jueves, 19 de junio de 2014

Perdonar no siempre es posible

A veces por mucho que queramos perdonar algo no somos capaces de hacerlo, a veces incluso cuando hemos perdonado pensamos que ese perdón que hemos dados no debería haber existido. También hay perdones que queremos dar pero que al final nos resultan muy complicados y no sabemos cómo proceder, y cuando queremos darnos cuenta no los hemos hecho y por tanto el perdón que pudo ser al final no fue y se pierde, no se da. Perdonar es algo que solo compete al ser humano, los animales no saben perdonar, o mejor dicho no tienen la necesidad de perdonar o no, no tienen el concepto de ofensa ni el de afrenta y por tanto tampoco tienen la necesidad de deshacer esa ofensa o afrenta. Los seres humanos sí, las personas sí ofendemos y afrentamos muchas veces sin querer hacerlo y otras muchas sabiendo que es injusta esa ofensa y por tanto las personas sí necesitamos del perdón para intentar restaurar el tiempo al instante previo a haber producido esa ofensa o afrenta.

Perdonar es una característicamente humana, y que demuestra gran sentido humanístico. Perdonar no sólo es recibir una disculpa de otra persona, es un gento de olvido, de intentar borrar de nuestra cabeza y en muchas ocasiones también de nuestro corazón algo que nos haya podido hacer daño, doler, ya fuera una palabra, un acto, un gesto o una omisión. Quien perdona sabe generalmente qué es pedir perdón y por tanto sabe que en la disculpa hay implícito un gesto grande de contrición y arrepentimiento, y sabe que este gesto no es sencillo de llevar a cabo porque en la propia naturaleza humana, como vestigio de que una vez fuimos seres tan irracionales como los animales tenemos un sentido del orgullo que, aunque en ciertas personas esté más dormido que en otras, siempre está latente. Perdonar y pedir perdón son actos que no pueden ir separados, quien está dispuesto a perdonar siempre espera que cuando reciba una ofensa que se la profese sea capaz de disculparse; quien pide perdón siempre suele esperar que la persona a la que ofendió le perdone y olvide aquella ofensa realizada. Pero a veces esto no es así. Hay ocasiones que se pide perdón por imperativo y por tanto ese perdón se dice sin sentimiento, sin sentirlo realmente, como cuando a un niño que le ha dado un puñetazo a otro porque le ha quitado la pelota con la que estaba jugando sus padres o su profesora le dicen que pida perdón al otro niño y le de la mano; el niño que pega el puñetazo no siente arrepentimiento, quizá porque ese sentimiento se aprende a medida que se madura, no se tiene cuando uno es pequeño, y por tanto si pide perdón es para evitar una reprimenda mayor o un castigo por parte de sus padres o profesora. Pero este es el perdón más vacuo, ya que las ofensas realizadas cuando somos unos críos no son más que cosas de críos y por tanto sin repercusión más allá de una tarde en el parque; las afrentas infantiles se olvidan con el sueño y lo que una tarde puede parecer una enemistad cruenta entre dos niños al día siguiente se convierte en camaradería infinita y amistad. Pero en el fondo estas cosas ni son ofensas de verdad, ni perdones en condiciones, porque mientras somos niños, meros críos, no concebimos el verdadero significado del perdón, ni realmente ofendemos en serio, somos apenas unos cachorros de ser humano. Sólo a medida que se crece, y nos adentramos de verdad en el mundo de los sentimientos, de los adultos, sólo entonces es cuando empezamos realmente a saber qué es el perdón, cuándo debemos pedirlo y cuándo saber perdonar.

Sin embargo a pesar de que sólo a medida que maduramos nos damos cuenta de que con nuestros actos y nuestras palabras, a veces incluso con nuestros silencios y omisiones, podemos ofender y hacer daño a terceras personas, en muchas ocasiones no queremos reconocer esas ofensas que generamos ni tampoco perdonar las que recibimos. ¿Todo se puede perdonas? Está pregunta tan recurrente en la conciencia de cada persona, que se plantea cada vez que nos vemos en un trance en el que tenemos que decidir si realmente una ofensa que nos han hecho merece la pena perdonarla, asumiendo el error ajeno, o simplemente se puede olvidar sin más y ni exigimos ni necesitamos un perdón. Desde mi más humilde punto de vista creo que todo en cierta manera es perdonable. O si no todo, una inmensa mayoría de las cosas. Pero hay una cosa que creo que no se puede llegar a perdonar nunca, y es la reiteración en la ofensa, cometer una y otra vez los mismo actos que hicieron mal a una persona, el decir una y otra vez las mismas palabras que una vez dañaron a otro corazón. Tampoco creo que pueda ser perdonable nunca la traición, en ninguna de sus formas, pero sobre todo en la que tiene que ver con las relaciones personales. La traición implica faltar a la palabra dada de manera explícita o de manera implícita, cualquiera de las dos. La traición siempre va ligada a la confianza y por tanto cometer un acto traidor implica romper esa confianza que una persona ha puesto en ti, ya sea contándote sus secretos, sus sueños, sus deseos, sus ambiciones o sus preocupaciones, ya sea contando contigo para saber simplemente que en un momento malo estará ahí. Romper esa relación tan fuerte como es la confianza, aparte de ser un acto de los más vil y ruin posible, implica un gesto que sólo los humildes y con mejor corazón podrían en algún momento perdonar. Pero la mayoría de la gente no tiene ese corazón tan grande capaz de perdonar hasta los actos más crueles en cuanto a ruptura de la confianza se refieren. Confiar en alguien es un vínculo sagrado entre dos personas y se da tanto en la amistad como en la pareja, como en la familia. Confiar implica querer a esa persona en la que te intentas apoyar, a la que permites saber tus inquietudes y pensamientos más profundos y privados; por esto quien traiciona esa confianza muy difícilmente podrá esperar el perdón. Es posible que si el vínculo entre dos personas en muy fuerte, o simplemente con que una de ellas no quiera romperlo por mucho que pase, la traición se pueda llegar a perdonar, al menos una primera vez. No hay que olvidar que como seres humanos podemos errar, cometer errores, nadie es perfecto y nadie vivo puede decir que nunca en su vida ha cometido un error, que haya fallado, sólo los muy prepotentes y orgullosos, los más cretinos cuyo corazón en gris y duro y su alma ruin, creerán no haber fallado nunca, pero se equivocarán nada más pensarlo.

Perdonar es un gesto de aceptar los errores que otros han cometido, y pedir perdón implica asumir una culpa, pero por encima de todo es un gesto de amor, solo quien es capaz de amar y querer a otras personas es capaz de perdonarlas si en algún momento esas personas comenten algún error y ofenden o traicionan la confianza de los que las quieres y aman. Perdonar también conlleva pasar página sobre asuntos que nos pueden haber causado malestar, incluso daño, palabras o gestos que pueden llegar a quebrar la confianza entre dos amigos, o en una pareja y que por tanto pueden llegar a romper esa amistad o ese amor. Perdonar casi siempre es posible, o al menos eso pienso yo, siempre y cuando alguien pida perdón claro está, pero esto último no tiene porqué darse siempre y hay ocasiones en las que se perdona a una persona antes de que ésta haya sido capaz de pedir perdón, de arrepentirse por unas palabras erróneamente dichas o equivocadamente calladas, de asumir unos gestos que nunca debieron producirse o que quizá sí debieron haber salido del corazón pero que por circunstancias que sólo quien debe hacer esos gestos no se produjeron. A veces el perdón también puede llegar tarde, o incluso puede no llegar porque quien debiera haber pedido disculpas no lo hace y, como ya he comentado alguna vez, el tiempo hace que lo que en un momento pudo ser perdonado, las palabras que en un instante pudieron haber sido rectificadas, los gestos que en determinada situación podrían haber sido disculpados, en otro momento, una vez pasado el tiempo, que no espera a que nos decidamos a disculparnos y a arrepentirnos, ya no lo son y por mucho que se pida perdón el perdón no llegará porque el tiempo habrá borrado la posibilidad de perdonar, la ofensa se habrá fijado más de lo que debería haber hecho y hasta es posible que se haya terminado por enquistar y por tanto ninguna disculpa, ningún perdón podrá llegar a recomponer una amistad, o el amor en una pareja, o la relación con tu padre o con tu madre o con un compañero de trabajo, y ese amor, ese cariño y esa amistad ya no podrán volver al instante previo a ese gesto o esa palabra o esa ausencia o ese silencio que provocó la ruptura de la confianza que mantenía viva esa relación.

Pedir perdón y perdonar también son actos que terminar trayendo paz a uno mismo ya sea a quien perdona como a quien pide disculpas. En muchas ocasiones cuando ya el perdón no va a poder recomponer una relación de confianza que ya sea por haber dejado pasar mucho tiempo desde que empezó a quebrarse o porque en el fondo se sabe que por mucho perdón que se pida, incluso inmediatamente después de haber hecho o dicho algo que ha empezado a resquebrajar esa confianza, las cosas no va a poder ser como antes, el perdón sirve para quedarse a gusto, para quedar en paz sabiendo que se ha hecho lo que había que hacer aunque ese gesto, el de pedir perdón y a su vez el de perdonar, no valgan para nada efectivo y lo que se rompió no se vaya a poder recomponer. Pero a veces ni siquiera este gesto para quedar en paz es posible realizarlo porque, perdonar y asumir errores van siempre ligados a los sentimientos y no se pueden hacer sin que éstos intervengan. Una disculpa sin sentimiento, sin sentir esa disculpa podrá ser aceptada, pero tanto el que asume esa disculpa como el que la da saben que es puro teatro, como cuando de niños ante las órdenes del profe pedías perdón a un compañero simplemente para que no te siguieran echando más bronca. Una disculpa sin sentimiento no es nada, y quien tiene que perdonar sabe cuando alguien se está disculpando simplemente “de boquilla” y no de sentimiento ni de corazón, eso se nota. Se nota en cosas muy pequeñas que para quien observa desde fuera son imperceptibles pero para los implicados en el perdón son gestos muy significativos.

Pero como he dicho hay ocasiones que perdonar es muy difícil aunque haya una parte de nosotros mismo que quiera llegar a perdonar. Hay veces en las que el quiebro en la confianza, la ruptura en esa relación tan personal, entre dos amigos, compañeros, en una pareja, es tan obvia y tan dolorosa (siempre para uno de los lados de la relación) que poco se puede hacer por mucho que se quiera. La reiteración de las acciones, de las palabras, y de las omisiones, también juegan un papel fundamental en esta imposibilidad de perdonar, así como el orgullo que todos tenemos en lo más profundo de nosotros, como animales que somos, pero que en algunos domina en la personalidad e impide que se pueda pedir disculpas aunque se sepa que se ha obrado mal y se haya hecho daño. La imposibilidad de perdonar no llega por un gesto muy o una palabra muy dura, a veces simplemente llega después de haber perdonado en varias ocasiones; a veces llega por hastío al darnos cuenta que por mucho que intentemos perdonar, o incluso pedir disculpas admitiendo también nuestra parte de culpa en el quiebro de la confianza, lo que llevó a romper una amistad, o una relación de pareja es la reiteración de los hechos y la constatación de que las veces que nos habían pedido perdón era para figurar en la foto, para cumplir con su malograda conciencia, una conciencia negra, oscura, envilecida por el orgullo, ruin.

Perdonar y pedir perdón son en definitiva dos caras de la misma moneda: sin lo uno no existe lo otro, pero a la vez pueden existir de manera independiente. Si no existiera el perdón, si los seres humanos no tuviéramos la capacidad de perdonas, el pedir disculpas carecería de toda razón de ser y por tanto sería absurdo hablar de pedir perdón; pero también se puede perdonar sin que se nos pida perdón por algo aunque solo los mejores de corazón son capaces de esto último, por norma general el ser humano, por ese orgullo que siempre está presente, por mucho que perdone sin que se le haya pedido perdón necesita de ese gesto también aunque en el momento en que se produce se reste importancia al mismo. Por mucho que una persona le diga a otra que no es necesario pedir perdón, esta persona siempre necesita que la otra lo haga, simplemente por el hecho de escucharlo de palabra, aunque de corazón ya haya perdonado. Sin embargo también se puede negar el perdón aunque se pidan disculpas por algo dicho o hecho, o darlo simplemente para cumplir, es decir, así como hay personar que piden perdón simplemente por pedirlo, sin sentirlo, también hay personas que perdonan por pasar el trámite, no sintiéndolo y no borrando la ofensa recibida, a veces porque esa persona prefiere seguir teniendo esa ofensa presente para poder usarla en el futuro contra la persona que en algún momento le hizo daño. A veces el daño es tan grande, la relación de confianza ha quedado tan quebrada y el tiempo en el que llega el perdón es tan tardío que perdonar no siempre es posible.


Caronte.

viernes, 13 de junio de 2014

Reflexiones acabando quinto

Pues parece que quinto se va acabando, el curso ya está prácticamente finiquitado, faltan los últimos flecos ya casi testimoniales aunque también importantes. Para mí el día 20 de junio tras acabar el examen de ingeniería del tráfico habrá terminado mi paso por quinto curso de la Escuela de Caminos de Madrid, aunque me quede alguna asignatura para septiembre yo eso no lo considero quinto sino los principios de sexto aunque de las asignaturas que se supone que me tendría que examinar fueran de quinto aún. Da igual. Quinto ya es historia, o casi, y menos mal porque la carrera cada curso que ha ido pasando se me ha ido haciendo cada vez más cuesta arriba y lo único que deseo ya es que acabe pronto.

Podría estar ya de vacaciones, disfrutando de la rutina de mierda que el tiempo libre me impone y que la ausencia de clases en la universidad acentúa aún más si quiera, pero este año, los lumbreras diseñadores del calendario universitario de exámenes han decidido hacen malabares absurdos con las fechas de los diferentes exámenes y me han endiñado, a mí y a mis compañeros de especialidad, un examen en medio de un puente, el del Corpus. ¡Qué genios! De verdad mi más sincera enhorabuena a quiénes hayan decidido que el día 20 de junio, viernes, haya examen en la Escuela. Pero no contentos con eso, que supongo les parecía poca cosa, encima dicho examen es a las cuatro de la tarde y tiene una duración de dos horas y media; siendo ingeniería del tráfico una asignatura cuatrimestral de especialidad me parece más que desproporcionado cuando los exámenes de este año de momento no están siendo extremadamente largos (gracias a Dios, que en el caso de la Escuela supongo que será el director de la misma, que las asignaturas de este curso ya no tienen exámenes de duración total más de cuatro horas contando un descanso). Cabría esperar mayor diligencia a la hora de diseñar los calendarios de exámenes pero parece ser que este año los han hecho con los dados, o jugando a los dardos poniendo un calendario en una pared y tirando con los ojos vendados los dardos y donde caían pues habían caído.

No encuentro más explicación que esta a cómo han caído, al menos en quinto los exámenes de los segundos parciales y finales de junio. No es posible que en cuatro días del 24 al 27 de mayo tuviéramos dos exámenes, y además de dos de las asignaturas más duras y con mayor temario del curso y luego casi en 25 días sólo tuviéramos tres exámenes. Y digo solo, no porque crea que deberíamos haber tenido más, para nada, con los que hemos tenido ha sido suficiente, sino que no veo lógica a que para las asignaturas más jodidas haya tanta prisa por poner los exámenes y colocarlos tan juntitos en el tiempo y para el resto se tomen tantísimo tiempo. Lo único bueno que esto ha tenido ha sido que este período de exámenes de quinto, para mí, ha sido el más relajado de cuantos llevo en la Escuela, eso no quiere decir que sea algo general, tengo amigos y compañeros que por desgracias que se producen en esta carrera, o por caprichos de ciertos catedráticos amargados con su vida marital, tienen asignaturas pendientes del año pasado y están bastante agobiados, dicho sea de paso. Con esto no pido que los exámenes estén todos juntos en una única semana, lo que supondría nuestra muerte y la destrucción de nuestra columna vertebral debido a los magníficos taburetes de hojalata tan cómodos en los que debemos hacer los exámenes, pero tampoco creo que una separación entre ellos de una semana sea algo normal, cuando en cinco años este curso ha sido el primero en que se ha dado un calendario de exámenes tan perfectamente diseñado.

Pero bueno en el fondo la cuestión es que ya se ha acabado quinto. ¡Adiós quinto! ¡Hasta nunca! Me alegro de que haya acabado este curso tan, cómo definirlo sin llegar a herir sensibilidades, tan realista. Creo que realista es la palabra adecuada para definir mi paso por este penúltimo curso de la carrera. Realista porque me he dado cuenta de lo que realmente nunca tuve que hacer que fue empezar esta carrera; este ha sido el año en el que he visto por fin que no quiero pertenecer a este mundo de la ingeniería civil tal y como está planteado a día de hoy en este país; no quiero pertenecer a esa “casta”, palabra tan de moda últimamente en los medios de comunicación, a la que creo que esta carrera y esta Escuela acaban conduciendo, casta que sólo va a velar por sus propios intereses cuando el fin último de un ingeniero de caminos es el de realizar la obra pública que haga bien a la sociedad en su conjunto y no a unos intereses económicos (intereses particulares de unos pocos a los que muchos en mi escuela querrían pertenecer, algunos de los cuáles algún día lograrán) que nada tiene que ver con la sociedad a la que un ingeniero debería servir siempre. Pero no, es mucho más importante llenarte el bolsillo con un suculento contrato de obra pública aún a sabiendas que esa obra que vas a llevar a cabo no sólo no es necesaria sino que cuesta mucho menos de lo que en realidad se dice; y así es como a día de hoy en España tenemos grandes infraestructuras civiles (carreteras, aeropuertos, vías de ferrocarril, etc.) que no sólo no son rentables, que por ser algo que se supone se realiza por el bien y la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos no tendría por qué dar beneficios, sino que están costando dinero a todos por el mero hecho de que había un político que quería tener un aeropuerto en su provincia (véanse los casos de Castellón, Ciudad Real o Reus), unos alcaldes que querían que el AVE parara por su pueblo, y digo pueblo con todo el significado del mundo, porque se supone que es algo que todo pueblo debería tener (el caso de Tardienta en la provincia de Huesca es muy ilustrativo de esto que digo, con menos de 1000 habitantes tiene estación de AVE, con un par di que sí que se sientan orgullosos en ese pueblo). Sin embargo el caso más hiriente de todos los excesos en obra civil, patrocinada y firmada por gente de la que una vez haya acabado la carrera seré compañero de profesión, son las autopistas radiales de peaje que se han hecho por toda España; en este caso para que los empresas privadas que exigían construir y posteriormente explotar dichas carreteas, éstas tenían que presentar una serie de informes en los que aparecieran las previsiones de uso de las autopistas, informes firmados por ingenieros de caminos, canales y puertos; esto informes dijeron que iban a tener un tráfico casi estratosférico y que iban a ser más que rentables quitando incluso vehículos a las autovías estatales. Pues bueno, la realidad no sólo ha dicho que estos informen fueron erróneos, sino que sabiendo ahora lo que sé por estar en la carrera que estoy me doy cuenta de que esos informes no fueron erróneos sino simplemente falseados, y firmados por el correspondiente ingeniero de caminos, con el aval, y quizá la premisa también, de los políticos interesados y los empresarios con intereses económicos particulares y a quienes los intereses de la gente pues como que les dan igual. Estos ingenieros de caminos que firmaban dichos informen y firman a día de hoy muchos proyectos cuyos presupuestos se infravaloran para que así luego las empresas puedan pedir más dinero, prefirieron obviamente llevarse un buen pellizco sacrificándose su profesionalidad. Pero claro la honradez no es materia de examen y por tanto no interesa ni aprenderla ni enseñarla, porque si no todo el chiringuito levantado desde hace ya muchas décadas podría dejar de ser rentable para unos pocos.

Yo no quiero pertenecer a este mundo, y quinto me ha terminado por dar la razón, y abrirme los ojos ante este caciquismo que desde hace muchos años hunde a España. Guste o no los ingenieros de caminos participan de este juego, ¿qué no son los verdaderos responsables?, pues claro que no pero con sus firmas, nuestras firmas, somos cómplices del trapicheo. Yo no quiero formar parte de una profesión que parece tan alejada del mundo real, al que tan pegada tendría que estar porque nuestras obras, las usan todos los ciudadanos sea cual sea su condición, y es para los ciudadanos para quienes tendríamos que construir no para los intereses de unos pocos, como ya he dicho antes. Pero quinto ya se ha acabado, ya sólo queda sexto para abandonar por fin esta carrera. El año pasado, en cuarto hubo muchas ocasiones en que pensé no empezar quinto, dejarlo todo cuando me empezaba a dar cuanta como olían ciertas cosas, pero no lo hice porque creí que tirar por la borda una carrera que estoy sacándome tan bien me parecía de cobardes por mucho que pudiera aborrecerla. Por eso, y a pesar de que hay cosas que veo, y oigo decir a los profesores sobre cómo funciona nuestra profesión a ciertos niveles que me hacen sentirme sucio y mal conmigo mismo por seguir aguantando en los comodísimos pupitres vintage de las aulas de la escuela día tras día. Pero esto va llegando a su fin. Cada vez más deprisa. Este año se me ha pasado volado, quizá también en parte por eso que he dicho hace unas líneas de que ha sido un curso realista para mí en el que no me he tenido que ocultar ni fingir ser quien no soy, bueno algo de teatro siempre se hace para intentar mantener unas relaciones personales que son casi ficticias, puros castillos de naipes, aunque más que teatro esa una especia de diplomacia que es como yo lo veo; no he tenido que fingir pensar cosas que no pienso, ni considerar amigos a quien no son más que compañeros de clase y casi ni eso. Quizá ha sido por este desenmascaramiento que me he impuesto por lo que he podido por fin disfrutar de mis amigos de verdad en la escuela, y disfrutar de ir cada mañana a la universidad rompiendo la solitaria monotonía que mi casa, y en particular mi habitación, me imprimen cuando no hay clase.

Por ser este curso el más realista para mí he podido tomarme todo lo que tenía que ver con la carrera con una tranquilidad que a veces hasta a mí me parecía impropia de mí lo que me ha permitido poder disfrutar más de la gente que más merece la pena en clase que son con los que más tiempo paso en ese sobrio y triste edificio gris de hormigón al que todos llamamos con cariño, odio, ilusión o amor Escuela, ¡y que nadie ose llamarla Facultad, porque si no….! Es muy probable que el hecho de haber descubierto que esta no es ni de lejos mi vocación – que hace cinco años me equivoqué de tal manera que mirando hacia atrás veo que he podido perder cinco años de mi vida que podría haber empleado para realmente formarme en lo que ahora (maldito tiempo que no avisa cuando debería) me doy cuenta que es realmente para lo que más valgo como son las letras y no los números (he aquí la eterna división de los universitarios españoles, letras o números, qué error más grandes, cómo si se pudieran estudiar los números sin contar con las letras) – me haya permitido poder descubrir que esta carrera no me merece más esfuerzo del que este año he realizado que aun habiendo sido importante, ya que sin estudio y esfuerzo esta carrera no se saca, no es ni de lejos lo que en años anteriores he dedicado a la carrera y a las diferente asignaturas. Y es que este año de todos los que llevo en la carrera en cuando menos he estudiado, y cuando más tiempo he dedicado a mí mismo: he estado yendo a la piscina de media tres días por semana, he retomado mis estudios de francés abandonados tras acabar la ESO apuntándome a una academia dos días por semana (días que no dedicaba nada a estudiar nada de la universidad), he leído más que ningún curso y empezando a escribir como hobby y como válvula de escape de mis ideas, pensamientos y sentimientos. Ha sido la escritura lo que más me ha gustado descubrir que soy capaz de hacer; gracias a ella la carrera me ha parecido lo que de verdad es, he podido descubrir que lo que merece la pena no es la carrera ni mucho menos, a pesar de que haya gente que sólo viva para lamerle el culo a algún profesor o vivir allí; nosotros mismos, cada uno de nosotros merecemos mucho más la pena que sacarse una asignatura, y también las personas que nos rodean y a las que llamamos amigos, a las que queremos, y sobre todo merecen la pena aquellos que nos quieren. Pero aunque sea triste siempre habrá gente que prefiera sacarse una asignatura cueste lo que cueste, o conseguir unos apuntes aun teniendo que ser falsos. Cada cual con su conciencia, ah se me olvidaba, la conciencia también es otra cosa que como no se pregunta en exámenes y no se evalúa no interesa tener, cómo he podido pasar por alto este matiz.

Quinto se acaba ya, está en sus últimos días, al menos de manera oficial, porque yo llevo ya con el interruptor de mi cabeza puesto en modo semi-vacaciones unos días. Y a pesar de que quiera y desee que se acabe quinto, también me gustaría que esto no sucediera porque esto implica volver a la rutina de la casi absoluta soledad que me da mi habitación, mi casa. La universidad, la Escuela, tendrá muchas cosas que odio y que me asquean, pero también tiene lo único de lo que me siento orgulloso y de lo que no me gustaría desprenderme nunca como son mis amigos. Que se acabe quinto implica no verles a diario, no bromear con ellos, no compartir momentos en la cafetería, no reírnos, ni criticar de manera conjunta a tal o cual profesor, o a tal o cual cátedra. El fin de curso, aunque parezca contradictorio para mí implica rutina, monotonía, soledad, tiempo libre; implica no ir todos los días a la escuela, lo que a veces es un alivio, pero que significa no estar con los únicos amigos que tengo. Pero este año también ha sido el año en que he decidido no pasar ningún fin de semana amargado en mi casa, y por tanto he empezado a salir yo solo, si no había oportunidad de poder quedar con nadie, a darme vueltas por Madrid, a descubrir nuevos sitios por esta ciudad increíble que algunos consideran fea y aburrida, cualidades ambas que yo no veo que encajen con la descripción de la Villa y Corte. Gracias a esa decisión de no quedarme en mi casa muerto del asco estudiando he descubierto sitios que jamás pensé que podían existir en Madrid, barrios como Chueca, Malasaña, Lavapiés o Tribunal, y rincones increíbles como la Plaza del Dos de Mayo donde en una de sus esquinas se esconde una librería de segunda mano que se ha convertido en un lugar obligado de peregrinación para mí cada cierto tiempo. Esto es lo que merece la pena y no la Escuela; la pena es que estas incursiones aventureras por Madrid y sus barrios todavía las tenga que hacer sólo.

Ya solo me queda sexto – espero – y por tanto el año que viene va a ser movidito, sobre todo por el Trabajo Fin de Carrera, algo que ocupará el pensamiento de todos mis compañeros durante todo el curso y que nos tendrá bastante ocupados, vernos si es para tanto y si cómo lo pintan es la realidad o pura imaginación para meter miedo. No creo que el año que viene vaya a ser tan placentero como este, aunque en principio no pienso variar mi forma de ver la carrera ni de cómo la afronto, con calma y tranquilidad que es como mejor se puede afrontar. Espero poder seguir escribiendo, nadando, leyendo y practicando mi francés; también deseo poder añadir a todo esto el emplear parte de mi tiempo libre para quedar con una novia que me pueda echar, o en su defecto con mis amigos; también espero echarle bemoles y comenzar a estudiar la carrera de Historia por la UNED, algo que de verdad me hace ilusión y me entusiasma bastante. Lo que sí sé que no voy a hacer es agobiarme por la carrera, aunque el año que viene toque tener que aguantar a un catedrático que vive en los mundos de yupi subido a una lámpara y se cree Dios, sólo porque no ha dado con alguien que se le enfrente de verdad. Pero ya será para menos. De momento hay que pensar que por desgracia, o mejor dicho por la incompetencia de quien diseña el calendario de exámenes, todavía me queda un examen y una vez pase, aunque parezca que ya estoy de vacaciones, estaré de verdad de vacaciones y quinto se habrá acabado espero que para no volver.


Caronte.

domingo, 8 de junio de 2014

El bohemio burgués del cúter

Hacía ya tiempo que tenía pendiente escribir y posteriormente publicar esto que estoy escribiendo y que vosotros estáis leyendo. Hace tiempo ya que un amigo me pidió que escribiera sobre él en el blog. Me lo dijo como reto, como si yo no me fuera a atrever, como si estuviera apostándose algo conmigo que seguro iba a ganar por incomparecencia mía; y es cierto que ha estado a punto de ganar esa apuesta virtual, porque no es fácil escribir sobre alguien siendo ese escrito una especie de encargo que esa persona está esperando y que tras la publicación del mismo éste puede ser del agrado o no de esa persona. Pero al final ha llegado el momento, aunque algo más tarde de lo que esta persona quizá hubiera querido, pero no quería defraudarle, escribiendo algo que no estuviese a su altura, ni a la mía, escribiendo algo sin sentimiento, plano y sin sentido alguno. Por esto me he pensado mucho este artículo y por eso ha tardado tanto en salir (además de que ahora de vacaciones, no teniendo que ir a la universidad, veo menos a mi amigo y si el artículo no le gusta pues no me puede dar una paliza con la barra que guarda en su coche).

Este amigo mío es más bien un tanto imbéc…, llegando al nivel de gilipol…; con grandes toques de cabr…, aunque pensándolo bien creo que ante todo en un grandísimo hij… No. No. La verdad es que aunque quizá este amigo mío querría que hablara mal de él, y así me lo dijo cuando me instó a escribir un artículo sobre él mismo, pero no puedo hacerlo porque no me sale; porque esta persona es muy buena gente, con muy poco maldad para con sus amigos, y aunque él quiera no parecerlo es una grandísima persona que siempre está dispuesta a ayudar a cualquiera sea amigo o simplemente un compañero cualquiera de la escuela. Eso sí, también he de decir que es la persona con más huevos y más franca de las que conozco, que dice las cosas como son aun a riesgo de meterse en fregados importantes dándole igual lo que piensen de él los demás, simplemente siendo fiel a sí mismo. Mantiene el más alto nivel de coherencia entre actos y palabras de todas las personas que conozco con lo que ello puede llegar a provocar, prefiera ser coherente consigo mismo a un falso integral como las muchas personas que nos rodean en la escuela. Yo mismo envidio esa coherencia personal de la que hace gala, ya me gustaría a mí mismo ser tan franco y sincero, y poder decir lo que opino sin tapujos y sin pelos en la lengua; aunque la verdad es que últimamente me corto cada vez menos, estoy empezando a ser cada vez menos políticamente correcto o diplomático. Cuando hay que ponerse serio, es la persona que más serio se pone y que más respeto puede llegar a imponer; nunca dice una palabra fuera de tono si no merece la pena y si se ha tenido que enfadar de verdad es porque el asunto lo merecía, si no, como buen estoico, pasa del tema no dándole la más mínima importancia. Y sus enfados son serios, tanto que a veces los afectados por los mismo esconden la cabeza como avestruces intentado que el asunto no les salpique, y salta con las cosas que le duelen o molestan de verdad, tanto si van contra él como si van contra otra persona si considera que es injusto.

Aunque siente su tierra como el que más, cada vez que puede se va a sus pueblos de Soria o Toledo a subirse al monte como él dice, se siente profundamente francófilo, ama todo lo que tiene que ver con nuestro país vecino, con los remilgados franceses (en este punto seguro que este comentario no le gusta y me lo echa en cara), lee los periódicos franceses por internet y escucha la radio de nuestro vecinos. Habla francés con bastante fluidez, fruto de algún que otro verano ayudando en campamentos en Francia; y cada vez que me meto con mis queridos amigos europeos, los franceses, me empieza a decir que sin ellos no tendríamos muchos inventos muy útiles hoy en día (¿la guillotina?) y a defenderlos a ultranza, cual mosquetero defendiendo a su rey. Además, aunque creo que esto es más bien debido a su animadversión contra el Real Madrid, cada vez que éste ha jugado contra algún equipo francés siempre ha apoyado a los gabachos; es más recuerdo una ocasión, creo que fue en primero de la carrera, que el Madrid perdió contra el Olympique de Lyon y al día siguiente, este gran amigo mío se presentó en la universidad con la bufanda de los franceses, echándole un par de bemoles; he de añadir que es seguidor de un noble equipo de fútbol: el Numancia, que juega en los pajaritos (y cuyo himno lo ha hecho Mª Jesús con su acordeón). A parte de a Francia, también ama los coches, la automoción, y quizá sea una de las personas que más sepa del tema de toda la Escuela de Caminos, y cuando digo saber es que sabe mucho, no algunas pinceladas que para dar imagen de conocimiento algunos aprenden. Es asiduo seguidor de las más importantes revistas de coches de Europa, me viene a la memoria el AutoBild que siempre que pasamos por algún quiosco mira a ver si la tienen para comprarla; además de gustarle los coches de verdad, también colecciona coches en miniatura, algunos de los cuales se los hace traer desde Alemania, y puedo asegurar que su colección, que tiene expuesta en varias vitrinas en su habitación, es la más variada y extensa que he visto (no es mucho mérito siendo la única colección de este tipo que he visto, pero va camino de anexionarse alguna otra habitación de su casa para seguir con ella).

Pero ahora viene lo duro, y es que por muy buena persona que sea creo que en su casa no tiene espejo alguno, si lo tuviera no vendría con esas pintas de talibán afgano, de musulmán con un harén de cuarenta vírgenes (¡cómo para mantenerlas a todas!); pero no solo por eso sino porque tiene fijación en llamar a los demás cosas que también lo es él mismo. Para refutar esta acusación pongo un ejemplo, y es que cada vez que voy a la universidad vestido como a mí me gusta, es decir con camisa, jersey y pantalón de vestir (esto en invierno) me llama abuelo/yayo Herman (usa este nombre debido a mi alto parecido físico con una ario alemán, aunque nada más lejos de la realidad), o papi Herman si voy simplemente con camisa y vaqueros; cuando él por norma general viste de la misma manera que yo casi durante todo el año, exactamente igual: pantalón, camisa y jersey, o polo en verano (siendo además prendas todas de primeras marcas). Yo supongo esta aparente incoherencia o negación de la realidad es porque la envidia que tiene a mi cuerpo hercúleo y apolíneo le nubla la visión, normal. Pero aunque parezca que esto que acabo de decir es una crítica, no lo es, si no fuera por esos dulces calificativos que nos dedicamos mutuamente los días en la universidad serían pura basura (¿más?) y muy monótonos y aburridos. Y es que como buen hijo de periodista que es domina el arte de la palabra y el calificativo como el mejor y así me dedica perlitas como: cerdo chupóptero, perro del imperialismo, esbirro del capitalismo, oligarca explotador, fascista, Judas, traidor, Cánovas (adjetivo que me dedicaba ante cuando según mi amigo me parecía a este gran político decimonónico) o potentado. Este último, a pesar de que pueda resultar el más flojo, es el que más gracia me hace viniendo de una persona como él, que tiene tres coches (aunque es cierto que uno lleva varios años muerto en una plaza de aparcamiento de su casa esperando un sepelio digno), dos casas, una en alquiler y otra con parquet (y digo lo del parquet porque en primero de carrera en una conversación que no recuerdo por qué se produjo, hablando sobre nuestras casas otro amigo en común comentó que en su casa no había parquet a lo que mi gran amigo salto ¡NO TENÉIS PARQUET!), además le gusta veranear donde lo hace Rajoy y le llevan el pan a casa. Y es que me llama potentado porque me voy en verano a la playa unos días y luego a alguna ciudad extranjera a visitarla, como si él no se hubiera ido el año pasado a Francia con sus padres en coche durante una semana (o más no me acuerdo). Eso sí a pesar de llamarme a mí potentado, u oligarca explotador, él miso se define a sí mismo como un bohemio burgués, casi nada. Lo dicho creo que espejos no tiene en su casa, o muy pocos.

Sin embargo he de decir que cuando yo le conocí la primera impresión que me dio fue de ser mucho más diferente a mí de lo que una vez le conocí supe que era. Y es que a pesar de que venimos de mundos diferentes, sus padres ambos tiene carrera y ha estudiado en colegios de curas, mientras que yo a parte de estudiar en colegios laicos y públicos (el instituto) tengo unos padres que no tienen carrera, y además vivo como él mismo dice en un pueblo (cosa que es cierto aunque Vicálvaro, donde vivo, pertenezca a Madrid desde hace 60 años), y él en Madrid (teniendo en cuenta que considera que todo lo que esté más al sur de Príncipe Pío no es Madrid, sino pueblos aledaños que se han ido incorporando a la capital). Quizá este amigo sea con quien más gustos pueda compartir, y forma de ser también aunque a primera vista no lo parezca, además somos casi de la misma ideología, con pequeños matices (o grandes según se mire), aunque todo el tiempo me esté llamando fascista. Además es un gran amigo, con todas las letras y con el más amplio sentido de la palabra amigo, siempre que me ha visto mal o preocupado por algo o por alguien me ha intentado ayudar, incluso si fuera necesario me ha llegado a amenazar con un cúter que lleva siempre consigo en su estuche a la universidad (supongo que lo lleva con la esperanza de usarlo algún día para algo, aunque no sé muy bien para qué, o contra quién) para que reaccionara y me espabilara y dejara de hacer el gilipollas; además siempre dice la verdad, aunque a veces no quiera oírla, cosa que es de agradecer.

A parte de ser uno de mis mejores amigos, también fue el único testigo, casi diría yo el único privilegiado en presenciar la más mítica y épica de las caídas que he tenido en mi vida. Este suceso ocurrió durante los segundos parciales de primero de carrera, más concretamente antes de empezar el segundo parcial de Álgebra Lineal, allá por el mes de junio de 2010 por la tarde. Como nuevos, imberbes, novatos estudiantes que éramos, yo que suelo ser curioso por naturaleza decidí meterme a investigar y curiosear en una clase tipo anfiteatro (de cerca de 350 asientos) de la primera planta de mi escuela. No iba sólo, sino que a parte de esta persona como digo, iban también otros dos compañeros. Como digo, me metí en esa clase que por otro lado estaba completamente a oscuras y me subí al estrado del profesor, una gran plataforma que abarca todo el frontal de la clase, desde la cual imparten sus conocimientos sus señorías los profesores y catedráticos de la universidad. No se veía un pimiento, y además el suelo de la clase era de color gris oscuro con lo que el borde de la tarima había que intuirlo, cosa que no hice y es que a la hora de querer bajarme del estrado pues resulta que calculé mal dónde se encontraba el borde del mismo e intentando emular a Jesucristo intenté caminar en el vacío, con la consiguiente caída a peso muerto que experimenté. ¡Plafff! Ni siquiera intenté parar la caída, no me dio tiempo, no me la esperaba. No me hice ningún daño, por aquel entonces mi cuerpo estaba más mullidito de lo que lo está ahora. Lo que más recuerdo fue la forma en que caís, como una  bisagra de una puerta, pasé de estar en vertical y estar horizontal tendido en el suelo todo lo largo que era. Sólo vio esta caída esta persona de la que llevo hablando todo el artículo, aunque el sonido traspasó las puertas de la clase y alcanzó al resto de compañeros con los que iba al examen. Me levanté lo más rápido que pude y rompí a reír de la mejor manera que se puede hacer: acompañado de un amigo, varios minutos estuvimos riéndonos, y todavía hoy cuando recuerdo este momento me entra la risa. Siempre que intento contar esta anécdota a otras personas, y está el testigo de la misma presente le dejo que lo haga él ya que la vio desde fuera y además la narra casi mejor que yo.

Creo que poco más puedo añadir sobre esta persona sin poder revelar secretos que si los espías del CNI leyeran pudieran concluir con la detención de mi amigo por apropiación indebida de cierto material de oficina procedente de cierto lugar que él y yo sabemos. Ambos guardamos secretos el uno del otro y por tanto nuestra relación que aparte de poder ser de sincera amistad, también lo es de mutuo interés porque no se conozcan estos secretos. Quizá después de leer este pequeño resumen de nuestras vivencias en común, o de mi visión sobre ellas, quede decepcionado porque no me he metido con él como quizá podría haber esperado, pero no podría haberlo hecho aunque me hubiera estado amenazando a punta de cúter este bohemio burgués amante de los coches y de la cultura francesa a quien tanto quiero y aprecio y al que creo poder llamar amigo con mucho orgullo de hacerlo, y sintiéndome un privilegiado por ello. Seguro que se me quedan cosas por contar, algunas, seguro que me las recordarán a posteriori los amigos que tenemos en común, o los compañeros de la escuela que también compartimos, pero si pusiera todo lo que esta persona merece es posible que no acabara nunca de escribir, porque a medida que lo fuera haciendo me irían surgiendo anécdotas, vivencias que he podido vivir con él en esto años de universidad, y cosas divertidas que contar o que poder criticarle. Simplemente espero que en el futuro pueda volver a hacer otro artículo sobre él, lo que indicará que seguiré teniéndolo como amigo y compartiendo más momentos alegres, a pesar de que dice que cuando acabe la carrera se quiere ir lo más lejos posible, quizá Nueva Zelanda que es lo más lejos que se me ocurre a mí, aunque vaya donde vaya espero seguir teniéndolo como amigo, y además si se va a un país exótico ya tendría casa donde ir.


Caronte.

jueves, 5 de junio de 2014

Tiempo incesante

Hay veces que me gustaría poder volver atrás en el tiempo hasta el momento de comenzar la universidad. Tan sólo unos años, nada más, no querría ni siquiera ir mucho más atrás como para revertir el error de haberme metido en mi carrera. No pido tanto, sólo poder irme atrás unos años, a primero de carrera por ejemplo, para poder cambiar algunas cosas, para rectificar errores, para coger otros caminos. Me gustaría volver a empezar sobre todo mis relaciones con mis amigos y compañeros de clase, para poder no cometer los errores que me han llevado a una situación actual en la que no siempre estoy cómodo y a gusto, no ya con la carrera, algo que sólo se podría remedir viajando mucho más atrás en el tiempo, sino en general con todo. Volvería atrás en el tiempo para cambiar mi relación con una persona en particular, y mejorarla con muchas otras con las que cometí injusticias por aquella otra.

No soy alguien perfecto, como casi ningún ser humano que pise la tierra, lo sé y lo reconozco. No me gusta cómo me estoy comportando con una persona, pero si no me comportara así tampoco sería sincero conmigo mismo. No soy la mejor persona que hay en mi escuela, a veces me doy vergüenza a mí mismo de cómo me comporto con a quien una vez consideré un gran amigo. Hubo algo que pasó en algún momento, algo que tuve que hacer mal, rematadamente mal, para ser ignorado, casi despreciado, como lo fui por esa persona. Quizá la falta de costumbre a la hora de tener amigos me llevó a cometer muchos errores, a ceñirme a una persona y a minusvalorar a otras que sí se lo hubiera merecido más. Por eso querría volver atrás en el tiempo, para enmendar esos fallos. Pero el tiempo tiene numerosos defectos, y uno de los peores es que no se puede volver atrás, lo vivido, vivido está, lo pasado ya está olvidado, lo que se hace queda hecho y no se puede deshacer, lo que se dice se lo lleva el viento, lo que se dice queda grabado a fuego en el corazón, lo que se dice se puede guardar en la mente para cuando se pueda usar lo dicho por una tercera personas en beneficio de uno mismo. El tiempo es incesante, no para, por nada ni mucho menos por nadie. Puede que a veces pensemos que el tiempo no pasa, que no corren los minutos, sobre todo cuando estamos con personas a las que queremos y con las que estamos a gusto, pero también puede ocurrir todo lo contrario, y en las mismas situaciones el tiempo parece volar y apenas podemos darnos cuenta de que ha pasado. Pero el tiempo nos hace pensar, nos hace reflexionar sobre lo que hacemos y ya es pasado, sobre lo que decimos cuando es tarde ya para callarlo. El tiempo no espera a que pensemos qué hacer con él, el tiempo da por supuesto que el ser humano sabe que no se va a parar por nada, y que no se puede volver a ayer para callar lo que se dijo y luego se pensó mejor no decir, el tiempo no vuelve varias días atrás para darte la oportunidad para estudiar más un examen que a la postre cuando lo haces te das cuentas que no lo llevabas tan bien. Hemos de asumir ese pasar constante del tiempo y saberlo aprovechar, pero somos seres humanos y eso es imposible, sólo los muy fríos de corazón, las personas que más que seres humanos son autómatas son capaces de controlar el tiempo de sus palabras y sus actos, pero estas personas son antinaturales.

Con tan solo volver a primero de carrera me hubiera ahorrado heridas en mi corazón. Heridas que el tiempo debería haber podido ayudar a curar, a cicatrizar, pero que sólo ayudó a seguir manteniendo abiertas, y a abrirlas una vez parecían cerradas. Si pudiera volver a aquellas primeras jornadas de clase, cuando todos los compañeros nos estábamos empezando a conocer y a aclimatar al nuevo ambiente que iba a ser nuestra casa para los siguientes años; si pudiera volver a esas primeras semanas de primero hubiera hecho las cosas de manera muy diferente. Pero no se puede volver atrás, lo que hice hecho está, lo que no hice no lo recuerdo y no lo haría por alguna razón, muy probablemente estúpida pero como no está hecho no se puede saber. No me arrepiento de lo hecho, o sí y es por eso por lo que volvería a aquellos primeros días. Recuerdo bien quien fue la primera persona con la que hice migas, cómo podría olvidarla, resultó que no sólo era del mismo pueblo que yo sino que además éramos familia, si bien es cierto que lejana, pero familia al fin y al cabo. Esto no lo cambiaría por nada del mundo, si no hubiera conocido a esta persona, la primera amiga que tuve en la universidad, no hubiera tenido a nadie con quien pasar las primeras semanas porque soy una persona muy tímida e introvertida a la hora de relacionarse con la gente. Tampoco volvería al pasado para no conocer a quien más adelante también conocí y que ahora, y a pesar de que no siempre me haya portado bien con él ni de que le haya tratado siempre como realmente se merecía, es uno de mis mejores amigos (aunque a veces me amenace con un cúter que lleva siempre consigo en el estuche, amenazas que por otra parte quizá me merezca). Sí cambiaría cómo con los años les traté a ambos, después de haber sido las primeras personas con las que pasaba aquellos primeros días duros de universidad, de no saber qué nos estaban contando en clase, de no enterarnos de nada, de mucho trabajo y estudio; sí cambiaría el trato que en ocasiones no les di por dárselo a esa otra persona a la que consideré más mi amigo. Si pienso en ello, ni yo mismo soy capaz de reconocerme, no sé por qué actué así, no sé por qué hice de menos a esas dos grandes personas, los primeros amigos de la universidad, no sé cómo pude comportarme así con personas que me dieron su amistad y que luego estuvieron cuando más lo podía necesitar dándome siempre una palabra de ánimo, prestándome su apoyo.

El tiempo jugó en mi contra como tantas veces suele hacer, nunca nos va a dar un segundo para nosotros, nunca nos va a avisar de cuándo va a correr o cuándo va a ir un poquito más despacio. Tampoco nos va a recordar en cada momento que una vez que pase no volverá a hacerlo, cuando un instante se esfuma no hay posibilidad de recuperarlo, sólo nuestro recuerdo si lo ha grabado, o nuestro corazón si lo ha sentido podrán revivirlo de manera vaga en el futuro. El presente mismo es pasado en el mismo momento que está pasando; el futuro es pasado ya, y el segundo que está por venir en un segundo será pasado también. No nos damos cuenta de si las decisiones que tomamos en un momento son acertadas o no hasta pasado un tiempo, a veces años, otras muchas justo en el momento de tomar una decisión, de hacer algo, de decir algo, de callar algo, nos damos cuenta de que hemos hecho bien o mal. Pero una vez hecho, dicho o callado algo pasa a estar hecho, dicho o callado, y ya no hay posibilidad de hacerlo, decirlo o callarlo, porque el momento preciso se fue, es pasado, y en el pasado no podemos ni hacer, ni decir, ni callar nada. Por eso volvería al pasado, para poder hacer y no hacer algunas cosas, para poder callar sosas que dije y decir cosas que callé. Volvería al pasado para poder demostrar a la gente que realmente merece la pena la amistad que no les demostré en su día.

Pero el tiempo también permite rectificar si uno se da cuenta del error cometido. A veces incluso esa rectificación llega por la fuerza, sin querer que llegue, incluso duele darse cuenta de una realidad de la que eres el único que ha estado ciego y no ha sabido ver. El tiempo nos da tiempo para cambiar las cosas, para darnos cuenta de cómo es la gente tanto la que realmente merece la pena, esa que te demuestra que son tus amigos estando ahí cuando más lo necesitas, esa que nunca te ha reprochado nada cuando crees que había muchas cosas que reprocharte, esa que aunque a veces la hayas tratado como no se merecen te perdonan o no lo tienen en cuenta. Pero el tiempo a pesar de su incansable pasar, también nos permite descubrir cómo es esa otra gente que un día pensaste que era buena, esa persona a la que quisiste como un gran amigo, a la que consideraste como si fuera un hermano tuyo, esa personas que pensabas era de una manera aunque en el fondo nunca lo demostró, o muy sucintamente, muy superficialmente, pero que gracias al tiempo descubriste que no era ni de lejos como pensabas que era, sino más bien todo lo contrario. Al menos esto tiene de bueno el tiempo, que gracias a su pasar se pueden descubrir cosas, darte cuenta de cómo son las personas, ver cambios en ellas, no de manera inmediata porque cuando pasa el tiempo no nos damos cuenta, pero sí cuando ha pasado y piensas y recuerdas palabras dichas y calladas y cosas hechas y omitidas. El tiempo permite a veces pararte a pensar en los instantes pasados, a veces nos regala momentos en los que claramente nos incita a recordar, a mirar al pasado, y sólo así podemos comparar con lo que vivimos en el momento presente. Y sólo comparando podemos darnos cuenta de qué hemos hecho bien, y qué mal, que dijimos que no deberíamos haber dicho y qué hicimos bien en decir. Sólo con esos momentos de mirar al pasado podemos ver cómo ha cambiado una persona, cambios que quizá eran muy evidentes en el momento que pasó pero de los que no nos dimos cuenta, o no nos quisimos dar cuenta, como es probable que a mí me pasara con la persona a la que quise como un hermano. Éstas son dos de las caras del tiempo, una la que nos impide darnos cuenta de que un momento presenta es ya pasado en el momento que pasa; otra, la que nos permite de vez en cuando pararnos a mirar en el pasado, avisándonos de momentos ya vividos; una la que nos hace no ver cosas en el momento que pasan por delante nuestro; otra, esa que nos permite volver a ver esas cosas más nítidamente que cuando pasaron.

Por esta doble cara del tiempo no me di cuenta de cómo era esa persona hasta que el daño ya estaba hecho, cuando ya era tarde para mirar atrás con calma y reaccionar. La reacción vino de forma súbita e inesperada, o quizá no de manera tan súbita, quizá había una pequeña parte de mí (en mi cabeza) que me decía que esa persona no iba a ser buena, que había algo raro que podía llegar a hacerme mucho daño. Pero yo esto no lo quise ver, no suelo permitir que sea mi cabeza la que dirija mis sentimientos hacia las personas, es un error que eso sea así, prefiero que sea mi corazón quien me diga una cosa o la contraria, y quizá fuera esa actitud que he intentado mantener siempre la que me negaba una realidad que mi cabeza sí estaba viendo. No quise ver con mi razón. Pero el tiempo, como he dicho, da de vez en cuando esas oportunidades para mirar al pasado; sin embargo hemos de ser nosotros quienes las aprovechemos porque si no pasarán y ya no volverán hasta no se sabe cuándo. A veces el tiempo es generoso y cuando quiere que nos demos cuenta de algo que nos puede hacer mucho daño nos da una bofetada en la cara, o un pañetado en la parte alta del vientre, o donde más duela, quizá aliado con el destino, para sacarnos de nuestra gilipollez, y volvernos al mundo real, para que nos demos cuenta de las cosas tal como están pasando, y de cómo son las personas. El tiempo hace que las personas se quiten la máscara, hace que terminemos por ver cómo son de verdad, y como dice el dicho el tiempo termina por poner siempre en su sitio a cada uno, el tiempo es justo aunque a veces nos parezca que no lo es, sino más bien todo lo contrario.

Es cierto que me gustaría volver al pasado, retroceder unos años en el tiempo para cambiar mi relación con una persona en particular, sin embargo no sé qué cambio daría, qué haría para que a día de hoy no sienta hervir mi sangre cada vez que lo tengo que ver; me gustaría no sentir ni odio ni rencor hacia él, ya que nunca he sido así, me avergüenzo de mí mismo por sentir esto, pero sale de mi corazón, y aunque me cabeza me haga arrepentirme de lo que pueda decir o hacer en el momento en que lo digo o lo hago, mi corazón siente que tiene que decirlo o hacerlo. No soy fuerte. A veces puedo llegar a controlar mis sentimientos, ser frío, pero otras muchas no es así, y con mi comportamiento no sólo me perjudico yo, o hago que la gente piense que soy como realmente no soy, sino que también sé que hago que la gente que me rodea, mis amigos que también son amigos de esa otra persona se puedan sentir incómodos. No sé si volvería al pasado para cambiar mi trato con esta persona o para evitar conocerla del todo, porque en el fondo sigue siendo la misma persona que conocí en primero aunque yo me haya dado cuenta de su verdadera forma de ser años más tarde cuando tras haber confiado en él, y haberle considerado como alguien en quien me podía apoyar en momentos difíciles, llegado el momento me falló, me decepcionó, y no una vez sino varias, pero no quise verlo hasta que el tiempo me dio una patada en la entrepierna para que de una vez por todas cuanta de cómo era en verdad ese al que tanto apreciaba e hiciera caso por fin a aquello que sí le habían calado desde el principio. El tiempo no suele avisar de manera tan radical, pero a veces se apiada de la gente y se permite un momento de descanso para avisar, aunque sea de mala manera de que si se sigue por un camino se puede terminar acabando muy mal.

En el fondo, el tiempo esto lo hace para ahorrarse trabajo, porque cuanto más tiempo hubiera seguido erre que erre, sin darme cuenta de cómo era esta persona, de que no podía ser amigo suyo, porque en el fondo vemos y sentimos las cosas de manera muy diferente, no por culpa suya o mía, sino porque simplemente hay cosas que no pueden ser y quizá ésta sea una de ellas; o simplemente porque nuestros conceptos de amistad son diferentes, nuestra manera de sentir y querer es diferente, a mí me gusta querer a la gente y un amigo mío siempre está en el corazón de manera desinteresada, y quizá él a la única persona a la que quiera sea al él mismo, o ni tan siquiera a él mismo. El tiempo prefiere dar estos golpes a las personas aunque en el momento sean muy dolorosos, a tener que curar con posterioridad heridas muy profundas y de muy complicada sanación. Con el paso del tiempo las heridas que nos hacen las personas en el corazón terminan curando, o más bien dejan de doler lo que dolían al principio. Una herida casi nunca con sentimientos de por medio nunca termina de curar, podrá cerrarse, podrá cicatrizar pero siempre quedará dolor en el momento en que recordemos lo que nos la provocó, o a quien nos la produjo. Como quien está operado de la cadera y tiene una prótesis, sabe que el tiempo va a llover o a hacer más frío porque le duele la cicatriz de la operación; como quien ha tenido un accidente con el coche en una curva de una carretera y se rompió varios huesos de su cuerpo, a pesar de haber curado del todo cada vez que pase por esa curva recordará todo el dolor que sintió, el corazón siempre recuerda el daño que le infligen. El tiempo ayuda a que ese daño vaya a menos cada momento que pasa, pero nunca lo va a terminar por borrar; una persona que de niña tuvo un perro que murió atropellado, por muchos perros que tenga siempre recordará ese primero que murió trágicamente. Igual pasa con las personas por muchas personas que pasen por nuestra vida sólo por unas pocas sentiremos cariño y sólo a unas pocas llamaremos amigos, y por tanto si una de esas personas a las que has querido y has llamado amigo termina por hacerte daño, por mucho tiempo que pase siempre quedará un recuerdo, tanto de lo bueno que se haya podido vivir con esa persona - que será lo que más termine doliendo -, como de lo malo - que será quizá de lo que más nos terminemos arrepintiendo-, y el tiempo solo podrá hacer que la herida cicatrice pero sólo la distancia y la ausencias terminarán por curar una herida. Tiempo y ausencia se necesita para que el dolor se termine atenuando, si sólo hay tiempo el dolor puede enquistarse y eso es lo peor que puede pasar, porque es entonces cuando un sentimiento puede mutar radicalmente y ser todo lo contrario, se puede pasar de querer a una persona a odiarla, de tenerla como un gran amigo a no poder ni siquiera verla, de intentar ayudarla y desearla lo mejor, a alegrarte de que algo vaya mal. Aquí también el tiempo juega un doble papel, puede por un lado ayudar a olvidar, pero por el otro puede fijar un recuerdo en lo más profundo de nosotros mismos haciéndolo imposible de borrar, enquistándolo.

Sabiendo que no se puede volver a vivir lo vivido, que el pasado no se puede modificar y que nada podemos hacer por cambiar lo que hayamos hecho mal más que intentar olvidarlo, o al menos llevarlo a lo más profundo de nuestra mente para no recordarlo; me gustaría que el tiempo me diera la oportunidad de poder saber porqué las cosas han tenido que ir como han ido, cómo ha sido posible que alguien a quien yo consideraba un amigo, un muy buen amigo y a quien he querido como un hermano, ahora lo único que sienta hacia él la mayoría de las veces es odio, y un rencor que está anclado en lo más hondo de mi ser. Muchas veces me siento mal, me gustaría volver atrás para poder enmendar los errores que haya podido cometer como amigo suyo, pero otras veces, últimamente la mayoría de ellas, lo que me gustaría es no haberle conocido nunca porque así podría haber dado más a esas otras personas que sí se lo merecían, con las que celebré mi último cumpleaños en Toledo por ejemplo, con las que comparto taquilla, con la que está de Erasmus en tierras bávaras. Pero no fue así y por lo tanto no es así. Soy afortunado porque esas personas siguen siendo mis amigas y porque nunca me han echado en cara nada, aunque me lo mereciera. Soy afortunado de tener tan buenos amigos que me dicen a veces lo que no quiero oír, que me reprenden cuando hago algo que consideran que no es propio de mí o que no me convenía haber hecho. El tiempo, ahora mirado con perspectiva futura, me permitirá redimirme con estos amigos y demostrarles lo mucho que he valorado y valoro su amistad; espero que el tiempo sea por una vez generoso y me permita tener durante muchos años a estos amigos que ahora tengo, y vivir con ellos muchos momentos, hacerlos pasado y poder hablar de ellos en el futuro. Espero que el tiempo también me permita alguna vez tener una conversación con esa otra persona para al menos poder comprender algunas cosas que todavía sigo sin entender, para pedir perdón si es necesario que lo haga, porque a mí nunca me ha faltado valor para arrepentirme de algo que sé que he hecho mal o de algo que haya dicho con mala intención, nunca he sido tan orgulloso ni tan prepotente como para no reconocer mis equivocaciones, sé que en los últimos tiempos, en el año que llevo sin hablar con esta persona, he cometido muchos, de los que no me siento para nada orgulloso, he hecho y he dicho muchas cosas de las que seguro habrá un día que me arrepienta de ellas, o quizá todo lo contrario, porque podré ser todo lo que se pueda ser pero tonto no, y una cosa es que sepa que yo he podido errar y lo asumo, pero él también ha errado y quiera o no me ha hecho mucho daño negándome el apoyo que un amigo suele dar, en un momento de mi vida en que lo estaba pasando mal y en el que tenía una crisis fuerte personal. Soy capaz de perdonar muchas cosas y quizá también hubiera sido capaz de perdonar otra vez, pero otra vez el tiempo juega en contra (para mí también por supuesto) y hace que lo que un día podría haber sido perdonable ya no lo sea.

No soy tan necio como para pensar que las cosas puedan a cambiar, tampoco sé si quiero que cambien, simplemente me gustaría que el ambiente fuera diferente y al menos como personas normales nos pudiéramos saludar cuando nos viéramos por los pasillos de la universidad, sé que esta persona y yo no vamos a ser amigos nunca, que no voy a quedar a tomar algo o para ir al cine con él, para eso tengo a mis amigos de verdad, a los que aprecio y los que supongo me aprecian; pero a pesar de todo lo pasado y de que el tiempo seguirá incesante su camino hacia el futuro para hacerlo presente y luego convertirlo en pasado, me gustaría saber por qué todo ha sido así, me gustaría tener una respuesta, aunque a veces no la haya. Espero que en mí caso el tiempo termine por curar una herido, o al menos que haga que no sea tan dolorosa como a día de hoy es; espero que en mi caso el tiempo diluya este problema y convierta en mera experiencia vital, en un mal recuerdo de la universidad, en vez de enquistarlo en lo más profundo de mi ser y sea entonces muy complicado eliminarlo sin excesivo dolor y esfuerzo. Pero el tiempo que a cada uno se le es dado siempre es incierto y hemos de ser capaces de vislumbrar las oportunidades que entraña para saber aprovecharlas en nuestro beneficio, y eso el tiempo no lo dice. Pero aún a pesar de todos los trucos que el tiempo por viejo sabe, sólo los seres humanos tenemos la capacidad para hacer con él lo que queramos, incluso desaprovecharlo si esa es nuestra voluntad. El tiempo dado a cada persona es caduco, pero esa fecha de caducidad a diferencia de lo que pasa con los yogures o una lata de refresco, no la sabemos y por tanto hemos de ser nosotros mismos los que decidamos consumir todo el tiempo que se nos hadado antes de la fecha de caducidad porque después ya no habrá oportunidad, el tiempo habrá pasado y seguirá pasando. Y esto es lo que hará el tiempo en mi caso también, pasará, y lo hará sin preocuparse de si he resuelto los problemas que pueda tener, o de si he encontrado las respuestas que estaba buscando, no será misericordioso (si es que la misericordia, por ser característica divina, existe) ni conmigo ni con nadie, y si alguna vez es justo, tampoco mostrará misericordia con la persona con la que a día de hoy no me hablo. El tiempo juzgará al final cómo hemos aprovechado las oportunidades que nos dio y cómo despreciamos otras, o por qué no quisimos verlas.

Caronte.


lunes, 2 de junio de 2014

Viviendo la historia

Cuando miro los libros de historia y veo momentos clave en el devenir del mundo siempre me he preguntado cómo vivirían en el momento preciso los ciudadanos los grandes hitos históricos. Siempre me he preguntado cómo vivirían en París la toma de la Bastilla, o en Berlín la caída del muro (aunque lo haya visto por televisión, no es lo mismo que vivirlo aunque sea a mucha distancia), o la invasión de Polonia por parte de los nazis que provocó la IIGM. Pues bien, no creo que pueda seguir haciéndome dichas preguntas más, porque más que a algunos les pese y a otros muchos les dé igual, en estos últimos días, y casi me atrevería a decir años estamos presenciando lo que dentro de muchas décadas formará parte de los temarios de los institutos, colegios y universidades; momentos que en el futuro podremos contar a quien quiera escucharnos por haber sido testigos de los mismo y haberlos vivido si no en primera persona, si en directo aunque sea por televisión.

Estos días estamos viviendo la historia. Desde las pasadas elecciones europeas del 25 de mayo (esas a las que todo el mundo restaba importancia) en este país están pasando cosas muy serias, serias en el mejor sentido de la palabra, para bien. Este acontecimiento supuso la puesta de manifiesto que lo que hasta ahora valía en España ya no vale, que lo que hasta ahora se ha estado haciendo desde la política, lo que los políticos creían que estaba respaldado por los ciudadanos mediante el bipartidismo, ya no basta. Lo que vivimos en esas elecciones fue una fuerte llamada de atención hacia aquellos que por suerte o por desgracia están llamados a alternarse en el poder (PP/PSOE), pero no fue una simple llamada de atención, fue más bien un grito de hartazgo hacia una manera de hacer política, de gobernar, de actuar que a la gente ya le cansa. Es muy posible que esta manera de actuar fuera la necesaria pasa pasar de una dictadura a una democracia, pero solo debería haber valido para ello. Por desgracia está manera de hacer política, de considerar la política un trabajo y no como lo que es, un verdadero servicio público que debería estar desempeñada por personas que quieran trabajar con ahínco por su país, como digo esta manera antigua de hacer política se enquistó en los genes de los políticos hasta convertirlos en casta. Las elecciones europeas han supuesto un cambio, o al menos han sido lo suficientemente dañinas, y han escocido lo suficiente a PP/PSOEE, como para que las cosas empiecen a cambiar.

Hemos visto como en apenas una semana el PSOE, ahora en la oposición, no sin merecimiento, ha dado un volantazo brusco, haciendo girar el timón del barco 180 grados dejando atrás el inmovilismo en el que tan a gusto estaba. El PSOE se ha dado cuenta de lo que la sociedad está gritando, sobre todo los jóvenes, que somos los que más jodido lo vamos a tener para salir adelante en este país comido hasta sus más profundos cimientos por la carcoma de la corrupción. Los resultados de las elecciones no son como nieve de mayo, ni tampoco son el aupamiento de grupos de frikis como alguna momia política de la época de la transición ha querido dejar ver en sus declaraciones. Los resultados de las elecciones europeas del pasado 25 de mayo son la consecuencia del asco que la gente tiene ya hacia esa casta profesional en que se han convertido los políticos; son el resultado de que la gente está ya hasta la coronilla de que los políticos les tomen por imbéciles, por gente analfabeta que se cree todo lo que dicen, todos sus embustes, todas sus mentiras, y que va a aceptar sus tejemanejes y corruptelas. Hay que acabar con los cortijos políticos como los de Andalucía y Valencia. Se ha mandado un mensaje que creo que está muy claro y es que los ciudadanos somos los que damos nombre a la Democracia, y no los políticos; que la política deben hacerla los encargados por los ciudadanos para representarnos en las Cortes pero con nosotros y no a nuestra espalda, con nocturnidad y alevosía (como el cambio constitucional de hace un par de años, acordado en cónclave por PP y PSOE). El PSOE ha iniciado un cambio que debería haberse producida hace mucho tiempo, pero nunca es tarde si la dicha es buena; y espero que lo sea porque si no el ridículo que van a hacer va a ser monumental.

Pero el mayor golpe, ese que nadie se esperaba, ese que va a hacer que se tambaleen los cimientos del Estado español, el que puede provocar mayores cambios, más profundos y de mayor calado ha sido la abdicación del Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I. La abdicación ha sido algo que nadie, por mucho que ahora haya gente que se quiera colgar la medallita del “yo ya lo dije hace unos meses”, se esperaba, y llega en el peor momento para el Rey debido a su baja valoración popular. Y esto es algo histórico, ya que por norma general un rey muere rey; y en España en pocas ocasiones se ha producido una abdicación: Carlos I (vaya nombre para un Rey, apunte mental personal) que lo hizo a favor de su hijo Felipe II (curiosa coincidencia) y Felipe V que lo hizo a favor de su hijo Luis I pero que tras la muerte prematura de éste hizo que volviera a colocarse la corona. Hay quien le quitará importancia a este hecho, porque no le importe lo más mínimo o porque se crea superior a la historia y diga que esto no le afecta, pero quien así piense se engaña, la abdicación del Rey es algo histórico y somos unos privilegiados por estar viviendo estos momentos que pasarán a los libros de historia y que se estudiará. Sin embargo parece que la abdicación está de moda en Europa, el año pasado vivimos los relevos en Holanda primero, donde es tradición, y después en Bélgica, donde como en España también fue novedad. Habrá quien considera que las elecciones europeas no tienen nada que ver con la decisión del Rey, pero se equivocan porque en esas elecciones la ciudadanía (o al menos la que fue a votar) reclamó cambios, reclamó el comienzo de una nueva etapa, en la vida política, económica, social y cultural de este país. La decisión de abdicación se tomó en enero según dicen, pero ha sido después de esa gran llamada de atención en las urnas cuando se ha anunciado el cambio es está empezando a producir. Y el cambio ha comenzado por la Jefatura del Estado, cuando debería haber comenzado mejor dicho por la Jefatura del Gobierno, pero no hay que olvidar que el Gobierno lo preside Don Mariano Rajoy, que gobierna respaldado por la mayoría silenciosa; pues es probable que esa mayoría silenciosa que según él le respalda haga valer ese silencio y termine por reventar los tímpanos de esos políticos sordos. Quiero señalar la importancia que tiene la abdicación en una persona con el carácter y los genes de Don Juan Carlos, un Borbón de pura cepa, orgulloso y prepotente, a veces incluso cabezón, alguien a quien se le educó pensando que un rey lo es hasta que llega a su lecho de muerte y espera a que sus antepasados le reclamen. La decisión de abdicar en el caso del Rey es algo que le honra y que hace ver que por muchos errores que haya cometido (algunos republicanos piensan que una Presidente de la República no comete errores) siempre ha pensado en España por encima de todo, o al menos eso pienso yo en mi inmensa ingenuidad. Hay también quien dice que debido a la afición futbolera del Rey por el Real Betis Balompié (afición que un buen amigo mío tocayo del monarca sostiene con uñas y dientes) Juan Carlos I ha abdicado porque su corazón no ha aguantado más el descenso del Betis a segunda división. Para gustos los colores. También es probable que sólo decidiera abdicar una vez el Real Madrid ganara la Décima por eso de que sólo el Madrid sólo gana Copas de Europa con Franco o con Juancarlitos. Otra posibilidad es que la abdicación sea un premio a un colchonero de pro como lo es el Príncipe de Asturias, futuro Felipe VI.

Se abre una etapa nueva en España, una etapa que ninguno de los que vivimos podemos decir cómo será porque nadie ha vivido algo así. Nos esperan días largos días de especiales en televisión, radio y prensa, en internet también por supuesto. Nos esperan días de largos debates sobre si hay que consultar al pueblo español por la forma de estado que prefiere, es decir si quiere ver coronado a Felipe VI, o proclamada la III República. No quiero entrar yo en dicho debate, más aún cuando siempre me he considerado monárquico, si bien es cierto también que en los últimos años ha sido el primero en desencantarme con el Rey Juan Carlos y que ha criticado sus formas y actuaciones, y tampoco soy un necio como para negar que España será una República el día que me vaya a criar malvas, pero creo que todavía queda un tiempo para que ese cambio se produzca, todavía escuece mucho la Guerra Civil y la Dictadura, todavía nos llamamos rojos y fascistas unos a otros, todavía falta tolerancia y moderación en la sociedad española, nos falta pulirnos un poquito y dejar de ser los brutos que hemos sido durante todo el siglo XX, y empezar a usar la cabeza que nos dio Dios, no para que el cuerpo terminara armónicamente en punta, sino para pensar antes de hablar y actuar, para pensar en frío, cosa que de momento no pasa y por lo que pienso que una República todavía es inviable. Sí es cierto que llegada a la madurez intelectual de la sociedad española habrá que preguntar a la sociedad, y deberá ser ésta la que decida todo. Y es esto el núcleo de la cuestión, este es el ojo del huracán levantado en las urnas el pasado 25 de mayo, que debe ser la sociedad la que dirija la sociedad y elija periódicamente y de manera directa a sus representante a quienes encarga la administración del Estado, y el cómo se administra ese Estado. La sociedad muestra signos de madurez y estos signos se materializan en ganas de cambiar el estado habitual de las cosas. Si los que ahora se suponen que representan a esa sociedad hacen oídos sordos lo van a pasar muy mal.

La noticia de la abdicación por desgracia me ha pillado en clase asistiendo a una clase preparatoria para un examen, una clase que no sirve de absolutamente nada y que demuestra muchas cosas entre otras la necedad de los que asistimos a la misma. Soy una persona a la que le gusta vivir en primera persona estos acontecimientos históricos porque sé que relevancia tienen, por lo menos para mí, hay a quien le parecerá más importante que su equipo de fútbol suba a primera o que gane la champions; es por esto por lo que me ha fastidiado sobremanera perderme el desarrollo de la noticia desde su nacimiento. Podía haberme salido de clase en cuanto se ha conocido el alcance histórico del anuncio de abdicación pero ya que había ido a la universidad para esta clase de “repaso” no me iba a volver, y además ya me perdí la anterior clase de repaso en el cuatrimestre pasado, y aunque no me hubiera servido de nada haber asistido entonces, en esta ocasión decidí ir. Pero me ha dado mucho coraje estar allí, cuando yo mismo me estaba traicionando a mí mismo por asistir a una pantomima de clase, ya que Arte es una asignatura a la que normalmente vamos un puñado de personas, pero a la que hoy ha asistido como diez veces más gente que lo normal, entre ellos yo que me he dejado llevar por mi sentido del deber y he colaborado al teatro que se ha llevado a cabo, cuando podría haber estado perfectamente en mi casas enterándome de todo lo que estaba pasando y que forma parte de la historia. Más me hubiera fastidiado tener examen y no enterarme de nada hasta que todo hubiera pasado por no poder mirar el móvil (por una vez mi móvil ha sido de utilidad), como les ha ocurrido a algunas personas en mi escuela, bolonio o de los otros no sé, pero que supongo que tampoco les importará mucho el bombazo informativo de hoy.

Aún así estamos viviendo la historia, de esa que no se repite. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a vivir la abdicación de un Rey de España? Pero no solo esto, mi generación está viviendo momentos muy importantes e inéditos en la historia: la renuncia de un Papa y la consiguiente cohabitación de dos Santos Padres, la elección del primer Papa no europeo, dos cónclaves, la elección del primer presidente negro de los EE.UU., abdicaciones en diferentes monarquías Europeas, que una película muda, francesa y en blanco y negro gane los Oscars, que Jordi Hurtado sigua vivo y presentando Saber y Ganar…Ya en serio, esta abdicación podrá ser interpretada de muchas maneras, se le podrán buscar muchos significados, incluso conspiraciones judeomasónicas, pero lo que es seguro es que es algo histórico que estamos viviendo, y que muy probablemente no volvamos a vivir (lo más seguro es que lo siguiente que veamos de tal envergadura sea la proclamación de la III República española). A mí esto me gusta, vivir la historia en el momento que se produce, y no entiendo que nadie lo vea como y, como algo histórico que merece la pena vivir, entiendo que hay cosas mucho más importantes en la vida como el ascenso a primera del Eibar, el examen de Arte de la universidad, el cumpleaños de tu mascota o que Mario Vaquerizo te firme su último libro, pero la abdicación de un Rey no se vive todos los días, y habrá alguna ocasión en el futuro en la que recordaremos este día y lo que estábamos haciendo; yo por desgracia estaba en la universidad perdiendo el tiempo, aunque también puede llegar a ser una suerte y ese hecho en sí me permita recordar este momento siempre.


Caronte.

domingo, 1 de junio de 2014

Letras en el parque

Hace ya casi un año que me despedí de la Feria del Libro 2013 deseando dar la bienvenida a la del año 2014, y ayer fui a servirle honores a la mayor fiesta de los libros que se celebra no ya solo en Madrid sino en España. Muchos son 365 para pasarlos deseando que llegue algo, pero si ese algo merece la pena la espera no es tan dura, y si mientras tanto uno puede estar acompañado por libros, sumergido en un mar de letras mejor que mejor. Todos los años, desde hace ya unos cuantos, cuando se acerca el mes de junio empiezo a pensar única y exclusivamente en ir a la Feria del Libro; desde primeros de mayo empiezo a ansiar con fuerza que se abran las decenas de casetas que jalonan todo el paseo de coches de los Jardines del Buen Retiro, y poder ir a mezclarme en la marea humana que llena el asfalto y que impide que se pueda ver. Es un ritual que llevo repitiendo muchos años, y al cual solo faltaría por causa de enfermedad, ni siquiera los exámenes de la universidad (ni mucho menos algo que no merece la pena como mi Escuela iba a impedirme ir a la Feria) han impedido que vaya año tras año y un par de días a la Feria a comprar algún libro; y espero no faltar en el futuro sean cuales sean las circunstancias personales que tenga en cada momento. Para mí la Feria del Libro es uno de los eventos insustituibles a los que asisto todos los años.

Como corresponde a un buen fin de semana de Feria del Libro, la tarde estaba radiante con un cielo pintado con un intenso color azul propio y digno de la mejor de las primaveras, lleno a su vez de esponjosas nubes de algodón blanco. Como buen fin de semana ferial el cielo aunque de cara amable guardaba a lo lejos la amenaza de la lluvia, fiera enemiga de los libreros y del papel, pero ¿qué sería una Feria del Libro sin uno de esos magníficos e inesperados caparrones primaverales que pillan desprevenidos a la multitud de paseantes y lectores que abarrotan las casetas? No sería lo mismo ir al Retiro en estas dos semanas si no hubiese esa permanente amenaza oculta de poder acabar un poco mojados y tener que correr a protegerse bajo los toldos color crema de las diferentes casetas de la Feria, o a cobijarse bajo las enormes verdes copas de los árboles. Esto también es la Feria del Libro. Recuerdo hace unos años una tarde que estaba en la Feria acompañado de un buen amigo, Ángel (espero que no le moleste que use su nombre), con quien desde que estoy en la universidad he estado yendo año tras año al menos uno de los tres sábados que cubre la Feria y que desgraciadamente para mí, aunque también con cierta alegría por él, este año no podrá acompañarme por estar en Múnich de Erasmus. Aquella tarde, hace dos o tres años, estaba igual que la de este año, el mismo cielo, las mismas nubes, sin embargo hacía algo más de viento lo que hizo que de repente y sin que nadie de los aficionados a los libros que estábamos en el Retiro nos lo esperáramos cayó un chaparrón más propio de latitudes ecuatoriales, de una intensidad endiablada las gotas caían intentando hacer daño y perforar las delicadas bolsas de papel en la que los afortunados compradores de libros llevan sus adquisiciones. Dicha tromba de agua duró apenas cinco minutos e hizo que todos los visitantes de la Feria buscaran refugio donde fuera. Ángel y yo nos refugiamos a la altura del Florida Park debajo del toldo de una de las casetas con otras personas. Los libreros, con buen ojo, en cuanto vieron que el agua caía con esa violencia se apresuraron a extender los toldos para intentar dar cobijo a la mayor parte de la gente allí congregada aquella tarde. Una vez la tormenta, más bien la nube maldita, pasó, todo volvió a la normalidad, eso sí al menos yo volví más contento que antes de la tromba, me resultó gracioso vernos correr para intentar no mojarnos, bueno Ángel corría poco, y es que como buen boy scout estaba acostumbrado a mojarse. Tengo muy buenos recuerdos de las Ferias del Libro pasadas con Ángel, no puedo olvidar que con él fue la primera vez que fui a que un autor me firmara un libro, en aquella ocasión y hace ya un par de años fue Eduardo Mendoza y Almudena Grandes, y la verdad es que para lo nervioso que estuve entonces y que cada vez que voy a que me firme un autor algún libro, he de decir que Ángel estaba más que tranquilo, no se inmutaba ante nada. Espero este año poder ir con otros amigos y poder también guardar buenos recuerdos de ello, aunque para ello tenga que sacar el látigo y obligarles a acompañarme al Paseo de Coches.

Sin embargo este año había una importante diferencia con los anteriores, y es que la temperatura que hacía para estar en junio, en las postrimerías de la primavera se me antojaba más otoñal, de principios de dicha estación, que propia de las fechas en las que estábamos (a tres semanas de la llegada del invierno), pero es que todos sabemos que hasta el cuarenta de mayo…No voy a ser yo quien se queje de la temperatura que hacía, para mí era perfecta para estar en la Feria, para ir de caseta en caseta buscando esos libros que estaban esperándome; aunque tengo que reconocer que se me hizo raro ver poca ropa de verano, pocas camisetas y camisas de manga corta, poco pantalón bermudas y poco tirante en las chicas, sólo unos pocos se atrevían con esas prendas, más bien para llamar la atención que porque fueran necesarias. Algo raro sí, pero todavía estábamos en el primer sábado de Feria, quedaban dos más y el calor seguro que iba a llegar. Como he dicho la tarde estaba perfecta para ir a ver, descubrir y comprar algunos libros, pero además yo iba a que varios de mis autores preferidos, algunos descubiertos en el último año, me firmaran varios libros, y a ello me dispuse con la ayuda de mis padres. El primer objetivo fue la gran Julia Navarro, autora de entre otros libros “Dime quien soy” y “Dispara, yo ya estoy muerto”, dos novelas inmensas (más de 950 páginas cada una) cuyas páginas cuentas dos grandes historias conmovedoras llenas de intensidad, aunque a mí la que más me gustó fue la primera; a pesar de que yo pensaba que por fama y ventas íbamos a tener que esperar una larga cola para que nos firmara estos dos libros la verdad fue que fue llegar y besar el santo, no tuvimos que esperas más que la autora firmara a una persona. Cuando nos llegó el turno mi madre saludó efusivamente a la escritora y expuso sus opiniones sobre los dos libros, yo en este caso guardé algo más de silencio, dejé que fuera mi madre a quien también le hacía mucha ilusión aquello que dijera para quien tenía que dedicar los dos libros. Una vez firmados estos dos grandes libros, que pesan un quintal, seguimos avanzando por el Paseo de Coches hasta poder alcanzar a nuestro siguiente objetivo, éste ya algo más personal mío. En este caso tampoco tuvimos que esperar mucho, algo más que para Julia Navarro pero no mucho más, y es que Javier Reverte es el mejor escritor de libros de viajes que hay en este país, y aunque menor que en otros géneros, también tiene un público muy importante al que desde que he terminado de leer “El sueño de África” me he incorporado. Si Julia Navarro me había parecido una escritora, tímida, poco acostumbrada a las grandes masas que conlleva la Feria del Libro, Javier Reverte, por el contrario me pareció una persona ya veterana en estas lides, y mucho más amable y cercano como escritor, algo que también se ve en la dedicatoria que me hizo en el libro que he citado y en otro que me compré para que también me lo firmara, en este caso la adquisición fue “El río de la luz”.

Poco a poco iba cumpliendo mis objetivos, tanto de libros como de firmas. El siguiente era Juan Eslava Galán un escritor de novela normal y corriente, pero también de libros de historia contada de una manera muy peculiar, muy amena desde puntos de vista poco convencionales y añadiendo anécdotas que ayudan a que la historia no sea tan densa como es de costumbre (aunque a mí me guste tal como es de normal); y eran dos de estos libros de historia, “Historia de España contada para escépticos” y “Historia del mundo contada para escépticos” los que llevé para que me firmara. También en este caso Eslava Galán me pareció un tipo muy simpático y corriente, hablador y muy amable, y también como en el caso de Javier Reverte, sus dedicatorias fueron algo más extensas y personales que las de Julia Navarro. Pero cada autor es un mundo, y no hay que olvidar que son también personas como sus lectores, y como personas cada cual es diferente. La tarde seguía avanzando y las nubes iniciales de algodón empezaban a transformarse en amenazantes nubes grises de chaparrón, pero todavía no eran más que posibles amenazas, una espada de Damocles que teníamos que aceptar. Da la casualidad que sin esperármelo descubrí que un autor que no pensaba que iba a firmar libros esa tarde estaba haciéndolo, y para no desperdiciar dicha oportunidad decidí comprar un libro suyo para que estampase su rúbrica en él. Este autor, para mí uno de mis preferidos era Javier Marías, alguien que a no mucho tardar estoy convencido que se convertirá en el próximo Premio Nobel español, por mucho que otro buen amigo mío se ría de mí cada vez que lo digo, guarden estas palabras queridos lectores, guarda estas palabras querido amigo mío. Como he dicho para aprovechar la presencia inesperada de Javier Marías decidí comprar su libro “Todas las almas” y llevárselo a que me lo firmara. He de decir que ya había ido anteriormente a que Javier Marías me firmara unos libros, fue durante el Día del Libro, y creo que no he estado más nervioso en toda mi vida que aquel 23 de abril, de verdad; por tanto esa tarde en la Feria del Libro ya sabía a quién me enfrentaba, a una persona algo arisca a la primera impresión pero muy amable y agradecido con sus lectores una vez te sueltas a hablar y cruzas unas palabras con él; por cierto he de decir que es zurdo, algo que me sorprendió bastante, no por nada malo sino porque no me lo imaginaba.

La tarde estaba ya más que completa. Mis objetivos estaban sobradamente cumplidos, mis padres cargados de bolsas con libros traídos de casa para que fueran firmados y de nuevas adquisiciones. Sin embargo me quedaba por hacer una compra, y es que desde que leí en El País un artículo relacionado con este libro, he estado esperando que llegara la Feria del Libro para poder adquirirlo; “Nos vemos allá arriba” de Pierre Lemaitre es la novela ganadora del premio más prestigioso de las letras francesas, y trata sobre la Gran Guerra de cuyo fatídico inicio se conmemoran este año 100 años. La tarde de libros por el Retiro, mi tarde de libros por el Retiro con mis padres estaba llegando a su fin, y la lluvia parecía que iba a hacer acto de presencia para también honrar a la Feria en su nueva edición. Por ese sábado todos mis planes se habían cumplido y con creces, había ido a la Feria del Libro, había comprado algunos nuevos ejemplares y había llevado otros a que me los firmaran sus autores, y además había conocido a dichos autores, ¿qué más podía pedir? Nada. Ya sólo me quedaba esperar a que llegara el siguiente sábado para volver a acercarme a ese gran pulmón que son los Jardines del Buen Retiro, porque a diferencia de Central Park o Hyde Park, El Retiro es un jardín que en su día perteneció al que probablemente hubiera sido el palacio más imponente de toda Europa si no hubiera sido por los facinerosos de los gabachos que durante la Guerra de Independencia española usaron la fachada del Palacio del Buen Retiro como diana para hacer prácticas de tiro.

Sólo quedaban ya siete días para poder volver a acercarme a la Feria del Libro, a respirar el ambiente literario que se vive a lo largo de todo el Paseo de Coches, a intentar hacerme paso por entre la gente que se agolpa delante de las casetas para, sin haber comprado nada y sin tener la intención de que algún autor les firme algún libro, poder ver a ese famoso que firma libros. Esto es en sí mimo la Feria del Libro, la aglomeración de gente, oler a libro nuevo, a tinta recién impresa, a hojas llenas de historias, pasear o intentarlo entre la gente, a admirar la exposición de fotografía que alrededor del Florida Park acompaña a los visitantes y que ameniza el paseo, el buscar la complicidad de los escritores, el comprar alguna novela que llevabas años deseando tener entre tus dedos, el descubrir novelas que ni te pensabas que existían pero que te estaban esperando. Esto es la Feria para mí, y no lo cambio por nada del mundo. El siguiente sábado tocará intentar convencer a algún amigo para que me acompañe ya que Ángel, como he dicho, está en Alemania, pero seguro que lo consigo, ¿qué mejor plan hay para un sábado por la tarde que ir al Retiro? Ninguno. ¿Estudiar? Ni pensarlo, no merece la pena. Mientras tanto, mientras pasa la semana, sé que los libros seguirán allí esperándome hasta el fin de semana siguiente, desenado que los coja entre mis manos y los abra para descubrir las historias que encierra el mar de letras de sus páginas. Y yo iré como llamado por las sirenas, a cuyo canto no me podré resistir, y no querré resistirme.


Caronte.