sábado, 18 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XVIII)

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La comida en el restaurante siguió sin más problemas o cuestiones delicadas de las que hablar. Más bien todo lo contrario. Los asuntos más frívolos son los que ocuparon su conversación mientras daban debida cuenta de sus platos. Él probó el snitzel de Anna y ella hizo lo propio con el guiso de pollo con verduras de él. A ella le gustó más el guiso que el snitzel, pero no dejó de comerse el filete de cerdo empanado acompañado de una pequeña salsa típica de Viena de sabor entre amargo y dulzón, que daba un muy buen toque a la carne empanada. Una vez dieron debida cuenta de los platos principales pidieron el postre: él optó por tomarse un café al estilo Vienés; ella sí optó por la tarta del día que era de bizcocho y crema pastelera con algo de nata por encima. Otra cosa no pero Viena en cuestión de postres, y sobre todo tartas, es la meca de los golosos: decenas de cafés y pastelerías adornan las principales calles de la ciudad, algunos de dichos establecimientos son míticos y aparecen en todas las guías de viajes de la ciudad, diciendo que son de obligada visita, aunque muchos de ellos por sus precios algo elevados no son aptos para todos los bolsillos y se convierten en meras atracciones turísticas que en verano, o al menos eso es lo que él recordaba, se llenaban de turistas japoneses ataviados con una indumentaria totalmente estrafalaria y con sus consabidas cámaras fotográficas al cuello, dispuestas para fotografiar todos los detalles de esos cafés, incluidas las tartas.

Cuando hubieron acabado la tarta y el café pidieron la cuenta, prácticamente sin necesidad de que el camarero joven que les había estado atendiendo durante todo el tiempo que duró la comida se acercara a la mesa. Ésta era una de las cosas que a él más le llamaban la atención cada vez que viajaba, fuera al país que fuera, incluso en los rincones más perdidos del planeta. Con un simple movimiento de mano, generalmente la derecha, realizada mirando al camarero de turno se daba a entender fuera cual fuera la cultura del país que uno quería la cuenta. Muchas veces había reflexionado acerca de ese símbolo universal que era hacer como que se firma algo en el aire. Un gesto, una acción mímica quizá algo absurda, un símbolo de que un comensal en un restaurante quiere la cuenta. Un brazo ligeramente erguido con la mano cerrada salvo los dedos índice y pulgar que hacen como que cogen un lápiz, un bolígrafo o para quien sea más refinado una pluma estilográfica, y haciendo un ligerísimo movimiento casi imperceptible salvo para quien está haciendo ese gesto, que quiere indicar que se ha acabado la comida, la cena o el tentempié y se quiere proceder al pago de la cuenta. Fuera donde fuera, desde Madrid a Dubái, pasando por Kinshasa o Nairobi, e incluso Yakarta. En todos los lugares a los que había ido en su vida siempre había pedido la cuenta en los restaurantes como lo había visto hacer siempre a sus abuelos, padres y tíos en Madrid, en su propio barrio, como pensaba que era una manera totalmente típica de hacerlo en España. Siempre pensó en lo curioso que era aquello, y cómo el mundo por muy diferente que pueda parecer al priori siempre sorprende con estos paralelismos.

El camarero, como no podía ser de otra manera, entendió a la perfección lo que él quería decirle, y a los pocos minutos le trajo la cuenta metida en una discreta carpeta destinada a ese fin. Tampoco aquello había cambiado, notó él. Por muy discreto y humilde que ese café-restaurante fuera tenía modales y modos de alta alcurnia. El camarero como había estado haciendo cada vez que se acercaba a su mesa para ver si necesitaban algo, o a traerles lo que pidieran, miraba a Anna y ésta, siguiendo esa especie de juego de seducción y de dejarse admirar por los hombres, le devolvía una amplia y profunda mirada, acompañada de una sonrisa radiante y siempre buenos modos al dirigirse a él en inglés. Incluso cuando el camarero vino con la máquina para que pudieran pagar con tarjeta de crédito, Anna le preguntó un par de cosas algo más personales que las simples cortesías que se suelen preguntar por educación si se ha entablado algo de confianza, o mejor dicho cercanía y cordialidad, con cualquier persona. Anna sabía que haciendo eso hacía las delicias del joven camarero, mientras que alentaban algo los celos, en esa ocasión controlados, de él, que a la vez que Anna coqueteaba algo con el camarero estaba pagando intentando entenderse con la máquina de las tarjetas de crédito.

Cuando salieron del restaurante sintieron por primera vez el frío que hacía en Viena. Hasta ese momento, quizá por la emoción de los primeros pasos por la ciudad, la imagen de los edificios embellecidos con molduras de escayola, las fachadas de diversos colores pastel, la tranquilidad de las calles no principales que él había elegido para llegar al café, o simplemente porque cada uno iba pendiente del otro y disfrutando de su mutua presencia y compañía, no se habían percatado del gélido frío que recorría como un viandante más las calles de Viena. Era un frío muy distinto al de Madrid pensó él: un frío que no sólo atacaba los pocos resquicios de piel que dejaba al descubierto la ropa que llevaban puesta, apenas un filo de piel en las muñecas, entre la protección de la mano por el guante y la del brazo por el abrigo, o la cara, sobre todo las orejas, y sobre todo las de él, ya que Anna llevaba su bufanda algo elevada como si fuera un pañuelo árabe que llevan las hermosas mujeres originarias de esas tierras tan cálidas y amarillas. El frío alentado por la humedad del propio río Danubio que corría a unos centenares de metros, quizá algún que otro kilómetro, y que hacía que así como en verano fuera el calor lo que se terminara pegando sobre la piel de uno nada más salir del mismo aeropuerto, ahora en pleno invierno, hacía que el frío recorriera con parsimonia cada centímetro al descubierto de la piel dejando su estampa aún cuando esta misma piel se encontrara a salvo en el interior caldeado de algún establecimiento comercial, hostelero o museístico.

– ¡Joder qué frío hace! No me había dado cuenta hasta ahora. – Dijo él con el tono de voz algo indignada, no por el hecho de que hiciera frío, que era algo que de manera natural a él le gustaba, sino por no haberlo notado antes, en el camino de ida.
– ¡Esa boca jovencito! A ver si voy a tener que lavarte la lengua con lejía para que no sueltes tacos. – Dijo ella divertida, ajustándose la bufanda al cuello y levantándose el cuello de su abrigo para poner aún algún obstáculo más al frío.
– Si me lavas la lengua con lejía me la dejarías inutilizada y no creo que te convenga sabiendo lo que puedo hacer con ella. – Contestó él tomando esta vez la iniciativa con la broma y los dobles sentidos, mirándola y viéndola reaccionar de manera asombrada pero divertida, como queriendo anticipar lo que podría ser eso que él podía hacer con su lengua.

La vuelta hacia el hotel la hicieron dando un pequeño paseo por parte del centro de Viena. A pesar de las ganas que él tenía de estar con ella en la habitación, a solas, tranquilos, para poder desnudarla despacio, o rápido según se terciara y el deseo explotara en cada uno de ellos; besarla por el cuello hasta que ella dijera basta que no podía seguir aguantando más que él hiciera eso que se derretía de placer; para pasar después a tenderla en la cama y empezar a explorar su cuerpo primero con las manos, después con su lengua que llegaría más lejos de lo que sus dedos habrían llegado y por último dejar que los dos cuerpos se fundieran en uno solo; a pesar de todas esas ganas que tenía de hacerla el amor, decidió, para no parecer tan insensible y tan animal primario y básico, dar un pequeño rodeo hasta el hotel, tomando un camino más largo que el que habían llevado a la ida para así poder ver parte de lo que a la mañana siguiente tenía pensado enseñarla de Viena.

El frío que hacía hizo que caminaran más pegados de lo normal, ella con su mano derecha enguantada metida en el bolsillo derecho del abrigo austríaco de él, mientras que la izquierda de él iba en el bolsillo izquierdo del abrigo de piel de Anna. Así, entrelazados los cuerpos caminaron bajo el frío vienés, o mejor dicho entre él, y que no era un frío que simplemente pasara sobre Viena, sino más bien era un peatón más, un habitante más de la ciudad de los valses que sólo se presenta cuando el sol apenas aparece sobre el horizonte y así puede hacer de las suyas congelando el ambiente y los propios corazones de la gente del lugar, que ya acostumbrada a esa temperatura camina rápido, sin pararse a mirar escaparate alguno, sin demorarse a saludar a algún conocido con el que puedan cruzarse por la calle y al que sin lugar a dudas saludarán, como manda el buen saber estar y la educación vienesas, pero con apenas un imperceptible movimiento de cabeza o un sonido que saldrá casi mudo amortiguado por las bufandas y los cuellos alzados de los abrigos.

Decidió llevar a Anna de vuelta al Hotel Sacher por la calle principal de Viena que va desde la Plaza de la Catedral hasta la de la Ópera. En cuanto Anna vio la inmensa mole de la Catedral de San Esteban de Viena quedó asombrada. Lo primero que hizo fue hacer el mismo gesto que él hizo cuando la vio por primera vez: elevar la vista hacia lo más alto de la torre gótica que preside los cielos de la capital austríaca, y que no tiene competidora en altura en todo el centro, y sólo muy tímida y recientemente en la zona financiera, donde el poder del dinero consiguió en su día que las autoridades vienesas hicieran la vista gorda para poder levantar algún que otro rascacielos que desde la lejanía rompiera la soledad de la torre catedralicia, recia y gótica. Al pasar por la puerta de la catedral Anna comentó que era bastante más sobria que las catedrales que había visto en España, sin florituras, sin rosetones coloridos, sin grandes arcos de entrada; a lo que él contestó que era una muy buena observación pero que ese hecho se debía a la diferente forma y concepción de las catedrales en España o Francia con respecto a las de Centroeuropa.

Pasada ya ligeramente la presencia de la mole religiosa y echando un último vistazo a la inmensa torre iluminada en su último tercio por un sol que estaría a punto de empezar a declinar hacia el horizonte muriendo como un fénix: con la seguridad de que volverá a surgir de entre sus cenizas, que son la oscuridad de la tarde invernal y de la noche, para volver algo más fuerte cada día. Al volver a elevar la vista Anna se dio cuenta del inmenso mural cerámico que cubre uno de los tejados de la Catedral y en el que se puede ver perfectamente, aunque siempre con algo de distancia y perspectiva el águila imperial austríaca, símbolo marchita ya del poder, la grandeza y la gloria del ya extinto imperio austríaco, pero que muchos vieneses sobre todo siguen llevando con orgullo en su corazón. A pesar de que en ese gran espacio abierto que conforma la Plaza de la Catedral, la principal tienda de compras y la calle del Monumento a la Peste, el frío arreciaba y parecía que quisiera arroparles en un helador abrazo, Anna se paró unos segundos que a él, muerto de frío (se había olvidado su viejo gorro soviético en el hotel) y lleno de deseo por los huesos y el calor de ella, le parecieron eternos, pero no quería romper ese momento en el que Anna estaba disfrutando como una niña. Cuando ella decidió siguieron la marcha, quizá algo más apresurada que antes.

Poco se pararon ya delante de ningún edificio hasta que llegaron al Hotel, no por falta de ganas, sino más bien porque en la calle por la que iba de vuelta hacia su hotel no había nada por lo que ralentizar la marcha y pararse a observar. Era una calle comercial sin más. Las tiendas de marcas multinacionales de ropa, calzado, complementos, perfumes, informática y demás ocupaban los bajos de los edificios, e incluso edificios enteros de fachadas modernas que poco o nada tienen que ver con los edificios que muy probablemente se alzaron un día no tan lejano, aunque sí prácticamente olvidado, en ese mismo lugar. Y esto era algo que él había notado en prácticamente todas las ciudades que había visitado. El cambio, la mutación mejor dicho, de los centros históricos de las ciudades por grandes centros comerciales alojados en edificios históricos para dar falsa apariencia de nivel, estatus o posición importante, antigua, veterana. Esto era algo que no le gustaba que pensaba que quitaba el alma a las ciudades cuyos gobernante por verse los bolsillos llenos vendían espacios míticos, hermosos y llenos de historia a empresas que lo único que quieren hacer es hacer dinero a costa de otros, sin mirar por esos otros salvo cuando les convenga para reclamar más y más. Por eso el paso por esa calle, que tampoco había cambiado mucho desde que él vino la primera vez, fue rápido y pronto llegaron al final.

Caronte.

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martes, 14 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XVII)

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Al llegar a la puerta del café restaurante a él le vinieron a la mente muchos recuerdos de su primer viaje a esa ciudad. Recuerdos amargos la mayoría por todo lo que pasó después al torcerse su relación con sus padres, dolorosos ahora incluso al no estar ya ellos y no poder decirles todo aquello que le hubiera gustado, para pedirles perdón por aquel distanciamiento, aquel enfrentamiento, que mantuvo con ellos hasta que ya nada pudo hacerse para remediarlo. No había vuelta atrás, él sabía que Viena podía llegar a causarle esos recuerdos al ser uno de los últimos lugares en los que estuvo con ellos antes de la fatídica discusión que terminó por propiciar que se marchara de casa y dejara de hablarse con ellos hasta mucho tiempo después. Asumía que durante ese viaje con Anna algunos de esos recuerdos le iban a provocar dolor, pero esperaba paliarlo con la presencia de ella, con que esa presencia pudiera hacer que su mente se mantuviera ocupada en otros asuntos.

Todo en el café estaba igual que él recordaba. Y nada había cambiado tampoco en la calle donde se encontraba. Enfrente del restaurante donde iban a comer había una iglesia ortodoxa, muy bonita, cuya torre de ladrillo colorado y pequeña cúpula multicolor al ponerse el sol recibía una luz dorada que resaltaba su anacronismo estético con el resto de la ciudad. Era un toque exótico en una calle de por sí poco entretenida o bonita, bastante gris incluso. Dentro del restaurante todo seguía igual, como si el tiempo no hubiera cambiado salvo por las lámparas, ahora de led, esas luces tan brillantes y luminosas capaces de alumbrar con gran potencia pequeños espacios sin mucho esfuerzo, y quizá también por parte del mobiliario, sillas y mesas, que a él no le parecieron las mismas, pero que bien podrían serlas. No había mucha gente comiendo, algo que también recordaba. Esta poca clientela era algo que él no entendía, ya que le menú diario era bastante barato comparado con otros restaurantes, y la cantidad de comida que ponían, o eso al menos recordaba, no estaba nada mal. Pero claro estar algo alejado de la zona de monumentos y de las rutas de turistas tampoco ayudaba. Pero que estuviera medio vacío – sólo había un par de mesas ocupadas, las dos por dos ancianos, un señor y una señora, que tendrían por lo menos setenta años, y que en silencio tomaban su comida leyendo el periódico – le venía bien. A él no le gustaban los restaurantes en los que había mucha gente, ya que generalmente no había silencio y la algarabía de conversaciones ajenas le molestaba bastante a la hora de mantener él alguna.

Se sentaron en una mesa junto a una de las ventanas que daban a la calle y desde la que se podía ver la iglesia ortodoxa. El camarero, un chico austríaco que hablaba inglés con bastante buen nivel – cosa del turismo que hace que hasta el charcutero de turno chapurreé algunas palabras para poder atender a algún despistado japonés, australiano o colombiano – y mejor planta, físicamente hablando, les atendió en seguida llevándoles la carta y el menú del día para que pudiera elegir qué es lo que querían comer, poniéndose con rauda diligencia a su servicio para lo que quisieran. Ellos le dieron las gracias y ojearon la carta. Él le recomendó a ella qué pedir de plato principal, ya que el entrante era una sopa del día, que podía ser desde una sopa de verduras, hasta una simple crema suave de calabaza, dejándose ella aconsejar sin poner reparo alguno y confiando en el buen paladar de su acompañante.

– ¿Entonces qué es lo que se come aquí? A ver aconséjame. – Dijo Anna dejando la carta sobre la mesa y mirándole a él leer los diferentes platos del menú.
– Pues eso depende del hambre que tengas y de lo que prefieras, carne, pescado o verduras, porque hay platos de los tres tipos. – Le contestó él sin dejar de mirar la carta.
– ¡Pero qué respuesta es esa! – exclamó ella, haciendo que él levantara los ojos de la carta – Pareces gallego. Si te he preguntado es porque no tengo ni idea de qué es cada cosa y porque se supone que tú ya has estado antes en Viena, no para que me respondas con un “depende”. Para eso se lo hubiera preguntado al muchacho que nos atiende que seguro que estaría encantado de aconsejarme algo. – Siguió Anna esbozando su sonrisa irónica y con un tono que quería simular una bronca, pero que no le terminaba de salir porque estaba contenta y lo que quería era verle a él sonreír un poco.
– Gallego me llamó hace ya muchísimos años un profesor en la universidad. Todavía lo recuerdo a pesar de que fue en el Pleistoceno de mi vida. – Dijo él sonriendo también, aunque no como Anna, sino más bien tímidamente como solía hacer siempre. – A ver. Si quieres que te recomiende algo típico es el snitzel, que consiste en un filete de cerdo o ternera, empanado y que supongo que servirán con un poco de ensalada de acompañamiento y medio limón por si quieres echarle un poco. Si no esto – dijo a la vez que señalaba en la carta el nombre en alemán de un plato – es una especie de guisado de pollo y verduras que está muy bueno, y que probablemente me lo pida yo si no lo haces tú.
– Si me lo pido yo no lo comes tú ¿o qué? No me estarán engañando. – Siguió bromeando ella.
– No si lo digo para que pidamos cosas diferentes y poder probar dos platos, tú del mío y yo del tuyo también.
– ¿Y quién te dice a ti que te voy a dejar probar del mío? ¿De dónde has sacado esa conclusión sobre mi generosidad? – Le preguntó ella achinando un poco los ojos como queriendo mostrar un poco de malicia, aunque él ya la había descubierto y sabía por dónde iban los tiros.
– Pues nadie, porque no estaba preguntando, ni sugiriendo nada, simplemente te estaba anunciando que te voy a coger parte de tu comida para probarla, para que no te asustaras. – Le siguió el juego él sonriendo ahora sí claramente, pero de manera irónica.
– Anda pide que viene de nuevo el camarero. A ver si sacias toda esa hambre que tenías. Yo quiero un snitzel, a ver qué tal está.

Cuando llegó el camarero a su mesa preparado para tomarles nota, aunque dirigiéndose a ambos para preguntar qué es lo que iban a comer, sólo miraba de vez en cuando a Anna. Algo que él notó enseguida y que se suponía que iba a pasar como había pasado esa misma mañana en Madrid en el mostrador de facturación del aeropuerto. Ella también lo sabía y cómo la gustaba ponerle un poco nervioso y celoso a él, casi cabrearle en cierto modo, no paró de sonreír ampliamente y mirar directamente al camarero sin disimularlo, para que ambos se dieran cuenta, tanto el camarero como él. Sin embargo él se olía la jugada y no iba a permitir que esos celos fantasmas le pudieran.

Él pidió por los dos sin quitar la vista de la carta en la que le señalaba al camarero, aunque éste no le prestaba mucha atención, pero tampoco dejó de mirar de soslayo, de manera muy sutil y casi imperceptible a Anna y al propio camarero que entre anotación y anotación en la pequeña libretilla, ya arcaica en la época de las modernidades en que estaban, que llevaba encima para ir apuntando las comandas de las diferentes mesas. Cuando terminó de pedir la comida y la bebida y hubo despedido al camarero entregándole las cartas, tanto la suya como la de Anna, se volvió a mirarla y a esbozarla una sonrisa resabiada.

– ¿Estás hoy juguetona eh? – La espetó él mirándola sonriendo.
– No sé a qué te refieres. – Contestó Anna al mismo tiempo que dándose cuenta que había sido descubierta en su juego, enarcaba las cejas en señal de asombro e intentando indignarse.
– Ya. Pobre camarero, si supiese que aquello que lleva admirando desde que entraste en el café es tan pillo, seguro que no te seguía lanzando esas miradas.
– ¡Ah, lo dices por eso! – Dijo ella intentando disimular su juego fallido. - ¿Es que me estaba mirando? ¿No estarás de nuevo con eso de que todo hombre joven que me ve me quiere desnudar con los ojos y llevarme a su cama?
– Sí, te lleva mirando desde que nos ha atendido, y alguna mirada al culo se le ha ido te lo puedo asegurar. Pero no te preocupes que esta vez no me voy a cabrear. Esta mañana en el aeropuerto no te digo que no estuviera celoso, que lo estaba. Pero ahora te he pillado el juego. Y sí, pienso que todos los hombres jóvenes que tengan dos dedos de frente y el gusto intacto te miran. – Sentenció él con media sonrisa en la cara, mostrándose como el sheriff que ha cazado a los malos y los ha metido entre rejas cuando nadie daba un duro por ello.
– Vale lo admito. Quería hacerte un poco de rabiar. Pero porque me gusta mucho ver que te pones muy tonto y celoso con estas cosas. Aunque la mayoría de las veces no tengas razón en tus razonamientos. – Se dio Anna ya por vencida diciendo esto y mirándole a los ojos se rió alegremente como una cría.

Mientras decían esto el camarero les llevó el primer plato: la sopa del día. Tal y como recordaba él la sopa consistía en un pequeño cuenco, casi una taza pero sin asa, en la que cabían unas cuantas cucharadas de sopa, las suficientes para un primer plato. Los usos y costumbre fuera de España hacen que los primeros platos sean verdaderos entrantes, es decir que con ellos solos no comes ni te sacian, simplemente sirven para empezar la comida. Algo muy diferente a lo que estaban acostumbrados cuando pedían en Madrid en cualquier restaurante un primer plato, que solía consistir en una cantidad de comida que bien podría ser el plato principal y que tras dar debida cuenta de él el segundo plato suele quedarse en parte intacto porque el comensal se encuentra ya totalmente saciado. En esa ocasión la sopa consistió en un caldito claro con unos pocos fideos y unos trozos de verduras. Algo ligero totalmente. Una vez se terminaron la sopa, el camarero presto a atenderles les retiró los recipientes de la misma y les preguntó – bueno más bien se dirigió a Anna – que qué les había parecido, a lo que ambos contestaron que había estado bueno y rico. Tras esto el camarero se marchó diciéndoles que en unos minutos llegaría el segundo plato que habían comido.

– ¿Qué te ha parecido la sopa? – Le preguntó él a Anna.
– Estaba buena, la verdad. Me ha sorprendido la rapidez con la que la han traído, y que fuera tan pequeño el cuenco. Me esperaba como en Madrid un cuenco en el que cabe casi todo un plato de potaje. – Respondió Anna mostrando sinceridad en su voz.
– Yo también hace años tuve esa sensación cuando nos la trajeron a mis padres y a mí. En eso no ha cambiado nada este sitio. – Dijo él al mismo tiempo que echaba una mirada al local para dar más énfasis a sus palabras haciendo ver a Anna que hace muchos años él estuvo allí mismo.
– Nunca me has hablado de tus padres y de aquello que pasó. Siempre que he tocado ese tema te has callado. – Dijo Anna a boca de jarro dejándole a él totalmente cogido por banda, sorprendido completamente.
– No creo que este sea el momento ni el lugar para hablar de ello. – Contestó él desviando la mirada de los ojos de Anna, intentando evitarla.
– Nunca es el momento. No es la primera vez que te lo pregunto y nunca me dices nada. – Insistió ella sin dejar de mirarle haciéndole sentir que sus ojos le escrutaban severamente.
– Lo que pasó en el pasado allí está y no importa. – Dijo él todavía más secamente que antes.
– No me contestes con galleguismos y no me trates como a una cría. – El tono de voz de Anna cambió totalmente, pasó de ser amable y cordial como el que tendría alguien que pregunta a otra persona para ayudar y consolar, a ser un tono frío y firme, directo incluso que mostraba algo de enfado. – Lo que pasara te sigue golpeando a día de hoy. Y eso es evidente. No me lo puedes negar y si te pregunto no es porque deba hacerlo como crees que seguramente hago. Si te pregunto es porque quiero hacerlo. Porque me importa. Porque cada vez que recuerdas algo de ese pasado eres otra persona muy diferente a la que creo conocer. – Anna había conseguido que él la mirara, aunque sus ojos no estuvieran fijos en los de ella más que unos pocos segundos.
– Nunca he pretendido tratarte como una cría Anna y si alguna vez lo ha parecido te pediré siempre mil disculpas. Pero ese pasado del que hablas no existe, no para mí. – Dijo él igual de serio que antes pero con la voz menos seria y enfadada.
– Mientes. – Le dijo ella.
– Anna hay pasados que duelen no por lo que se dice o se hace, sino por todo lo contrario. Hay pasados que duelen por lo que no se dice ni se hace. Y eso es quizá lo que más duele. – Dijo él, ahora sí mirando a los ojos de Anna que le escuchaba atentamente. – Lo que pasara pasó, pero si ahora hay algo que cada vez que lo recuerdo me duele y quizá hace que sea la persona que dices conocer, es todo aquello que dejó de pasar.

Terminó él de decir esto y a los pocos segundos apareció el camarero con los dos platos principales, el snitzel para ella y la cazuela de pollo para él. Ella, que mientras él estaba hablando había permanecido completamente seria, sonrió amable y ampliamente al camarero que muy amablemente les estaba sirviendo la comida. Él por el contrario permaneció serio sin apenas mirar al camarero, simplemente facilitándole el que dejara el plato en la mesa y dando las gracias cuando lo hubo hecho.

– Te has librado por la campana. Pero que sepas que yo no me olvido de lo que acabamos de hablar y que me vas a contar todo eso que pasó y lo que no pudo pasar ya. – Dijo Anna mientras cogía los cubiertos para dar comienzo a la degustación de su filete.
– Anna no tengo nada que contar. No por nada en especial sino porque lo que quiero en este viaje es disfrutar contigo de esta ciudad y crear nuevos recuerdos. – Dijo él sin brusquedad simplemente intentando ser amable y dirigiéndose a ella sin mirarla, aún sabiendo que ella no le quitaba el ojo de encima.
– Me da igual lo que digas. Quiero saber qué pasó porque me importa. Quizá no será hoy cuando me lo cuentes pero lo vas a hacer. – Dijo ella de manera contundente y rotunda, sin posibilidad de que el replicara nada. – Y ahora vamos a comer que tienes mucha hambre. Buen provecho.
– Ya verás cómo te gusta. Ahora lo pruebo yo también que tiene muy buena pinta. No lo recordaba yo así fíjate. – La dijo él.
– Bueno eso de que lo vas a probar lo tendremos que ver todavía. No sé si te lo mereces. – Dijo Anna volviendo a la sonrisa y al tono desafiante y juguetón que solía poner ella para activarle un poco.
– Pues tendrás que impedírmelo yéndote a otra mesa. Yo te dejo probar el mío sin problemas. – Dijo él mirándola también un poco desafiantemente.
– ¿Y por qué supones que quiero probar el tuyo? – Dijo ella achinando los ojos y mirándole divertida.
– Porque te gusta todo lo que venga de mí. – Concluyó él.

Caronte.

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sábado, 11 de abril de 2015

Seis años

Ayer iba yo con unos amigos de la universidad camino de la cafetería de mi Escuela a disfrutar de nuestro merecido descanso después de tres terroríficas horas de no parar de hacer absolutamente nada, cuando me he sentido viejo, mayor, como si fuera un abuelo. Y es que en el hall de mi Escuela había mucha gente, todos estudiantes en la misma pero de cursos inferiores, probablemente muy inferiores, quizá primero o segundo del nuevo grado. Luego estábamos nosotros que intentábamos llegar a la cafetería a por nuestros cafés: cinco amigos de sexto de carrera ya, pero del plan antiguo, y yo mismo. Lo digo tal como lo siento me he sentido muy mayor entre toda esa multitud de jóvenes, casi diría yo que adolescentes, si yo mismo me considero joven que creo que sí porque no hace ni una semana que he cumplido los 24 años. Me ha entrado una sensación de madurez, o mejor dicho veteranía ya que lo primero creo que todavía no lo he logrado y me falta camino para hacerlo, que me ha sumido en un bajón momentáneo tremendo.

Pero para qué nos vamos a engañar tanto mis amigos como yo llevamos en la Escuela seis años, bueno uno de ellos siete por ser de una promoción de entrada anterior a la mía. Más concretamente desde el 3 de septiembre de 2009 es desde cuando llevo estudiando mi carrera en mi muy noble, leal e ilustre Escuela (aunque cada día que pasa, los tres adjetivos que he empleado para describirla tengan menos significado y sean menos aplicables a esa institución académica que vive dentro de ese gran sarcófago de hormigón gris, feo de narices por no decir cojones, y frío a más no poder). Por lo tanto y si las cuentas no me fallan, y espero que no lo hagan ya que dentro de poco más de dos meses me examino de una asignatura económica en la que hay que emplear fórmulas exponenciales con decimales y en la que el profesor responsable ha decidido que las calculadores no son necesarias usando como criterio que un ingeniero debe saber hacer sin ayudas tecnológicas (a la usanza del fundador de mi Escuela allá por el siglo XIX) dichas operaciones en el tiempo que le dé para ello (todo completamente racional como se puede ver), son 67 meses. Muchos meses en definitiva. Mucho tiempo desperdiciado de nuestras vidas que son muy cortas y hay que disfrutarlas que luego se pasan volando que da gusto.

Toda esa cantidad de meses da para mucho y sobre todo para que uno no se dé cuenta de que van pasando y cayendo poco a poco en el olvido arrasados sin piedad ni miramientos por el tiempo que no se para a pensar en nada ni nadie. Parece que fue ayer que entré en la Escuela y fui a la charla de bienvenida del curso cero en el que durante ese mes de septiembre de 2009 empecé a conocer mi Escuela y el que podía ser mi mundo si poco a poco me iba sacando los cursos, cosa que en aquel entonces me parecía como escalar el Annapurna. Durante aquel mes fui conociendo los usos y costumbres del castillo que a día de hoy es ya casi como mi casa, si no fuera porque no quiero ni verlo en pintura, a personas con las que sigo manteniendo algo de contacto, esos primeros “amigos”, aunque no me gusta llamarlos así porque para mí esa palabra tiene bastante más sentido y sentimientos, con los que al menos podía cruzar unas palabras en los descansos entre clase y clase y poder empezar a relacionarme gracias a ellos con más gente. Pero no fue ayer nada de esto. Han pasado ya más de 48.000 horas pero no me había dado cuenta hasta que ayer me crucé con esos estudiantes de los primeros cursos yendo para cafetería. Una bestialidad de tiempo.

Supongo que será por el microcosmos que se crea en las universidades, facultades y escuelas universitarias, pero sigo diciendo que no me parece que hayan pasado ya casi seis años desde aquel primer día. Se me han pasado volando. Aunque es curioso porque esa sensación de velocidad en el paso del tiempo sólo la he tenido ahora, a un mes escaso, cinco semanas, de acabar para siempre las clases en mi Escuela. Hasta este año la sensación que siempre he tenido, curso a curso, es que el tiempo parecía no avanzar, que los cursos eran eternos, y las semanas y algunos días tediosos de universidad más academia después. Había días en primero y segundo que salía de mi casa para ir a la Escuela a las siete de la mañana y no volvía a ella hasta las ocho de la tarde, si el transporte en metro se me daba bien. Veía a mis padres algunos días apenas dos horas de las 24 que tiene el día. En aquellos días llegaba a mi casa y tenía la sensación de que había estado fuera años, curioso contraste, no disfrutaba de mis 18 o 19 años, ni luego de los 20, ni casi de los 21, algo más empecé a disfrutar ya con 22 al darme cuenta de que las cosas no podían seguir así que aquello no merecía la pena. Los días eran muy largos, las semanas eternas, y el curso toda una cuesta arriba constante que había que subir corriendo para más inri.

Pero ayer cuando me crucé con esa manada de jóvenes y tiernos estudiantes, llenos de ilusión, de esperanza, de alegría de vivir y de disfrutar y de aprender y de sacarse la carrera de sus sueños; con esos jóvenes aprendices todavía de universitarios, si es que es algo que se aprende en algún momento, que están empezando a conocer la Escuela y a acostumbrarse a los usos y costumbres de la anquilosada maquinaria docente; con esos jóvenes que entraron en la universidad con la grandísima ilusión de cambiar definitivamente de vida y de conocer a sus amigos que se mantendrán con ellos, si la providencia quiere, hasta el final ya de sus vidas, y también quizá a esa chica o chico de los que enamorarse (y desenamorarse también a lo mejor) y empezar una relación que podría ser la definitiva tan buscada y deseada por unos y por otros. Todos esos jóvenes que llevaban escrito en la cara que lo eran me hicieron sentir viejo, muy mayor, un verdadero veterano curtido en mil batallas y escaramuzas, en una guerra que dura ya casi tanto como la II Guerra Mundial.

Y es que no nos hemos dado cuenta de que el tiempo ha pasado. Poco a poco iban cayendo los cursos y pasando los años. Los inviernos con su oscuridad mañanera que hacía que llegara a la Escuela completamente de noche; las primaveras en las que los árboles de Ciudad Universitaria año tras año florecían en una sinfonía verdaderamente armónica de colores y olores que aunque poco me alegraban el trayecto desde y hacia el metro; los otoños lluviosos en los que los paraguas mojados empapaban los periódicos que poníamos mis compañeros de taquilla y yo en el fondo de las misma; los principios de verano en los que el calor sofocante hacía que las clases se convirtieran en hornos y nosotros mismos en paletillas de cordero y alguno que otro también en cochinillos de gran clase. Han pasado las épocas de exámenes sin que me diera cuenta de que cada año me las tomaba menos en serio y de manera más relajada desde aquellas primeras veces en primero y segundo en las que esas épocas eran terroríficas por los nervios y la presión que tenía por aprobar y no tener que estudiar en verano (cosa que no ha pasado hasta el verano pasado por fin el último de la carrera).

Así se han pasado todos los años casi sin excepciones. Y digo casi porque en cuarto de carrera, aunque las épocas del año siguieron siendo las mismas los días no, porque las clases las tuvimos por la tarde (tradición algo absurda y sin sentido que se tenía en mi Escuela, al menos con el Plan Antiguo, que ahora en el nuevo no sé cómo van las cosas, aunque sabiendo cómo funciona el castillo de hormigón me puedo imaginar que poco o nada ha cambiado, al menos para bien, para mal lo han hecho muchas cosas que no voy a nombrar por no hacer interminable esta reflexión). Ese año a pesar de que parecía que iba a ser aún más interminable resultó más agradable de lo que imaginaba. No tuve que madrugar, decidí empezar a cambiar mi cuerpo yendo a la piscina casi todas las mañanas, no cogía metros atestados de gente y podía ir con menos agobios leyendo con tranquilidad. Lo único que me costaba más era salir tan tarde del castillo embrujado de hormigón y llegar a mi casa pasadas las nueve de la noche. Aunque para evitar eso algunos días decidía llevarme el coche a la Escuela para así ahorrarme algunos minutos; esto también me servía para poder acercar a algún compañero al metro y así estar un rato más con amigos.

Pero ese año vespertino también pasó como el resto: lento en el momento de vivirlo, pero rápido visto ahora, cuando todo parece haber volado más rápido de lo que un águila se lanza en busca de su presa divisada entre la espesura de unos arbustos para darla caza y disfrutar de su manjar. Y así han pasado estos últimos años de mi vida a dos velocidades que ahora comprendo que han sido la misma, una vista desde dentro y otra ya desde fuera reflexionando y mirando cómo nos ha cambiado a todos, en algunos casos para bien, en otros para mal, en la mayoría con combinación de ambos. Sin embargo este año no se me está pasando como los anteriores. Quizá por el mero hecho de ser el último y ser consciente de ello, sexto se me está pasando más rápido de lo que me gustaría, a pesar de que por mí no estaría más tiempo del necesario y deseado en mi escuela, pisando su suelo encerado y cogiendo sus múltiples ascensores para llegar a las diversas partes del castillo que es mi Escuela. El Proyecto Fin de Carrera, del que ya he hablado en anteriores artículos, la propia carrera, el incierto futuro que se nos abrirá en unos meses a la hora de enfrentarnos sin arnés (salvo los hijos de papá que ya tienen un buen cable que les ha permitido enchufarse por ahí) al mundo laboral, la duda de si los que hemos conseguido acabar la carrera siguiendo el Plan de Estudios Antiguo vamos a ser reconocidos como lo que somos Máster en el nuevo EES de la Unión Europea y no meros graduados que no serviremos para nada; quizá todo esto está haciendo que todo se me pase muy rápido este año.

No sé qué pasará en unos meses cuando todo esto acabe. No sé si echaré de menos la Escuela después de haber pasado varios años de dudas, de malos momentos, de crisis personal, de crisis de identidad, y de miedo por pensar que todo esto ha sido una total y completa pérdida de tiempo. Lo que sí sé a día de hoy, gracias sobre todo a ver este año como ya no soy, no somos mis compañeros y yo unos cualquiera en la masa estudiantil de la Escuela, sino más bien los veteranos, los abuelos, los mayores, es que han pasado ya seis años, y que para bien o para mal (me gustaría ser optimista hoy y pensar que han sido para bien) ya no van a volver a pasar. Y en seis años hemos cambiado nosotros y el mundo, y ante todo nos hemos ido haciendo más responsables y a introducirnos poco a poco de verdad en el mundo adulto de la sociedad. Ya no somos estudiantes rasos por mucho que todavía nos queden unas cuantas semanas de serlo oficialmente.

Recuerdo todavía como si fuera ayer, gracias a esos caprichos que el tiempo de vez en cuando se permite para jugar con las personas, cómo veía a los mayores de la Escuela, a los estudiantes de otros cursos, sobre todo a los de sexto que por aquel entonces compartían el mismo pasillo que los de primero de carrera, como si fueron extraterrestres, miembros del un mundo que todavía me quedaba muy lejano y sobre el que era absurdo pensar. Y sin embargo ahora muy probablemente, si los jóvenes estudiantes no han cambiado mucho, seré yo y mis propios compañeros los observados como raros especímenes sacados de un laboratorio clandestino y oscuro en el que se experimenta con seres humanos y se crean híbridos maléficos. Ahora somos nosotros los mayores, los oficiales en el ejército de la Escuela, los que tenemos más galones aunque no se nos respeten las estrellas sobre nuestros hombros. Cuando alguna vez veo cómo nos miran a los de sexto los pobres engañados al entrar en la Escuela, me veo a mí hace seis años haciendo lo mismo. Tengo la sensación de haberme cambiado de posición en el espejo en el que estos jóvenes estudiantes, al igual que yo hace años, me miraba. Ya no soy quien admira, observa, contempla y analiza; sino el admirado, observado, contemplado y analizado. No hay vuelta de hoja. Somos los mayores, pero yo tengo la sensación de ser algo más viejo, algo más mayor, más que si hubieran pasado de manera natural los 67 meses que se han consumido de mi vida en la Escuela. Ayer cuando me crucé con todos esos primerizos estudiantes me di cuenta de cómo habíamos cambiado, no ya sólo yo, sino también los amigos con los que iba a la cafetería.

Puede que esta sensación sea sólo mía, aunque estoy más que seguro que no es así. Creo que este año todos mis compañeros, y también mis amigos tienen esta sensación de final de un viaje que se ha prolongado durante seis años y que está a punto de terminar. Otro viaje está también a punto de empezar, y de eso tampoco tengo ninguna duda, lo que pasa es que no sé qué viaje será ese. Así como cuando acabé la selectividad tenía la misma sensación que ahora al acabar la carrera de que se acababa una etapa larga de mi vida y empezaba otra que no sabía cuánto iba a durar ni cómo se iba a pasar, pero al menos sabía qué etapa era y dónde se iba a desarrollar, ahora mismo cuando poco queda de esta etapa no tengo ni idea de cuál ha de ser la siguiente, ni si será como esta igual de amarga y llena de dudas, o si por el contrario será la definitiva que me muestre lo que quiero ser y me haga encontrar esa felicidad que es la meta más básica que todo ser humano debería ponerse en su vida.

No sé cómo se desarrollarán los próximo años de mi vida, ni de la de mis amigos. Tampoco sé a ciencia cierta si estos seis años que se están terminando de consumir como la llama de una vela que lleva encendida toda la noche para proveer de luz una habitación asolada por la penumbra, me han servido para algo o me serán de utilidad en mi verdadera vida en los años que han de venir. Sé, eso sí, que se han pasado ya; que me siento mayor comparándome con el resto de estudiantes que abarrotan la cafetería todos los días cuando nosotros vamos hasta allí para tomarnos el café de turno y descansar apenas veinte minutos de los coñazos que nos sueltan en clase, que tengo la sensación que no sirven para nada; que ya somos esos estudiantes que estamos de retirada de la vida universitaria para pasar a una peor, más estresada y llena de obligaciones serias; que por muy largos que puedan parecer los días de universidad cogidos de manera independiente, al juntarlos todos y verlos con algo de perspectiva, la que da tener 24 años y no 18, no han sido más que un suspiro. Y de todo esto me doy cuenta ahora. Es posible que pudiera haber disfrutado estos 67 meses mucho más: no tomando con tanta seriedad y agobio lo que tenía que ver con la carrera y los exámenes; habiendo sido mucho más abierto en el ámbito personal para así haber podido conocer quizá a más amigos y también por qué no a una chica con la que estaría saliendo a día de hoy; habiendo disfrutado mucho más de los amigos que tengo; habiendo discutido menos y habiendo pasado de aquellas personas que no merecen la pena. Pero nada de lo que pudiera haber hecho puedo hacer ya, porque no puedo volver a esos momentos.

Han pasado seis años. He pasado seis largos años que se han acabado rápidamente. Y ahora sólo me queda ver cómo en la Escuela somos unos pobres abuelos, hablando de manera exagerada, que en nada irán a ver obras de verdad, aunque no desde la valla sino desde dentro, o a una oficina a poner números a lo que en primer lugar es un dibujo, o a manejar las finanzas de alguna empresa, o a jugar con el dinero de alguien para enriquecerse a título personal, o a asesorar gobiernos para que hagan más kilómetros de AVE, o de autopistas de peaje para que nuestros amigos se llenen los bolsillo a costa de todos los ciudadanos, aún sabiendo que son inversiones perdidas desde el primer momento.

Lo único bueno de esto es que al menos no se han cumplido los peores presagios que tenía cuando entré y siendo estudiante de primero, al ver a los mayores de la Escuela. No he ido a peor. Me he hecho mayor, he envejecido más años que los naturales, como el resto de mis compañeros, pero al menos no he terminado siendo un huraño ermitaño encerrado en una cueva, creo haber evitado ese riesgo. No soy tampoco un viva la virgen que esté todo el día por ahí de fiesta, saliendo hasta las tantas de la noche todos los fines de semana. Pero aunque ayer tuviera la sensación real de que el tiempo había pasado y yo lo había vivido, me quedo con esto último que lo he vivido, lo bueno y lo malo, con intensidad. Y ahora me doy cuenta de ello.

Caronte.

jueves, 9 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XVI)

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Él ya había estado una vez allí dentro rodeado de todo el esplendor antiguo que emana de ese tipo de hoteles por toda Europa, ya fuera en París, Madrid, Múnich o Ginebra. Sin embargo para Anna no debía ser así ya que cuando entró en el vestíbulo del Sacher, donde está la recepción y donde los huéspedes de todas la nacionalidades se mezclan, intercambian saludos de cortesía, cierran negocios o empiezan amistades, empezó a mirar todo aquello con un profundo interés, como el niño que va por primera vez a un zoológico y a cada paso que da se queda embobado y asombrado con los animales que ve, y quiere saber más y ver más y conocer más, sin descanso, sin cansarse y sin aburrirse. Así miraba Anna en ese vestíbulo decorado con profusión centroeuropea: con cortinas grandes y rojas; mesas decoradas con enormes centros florales, o floreros, o relojes rococó con figurillas de soldados o animales exóticos o jinetes en sus caballos; espejos enormes con molduras florares muy recargadas doradas en los que el reflejo de quien se mira queda eclipsado con las decoraciones de fondo; con grandes jarrones en las esquinas, o relojes de pie. La grandeza de un pasado ya casi olvidado, de museo, concentrada en un vestíbulo que evocaba glorias pasadas y tiempos de esplendor y exclusividad, cuando príncipes, duques, marqueses y condes se hospedaban allí y daban prestigio al hotel.

Todo eso seguía intacto, pero la sangre noble de sus huéspedes se había cambiado por empresarios, jeques árabes enriquecidos por el oro negro que mana en mitad de la inmensidad infernal del desierto saudí, turistas japoneses que fotografían hasta el más mínimo detalle del más insignificante elemento de decoración de la sala más recóndita del Hotel, y gente normal que ha ahorrado lo suficiente para darse un único gran capricho en su vida yendo a uno de los hoteles más míticos de la capital austríaca y probablemente uno de los más conocidos en el mundo entero, aunque la fama no le venga única y exclusivamente por su historia sino más bien por ser el origen de uno de los postres más famosos como es la Tarta Sacher: un jugoso bizcocho de chocolate en medio del cual se inserta una muy fina capa de mermelada de albaricoque, y todo ello recubierto de chocolate fundido, haciendo las delicias de todo aquel a quien le guste el dulce.

Se acercaron al mostrador y esperaron a que les atendiera algún empleado del hotel. Lo hizo una mujer joven, atractiva, morena y con los ojos castaños, algo que a él se chocó un poco ya que no era muy habitual ver vieneses con esa descripción física. No estaba muy desencaminado, cuando la joven se dirigió a él para atenderle notó en su acento un deje poco corriente para un austriaco. No sonaba muy alemana. Y en efecto fue así, la joven no era alemana sino española. Al oír cómo Anna se dirigía a él en español para preguntarle sobre una pequeña placa que había encima de la recepción en la que ponía un par de datos sobre la creación del hotel y los años que llevaba en pie, la joven de la recepción les preguntó si eran españoles, a lo que Anna contestó sorprendida y casi aliviada de poder hablar y entenderse con alguien en ese hotel en su idioma. Por el contrario él no se sorprendió demasiado, muchos habían sido los viajes que había hecho y muchas las recepciones de hotel que había pisado para no saber que detrás del mostrador podía aparecer cualquier nacionalidad del planeta tierra, y los españoles cada vez en mayor proporción.

Tras arreglar los asuntos de la habitación y la llegada al hotel, con las consabidas presentaciones sobre el servicio de desayuno, comidas y cenas, la ubicación del salón restaurante, el servicio de habitaciones, y los actos preparados para la cena de fin de año por si les interesaba, la joven española recepcionista llamó a un botones que se encargó de coger el carrito del equipaje y tras una serie de instrucciones en alemán se lo llevó hacia una zona de servicio por la que lo subiría hasta la habitación a la que habían sido destinados. La joven española les acompañó hasta el ascensor y tras decirles cómo llegar hasta su habitación se despidió de ellos deseándoles una muy buena estancia en el Gran Hotel Sacher y en Viena, y se puso a su total disposición diciéndoles que no dudaran en pedirla nada y si necesitaban algo durante su estancia que estaría encantada de atenderles que llamaran a la recepción y preguntaran por Rocío. Curioso nombre para estar en Viena pensó él, teniendo en cuenta que más español no podía ser y que además para un alemán no sería fácil pronunciarlo.

Subieron en el ascensor solos hasta la segunda planta donde estaba su habitación, la 212, un número bastante bonito había dicho Anna cuando la recepcionista española le había dado la tarjeta de la habitación, esas tarjetas frías e impersonales que habían ido poco a poco sustituyendo a las llaves de metal para dar un aire moderno y tecnológico a los hoteles y para ahondar en la omnipresente comodidad del huésped que algún día consideró que una llave era algo muy ordinario y común, muy visto, muy antiguo ya, para que en un hotel se siguieran usando. Dos fueron las tarjetas que les dieron, una para cada uno, como si con una no fuera suficiente, como si se pensaran que iban a estar mucho tiempo solos y que usarían la habitación de manera individual e independiente sin estar los dos presentes. Salieron del ascensor y del brazo recorrieron el pasillo de la segunda planta del Sacher buscando su habitación. El suelo del pasillo amortiguaba sus pasos, los tacones de los zapatos de Anna no se escuchaban se hundía ligeramente en la larga alfombra que protegía la madera noble del suelo. Las paredes estaban forradas de papel pintado e iluminadas por candelabros situados entre las puertas de las habitaciones encima de unas pequeñas mesitas sobre las que había flores metidas en unos jarrones de aspecto muy delicado. Los techos eran blancos inmaculados con molduras rococó de escayola. Por fin llegaron a su habitación.

Al entrar se encontraron un una habitación amplia, dividida en dos espacios, un primero destinado a una especie de vestíbulo recibidor al que daba una de las dos puertas del baño, y otro destinado a la estancia propiamente dicha donde se encontraba la cama con un pequeño dosel, y en el que también había un escritorio con su correspondiente silla, una mesita baja alargada y un par de sillones justo delante de las ventanas que daban a uno de los laterales del hotel y desde las que se tenían unas vistas extraordinarias del Museo de la Albertina en primer término y del gran palacio imperial del Hofburg al fondo. Su equipaje ya estaba perfectamente colocado en el sitio que le correspondía, así como los trajes, tanto de él como de ella, colgados en el armario. La habitación estaba exquisitamente decorada con tonos blancos y tranquilos, sin la estridencia y la profusión de las zonas comunes del hotel que desprendían un gusto por lo rococó y lo recargado algo añejo para el gusto de él. Anna estaba encantada con el hotel. Nada más entrar en la habitación se dispuso a descubrir hasta el más recóndito de los rincones, para fijar en su recuerdo cada detalle.

– Parece que te ha gustado el hotel. Pareces una cría descubriendo un mundo nuevo y apasionante. – Dijo él parado de pie junto a la cama, dejando en la mesilla de noche un par de cosas que llevaba encima y que no iba a necesitar de inmediato.
– La habitación es preciosa. Me encanta. Y las vistas son increíbles. – Dijo Anna acercándose a él y besándole en los labios, corriendo las cortinas un poco y dejando que toda la luz del sol se colara por las ventanas y llenara todo el espacio de la habitación.
– Sabía que te iba a gustar, por eso pedí esta habitación, con estas vistas, para que te sintieras como en otro mundo. – Le dijo él, mirándola a los ojos y esbozando esa media sonrisa que era tan típica de él cuando se sentía feliz y estaba a gusto, sin preocupaciones.
– ¿Qué son todos esos edificios? – Le preguntó Anna agarrándole por la cintura y acercándole un poco más hacia ella para que notara su cuerpo contra el suyo.
p – ¿De verdad lo quieres saber ahora? ¿No tienen hambre? – Dijo él notando cómo ella hacía por acercarle hacia sí y dejándose hacer. – Pues mira, este edificio que tenemos justo delante, que tiene una estatua ecuestre delante es el Museo de la Albertina, uno de los más importantes de Viena. Y aquello que se ve al fondo es el Palacio Imperial, El Hofburg. Pero no te preocupes que todo lo veremos y podrán contemplar la enorme belleza de esta ciudad. – Terminó diciendo él y sin que ella se lo esperara, porque estaba mirando atónita por la ventana asumiendo todo lo que él la estaba contando, la giró hacia el haciendo que le mirara y dejara por un instante de mirar por la ventana, y la besó de nuevo como pocas veces la había besado, con una pasión renovada y con ganas de verla encima de la cama desnuda llamándole para que se acercara y la hiciera suya, amándola.
– Bueno, otra vez. ¿De verdad eres el mismo hombre con el que llevo saliendo un par de años? Porque no te reconozco. Desde esta mañana eres como otro. Nunca habías mostrado esta pasión y desvergüenza. – Dijo ella sin dejar de mirarle a los ojos, viendo quizá algo que le chocaba en él, algo que no había visto nunca y que en el fondo la inquietaba por las consecuencias que podría tener.
– Pero como no voy a mostrar pasión teniéndote delante, con Viena de fondo, y con una cama junto a nosotros. Lo raro, lo inusual, lo chocante sería que no mostrara esta pasión. Lo único que quiero es amarte y lo haría ahora mismo si mis tripas no rugieran como lo están haciendo. – Añadió él, no queriendo ver esa mirada de Anna que lo estaba escrutando hasta lo más profundo de su ser.
– Bueno, vamos a comer entonces, que no quiero que desfallezcas del hambre que estás pasando. – Terminó de decir ella sonriendo irónicamente y soltándose del abrazo en el que llevaban un par de minutos y dirigiéndose hacia el baño para probablemente arreglarse un poco para salir a comer.

Cuando salió del baño Anna se había recogido el pelo en una especie de moño detrás de la cabeza. Un moño suelto de esos que se hacen las mujeres cuando el pelo les molesta sobre la cara o los hombros y quieren mantenerlo a raya un rato mientras hacen alguna tarea que requiera de toda su atención, esos moños que mantienen el pelo recogido pero suelto con apenas poner un bolígrafo, un lápiz, o incluso llegado el caso un palillo chino. Al verla con el pelo recogido él sintió algo raro, como una especie de redescubrimiento de Anna. Pocas veces le había visto con el pelo así, casi siempre que estaban juntos, cenando, en el teatro, dando un paseo o en la cama haciendo el amor, el largo, ondulado y castaño pelo de Anna caía como el agua de una cascada cae: libre y sin ataduras. La miró fijamente amándola aún más de lo que ya la amaba, deseándola más de lo que ya la deseaba. Hubiera deseado no tener hambre en ese momento, un hambre que ya estaba empezando a darle pinchazos en un estómago, el suyo, que ya le pedía alimento después de muchas horas sin ingerir nada sólido, para poder cogerla besarla en la boca y el cuello, dejar que la pasión llenara toda la habitación y comenzar a desnudarla, tenderla en la cama, recorrer todo su cuerpo con sus manos, besar sus pechos, jugar con sus pezones en su boca, recorrer con su lengua su suave piel y perderse entre sus piernas sucumbiendo al placer ya desatado.

Pero tenían que ir a comer. Ya habría tiempo de otros menesteres y comidas más apetecibles. Para esa primera comida en Viena él eligió un restaurante no muy alejado del Hotel Sacher. Nada sofisticado, ni excesivamente caro. Tampoco nada de comida rápida, algo que ambos detestaban, él más que ella, que de vez en cuando y sólo para oírle quejarse quedamente pero terminar por sucumbir a sus deseos le había obligado a comer en una de esas grandes cadenas de hamburgueserías americanas que venden carne de vacuno aunque pueda no serlo. Era un restaurante café, que si no recordaba mal tenía menú del día de lunes a viernes a muy buen precio para ser Viena y con una variedad importante de platos, todos ellos muy buenos.

Caronte.

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lunes, 6 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XV)

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El chófer les llevó hasta el coche que el hotel había puesto para recogerles. Como cabía de esperar era un Mercedes negro último modelo de la más alta gama con los cristales traseros tintados para que nadie pudiera ver quiénes eran los ilustres personajes que iban allí montado. Aunque el sol entraba a raudales por todos los ventanales de aeropuerto todavía no habían salido a la calle para ver si ese solo radiante lograba calentar algo el ambiente invernal que seguro hacía en la calle y que correspondía para las fechas que eran. El chófer cargó el equipaje menos voluminoso en el maletero del coche, mientras que un par de trabajadores del hotel se llevaban las maletas más pesadas y voluminosas, así como un par de trajes tanto de él como de ella que habían traído para asistir al Concierto de Año Nuevo, a una furgoneta que les seguiría hasta el hotel.

El trayecto desde el aeropuerto de Viena hasta el centro de la ciudad no lleva más de veinte minutos, y prácticamente todo el tiempo discurre por una autopista que penetra inclemente, casi sin transición ni aviso, hasta la propia ciudad imperial, hasta acariciar al propio río Danubio que riega con sus míticas aguas la tierra vienesa. El chófer apenas cruzó un par de palabra con ellos, si acaso él le dio alguna indicación y comentario sobre cualquier cosa que no tuviera importancia alguna. Sin embargo una vez salieron de los dominios del aeropuerto Anna sí empezó a hablar cogiéndole la mano y dejando de mirar por el cristal tintado que impedía que el sol en todo su esplendor penetrara en el interior de vehículo.

– Bueno pues ya estamos en Viena. Después de toda la murga que me has estado dando estos meses para venir por fin estamos aquí. – Dijo Anna llevándose la mano de él hacia su regazo, cogiéndola con fuerza y a la vez ternura.
– Sí, parece mentira que sea cierto. Y cómo que te he dado la murga, si sólo lo hemos hablado un par de veces. No me costó mucho que aceptaras la invitación que yo recuerde. – Contestó él sin todavía mirarla directamente, teniendo la vista fija en el horizonte, en la carretera que discurría delante del coche.
– ¿Un par de veces? Pero si cada vez que podían me hablabas de este viaje y de lo bien que lo íbamos a pasar. No callabas. Menos mal que dándote un beso cierras esa boca, porque cuando coges carretilla... – Apretó ella un poco más la mano de él para que así éste reaccionara y la mirara.
– Hombre, a lo mejor lo comenté unas cuantas veces más, pero sólo porque me hacía mucha ilusión que vinieras conmigo. – Ahora sí la miraba, aunque tímidamente, sin mantenerla la mirada mucho rato, apenas unos segundos. Parecía que tuviera miedo, o vergüenza de estar allí y de lo que pudiera ocurrir en esos días.
– Pues para toda la ilusión que dices que tienes puesta en este viaje, desde que te has bajado del avión no has abierto la boca. No pareces el mismo que esta mañana en Madrid me recibió con un beso que no me esperaba y que sinceramente demostraba una pasión que nunca había visto en ti. – Ahora ella le había obligado a que la mirara fijamente y a los ojos. Anna le estaba escrutando la cara, mirando más allá de sus propias pupilas, leyéndole los pensamientos e intentando descifrar sus sentimientos.
– Puede que todavía no me crea que estoy aquí contigo. Que todo esto me parezca un sueño, y que tema despertar del mismo y verme de nuevo solo en mi casa de Madrid preparándome para despedir un año más como lo llevo haciendo ya mucho tiempo. – Dijo él mirándola a los ojos, aguantando esa intensa mirada de Anna que a pocos hombres hubiera dejado tranquilos. Esa mirada que en sí misma podía representar todo el amor del mundo y todo el odio.
– Pues créetelo, porque es verdad. Estamos en Viena, volando por la autopista que comunica el aeropuerto con la ciudad a borde de este coche conducido por el chófer que nos ha puesto el hotel. – Anna se había acercado a él, hablaba con un tono de voz más bajo que el que había utilizado hasta entonces, como queriendo no ser oída por el hombre que conducía el coche. – Así que esto es real. No es un sueño. Estás en Viena conmigo que es lo que querías. Lo vamos a pasar en grande, y vamos a disfrutar el uno del otro. – Terminó de decir estar palabras tras haberle soltado la mano y haber posado sus dos preciosas manos en su cara, una en cada lado. Se acercó a él y le besó en la boca, en silencio.

El coche siguió avanzando sorteando a los demás conductores con una maestría propia de un campeonato de carreras. De repente, casi sin darse cuenta, la autopista se transformó en una calle de Viena. El campo que había a ambos lados de la carretera se cambió por edificios de viviendas, de oficinas, comercios y demás. A la izquierda estaba el río Danubio, o al menos el canal que lo acercaba un poco más a Viena, porque para ser sinceros el verdadero río Danubio, ese mítico nombre que pronunciado parecía evocar grandes épocas pasadas y lugares imaginarios propios de las mentes más fantasiosas, no pasaba por Viena. Es más, la primera vez que él estuvo en Viena quedó decepcionado con eso. Él esperaba poder pasearse por la orilla del Danubio, ese río que automáticamente siempre le recordaba el Vals de Strauss que tanto amaba y que tanto conocía por cerrar el Concierto de Año Nuevo junto a la Marcha Radetzsky, como lo había hecho cuando fue a Estambul a orillas de Bósforo, o en París al borde del Sena, en Londres por los paseos que jalonan el Támesis, o incluso en Madrid en ese maravilloso parque que sustituyó ya hace muchos años a la gris, maloliente y ruidos M-30. Pero se encontró con que Viena no tenía río. No había ni rastro del Danubio. Lo único que recordaba al mítico río era la música clásica. Nada más.

Anna al ver el río lo señaló y echó un vistazo a través de la ventanilla. También preguntó que si ese era el Danubio, a lo que él le contestó la verdad, que no lo era, sino más bien una canal que se construyó en su día para desviar en parte el curso principal del río y evitar las inundaciones que casi todos los años se producían en otoño cuando las lluvias, como si de África se tratara, golpeaban toda esta región de Europa.

– No queda mucho si no recuerdo mal. Ya estamos de hecho en Viena. Tardaremos en llegar lo que el tráfico de esta ciudad quiera. – Dijo él cogiéndola la mano y llevándosela a los labios para besarla.
– Me imaginaba el Danubio mucho más grande y, no sé cómo decirlo, más...
– Más río. – Completó él la frase que ella no sabía cómo terminar.
– Sí supongo que es eso. Me esperaba una especie de Sena o Támesis, pero a lo grande. Algo con más entidad, digno del nombre que tiene y que todo el mundo conoce. No un río que parece escondido porque a la ciudad le dé vergüenza mostrarlo. Es como el Manzanares en Madrid, que en el fondo es el río de la capital pero que nadie parece enorgullecerse de él. – Añadió Anna algo seria, mirándole como queriendo justificar su propia opinión. Él por el contrario la miraba divertido, intentando mantener el semblante también serio, escuchándola atento, pero no podía más que alegrarse y sentirse contento porque ella dijera lo que pensaba sin tapujos, sin pelos en la lengua, pudiendo incluso sonar inoportuna. Le gustaba su sinceridad, cualidad que tanto escasea en el mundo actual.
– Yo tuve la misma sensación la primera vez que lo vi también. Algo más que tenemos en común. Me consuelo comprobar que no soy el único que pensaba que el Danubio por Viena pasaba mostrando toda la majestuosidad que se le presuponía. – Terminó por decir él, sonriéndola y dándola un beso en la mejilla, no de esos que se dan por cortesía, sino uno que mostraba más que eso, cariño, aprecio y agradecimiento.

El coche empezó a callejear ya por las calles de Viena. Por las ventanillas a pesar de que los cristales eran tintados se podían ver a los vieneses bien abrigados con abrigos tiroleses de esos que pesan un quintal y que calientan como si llevaran resistencias eléctricas por dentro, con guantes, bufandas y sombreros austríacos, muchos de ellos con una pluma de perdiz decorándolos; las vienesas por su parte llevaban abrigos de piel, las señoras más mayores, o gabardinas y plumas las mujeres más jóvenes, también con bufandas y guantes. Debía de hacer bastante frío a pesar del sol que lucía en el cielo. Sin embargo la sensación que ambos tenían dentro del coche es que era mucho más tarde de lo que ponía en el reloj del salpicadero, y es que en el fondo sus sensaciones no iban muy desencaminadas. Estaban muy en el centro de Europa y bastante más al este que España; por aquellas tierras el sol salía y también se ponía bastante más temprano que en Madrid, por eso a pesar de que eran poco más de la una y media de la tarde, parecía que la tarde estaban a punto de terminar para dar paso a una caída del sol que llenaría de sombras las calles de Viena.

Pronto los edificios más modernos de las afueras de la ciudad empezaron a dar paso a los más antiguos y señoriales del centro de Viena. Cruzaron el canal del río Danubio y cogieron probablemente la calle más famosa de toda Viena: el Ring. Esos grandes bulevares arbolados jalonados por grandiosos edificios públicos, teatros, bibliotecas, muesos, ministerios y palacios, recorrían el antiguo emplazamiento de las murallas medievales de la ciudad que cuando ésta se empezó a quedar pequeña y quiso crecer para convertirse en la ciudad más moderna de Europa, sede del gobierno de uno de los Imperios más grandes y poderosos del continente como era el Austrohúngaro, tuvieron que ser derribadas para dar paso a los ensanches urbanizadores que permitieron a Viena ser el centro de la aristocracia europea, envidia de muchas otras grandes ciudades que veían como esa pequeña ciudad que hasta entonces había estado a la sombra de las grandes capitales mundiales pasaba al centro del mundo con grandes edificaciones, monumentos, parques públicos y grandes paseos para que los nobles y cortesanos del emperador pudieran pasear cómodamente y ser vistos por el resto de la sociedad vienesa.

Sin embargo aquel penúltimo día del año el Ring no parecía el mismo que él recordaba de su primer viaje a Viena. En aquella ocasión hacía mucho calor y los árboles estaban vestidos con sus mejores galas, con diferentes tonalidades de verdes, con todas sus ramas cubiertas de hojas; la gente paseaba en manga corta, si es que no algún joven iba sin camiseta corriendo bajo la sombra de los grandes árboles, y los turistas se agolpaban en los pasos de cebra para continuar con su visita de la ciudad, descubriendo rincones que se escapan de la fama que tienen algunos lugares de Viena. Pero aquellos recuerdos eran muy diferentes a lo que ahora veía por las ventanas. Los árboles estaban totalmente desnudos y no arrojaban más sombra que la que su propio esqueleto de ramas podía proyectar en unos paseos y aceras casi exclusivamente poblados por vieneses.

Cada vez que el coche tenía que aminorar un poco la marcha debido al tráfico, a algún semáforo o por el paso de algún tranvía, él intentaba señalar a Anna alguno de los grandes y majestuosos edificios que se erguían a ambos lados de la gran avenida para intentarla contar algo sobre él, algo de lo que se acordara de la veces que había estado en Viena de turista y no para algún negocio o trabajo. Pasaron también al lado del parque de la ciudad, donde se yerguen multitud de estatuas de grandes músicos y compositores de nombres universalmente conocidos, entre las que destaca por encima de cualquier otra la famosa estatua dorada de Johann Strauss tocando el violín. A todo lo que él decía Anna asentía y preguntaba si iban a verlo y a pasar por ahí paseando, a lo que él siempre decía que claro, que harían todo lo que a ella le apeteciera.

En un momento dado y casi sin darse cuenta se encontraron parados en un semáforo justo enfrente del gran edificio de la Ópera de Viena. Ya estaban cerca de su destino. El Hotel Sacher se encontraba justo detrás de la Ópera. Allí parados durante los largos segundo que el semáforo permaneció cerrado, en rojo, para ellos, él se remontó con sus recuerdos a la primera vez que estuvo allí mismo, paseando con sus padres por esas mismas calles, cruzando ese mismo paso de cebra por el que ahora pasaban los pocos turistas que el invierno atrae a Viena y los altivos ciudadanos vieneses orgullosos y muy celosos de su ciudad, venida a menos como casi todas las grandes ciudades y capitales europeas después de que sus naciones pasaran a ser países museo más que grandes potencias internaciones temidas y respetadas en cualquier rincón del globo, dueñas de vastos y multiétnicos territorios.

Todavía podía acordarse de lo que sintió cuando por primera vez contempló el magnífico edificio de la Ópera de Viena, con sus formas exuberantes y exageradas, con su decoración ampulosa y sobrecargada de adornos y filigranas que daban al edificio un aire de gran caja de música rococó. En toda la manzana que ocupaba el edificio, una manzana para él solo, para decir que allí estaba el mayor templo de la ópera del mundo, donde los más grandes tenores y sopranos, músicos, compositores y directores de orquesta habían cantado, tocado, estrenado y dirigido piezas y obras de los mejores. La Ópera de Viena es todo un monumento a la música, un edificio orgulloso por todo lo que ha escuchado. Su interior tampoco hace de menos al exterior. Cuando uno camina por sus pasillos y salas, sube por su escalera principal o se sienta en el patio de butacas, en algún palco lateral o en el mismísimo palco imperial, reconvertido en el palco más exclusivo aunque abierto a quien pueda pagar el precio de una de sus butacas, siente que está en otra época, muy lejana y distante cuando la música clásica y la ópera eran el espectáculo más popular; estar dentro de ese gran edificio era viajar a otro mundo incluso muy lejano del que él venía, donde a la música clásica que tanto amaba se la consideraba un arte menor, de gente rara y solitaria, antigua, conservadora.

A medida que el coche volvió a andar y a recorrer los últimos metros hasta llegar a la puerta del Hotel Sacher, miró por última vez el edificio de la Ópera, el lateral por el que ahora discurrían despacio, pudiendo disfrutar de la armonía que mirar las fuentes, ventanas, esculturas y bustos de famosos músicos, le provocaba. Anna le miraba callada con su mano entre las suyas como llevaban desde que habían empezado a recorrer de verdad la Viena que iban a visitar en esos días finales del año, frío y luminosos. El coche se detuvo. El chófer se bajó del coche, le abrió la puerta a él. El conserje del hotel hizo también lo propio con la puerta de Anna dándola las buenas tardes en inglés y ayudándola a bajar. El botones sacó del maletero sus maletas y las puso en un carrito en el que ya estaba el resto de su equipaje que había llegado unos minutos antes que ellos. Sin apenas darse cuenta de si hacía mucho frío o no en la calle, pasaron al vestíbulo del hotel.


Caronte.

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