lunes, 18 de mayo de 2015

El Vals del Emperador (XXIII)

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Cruzaron los múltiples carriles del Ring de Viena para acercarse hasta la plaza en la que la reina María Teresa sostiene en sus manos todo el poder del Imperio, y vigila sempiterna los dos edificios gemelos que guardan parte de la cultura de la ciudad. A un lado el Museo de Historia Natural con sus salas repletas de vitrinas en las que se exponen miles de minerales, objetos y animales disecados de todas las especies. Es un museo que impone al caminar por sus salas, sobre todo por la de los grandes mamíferos que parecen más bien estar esperando el momento adecuado para abalanzarse sobre algún visitante desprevenido para destrozarlo y comérselo. Al otro lado de la plaza se levanta como mirándose en un espejo el Museo de Historia del Arte, donde se guardan las obras de arte más importante del Extinto Imperio Austríaco. Los Habsburgo, al igual que hicieron en España durante su reina coleccionaron pinturas de los más ilustres pintores de la época encargaban retratos familiares a los mismos para posteriormente colgarlos de las paredes de sus palacios. Dieron una vuelta a la plaza acercándose hasta la puerta de ambos museos. Anna miraba con detenimiento e interés todos los detalles de los dos magníficos edificios dejándose guiar por él que ya conocía la ciudad y sabía por dónde seguir el paseo.

Volvieron a salir al Ring y continuaron su paseo bajo las ramas desnudas de los árboles. Nada más dejar atrás los dos museos gemelos, y casi sin dejar tiempo al cerebro para asimilar la belleza de ambos edificios y la armonía del conjunto, se alzaba majestuoso el edificio del Parlamento Austríaco. Al verlo por primera vez Anna quedó totalmente fascinada, a la par que sorprendida de que dicho edificio de tan alta importancia, sede del poder político de la República de Austria tuviera esa semejanza tan radical a un templo griego.

– ¡Es como si estuviéramos en la vieja Atenas! – Exclamó Anna.
– Sí, es una de las construcciones más chocantes de toda Viena. No pega absolutamente nada con el conjunto arquitectónico de la ciudad, pero al mismo tiempo sin él Viena estaría falta de algo. – Dijo él.
– ¿Por qué construyeron un edificio así en una ciudad tan barroca? – Quiso saber Anna.
– Pues creo recordar que leí en algún sitio que cuando decidieron construir la sede de su parlamento los austríacos decidieron levantar un edificio que se asemejara a los antiguos templos de Grecia. Supongo que quisieron simbolizar la democracia con un edificio al estilo de la cuna de la misma. – Le explicó él.
– Pues no sé si consiguieron ese simbolismo del que hablas. Lo que sí que han hecho es dejar totalmente asombrados a los turistas que como yo vemos por primera vez el edificio. ¡Es extrañamente hermoso!
– Estoy totalmente de acuerdo contigo. – Dijo él a la vez que la besaba en la mejilla mientras ella perdía su vista en la estatua de Palas Atenea que preside la fachada principal del edificio del Parlamento. – Por el día es aún más bonito si cabe, sobre todo cuando le da la luz a primera hora de la mañana y toda la blancura de la fachada brilla de manera cegadora.

Tras estar varios minutos observando el edificio y recorriendo sus escalinatas, lo dejaron atrás y continuaron el paseo. Allí, a los pies de las escalinatas del ateniense parlamento austríaco ya se empezaba a escuchar a lo lejos el murmullo del alboroto, de la música navideña sonando, de un coro quizá entonando alguna canción tradicional centroeuropea. Él sabía muy bien de donde venía ese murmullo que les llegaba bastante amortiguado por los árboles desnudos del Ring. Anna por el contrario le preguntó que qué era ese sonido de fondo, a lo que él solo quiso contestar con un “ahora lo verás”. Como les había pasado antes, no habían terminado de dejar atrás el Parlamento cuando ya empezaban a vislumbrar otros dos grandes edificios vieneses. A la derecha el Burgtheater, o Teatro de la Ciudad, un impresionante centro cultural de primer orden en la capital austríaca en el que se celebran sin cesar durante todo el año eventos culturales, y en cuya fachada hay unos medallones de escayola en los que están representados los más importantes dramaturgos mundiales, entre los cuales Calderón de la Barca. La primera vez que él estuvo en Viena y vio ese impresionante edificio se paró a admirar su fachada barroca deteniéndose en los detalles de esos autores, y sorprendiéndose enormemente de encontrar entre ellos a un compatriota cuyas obras y fama parecía que habían traspasado fronteras. Justo en frente del Burgtheater está el Ayuntamiento de Viena en cuyo parque se encontraban ahora mismo los dos caminando y dirigiéndose hacia el origen del murmullo.

El edificio que alberga el Ayuntamiento de Viena es una imponente construcción simétrica en estilo neogótico, presidida en du fachada principal por una inmensa torre que esa noche se elevaba hacia los confines de la oscuridad intentando alcanzar las estrellas quietas en el firmamento. Como toda buena ciudad centroeuropea que es, Viena tiene gran tradición de mercadillos navideños, siendo el más famoso el de la plaza del Ayuntamiento con decenas de casetas de estilo tirolés de madera, con una pista de hielo en la que patinar y un tiovivo histórico en estilo rococó. Allí estaban dirigiéndose. Poco a poco el murmullo se fue convirtiendo en música festiva navideña, voces de gente pasándolo bien y gritos de niños pequeños disfrutando de la pista de patinaje.

– ¡Vaya con los vieneses, cómo se lo montan! – Exclamó Anna sorprendida quizá de ver tanto movimiento y agitación, algo que le parecía impropio de una ciudad que había juzgado fría y tranquila, y más en invierno.
– ¿Te gusta? – Le preguntó él.
– Está genial. No me esperaba esto la verdad. Con la poca gente que hemos visto desde que salimos del hotel pensaba que Viena moría al caer el sol. – Dijo ella mirando a su alrededor, intentando asimilar todo lo que la rodeaba.
– Este es uno de los mercadillos más antiguos de Europa, además de uno de los más famosos. ¿Quieres tomarte algo en alguna de las casetas? Los cafés son extraordinarios. – Propuso él.
– Vale. Por allí parece que hay una zona en la que sentarse a tomar algo caliente.
– Vamos.

Se fueron abriendo paso entre la multitud de personas, familias en su mayoría y también bastantes turistas orientales que no paraban de tirar fotografías a todo lo que se movía y les resultara exótico (entendiendo por exótico lo que para un europeo no es más que una adaptación nacional de las mismas tradiciones patrias de cada país). Pasaron al lado de la pista de hielo que estaba hasta arriba de personas patinando, algunas con más suerte que otras. Se pararon unos segundo a mirar a los patinadores. Anna estaba asombrada de cómo los más pequeños dominaban mejor los patines de cuchillas que los más adultos, muchos de los cuáles acababan trastabillándose y plantando el culo, las rodillas, o directamente la cara, en el hielo, tras haber intentado mantener el equilibrio inútilmente. Pasaron también ante un puesto de churros, algo totalmente fuera de lugar en aquel sitio pero que atraía a bastante gente por la multitud que se agolpaba alrededor de la caseta en la que se anunciaba a bombo y platillo que había churros y porras originales (escritas ambas palabras de manera literal)  recién llegadas de España. Al pasar delante del puesto y a pesar de que no olía ni a aceite hirviendo ni masa de churro, ambos se sonrieron al acordarse de España y de cómo en Madrid suelen oler algunas calles en las que se ponen los puestos ambulantes de churros en invierno: un olor fuerte, penetrante, inconfundible, mezcla de manteca, azúcar y aceite de oliva.

Al fin llegaron a un puesto en el que había también unos bancos corridos de madera prácticamente abarrotados. Por suerte en uno de los bancos, algo alejado de la zona más ruidosa, había un hueco en el que se pudieron sentar.

– ¿Quieres un café? – Le preguntó él.
– Sí, un vienés ya que estamos en la ciudad que le da nombre. – Dijo ella sonriéndole.
– Voy a por él. ¿Algo de comer? ¿Un trozo de tarta, un dulce típico navideño, un pastel de manzana?
– Lo que quieras para ti me traes a mí.

Él se levantó y se acercó hasta la caseta donde una señora austriaca ya entrada en años atendía a los clientes con diligencia y rapidez, sin perder la sonrisa, algo forzada, pero que se agradecía en una tarde noche tan fría como la que estaba haciendo en Viena. Como pudo se las apañó para coger los dos cafés y los dos trozos de pastel de manzana y llegar hasta la mesa en la que estaba Anna sentada esperándole.

– Aquí estoy. He traído dos pasteles de manzana que tenían muy buena pinta. – Dijo él a la vez que dejaba delante de ella su café y su trozo de pastel.
– Buena pinta sí que tienen, a ver si saben tan bien como lucen.
– Y si no te gustan vas tú a por algo que a punto he estado de tirar por el suelo todo de lo cargado que iba y por la cantidad de gente que había. ¡Parece que toda Viena se ha concentrado aquí!
– Sí que hay gente sí. Parece, salvando las distancias, la Plaza Mayor con su mercadillo.
– Sí. – Contestó él en un tono algo melancólico, de añoranza de Madrid, a pesar de que solo llevaban unas horas lejos de casa.
– ¿Qué pasa? Te noto raro, tristón, muy pensativo. – Le dijo ella sorprendiéndole.
– ¿Eh? Nada. – Contestó intentando cortar hay una posible conversación que no quería que se produjera.
– A ver algo te pasa. Te conozco y sé que estás dándole vueltas a algo desde que hemos llegado a Viena. No me engañas. – Dijo Anna en un tono que sin dejar de ser casi maternal, y al mismo tiempo que le cogía la mano encima de la mesa, sí era apremiante e insistente para que él contara lo que le rondaba por la cabeza.
– No es nada. Supongo que el viajar en avión aunque sean distancias no muy largas me cansan. Suele pasarme el primer día de cada viaje que emprendo. – Se excusó él sin mucha convicción.
– No me vengas con esas. ¿Tú te crees que soy tonta? Desde que hemos salido de Madrid le estás dando vueltas al pasado, a todo eso que no me quieres contar excusándote siempre en que no es el momento. Si te lo pregunto es porque me interesa de verdad, ya te lo he dicho un par de veces; y no porque quiera saber de ti a modo de cotilleo. Así que cuéntame que es lo que te pasa, quiero intentar ayudarte. – Empezó a decir ella, mostrando firmeza en su voz, pero sin que esa firmeza se transformara en enfado o reproche. – Además como no me cuentes lo que te pasa no me vuelves a tocar un pelo en este viaje. Pido que nos den otra habitación o que pongan un sofá cama si es que tienen. – Añadió esto último suavizando un poco el tono, intentando mostrarse divertida para que él sonriera un poco.
– Eso es jugar sucio Anna. No me puedes amenazar con algo que me gusta tanto como eres tú.
– Pues desembucha.
– Sabes una cosa: a veces las personas nos comportamos como imbéciles, puros idiotas que simplemente por orgullo, timidez o miedo, no hacemos aquello que tenemos que hacer, ni decimos lo que debemos decir. Y así, mediante silencios y no actuaciones, pasa la vida y sólo con el tiempo nos damos cuenta que debimos decir o hacer tal o cual cosa. – Empezó él a decir, mirando más la taza de café que a Anna.
– Sí, es algo innato en el ser humano. Algo que quizá no aprendamos nunca. – Dijo Anna como queriendo incitarle a continuar.
– Pues yo soy uno de esos idiotas. Y además de los gordos.
– Sí eso se venía comentando últimamente, no quería decírtelo para que no te sintiera mal pero es así. – Dijo ella apretándole la mano que seguía teniendo cogida con la suya para que él levantara la vista del café y la mirara a la cara. – Pero vamos no eras más idiota que cualquiera de los que ahora mismo estamos aquí.
– Ya pero cuando me has preguntado dónde y cómo compré el gorro ruso me han venido a la memoria muchos momentos pasados. Momentos que viví con intensidad pero que un determinado día empezaron a no suceder. Aquel viaje a Rusia fue de las últimas cosas que hice con mis amigos. No hubo más viajes o momentos de aquel calibre. De eso es de lo que me estaba acordando y a lo que le llevo dando vueltas como tú dices.
– ¿Y qué pasó para que aquel fuera el último viaje? – Preguntó ella.
– Pues supongo que lo que temía que pasara, y que en lo más profundo de mí, por mucho que quisiera negarlo y creyera que no iba a suceder, sabía que terminaría pasando. El último año de carrera fue muy raro. Deseaba acabar y no volver a pisar por allí nunca más, salirme de ese mundo que me había hecho perder mucho tiempo y me había impedido desarrollar realmente mi vocación, aunque éste fuera algo que descubriera tarde. Y fue un año raro porque al final no quería que acabara. Fuera de la universidad no tenía amigos, no tenía a nadie, estaba sólo en mi vida, descontando a mis padres, claro. En la universidad al menos estaba con gente que creía que era como yo, cada cual con sus cosas y sus rarezas, sus manías y particularidades; pero eran mis amigos y les quería. Eran lo único que tenía que podía hacer que me evadiera de mis propios problemas. Pero ese último año todo fue raro, ya digo. Supongo que el agobio de algunos, la agonía de otros, el individualismo y el pasotismo, o simplemente la constatación de que cada uno debía hacer su vida a partir de ese momento de manera independiente llevó a que nos fuéramos distanciando.
>> Es posible también que el hecho de que yo no diera la más mínima importancia a la carrera, el que no me importara una bledo nada que tuviera que ver con la universidad, y que algunos de mis amigos sí lo hicieran, nos hizo tomar caminos diferentes, que aunque no nos diéramos cuenta en ese momento, o no quisiéramos darnos cuenta, nos iban a terminar separando. Pero fue así. Supongo que no soy yo el único que se daba cuenta o temía lo que podría ocurrir, pero a los demás parecía más importarles la carrera y su futuro trabajo que los amigos o las personas que tenían a su alrededor. Quizá el primero fui yo en el fondo.
>> El viaje a Rusia que salió de una propuesta loca de uno de mis amigos, más como broma que como hecho realizable, a la que yo di pie e impulsé. Fuimos tres, como ya te he dicho. El resto, tampoco eran muchos más, éramos un grupo pequeño, buscaron excusas para no venir. Excusas que podían ser reales o no, quien sabe, pero que a mí ya me daban totalmente igual. Durante todo el último año cada vez que proponía algo siempre tenían respuesta y argumento para decir que no. Al final me terminé acostumbrando.
>> En Rusia nos lo pasamos en grande la verdad. No lo puedo negar. Fue un viaje que probablemente nunca podré olvidad. Como otro que hicimos también, aunque esa vez todos el grupo de amigos, a Córdoba a pasar unos días en una casa rural y hacer un poco de turismo. Pero no hubo más.

En ese momento se calló. Dejó de contar como paralizado por algún tipo de recuerdo que le bloqueara el habla y no quisiera salir a la luz por doloroso o incómodo. Miró durante largos segundo la taza de café que tenía delante, ya mediada en su contenido. Anna no dejó de mirarle, preocupada de haber levantado en él costras que tapaban heridas muy profundas y que el tiempo había ya empezado a cicatrizar. Ambos estuvieron unos segundos en silencio hasta que sus voces volvieron a hacerse presentes.

– No tienes que seguir contando si no quieres. A todos nos han pasado cosas similares. – Dijo Anna.
– ¿Hasta qué punto somos cada uno responsables de lo que pasa en nuestras vidas? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos nosotros y cuánto recae en las personas que conocemos a lo largo de nuestra vida Anna? – Preguntó él ahora sí mirándola directamente a los ojos, intentando buscar una respuesta en sus pupilas.
– Nadie está fuera de lo que quiera el destino. Creo que nuestras vidas están escritas de ante mano, y sólo podemos vivirlas como vienen.
– Yo no pienso así. Creo que son las decisiones que tomamos las que nos van llevando por un camino u otro. Cada vez que miro este gorro me acuerdo de aquella época en la que podía decir que tenía amigos. Y me digo que fue por mí culpa por la que aquello no se repitió nunca más.
– En aquel viaje no estuviste solo. No lo olvides. Y además también se lo dijisteis al resto de vuestro grupo de amigos. Si a aquel viaje no fuisteis todos no es culpa tuya. Y si después de aquel viaje no se volvió a repetir nada parecido, no creo que fuera porque no le pusieras intención ni voluntad. – Dijo ella levantándose de su lado de la mesa y sentándose junto a él en un hueco que habían dejado un par de parejas de ancianos.
– No sé Anna. Siempre tendré la duda de si pude hacer más por mantener una amistad con aquellas personas. Nunca sabré ya probablemente si en algún momento les hice algo para que cada vez que proponía hacer algo se me dijera que no. Nunca dejé de hacerlo, también es cierto, lo que pasa es que al final, con el tiempo cada vez proponía menos cosas y recibía siempre las respuestas de cortesía de “sí un día quedamos y nos tomamos algo” o el tan famoso “a ver si un día nos hacemos otro viaje como aquel que estuvo tan chulo”. Palabras vacías, de esas que tanto nos gusta pronunciar a las personas.
– No te martirices por algo de lo que no tienes toda la culpa. Erais un grupo de amigos, lo que implica varias personas, luego por mucho que uno quiera si el resto pasan no se puede hacer nada. Y no tiene la culpa quien lo intenta sino el que rechaza. – Dijo Anna, y para demostrarle que no era necesario decir más de dio un beso primero en la mejilla y luego cuando él se giró para mirarla, en los labios.
– Gracias por escucharme Anna. – La dijo él después del beso y antes de ser él quien le diera otro.
– Bueno el café ya se ha acabado. ¿Seguimos la marcha o hemos acabado ya de ver Viena? – Preguntó ella levantándose del banco en el que estaban sentados.
– ¡Cómo vas a haber acabado de ver Viena! Todavía queda mucho. Si tienes todavía ganas después del coñazo que te he dado en los últimos minutos, queda mucho por ver. – Dijo él volviéndose a ajustas el gorro ruso y los guantes.

Caronte.

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domingo, 17 de mayo de 2015

Ya va siendo hora de un cambio de aires en Madrid

Estos días Madrid está celebrando el día de su Patrón, San Isidro Labrador. Todo el mundo está contento, hace sol, calor, se comen rosquillas del santo, de las tontas, de las listas, de fresa, café, limón y gallinejas y entresijos. La pradera de San Isidro se llena estos días de chulapos y chulapas, madrileños de pura cepa y de adopción, turistas y gente de paso por la capital del Reino. Madrid está alegre. Pero hay un olor extraño en el ambiente. Hay una sensación diferente este año y es que en una semana escasa tenemos elecciones. Sí, señores ya han pasado cuatro años desde las últimas y parece que las de este año no van a ser tan tranquilas como lo han venido siendo en las últimas ediciones. Es muy probable que el año que viene por las festividades del patrón de la ciudad haya nuevos aires en la capital.

Ya sé que unas elecciones es lo menos apetecible que hay en este mundo, y aguantar una campaña electoral que inunda todos los medios de comunicación (televisión, radio, prensa e internet) es tan placentero como pillarte el prepucio con la cremallera del pantalón. Pero es lo que toca este año, y ya nos podemos ir acostumbrando porque todavía nos quedan varias elecciones más: las generales a saber cuando son; las catalanas para terminar de consumar el fracaso y la total ineptitud de Artur Mas que sigue viviendo colgado de una lámpara y delirando por las esquinas del Palau de la Generalitat: y quizá de nuevo las Andaluzas después de haber descubierto en Susana Díaz una señora prepotente, arrogante, orgullosa y necia que se cree que ha ganado unas elecciones que adelantó para conseguir arrollar y que se ha encontrado abrumada por la situación política. Pero ninguna de estas elecciones me importa tanto como las que se celebran para elegir al próximo Alcalde de la Villa y Corte.

Madrid lleva desde el año 1991, el mismo que yo nací, gobernado por la derecha. Algo que en principio no es ni negativo ni positivo, simplemente es un hecho. En 24 años de gobiernos populares del ayuntamiento, muchos de ellos por mayoría absoluta, Madrid ha cambiado mucho eso es verdad. Lo que pasa es que en los últimos doce años, desde que Álvarez del Manzano dejara la alcaldía, ésta no ha sido más que un foco constante de disputas políticas y egos personales. Alberto Ruiz Gallardón, ese ministro de justicia dimisionario que tenía exterior de cordero pero un interior más oscuro y diabólicamente retrógrado que el más cavernario de los franquistas de la antigua usanza. A todos engañó un Ruiz-Gallardón que decía que sólo quería trabajar para Madrid, para hacerla una de las ciudades europeas más bonitas, de moda y a la vanguardia; pero que sólo usó el sillón de alcalde de la capital para lanzarse políticamente y manejar los hilos para ser nombrado ministro a las primeras de cambio.

No voy a decir que los 24 años de gobiernos conservadores han sido nefastos para Madrid. Sería exagerar y hacer tabla rasa, además de mentir. A mí personalmente Álvarez del Manzano me caía y me cae bien; también es cierto que no puedo juzgar sus años de gobierno ya que por aquel entonces yo todavía era un niño nada interesado en asuntos de mayores. Pero al menos fue un alcalde que no quería ser otra cosa, quizá porque no daba para más, y que quedaba bien de alcalde, tenía presencia institucional. Pero cuando él se marchó grises nubarrones se cernieron sobre Madrid. Llegó Gallardón seguido muy de cerca por su ego, y con ellos Madrid cayó en una vorágine megalómana que solo el ostión que nos hemos dado todos con la crisis nos ha permitido ver su alcance.

Los ocho años de Gallardón como Alcalde de Madrid han supuesto, desde mi punto de vista la muerte de Madrid. Antes de su llegada esta ciudad estaba muy viva, se debía a sus ciudadanos única y exclusivamente, y nada tenían que decir los sueños faraónicos de nadie, ni las voluntades enriquecedoras de las grandes empresas de este país. Con Gallardón todo cambió. El alma de Madrid terminó por languidecer, y ese Madrid que durante mucho tiempo fue punta de lanza de la cultura, no sólo española sino europea, pasó a ser un escaparate en el que el señor Gallardón hacía méritos para que le nombraran algo más que ser Alcalde de Madrid.

La ciudad cambió físicamente en ocho años, más que en toda su historia anterior desde que fue elegida por Felipe II como Capital del Reino y Villa y Corte en 1561. Y todo porque Gallardón quería pasar a la historia, a la posteridad. Madrid quedó cubierto de vallas, zanjas, calles levantadas, aceras cortadas, ruido, polvo, hormigón, asfalto y granito. La M-30 se soterró, algo que creo que fue una de las mejores ideas que tuvo Gallardón pero que se llevó a cabo de la forma más chapucera posible, y así hoy en día cada vez que lleve más de la cuenta los madrileños podemos disfrutar de una canal de remo subterráneo (espero que mi profesor de ferrocarriles no lea esto ya que fue el ideólogo del soterramiento). Es cierto que Madrid recuperó el río, si es que alguna vez tuvimos algo que mereciera dicho nombre, y el parque del Manzanares es ahora una gran zona verde de uso y disfrute de los madrileños, que estarán pagando las deudas de dichas obras hasta el infinito y más allá.

Pero salvando en parte lo de la M-30, el resto de actuaciones de Gallardón en Madrid han sido nefastas. La ciudad ha quedado repleta de granito y hormigón quitando vida a espacios tan hermosos como Sol, Ópera o la Carrera de San Jerónimo. Sin embargo la obra más emblemática del periodo Gallardón, fue el traslado del Ayuntamiento desde la Casa de la Villa, sede histórica del Ayuntamiento desde 1692, al Palacio de Cibeles en la plaza del mismo nombre. Esa mudanza, absurda y millonaria, fue sólo porque Gallardón quería dejarse ver, tener una gran sede para su despacho; no estaba cómodo en el palacio del siglo XVII, eso era poco para él, necesitaba algo más grandioso, y así lo hizo. Mucho se podrá decir de Gallardón después de su paso por la Alcaldía de Madrid, pero para mí siempre será quien destruyó el alma y la razón de ser de Madrid.

La última broma que nos dejó Gallardón a los madrileños, o mejor dicho, la última tomadura de pelo en toda regla fue en 2011, cuando ganó las elecciones diciendo que iba a ser Alcalde de Madrid y nada más y a los pocos meses de ganar de nuevo con mayoría absoluta fue llamado bajo las faldas de Rajoy para ser ministro. Hubiera sido una decisión que sólo le hubiera dejado mal a él sino llega a ser porque dejó en el Ayuntamiento a la ilustrísima Ana Botella. La maldición estaba completa. ¡Qué desastre de mujer! Si Madrid todavía tenía algo de pulso después de los años de Gallardón, Botella terminó por rematar a Madrid, le dio la puntilla.

Fijaos si Madrid habrá pasado por penurias a lo largo de su historia, si no habrá tenido alcaldes pésimos; pues creo que nunca hasta la llegada de Botella a la alcaldía nada ni nadie había sido tan dañino para la capital. Desde diciembre de 2011 en el Ayuntamiento Madrid se instaló la incompetencia, la incultura, la necedad, la arrogancia y la caspa de los más rancios conservadores. Toda expresión de arte, cultura y forma de vida moderna se silenció. Las manifestaciones del orgullo gay, que no es que sean los eventos a los que más me guste ir, pero dejan en la ciudad una cantidad ingente de dinero, siendo la fiesta europea homosexual más importante, fue totalmente cohibida haciéndoles de nuevo sentirse mal vistos por un equipo de gobierno sacado de lo más profundo de la cueva fascista (muchos de sus representantes y habitantes siguen viviendo en Madrid). Luego vino lo de la relaxing cup of café con leche delante de medio mundo en Buenos Aires durante su discurso para conseguir convencer a los miembros del COI para que nos dieran los JJ.OO. Como digo nunca antes Madrid tuvo a alguien tan incompetente al frente de su Ayuntamiento.

Muchos dirán que Botella pasará a la historia como primera alcaldesa de Madrid, a lo que yo responderé siempre que alcalde de Madrid es aquella persona que es elegido por sus conciudadanos para regir los asuntos de la capital. La Señora Botella NO ha ganado ningunas elecciones para ser Alcaldesa de Madrid, por tanto por mucho que haya ejercido dicho cargo para mí nunca lo habrá sido. Si sucedió a Gallardón y estuvo en el equipo de gobierno antes fue porque era la mujer de Aznar (Dios los cría y ellos se juntan, que se podría decir), nada más. Suele decirse que quien ha sido alcalde de Madrid siempre lo es, de hecho he saludado a dos antiguos alcaldes (Barranco y Álvarez del Manzano) y les he tratado de Alcalde, pero a esta señora como me la cruce por la calle lo único que puede que se lleve de mí es un insulto (ladrona, incompetente, miserable, cosas así). Por desgracia hemos tenido que aguantar durante mucho tiempo a esta señora que si tuviera algún tipo de ética, moral o decencia, y siendo tan cristiana todavía más, hubiera dimitido días después de la muerte en el Madrid Arena de cinco jóvenes muchachas aplastadas por la multitud en una fiesta que sirvió para llenar de billetes los bolsillo de los amiguetes de la alcaldesa. No sólo no dimitió sino que se fue a un balneario con Aznar a Portugal estando las pobres muchachas de cuerpo presente. A eso llamo yo indecencia.

Por suerte pase lo que pase el próximo día 24 de mayo Botella se irá ya a su casa y no la volveremos a ver ese precioso pelo suyo tan bien peinado en la peluquería a la que va en coche oficial. Gane quien gane las próximas elecciones no tendrá demasiado difícil superar lo que ha hecho Botella, hasta un niño de primaria podría hacerlo mejor, incluso un chimpancé. Madrid se juega mucho el 24 de mayo. Podemos seguir gobernados por la derecha más arcaica, más rancia y más repulsiva, representada en este caso por Esperanza Aguirre (ejemplo de la nueva hornada de políticos que vienen a regenerar la política española......). O bien podemos decidir dar un buen cambio de aires a la capital después de llevar 24 años gobernados por las mismas ideas y formas de pensar. Mi opinión es que hay que abrir las ventanas, airear el Ayuntamiento, darle nuevos modos de hacer las cosas, nuevas caras, nuevas ideas, nuevos aires. Pero va a estar difícil.

El PP en un intento a la desesperada de mantener la capital de España bajo su mando y poder presenta a Aguirre, un peso pesado del ala más radical liberal-conservadora (aunque lo de liberal es de boquilla porque a la hora de debatir ideas no se atreve a hacerlo con todos sus rivales a la vez y cada vez que un periodista la incomoda intenta acabar con él). Ojalá no gane esta señora porque si es así esta ciudad está totalmente perdida, y será irrecuperable. No podemos dejar que gobierne una persona que ha amparado, mirando hacia otro lado, la corrupción, tiene a muchos de sus antiguos consejeros autonómicos, gente que ella puso en su puesto otorgándoles confianza, procesados por corrupción. Pero la pobre Aguirre no sabía nada, era una señora que pasaba por allí y se ha ido enterando ahora de todo. ¡Necia e hipócrita! Eso es lo que es. Por desgracia todavía quedan en esta ciudad muchas personas que la votarán, que sin dos dedos de frente creerán sus embustes y mentiras, y como burros con orejeras ignorarán los hechos. Por esta gente a pesar de todo lo que pasa y de todos los escándalos que hay, el PP sigue ganando en las encuestas.

Tampoco es que las alternativas se lo pongan muy difícil. El PSOE ha elegido a Antonio Miguel Carmona, una persona que en su día me parecía muy cabal, predispuesto, formal y con formación bastante aceptable para recuperar Madrid. Ahora sin embargo, y sintiéndolo mucho porque me reconozco votante del PSOE y siempre he estado más cerca de sus ideas que de cualesquiera otras, no pienso otorgarle mi voto. Carmona me ha demostrado esta campaña electoral que es un payaso, que solo busca la foto como sea, que no tiene altura de miras y que no puede aspirar así a coger el bastón de mando del Ayuntamiento. Así no se puede ir a ningún sitio, no se puede estar por la mañana disfrazado de bombero, a media tarde plantando un pino (un árbol, que nadie me malinterprete) en un parque y por la noche con Teresa Campos bailando y cantando en un programa de televisión. Pero también en este caso habrá votantes que lleven orejeras y sean incapaces de ver nada más allá que las siglas a las que llevan votando toda la vida sin criterio alguno en ciertos momentos.

UPyD e IU son irrelevantes ya en la vida política de la capital, no tengo ni idea de quiénes son siquiera sus candidatos. No han sabido conectar con la gente, los primeros por seguir confiándose a una mujer que viene de la vieja política y que no suelta el mando ni rociándola con agua hirviendo; los otros porque se han vuelto a darle vueltas a si son de izquierda más o menos radical y tal y cual. Pero no se acaba ahí la cosa. En los últimos meses dos fuerzas políticas se han sumado al juego político. Por suerte para los ciudadanos, Podemos y Ciudadanos, han irrumpido en toda España como vías alternativas y posibilidades de cambio aparentemente real en la política. Y en Madrid es posible que tengan la llave del futuro gobierno.

Ciudadanos se presenta con una cara muy joven, amable, hasta atractiva en cierto punto; una abogada que nunca antes había estado metida en política pero que ha creído llegado el momento de dar un paso adelante, dar la cara por sus ideas y su ciudad, algo que la honra, a ella y a todo el mundo que como ella ha decidido dejar de criticar sin hacer nada (algo muy español) para ponerse al frente de una proposición política y defender su visión de la sociedad. Sin embargo pese a que esta joven abogada tiene todos los puntos a favor en cuanto a lo que la ciudadanía está exigiendo: juventud, caras nuevas, nuevos modos y formas, aparentemente nuevas ideas y propuestas, y ninguna vinculación anterior con la política; a pesar de esto a mí no me gusta un pelo. No es que Ciudadanos me levante antipatías en general: les considero un partido moderado, bastante centrado aunque en temas económicos está más escorado a la derecha de lo que me gustaría. Lo que pasa es que en el caso de su candidata al Ayuntamiento de Madrid veo que cojea más de la cuenta y muestra más simpatías con los PPeros que con otros movimientos. Creo que sería un error total y absoluto que si tuvieran la llave del Ayuntamiento para que fuera Aguirre la que gobernara, la apoyaran consumando la perpetuidad de unas ideas y una forma de gobernar que se ha demostrado corrupta y que ha conducido a la muerte de Madrid por sobreexposición al PP.

Por último tenemos la coalición de izquierda Ahora Madrid, liderada por la ex jueza Manuela Carmena de 71 años, apoyada por Podemos. Es curioso que un partido como Podemos, que se ha caracterizado por su juventud y vitalidad desde que apareció como un elefante en una cacharrería en la vida política española justo hace un año consiguiendo 5 eurodiputados, haya apoyado para la Alcaldía de Madrid a una persona tan veterana, versada en tantas batallas por los derechos humanos. A pesar de que aparentemente no represente la regeneración política, al menos por edad, sí que es un cambio que de consumarse creo que solo traería buenas cosas a la Villa y Corte. Desde que salió elegida para encabezar esta candidatura he ido poco a poco acercándome a sus ideas y sus formas; cada vez que ha dado una entrevista en la televisión se la ha visto segura, tranquila, sin pelos en la lengua incluso cuando ha tenido que reprender a aquellos que la han apoyado para que se presentara, no le tiembla la voz nunca, defiende con convicción sus ideas y no cae en la trampa de acusar al rival. Desde que los sondeos la dan buenos resultados ha estado recibiendo críticas muy feroces, totalmente miserables, por parte de miembros de la caverna fascista de esta ciudad que ven que es posible que el próximo 24 de mayo cambien las cosas y dejen de poder hacer sus negocios sucios como hasta ahora los han ido haciendo. Para mí Manuela Carmena representa el ideal de Alcalde de Madrid, alguien con ideas claras, de convicciones fuertes y con respetabilidad, que es lo más importante.

Muy incierto está el resultado de las próximas elecciones, y dependerá de muchos factores de última hora. Pero voy a mojarme, no está el horno para seguir callado, esconder la cabeza, o decidir huir de este país para no afrontar nuestro deber como ciudadanos. Amo Madrid, siempre me ha gustado la política y hasta hace no mucho tenía en la cabeza afiliarme al PSOE pero viendo cómo funcionan las cosas en esa casa de locos y cómo se está más pendiente del quedar bien y hacerse una foto que de lo que verdad importa me terminé por desilusionar. Hasta que han aparecido todo este marasmo de nuevos partidos y nuevas ideas, o al menos nuevas formas y caras. El próximo domino iré a mi colegio electoral a votar y lo haré por Manuela Carmena, porque creo que es la única que con sensatez y buenas formas, con diálogo y escuchando, con honradez y humildad, puede devolver a la vida a una ciudad sumida en un letargo mortuorio de difícil salida si se sigue por el mismo camino. Madrid necesita nuevos aires. Madrid debe empezar una nueva época y no puede hacerlo con los mimos de siempre (PP o PSOE me da igual, ambos representan las viejas formas y la arrogancia de quien se cree investido de un derecho mayor por haber sido los únicos que han gobernado).

Por todo esto, y sabiendo que no soy más que un mísero estudiante que no va a convencer a nadie, creo que todo aquel que quiera que las cosas cambien de verdad, todo aquel que ame Madrid y crea que necesita nuevas ideas, nuevas formas y abrir un nuevo tiempo, debe votar por cambiar las cosas. Mi opción será Manuela Carmena, lo tengo claro. No pienso decir a quien debe votar nadie pero Madrid no puede pasarse otros cuatro años gobernado por los mismo ladrones de siempre. Ya va siendo hora de un cambio de aires en Madrid.

Caronte.

sábado, 9 de mayo de 2015

Vergonzosa política

Mucho creo que he tardado en hablar de la muy noble y de alta cuna clase política de nuestro queridísimo país. Una clase política que cada día demuestras su incansable esfuerzo por mejorar la vida de las ciudadanos, y que se preocupa incansablemente de nuestras condiciones de vida buscando cómo poder mejorarla y que todos nos podamos aprovechar de la riqueza de este gran país. Tenemos unos políticos que día a día se dejan la piel para mejorar su nivel cultural, intelectual y político para así ser los primeros en dar ejemplo al resto de los ciudadanos. Con este panorama tan objetivamente descrito no entiendo cómo es posible que España esté en la tan penosa situación en la que se encuentra, con un paro inmenso, unos servicios sociales cada vez más mermados, una sanidad semi en venta y una educación a la que cada día pueden acceder menos personas, ya que la pobreza se extiendo por muchos estratos sociales. Sólo me cabe pensar que la culpa la tenemos los ciudadanos por no tomar ejemplo de los políticos de tan grande y excelsa catadura moral que nos indican el camino ellos mismos con sus propias acciones. ¡Qué pena de sociedad!

Volvamos a la realidad. Lo que acabo de decir creo que es muy probable que sea lo que se le pasa por la cabeza a muchos de los dirigentes políticos que tenemos en España, muchos de los cuales llevan en sus cargos décadas sin que haya habido nunca ninguna posibilidad real de que abandonen el poder. A diferencia de lo que debería de ser normal en una clase dirigente/política, que en el fondo no se debería distinguir del resto de la sociedad por formar parte de ella, en España tenemos una serie de grupos políticos de toda la vida (me voy a centrar en PP y PSOE, que son los que han dominado la vida política en este país siempre) que se han convertido en sectas cerradas, que muchas veces se cuelgan la medalla de democráticas, que fabrican personas dedicadas únicamente – en cuerpo y alma – a hacerse una carrera política, sin tener oficio ni beneficio conocido fuera de ese “trabajo”          que para ellos es la política.

He aquí el primer gran error de bulto que comenten esos a los que llamamos políticos, siempre claro está según mi punto de vista. Para mí la política no es una profesión, sí es cierto que hay una carrera que se llama Ciencias Políticas, pero si alguien en algún momento se ha parado a analizar qué es lo que se da en ella, descubrirá que no crea políticos sino que analiza y da una serie de pautas de lo que es la organización política de una sociedad y de cómo ha ido evolucionando esto a lo largo de la historia. No existen los políticos, y quien crea lo contrario, sinceramente creo que está totalmente equivocado. Para mí lo que existen son ciudadanos normales (panaderos, mecánicos, conductores, profesores, médicos, matemáticos, abogados, ingenieros, etc.) que en un determinado momento de su vida, no excesivamente largo, unos años, deciden participar en la administración pública de su ciudad, región o país, para intentar mejorarlo aportando sus ideas, su esfuerzo y su trabajo para buscar un mayor bienestar, no para ellos mismos, sino para sus iguales. Estos son los políticos para mí, y no esos que dicen serlo porque tienen un asiento en algún parlamento desde hace décadas y que no han hecho nunca nada más que cobrar del erario público. Que conste que esto no tiene por qué ser algo malo, y no lo critico a priori; lo que sí critico, y creo que es poco ético, es que una persona se tire toda su vida sin hacer ni el moco y no se le conozca otro oficio haciendo de un hipotético servicio a la sociedad su trabajo.

Hablar de ética con la panda que tenemos a día de hoy gobernándonos, o en la oposición esperando para asaltar el poder cuando puedan, es algo utópico a más no poder. El hablar de ética es algo mucho más complejo de lo que pueda pensarse. La ética es algo que debe estar en la sociedad para que pueda estar en aquellas personas que en un periodo de su vida quieran ejercer la política y dirigir el devenir de sus conciudadanos. Sin no hay ética en la sociedad no podemos exigirla a sus dirigente. Pero nos encontramos aquí con el dilema del huevo y la gallina: ¿Qué fue antes la sociedad ética de la que salían políticos respetables con unos criterios morales impolutos, o una serie de personas que viendo como sus conciudadanos carecían de cualquier escrúpulo ético y decidieron dar un paso al frente para con su ejemplo cambiar a la sociedad de la que venían? La cuestión no es baladí y por desgracia no creo que a día de hoy yo tenga la suficiente capacidad de análisis y los suficientes años vividos de experiencia para juzgar e intentar dar una respuesta a esta pregunta.

Sí puedo sin embargo dar mi opinión. Creo que debe de haber una simbiosis entre sociedad y políticos. Nos necesitamos mutuamente. La sociedad no puede funcionar al libre albedrío y para ello necesita de una serie de personas que dediquen su intelecto a dirigir la sociedad; pero al mismo tiempo esas personas que den un paso al frente para tomar las riendas de la sociedad deben salir de ella y ser elegidos por los demás miembros. Pero si nos ponemos a observar cómo estamos en España a este respecto es posible que nos dé una depresión enorme al comprobar cómo estamos instalados en el escándalo constante, en el descubrimiento día sí, día también, de nuevos casos de uso indebido de los fondos públicos (esos que salen de los impuestos que pagan nuestros padres), de casos de abuso de poder, de amiguismo, de trapicheos que no buscan la mejora de la sociedad sino del bolsillo del alcalde, presidente, diputado o consejero de turno.

Es normal que la gente está harta (hasta los mismísimos cojones por ser claro y hablar sin ambages). Es normal que ya no nos creamos a nadie de ninguno de los dos grandes partidos políticos. Es normal que la gente esté totalmente desencantada con la política y con sus representantes. Es normal que se les insulte por la calle si se les reconoce. Es normal que nuevas fuerzas políticas que nada tienen que ver con lo anterior y que parecen haber vuelto a lo que la política debería ser (escuchar al ciudadano, ser simplemente un instrumento y no un fin para conseguir mejoras en el bienestar social, ser practicada por personas que deciden en muchos casos compaginar su actividad profesional con el servicio público y que no pretenden, en su mayoría, dedicarse de por vida a esto) esté ganando adeptos. ¡Todo menos aquellos que nos han engañado!, parece que quiere decir la gente.

Sin embargo, PP y PSOE, que son los que más están sufriendo, al menos en las encuestas este desgaste, esta desilusión, siguen tomando al personal (a la sociedad) como si fuera menor de edad, como si no supiéramos qué es lo que hay, como si fuéramos gilipollas (permítaseme la expresión) y nos faltaran varios dedos de frente. Los grandes partidos dejaron de hacer política hace mucho tiempo, desde el primer momento en el que se convirtieron en organizaciones clientelistas dirigidas por un líder al que había que hacer la pelota y pensar abiertamente como él para poder llegar a ocupar algún puesto público. Los partidos políticos no han sido democráticos nunca, porque desde siempre han asumida esa máxima de Winston Churchill que decía que la Democracia es el peor sistema político que existe. Ni PP, ni PSOE son a día de hoy dignos de confianza porque se han ido pudriendo con el tiempo. Si en vez de haberse convertido en sectas cerradas en las que solo pueden entrar aquellas personas que den el perfil, hubieran estado siempre abiertas a la sociedad, sin prejuicios, sin miedos, sin vergüenza, es muy probable que no estuviéramos en esta situación.

Con su sectarización los partidos políticos han perdido contacto con la calle. Y lo han confundido. Estar con la calle, patearse una ciudad, una comunidad autónoma o un país, no es dar mítines en polideportivos congregando con comidas gratis a los viejos del lugar que no tienen nada que hacer. Esta con la calle es pertenecer a ella, y los políticos de hoy en día no pertenecer a ella, viven en un mundo diferente, apartado totalmente de la realidad, o quizá viviendo una realidad paralela que se quieren creer, y que los lameculos de turno ayudan a hacerles creer para no contrariar al jefe. ¿A cuántos políticos habéis visto alguna vez por la calle como un ciudadano normal? Yo solo a tres, al que fuera presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, el que fuera Secretario General del PSM, Tomás Gómez, y el que fuera ministro de Educación Ángel Gabilondo. ¿Os parece normal? A mí no. Pero luego van todos, de progres y de cercanos haciéndose fotos en ferias regionales o bailando sevillanas en plazas públicas.

Otra de las causas que creo que hacen que la gente esté hasta el gorro es el poco nivel que tiene la clase política y que se demuestra cada vez que hablan los dirigentes políticos. Pero claro esto viene de la endogamia que se produce en los partidos políticos, si no entra savia nueva y sólo se producen recambios con acólitos más jóvenes del jubileta que ya se retira, qué queremos, que mejore el nivel, es imposible así. Y es que lo que yo personalmente peor llevo es el bajísimo nivel cultural, intelectual, moral y ético de los políticos. Me da verdadera vergüenza cada vez que veo en la televisión, o escucho en la radio, alguna sesión del parlamento. Tenga muchas veces la sensación de que esas sesiones no se están celebrando en Madrid en la Carrera de San Jerónimo, sino en otro planeta. Es un verdadero circo. Un toma y daca en el que lo único que se echan en cara PP y PSOE son sus respectivos casos de corrupción (que ambos tienen para dar y tomar) y sus gobiernos pasado. ¡Señores diputados, señores prescindente y líder de la oposición, hablen de una puta vez de aquello que preocupa a los ciudadano y dejen de airear mierdas ajenas, ya que si quieren tratar de mierda miren primero en su propia casa para poder exigir al contrario que haga lo propio! Repito es lamentable.

No me creo, no me quiero resignar a creer, que los políticos consideren a la sociedad tan analfabeta. Me hace mucha gracia, a la vez que me entristece, cómo cada vez que el PSOE habla de los casos de la Gürtel y de Bárcenas, el PP responde con los ERE. A ambos les digo que tienen razón que están de mierda hasta el cuello, que los dos huelen que apestan y que por mí podrían irse todos a freír espárragos a sus respectivos pueblos. Rodrigo Rato es un sinvergüenza de tres pares de narices, un delincuente, un ladrón y un mentiroso, al igual que Bárcenas o Granados; pero no lo son más que Chaves y Griñán, que con sus tejemanejes en la Junta de Andalucía (o mejor dicho el Cortijo de Andalucía) han provocado un fraude mayúsculo en el que se han ido para bolsillos particulares miles de millones de euros pagados por todos. Mi consejo a PP y PSOE es que se callen, que cierren su maldita y maloliente boca y se dediquen de una vez por todas a hacer algo provechoso.

Pero las cosas no se acaban aquí. En los últimos tiempos como ven que varios partidos políticos pueden llegar a acabar con la hegemonía y la alternancia tradicional de PP y PSOE en los gobiernos, se han dedicado a desprestigiar a esos nuevos contrincantes que están haciendo ver a la sociedad que lo que había no era lo normal, y que las cosas puede que no tengan que ser como nos llevan diciendo toda la vida desde el partido de las gaviotas o desde el de la rosa. ¿Cuál ha sido la reacción? Intentar usar el miedo. PP y PSOE intentan meter miedo a los ciudadanos diciendo que lo que puede llegar nuevo no son más que experimentos que fallarán. Eso es de ser muy miserables y necios. Siguen pecando de lo mismo los grandes partidos: creen que la sociedad somos menores de edad, bebés de teta a los que nos tienen que decir qué hacer. Eso ya se ha acabado. ¡Dejad de considerarnos como imbéciles porque no lo somos! Somos igual que vosotros, probablemente de mejor catadura ética y moral, y sin nosotros no vais a ninguna parte.

PP y PSOE están tocados, están escocidos, y lo peor es que no se quieren dar cuenta de que la gente normal, esa que representa a la gran mayoría de la sociedad, y no las minorías a las que siempre han parecido hacer más caso según el partido (empresarios, sindicatos, artistas, LGBT, etc.), no estamos en chorradas, que lo único que queremos es que haya sanidad universal de calidad, que la educación sea laica, libre y gratuita para todos, y que nuestro bienestar social siempre vaya en aumento. ¿De verdad cree el PP que nos vamos a creer que España es el país que más crece y que ya estamos bien? Sí, somos los que más crecemos......en paro, pobreza, desigualdad, emigración, etc. ¿De verdad se cree el PSOE que diciendo constantemente que el PP son los malos y hablando de miembros y miembras va a volver al poder? Mal van por ese camino. Mal val también si creen que la sociedad se chupa el dedo y que partidos como Podemos o Ciudadanos son un peligro. En el fondo es probable que sean un peligro, sobre todo para los que siempre han estado ahí gobernando, porque ven que sus puestos y privilegios auto impuestos están a punto de acabarse, y es posible que se tengan que buscar la vida fuera de la política (sin tener oficio conocido, o sin haberlo ejercido nunca).

No sé realmente cómo se desarrollarán los acontecimientos en la vida política en los próximos meses, pero sí sé que si PP y PSOE siguen así (y me duele más por el PSOE que por los otros miserables, necios y majaderos) van a llevarse un portado en las narices, una buena ostia para decirlo mal y pronto. Pero si con esa ostia se va a conseguir que abran los ojos, que se vuelva a hacer política de nivel, que sean los mejores los que lleguen a dirigir la sociedad (y no gente como Leire Pajín, Bibiana Aído, Ana Mato, Fátima Báñez, José Blanco, Rodrigo Rato, Alfredo Granados, Manuel Chavez, etc.), que se demuestren unos grados de ética pública y moral fuera de lo común para que puedan ser ejemplo para el resto de la sociedad, que al primer indicio de duda o mancha a nivel personal en cuando a conducta se tomen medidas (ya que por mucho que haya presunción de inocencia en este país y tenga que prevalecer por encima de todo, un juez o la policía no investigan si no hay verdaderos indicios de pufo), que nadie haga de la política su medio de vida y que ésta no sirva como trampolín profesional para nada, algo habremos ganado.

Pero hasta que esto no pase seguiré sintiendo vergüenza de ver y escuchar a nuestros políticos. Y seguiré sintiendo una especie de mezcla de pena y asco por la clase política que se cree intocable y que trata a sus conciudadanos como niños pequeños, con prepotencia y arrogancia. El problema es que siempre habrá quiénes voten a estos políticos, gente con orejeras que sin criterio alguno votará siempre al partido que siempre ha votado y lo seguirá haciendo como las ovejas siguen al pastor por muchos palos que les den y por mucho que siempre acaben en el mataderos. Por eso quizá lo único que se puede hacer es gritar: ¡Vergonzosa política!

Caronte.

domingo, 3 de mayo de 2015

El Vals del Emperador (XXII)

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Volvió al presente cuando Anna le pasó los brazos por sus hombros y le empezó a besar la espalda y el cuello. Viena seguía allí: tranquila a través de las ventanas, con la noche ya totalmente echada encima y las luces de las farolas, tímidas, intentando paliar la oscuridad que el manto de estrellas iba dejando sobre las calles y plazas de la ciudad de la música. Nadie había por la calle. De vez en cuando pasaba algún carruaje tirado por caballos, como si en vez de estar en el corazón del continente europeo, allí donde se han librado mil batallas y se ha decidido en varias ocasiones el destino del mundo, estuvieran en alguna plaza sevillana bordeada de naranjos.

– ¿Qué es lo que miras tanto por la ventana? – Preguntó Anna.
– No miraba nada en particular. – Respondió él.
– Estabas totalmente absorto mirando la nada de Viena entonces porque llevo varios minutos mirándote desde la cama. – Dijo ella apoyada contra su espalda, ella desnuda, él con su camisa semiabrochada.
– Pensaba que estabas dormida. – Le dijo él girándose para mirarla a los ojos.
– He dormido un rato sí. Pero ya he descansado lo suficiente. – Tras decir esto le dio un beso en los labios.
– ¿Quieres dar una vuelta antes de cenar por ahí? – Le preguntó él cogiéndola por la cintura y acercándola hacia sí.
– Me encantaría. Aunque debe de hacer un frío de mil demonio, porque no veo a nadie por la calle.
– Frío hará el que corresponde a Viena en estas fechas. Y que no haya nadie es algo casi cultural en estas tierras. La gente se encierra en sus casas, en los cafés o en los teatros. Las calles se llenas de vacíos y sombras. – Dijo él volviéndose momentáneamente de nuevo hacia la ventana para echar una mirada hacia la plaza a la que daba esa ala del Hotel Sacher. – Si no te apetece salir dímelo.
– Sí que me apetece. Además es pronto para no hacer nada más en lo que queda de día, o mejor dicho de noche. – Terminó de decir ella mirando también por la ventana.
– Pues déjame que me dé un agua rápidamente y me vista.
– Yo también me tengo que refrescar y despejarme un poco.

Fue ella la que primero se metió en la ducha. Apenas estuvo unos minutos. Fue rápida dándose ese agua purificadora y refrescante que siempre viene tan bien después de hacer el amor tan pasionalmente como lo habían hecho. Nada más salir Anna del baño vestida con el albornoz y las zapatillas de baño que el Sacher deja a todos sus huéspedes y secándose su hermoso pelo castaño, fue él quien se metió en la ducha para hacer lo mismo que ella acababa de hacer. Sin embargo él sí estuvo un par de minutos  más. Era una especie de ritual cada vez que hacía el amor con alguna mujer. Tras haberse acostado con alguien siempre se iba a la ducha para limpiarse esa sensación de suciedad que le quedaba en el cuerpo. Sudor, saliva y fluidos corporales varios hacían que sintiera cierto asco cuando pensaba en frío lo que acababa de realizar con cualquier mujer. Le gustaba el sexo, no lo podía negar. Desde que se acostó por primera vez con una mujer, mucho más tarde de lo que él siempre soñó e imaginó, le pareció una sensación totalmente fuera de lo común, una especie de chute de todas las drogas juntas. Pero por mucho que disfrutara del sexo, todavía le quedaba esa sensación de suciedad después de hacer el amor y por eso siempre tenía que pasar por la ducha para limpiarse.

Al acabar de darse esa pequeña ducha, en la que apenas se enjabonó, sino que más bien se dejó mojar por el agua tibia – ni caliente, ni fría –, salió del baño, se puso el otro albornoz y se calzó el otro par de zapatillas y salió a la habitación, donde Anna ya se estaba terminando de vestir. Se dio algo más de prisa en secarse y se vistió lo más rápido posible. Al salir del aseo, a falta de ponerse los zapatos, Anna ya estaba totalmente vestida de nuevo, y le esperaba sentada en uno de los sillones de la habitación.

– Llevo ya un rato esperando. Tardas más que una mujer. – Le dijo ella sin mirarle, ya que estaba absorta en una de las revistas típicas que suele haber en todas las habitaciones del hotel en las que se cuentan las bondades de la cadena hotelera al que pertenece dicho hotel.
– Luego el exagerado soy yo. Además no estoy tardando nada. Ya estoy casi. – Le dijo él al mismo tiempo que se sentaba en una de las esquinas de la cama para poder abrocharse los zapatos.
– ¿Dónde pretender llevarme? – Quiso saber ella.
– Pues tengo pensado ir por el Ring de Viena para que veas esa impresionante avenida a la luz artificial de las farolas, y los magníficos edificios que la jalonan. Quiero aprovechar hoy para que veas un poco Viena de noche ya que mañana con la fiesta de Fin de Año y al día siguiente con lo cansados que estaremos no creo que podamos disfrutar así de la ciudad. – Contestó él con la cara totalmente roja debido a que estaba agachado terminando de abrocharse los zapatos.
– Suena muy bien. ¿No será demasiado paseo?
– Parece que sí si lo miras en un mapa. Pero las distancias engañan. Cuando estuve aquí por primera vez descubrí como por muy grande que pueda parecer Viena, se puede recorrer entera en un solo día. Ya si quieres ir con mucha más calma puedes tirarte como mucho, cuatro jornadas, no más.
– ¿Por dónde vamos a empezar?
– Por la Ópera. Y de allí ya cogeremos el Ring y nos dirigiremos a ver los muesos nacionales, el Parlamento, el Ayuntamiento, el Teatro del Pueblo, y ya después nos meteremos a callejear por la vieja Viena para ver el Palacio Imperial y otras cosillas más que ya te iré comentando. – Por fin acabó de atarse los zapatos. – ¿Estás lista? Porque yo ya he acabado y ya te estoy esperando.
– ¿A quién estás esperando tu caracol mío? – Dijo ella poniéndose de pie y acercándose a él para darle un beso.
– Listos entonces, ¿no?
– Por mí sí. Espera que me abrigue bien que no quiero pasar frío. – Dijo ella cogiendo bufanda, guantes, y un coqueto sombrero de piel que tenía pinta de abrigar y calentar la cabeza bastante.
– Sí es cierto, yo también me voy a abrigar. – Dijo él.

Una vez se pusieron ambos su ropa de abrigo se dirigieron a la puerta de la habitación. Sin embargo justo cuando estaban saliendo por ella y Anna se disponía a cerrarla tras ellos, él se dio cuenta de que se le olvidaba una cosa. Pasó rápidamente a la habitación de nuevo. Puso encima de la cama su maleta y buscando entre las pocas cosas que habían quedado dentro de la misma dio con lo que había olvidado coger: su ushanka, o mejor dicho, su gorro estilo ruso.

– Casi se me olvidaba. – Dijo él de nuevo junto a Anna en el pasillo del hotel.
– ¿Y eso? – Preguntó ella con curiosidad.
– Es un ushanka.
– ¿Ush...qué? – Intentó repetir ella sin éxito, al mismo tiempo que cogía el gorro de las manos de él para poder mirarlo mejor.
– Usahnka, aunque nadie lo llama así salvo en Rusia. Es un gorro ruso como puede comprobar y todo el mundo que conozco cuando lo ve por primera vez lo llama así. – Le explicó él.
– ¿Y por qué tienes tú un gorro así? Sabía de tu afición por cierto tipo de sombreros de verano, pero esto no me lo imaginaba. – Dijo ella cuando se estaban subiendo en el ascensor para llegar hasta el hall del hotel.
– Es una historia muy interesante. Me lo compré en Moscú, hace ya unos cuantos años, durante un viaje que hice con dos antiguos amigos de la universidad, el año en que acabamos la carrera. ¡Qué recuerdos! – Contestó él volviendo a coger en sus manos el gorro y a acariciarlo con cierto aire de nostalgia y añoranza de un pasado que aunque no estaba tan lejano, sí había sucumbido ya al poder del tiempo y casi del olvido.
– Pues esa historia la quiero oír. Así que ya estás contándome. Suena interesante. – Dijo ella mostrando verdadero interés.

En ese momento llegaban a la planta baja. Salieron del ascensor y se dirigieron hacia la puerta principal del hotel para adentrarse en la fría tarde nocturna de Viena. Antes de salir, Anna se fue hacia el mostrador de recepción donde estaba Rocío. Él se quedó cerca de la puerta, plantado sin saber muy bien para qué había ido Anna hasta la recepción. Desde la pequeña distancia que había entre la puerta del hotel y la recepción, él pudo ver como Anna le decía algo a Rocío, y ésta muy sonriente como siempre le contestaba a su vez y cogía uno de los múltiples teléfonos, que él suponía debía haber tras el mostrador. Al volver junto a él la preguntó sobre el porqué de esa visita a recepción, a lo que ella le contestó que simplemente había ido a pedir un favor a Rocío: que dieran una vuelta a la habitación, haciendo de nuevo la cama y colocando las cosas en su sitio. Él preguntó de nuevo que si había dicho lo que habían hecho, y de nuevo Anna le respondió que se había inventado una pequeña excusa, diciendo que se habían echado un poco la siesta. Por fin salieron a la calle y un frío helador les golpeó en la cara a ambos haciendo que todos sus capilares se pusieran firmes y pidieran auxilio para ser protegidos frente a ese frío al que no estaban acostumbrados. Ambos se enfundaron sus respectivos guantes, se ajustaron las bufandas al cuello y se colocaron sus sombreros.

– Bueno, quiero escuchar la historia de ese gorro que te acabas de colocar en la cabeza. – Dijo Anna, al mismo tiempo que se agarraba del brazo de él para empezar a caminar por Viena.
– Si insistes. Verás que no es una historia para enmarcar. Como te he dicho el gorro lo compré en Moscú el mismo año que acabé la carrera. – Comenzó a contar él.
– Sí, vale. ¿Y qué se te había perdido en Rusia? ¿Es que no había otro lugar al que te apeteciera ir más que a ese país anclado en un pasado glorioso? – Le interrumpió Anna.
– Hombre, pues sí. Por haber había por aquel entonces poco más de doscientos países en el globo para elegir. El porqué de Rusia supongo que se lo debo a uno de mis amigos de aquella época. Estaba obsesionado con ir al país de los zares, aunque no por ese pasado imperial, sino más bien porque admiraba la firmeza militar del que fue presidente, Vladimir Putin, no sé si recordarás quien era.
– No recuerdo la verdad. Nunca me ha interesado mucho la política, y mucho menos la internacional. – Reconoció ella.
– Bueno, da igual. Era un hombre algo oscuro que iba a cazar osos con sus propias manos y que terminó asesinado por los suyos, al más puro estilo de la guerra fría. Lo que iba diciendo, fuimos a Rusia. La verdad es que era un país que me llamaba bastante la atención. Moscú y San Petersburgo, que fueron las dos únicas ciudades que visitamos en aquel viaje, siempre me habían atraído mucho. Cuando surgió el nombre de ambas una noche de finales del último curso no lo dudé y dije que si salía el viaje y acabábamos bien la carrera me apuntaba sin dudarlo. Al final el viaje salió. Fuimos este amigo que tanto admiraba a Putin y otro que también admiraba la vieja Rusia, la comunista en su caso. No se animaron ninguno más de los amigos que tenía entonces por motivos varios: que si tenían planes con la novia, que si es que no habíamos contado con no sé quién, que si era mucho gasto para nada. Vamos lo de siempre. Te puedes imaginar.
– ¿Cuánto tiempo estuvisteis en Rusia? – Preguntó ella, casi para reconducir la conversación que se estaba empezando a ir por los cerros de Úbeda.
– Fueron en total unos ocho días si mal no recuero. Cuatro y cuatro. Moscú y San Petersburgo. Fuimos en verano, a primeros de julio. Hacía un calor horrible. Nunca hubiera imaginado que en Rusia hiciera semejante calor. Ni en Córdoba en pleno mes de agosto he pasado tantísimo calor.
– No exageres hombre.
– No exagero de verdad. La gente iba por la calle totalmente empapada en sudor. Los pobres funcionario rusos trajeados cuando acababan su jornada iban totalmente descamisado. Muchos jóvenes iban por la calle sin camiseta, rojos como cangrejos quemados por el sol. Las fuentes ornamentales estaban abarrotadas, llenas de gente refrescándose. Nosotros no lo notábamos tanto porque veníamos de España. Pero aún así era duro.
– ¿Pues no entiendo como entonces te compraste el gorro?
– Pues si te digo la verdad a mí también me sorprendió ver que los vendieran en todos los mercados. Bueno vuelvo a la historia del gorro que me pierdo. Un día después de haber pasado prácticamente toda la jornada viendo y visitando los diferentes edificios, palacios e iglesias que conforman el recinto de El Kremlin, y para desembotarnos un poco de tanta historia zarista, tanto salón rococó y tantas lámparas doradas de araña nos dirigimos a una zona que nos habían dicho que se podía estar a gusto tomando algo. Era una especie de zona universitaria, cerca de la facultad de periodismo si no recuerdo mal. Nos encaminamos hacia allí. Para sorpresa nuestra dimos con un edificio alargado de estilo clásico del que salían y entraban muchos grupos de personas, de todas las edades. Como pillaba de camino decidimos ver qué era. Resulta que se trataba de una feria de comidas y bebidas de toda la Federación Rusa, así como de artesanía, que se estaba celebrando en ese gran edificio, muy bonito por cierto y además construido por un español Agustín de Betancourt, un ingeniero de no sé qué, caminos creo. Más tarde buscando en internet descubrí que ese edificio fue en su día el Picadero de Moscú.
– ¿Y fue allí donde te compraste el gorro?
– Sí. Exactamente. Pasamos a ver qué se vendía por la feria y entre todos los puesto que había, centenares a lo largo y ancho de todo el interior del edificio, encontré uno que vendía únicamente prendas de abrigo. Curioso que con el calor que hacía, allí dentro también, hubiera un puesto más propio de los fríos siberianos que azotan esa parte del mundo. Desde pequeño me habían llamado mucho la atención esos gorros rusos, se los veía a líderes políticos, a muchos actores en películas, y generalmente cuando salían imágenes de Rusia en invierno siempre había alguien con uno de esos gorros en la cabeza. Tras probarme varios, no es fácil dar con la talla adecuada teniendo semejante almendra por cabeza, me compré el que ahora mismo llevo. Había de todos los colores, grises, blancos, marrones y negros, y de muchas tonalidades. Pero me tiré por lo clásico: negro, y sin adornos comunistas o soviéticos, que también los había.
– La verdad es que al principio choca un poco verlo, pero cuando te has acostumbrado a él es muy bonito. – Dijo Anna mirando el gorro y dándole un beso a él después.
– Mis amigos también se compraron uno cada uno, y el fan de Putin además se compró en otro de los puestos una navaja rusa, de esas que usaban los moradores de la tundra para desollar a las liebres, conejos o cabritos que se dejaban cazar.
– Debió de ser un viaje muy interesante, además de bonito. Moscú y San Petersburgo son dos de las grandes ciudades históricas del mundo.
– Fue un viaje muy divertido la verdad. Vimos las dos ciudades, nos las recorrimos de arriba abajo sin dejarnos nada por ver. Y también bebimos. Creo que la única vez que me he emborrachado de verdad en mi vida fue en ese viaje, más concretamente en San Petersburgo, un par de días antes de volver a España. No sé qué hice, o hicimos mis amigos y yo, pero solo recuerdo que nos levantaron del césped de un parque cercano al Hermitage unos barrenderos con bastante mala leche. Me dolía la cabeza como nunca antes me había dolido, toda palabra que entraba por mis oídos era un alfiler que se clavaba en mi cerebro. No recuerdo absolutamente nada de la noche, supongo que alguna rusa cayó. Sí recuerdo que no recordábamos ni donde estábamos ni cómo volver al hotel una vez no ubicamos en el mapa. Sólo me viene a la mente un olor muy fuerte a alcohol puro, a vodka de garrafón si es que eso existe en Rusia.
– ¡Para haberos visto! Tenías que tener una pinta buena. – Dijo Anna divertida y sonriéndose.
– Sí para habernos echado unas fotos. La pena es que fuera el último viaje que hiciera con esos amigos. Bueno en el fondo con amigos a secas. A partir de aquel viaje perdí toda relación poco a poco con toda aquella gente. Supongo que tuvo que ser así, las vidas de cada uno siguieron caminos diferentes y por mucho que quisiera mantener esas relaciones al final se terminaron apagando. De aquella época sólo mantengo una amistad aunque tampoco la cuido demasiado.
– ¿Y por qué fue eso así? Pensaba que alguien como tú tenía bastantes amigos. – Le preguntó Anna.
– Amigos nunca tuve muchos la verdad. Conocidos sí. Saludaba y saludo a mucha gente. Pero amigos lo que se dice amigos no. Pero no es el momento de recordar este pasado triste y melancólico. Hoy no toca. – Dijo él volviendo al tono de voz desenfadado que había mantenido hasta el momento de hablar de esos amigos que fueron difuminándose en la niebla del pasado.

Sin darse cuenta ya llevaban un buen trecho andado. El frío punzaba cada milímetro de piel que no estaba cubierta bajo la ropa. Iban muy juntos. Anna se pegaba al cuerpo de él para buscar el poco calor que despidiera. Él sentía como ella le agarraba bien del brazo y le atraía hacia sí misma. El vasto edificio rococó de la Ópera Estatal de Viena, hogar del mundialmente conocido Baile de la Ópera de Viena en el que los jóvenes de la alta sociedad austriaca disfrutan de uno de los momentos más importantes en su vida como es su presentación en sociedad, ya quedaba bastante atrás. Delante de ellos ya se empezaban a ver entre las ramas esqueléticas y desnudas de los árboles del Ring las dos cúpulas de los edificios gemelos que albergan los museos de Historia Natural e Historia del Arte. En ese momento por mucho que quisiera eliminar de su mente el recuerdo del pasado, él de daba vueltas a aquel viaje a Rusia y lo mucho que disfrutó con sus amigos, pero también en que por desgracia no hubo más como ese y la amistad fue poco a poco diluyéndose hasta no quedar más que un poso agridulce. Anna sabiendo en lo que pensaba se arrimó a su mejilla y le dio un beso. El paseo por Viena seguía.

Caronte.

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viernes, 1 de mayo de 2015

Losas

Las losas siguiendo una terminología técnica e ingenieril podríamos decir que son elementos constitutivos de un forjado, es decir, elementos superficiales planos de hormigón pretensado, prefabricados en instalación fija exterior a la obra, aligerados mediante alveolos longitudinales y diseñados para soportar cargas producidas en forjados. Pero esto es meramente una definición basta, y aunque pueda parecer compleja y que entraña bastante dificultades técnicas en su ejecución y puede que para las mentes no acostumbradas a los lenguajes técnicos ni a nada que tenga que ver con la construcción también en su comprensión.

No voy a hablar de estar losas. Se haría demasiado pesado leer sobre un tema tan aburrido. Incluso para mí sería tedioso leer sobre un asunto, que aunque pueda ser de interés por la carrera que estoy estudiando, no me levanta el más mínimo interés. Pero además también me sería muy complicado escribir más de lo que he puesto al principio sobre lo que es una losa. No. No es de losas de construcción sobre lo que quiero hablar. Nada tienen que ver las losas de hormigón con las losas que cada persona llevamos encima auto impuestas por nuestra propia conciencia culpable por algo, o porque la propia sociedad nos impone su carga hasta el final de nuestros días diciéndonos que si intentamos deshacernos de ellas seremos señalados con el dedo acusador invisible de un juez moral superior que nos tachará de irresponsables y de querer ir contra lo establecido y grabado a martillo y cincel sobre dichas losas. Es sobre estas losas ficticias, metafóricas si nos queremos poner psicológicos, sobre las que quiero hablar, porque son éstas las que en el fondo más pesan ya que, aunque no están hechas de hormigón ni de ningún otro material de construcción, llevan encima todo el peso de nuestros miedos, culpas, vergüenzas y sobre todo de nuestro pasado, incluso aquel que no hemos vivido directamente.

Como he dicho hay losas que pesan más que el hormigón, en masa o armado, y son aquéllas que las personas cargamos sobre nuestros hombros y conciencias de manera personal e individual. Lo sé porque yo mismo tengo de esas losas, una encima de otra, unas más pesadas, otras más ligeras y que se sobrellevan mejor y que casi me ayudan a estar siempre pendiente de ellas. Los seres humanos hacemos, decimos y pensamos cosas que pueden acabar pesándonos demasiado por haberlas dicho, hecho o pensado. Pero también, y es quizá el mayor peso que llevamos encima, es todo aquello que nos callamos, que no hacemos y que en un momento no pensamos aquello que puede permanecer más sobre nuestra conciencia y pesarnos durante toda la vida sin capacidad alguna para aligerar dicho peso, dicha losa.

Quizá la losa más pesada que por desgracia, y por una decisión casi mínima diría yo, tengo sobre mis hombros y con la que creo que cargaré durante toda mi vida ya que formará parte de mi propia estructura personal, de lo que soy y probablemente seré, es mi propia carrera. Hace seis años tomé una decisión, que fue meditada, clara, la cual entendí y acepté tomar en todos sus ámbitos y consecuencias: decidí estudiar caminos porque me gustaba, porque quería ser útil a la sociedad, porque quería construir obra civil y hacer más fácil la vida de la gente. Pero eso fue al principio, antes de entrar en mi Escuela. Luego, tras seis años que están a punto de acabarse (y que todavía no sé si es algo bueno o malo), me he dado cuenta que nada de aquello que creía saber sobre mi carrera es cierto. Ahora ni me ilusiona, ni me entusiasma ni creo que termine trabajando para mejor la sociedad, sino más bien para mejorar la cuenta corriente de los dueños de este tinglado maravilloso que es el sector de la construcción en España, dominado por una secta profesional y unas docenas de familias que realizan sus tejemanejes con total impunidad, amparados continuamente por el gobierno de turno, sea del color que sea.

Me pesa y mucho esa losa. Saber que habré pasado seis años de mi vida gastados, solo el tiempo dirá si bien o mal, aunque mi impresión es que han sido tirados a la basura completamente, acumulando conocimientos, recibiendo charlas durante horas y horas sobre asuntos, temas y demás que sinceramente no me interesan lo más mínimo, no es algo agradable de sobrellevar. Pero esta es una losa muy pesada que llevaré siempre, porque nunca podré borrar ni desvivir estos años, siempre estarán ahí. Se han acumulado recuerdos que muy difícilmente podrán ser borrados por otros; en el fondo han sido seis años, que se dice pronto pero que pasan muy lentamente en ocasiones, aunque este último se esté pasando más rápidamente que ninguno. Nunca podré eliminar estos años de mi vida, ni tan siquiera ocultarlos a nadie. Pesan y mucho como digo. Sin embargo también quiero decir que aunque sí es cierto que esta losa me ha pesado mucho y en ocasiones su peso casi me ha vencido hundiéndome en un fango también imaginario y metafórico, creo que he terminado por acostumbrarme a él y ya no noto los músculos tan agarrotados ni entumecidos. Supongo que mi conciencia, quién de verdad soy aunque no lo sepa aún, ya han asumido ese peso y terminaré viviendo con él como puede vivir un cojo con su cojera, o un madridista con su minusvalía o un atlético sin Champions. En el fondo quiera o no, tengo que asumir que esta losa es ya parte de quien soy, me define como a París la Torre Eiffel y a Nueva York la Estatua de la Libertad: podrían pasar sin esos símbolos y seguir siendo lo que son, pero con ellos son más reconocibles.

Todos tenemos de estas losas. Todos antes o después terminamos eligiendo mal y arrastrando esa decisión errónea a lo largo de muchos años, si no la vida entera. Nadie estamos a salvo de equivocarnos y de que esas equivocaciones no terminen pesando demasiado en nuestra conciencia y condicionando nuestro devenir. No podemos evitar esas losas que tarde o temprano nos calzamos a la espalda, y aunque el tiempo las deteriore e incluso las termine por aligerar hasta ser prácticamente imperceptibles habrán dejado marca y huella de su paso y esto último siempre quedará. Sobre los hombros llevará siempre la losa aquel que eligió mal y por una mala decisión el rumbo de su vida fue uno en lugar de ser otro, aunque aquí cabría reflexionar sobre el futuro no ocurrido, ni el presente vivido. Tampoco somos capaces de determinar que si en vez de haber elegido un coche rojo con el que tuvimos un accidente en el que resultaron muertas las personas a las que más queríamos, hubiéramos elegido otro negro, el resultado hubiera sido diferente. Siempre queda la duda del camino que hubiera resultado al atravesar una puerta que nunca abrimos pero que estuvimos a punto de hacer. Solo está la certeza de lo que pasó al atravesar la puerta que al final cruzamos y que puede que no nos haya terminado de gustar. Yo mismo no sé si en vez de haber elegido la carrera que estudio hoye, hace seis años hubiera elegido otra mi vida sería hoy diferente. Quizá sin esta losa, a día de hoy no estaría escribiendo.

Pero hay losas y losas. Unas pesan más en la conciencia y que son soportadas casi con resignación, aunque no sin quejar. Pero hay otras losas que pesan más en el corazón y el doble que una normal. A veces las personas por unos u otros motivos nos comportamos con otras personas, amigos, familiares, gente a la que queremos, de maneras poco decentes, si no totalmente detestables y reprobables, dignas únicamente de tiranos sádicos y sangrientos que no buscan más que hacer daño por el mero placer de sentirse bien consigo mismos, sin saber que no consiguen más que permitir que el venenos irracional avance más rápidamente en su organismo hasta que un día les autodestruya. Hacemos esto sin pensarlo en frío, cosa que deberíamos hacer siempre, y que poca gente hace, aunque siempre haya personas que dicen que lo hacen siempre para intentar hacerle los fuertes de mente. Pero es que las cosas del corazón, lo que tiene que ver con los sentimientos siempre va a dejar mucha más huella y marca que cualquier otro asunto.

Estas losas sentimentales siempre nos acompañan en nuestra vida. Siempre habrá alguien que en su madurez recuerde con nostalgia, y algo de dolor también, a aquella chica con la que fue durante todo un curso a la academia de francés, que le gustaba tanto, y a la que nunca se atrevió a decir absolutamente nada sobre quedar a tomar algo algún día. Pesarán mucho las losas del pasado también en estos asuntos, esas que no nos damos cuenta que se ponen sobre nosotros hasta que debemos hacer algo y comprobamos como no somos capaces de hacerlo por algo que nos lo impide, llámese miedo, vergüenza o introversión. También de estas losas puedo hablar sabiendo porque por desgracia las he sufrido, antes con más intensidad que ahora, durante mucho tiempo. Y supongo también que en el fondo ahora mismo también me estoy cargando con otra losa, que en principio no se ve, pero que quizá con el tiempo salga a relucir. Losa que supone no tener, ni haber tenido pareja y desearlo íntimamente tanto que la cabeza, en algunas ocasiones, cuando la soledad acompañada se hace algo más evidente, solo es capaz de darle vueltas a ese asunto haciendo que esa losa se vaya asentando poco a poco cada día un poco más. Temo no poder quitármela, o al menos actuar venciendo el peso que pueda ejercer sobre mí, llegado el momento y que me condicione el conocer a una chica, quedándome paralizado pensando que no tengo nada que hacer, o temiendo un rechazo, o simplemente no queriendo cagarla no sabiendo que hacer o decir.

Todos llevamos de esas losas. Algunos las hemos descubierto, otros todavía es posible que vivan en la ignorancia de su existencia. Es posible incluso que sin saberlo, o sin darnos cuenta en el momento, haya losas que nos sean impuestas desde fuera sin haber hecho nosotros nada, sino simplemente sufrir algo que nos haya marcado. Losa sobre su autoestima llevará aquella persona que amando a otra se termine por llevar una decepción dolorosa al comprobar que todo lo que haya podido hacer, todo lo que se haya podido desvivir, por esa persona amada nunca ha sido correspondido en el mismo grado, o compruebe que a posteriori, con la relación terminada, esa persona a la que una vez llevó en el corazón y en la que no dejó de pensar ni un solo minuto de su vida sí se desvive por otra persona. Estas losas como digo pesan mucho y están sobre nosotros durante mucho tiempo, pudiendo no aligerarse nunca. Aunque también puede ocurrir que sí que se acabe eliminando casi por completo ese peso si en un momento determinado de nuestras vidas encontramos a alguien que nos haga olvidar todo lo pasado y nos ame con todo el corazón.

Pero estas son, podríamos decir, las losas que cada persona llevamos sobre nosotros y nuestra conciencia de manera personal e individual. Hay también losas que pertenecen a la sociedad y que terminan por afectarnos a todos nosotros. Una de esas losas, a mi manera de ver las cosas, es aquella que tiene que ver con lo que la sociedad cree que es lo normal. Muchas veces la sociedad entiende por normal aquello que siempre ha sido así, o ha parecido ser así. Muchas de estas losas tienen que ver con la discriminación que sufren muchas personas a lo largo del mundo y que por mucho que queramos eliminarlas no podremos, ya que sería como intentar vaciar el mar usando una jeringuilla. Hablo aquí por ejemplo de la sexualidad de las personas. Durante siglos, si no durante toda la historia de la humanidad, ésta ha sido una de las losas más pesadas que la sociedad ha llevado en su conjunto sobre sus hombros. Por naturaleza nos decían y está grabado a fuego en nuestra conciencia, que un hombre debe estar con una mujer y viceversa, y todo lo que se saliera de esta combinación era algo antinatural. Ese concepto erróneo ha evitado que algo tan valioso como la felicidad calara hondo en las sociedades.

Ahora como las sociedades occidentales quieren ir de modernas y progresistas en derechos, la homosexualidad está aceptada en gran medida. Hoy en día siempre que a un padre le venga un hijo y le diga que le gustan los hombres, responderá que es tan normal como que le gustaran las mujeres y que no hay ningún problema, pero lo dirá con la boca chica sintiéndose totalmente decepcionado porque su hijo no haya salido “normal” (vuelve aquí la palabra que tiene un significado más globalmente distorsionado en cualquier lengua). Pero todo esto no es más que maquillaje social, porque si quizá ahora la homosexualidad no es una losa que pese tanto como hace unas décadas, se ha pasado todo ese inmenso peso a la bisexualidad que todavía sigue siendo considerada ampliamente como algo demasiado extravagante y vicioso como para poder ser aceptada. Y yo me pregunto: ¿si lo que un ser humano busca en otro es cariño, respeto, comprensión y amor mutuo, físico y psíquico, porqué solo se puede encontrar en una parte de la sociedad, si esos sentimientos están en todos nosotros?

Mucho queda todavía en la sociedad para eliminar por completa esas losas que impiden a las personas vivir realmente en libertad y lo que es más importante, felices. He puesto el ejemplo de la homosexualidad porque es la losa más oculta y que se podía sobrellevar de manera más disimulada, aunque pesara mucho. Pero podría haber hablado también del machismo, el racismo, o la discriminación por creencias, ideologías, formas de vivir, etc. Losas todas ellas, que a medida que el mundo y el hombre se fueron organizando y descubriendo lo peligroso que podrían llegar a ser la felicidad y la libertad si se extendieran entre todas las personas, fueron impuestas a la sociedad por parte de aquellos que se designaron como líderes en cada sociedad.

Por último me gustaría hablar de esas losas que en un determinado momento recaen sobre una parte del mundo y que hacen que el planeta, un continente, una región o un país no terminen por avanzar nunca. Estas losas, a diferencia de las anteriores, podrían ser demolidas fácilmente, en un instante, pero que por fuerzas externas se mantienen sobre nosotros como sociedad conjunta y nos impiden solucionar asuntos que, es muy probable que por intereses ocultos y oscuros no interese solventar. Sé que lo que a continuación voy a decir no va a gustar, o mejor dicho, es probable que sea políticamente incorrecto, pero es lo que pienso.

Una de estas losas impuestas a la sociedad, más concretamente a Europa y Occidente en general, es la judía. Desde hace setenta años sobre los hombros y conciencias de Europa, EE.UU. y occidente en general recae una losa pesadísima que además es apretada sobre nosotros y recargada constantemente para que no se aligere con el tiempo. Esa losa es el Holocausto Nazi contra el pueblo judío. No voy a negar aquí las barbaridades que Alemania (Hitles y los suyos) hizo a los judíos, y que el resto de Europa no queriendo saber, ignorando deliberadamente o no, dejó hacer. He visto ese horror de primera mano en el Campo de Concentración de Dachau. He visto lo que fue una cámara de gas y los hornos crematorios donde se eliminaron de la faz de la tierras millones de almas. No voy, ni quiero negar que aquello fuera inhumano. Pero lo que pasó ocurrió por la mente enferma y animal de un monstruo, Hitler, y Europa, Alemania, pagaron por ello. Se pidió perdón al pueblo judío y se le dio un hogar allí donde estaba la tierra de sus antepasados. Ya han pasado setenta años de aquello y sin embargo seguimos martirizándonos continuamente y creyendo que les debemos algo, no ya a los judíos, sino al estado de Israel (que por cierto no son la misma cosa y la gente confunde las críticas a Israel con sentimientos antisemitas). Pero Israel y sus gobernantes, grandes expertos en hacer dinero de la guerra, han sabido mantener esa losa sobre las conciencias del mundo occidental haciendo que la culpa siga presente en nuestros recuerdos. Estoy convencido de que en el momento en que desde Europa, o sobre todo desde EE.UU., se destruya esa losa la paz llegará y se acabarán las muertes indiscriminadas (aunque esto supondrá, claro está, que se acabará el chollo de Israel).

No creo que guste lo que acabo de decir, pero es como lo veo. Tres cuartos de lo mismo podría haber dicho de España y su [des]memoria histórica en relación con la Guerra Civil. También como en el caso de la losa judía, esta losa típicamente española lleva sobre la conciencia colectiva desde hace más de setenta años, y seguimos sin conseguir quitárnosla. Sería fácil hacerlo si a las cosas se las nombrara por su nombre y se pusiera a cada uno en su lugar. Pero esta losa es diferente a las demás porque está llena de confusiones, no sabemos cuánto peso recae sobre cada uno, ni cuánto tiempo llevamos con ese peso realmente. Pero es que España es un país de mártires, siempre nos ha gustado llevar cargas que no nos corresponden del todo y además lo hacemos con orgullo, casi sin importarnos cargar con pesos que no son nuestros. La Guerra Civil fue un conflicto bélico horrendo, sangriento y sin sentido alguno, que enfrentó a amigos y hermanos. Como todas las guerras consistía en matar para no ser matado. Pero lo que vino después, los cuarenta años de represión y tortura, física y moral, directa e indirecta, sobre los vencidas, fue peor. Y es ahí donde entra la confusión. Confundimos Guerra Civil con Dictadura Franquista, y no es lo mismo. Hasta que no nos demos cuenta que sólo un bando fue el causante del desgarro generacional que se produjo en este país y que ese bando fueron los que a la postre ganaron la guerra no podremos quitarnos un peso que ya no nos corresponde. También es cierto que siempre habrá ignorantes, necios e incultos que dirán lo contrario y querrán que la confusión de términos y conceptos siga para no asumir ellos todo el peso de la losa.

He aquí las losas que la sociedad en su conjunto, y dependiendo de donde haya tocado nacer, lleva sobre su conciencia y hombros. Las losas en el fondo son algo de lo que el ser humano no nos vamos a poder librar con facilidad. Mucho menos podremos aligerar aquellas losas que nosotros mismo nos imponemos como castigo y penitencia por algo que hayamos hecho, queriendo o sin querer. Estas losas por desgracia, y si no se aligeran a su debido tiempo, nos marcarán durante toda nuestra vida, impidiendo afrontar nuestra corta vida con ligereza y libertad. Ojalá alguna vez alguien descubra como eliminar esas losas de manera sencilla para que todos seamos felices por fin.

            Caronte.