, había que ganarlo de alguna manera. Decidimos que durante el trayecto en coche mientras Álex hacía de piloto esquivando y quitándose coches lentos de encima y zigzagueando por la autopista a algo más de la velocidad permitida; Juan Carlos y yo nos ocupábamos de montar los bocadillos lo mejor posible sin ensuciar demasiado un coche en el que deberíamos hacer todavía muchos kilómetros. La verdad es que el trayecto fue gracioso: verme a mí intentando cortar la barra de pan en tres trozos decentes para hacer los bocadillos y abriéndolos por la mitad para que posteriormente Juan Carlos los rellenara con mortadela, salchichón y queso a más de cien kilómetros por hora en mitad de una autopista alemana no creo que sea algo que vayamos a repetir nunca. No hay que olvidad que yo estaba manejando una navaja al mismo tiempo que Álex aceleraba y frenaba y movía el volante a izquierda y derecha con lo que mi propia estabilidad y seguridad estaban en peligro.

Al final todo fue bien y logramos hacer tres bocadillos muy decentes. Antes de llegar al circuito paramos de nuevo en Ulmen (parecía que ese pequeño pueblo nos atraía inmisericordemente hacia sus calles) en una gasolinera, ya que nos pillada de camino a Nürburgring, para hacer un pit stop de puesta a punto del coche. Esto supongo que sería una manía de mis dos compañeros de viaje, ya que sinceramente estaban muy alterados porque no llegábamos (mentira cochina, ya que estábamos ya bastante cerca del circuito y no eran todavía las dos de la tarde) y porque había que hacer no sé qué revisión de la presión de la ruedas, limpiar el parabrisas y alguna que otra chorrada más relacionada con la mecánica de los coches que sinceramente poco me importaba. Además no sé si fue por Álex, pero creo que tuvimos que prácticamente sacar todo lo que llevábamos en el maletero tan bien colocado a presión y que nuestro tiempo, esfuerzo y sudor nos había costado por la mañana, porque tenía que coger una zapatillas adecuadas para conducir. Más nervios todavía. Así estuvimos en la gasolinera, como Los Roper, sacando y metiendo cosas en el coche. No quiero imaginar lo que pensarían los alemanes que nos vieran (aunque peor imagen de la que ya deben tener de los españoles no creo que se llevaran).

Al llegar al circuito de Nürburgring aparcamos donde lo hicimos al día anterior, en el mismo parking. El calor ya era totalmente exagerado, abrasaba la piel, no había zona, ya fuera al sol o a la sobre donde no se sintiera encima el peso del calor. Era puro fuego. Sombras que arrojaban los árboles eran apenas testimoniales ya que no aliviaban la sensación de horno crematorio que había en el ambiente. No exagero si digo que muy pocas veces en España, en Madrid o en cualquier otro lugar en el que haya estado en verano, he sentido yo semejante sensación de calor y bochorno, ni siquiera cuando estuve en Granada con mis amigos de la universidad sentí semejante sensación de asfixia. Sentados en un bordillo en una zona donde un árbol raquítico arrojaba su sombra nos comimos los bocadillos. Tanto Juan Carlos como Álex estaban nerviosos por volver a entrar en la mítica pista de carreras. Ambos son unos tremendos amantes del motor, podría usar incluso la expresión de fanáticos de las carreras y los coches y no creo que me alejara demasiado de la realidad.

Antes de que abrieran la pista me dirigí hacia los lavabos de la zona de recepción de visitantes para echarme un poco de agua por el cuello para intentar aliviar el calor que sentía. Fue en vano. Ni toda el agua del océano Pacífico hubiera bastado para que el calor que sentía se hubiera disipado. Si me hubiera podido teletransportar a alguna parte del planeta en ese instante, sin duda alguna hubiera elegido la Antártida y los pingüinos. Además en el baño aproveché para cargar la cámara de fotos que andaba un poco baja de batería y no quería correr el riesgo de quedarme sin posibilidad de sacar fotos, no ya en el circuito, que el día anterior quedó perfectamente retratado con unas quinientas fotografías, sino más bien de lo que quedaba por ver ese día que la verdad me hacía mucha ilusión. Por esta razón decidí robar un poco de electricidad a los alemanes ya que ellos llevan dándonos por saco desde hace ya bastantes años al resto de europeos de bien, y desenchufé un secador, o un radiador, no recuerdo muy bien qué tipo de aparato fue, aunque es secundario la verdad, y enchufé el cargador de la batería de la cámara en su lugar. Esta operación la realicé un par de veces más mientras estuvimos en el circuito aquel día. Poco se cargaría la cámara, pero algo es algo por muy poco que sea.

Mientras cargaba la cámara yo rondaba los alrededores del baño disimulando como que estaba echándome agua en la cara debido al calor, cosa que en el fondo no tendría que haber disimulado porque lo que se dice calor hacía bastante, ya lo h dicho, pero así al menos no me sentía tan culpable por estar “robando” electricidad. El tiempo que pasé en los lavabos me dio tiempo a contemplar las paredes de la zona de acceso a los mismos. Todas ellas estaban totalmente cubiertas de firmas de personas que habían pasado por allí. En muchos y muy diversos idiomas, entre los que también estaba el español, encontraba mensajes del estilo “fulanito estuvo aquí en tal fecha”, o incluso alguna que otra declaración de amor original cuanto menos. No sé si habría también algún mensaje de esos tan típicos que hay en las puertas de los baños españoles que incitan a realizar actos algo obscenos y subidos de tono, dejando números de teléfono a los que llamar para conseguir placer, básicamente porque no sé idiomas. Quizá sí los había lo que pasa que como no sé alemán, ni checo, ni turco, ni ruso pues no puedo afirmarlo con rotundidad. Sí confirmo que en las partes más ocultas de ese pasillo de los lavabos sí que había pegatinas en las que se anunciaban espectáculos de chicas ligeras de ropa. Al final todos los hombres, y mujeres, somos iguales en cualquier parte del mundo.

Al final llegó la hora de entrar de nuevo a la mítica pista de Nürburgring a dar las vueltas que nos quedaban por dar. Como el día anterior fue Álex el que dio la primera vuelta, y como el día anterior fue igual de espectacular. La segunda y última vuelta si no recuerdo mal la hizo Juan Carlos, después de haber dejado respirar un poco al coche tras el esfuerzo que había tenido que hacer en la pista teniendo en cuenta además que ese segundo día en el Infierno Verde el coche iba totalmente cargado, no sólo por nosotros sino por todo lo demás en el maletero, y supongo que eso debe de notarse en la conducción, aunque yo no tenga ni idea. De las dos primeras vueltas a estas dos últimas aunque apenas pasaron unas horas, parecía que había transcurrido una eternidad. Tanto Álex como Juan Carlos, aunque supongo que más en este caso, condujeron mucho mejor que el día anterior. El conocer el circuito en vivo y no simplemente por los videojuegos, por muy realistas que éstos sean marca una diferencia capital, y eso se notó. Mis compañeros de viaje ya se conocían las curvas y su tacto real, ya sabían por donde tomarlas mejor y por donde era más complicado. Esa segunda vuelta de cada uno les permitió poder afinar un poco más la conducción.

Por mi parte, tal y como hice en la jornada anterior me dispuse a sacar todo el jugo a esa experiencia que sé que no voy a volver a vivir, no porque no vaya a tener ocasión sino porque en el fondo no es algo que me llame la atención y sin lo que no pueda pasar ya el resto de mi vida. Sé que tanto Álex como Juan Carlos volverán a Nürburgring no una sino muchas veces en su vida, y no solo al Infierno Verde sino a muchos otros circuitos, aunque ninguno con la carga histórica y legendaria de este. Si bien el día anterior tiré fotos como si no hubiera un mañana, esa segunda jornada de carreras me dediqué más a disfrutar del propio circuito y a admirar el entorno, algo que por ejemplo no creo que ninguno de mis compañeros pilotos pudiera hacer con calma mientras estuvimos dentro. No saqué tantas fotos en esas dos vueltas como el día anterior, sólo las justas en los puntos de circuito que realmente eran interesantes y hermosos. Yo también me conocía ya el circuito y eso jugó a mi favor. De nuevo pude sentir por última vez los vaivenes en las curvas tomadas a toda velocidad, como la fuerza centrífuga me hacía irme hacia uno u otro lado del coche. Y pude ante todo disfrutar con otra luz muy diferente a la de la jornada anterior de los bosques por los que se desliza como una serpiente el asfalto del circuito. Creo que ese es el regalo más grande que me llevé de la experiencia de Nürburgring; pese al contratiempo del día anterior y el cambiar los planes para aquel día, pude ver el Infierno Verde desde dos ópticas distintas, cosa que quizá poca gente ha hecho, o al menos valorado en su justa medida.


Caronte.

miércoles, 3 de junio de 2015

Ruinas romanas, más goma quemada y muchos coreanos (I)

Una de las cosas que más recuerdo de aquel día fue ver el sol sobre el río Neckar como una gran bola de fuego, un disco dorado ardiente que enfila ya el final de su recorrido diario como si fuera el guardián de una prisión que es el mundo en el que los hombres somos prisioneros a perpetuidad. Ese sol cegador y brillante cuya luz se reflejaba intensamente sobre las aguas tranquilas del río había estado todo el día golpeando, martilleando, nuestras cabezas, calentando la tierra alemana, los bosques, las calles de las ciudades y la piedras de los monumentos. Ese sol al que ya le quedaban pocas horas para marcharse, para morir en el firmamento y resucitar al día siguiente con la misma fuerza con que esa misma mañana, muchas horas antes de ese instante que quedó grabado en mi retina y que me apresuré a inmortalizar con mi cámara de fotos para fijar la belleza de un instante que es muy probable que no vuelva a vivir en las mismas circunstancias ya que toda caída del astro rey hacia el horizonte es única e irrepetible, nos había despertado a muchos kilómetros de distancia.
 
Camping en Ulmen
El cuarto día de mi viaje por Europa con amigos empezó con un sol radiante iluminando todo el interior de la tienda de campaña levantada en un pequeño camping de un tranquilo pueblo alemán llamado Ulmen, justo enfrente de un lago. Como había sido habitual en los días precedentes nos costó lo nuestro levantarnos. Juan Carlos siempre era el más diligente, dejándonos a Álex y a mí en la tienda un rato más mientras él se iba a duchar. Generalmente cuando él volvía de la ducha yo ya estaba levantado moviéndome y poniéndome en marcha preparando el desayuno y colocando las cosas para la jornada. Álex siempre remoloneaba un poco más, no mucho también hay que decirlo. Era la segunda mañana que amanecíamos en Ulmen ya que el día anterior lo pasamos prácticamente entero en el circuito de Nürburgring, meca de los amantes del motor, la velocidad y la adrenalina en estado puro. Como compañeros de acampada teníamos a una pareja de amigos rusos que venían desde Moscú en un “Mercedes” que no creo que me pueda comprar yo en mucho tiempo, con el objetivo de llegar a Niza; también había dos caravanas, una de unos holandeses que muy amablemente el día anterior nos prestaron su maza para clavar la tienda de campaña, y también otra pareja mayor de daneses con los que también intercambié algunas palabras en mi búsqueda de algo con lo que clavar.

El día anterior fue movidito y cargado de emociones fuertes. La primera parte del día la empleamos en visitar un castillo que parecía sacado directamente de un cuento de hadas pensarían algunos, aunque a mí la sensación que me dio es que era más bien la morada de algún señor medieval oscuro y cruel que atemorizaba y oprimía a sus vasallos y que vivía recluido en su castillo del que no salía nunca y en el que a día de hoy se pueden escuchar en noches de luna llena y cielo despejado sus voces de locura y desesperación. Después del castillo fuimos bordeando en gran medida el río Mosela, con sus encantadores pueblos sacados directamente de postales idílicas presididos siempre por las torres picudas de iglesias protestantes, sus viñedos que se acercan hasta las mismísimas orillas de la corriente y el impresionante entorno que da el que el río vaya encajonado en el fondo de un valle espectacular rodeado de montes y montañas de alturas increíbles. Bordeando el Mosela llegamos a Cochem, un pequeño pueblo de ensueño presidido desde lo alto de una montaña por un imponente castillo que aparecía desde la lejanía como un guardián inmóvil en el tiempo de la vida y la historia de ese pueblecito tan acogedor y pintoresco. Después y para acabar ya la jornada con el gran plato fuerte que mis compañeros de viaje deseaban desde que salimos desde Madrid nos dirigimos hacia Nürburgring para dar un par de vueltas al legendario circuito de carreras.

No todo en ese día fue sobre ruedas, nunca mejor dicho, ya que durante la segunda vuelta al circuito de Nürburgring que dimos se produjo un accidente apenas una decena de coches por delante de nosotros que obligó a parar la carrera. En principio el accidente no parecía nada grave, un mero alcance entre una moto y un vehículo, por lo que esperábamos que se reabriera la pista más pronto que tarde cuando la seguridad se pudiera restablecer. Sin embargo los minutos fueron pasando y la pista no se abrió. Por megafonía anunciaron a todos los presentes en el parking que no se reanudarían las sesiones en el circuito. La decepción en el momento de escuchar ese aviso fue grande para mis compañeros. Se notaba en sus rostros que les dolía no poder seguir dando las dos vueltas que les quedaban.

Pero no todo estaba perdido. Es cierto que por planificación del viaje se suponía que ese día iba a ser dedicado a Nürburgring y que al día siguiente debíamos partir de Ulmen y continuar nuestro camino hacia el sur rumbo a Múnich donde Ángel nos esperaba y donde los tres que veníamos de Madrid tanta ilusión teníamos que llegar. El contratiempo y la desilusión de Nürburgring fueron grandes, pero un español con el que nos encontramos en el circuito, probablemente el único de nuestra patria con nuestra excepción claro está, nos dijo que al día siguiente el circuito abría al público a las dos de la tarde y que si estábamos a esa hora podríamos dar las vueltas que nos faltaban sin problemas y después podríamos seguir nuestro camino sin perder tampoco excesivo tiempo. Esa noche en el camping hicimos consejo de sabio y debatimos sobre la jornada siguiente y las posibilidades de cambiar o no el planing del viaje. La meta del día siguiente era fija: no podíamos no llegar hasta ella. Pero por tiempo sí que podíamos estar en el circuito a las dos, dar las dos vueltas que mis compañeros tenían pagadas (y a un precio alto) y llegar hasta la meta de la etapa a buena hora para tener cámping.

Durante el debate sobre hacer o no las vueltas, yo noté a mis compañeros de aventura preocupados por el hecho de que dejáramos de ver cosas que a mí me hacía ilusión ver. Yo en mi fuero interno estaba dividido: por un lado no me apetecía salirme de lo planeado y no visitar aquellas ciudades que teníamos pensadas para el día siguiente cuando ya habíamos dejado de ver, por falta de tiempo Tréveris; pero por otro lado tampoco me apetecía nada que Juan Carlos y Álex hubieran tirado el dinero en dos vueltas a Nürburgring que por casualidades del destino no iban a poder dar. Yo dije que no quería que malgastaran ese dinero y que creía que debíamos volver al circuito al día siguiente, lo que suponía cambiar todo el plan para el día siguiente. Nos pusimos a buscar opciones para emplear la mañana del día siguiente, ya que hasta las dos el circuito de Nürburgring no abría la pista para los aficionados. Tras muchas cábalas, cálculos de tiempo y distancias, la solución adoptada fue que volviéramos sobre nuestros pasos del segundo día de viaje y nos acercáramos hasta Tréveris, o Trier, para visitarla, cosa que no pudimos hacer cuando estaba pensado porque íbamos muy mal de tiempo. Ya estaba la decisión tomada, los ánimos calmados, cada cual contento con la solución adoptada ya que nos agradaba a los tres y con esa buena sensación nos fuimos a la tienda de campaña a dormir escuchando de fondo de vez en cuando los sonidos amortiguados de la naturaleza en su estado más puro, así como el motor de algún que otro coche que pasaba por la no muy alejada autopista, y con un cielo estrellado impresionante sobre nuestras cabezas. Por cierto el calor del día parecía algo amortiguado por el frescor que emanaba del lago cercano.

Como ya dije antes esa cuarta mañana de viaje, muy lejos ya de Madrid, de nuestras casas, en plenas tierras germanas, amaneció radiante, con un sol extremadamente luminoso y con un calor que pocas veces en Madrid he vivido desde tan temprano. Eran las ocho de la mañana cuando nos levantamos y nos pusimos a desayunar y el sol ya picaba, y el calor ya se estaba empezando a levantar. Como digo desayunamos tranquilamente, remoloneando como de costumbre; recogimos la tienda de campaña porque ya sí que no íbamos a volver a Ulmen y una vez que todo estuvo dentro del maletero del coche partimos camino de Tréveris. Esa mañana llevé yo el coche ya que tanto Álex como Juan Carlos me lo pidieron teniendo en cuenta que luego irían a conducir en Nürburgring y desde el circuito hasta la ciudad meta de ese día.

Llevé el coche hasta Tréveris siguiendo la misma ruta y carretera que habíamos traído el segundo día de viaje desde Francia. Tuve la sensación de que estaba volviendo a casa, retrocediendo el camino ya andado y acercándome al principio del viaje. Sin embargo todo parecía distinto al mismo tiempo ya que cuando recorrimos esas mismas carreteras dos días antes el sol extendía sobre los viñedos de esa zona de Alemania, sobre las colinas suaves y las copas de los árboles de los bosques en la lejanía del horizonte una luz dorada propia de las puestas de sol del verano. Sin embargo ese día el sol era naciente y la luz blanca a rabiar. El paisaje cambia radicalmente según la luz que le llegue desde nuestro astro rey y es él y su luz los que hacen que la belleza que los seres humanos a veces percibimos a través de nuestros tramposos ojos no sea la misma y así un paisaje que podría llegar a ser anodino, normal, vulgar incluso, que en cualquier parte del mundo podríamos encontrar, si la luz es la adecuada puede parecernos la estampa más hermosa que hayamos visto aunque esa sensación dure pueda durar apenas unas horas y sea por tanto efímera en el tiempo, no así en nuestra memoria.

Llegamos a Tréveris. Entramos en la ciudad por la zona industrial. Yo creo que nos equivocamos de salida por no hacer caso al puñetero GPS por el que Juan Carlos y Álex tenían constantes disputas debido a su fiabilidad, alabada por el primero y cuestionada seriamente por el segundo. Pero no había vuelta atrás. Estábamos en una ciudad extranjera, en una zona industrial, con todos los comercios que había cerrados por ser fin de semana si no recuerdo mal intentando buscar el centro de la ciudad para poder dejar en coche en algún aparcamiento y empezar a visitar la ciudad. Al final dimos con el centro. No sabíamos muy bien donde estábamos, pero guiándonos por las altas torres de la catedral de Tréveris que tomamos como punto de referencia para asumir si estábamos cerca del centro o no, decidimos aparcar en un parking subterráneo que resultó ser uno de los más céntricos que podríamos haber encontrado. Cuando salimos del subterráneo tras aparcar el sol ya estaba bien alto en el cielo desplegando todo su poder caloríficos sobre el asfalto, aceras, parques y monumentos de Tréveris, y sobre nosotros también, incluido un servidor que no es que lleve el calor muy bien a pesar de venir de Madrid donde en verano no hay quien pare de doce de la mañana a siete de la tarde.

Al salir del parking nos dimos cuenta, buen supongo que yo me di cuenta de dónde estábamos. Y la verdad es que para no saber muy bien donde estábamos dejando el coche resulta que acertamos al completo. A unos pocos pasos de los ascensores que llevan a los conductores a sus plazas de aparcamiento se encontraba uno de los monumentos más importantes de Tréveris, o Trier: el Aula Palatina. Este impresionante edificio rectangular de ladrillo cocido y rojo fue construido en el siglo IV, alrededor del año 310 de nuestra era. Puede resultar chocante no lo dudo, pero es que Tréveris es una de las ciudades más antiguas de Alemania, fundada nada más ni nada menos que en el año 16 a.C., lo que también la hace una de las ciudades más antiguas en las que he estado nunca (sin contar con Roma claro está).

El Aula Magna o Basílica de Constantino es como ya he dicho un grandioso edificio de ladrillo rectangular, pero además tengo que resaltar la altura del mismo que la verdad es que impresiona nada más verlo. Tras contemplar un rato la fachada lateral compuesta por dos niveles de grandes ventanales nos dirigimos hacia uno de los extremos del edificio que daba a un jardín ornamental al final del cual había una serie de fuentes y a cuyos lados había unas estatuas de mármol de personalidades importantes de la ciudad. Una curiosidad del Aula Palatina es que está adosada a un palacio de estilo barroco que la verdad sea dicha choca bastante con la construcción romana, supongo que se pudo deber a una operación urbanística de dudoso calibre llevada a cabo hace unos cuantos siglos, uno de los primeros ejemplos de corrupción, porque la verdad es que no pega nada ver un edificio romano con su sobriedad, seriedad y escasa ornamentación en la fachada, al lado de un edificio en el que es complicado no encontrar un metro cuadrado de fachada sin adornos, molduras de escayola, balcones de hierro haciendo filigranas imposibles o ventanales de formas muy redondeadas. Podríamos haber continuado visitando los jardines y habernos dirigido hacia las termas romanas que estaban no muy lejos de allí, lo que pasa es que en Tréveris había muchas cosas más interesantes que ver, o al menos yo daba prioridad (mis amigos se dejaban guiar y acataban mis órdenes dando por bueno mi criterio) a otras cosas y por tanto dejamos allí plantada al Aula Palatina y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad propiamente dicho.
 
Aula Magna o Palatina
No lo he dicho pero Tréveris es una ciudad Patrimonio de la Humanidad. No sólo por la ya citada Aula Magna, sino también por su conjunto de ruinas romanas, y por la Catedral de San Pedro. Ésos eran nuestros objetivos en Tréveris. Callejeando por la zona más nueva, esa que tenía toda la impresión de haber sido reconstruida después de la IIGM en un estilo moderno, llegamos al final a la calle principal de la ciudad. La tomamos en sentido norte, hacia donde la mayor parte de la gente se dirigía y hacia donde yo creía que iba a estar el centro histórico propiamente dicho. No me equivocaba. Poco a poco, a medida que avanzábamos en la dirección correcta los edificios que nos íbamos encontrando eran más antiguos, típicamente alemanes con sus fachadas pintadas a trazos con colores llamativos, sus ventanas cuadradas y su forma triangular con tejados a dos aguas. De golpe, casi sin esperárnoslo dimos con la Plaza del Mercado, que estaba llena de gente alrededor de unos puestos de alimentos situados alrededor de una estatua en la parte más central de la plaza.

Caronte.

domingo, 24 de mayo de 2015

Supongo que lo echaré de menos

Hace apenas un par de años, mediada la carrera, lo único que quería es que acabara de una vez para poder librarme del enorme peso que suponía estar metido en un sitio y estudiando una carrera que ni me ilusionaba ni me motivaba lo suficiente para aguantar nada. Me pesaba mucho haberme equivocado eligiendo carrera, y que ese error lo hubiera constatado demasiado tarde como para intentar enmendarla dejando la carrera y empezando otra. El problema fue que no tuve valor para hacerlo tampoco. Quizá usé de excusa que no iba a tirar ya los tres años que llevaba en mi Escuela y que había superado con relativo éxito. Debí tomar entonces una decisión y no parapetarme detrás de excusas que me autoimponía para no darme cuenta de que si uno tiene claro sus sueños y se ha dado cuenta del camino que debe seguir debe hacerlo, aunque ello suponga abandonar otro camino que ya lleve bastante avanzado.

Por esto quería que llegara el final, que se acabara la carrera y que todo terminara para así poder quitarme al menos el peso de ir todos los días a un sitio que para mí terminó simbolizando en algún momento de estos seis años una prisión. Ese día final ya ha llegado, pero no siento ese alivio que pensé que iba a sentir al salir por última vez de clase. Quedan todavía las citas con los exámenes, pero tras un año en el que el Proyecto Fin de Carrera ha supuesto el ochenta por ciento de mi dedicación, de mis pensamientos y de mi tiempo libre (y no tan libre también), los exámenes son como una rozadura de un zapato nuevo en el talón del pie, después de haber pasado una almorranas del tamaño de un melocotón. El último día que pisaré la Escuela por obligación será el próximo 1 de julio cuando deba defender mi proyecto ante el tribunal que lo evaluará y me dirá lo bien, lo mal o lo regular que lo he hecho (o copiado según se mire). Ese será oficialmente el último día de mi vida universitaria.

Paradójicamente ahora resulta que no quiero que llegue ese momento. Bueno de hecho quiero y no quiero que llegue ese último día. Supongo que estoy afectado ya del síndrome de Estocolmo, ese que sufren las víctimas que terminan cogiendo cariño a sus verdugos después de un largo cautiverio, tortura o trauma. Soy el primer sorprendido de este cambio radical de postura y sentimiento hacia estos últimos años de mi vida. Seis han sido los años que he pasado en mi Escuela, rodeado la mayor parte del tiempo por la misma gente, los mismos espacios, las mismas rutinas. Un cuarto de la vida que llevo vivida a día de hoy, ya que tengo 24 años recién cumplidos. Se dice pronto, se escribe pronto, pero asimilarlo es más complicado. Esto no es un asunto trivial, es complejo. Siento sensaciones encontradas como he dicho. Quiero que todo acabe porque la Escuela, no es que me haya quitado nada porque no había mucho que quitar, por no decir nada, sino que me ha impedido encontrar cosas y quizá también a personas que me hubieran hecho la vida más sencilla.

Estos seis años metidos en un lugar y dedicando muchas horas de mi tiempo y mi energía a estudiar algo que no me interesaba lo más mínimo, pero que tenía que sacar como fuera, me han quitado vida. He dejado de hacer muchas cosas que me hubiera gustado, y por centrarme en algo que no merecía la pena, sobre todo durante los primeros años de carrera (hasta que comprendí que no iba a dejarme la vida en la carrera y que nada de lo que consiguiera dentro de ese horrendo edificio de hormigón me iba a dar ninguna satisfacción), también he dejado de disfrutar de los mejores años de la vida de cualquier persona: su juventud. Ahora, acabada ya la universidad, no teniendo que volver más a sus aulas (salvo a la de exámenes), cuando podría disfrutar algo más de mi propia vida, de mis años jóvenes, de mi pareja si la tuviera, me doy cuenta que estoy más cerca caso de ser padre (si tomo como referencia la edad a la que me tuvieron mis padres) que de empezar de nuevo la universidad. También eso se ha acabado.

Tengo un amigo, un buen compañero de carrera, que este último año me ha dicho muchas veces, porque he salido, o me he ido un día de domingueo por ahí, o simplemente porque he publicado en el blog con más frecuencia de la cuenta, que si me sobraba el tiempo. No quiero decir que me sentara mal, porque sería mentira, puede que fuera muy pesado escucharlo constantemente pero nada más; lo que pasa es que debería haber contestado a esa afirmación de mi amigo diciendo que no me sobra tiempo, sino que me falta vida. Y eso es así. No entiendo a las personas que hacen de la carrera su eje vital y sólo viven y han vivido por y para el proyecto y la carrera. Creo que se quitan años de vida, pero allá ellos. La Escuela, la carrera, no se merecen ni un segundo de más de nuestras vidas, al menos de la mía, ni más esfuerzo del justo y el necesario para sacarse las asignaturas. Si alguien lo hace por amor propio está en todo su derecho pero debería consultar con un profesional para ver si no hay algo que funcione mal en su cabeza. Y esto no lo digo por esta carrera únicamente. Creo sinceramente que lo que de verdad importa en la vida, y a lo que debemos dedicar la mayoría del poco tiempo que la existencia no has proporcionado a disfrutar de vivir y sobre todo de la gente que tenemos a nuestro alrededor: familia, amigos, pareja, hijos, etc.; el resto solo son cargas que el ser humano se ha ido imponiendo.

Después de seis años duros en los que he pasado de todo dentro de la Escuela, muchas cosas relacionadas con la propia carrera y otras también derivadas de la misma y de darme cuenta de lo poco que hasta entonces había vivido y disfrutado de la vida pensando únicamente en el colegio, en el instituto, en la carrera que iba a estudiar, y en las notas que tenía que sacar. ¿Y todo para qué? Para que llegado el momento me equivocara del todo y acabara embarcado en una carrera que ha terminado por defraudarme. Pero han sido seis años y esto no es poco. Seis años de sinsabores, de alegrías, de penas, de ostias contra la pared, de golpes en el lomo después de exámenes sin sentido alguno, de trabajos improductivos, de clases eternas a las que había que ir simplemente porque el profesor de turno pasaba listo y había que figurar como presente para recibir al final una miserable décima por asistencia (décima que, lo que es más triste, podía decidir si estabas aprobado o no), de aprobados con buena nota, de suspensos justificados, de aprobados salidos de la nada y que no se terminan de explicar (todo 5.0 es un suspenso tan grande como la Catedral de Sevilla pero que por pena ha mutado en aprobado), de exámenes de más de cuatro horas y de otros de apenas hora y media y porque lo han alargado para no dar mala imagen. Seis años son muchos años y al final se termina cogiendo cariño a algunas cosas y también a algunas personas.

No voy a fingir ahora que todo ha sido magnífico, fantástico, de olor a fresas y color de rosa. Eso sería estar muy lejos de la realidad. Ha habido años durante la carrera que lo he pasado francamente mal. He estado metido en un pozo muy profundo a nivel personal durante mucho tiempo, del que sólo hace algo más de año y medio empecé a salir, gracias en gran medida obviamente al apoyo de mis padres, pero también al de mis amigos que siempre estuvieron ahí, de una manera o de otra. Como digo no todo ha sido maravilloso pero ha sido mucho tiempo en la Escuela, compartiendo clases, prácticas, exámenes, descansos y horas muertas con mis compañeros y amigos; y esto no se puede borrar. Hay cosas que no echaré para nada de menos, pero no cabe duda de que hay otras que sí sobre todo las que tienen que ver con las personas.

Si hubiera tenido que prever hace unos años cómo me iba a tomar el terminar la universidad hubiera dicho que con una alegría enorme por dejar ya la Escuela y la carrera. Pero ahora no siento eso. Es una sensación extraña la que siento. El viernes pasado cuando salí de la última clase, nos hicimos las fotos de rigor y me marché a casa a recoger a mi madre a la salida del trabajo como cualquier viernes no tenía todavía interiorizado el hecho de que no iba a tener que volver a madrugar para ir a la universidad, que eso ya s había acabado. Fue por la tarde cuando poco a poco me empecé a dar cuenta de que había terminado una etapa muy importante de mi vida. Una etapa que por suerte o por desgracia, y no sé muy bien cómo clasificarla de verdad, no se repetirá. Nunca volveré a tener 18 años y a comenzar una carrera universitaria. Nunca volveré a tener ni diecinueve ni veinte ni veintiún años, eso ya ha pasado. Al reflexionar sobre eso sentí una especie de vértigo. Sentí miedo. Caí en el vacío de no saber qué hacer mañana sin tener que levantarme para ir a la universidad. Seis años pasan rápidamente aunque pensemos todo lo contrario, pero dejan un poso que durará todo el resto de nuestra vida.

Supongo que será ese poso el que me hace sentirme así de raro. Debería estar contento en términos generales por haber acabado la universidad, por haber terminado una etapa más de mi vida, decisiva probablemente ya que determinará para bien o para mal lo que seré el día de mañana. Pero no noto esa alegría y ese alivio por haber llegado al final. Más bien todo lo contrario. Tengo miedo de no saber qué ocurrirá mañana, tengo miedo a volver al principio de nuevo, a un punto en el que las dudas y las inseguridades vuelvan a invadir mi mente y no sepa cómo combatirlas para desterrarlas definitivamente de mí. Pero no es sólo miedo al futuro y a no saber cómo vendrá. Hay una gran parte de ese miedo que radica en el miedo a perder lo poco que he conseguido durante estos seis años en la universidad: mis amigos, los únicos que tengo.

Puede que sea algo absurdo preocuparme sobre todo por perder a personas a las que quiero y aprecio, pero es lo que más miedo me da. Son las personas como dije antes lo que más me importan, y a las que más importancia doy en mi vida. Sin amigos estaría incompleto. Sin amigos nadie puede realizarse completamente (caso aparte pueden ser los insociables, pero esas personas tienen un problema mental y no son completamente responsables de esa insociabilidad). Es a la soledad que tenía y sentía antes de entrar en la Escuela, y que una vez dentro se acentuó al darme cuenta de que mientras yo no tenía amigos y llegaba a los fines de semana sin tener ningún plan que hacer más que quedarme en mi casas o salir a dar una vuelta con mis padres (algo que sin dejar de estar bien, llega un momento y una edad que no es normal y que termina por ahogar a uno), mientras que las personas a las que iba conociendo en la universidad tenían o parejas con las que quedaban o grupos de amigos del colegio o el instituto con los que salían a tomar algo, a la que temo. No quiero volver a esa situación después de haber pasado por la Escuela y haber hecho, o eso es lo que quiero creer buenos amigos.

Si siento miedo no es de manera infundada. Este último curso, ya fuera por el PFC o por los exámenes, o por cualquier excusa relacionada con la Escuela, ha sido quizá el que más he notado esa soledad. He salido, he ido al cine, he organizado en mi casa una cena, he ido de barbacoa a casa de un amigo, a ver una exposición de coches antiguos que en mi vida hubiera visitado por mi propia cuenta. Todo esto es verdad, pero a la hora de la verdad cuando llega un fin de semana y recurro a mis amigos para tomar algo o dar una vuelta o lo que sea, siempre está en medio la carrera y el PFC. ¿Pero si yo lo hago por qué el resto no puede? ¿Si yo soy capaz de ver lo que realmente vale la carrera, lo que realmente merece la pena esforzarse y hasta qué punto, por qué no lo ve nadie más? No sabría responder a estas preguntas sin caer en el hecho de que no comparto con ellos la visión que tengo sobre el PFC o la propia carrera. Ahora al menos no hay PFC que valga de excusa, aunque quien sabe quizá siga siendo útil para decir que no.

Temo con toda mi alma que este último curso de universidad sea el preludio de lo que a partir del último día que nos tengamos que ver todos en la Escuela pueda venir. No quiero volver a la soledad de antes de la universidad porque en la Escuela he conocido a los amigos que quiero conservar hasta que me llegue el día de ajustar cuentas con San Pedro. Por esto supongo que en parte ese vacío que siento, ese vértigo que me invade al pensar en el día de mañana me llevan a echar de menos la Escuela pese a todo. No puedo negar que en esa cárcel de hormigón, aulas desmesuradas y taburetes torturadores de espaldas, he vivido muy buenos momentos, y gracias a ella también he pasado experiencias que no hubiera experimentado sin haber estado dentro y conocido a la gente que he conocido. Sin la Escuela no hubiera conocido La Alhambra, ni Úbeda; tampoco me hubiera atrevido nunca a hacer rafting en un río de aguas gélidas de los pirineos catalanes; no me hubiera ido de vacaciones a Laredo, ni habría hecho de fotógrafo de surferos, ni hubiera comido en una de las siete calles de Bilbao. Sin haber estado en la Escuela jamás habría vivido el mejor viaje que he hecho en mi vida en coche por media Europa. Tampoco Toledo implicaría tanto como implica para mí sin haber entrado en la Escuela y haber conocido a las personas con las que tantas veces he ido a la Ciudad Imperial, guardiana de las tres culturas hispánicas, villa en la que se respira, se ve, se huele, se nota y se siente la historia de nuestro país.

Sin la Escuela tampoco habría descubierto nunca mi faceta de escritor, si es que tengo una faceta de ese tipo. Gracias a que necesitaba expresar de algún modo todo aquello que me presionaba el pecho y a veces no me dejaba respirar haciendo que la ansiedad me invadiera muchas veces, me puse a escribir. Y escribir me llevó también a cometer muchos errores y poner en letra cosas de las que luego me he arrepentido y que quizá nunca debí publicar para que cualquier pudiera leerlas. Aún así escribir me ha servido como vía de escape y evasión, y no lo hubiera hecho sin la Escuela. Escribir también me dio un último regalo algo inesperado también, como fue el decidirme a participar en la elaboración de la revista de mi Escuela, y así en los últimos dos años he escrito en casi todos los números de la misma. Muy probablemente me debería haber decidido a participar en la revista mucho antes, así habría abierto horizontes en mis relaciones personales y quizá hubiera cubierto el vacío y la soledad de ciertos fines de semana. Pero aunque breve la experiencia ha sido muy positiva. No dejo las letras para decir que sin la Escuela y los diarios trayectos en metro hasta Ciudad Universitaria no hubiera leído tanto como lo he hecho, ni hubiera descubierto tantas historias, tantas aventuras, tantos personajes como he hecho, algo que no cambio por nada del mundo. Y de las letras y la palabra escrita, al cine y la palabra hablada y en acción, porque tampoco hubiera visto tantas películas acompañado por amigos sin la Escuela.

Mucho he vivido en la Escuela en estos seis años, y aunque hace algunos pensara que renegaría de todo el día que acabara ahora me doy cuenta de que eso es imposible. No puedo borrar seis años de mi vida, ni ahora suponiendo un cuarto de lo que llevo vivido, ni el segundo antes de expirar por última vez. Han sido más cosas malas que buenas las que la Escuela me ha dado o quitado, también es cierto; pero las cosas buenas que he recibido han sido tan intensas ahora que las recuerdo desde la distancia que tapan en gran parte aquello que hizo que deseara que todo acabara lo antes posible. Ese final ya ha llegado y casi no me he dado cuenta de ellos. He intentado disfrutar este último año lo máximo que he podido de mis amigos, he arreglado las cosas con un amigo con el que no he tenido una relación agradable desde que le conocí en primero, y he intentado hacer todo aquello que me pidiera el cuerpo sin pararme en pensar en nada que no fuera mi propia felicidad. No sé si habrá un momento en mi vida en que estos seis años estén borrosos o envueltos en la niebla del olvido. No sé tampoco si quiero que eso ocurra. Lo que sí sé es que muy probablemente lo que he vivido en mi Escuela le echaré de menos, si no todo en parte. No quiero volver a la soledad después de haber conocido la compañía y la amistad, aunque temo que es muy probable que así sea (ojalá me equivoque y no pierda el contacto con aquellos que considero mis amigos, pero creo que es lo que va a pasar; de todas maneras si estuviera errando me comprometo a dentro de 25 años invitar a todos ellos a un fin de semana en París en el hotel más caro de la capital francesa).

Quien me hubiera dicho que diría esto al final pero supongo que al final echaré de menos todo esto.

Caronte. 

martes, 19 de mayo de 2015

Pues al final esto se acaba

Sí señores, ha llegado aquello que pensábamos y sentíamos que no iba a llegar nunca en la larga carrera de fondo que es mi carrera: la meta. Ya ha comenzado la última semana de universidad. Ya han pasado seis largos años de duro trabajo, de asignaturas eternas, clases absurdas, trabajos improductivos y profesores que más hubiera valido que nunca hubieran pisado un aula. Parece mentira que estemos afrontando ya las últimas horas de clases en esas aulas tan arcaicas, piezas de museo de historia prácticamente, que nos han ido viendo crecer año a año: desde que entramos como jóvenes pos-adolescentes hasta el día de hoy en que ya estamos más que entrados en la más tierna madurez. Pero sí esto parece que se acaba.

Quien me iba a decir que llegaría este día en tiempo y hora, es decir, tras haberme sacado la carrera a curso por año, eso que mucha gente me decía antes de entrar en la Escuela que sólo lograban unos pocos elegidos, los tocados por la varita mágica de la inteligencia, el trabajo duro y la perseverancia. Pero así ha sido. Tanto mis amigos como yo hemos llegado a esta semana, algunos en mejor forma que otros, enteros. Hemos pasado muchas cosas, muchas desilusiones, muchos palos, golpes duros que han ido directamente a minar la moral, la fuerza de voluntad y la autoestima de todos nosotros, decepciones y fracasos; pero también supongo que habrá habido cosas buenas, también se habrá visto recompensado el esfuerzo, no tanto quizá como si hubiéramos tenido alguno padrino dentro de los muros de nuestra ilustre Escuela, pero sí en cierta medida. Pero ya todo eso da igual, las clases se acaban y con ellas la vida universitaria de verdad. Sólo nos queda afrontar los exámenes que empezarán a llegar a partir de la semana que viene, y que por tanto para mí todavía están demasiado lejos como para que me preocupen más de la cuenta.

Pero como todos los años, al menos los últimos tres (de la primera mitad de la carrera ya ni me acuerdo, está tan lejana en mi mente que me parece en la prehistoria de mi vida universitaria, como de hecho es), este fin de curso está siendo una soberana pérdida de tiempo. No me importaría perder el tiempo si no fuera porque este año todos los estudiantes de sexto, como todos los anteriores alumnos de último curso de carrera desde que el mundo es mundo, tenemos que realizar nuestro Proyecto Fin de Carrera, algo de lo que no sé si los responsables de la docencia de la Santa y Docta Casa donde estudiamos tienen constancia. Si ya el PFC es algo que sinceramente, y como ya he comentado alguna vez, está totalmente fuera de lugar, por no estar adaptado ni de lejos a lo que nos tendremos que enfrentar fuera en el mundo real ya, en el mundo profesional, ni por ser algo realista ni objetivo para aprender algo, lo que menos necesitamos es que nos hagan perder el tiempo en clases totalmente faltas de contenido, en las que se nota que los profesores están ya cansado, agotados, y en las que se puede comprobar perfectamente cómo lo que se da se hace para terminar de rellenar las horas que por horario, fijado al principio del curso, se asignan a cada materia.

Yo no sé si es que para ser el que se encarga de realizar los horarios al principio de curso, o para ser quiénes diseñaron los contenidos y la carga docente de cada asignatura cuando se ideara el plan de estudios, había que tener algún tipo de certificado que validara la incompetencia total y absoluta, porque sinceramente es lo que parece a tenor de cómo llevan siendo las cosas en estos últimos años de carrera. No creo ser el único de entre mis compañeros que piensa que llevamos ya un tiempo, y no esta última semana, perdiendo el tiempo y alargando innecesariamente un final que notamos que llegó en algunas asignaturas hace casi un mes. A estos días absurdos los comparo con los llamados “minutos de la basura” en un partido de fútbol cuando el resultado del marcador es lo suficientemente claro para uno u otro equipo y ambas escuadras se dedican únicamente a esperar a que el árbitro decida pitar el final de la contienda y dar así por concluido el martirio. Creo que en mi Escuela pasa lo mismo. Podíamos llevar ya sin clases por lo menos quince días. No estamos haciendo absolutamente nada, más que calentar unos asientos y una clase que por el maravilloso diseño de cueva medieval que tiene nuestra Escuela ya están lo suficientemente caldeados (en muchas ocasiones solo nos falta un palo que nos atraviese desde el culo hasta la boca y que se ponga a girar alrededor de su eje para parecer pollos ensartados en un horno asador).

Pero también nos caldean la cabeza y a algunos terminan por agobiarlos y sacarlos de sus casillas. No es normal que teniendo que presentar un Proyecto Fin de Carrera, que hemos tenido que currarnos solitos, porque lo de que tenemos tutores habría que verlo seriamente, ciñéndonos a la más fiel realidad del mundo profesional en el que los proyectos de construcción (de una carretera, un ferrocarril, una presa, un puerto, etc.) los realiza una única persona sin el apoyo de una oficina técnica ni de otros ingenieros que se reparten el trabajo y comparten ideas, nos estén haciendo perder el tiempo de la manera lamentable que lo están haciendo. Prácticamente se están riendo en nuestras caras y lo peor es que creo que lo saben, que estos días son pura basura, en los que no se está enseñando absolutamente nada nuevo. Por no hablar de la utilidad de algunas de las clases (o asignaturas) para nuestra vida profesional. Por poner un ejemplo muy gráfico: sin ir más lejos en una de las asignaturas de este curso, Ingeniería Sanitaria, dedicada a la depuración y el tratamiento de las aguas residuales y de consumo humano, se nos han puesto a hablar en las últimas semanas de los tipos de escobas que llevan los barrenderos a la hora de limpiar las calles, o los tipos de papeleras que existen.

Podría decir más con respecto a la utilidad y la actualización al mundo del siglo XXI de algunas de las asignaturas de la carrera. Siempre hay dos puntos de vista diferentes: el de aquellos que nos dicen que somos puros dioses del Olimpo, que no hay nadie en el mundo que sepa más que nosotros y que tenemos la mejor formación que un ingeniero puede tener en cualquier rincón del mundo (eso sí, luego las empresas hacen que los recién salidos de la universidad se matriculen ficticiamente en alguna asignatura durante un año más para poder contratarles en condiciones más deficientes y así ahorrarse dinero, todo muy normal, ético y normal, alejado de la miseria intelectual y la necedad personal que algunas empresas basura practican); pero luego tenemos la visión de aquellas personas que también vienen a darnos una charla y que nos dicen que no tenemos ni puta idea (hablando mal y pronto) de nada, y que la formación que hemos recibido durante seis años, que también se dice pronto, no nos va a servir para nada porque lejos de nuestras fronteras no somos más que meros ingenieros civiles, vamos oficialillos de primera lejos de la jerarquía técnica en la que algunos quieren colocarnos.

Hay asignaturas pro ejemplo que para mantener al alumno hasta el último día de clase asistiendo y así haciendo engordar el ego de algunos profesores pasan lista y programan conferencias que ya nos la traen floja. Este es el caso de la asignatura de Proyectos. Para que el más nobel en cuestiones de mi Escuela lo entienda: podríamos decir que esta asignatura, y por extensión toda la cátedra, es un conglomerado de profesores que parece que les extendieron el permiso de conducir una clase en una tómbola de pueblo de tercera, de la España profunda, o eso o que el día en que se repartió la inteligencia ellos no estaban presentes, porque madre mía que pandilla de profesores ineptos. Que si el que va de guay y de repente un día se pone a hablar en inglés para demostrarnos que sabe hacerlo y que debemos saber nosotros también tras haber tenido dos años inglés en la Escuela y no haber aprendido más que a perder el tiempo; que si el chulo ya con unos añitos y con voz de darle a la botella de pacharán que da gusto que nos tomo por el pito del sereno y de vez en cuando le sale la vena vacilona; que si el decano del colegio de ingenieros de Madrid, que para ser éste el decano cómo deberán de ser los demás del colegio; que si la mujer a la que le toca dar los temas que todo el mundo en la profesión se pasa por el pito de sereno (medio ambiente, seguridad y salud, medidas correctoras, etc.) y que debe vivir más amargada que aceituna en rama. ¡Vamos la crême de la crême!

Si siguiera diciendo idioteces que nos están haciendo vivir estos últimos días, y horas de clase, podría no acabar nunca, y lo peor me terminaría enervando, indignando y terminaría dejándome coleta, comprándome camisas en el Alcampo y levantando el puño cada dos por tres en mitad de las plazas de toda España al grito de ¡no pasarán! Pero es que las cosas hay que criticarlas, no por el mero hecho de desahogarse, que también sienta muy bien después de haber pasado seis años puteado y bien jodido en mi Escuela, sino para intentar levantar escozores y que alguien que tenga algo de responsabilidad y posibilidades de hacerlo, haga algo para mejorar las cosas. Lo que pasa es que en este país la crítica se entiende siempre como algo negativo. Si se dice que un profesor es nefasto, peor que la droga caducada, no es porque a los alumnos nos ponga insultar de gratis al personal, sino porque nos gustaría poder tener profesores que estén a nuestra altura. Pero eso es muy difícil, y más en una Escuela como la mía donde muchos se han subido a la parra con eso del prestigio que ha tenido siempre.

A mí a nivel personal me hubiera gustado tener profesores que merecieran la pena, que en clase no sólo se ciñeran a un temario, por otro lado totalmente obsoleto en algunos campos y con métodos docentes que ya ni en la época de mis padres se estilaban, sino que contaran experiencias personales que nos ilustraran de verdad cómo puede que sea nuestra futura actividad profesional. Pero no. De ese tipos de profesores habré tenido tan pocos que se podrían contar con los dedos de una mano y es posible que me sobrara alguno. Recuerdo por ejemplo con admiración las clases de cálculo de primero con el Profesor Soler, probablemente el mejor profesor que he tenido desde el colegio; o las de tercero de geología con Don Clemente que no es que fueran lo más divertido que he visto desde que tengo uso de razón pero sabía cómo mantener la atención, al menos la mía. Y así de bote pronto no recuerdo ninguna clase más que merezca la pena salvar; quizá las de vídeos de obras de Maquinaria del primer parcial de este año. Poco más.

Por el contrario sí recuerdo muchas clases que eran para pegarse un tiro, no ya en el pie como diría algún profesor de mi Escuela, sino directamente en el interior de la boca, con el cañón de la pistola pegado al paladar para que la tapa de los sesos saltase bien alto y la masa cerebral se repartiera uniformemente por el techo. Muy especial cariño tengo por las clases de quinto de Obras Hidráulicas, me da igual el profesor que nos la diera, ya fuera el catedrático que según el día hablaba de “chuponas” o de cómo regar bien los garbanzos para que crezcan hermosos, o el actual director de la Escuela que no fue capaz en las clases que nos dio de acabar un puñetero ejercicio bien, y que hacía que lo que era una chorrada pareciera física cuántica. Otras clases memorables era las de economía de cuarto impartidas por el catedrático, ex asesor de Aznar, en las que se dormía hasta un hiperactivo. Pero si me remonto más atrás otras clases que también eran de chiste eran las de estadística en las que el profesor tras hacernos comprar sus dos libros los transcribía literalmente en la pizarra haciendo como que daba clase, y lo peor de todo es que supongo que se creía que estaba dando clase de manera decente.

Pero vamos que ya todo esto pasará a ser parte del pasado, y sólo lo recordaremos, tanto mis compañeros como yo de vez en cuando, cuando nos reunamos a cenar después de mucho tiempo sin vernos (si es que no reunimos alguna vez) y salgan estos recuerdos como meras anécdotas. Sin embargo ahora mismo no son anécdotas sino nuestro presente, aunque ya esté acabado en parte y ya no nos quede mucho por aguantar, ni a muchos por oír. Esto se acaba, quedan apenas dos telediarios para que no volvamos a tener que escuchar necedades por parte de ningún profesor que se crea con la decencia suficiente como para soltarnos charlas moralistas o para decirnos cómo debemos de trabajar el día de mañana. Ya se acaban las clases en las que nos han hecho perder el tiempo a manos llenas y les ha dado igual porque para muchos de los profesores que hemos tenido sobre todo en la segunda mitad de la carrera no éramos más que un trámite diario que suponía un descanso de sus responsabilidades en sus respectivas empresas que eran las que de verdad les importaba. Ya se ha acabado el ver el pelo a profesores que se creen por encima de los alumnos y que han olvidado que por muy números uno de promoción que hayan sido eso solo significa que han obtenido mejores notas en unas asignaturas que me temo que no van a servir ni para tomar por culo (perdón). En dos días este final de clases se habrá consumado y habrá que aceptar que al final esto se ha terminado.

Caronte.