sábado, 4 de abril de 2015

Pomposamente cierta, la delicada veritá

El que adjunto a continuación es un artículo que no he escrito yo y que para mi gran sorpresa recibí ayer por e-mail. Si tengo que ser sincero no esperaba recibir por mi cumpleaños algo semejante y reconozco que me ha sorprendido un poco. Añado que supongo que todo lo que mi pequeño gran amigo cuenta de mí es en gran parte falso y una distorsión premeditada de la realidad, pero sea lo que sea (porque lo voy a leer una vez lo publique como él me ha pedido) seguro que estará escrito desde el cariño....o no. Antes de nada me gustaría darle mi más sincero agradecimiento de todo corazón.

Y aquí os lo dejo:

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Para para, se ha rebobinado la cinta demasiado. A ver ahora. “Así es que la ciencia está agitándose siempre entre los hombros astronómicos de lo infinitamente grande y las maravillas de lo infinitamente pequeño; ¡lo infinitamente pequeño, que, como dijo un gran escritor, no es acaso más que el gigante que para embromarnos se disfraza de enano!”.

Sí, quizá sea el período justo, vamos bien. Porque el siglo XIX le viene que ni pintado a mi querido amigo de nombre decimonónico (por momentos podría parecer que le iría bien viviendo en él),  y la célebre frase de D. José Echegaray quizás haga justicia al que espero y deseo sea un día el segundo premio Nobel de Literatura que la Ingeniería de Caminos española ha dado.

Pues bien, qué sorpresa para los ávidos lectores de este pequeño rincón literario toparse con un artículo que hable por fin de su misterioso autor llamado Caronte. Ya era hora de que éste fuese desenmascarado, mejor aún si es con motivo de su vigésimo cuarto cumpleaños, arrojando luz a las tinieblas de este agujero infecto que por momentos es La Laguna Estigia. Quizá me esté dejando llevar por la fuerza de la prosa, pero dejémonos de tonterías y pasemos a diseccionar al literato oculto enfrente de la pantalla del ordenador agazapado tras una única venta con barrotes (qué ironía), en sus dominios particulares de la finca familiar del marquesado de Vicálvaro.

Antes de ponerle a caer de un burro, que muchas veces bien que lo merece, a pesar de todas sus taras he de reconocer (pero no en voz alta) que mi buen amigo es una de las mejores personas que conozco. Vale, sé lo que estáis pensando, en nuestra amada escuela de caminos desgraciadamente no abunda la gente buena y por ende es sencillo que alguien mediocre vaya a la selección; pero en este caso no es así. El pomposo rubio de ojos azules y cuerpo apolíneo (ahora, antes se le veía bien de lejos) marcado por largas horas en el gimnasio con Aznar es una gran persona que mucha gente se ha negado a conocer de verdad. Él mismo quizás sea una de ellas, pues es tan sumamente cuadriculado que corre el rumor de que sería más sencillo entrar a darse una vuelta por Corea del Norte y hacerse un selfie con Kim Jong-Un en un McDonald’s que hacerle cambiar de opinión en multitud de aspectos de su vida diaria. Lleva un cilicio puesto a voluntad propia, como diría otro buen compadre bananero suyo.

Pues sí amigos, resulta que a pesar de que él mismo se descalifique (más bien se fustigue) en incontables ocasiones, este Judas es un amigo con todas las letras. A-mi-go. Lo escribo así porque el chaval es un poco falto, y de vez en cuando hay que decirle las cosas de este modo para que las entienda, qué se le va a hacer (que conste que no parafraseo ninguna referencia a algún elemento incómodo del mobiliario urbano muniqués).  A pesar de ello no se le cree, por lo que espero que relea esto tantas veces sea necesaria para que se dé por aludido. Y que sobretodo entienda de una vez qué es la palabra amistad y se la tatúe en el cerebro, porque a fe mía que más de una vez se lía y ve amigos donde no los hay, y viceversa.

Y que conste que no es sencillo hoy día ser amigo de alguien, mucho menos encontrar a alguien que lo sea para ti, pero él demuestra que es una persona en quien se puede confiar, y que siempre estará ahí cuando lo necesites, mostrando su apoyo incondicional (con la consiguiente chapa paternalista) y ayudándote a levantarte cuando tropiezas mil veces con la misma piedra (sí amigos, se puede tropezar infinitas veces más qué nuestro ilustrado blogger). Lo dejo ya porque sino alguna lagrimilla me va a asomar, y no es plan de ponerse melancólico cuando el objetivo estaba claro: sacar sus trapos sucios.

Bueno, antes de sacarlos, mejor dejarme que saque yo el peine que me he tenido que comprar. ¿Cómo, no sabéis para qué? Claro amigos, es que mi buen compañero resulta que siempre me manda a peinarme cuando yo (y otro buen amigo nuestro de incontable valor, más que el que él injustamente, y de manera más que aparente, le da) le conmina a salir a tomarse algo con SÓLO una hora de antelación, si llega. Es que a ver, a quién se le ocurre… ¡Error! Tan de sopetón no se pueden hacer las cosas, hombre. Qué absoluta falta de respeto; seguro que estáis pensando. Ironía al margen, he de decir que siempre le seguiremos llamando para intentar disfrutar de su gran compañía; y si no, pues al menos lo haremos por salir peinados por Madrid, que con nuestras pintas habituales de millonetis y de gente pudiente no nos llega normalmente.

Volviendo al tema de su cajón de mierda, que sé que estáis deseándolo, empezaré a enumerar sus vicios. Emmm… Tiene tantos que no sé bien por dónde empezar, dejarme bien que piense. ¿Os acordáis de aquel pedal que se enganchó? Ah no, que él sólo pide Eine Fanta (lástima no poder insertar la foto del camarero de la Hofbräuhaus). ¿Y recordáis aquella vez que se encendió un porro en clase? Vaya, tampoco fue él, eso solo pasaba en mi instituto.  ¿Quizás del volquete de putas que organizó? Qué pájaro el tío… Mierda, ese no fue él, sino Francisco Granados (lástima, cada vez quedan menos políticos como Alá manda). Otra oportunidad. ¿Y de la vez que empalmó dos fiestas seguidas? Vale, vale, perdón, juntar las uvas con el concierto de año nuevo no es empalmar, que me he liado. Emmm… Si es que este tío es un temerario, vive tan al límite que se me hace difícil recordar las correrías que se pega el muy pendejo cabrón.  No hay norma que no quiera quebrar, le pone el riesgo. El novio de la muerte, dirían algunos.

Como aquella vez que casi fallece, en una de las muchas ocasiones que se juega su pálido pellejo. Estábamos tranquilamente una cálida tarde de agosto en la orilla del apacible río Isar de la capital bávara cuando decidió que, previo haber mandado a la avanzadilla como buen general, merecía probar el subidón de adrenalina que era dejarse llevar por esas aguas domadas por los surfers alemanes hasta un punto indeterminado del Englischer Garten. Espero no olvidar nunca su reacción y sobretodo su cara cuando salió de esa especie de bomba sesentera que se marcó para lanzarse. Su cara. Ésa cara. Con un grito saliendo de lo más profundo de su ser, como si se le hubiese helado el alma. Como se nota que el muy señorito en Galicia no se baña, es muy de caldo mediterráneo como buen gato. Congelado estaba, como canicas, dijo tenerlos. Y menudas risas que nos echamos a su costa. El tío valiente no abrió la boca en todo el camino, acojonado y muerto de frío que iba. Qué grande. Lo mejor es que jamás reconocerá que se lo pasó como nunca; y lo peor es que no quiere volver a vivir emociones fuertes porque alojarse en un camping (con su legendaria comodidad) es demasiado bajo para su actual status social. Lástima, él se lo pierde; se le echará en falta sin duda.

Y ahora sí que recuerdo varios de sus vicios. Qué triste, yo que pensaba haberlos olvidado de lo lamentables que son. ¿A qué diríais que está enganchado? Venga va, se abren las apuestas. Oigo por ahí que a la metadona. Frío, frío; su piel mezcla del culo de Iniesta y la teta de una monja no se debe a ello. Otro por ahí dice que es un loco del volante. ¿Éste? ¡Qué va! El rey del carril central en una carrera de caracoles se quedaría en la Q1. Dejarlo, porque jamás lo adivinaríais. Os lo describiré: es un enamorado de un néctar supremo de color rojizo, macrotextura delicada, punto de reblandecimiento anillo-bola bastante bajo, retrogusto petulante en el cielo del paladar y que según él realza la potencia de cualquier otro alimento elevándolo a la categoría de las estrellas Michelin. Obviamente según esto todo el mundo ya lo sabe. Sí amigos, el Tomate Orlando. Orlando, sólo Orlando, el tomate frito casero de vuestras madres y abuelas es pura bazofia, cómo osáis siquiera compararlo. Sé lo que estáis pensando, yo también creo que es lamentable, pero tristemente es cierto. Reconozco que casi todos los intentos de abrir sus limitadísimos horizontes culinarios han fracasado, aunque espero no rendirme y desengancharle de tal adicción. Supongo que lo lograré, hasta el minuto 93 siempre hay tiempo de tocar la moral.

El siguiente vicio es su forma de vestir, si es que a cubrir su desnudez puede siquiera referirse eso que él hace. Digamos, sutilmente, que el gusto vistiendo se lo contagió Dani Alves; por lo que seguro que lo catalogáis como discreto. No sabemos bien qué le ha dado desde hace un tiempo, pero su daltonismo galopante (rosa y rojo, puñetazo en el ojo) y su poco sentido común que a su lado el payaso de Micolor sea un hombre elegante. Eso un día cualquiera, ya que aprovecha cualquier ocasión para lucir palmito y renovar su fondo de armario cual marujona. Pero nada es comparable a La Prenda. De los creadores de “nada podía ser peor” y de los productores de “bandera en pista a rayas amarillas y rojas” llega el famoso y catatónico pantalón de cuadros de mi ilustre amigo. Tenéis que verlo (aconsejo no desayunar antes), las palabras no hacen justicia a tamaño horror. Aunque reconozco que, aparte de que este gran señor lo viste con lustre, elegancia y altivez, me fascina cómo una prenda de tantos colores y formas diferentes es absolutamente incapaz de combinar con ninguna otra. Aunque mi grandilocuente amigo se empeña una en otra vez en disfrazarse con eso unido a un jersey ¡de rombos de otros colores! y a unos calcetines “a juego” prestados por Jesús Mariñas. Hay que reconocer que huevos le echa un rato, yo así vestido no salgo ni de mi habitación. Chapeau por mi amigo, exporta moda a pesar de lo que digan los demás.

Además, si algo caracteriza también a mi camarada son sus firmes convicciones. Esas mismas que le hacen declararse monárquico a la vez que sueña con la república, estudiar francés a la par que aprovecha cual ocasión que tiene para llamarlos a todos vuelca frutas, vanagloriarse de no dedicar tiempo a los estudios y “mágicamente” aprobar todas, vestirse y comportarse cual miembro de las juventudes del PP cuando dice ser votante de izquierdas, declarar asco absoluto a nuestra amada escuela y luego apuntarse voluntariamente a actividades extraescolares en ella y llegar el primero a clase, poner un blog público narrando al detalle su vida personal y ofenderse de veras si alguien le coge el móvil, dar por culo con quererse ir de viaje solo porque se aburre en casa y cuando tiene la oportunidad de viajar con amigos rajarse completamente, vilipendiar a alguien y luego ser nuevamente su best friend in the whole world… Vamos, igual de firmes que los cimientos de la Torre de Pisa. Bueno, me paro ya, porque seguro que son ejemplos suficientes, y hay que tomarlos con moderación. Ojo cuidado, que aun así, es de los más respetables de cuantos conozco, y defiende siempre sus ideas seas cuáles sean. Que levante la mano quienes como él lo hacen sea cual sea la ocasión (cri cri). Y también, a pesar de ello, da unos consejos bastante buenos, sinceros y muy firmes. La contradicción en estado puro.

Quizás por esa valentía y esos principios que muestra creo firmemente que podría ser un gran político, que es otra de las aficiones que este bellaco tiene. Hay quien compara su atracción a las urnas con la que el gran maestro Julio Iglesias tiene hacia cualquier persona del sexo femenino. Es ver una, y no resistirse. Buenos palos se ha llevado un servidor por no ir nunca a votar, y he de reconocer que son justos. Gracias a este buen compañero, a quien en sus largos debates políticos (zzzzzz…) acompaña otro amigo barbudo nuestro de corte proletario, ha hecho posible que mi limitado conocimiento de la materia alcance campos tiempo atrás insospechados. Eso sí, le recomiendo que se haga mirar porqué todas esas personas cultas que de vez en cuando nombra como si fuesen amigos suyos de toda la vida, siempre me recuerdan a ex jugadores del Real Betis Balompié… Se le augura un buen futuro en el campo político y/o diplomático (sueña con desalojar a Trillo de Londres), y desde aquí le deseo el mayor éxito posible. Desde algún rincón del planeta espero ver su nombre en la prensa (rosa) algún día habiendo hecho algo grande (ser tronista, por ejemplo).

Supongo que esos gustos extraños derivan en parte de su tan mal gusto en otro campo como es el juego de caballeros jugado por animales. Y es que aquí se le ve el plumero a la legua, y se dice seguidor del Trampas FC. ¿Viéndolo alguien diría lo contrario? Supongo que no, su peinado típico de las gentes que pueblan las gradas del Establo le delata. Ahora bien, todavía no me ha pasado ninguna entrada para ver a El Glorioso a pesar de que yo sea seguidor de su incómodo vecino y rival, y eso que las malas lenguas dicen que él estaba al tanto las cuentas en B de Luis El Cabrón. Supongo que es otro de los misterios sin resolver de su dilatada vida; ése y su número de cuenta en Suiza, que explicaría parte sus extensos fondos vilipendiados en los tugurios de ropa, libros y restaurantes excelsos de Madrid.

Otra de sus aficiones, aparte de los apasionantes e interesantísimos mundos de la recolección de sellos y de libros de 2ª mano, es viajar. Le encanta viajar, en business claro; de mi delicado amigo poco menos se presupone. Una de sus ciudades fetiche, a la cual reclama insistentemente como capital del reino, es Toledo. Vive absolutamente prendado de esta muy bonita ciudad (idílica según él), de la que guarda grandes amigos como El Greco, a quien el año pasado fue a visitar unas cuantas veces. Sigo sin entender cómo no fueron al Taco Away, ya que junto con la ilustre villa de Olías del Rey es de lo poco decente que hay en la comarca de La Sagra.

Espero que con este artículo que estoy ahora mismo concluyendo mi excelente amigo y mejor persona se sienta plenamente satisfecho y agradecido por ello, y que perdone a este escritor de más abajo de los confines de Príncipe Pío los comentarios hirientes que haya podido realizar; son todos realizados desde el cariño que se le guarda. Y pensar que hasta hace un tiempo éramos familia… Quien lo diría leyendo esto (o sí, que hay gente pa tó). Todavía no sé incluir la firma digital, pero si no la pondría aquí para que mi demacrado amigo creyese todo lo que le he dicho, por más que él piense que como con otra gente, su relación termina cuando lo hagan los tiempos de esclavitud de caminos en el cercano junio. Si es que hay que ver lo cerrado que es este hombre, la virgen.

Esto es todo amigos, como dirían los Looney Toons. Compañero, muchas felicidades; que tu celebérrimo cumpleaños tenga todas las fanfarrias y bambalinas que te tanto te emocionan, que seas feliz aprendiendo a vivir con todo lo que tienes que es mucho y muy bueno, que no cambies en ciertos aspectos ni un ápice (me encantan los idiotas) y que por fin aprendas de música y tengas siempre alguna canción de Mr. Worldwide que tararear… Espero poder celebrar más años que soy partícipe de tu amistad, un abrazo!!!

One car lost.

viernes, 3 de abril de 2015

XIV

Hoy me toca a mí tomar el relevo de Caronte. Soy Vix, amigo, creo, del dueño de este blog y al que hace unas semanas le pedí que me dejara escribir algo por su cumpleaños, que es mañana, y que lo publicara en el blog bajo mi nombre y total responsabilidad. Agradezco que aceptara y por esa misma razón escribo estas líneas. Mi amigo es una persona que hace un año y pico decidió comenzar a escribir este blog, sin otra voluntad que plasmar en letra, en papel y de manera digital también sus ideas, su visión de la vida y del mundo, y poder tener también una pequeña vía de escape para dar salida a todo su mundo interior. Pero no sólo ha usado el blog para mostrar su mundo interior, sus inquietudes y preocupaciones, también lo ha usado para dar una especie de homenaje a sus amigos escribiendo sobre ellos cada vez que llegaban sus cumpleaños.

Por esto también le pedí que me dejara escribir una cosa y publicarla en su blog, porque mi amigo ha escrito de todos sus amigos, con la mejor voluntad del mundo, consiguiendo, desde mi modesta opinión un resultado más que digno y creo que a ninguno le ha podido molestar nada de lo escrito en esos artículos. Pero hay un problema y es que quién le iba a escribir a él algo. Sé de primera mano que es algo que le hace ilusión pero sus amigos no son muy dados a las letras, son muy de números, como por otra parte corresponde a estudiantes de ingeniería. No es que yo sea un Cela, o un Delibes, ni mucho menos, pero también me gusta algo escribir y además conozco a esta persona desde hace muchos años, y siempre he sabido que siempre ha sido más de letras que de ciencias, lo que pasa es que tomó la decisión de estudiar Ingeniería de Caminos, él piensa que de manera totalmente equivocada, yo creo que por algo la tomaría, quizá el destino guarde para él un papel importante en ese mundo.

Pero bueno empecemos por el principio. A mi amigo le conocí en el colegio, cuando tendríamos doce o trece años, ya no me acuerdo, casi toda la vida, ya que él cumple ahora 24 años. Media vida con este señor de amigo, se hace pesado. Sólo cuando empezamos los dos la universidad es cuando hemos empezado a vernos menos. Aunque de vez en cuando seguimos quedando y contándonos las cosas, más él que yo que siempre he sido más callado. No obstante si lo pienso bien creo que conozco bastante bien y en profundidad la vida de mi amigo. Muchas has sido las cosas, anécdotas e historias que me ha contado desde que está en la universidad, no sé si me vio cara de cura porque a veces tenía la impresión de que me usaba como confesor, cosa que como muestra de confianza agradezco, pero que tras seis años me ha convertido en un baúl de secretos, muchos de los cuales tampoco hubiera pasado nada si no me los cuenta. Menos mal que no compartimos muchos amigos en común, y no conozco en persona a ninguno de sus amigos de la universidad, porque sería difícil mantener la boca cerrada de tantas cosas como me ha contado mi amigo.

Si tengo que ser sincero, y espero que no le moleste leer esto, como creo que él mismo ha sido cada vez que escribía sobre sus amigos, tengo que decir que mi amigo es un poco rarito. Tiene sus manías y una forma de ser un tanto especial. Bueno en realidad es raro de pelota, y perdón por el exabrupto. Esta es la realidad, no me extraña que algunas personas en la universidad con las que, sin ser amigas, tiene relación digan y le consideren, sin haber tenido nunca el valor para decírselo, el raro del grupo. Pero vamos por lo que me cuenta mi amigo, que esa gente le llame raro, con lo que ellos mismos tienen encima, es más para él un piropo y una señal de que está haciendo bien las cosas que algo que le haga sentirse mal. Sí es cierto que durante los primeros años de universidad pasó una época mala sabiéndose o, mejor dicho, considerándose él a sí mismo raro, diferente, un extraño en un mundo de igual o semejantes. Cosa que siempre le dije que era una soberana estupidez porque si todo el mundo fuera igual la vida sería muy aburrida.

Muchas veces le he dicho que si todos fuéramos unos aprovechados de la vida; si todos fuéramos unos hipócritas que criticamos mucho una cosa cuando no somos nosotros los que la hacemos o utilizamos, pero que a la menor oportunidad hacemos uso y disfrute de esa misma cosa intentando que no se nos descubra; si todos vistiéramos igual, con vaqueros todos del mismo corte y color, con los mismos jerséis lisos y de colores suaves, con los mismos polos de tonalidades pastel; si todos leyéramos el mismo tipo de libros; si todos comiéramos el mismo tipo de comida, y nos gustaran el mismo tipo de salsas para las patatas o los langostinos; si todos votáramos como burros con orejeras sin cuestionarnos absolutamente nada al mismo partido político una vez tras otra; si todos nos tomáramos la universidad con la misma intensidad como si fuera lo más importante del mundo cuando sólo es una etapa más en la vida que acaba con una fiesta de disfraces donde te entregan un papel timbrado y firmado por el Jefe del Estado en el que se pone con letra gótica que se es tal o cual cosa; si todos tuviéramos a un papá que nos colocara en su empresa o tuviera conocidos en otros lugares; si todos estuviéramos cortados por el mismo patrón ¿qué sería del mundo? ¡Cuántas tardes habré pasado con mi amigo hablando de esto al principio de la carrera! Sobre todo cuando peor estaba de ánimos y de autoestima.

Para qué negarlo es mejor ser diferente. Es duro, pero a la larga es siempre mejor porque es lo único que nos distinguirá de lo mediocre, de lo común, de lo habitual, de las copias infinitas que parecen ser la moda ahora. Pero esto lo veo yo y me ha costado lo mío hacérselo ver a mi amigo que ahora sí acepta con absoluta normalidad el ser algo más diferente en algunos aspectos a los demás, a esas personas que él siempre consideró como más normales que él y que envidiaba por ello, a esas personas que se convirtieron luego en sus amigos, sin nunca, o el menos es lo que me ha contado, juzgarle, aceptándole siempre tal y como era, y haciéndole ver también, cosa que les agradezco de mi parte, que no era raro. Porque raro y diferente son cosa muy distintas, y hay quien confunde los términos.

Desde que conozco a esta persona muchos son los cambios que ha experimentado y que él mismo ha generado de manera voluntaria. Otros cambios le han llegado a la fuerza, impuestos por el ambiente tóxico de su Escuela, o eso es lo que he terminado por concluir de todas nuestras muchas conversaciones. El cambio más evidente, decidido por él que ocurriera, ha sido físico. Hace tres años este amigo mío estaba gordito, bueno gordo por qué no decirlo. Nunca le gustó su cuerpo, siempre quiso cambiarlo pero también siempre le dio mucha pereza. Yo soy una persona que suele hacer algo de ejercicio durante la semana, o me voy a nadar un par de días entre semana, o los fines de semana me voy a correr o a andar a paso ligero, y muchas veces le dije que me acompañara, pero nunca terminaba echando ganas.

Pero hace un par de años decidió que hasta aquí había llegado, que tenía que cambiar. Y lo hizo. Empezó a controlar las comidas, reduciendo las cantidades pero comiendo de todo. Cambió la bollería industrial por los cereales. Las comidas grasientas por carnes y pescados a la plancha, y verduras rehogadas. Pero ante todo se pudo a hacer ejercicio: natación durante el curso, salir a correr en vacaciones, abdominales casi todas las tardes, etc. Y lo consiguió. Bajó de peso. Adelgazó enormemente, tanto que tuvo que arreglar primero y luego cambiar todo su armario porque la ropa no le valía. Está irreconocible y eso que no he dejado de verle desde hace un montón de años, pero el cambio ha sido radical. Alguna vez que le he preguntado por el porqué desea voluntad de cambio, siempre he recibido la misma respuesta y es que si quería empezar a cambiar las cosas a nivel personal tenía que empezar por su físico que no terminaba por gustarle.

Bueno esto ya lo ha conseguido Lo que pasa es que ahora debería empezar a coger un poco de masa muscular porque ahora mismo no es más que un saco de huesos con algo de carne pegada a ellos. Eso sí según él ha conseguido tener abdominales, que no es que no los tuviera antes, ya que todos tenemos esos músculos, sino que siguiendo los consejos del sabio José María Aznar – sé que esto le va a molestar pero da igual algo de chicha habrá que poner digo yo – ha conseguido tener “tableta” (aunque también digo habrá que verlo porque a un adolescente de estos que se creen que están bueno y muestran sus “músculos” delante del espejo del baño mientras se hacen un selfie con el móvil para colgar en Facebook o Instagram para que las adolescentes suspiren por ellos, también se les notan la tableta de abdominales pero porque están delgados).

Hasta aquí el cambio físico, el más obvio, que no es poco. Pero también ha habido cambios más a nivel personal, íntimo. El entrar en su Escuela, y ojo que como se me escape lo de Facultad puedo acabar colgado de un árbol con las tripas y entrañas saliéndome por el abdomen tras haber sido este rajado para disfrute de las aves carroñeras que sobrevuelen los cielos de Madrid, si es que hay alguna; como digo el entrar en su Escuela supuso muchos cambios. Como digo, el salir de su barrio, cosa que en principio hubiera sido algo muy beneficioso pero que, al menos durante los dos primeros años, le supuso un duro golpe en su concepción de la vida y del mundo. También es cierto que a la larga esa salida de su barrio ha sido lo mejor que le ha pasado, por lo que he podido comprobar con mis propios ojos y por lo que él mismo me ha contado (aunque esta salida haya supuesto que no nos veamos todo lo que nos gustaría, cosa que no tiene por qué ser nada mala). Desde aquellos primeros años de universidad hasta este, el último de ellos, muchas han sido las cosas que ha vivido, buenas y malas, alegres, tristes, penosas y en algún caso destructivas. Pero son cosas de la vida. La cuestión es que si físicamente mi amigo ha cambiado bastante, también se personalidad lo ha hecho.

Antes de entrar en la universidad era una persona algo introvertida, le costaba mucho empezar a conocer a la gente, hacer amigos, relacionarse en general con otras personas. Sólo si la relación con otras personas se comenzaba porque yo u otras personas con las que previamente tenía contacto lo hacíamos él se unía y terminaba siendo una persona amigable y en cierto modo sociable. Esto sí que le trajo muchos problemas al entrar en la universidad y darse cuenta que apenas tenía amigos, quizá yo solamente, y ver cómo toda la gente con la que empezaba a relacionarse tenía círculos externos a la Escuela con los que hacían cosas los fines de semana, o parejas con las que quedar. Compararse con esos nuevos compañeros, algunos de los cuáles luego sería sus amigos, le hizo ir creando una bola de ansiedad que terminó estallando en un viaje de prácticas en Valencia. Y a partir de ese momento entró en un túnel oscuro. Un túnel hacia las profundidades de su propio ser, de su propia personalidad. Un túnel de falta de autoestima, de falta de ganas por ir a la universidad y de falta de ilusión por nada. Túnel que se agravó y profundizó con el asunto de no tener pareja algo que le persigue constantemente y del que, aunque diga que ahora lo tiene algo más asumido y controlado, creo que sigue tocándole mucho la moral.

Pero con la ayuda de su familia, de sus amigos de la universidad, estos últimos con un peso importante en todo este asunto ya que según me ha contado con cierta emoción y alegría contenida han sido uno de los apoyos más firmes que ha tenido; y supongo que también con mi ayuda aunque muchas veces lo único que he hecho ha sido escuchar, nada más, porque en el fondo lo que muchas veces mi amigo necesitaba era ser escuchado, sin más, y comprendido, sobre todo esto último; con toda esta ayuda y apoyo consiguió poco a poco ir viendo la luz final del túnel y terminar por salir de él, aunque también haya habido momentos de tropiezo después. Pero ¿quién no tiene momentos malos a lo largo del año? Quien afirme esto último no sabe lo que dice y tiene una vida más que vacía. Siempre le he dicho a mi amigo que la vida en el fondo es esto que ha vivido, pero con diferentes intensidades. La vida es sufrimiento, es alegría, es dolor, es amor, es odio, es pasarlo mal, y pasarlo de puta madre también. Y quien no vive emociones confrontadas no vive al fin y al cabo.

Todo esto que ha vivido le ha dejado algo dentro de él. No es la misma persona que entró en la universidad hace seis años. Ha cambiado, pero no quiero decir si para bien o para mal, porque tampoco lo sé, sólo el tiempo, el más viejo y sabio de cuantos acompañantes vitales tiene un hombre a lo largo de su vida, podrá decir si los cambios a nivel personal, íntimos, de carácter, que ha tenido en estos seis años de forjado universitario han servido para armar un carácter definitivo y definitorio. Ahora es algo más egoísta, y lo digo como lo siento. Egoísta en el sentido de que ha empezado a pensar más en sí mismo que en los demás, en sentirse bien él y hacer siempre aquello que desee antes de cualquier otra cosa. También es algo más abierto a la hora de conocer gente y de relacionarse con sus compañeros de clase, con los que le cae bien, con los que le caen mal y con los que ni una cosa ni la otra. Esto puede ser considerado como algo hipócrita, y lo es, pero por lo que me ha ido contando en estos seis años, es lo que se lleva en su carrera: la hipocresía y el cinismo, y a veces hay que adaptarse a ello. Sé que no le gusta ser así, pero casi mejor para tratar a personas que miran por encima del hombro.

Sin embargo sigue sin haber cambiado una cosa, y es que sigue siendo muy cerrado de mente; cerrado en el sentido de que le cuesta mucho asumir riesgos, asumir retos, cambiar un plan que tenía preestablecido en su cabeza por algo que surja de la nada. Y esto es algo que no es bueno. Muchas veces le digo, muchas veces sin aplicarme yo el mismo cuento, que no puede estar siempre tan ceñido a unos planes, a un horario, que en el fondo no son tales y no existen, que son simplemente una especie de normas que él mismo se auto impone y de las que es muy difícil sacarle. Por ejemplo si tenía pensado cenar en su casa, o comer, o llevar a su madre al trabajo. le cuesta mucho cambiar esa mentalidad; le cuesta mucho si alguien dice de comer por ahí aceptar ese plan porque piensa que está faltando a algo, o si un amigo le dice de quedar un domingo por la tarde tampoco suele aceptar por el hecho de tener clase al día siguiente. No se puede ser así, tan cerrado de mente, sobre todo para los asuntos personales. No se puede vivir tan pegado a unos planes pensando que si te los saltas estás cometiendo un grave delito. Hay que vivir la vida y eso supone básicamente improvisar día a día. No se puede vivir supeditado a una especia de normas, porque quizá esas normas ficticias nos están impidiendo descubrir algo que merece la pena.

Y es que ser tan cerrado en estos temas es peligroso. A mi amigo le pesa mucho en su forma de ser, en sus ánimos, el hecho de no tener pareja, cosa que le pasa a mucha gente, pero que a él le agravó mucho la gran crisis de personalidad que tuvo hace un tiempo. Pero si no se abre un poco, si no acepta el libre albedrío de la vida: que no todo puede estar medido, contado, cronometrado y fijado de antemano, nunca va a tener pareja, y lo digo aunque parezca y sea duro. Aunque no sólo depende de esto último. También debe cambiar él mismo algo su manera de ser y sobre todo dejar de tener miedo. Miedo es lo que arguye. Ese miedo es el que le lleva a poner siempre excusas para no terminar de aceptar los consejos de sus amigos. “¿Y miedo de qué?” Le pregunté hace poco. No me supo contestar a la primera, estuvo pensando, dándome largas, vagas razones que no eran verdad. Pero de pronto me dijo que sentía miedo no a hablarle a alguna chica que le gusta, o incluso a decirle directamente eso. Más bien diente miedo de no amar, de no saber amar, de no sentir nunca que una chica le ama; de no sentir nunca pasión por una chica, esa pasión que desarma a los seres humanos y les vuelve vulnerables; esa pasión irracional. Tiene miedo a no encontrar el amor que busca, y a no cumplir sus propias expectativas puestas en el hecho de tener pareja. Y yo le digo que lo que realmente le pasa no es que tenga miedo de todo eso, es que tiene miedo de equivocarse. Pero es que las equivocaciones son una cosa más de la vida. Dice un proverbio hindú: a veces se gana y otras veces se aprende. Por esto siempre intento decirle que o se atreve en algún momento, más pronto que tarde, y hace algo de todo lo que sus amigos le llevan aconsejando mucho tiempo, o empieza a asumir que la vida seguirá pasando y seguirá solo, sin pareja, sin siquiera acercarse a las puertas de la felicidad y del amor (aunque a veces tras esas puertas no sea todo siempre de color de rosa).

Pero vayamos a otros aspectos. Mi amigo es un grandísimo amante de la música clásica, quizá por ello también es considerado un rarito. Pero es algo que le da igual. Cada vez que se pone a escuchar música clásica es capaz de evadirse totalmente. Cualquier problema que tenga desaparece, al menos momentáneamente si se pone a escuchar sus piezas musicales preferidas. Lleva años sin perderse el Concierto de Año Nuevo de Viena, y sueña con ir allí a vivirlo en directo algún que otro años; y estoy seguro que algún día estará allí. Me acuerdo todavía de cuando me dijo que si le quería acompañar a ver uno de los eventos musicales más importantes que se iban a dar en Madrid hace un par de veranos. Y es que la cuestión era que tocaba en el Teatro Real la Orquesta Filarmónica de Berlín, bajo la batuta de Sir Simon Rattle, una de las piezas más famosas del mundo: la Novena Sinfonía de Beethoven. ¿Qué más puede pedir un amante de la música? Pues según sus propias palabras nada. Y no fue para menos, durante el concierto, que vimos desde la última fila del gallinero del Teatro Real, mi amigo entró varias veces en trance escuchando varios compases de la sinfonía. Pero esto también tiene su toque friki, porque hace ya un tiempo me confesó que a veces sólo en su habitación se pone música clásica y con un palillo chino que cogió de un restaurante por batuta, se pone a dirigir una orquesta ficticia y fantasma (espero que no se enfade por destapar este pequeño secretillo).

Otra de sus grandes pasiones son las letras. La lectura le apasiona, vamos casi diría yo que le obsesiona. El año pasado sin ir más lejos me dijo que se leyó sesenta libros, lo que si no me fallan las cuentas son unos cinco libros al mes. Una barbaridad. Cada vez que hablamos de literatura me asombra ver la gran variedad de géneros y autores que toca. Siempre están presentes sus favoritos: Eduardo Mendoza, Muñoz Molina, Paul Auster, Vargas Llosa, Le Carré, y últimamente también Marías, Graham Greene, McEwan o Javier Reverte. Una vez me dijo que quizá el germen de esa pasión por la literatura, el origen de ese magnetismo brutal hacia los libros fue uno que leyó en sexto de primaria, “Finis Mundi” creo recordar que me dijo, que le dejó muy marcado y le descubrió que los libros contienen tantos mundos como lectores hay en la Tierra. A veces también me dice, con algo de melancólica tristeza que no va a tener tiempo de leer en vida todo aquello que quisiera, que llegará un momento en que se dará cuenta que habrá miles de historias que dejará sin leer y deberá decidir, cosa que no quiere ni plantearse.

Pero, como ya comenté al principio, las letras también le gustan ahora por la otra faceta: la de escribirlas. Por esta razón creó el blog que hoy secuestro para publicar estas líneas. Escribe y le gusta. Otra cosa es que lo que escriba interese a alguien o incluso esté bien escrito. Al menos lo intenta. Ahora está con una historia que según se le ha ido un poco de las manos porque no pensaba que se le fuera a extender tanto, pero bueno en el fondo es lo que siempre me ha dicho desde que comenzó este blog: su mayor ilusión es llegar algún día a escribir un libro. Simplemente eso escribirlo, ni tan siquiera publicarlo. Piensa que no tiene talento ni madera de escritor que está muy contaminado por su carrera de números, pero si tengo que ser sincero sí ha habido cosas que ha publicado que han merecido la pena. Sé que en el fondo por encima de cualquier otra cosa, le haría ilusión poder ser algún día escritor, más que como profesión como hobbie y complemento a su actividad profesional, y poder alguna vez firmar libros en el Retiro durante la Feria del Libro. Yo le digo que persiga ese sueño, esa ilusión, y que tenga en cuenta que el único Nobel que tiene su Escuela y su Universidad es de Literatura: Don José de Echegaray; y además uno de los más influyentes escritores españoles del último siglo también fue Ingeniero: Don Juan Benet.

No me gustaría terminar este pequeño y humilde homenaje a mi amigo sin hablar de probablemente su gran pasión: Londres. Desde que fue por primera vez hace ya casi diez años siempre ha deseado volver, y lo hizo hace unos cuantos. Siempre dice que no se habrá enamorado nunca de una chica, que ya llegará el día seguro, pero sí se ha enamorado locamente de Londres. Es su gran amor. Todo en aquella ciudad le vuelve loco, le entusiasma, le gusta y le ilusiona. Estaría visitando Londres todos los años aunque fuera un fin de semana. Recorrería sus calles sin cesar como un vagabundo sin rumbo ni objetivo alguno en la vida más que andar y andar y andar. Se sentaría en las hamacas de cualquiera de sus parques a ver como muere el día, a ver a los niños jugar con sus padres, a las parejas amarse, y a los abuelitos dar un paseo recordando probablemente momentos pasados vividos con mucha intensidad. Me dice muchas veces que Londres tiene algo que no sabe explicar, algo magnético. También dice que no cambiaría Madrid por nada, pero que si lo tuviera que hacer, sólo sería feliz en Londres.

Bueno creo que ya es hora de acabar, porque si no me va a matar mi amigo Caronte. Bastante le estoy hurtando del blog ya. Sólo me quedar decir que espero vivir muchos cumpleaños suyos más, quizá no escribiendo algo sobre él porque esto se hace una vez y no más, pero sí como amigos. Espero que lo escrito le guste porque a mí me ha costado lo mío poder escribir estas líneas, no me extraña que me diga que no es fácil escribir por mucho que tengas dentro que contar, y no me extraña tampoco que admire a todos esos escritores que publican libros, de calidad más o menos decente, como rosquillas. Después de esto yo también admiraré a quien es capaz de escribir con coherencia algo. Espero haber contribuido, aunque me haya adelantado unas horas a su cumpleaños, a hacérselo pasar menos aburrido y anodino de lo normal. Sé que el artículo le hará ilusión porque así me lo ha dejado caer ya un par de veces diciendo con melancolía que él escribe de todos sus amigos, porque les aprecia y les quiere, sin ninguna intención más que la de hacerles un regalo algo más personal y divertido. Acabo ya, habría mucho más que decir pero con esto es más que suficiente. Feliz cumpleaños amigo.

P.S.: El otro día el muy cretino va y me dice la mayor gilipollez que me ha soltado en mucho tiempo. Y es que va y me suelta que se apuesta conmigo que si dentro de 25 años sigue viendo a sus amigos y teniendo relación con ellos me invita a una cena en el mejor restaurante de Madrid. Me quedé alucinado. Parece ser que no tiene esperanza ninguna a que cuando acabe la carrera tenga relación con sus amigos de la Escuela. Soberana estupidez. Basa esta conclusión en que si ahora que se ven todos los días quedan a tomar algo, o para hacer cosas juntos, de higos a brevas, si es que quedan en algún momento, en cuanto acabe la carrera y su relación diaria, poco se van a ver. Lo que hay que oír de vez en cuando. A ver si se echa novia de una vez y deja de soltar imbecilidades, y ella le mete en vereda soltándole un par de guantazos cada vez que diga algo sin sentido.

Vix.

jueves, 2 de abril de 2015

El Vals del Emperador (XIV)

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Era cierto, estaban ya sobrevolando los suburbios de Viena. El incidente del crío de las patadas había hecho que el tiempo volara, nuca mejor dicho, y que sin apenas ellos darse cuenta el avión había descendido ya bastante, tanto como para vislumbrar nítidamente, y como al alcance la de la mano, los coches que circulaban por las carreteras y los edificios residenciales de las afueras. Pronto se encendieron las luces que indican que los pasajeros se pongan los cinturones de seguridad porque en unos minutos el avión tomaría ya tierra en el Aeropuerto de Viena. Todo el pasaje obedeció de inmediato, replegando las bandejas, dejando lo que estuvieran haciendo, poniendo en posición vertical los asientos y subiendo a los portaequipajes las cosa que habían sacado durante el viaje.

Él por el contrario, tras haberse abrochado el cinturón volvió a mirar por la ventana. Eran los momentos que más le gustaban. Ver cómo el avión iba poco a poco perdiendo altitud casi sin darse cuenta le emocionaba y a la vez siempre le traía una especie de miedo escénico a la realidad de encontrarse tan lejos de Madrid, de su vida, de su mundo, de su casa y de sus costumbres. Pero aquel viaje era diferente, iba con Anna, estaba cumpliendo un sueño, o eso mismo creía él, se sentía ilusionado por pasar tanto los últimos días del año que ya estaba muriendo, como los primeros del año que nacería en unas cuantas horas en Viena. Muchas cosas se le pasaban por la cabeza mientras veía por la ventanilla el Palacio de Schonbrunn, quieto, estático y majestuoso como un gran lingote de oro puesto en medio de una gran alfombra verde, rodeado de jardines bien cuidados de formas geométricas fantasiosas dignas de emperadores. Muchos eran los planes que tenía en mente para esos días en Viena. Quería hacer muchas cosas con Anna y eso le generaba tanto ilusión como miedo y vértigo.

El piloto del avión anunció por megafonía que se disponían a tomar tierra en el aeropuerto de Viena. Él volvió a coger la mano de Anna para intentar tranquilizarla, ya que en los últimos minutos se había quedado muy callada y tranquila, muy inmóvil también totalmente recta en el asiento, con la cabeza apoyada en el reposacabezas y con los ojos cerrados. Él notaba su respiración algo más acelerada que de costumbre. Veía claramente como su pecho ascendía y descendía a medida que ella respirada hondo para intentar calmar sus nervios. Al notar la mano de él que le cogía la suya, Anna se dejó hacer y apretó firmemente la mano que venía en su ayuda en forma de apoyo. Los nervios, el miedo y la intranquilidad de ella contrastaban con el semblante de él. Desde siempre el momento del aterrizaje le había asombrado y entusiasmado. Siempre había sentido una grandísima curiosidad, nunca resuelta por otro lado, sobre el por qué un bicho tan grande de aluminio y acero podía volar de manera tan sutil e ingrávida superando y venciendo a la fuerza de la gravedad. Esa gran lucha entre el hombre y la naturaleza se veía claramente en el despegue y aterrizaje de los aviones.

Muchas veces cuando era un estudiante universitario se marchaba con el coche a Paracuellos, un pueblo que hay cerca de Madrid, desde donde se tienen probablemente las mejores vistas del aeropuerto de la capital de España, para ver despegar y aterrizar a esos enormes pájaros creados por el ingenio humano y vencer las fuerzas de la naturaleza. Podía pasarse mucho tiempo allí parado, apoyado en una barandilla sucia y oxidada, con rastros de pintura verde o blanca o azul que intentó en su día darle un aire más amable. Desde aquella barandilla, apoyado en ella, o a veces también sentado en un banco que miraba hacía la llanura donde se ubica el aeropuerto, veía cómo se elevaban en el aire los aviones. En aquel parque perdido de Paracuellos, viendo esas máquinas emprender el vuelo, conteniendo en su interior a decenas de personas que iniciaban un viaje con ilusión, esperanza o alegría; que se marchaban de vacaciones a paraísos de arena blanca y aguas azuladas, o a viejas ciudades amuralladas de la India, o a modernas urbes que intentan no perder su pasado histórico en la vorágine del mundo; personas que se marchan por trabajo deseando volver cuando ni tan siquiera están todavía sentados en sus asientos, echando de menos ya a sus parejas que se tienen que quedar y seguir haciendo sus vidas, con la duda también de qué pasa en su ausencia; personas que quizá se marchan con la melancolía que generan los viajes acrecentada por el hecho de que no se marchan de viaje, ya sea de placer o trabajo, sino por obligación, como emigrantes modernos en una Europa que dice que no tiene fronteras pero que siempre pondrá la etiqueta de extranjero a cualquiera que no sea francés en Francia, o sueco en Suecia; personas que quizá cojan un avión obligadas, que acuden a la llamada de un familiar que se encuentra en apuros detenido por la policía en un país sudamericano confundido con un camello, o muriéndose en un hospital de una provincia perdida de Rusia.

Cada vez que iba a Paracuellos para ver despegar a los aviones lo hacía también para imaginar que él mismo se marchaba de allí, de su casa, de su vida en aquel momento. Una vida que no le ilusionaba, a la que no encontraba sentido, en la que se encontraba demasiado solo. Muchas veces se le pasó por la cabeza en su época universitaria dejar todo y empezar de nuevo lejos de todo aquello que él consideraba que le ataba a su vida. Veía a su alrededor que todo el mundo iba poco a poco concretando su vida, cómo sus amigos de la universidad empezaban a hacer planes de futuro y a echarse novia, o a cambiar de pareja si las cosas no iban bien, mientras que él seguía un camino erróneo que no terminaba de llenarle y que no le gustaba del todo. Pero no quería dejarlo, no podía dejarlo mejor dicho. Siempre que pensaba en ello se decía también que sus padres habían luchado mucho porque él estuviera en la universidad, por que fuera feliz y por que hiciera aquello que le gustara. Por esto no podía defraudarles, por eso siguió adelante con su vida, sin cambiar ni un ápice de todo aquello. Se puso un yugo al cuello que no desapareció hasta que por desgracia sus padres murieron en aquel accidente de tráfico.

Ver cómo ahora estaban a punto de llegar a Viena hizo que todos esos recuerdos de todas esas mañanas o tardes de domingo o de sábado en que se iba a Paracuellos a ver llegar y salir sueños y vidas de Madrid le vinieron a la mente mientras miraba por la ventanilla como la tierra se iba acercando y el paisaje se aceleraba cada vez más, y mientras tenía cogida de la mano a Anna. Ya la pista estaba debajo de ellos, sólo faltaba que el pesado pájaro metálico posara sus pequeñas patas neumáticas sobre el asfalto. Notó el pequeño y sutil golpe contra la pista y cómo instantáneamente las alas del aparato se desplegaron para frenar la gran velocidad que llevaban. Ese era otra de las grandes sensaciones que recordaba siempre de volar: la desaceleración tan rápida que se producía en el avión justo un segundo después de que las ruedas tocaran tierra. Acababan de llegar a Viena, y como había pronosticado el piloto cuando estaban sobrevolando Francia, los cienos vienesas les recibían con su mejor cara, con su luz más radiante y cálida, con su azul de las mejores ocasiones. En ese momento él terminó por darse cuenta de lo que empezaba, del viaje que estaba a punto de convertirse en una realidad tangible, más que una mera realidad lejana todavía cuando estaban en el aire. El miedo previo que le agarrotaba el estómago desapareció por completo. Ya sólo quería disfrutar de Viena con Anna.

Una vez el avión estuvo completamente parado en su correspondiente punto de atraque, uno de esos brazos mecánicos tan típicos de los aeropuertos se acercó hasta la puerta delantera del avión para crear una pasarela que comunicara la aeronave de la terminal. Como estaban en la zona business fueron de los primeros en salir. Bajaron su equipaje de mano que apenas consistía en una pequeña mochila de piel que él llevaba al hombro, que desde tiempos inmemoriales le había acompañado en todos sus viajes, y en la que guardaba una cámara de fotos, el correspondiente mapa de la ciudad a la que llegaba, unos cuantos caramelos de frutas y un bloc de notas y un bolígrafo bic azul con los que poder apuntar en cualquier momento cualquier cosa que se le pasara por la mente y creyera él conveniente apuntar. Salieron del avión acompañados del señor mayor que había hecho todo el vuelo sentado con ellos y que había compartido la historia de su vida de manera abierta y sincera.

– Ya estamos en Viena, mi casa y su destino de vacaciones, me temo. – Dijo Javier a la vez que atravesaban los pocos metros de pasillo del avión que les separaban de la puerta delantera por la que accederían a la terminal de llegadas del aeropuerto de Viena.
– Sí, por fin. Ya tenía ganas de llegar. Los vuelos siempre me terminan por poner algo nerviosa, no por el hecho de volar en sí, sino por alcanzar mi destino. – Dijo Anna que iba algo adelantada de su acompañante con Javier.
– Si siempre que se comienza un viaje se tiene mucha ilusión por él. Ilusión que a medida que nos acercamos a nuestro destino puede mutar en ansiedad por comenzar realmente el viaje en nuestro destino. – Siguió Javier diciendo.
– La verdad es que tampoco es que vayamos a estar mucho tiempo en Viena. Sólo hasta el día tres que es cuando tenernos los billetes de vuelta, también a primera hora de la mañana. – Se aventuró él a decir desde detrás de Anna y Javier.
– Las mejores estancias en Viena son las cortas, créame. Se disfruta más de la belleza de esta ciudad. Aunque a mí Viena me encanta, llevo ya muchos años sin disfrutar de ella. Llevo mucho aquí como para que me siga pareciendo tan espectacular como cuando llegué. – Apuntó Javier dejándose caer un poco a su altura para no sonar distante.
– ¿Cuánto tiempo tiene pensado quedarse en Viena esta vez? O mejor dicho, ¿cuándo vuelve a España a visitar a sus hijas? – Preguntó Anna con sincero interés, sin pretender entrometerse demasiado la vida del viejo.
– Eso nunca lo sé señorita. Puede ser unas semanas, un mes, o quizá más tiempo. Mis hijas siempre me están diciendo que me vaya ya definitivamente a España, pero no puedo dejar aquí sola a Hannah. La hice una promesa y pienso cumplirla. – Dijo Javier volviendo a dirigirse a Anna.
– Es muy bonito por su parte mantener ese recuerdo de su mujer y esa gran fidelidad al amor que tuvieron. – Dijo ella cogiéndose del brazo del viejo como si fuera alguien familiar a quien conociera desde hacía mucho tiempo, como si fuera su propio abuelo.

Continuaron caminando los tres juntos hacia la zona de recogida de equipajes. Pasaron pasillos blancos, de paredes lisas y sin apenas publicidad, sólo carteles de bienvenida en varios idiomas. Carteles que mostraban de fondo fotografías e imágenes mundialmente famosas de Viena y en la que una joven muchacha vestida de azafata de la aerolínea de bandera austríaca sonreía a los recién llegados. A través de las cristaleras de la terminal veían las pistas del aeropuerto en las que no paraban de moverse aviones, con asombrosa lentitud para la que luego llevan en el aire. Alguna que otra persona les adelantaba con prisa, como queriendo llegar antes a destino, sin pararse a pensar que todos al final van al mismo sitio que es a recoger su equipaje, y que el tiempo de espera pasa a estar en mano del destino y la suerte que haga que las primeras maletas que aparezcan por la cinta transportadora sean las propias y se puedan coger y salir pitando hacia la puerta de llegadas tras la cual es probable que haya gente esperando a sus familiares después de un viaje de placer, o de un semestre estudiando fuera, o de un viaje de trabajo que se ha alargado más de lo esperado.

Llegaron a la zona de recogida de equipajes, y Anna y Javier seguían hablando animadamente. Él se desentendió de la conversación y pasó a estar pendiente del equipaje. Quería que saliera lo más rápido posible para poder despedirse del viejo del todo, probablemente para no volver a verse jamás, para olvidarse de él y convertirlo en un mero recuerdo de su viaje con Anna. Sabía que no tenía por qué pensar así, que haciéndolo solo mostraba su lado más egoísta, más celoso quizá, ese lado que muchas veces era más fuerte que su lado comprensivo y generoso, humanista casi.

No tardaron en salir sus maletas, de hecho fueron casi de las primeras. Todo un alivio para él que lo único que quería ya era llegar a su hotel, comer y empezar a enseñar la ciudad Anna. Se despidieron de Javier que todavía seguía esperando su maleta, diciendo que tenían algo de prisa por llegar a su destino ya que tenían una agenda algo apretada durante esos días, cosa que era mentira. Anna abrazó al hombre con cariño y le plantó dos sonoros besos en sus mejillas, mientras que Javier, además de recibir estas muestras de cariño sincero, cogió la mano de Anna y llevándosela a los labios planto sobre su dorso un gentil beso. Él por su parte sacó su lado más educado y amable y le estrechó con fuerza y firmeza la mano al caballero. Muy probablemente no se volverían a encontrar nunca más, es lo que tienen ese tipo de encuentros, que no se suelen dar muy a menudo tampoco pero que pueden resultar de lo más estimulantes y sorprendentes.

Una vez tuvieron con ellos las maletas se dirigieron hacia las puertas de salida del aeropuerto. Pasaron por delante de cafeterías llenas de viajeros en espera de que su vuelo estuviera listo para partir, solos o acompañados, todos ellos ilusionados, contentos, felices. Pasaron también por delante de las típicas tiendas de los aeropuertos, iguales en todas las partes del mundo, equiparadas todas por la globalización del planeta, del comercio y de las sociedades. Poco había cambiado en el aeropuerto de Viena desde la primera vez que él estuvo allí con sus padres hacía tantos años. Seguía tan blanco como siempre, parecía nuevo cada vez que llegaba, se nota que los austríacos son germánicos y que les gusta que todo esté bien hecho siempre. Camino de la salida le señaló a Anna tres de las cosas de las que se iba a hartar a ver en ese viaje en las tiendas de toda Viena: recuerdos de Mozart, de Sisí Emperatriz y del cuadro de El Beso de Klimt.

Por fin llegaron a las puertas que separan la zona internacional de los aeropuertos de la zona nacional. Esas puertas casi siempre correderas, generalmente opacas o translúcidas, que dividen en dos mundos los aeropuertos: el mundo del territorio nacional del país donde se ubica el aeropuerto y la zona de tránsito internacional donde no hay leyes que rijan el devenir del mundo. Si en el control de pasaportes de acceso a un país no te dan el visto bueno no puedes entrar, pero tampoco puedes salir porque se está en un limbo terrenal. Ver esas puertas y disponerse a cruzarlas con Anna le apetecía muchísimo, pero también le traía a la mente recuerdos de otros viajes, sobre todo fuera de Europa donde antes de poder pisar el suelo de destino tenía que someterse al chequeo de su pasaporte por el correspondiente funcionario o policía, generalmente de mal humor por tener que estar haciendo ese trabajo, metido generalmente en pequeños cubículos separados de la gente por una pared de cristal o metacrilato, ojeando constantemente los documentos de identidad de miles de personas al día, comprobando que las fotos de carnés o pasaportes se corresponden con la persona que sonríe amablemente y saluda intentando hacerlo en el idioma del país al que acaba de llegar, mostrando una cordialidad un tanto absurda y estúpida, que lo único que acaba generando es una especia de resentimiento por la raza humana y su comportamiento. Esos funcionarios uniformados que quizá empiezan su jornada con ilusión, pero que a medida que pasan los rostros, negros, blancos, amarillos, con barba, calvos, albinos, mujeres, niños, hindús con turbante, árabes con sus chilabas, se acaban cansando y se convierten en  puros autómatas de la comprobación, como si fueran ordenadores a los que se les encarga una tarea que cumplen sin distracción. Esos funcionarios que amparándose en su idioma podrán criticar, insultar y reírse con total impunidad de los turistas que llegan bromeando con el compañero que se encuentra en el cubículo de al lado. Por suerte en Europa no pasa eso, por lo menos para los viajeros de otros países del continente, y por tanto evitan ser escrutados por miradas ausentes, o lascivas, o criminales, o recriminatorias, o amargadas de los funcionarios austríacos que sí deberán hacerlo con otros muchos miles de pasajeros que llegan a Viena.

Una vez que tanto él como Anna atravesaron las puertas que separan ambos mundos, estaban ya en Viena literalmente hablando. Entre la multitud que siempre se agolpa al otro lado de esas puertas estaba un hombre alto, rubio y fuerte, un austríaco de pura cepa, uniformado con una traje negro con camisa gris y corbata también negra, les estaba esperando con un pequeño cartel plastificado en sus manos con los apellidos de él impresos en grandes letras negras, bajo el gran logotipo del Hotel en el que se iban a hospedar: el Hotel Sacher.


Caronte.

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miércoles, 1 de abril de 2015

¿Quiénes somos?

Una de las preguntas que los seres humanos nos hemos hecho a lo largo de toda nuestra existencia, desde que el primer homínido empezó a razonar y a intentar buscar respuestas al mundo y a los fenómenos que le rodeaban, y que por norma general siempre quedaba sin respuesta, no por no haber indagado lo suficiente en busca de la solución a la misma sino por no haberla encontrado después de toda una vida vivida alrededor de esa cuestión, es la de ¿quiénes somos? Puede resultar sencillo encontrar la solución a esta pregunta compuesta por un enunciado aparentemente simple, sólo está formada por dos palabras (al menos en español). Pero lo que entraña la pregunta pocas veces ha silo iluminado por la sabiduría individual de cada persona que alguna vez se la haya planteado y haya decido encontrar la respuesta a la misma.

El ser humano desde sus primeros inicios: desde que dejó de preocuparse simplemente por sobrevivir en el mundo, por buscar alimento para su sustento diario y el de su familia, o por satisfacer sus necesidades más básicas, irracionales y primarias, se ha hecho siempre esta pregunta. Según las épocas en las que la humanidad se encontrara, el hombre ha estado más cerca de encontrar una respuesta, pero casi nunca se ha llegado a alcanzar la respuesta total y verdadera a dicha cuestión. No quiero atreverme a decir que nadie haya encontrado la respuesta a esta pregunta, porque muy probablemente sí que haya habido seres humanos, hombres y mujeres, a lo largo de los siglos y los milenios que consiguieran encontrar una respuesta a ese misterio ancestral al menos a nivel personal.

La filosofía desde su nacimiento también ha intentado siempre buscar una respuesta general para cada época a esa pregunta. Pero por muy intensos que hayan sido los esfuerzos, por muchos que hayan sido los filósofos de cada corriente y rama de la propia filosofía a lo largo de los siglos, desde que naciera en la Grecia clásica, no en ese intento de vieja gloria en que se ha convertido la Grecia actual oprimida y sometida al yugo esclavizador del capitalismo más voraz y hambriento de dinero obtenido de cualquier manera y sin mirar qué consecuencias tienen los métodos que se emplean para conseguir ese enriquecimiento que tanto anhelan los defensores a ultranza de ese sistema que se ha visto fallido al menos en su concepción actual, no se ha logrado nunca obtener una respuesta precisa a la gran pregunta que nos lleva golpeando es espíritu siglos.

Sin embargo hace ya mucho tiempo que el hombre no busca esa respuesta, porque ni siquiera se hace la pregunta. Se ha simplificado la cuestión. Y todo porque se ha desprestigiado a la filosofía. Se ha dejado de lado una ciencia, una materia, que yo al menos juzgo fundamental para el correcto desarrollo de los seres humanos, de su personalidad, su humanidad, su ética y su moral. Ya no se piensa igual, ya no nos importa saber quiénes somos. El hombre moderno decidió no pensar y casi siempre a la pregunta de “¿quién soy?” se responde con un nombre y unos apellidos. Con eso le basta. También es posible que haya gente que añada una profesión, o un cargo, o incluso lo que gana, el coche que tiene o dónde vive. Pero ninguna de estas respuestas sirve. Son meros placebos que el ser humano inventó y consideró suficientes para no comerse la cabeza; son excusas, muchas de ellas materialistas, que por desgracia nos creemos. Las decimos automáticamente y nos las creemos, que es peor. Llevamos muchas décadas, siglos me atrevería a decir, con contadas excepciones muy raras eso sí, asumiendo que somos lo que hacemos, que somos nuestros nombres, nuestros coches, nuestras profesiones. ¿De verdad que nadie se pregunta nada más?

Ahora a la pregunta de ¿quién eres?, el interpelado responderá dando su primero nombre “Pues soy Fulanito de Tal y Cual”, al que acompañará muy probablemente su profesión, ya sea ingeniero, periodista, camarero, filósofo se atreverá a decir quien haya estudiado esa carrera sin saber que por tener colgado en una pared de una casa un papel firmado por un señor que se supone el Jefe del Estado y que asegura que ha estudiado tal carrera no le convierte en lo que esa carrera supone, o quizá médico o piloto de avión. Muy probablemente a la pregunta también se responda con la edad, con el estado civil (uno de los múltiples que ahora pueden darse y que en el fondo no son más que dos, o con alguien o solo), con el lugar donde esté viviendo el preguntado, quizá también el lugar en que nació si no coincide con el anterior. Los más presuntuosos, que también son los más necios, también añadirán datos mucho más irrelevantes y todavía más lejanos a la respuesta verdadera a la pregunta. ¿Pero es esta la respuesta a la pregunta? Mi opinión es clara: no. Por supuesto que no es esta la respuesta. Esta respuesta de Fulanito es válida para el “¿cómo te llamas?”, el “¿en qué trabajas?”, o el “¿de dónde eres?”, pero poco más. Estas respuestas vagas, vacías de contenido y superficiales nada tienen que ver con quiénes somos de verdad.

Es probable que hacerme yo esta pregunta no me lleve más que a comerme la cabeza y a obsesionarme con encontrar una respuesta correcta a la pregunta de ¿quién soy?, pero es que es una respuesta que necesito, no ya ahora mismo, cuando se supone que estoy en proceso todavía de generar un ser un “yo mismo” que todavía no es más que un proyecto, pero sí en mi vida. No soy una persona que se conforme con el día de mañana decir que soy ingeniero de caminos, porque en el fondo eso sólo lo dirá, como he dicho antes, un papel timbrado con la firma del Rey, el Rector de mi Universidad y el Director de mi Escuela, en el que pondrá que soy titulado en Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, y nada más. Con eso no me bastará poder decir que soy alguien, o para poder decir quién soy. Es más no quiero que me baste con eso. No quiero ser Menganito de Tal, Ingeniero de...No soy eso, ni quiero serlo, no ya porque no me guste, o no quiera formar parte de un mundo que estoy viendo está totalmente corrompido por dentro y que es casi una secta en la que lo que pasa dentro se queda dentro sin posibilidad de intentar cambiar nada porque no eres de los elegidos (es decir, traduciendo, no llevas un apellido noble). No es eso. No quiero responder a la pregunta de quién soy con mi profesión por muy bueno que haya sido en ella o por muchos hitos que haya levantado, o muchas barreras que haya tirado por tierra.

Pero en el fondo siempre, en todas las edades se puede uno preguntar quién es, y en cada una de nuestras épocas vitales deberíamos ser capaces de dar una respuesta, si no para el presente, al menos para el pasado. Hay a quien no le importará esta pregunta, que ni se la habrá hecho siquiera y que si alguno se la hace la ignore con desdén y mirando con extrañeza a la persona que la haya formulado. Yo si me he hecho la pregunta a mí mismo, no ya del quién seré, ya que a esa pregunta nadie puede tener respuestas en el presente, sino la de quién soy, y sobre todo la de quién he sido. Puede resultar absurdo que con la edad que tengo, que apenas soy un joven inexperto en la vida, comparado con mis padres y sobre todo con mis abuelos que van camino de los 82 años, me haga estas preguntas cuando quizá lo más normal es que me preguntara qué voy a hacer una vez acabe la universidad, o qué planes tengo para el fin de semana, o qué quiero hacer este verano próximo, o a dónde podría invitar a mi novia a cenar por mi cumpleaños (esta última pregunta es un suponer totalmente absurdo ya que no tengo novia, una mera generalidad), y demás preguntar más adecuadas, y también más inocuas – salvo quizá la primera –, para la edad que tengo. Pero creo que es un error dejar para más tarde la pregunta de quién soy, porque en la sociedad actual, al ritmo que va la vida, no creo que tengamos tiempo de hacernos esa pregunta e intentar buscar una respuesta que nos tranquilice y nos haga sentirnos realizados con la vida que hemos llevado y con lo que hemos conseguido ser.

Como he dicho yo sí me he hecho las preguntar de quién he sido y quién soy. Y el resultado ha sido desgarrador. No he encontrado respuesta. No sé quién soy a día de hoy, y lo peor es que no sé muy bien quién he sido. A veces me pregunto si yo soy el estudiante de caminos que el día de mañana se supone que será todo un señor ingeniero de caminos, que podrá proyectar un puente, una carretera, una línea de alta velocidad de ferrocarril, o gestionar el servicio de transportes de una ciudad, o ser gerente de tráfico en alguna comunidad autónoma. No sé si soy eso, o simplemente soy alguien que está perdido en un mar de dudas inmenso en el que nade en la dirección que nade parece que no avanza, más bien todo lo contrario, que me sigo alejando de aquello que realmente podría llegar a ser y que quizá nunca seré porque a día de hoy no lo soy, o simplemente porque no le he sido nunca.

Tampoco sé ya si he sido ese estudiante modelo en el colegio y en el instituto al que todos los profesores querías, admiraban y animaban a seguir así, porque así llegaría a ser todo aquello que me propusiera, o al menos eso es lo que me decían. Quiero pensar que aquellas palabras que pronunciaban venían desde el corazón, con sinceridad y honestidad, e iban encaminadas a animarme y a darme fuerza para la carrera de fondo que se supone iba a escoger al entrar en la universidad, en un carrera de seis años. Quiero pensar que aquello que me decían tanto a mí como a mis padres en todas las reuniones de padres que había en el colegio y el instituto y a las que iban siempre o mi madre o mi padre, de que podía llegar a ser aquello que quisiera todavía se puede cumplir. Pero la cuestión es que si eso de “todo lo que quisiera ser” incluía también lo de ser feliz, porque tengo mis dudas. Me inclino a pensar que en esas frases de ánimo y apoyo a seguir por el camino del buen estudiante, de sacar buenas notas y del portarse bien en clase en todas las circunstancias, sólo iba impreso el hecho de conseguir un papel firmado por el Rey en el que pusiera que soy tal cosa, y que eso conllevaría mi felicidad. Sin embargo ahora estoy más que seguro que cuando obtenga ese papel, que una vez acabe por fin mi carrera de seis años, una vez abandone la Escuela donde he vivido casi recluido – de manera metafórica – durante seis años de mi vida preocupándome más de lo debido y necesario por ella, creo que no seré nada de lo que ponga en ese papel. Y tampoco seré aquello que quiero ser. En unos meses esas palabras de mis profesores del colegio y el instituto habrán fallado sus cálculos y deseos, todas sus buenas intenciones se habrán esfumado.

Pero si no he sido ese buen estudiante que tenía todo lo mejor por delante, un futuro lleno de éxitos y logros personales que me hubieran podido llevar a ser lo que quisiera, ¿quién he sido? Quizá fui en su día ese joven que se planteaba entrar en la universidad con ilusión, la ilusión que da empezar algo nuevo, salir de tu barrio de toda la vida en el que llevas dieciocho años para ver mundo, aunque no se salga de Madrid. Ese joven que tan claras tenía las cosas, que quería ser ingeniero de caminos, canales y puertos, una profesión de nombre rimbombante que se tardaba más en pronunciar que en entender. Ese joven que a pesar de que sabía que tenía también buena madera para las letras, y al que no le hubiera importado meterse a estudiar Periodismo, Historia, Derecho o Filología, terminó por decidirse por la única carrera de números, o tecnológica que le llamaba la atención. Quizá fui ese joven ilusionado y con ganas de ser un buen ingeniero para ganar bastante dinero y poder vivir en el futuro algo más desahogado de lo que lo hacían sus padres. Pero cada vez que lo pienso, y me acuerdo de aquellos años en los que tan claras tenía las cosas, más claro veo que tampoco fui nunca ese joven, más adolescente que otra cosa.

Sí es posible que fuera ese chaval que queriendo no defraudar a sus padres siempre quiso sacar buenas notas y que así éstos pudieran presumir de hijo. Pero ahora también sé que aquello tampoco hizo que fuera nadie, que nadie sea ahora y muy probablemente que en el futuro nadie sea. ¿Importan algo las notas que se saquen en matemáticas en el colegio, o las matrículas de honor en filosofía y lengua del instituto? ¿De qué me sirve haber sido ese estudiante al que sus profesores de historia, filosofía y lengua le decían que redactaba como ningún otro, y que podría hacer buena carrera de juez por ejemplo? De nada, porque se supone que ahora voy a ser ingeniero de caminos, qué proeza de la naturaleza. No quiero quitar mérito a lo que se supone que a día de hoy he logrado, ni a lo que se supone que soy. Hay que tener en cuenta que me estoy sacando la carrera al día, cuando se suponía que la mía es una carrera de un desgaste muy gordo y que un porcentaje muy pequeño de los que la comienzan logran sacarla en seis años. Luego por esto entonces la respuesta a la pregunta “¿quién soy?” la podría responder mecánicamente con esto que acabo de escribir. Podría quedarme ahí y decir bueno, en el fondo soy, o voy a ser dentro de nada, quien quise ser cuando me metí en mi Escuela en septiembre de 2009.

No. Nada de esto es así. Cómo he dicho no tengo claro quién he sido. Y no sé decir quién soy ahora. Es posible que sea ese joven que estando a punto de terminar la carrera se plantee el futuro con optimismo viendo que la situación económica mundial se endereza, y que en España parece que se vuelve a despertar del largo letargo impuesto por la crisis, mirando posible salidas profesionales en los diferentes sectores en los que se supone que el papel que firmará el Rey me permitirá trabajar. Pero no soy ese. Puede que sea, y aún no lo sepa, alguien que debería dedicarse a escribir en serio y dejar de publicar en un blog que apenas leen un puñado de personas, la mayoría amigos y probablemente casi como obligación, y que no va a ninguna parte. Quién puede saber si por no saber si soy esa persona me estoy condenando a no serla, o a no intentar serla. Pero es que la incertidumbre, el miedo, la cobardía, el vértigo hacia aquello que no se tiene claro y que no se asienta sobre firmes fundamentos son muy grandes. Voy a conseguir ser Ingeniero de Caminos porque en el fondo se me daban bien las matemáticas, porque siempre se me ha dado bien estudiar, porque con poco esfuerzo siempre he conseguido obtener resultados al menos mediocres, pero suficientes para obtener un papel timbrado con las firmas ilegibles de una serie de caballeros que dan fe de que tengo tal o cual capacitación. Quizá nunca seré ese escritor en serio por aquello que no soy ahora y por lo que no fui. Pero eso sólo lo sabe el tiempo y quizá ni tan siquiera él que en el fondo no existe salvo cuando ya está muerto.

Hubo un tiempo también en el que parecía creer saber quién podría llegar a ser. Hubo un tiempo en el que el joven que se supone un día fui quería con todas sus fuerzas ser diplomático, servir a su país fuera de sus fronteras, defenderlo y cuidar y prestar ayuda y consejo a todos los españoles que por múltiples razones tuvieron que marcharse fuera del país que les vio nacer. Puede que todavía haya algo de ese joven que quería ser embajador dentro de lo que ahora soy, si es que soy algo, pero poco a poco noto que tampoco seré esa persona. No todo lo que estoy diciendo lo hago con melancolía, triste o deprimido por no saber quién soy ni quién seré. Lo más probable es que no tenga que ser diplomático, ni ingeniero, ni escritor, ni nada por el estilo. Puede que aquello que un día seré no lo sepa aún, y puede también que nunca llegue a encontrar la respuesta a la pregunta sobre ¿quién soy?, no porque no exista la respuesta, sino por ser yo mismo incapaz de dar con ella. Muchas veces las respuestas y soluciones a las preguntas, a los dilemas y a los problemas que consideramos cruciales, trascendentales o muy graves están delante de nosotros y no las vemos, o son lo más simple que podamos imaginar y por esa misma razón terminemos por descartarlas.

Pero tampoco creo que intentar descubrir ya quién soy, o quién seré, valga de mucho. Cambiaría todo lo que logre en mi vida por saber quien he sido el día de mi muerte. Muchos pasarán por el mundo sin saber quiénes son. Pero lo peor no es eso, sino que no les importará haber vivido sin saberlo. No es una pregunta fácil de responder, ni tan siquiera inmediata. Toda una vida suelen invertir aquellas personas que realmente terminan por saber quiénes son y quiénes han sido siempre. Hay también por el contrario necios y pobres de espíritu que dicen saber quiénes son sin albergar ninguna duda al respecta, y riéndose de aquellas personas que no lo saben o que se repitan constantemente la pregunta. Pero realmente estas personas no lo saben, ni nunca lo van a poder saber porque les falta la capacidad suficiente para darse cuenta de que el mundo el mucho más complejo de lo que parece. Bueno realmente el mundo en su conjunto es lo más sencillo que existe en cuanto a que es un planeta y por tanto se rige por las leyes de la naturaleza. Pero el mundo en la individualidad de sus miles de millones de habitantes es lo más complejo que se puede llegar a imaginar. Quien lo simplifique en este sentido se equivoca.

También podría yo simplificar todo y decir que soy un joven que está a las puertas de su cumpleaños, que una tarde de abril se ha puesto a escribir una reflexión de las muchas que se pasan por la cabeza cuando está sólo en su casa sin la posibilidad de hacer nada, porque lo que le apetecería hacer no puede hacerlo ya que sería con su pareja que no tiene. Soy un escritor aficionado que si bien puede hacer alguna vez algo decente en el blog, la mayor parte del tiempo escribe tonterías sin sentido que a nadie le importan y que serán pasto del mayor agente destructor de la tierra como es el olvido. Soy ese estudiante de Ingeniería de Caminos que no quiere serlo y que no sabe qué hará una vez acabe la universidad y se libere de esa losa que se llama rutina diaria de estudiante. Soy ese joven que un día se planteó no entrar en su Escuela y que podría entonces haber sido otro. Soy ese joven que piensa que su mundo no está donde su título supuestamente le encaminará, sino más bien dando clase, aunque no de matemáticas o física que no le llenas, sino más bien de historia. Soy ese joven que vive en un barrio de las afueras de Madrid y que ve como el día acaba mientras termina estas líneas viendo por su ventana pasar a otros jóvenes como él, vecinos suyos que pueden o no saber quiénes son pero que probablemente no les importe todavía mucho descubrirlo.

Caronte.