jueves, 20 de marzo de 2014

Aguas rápidas, fría nieve, montaña silenciosa (Parte II)

La primera noche se me pasó volada. El sueño que tenía, junto el cansancio derivado de un viaje tan largo y cargado de emociones y nervios fueron los culpables que nada más meterme en la cama me entregara a los designios de Morfeo. Bueno esto no es del todo cierto. Antes de dormirme me tuve que acostumbrar a los tremendos ronquidos que mi compañero de litera prefería. Estoy seguro que ni las trompetas del juicio final, ni las que tiraron abajo las murallas de la bíblica Jericó, sonaban como aquellos tremendos bufidos (dicho todo esto desde el más absoluto cariño y aprecio que tengo hacia este magnífica persona). Lo bueno es que iban acompasados, tenían ritmo, y gracias a eso y a los tapones para los oídos me pude dormir. Superados estos inconvenientes, ya sí pude dormir del tirón hasta la mañana siguiente.

Y llegó dicha mañana. Lo que más me llamó la atención fue el silencio reinante, no solo ya en la propia casa, sino también en el pueblo. El silencio de la montaña, gracias al cual sabías que estabas allí. Nunca había experimentado tal silencio, en Madrid es muy complicado levantarte por la mañana y que haya silencio, siempre hay un murmullo en la calle. En Llavorsí no lo había. Sólo se escuchaba el silencio. No fui el primero en levantarme, mi compañero de sueño, ya estaba despierto preparando el planning de aquel día. El objetivo principal del viaje era hacer rafting en el río Noguera Pallaresa. ¡Quien me hubiera dicho a mí hacía unos años que me iba a ir a hacer rafting y a pasar un fin de semana con amigos, a un pueblecito en pleno pirineo leridano! Qué vueltas más increíbles da la vida. Con posterioridad al viaje, me di cuenta de que una de las personas con los que lo hice, cargado de ilusión, resultó no ser amigo, sino un falso. Cosas de la vida.

Una vez se levantaron el resto de miembros de la expedición, desayunamos. Antes de ir a hacer rafting, tuvimos que preparar las provisiones para la aventura acuática, y nada mejor para recargar fuerza en mitad de ella que un bocadillo de beicon frito y queso. Para hacer tiempo antes de que llegara la hora de irnos hacia el sitio desde donde saldríamos río abajo, el resto de los compañeros de viaje decidieron ponerse a jugar un rato. Yo no me sentía con ganas y me senté en el sofá. Me quedé dormido, totalmente sopas, hay fotos que lo atestiguan (fotos sacadas a traición que conste). No sé si fue porque tenía sueño (creo que no porque había dormido bastantes horas y bien dormidas), o porque estaba completamente cagado de miedo ante lo que me esperaba. Supongo que la segunda opción era la correcta. No es que tuviera miedo, porque entre todas las actividades de cierto “riesgo” que hay en el amplio catálogo de los dementes deportistas, el rafting era la única que realmente siempre quise hacer. No me preguntéis por qué. Simplemente siempre me llamó la atención.

Pues me quedé completamente dormido. Por suerte, me desperté antes de pasar la vergüenza de que alguno de mis amigos me llamara. Llegó la hora. Bajamos hasta las instalaciones desde las que debíamos partir. Una vez allí, y presentados a los monitores, nos dieron la equipación (o disfraz de morcilla, como queráis). Un traje de neopreno bien pegadito al cuerpo para que no pasara ni una gota de agua (me río yo de esto), unas botas también de neopreno y un chaleco salvavidas, a parte de un remo para cada uno y la balsa para todos. En la balsa, barca, o como quiera que se denomine la lancha neumática sin motor en la que nos subimos, íbamos a parte de mis amigos y yo mismo, dos parejas más, y el monitor. El monitor merecería un largo comentario a parte, simplemente diré que he conocido muy pocas personas con esa fuerza vital y esas ganas de divertirse que este hombre tenía, para ser tan bajito y parecer tan mayor. Una cosa curiosa también de nuestro monitor, es que mientras los que íbamos remando las pasándolas canutas, intentando no caernos a las gélidas aguas del río, él iba fumándose un pitillo, tan pancho.

Una vez pertrechados con nuestro equipo acuático, o disfrazados de morcillas, como algunos entre los que me incluyo íbamos, empezó la aventura. Toda la mañana y parte de la tarde estuvimos metidos en la barca. Al timón el monitor, lógicamente, a estribor cuatro miembros rasos de la tripulación, los mismos que a babor, y uno más en la popa ya que éramos nueve las personas que íbamos en la barca. Los primeros metros de río, y los primeros rápidos que íbamos pasando fueron más que nada una primera toma de contacto con el río. Y vaya toma de contacto. El agua no estaría a más de cinco grados, y se notaba. Por mucho neopreno que lleváramos, y muchas botas cuya intención fuera protegernos e impedir que entrara el agua, el agua entró y nos caló los pies, por lo menos a mí. Al principio el frió fue casi mortal, nunca había notado algo tan frío, sin embargo como el contacto fue tan continuado, el frío tornó rápidamente en fuego y durante unos minutos los pies ardían, hasta que llegabas a no sentir nada. Los nervios no notaban ya diferencia entre frío o calor, estaban completamente dormidos, como la propia alma de la montaña, simplemente sabías que los tenías al final de las piernas porque los veías.

Una vez superados los primeros golpes que nos dieron las gélidas aguas de aquel río que la tarde anterior parecía apacible, y los primeros nervios al estar en una barca más inestable que un bebé dando sus primeros pasos, llegó la hora de divertirse intentando remar. Cada vez que llegábamos a una zona de rápidos, el corazón se me desbocaba porque la lancha se movía sin control alguno, se retorcía, quedaba prácticamente a merced de la voluntad del río, por mucho que nos esforzáramos todos en obedecer al monitor y remar hacia derecha o izquierda según nos dijera. Era inútil. A veces el golpe que la lancha se daba contra las rocas, o contra la propia superficie del agua, rota por la violencia del cauce, era tal que el interior de la lancha se llenaba de agua. Había ocasiones en que la persona a la que le tocaba ir en popa, y “descansar” de remar, ya que nos íbamos turnando, desaparecía totalmente bajo el agua, ya que esa parte de la lancha se sumergía en el agua. Un par de mis amigos les tocó ir en popa en esas situaciones. No les envidio, por mucho que dijeran que fue increíble. Lo cierto es que lo era. A mí me tocó ir en popa en una zona de relativa calma, sin rápidos bruscos, o caídas fuertes. Pero también tragué agua, y me mojé bastante. Pero dicen que el agua fría ayuda a no envejecer.

En más de una ocasión estuvimos a punto de perder a algún miembro de la tripulación, por suerte se pudo evitar. En un par de ocasiones fue un amigo mío el que casi se vio sumergido en las aguas glaciares del Noguera Palleresa, pero al final se pudo agarrar a las cuerdas de la lancha y evitar el chapuzón. Viendo que nadie se iba al agua por más saltos y rápidos que pasábamos, el monitor decidió buscar el accidente. Cada vez que podía nos llevaba por la zona más violenta del río, buscando que la lancha se encabritara, y cual caballo salvaje terminara por desmontar a alguno de nosotros. Yo me lo empecé a oler y cada vez que veía que el monitor nos acercaba a la zona chunga del rápido me preparaba para la embestida. Sin embargo pasó algo muy curioso, y es que tanto buscó que alguno de nosotros cayera al agua, que al final el que se dio un baño en esas cristalinas aguas fue él. Esto fue gracioso, pero sólo cuando se volvió a subir a la lancha, porque hasta que lo hizo nos quedamos sin timonel, y entre nosotros todavía no había ningún barbarroja para dominar la embarcación. Todo acabó en una divertida anécdota.

A mitad de jornada, paramos para descansar y recuperar fuerzas para la segunda mitad de la aventura. En el descanso nos comimos los bocadillos de beicon que hicimos por la mañana y que nos llevó una furgoneta que nos había estado siguiendo todo el tiempo desde que partimos río arriba. Además desde esta furgoneta nos fueros haciendo fotos. Fotos que muestran la primera parte de la travesía cuando todavía estábamos frescos y con fuerzas, a medida que fuimos avanzando, evitando caídas, dejando de sentir nuestras extremidades, las fuerzas empezaron a desaparecer y solo quedaban las ganas. Una de las peores cosas que recuerdo de aquella aventura fluvial, era que las manos se me pusieron moradas, del mismo tono que una lombarda, cada dos por tres me ponía a dar palmas, como un gitano encima de un tablao flamenco, pero sin guitarras de fondo. Gajes del oficio, si se quería disfrutar del rafting había que pasar esa penitencia.

Tras el descanso para comer reanudados la marcha. Ni diez minutos tuvimos de descanso. En esta segunda parte pasamos a ser siete los tripulantes de la lancha, más el monitor, ya que una de las parejas que venían con nosotros no habían contratado el descenso completo en rafting. La segunda etapa de nuestro descenso fue más tranquila en general, aunque los rápidos eran mucho más violentos que en la primera parte. Ya eran unos rápidos de cierta entidad, con muchas rocas, ramas de árboles, y sobre todo muy largos, durante los cuales había que mantener la tensión todo el tiempo porque si no podías terminar dándote un baño, que no te apetecía darte. En uno de estos largos rápidos, yo estuve a punto de caerme al agua, pero para evitarlo solté el remo que llevaba y me agarré a la balsa. En un primer momento pensé en no decir que había perdido un remo, pero al final lo dije y tuvimos que frenar nuestro avance para buscarlo. Dio la casualidad de que el remo se había metido en un remolino de agua cerca de unas rocas que impedían que saliera a la superficie, estuvimos unos minutos esperando a que apareciera. A mí la verdad es que daba un poco de vergüenza por haber sido el único al que se le había caído el remo, pero al menos los allí presentes me recordarán como el cobarde que tiró el remo al agua para salvarse del gélido chapuzón, ¡con un par!

Nuestra aventura acabó pasado el pueblo de Gerri de la Sal, tras haber pasado bajo su puente. La verdad es que fue uno de los momentos más bonitos que recuerdo subido a aquella lancha, básicamente porque sabía que estábamos acabando, estaba muerto de frío y de cansancio, y lo único que ya podía hacer era contemplar el magnífico y grandioso paisaje que nos rodeaba por los cuatro costados. Al acabar tuvimos que sacar nosotros mismos la lancha del agua y cargarla al remolque de la furgoneta que nos llevó de vuelta a Llavorsí.

Una vez dentro de la furgoneta, remontando el río como si fuéramos salmones camino del desove pero al contrario que éstos nosotros por el duro y abrasivo asfalto, por aquella carretera que no se separa nunca del río a quien acompaña en gran parte de su curso pudimos al final descansar después de una larga travesía fluvial jalonada de tensión por remolinos y rápidos. En ese trayecto me salió todo el cansancio acumulado durante la jornada. Nadia hablada dentro de la furgoneta, el silencio me volvió a hacer recordar donde estábamos y qué habíamos hecho aquel día; pensaba en que si no hubiera conocido a las personas con las que iba en la furgoneta no estaría allí y no lo hubiera pasado tan bien haciendo rafting (aunque a con el tiempo a una persona me hubiera más gustado no conocer). En la tranquilidad que proporcionaba la furgoneta pude al fin recuperar aquellas imágenes que mi mente había cogido desde la lancha pero que no pude disfrutar por tener que estar pendiente del río: los árboles que acercaban sus ramas al cauce como queriendo beber de aquellas aguas, las rocas depositadas por gigantes en medio de la corriente, las altas y escarpadas montañas que se erguían en ocasiones a ambos márgenes del río empequeñeciéndolo. Toda había pasado ya. Volvíamos a Llavorsí, muertos todos de cansancio, algunos incluso dando alguna pequeña cabezada, todos muertos de frío. Un frío que fue entonces cuando más cruel se mostró. El estar dentro del agua había hecho que se enmascararan sus efectos gracias a que llevábamos pies y manos congeladas. Una vez fuera, nuestros pies y manos debían recobrar su estado natural, el calor corporal tan anhelado en ciertas ocasiones. La congelación fue rápida y casi no se notó, pero la descongelación fue dolorosa. Mis manos me ardían como si estuviesen puestas en la parrilla de San Lorenzo a merced de un fuego invisible. Pronto pasó el dolor y mis manos dejaron atrás el color morado para recobrar su tonalidad normal. Ya habíamos llegado de vuelta a Llavorsí. Lo primero que hicimos fue darnos una ducha. Por fin agua caliente. Vida de nuevo.

Antes de volver al piso, cogimos las fotos que nos habían estado haciendo durante la travesía. Una vez de vuelta a casa cenamos, y descansamos al fin en el sofá. Estábamos muertos, al menos yo, pero sacamos fuerzas para intentar ver una película: “La vida de Brian” de los Monty Piton. Poco duraron algunos viéndola, entre ellos nuestro guía que claudicó pronto a los designios de Morfeo, y también la valiente dama cuya cabeza terminó reposando en mi hombro, convertido momentáneamente en cómoda almohada dispuesta para su reposo. Nunca había visto la película y la verdad es que aunque graciosa, no estuvo a las expectativas que tenía yo de ella. Terminada la proyección cada mochuelo volvió a su nido, dispuestos a aprovechar cada minuto de la larga y oscura noche para descansar todo lo posible y afrontar el día siguiente con fuerzas y ganas. Y Morfeo, envuelto en la manta de la noche nos envolvió a todos.

Continuará…


Caronte.

domingo, 16 de marzo de 2014

Aguas rápidas, fría nieve, montaña silenciosa (Parte I)

La noche ya se estaba abriendo paso entre las altas cumbres de los Pirineos leridanos. Las sombras cada vez se alargaban más hasta que desaparecían cubriéndolo todo. La poca claridad que quedaba nos dio la bienvenida a Llavorsí, un pequeño pueblo de calles empinadas y estrechas por las que apenas cabía un coche, y esquinas cubiertas con placas de hielo con las que tenías que tener mucho cuidado si no querías dar con tus huesos en el suelo. Nuestra casa rural se encontraba en el centro del pueblo, en un edificio antiguo aunque reformado con las máximas comodidades que el siglo XXI también ha llevado hasta estos remotos valles pirenaicos. Las farolas terminaban de encenderse y nosotros empezábamos a instalarnos.

Hace ya un año de aquella escapada montañera que realicé con tres amigos y una amiga, muy valiente por cierto por irse ella sola con cuatro chicos a un pueblo aislado de los Pirineos. Hace un año, pero parecen muchos más en mi memoria. Parece que haya pasado mucho más tiempo. La primera jornada de aquel viaje empezó pronto por la mañana en Madrid, donde yo me tenía que encargar de recoger a dos de los miembros de la expedición hacia el norte, a mi valiente amiga y a alguien al que un día consideré y quise como un hermano pero que a la postre hubiera preferido no tener que recoger nunca. Desde Madrid nos dirigimos los tres hasta el punto de encuentro con los otros dos miembros del grupo: nuestro chófer y nuestro guía, ambos buenos aventureros, sin los cuales esta aventura que comenzaba en aquel momento no hubiera sido igual.

El viaje iba a ser largo, teníamos que atravesar media España para llegar al corazón de los Pirineos, por eso la música era imprescindible. Cada miembro de la expedición eligió veinte canciones de su gusto para llevar en el coche, y una vez mezcladas todas irían sonando para amenizar nuestra larga marcha al norte. Aún así, el viaje fue tan largo que dio tiempo a que se escucharan de nuevo alguna que otra canción. Gracias a esta amalgama de canciones pude descubrir algún que otro grupo u género musical que tras el viaje se incorporaron a mi propio repertorio.

Paramos a comer en la ciudad de Lérida, o Lleida como la llaman en el dialecto local. No nos complicamos la vida y fuimos a un restaurante típico ya en cualquier ciudad española, un wok. Después de comer, una vez recuperamos las fuerzas y descansamos, hicimos acopio de vituallas, para poder pasar las tres noches que íbamos a pasar en Llavorsí comiendo bien. Si el coche iba ya hasta arriba con nuestros respectivos equipajes y sacos de dormir, ya que en el apartamento no nos daban más que las camas sin una mísera sábana con la que cubrirnos en las frías noches norteñas, cuando metimos toda la compra que hicimos más que coche aquello parecía una furgoneta de carga y descarga. Éramos los roper. Llevábamos comida por todo el habitáculo del coche, entre nuestras piernas, en la bandeja trasera, en el salpicadero. Tuvimos que hacer un verdadero juego de tetris para poder encajar toda la compra en el maletero. El retrovisor interior del coche pasó a ser un elemento decorativo y se dejó su funcionalidad en Lérida, ya que no se veía absolutamente nada por la luna trasera del coche. Como ejemplo de esta situación, tan surrealista para mí, he de decir que llevábamos una docena de huevos instalada en el salpicadero del coche, como si fuera un aparato de GPS que nos estuviera dando la ruta a seguir.

Una vez hecho acopio de las provisiones necesarias, reiniciamos nuestro camino hacia la montaña. Atisbamos a los primeros emisarios de los Pirineos cuando el Sol dejaba ya un rastro anaranjado, casi dorado sobre los campos, la carretera y las montañas. Nos adentramos en una serie de valles que nos conducirían solos hasta nuestro destino. La luz y las sombras empezaron a jugar entre las ya muy altas montañas, que preludian las altas cumbres catalanas. El paisaje que íbamos dejando atrás era bellísimo. Ya no llevábamos música, simplemente contemplábamos la majestuosidad y la grandeza de la montaña, pétrea, quieta, fría. No era necesario escuchar nada más que el ruido que hacía el coche deslizándose por esa carretera que abrazaba al valle y se amoldaba al mismo, como queriendo formar parte de una naturaleza grandiosa. En ese momento para mí desapareció todo, y solo me quedé con las montañas, con su silenciosa compañía, pensando, sintiéndome sobrecogido, menguado como si fuera una hormiga, contemplando los rasgos más visibles de la fuerza de la tierra, las montañas; fuerza pretérita, ya apagada pero que sigue estando presente. Durante los segundo, o incluso minutos, en los que todo a mi alrededor desapareció, sentí una paz inmensa. Era feliz.

Una vez pasado un primer tramo de valle angosto, pasamos a otro algo más abierto y que permitía contemplar con mayor facilidad la grandeza de las montañas que nos acogían en su seno. El Sol ya sólo iluminaba la parte más altas de las montañas, aunque todavía si encontraba huecos en el conjunto de las montañas se dejaba querer algo más. Los cinco ocupantes del coche sabíamos que íbamos a llegar a nuestro destino cuando el Sol ya se hubiera puesto, o estuviese a punto de hacerlo. Pero nos daba igual, teníamos ganas de llegar a Llavorsí, descansar y disfrutar de los días que teníamos por delante entre amigos (todavía por aquel entonces todos amigos).

En este segundo valle que nos terminaría conduciendo hasta nuestra casa, al menos por unos días, se iban sucediendo pequeños pueblos, por los que pasábamos como una exhalación pero que podías ver que tenían su encanto. Además llevábamos siempre por compañía, indistintamente a derecha o a izquierda al río, al Noguera Pallaresa. Río que al día siguiente nos conocería y al que tendríamos que rendir cuentas. Pero no adelanto acontecimientos. El río como he dicho nos acompañaría hasta nuestro destino. La carretera seguía siempre su curso, bailaba con él una especia de vals arrítmico, que permitía que todos los que íbamos en el coche pudiéramos contemplar ese río de aguas rápidas que precipitaban rápidamente queriendo buscar un compañero que le acompañara hasta el tan anhelado mar.

Entre los pueblos que recuerdo pasar y que intentaba fijar en mi memoria, para no olvidar aquella aventura a la que me había lanzado con un grupo de amigos, están Gerri de la Sal, Sort y Rialp, que son los pueblos inmediatamente anteriores a Llavorsí, nuestro centro de operaciones. El más grande de todos ellos Sort, famoso en toda España porque alberga la administración de loterías más famosa de España la Bruixa d’Or, aunque de oro son sus propietarios que por supersticiones de la gente ven como miles de personas compran allí sus décimos de lotería. Los otros dos pueblos son meras pedanías, apenas una fila de casas agrupadas a ambos márgenes de la carretera. Mención aparte requerirá más adelante Gerri de la Sal, con su puente e iglesia al otro lado del río.

Por mucho que el Sol hizo por aguantar hasta vernos arrivar a nuestro destino, le fue imposible. El día había sido muy largo, pero al fin estábamos en Llavorsí. Por muchas fotos que hubiera visto en Google Earth de este pueblo, ninguna hubiera mostrado la verdadera belleza de este pueblecito de casas de piedra y tejados negros de pizarra, enclavado en un quiebro del Noguera Pallaresa que abraza al pueblo como si fueran dos furtivos amantes. Cuando aparcamos el coche ya ni siquiera las cumbres de las altas montañas entre las cuales nos encontrábamos quedaban iluminadas por los últimos rayos de sol. Si costó meter todo el equipaje y posteriormente la comida en el maletero, no fue más sencillo sacarlo todo y llevarlo hasta el apartamento, más aún teniendo en cuenta que habíamos aparcado algo alejados de él por la difícil conducción que hubiera supuesto para los que no estamos acostumbrados circular por las empinadas calles del pueblo. Pero se consiguió. Logramos llegar hasta el piso. Tomamos posesión del castillo. El castillo, como me he permitido llamarlo de manera poética, me resultó bastante más cómodo que lo que a simple vista y por las fotos que había visto me había parecido. Había tres habitaciones, una con cama de matrimonio, agenciada directamente por nuestra valiente dama; y otras dos habitaciones con literas. Yo me acomodé con el guía aventurero de nuestra expedición, y el chófer que nos condujo tan hábilmente hasta Llavorsí compartió habitáculo con el quinto miembro del grupo.

Una vez instalados y cenados, nos fuimos directamente a dormir. Estábamos muertos, al menos yo. Para mí había sido un día de muchos sentimientos todos ellos buenos, y sólo era el primero de los que iba a pasar con esta tropa. El cansancio salió solo, por lo que tras decidir el planning para el día siguiente cada mochuelo se marchó a su olivo, en este caso saco de dormir. Si este primer día fue duro, y estuvo cargado de emociones y experiencias que difícilmente podré olvidar, para bien o para mal, el día que nos esperaba cuando el Sol volviera a lucir sus esplendidos y cálidos rayos a la mañana siguiente no se quedó a la zaga. Pero eso ya es harina de otro costal.

Continuará…


Caronte.

martes, 11 de marzo de 2014

Blanca luz de invierno

Después de un largo letargo, cuando el invierno está dando sus últimos estertores de vida, el Sol vuelve a la vida, vuelve a calentar. Empiezan a sobrar prendas de ropa en determinados momentos del día. Los más valientes incluso se atreven con el pantalón corto; las más atrevidas con los tirantes. Sin embargo las mañanas siguen siendo frías, siguen siendo territorio del invierno, ni la primavera ni el Sol todavía tienen fuerzas suficientes para poder con la noche. La combinación de noches frías y días cálidos es típica de este mes de marzo; un incordio para los que salimos pronto por las mañanas para ir a la universidad, lo que nos obliga a ir abrigados y volvemos a mediodía, con el abrigo colgado del brazo como si una chulapa en San Isidro se tratara.


El señor invierno sabe que le quedan “dos telediarios” pero se resigna a que le olvidemos rápidamente. Pero el tiempo es imparable, solo la muerte puede con él. No me gusta la primavera por muchas razones: por la astenia primaveral, por la alergia, por lo que he dicho antes sobre las noches frías y los días cálidas, por el desprecio de la gente al frío señor invierno que tantas buenas cosas trae (la nieve, la Navidad, el Año Nuevo, los polvorones, los Reyes Magos, etc.), y por asuntos más personales que hoy no es momento de exponer. Sin embargo hay una cosa de este interludio entre el invierno y la primavera que he descubierto este año: la luz.

La luz de finales de invierno es una de las más hermosas que se pueden contemplar a lo largo del año, al menos en Madrid. Las auroras boreales, las primeras luces de los equinoccios de invierno y verano, las hogueras de San Juan, no dudo que estas luces sean impresionantes y que incluso tengan un significado mítico, místico o fiestero que emociones y alegre los corazones, pero yo me quedo con la luz de finales de invierno que se da en Madrid. La luz de la que hablo se produce en el último tercio del día, cuando el Sol ya lleva tiempo descendiendo desde su cenit camino del horizonte, despertando a otras muchas partes del mundo. Es una luz blanca, limpia, clara; es una luz cálida cuyo roce sobre la piel reconforta, da fuerzas, produce inspiración, acompaña. Esta luz, sin embargo, a esta hora del día (en torno a las seis de la tarde) y en esta época del año, sólo es capaz de iluminar el último tercio de los edificios, dejándolos en un majestuoso juego de tonalidades y sombras, cuya simple admiración conmueve por ser capaz de transformar hasta al más feo de los edificios de Madrid.

Tengo la suerte de ir a una academia de francés situada en el centro de Madrid, en la Plaza de Santo Domingo, al lado de Callao. Esta zona de Madrid, hasta el Palacio Real, a sólo unos pasos de mi academia, se articula en torno a una serie de plazas a cada cual más íntima y bonita; plazas regias y señoriales, aunque tengan la Gran Vía (centro de la vanguardia madrileña) tan cerca. Las plazas de Ópera, Oriente, de la Encarnación y de la Marina Española (o como es más conocida Plaza del Senado, por acoger el edificio que alberga la cámara “alta” de las Cortes Españolas), forman una especie de constelación que sin seguir un planeamiento (urbanístico se entiende) regular definen, para mí, una de las zonas más bonitas de la capital madrileña. Estas plazas, arboladas todas (salvo Ópera, gracias a un Alcalde que iba a comisión según la cantidad de granito que ponía), con bancos para descansar, meditar o buscar inspiración, son el perfecto refugio contra el ruidoso y multitudinario Madrid.


Buscando dicho refugio estos últimos días, me topé con esa luz de la que he hablado, sin querer se cruzó en mi camino, la vi y la contemplé, pensando que era lo más hermoso que Madrid me había dado hasta entonces. Saliendo de la Plaza de Ópera por el lado derecho del Teatro Real, se llega a la Plaza de Oriente, al fondo de la cual gracias a eta maravillosa luz de invierno se oculta el Palacio de Oriente. Esta luz, que también es muy egoísta y pretende guardar toda la belleza para ella misma, sólo deja vislumbrar el perfil del Palacio, pero es suficiente para verlo. Gracias a la desnudez de los árboles, que para comenzar su largo letargo invernal se despojan de todo equipaje estival, esta luz se filtra a través del esqueleto de los mismos generando sombras increíbles, brillos, destellos, deslumbramientos. Esta luz es la primera luz que trae vida al mundo tras el invierno, es que pregonera de la llegada de la primavera, pero es también el último regalo que el señor invierno, ese viejo con mal temperamento, nos brinda para que la disfrutemos porque en el fondo ese viejo no es tan gruñón como lo pintan.

Quedan ya pocos días para poder contemplar esta luz, a medida que los días se van alargando y el Sol se eleva más en el firmamento, esta luz se vuelve más impersonal, pierde esa intimidad que le confiere el invierno, cuando se sabe poco observada por unos ciudadanos más preocupados de protegerse del frío u oculta entre las nubes que el cascarrabias del invierno manda para asustarnos. Además en unas semanas tendremos que adelantar los relojes, para ahorrar energía dicen, y entonces ya no se podrá contemplar más esta blanca luz de invierno, y tendremos que volver a esperar unos cuantos meses hasta que vuelva a dejarse ver por las fachadas de los edificios o entre las ramas de los árboles durmientes. Con esta luz también se marcha el invierno y empezamos ya a dar la bienvenida a la primavera y a la alegría. El Sol empieza a mostrar todo su poder y a inundar de vida a todos los seres vivientes que pisamos la tierra, algunos árboles empiezan a irse de compras y a vestirse de temporada para afrontar el período estival.

Se va la blanca luz de invierno, la más cálida que hay a lo largo del año porque, aunque parezca contradictorio, es la única luz que calienta los corazones cuando éstos más lo necesitan.


Caronte.

lunes, 10 de marzo de 2014

Truenos

Aquel día de marzo comenzó como cualquier otro día normal del año, sin embargo no sería un día cualquiera. Como todas la mañana en aquella época mi madre me despertó para ir al colegio, por aquel entonces tenía 12 años y me costaba mucho levantarme por las mañanas. Una vez levantado fui al baño a asearme para luego desayunar y marcharme a coger el autobús para ir al colegio. Una vez salí del baño con la cara lavada, y vestido, listo para desayunar, mi madre me dijo algo que estaba todo fuera de contexto – está tronando, ¿no lo has oído? –, yo la dije que no, que cómo iba a estar tronando si no estaba nublado, que habría sido algún camión que hubiera pasado por un bache y hubiera hecho mucho ruido. ¿Quién nos diría que esos truenos que oyó mi madre eran el preludio del día más trágico y triste de la historia reciente de España?


Así empezó para mí el día 11 de marzo de 2004. Eran apenas las 7:30 de la mañana cuando sonaron esos truenos. Truenos que no supimos que iban a ser las bombas que explotaron en los trenes de Santa Eugenia. La estación de cercanías de Santa Eugenia, está bastante cerca de mi casa, en línea recta, aunque físicamente esté la carretera de Valencia de por medio. No sería hasta avanzada la mañana cuando nos enteraríamos qué habían sido esos truenos que mi madre escuchó y que yo achaqué a un camión. La primera noticia que yo tuve sobre lo que había pasado ese día fue en clase, a segunda hora de la mañana, cuando el profesor nos dijo que había habido un accidente de trenes en Atocha y Santa Eugenia. En principio era eso un accidente de trenes. Nadie quería aventurarse a decir nada más, ni siquiera a pronunciar la palabra atentado. Eso se dejaría par más tarde.

Por aquel entonces yo me quedaba a comer en el colegio, y por tanto estaba completamente incomunicado con el mundo, como todos mis compañeros del colegio que también se quedaban a comer. Además no tenía móvil y por tanto tampoco pude llamar a mi madre para ver si sabía qué es lo que había pasado con esos trenes; todavía la sociedad estaba libre de la dictadura de las nuevas tecnologías.

A las tres de la tarde, cuando se entraba de vuelta al colegio para las dos últimas horas de clase, fue cuando ya me enteré de verdad de lo que estaba pasando en Madrid, vamos en España entera. Un atentado, eso era lo que habían sido esos truenos que mi madre había escuchado por la mañana cuando me estaba levantando. Todavía no se había dado la autoría, o no se atrevían a darla, teniendo en cuenta que había elecciones generales en tres días (el 14 de marzo). Fue mi profesor de Tecnología de entonces Don Ángel, uno de los mejores profesores que nunca he tenido y tendré, y al que más cariño he tenido siempre, con quien tenía buena relación el que me dijo qué es lo que había pasado. Fueron cuatro los trenes atacados esa mañana del 11 de marzo, en plena hora punta de entrada a trabajar y estudiar para la mayoría de las personas que viven en Madrid; uno en la estación de Atocha, otro en la calle Téllez, y otros dos más en las estaciones de cercanías de Santa Eugenia y El Pozo del Tío Raimundo.

Sin embargo no fue hasta por la tarde cuando me di cuenta de la magnitud de lo que había pasado aquella mañana de marzo, aquella mañana en la que el terror y la muerte se adueñó de Madrid, de España, de Europa. La autoría de los atentado que en un primer momento en gobierno de Aznar intentó atribuir a ETA, se vio pronto superada por la bestialidad de los atentado, y no es que ETA fuera incapaz de realizar barbaridades (no hay que olvidar Hipercor, o el atentado de la Plaza de la República Argentina) sino porque estaba claro que las pautas del atentado no se parecían en nada a la manera de atentar de la banda terrorista vasca. El gobierno de entonces intentó engañar a los españoles, en un momento en que deberían haber mostrado más dignidad que nunca. Recuerdo que aquella tarde y aquella noche se me hicieron muy largas. Recuerdo mucho silencio en la gente, caras de circunstancia, caras tristes en todo el mundo aunque la tragedia no les tocara. La mayor crueldad de aquellos atentados, que los yihadistas justificaron como castigo a España por su apoyo a los EEUU en la Guerra de Irak de 2003, está en que las 192 víctimas mortales eran personas de todas las edades que estaba empezando un nuevo día y que iban con más o menos ilusión a estudiar, a trabajar, a ver a alguien. Era gente inocente que nada tenía que ver con que un miserable lameculos como José María Aznar decidiera él solito meterse a apoyar al Presidente Bush, para poder alimentar su ego. Los 192 muertos y casi 1900 heridos, siempre estarán en la memoria colectiva de los ciudadanos españoles, y pesarán en la conciencia de aquellas personas responsables de tan cruel crimen.

De aquel fatídico día recuerdo también el testimonio de mi tío Antonio. Aquella mañana mi tío tenía que ir a trabajar por el sur de Madrid a un centro comercial que estaban construyendo, ya que es electricista, y tenía que coger la carretera de Valencia para llegar. Un par de días después de los atentados, con motivo del cumpleaños de mi madre, mis tíos vinieron a mi casa a tomar algo para celebrarlo y fue entonces cuando nos contó lo que él vivió. Nos dijo que al pasar con el coche por la A-3 a la altura de Santa Eugenia, muy cerca de nuestro barrio (ya que mis tíos viven a dos bloques de mi casa), vio uno de los trenes atacados con el techo de uno de los vagones totalmente levantado por efecto de la onda expansiva de la explosión. Como otros muchos conductores que pasaban por ahí, paró el coche para comprobar lo que sus ojos le decían que estaba pasando pero que su mente no podía asimilar. Aquel día también se suponía que tenían que ingresar a mi abuela en el Hospital 12 de Octubre para operarla de la rodilla, pero suspendieron la operación porque los hospitales de Madrid se saturaron y colapsaron, se llenaros de heridos y muertos, de personas con ataques de ansiedad, de familiares preguntando por sus seres queridos. Aquel día 11 de marzo no fue un día cualquiera para nadie, y creo que nadie lo podrá olvidad mientras viva.

Los días que siguieron a ese triste día, fueron días de pena, de pesar y de tristeza. Fueron días de luto y lloros por los que el odio se llevó por delante; fueron días muy duros para los familiares de las víctimas, muertos y heridos, pero también para todos los españoles. En aquellos días todos los madrileños se hermanaros y sintieron el mismo dolor que todas las familias y seres queridos de las víctimas. Todos los españoles se sintieron un poco madrileños e hicieron suyo el dolor y la tristeza que sentía la capital.

La tarde del día 12 de marzo Madrid fue un gran clamor contra el terrorismo, y en apoyo a todas las víctimas y sus familiares. Medio Madrid salió a la calle a manifestarse bajo un cielo totalmente cubierto, nunca tuvo más sentido la expresión que dice que el cielo no llueve sino llora, porque aquella tarde el cielo de Madrid se unió al sentimiento que llenaba los corazones de todos los españoles de bien. Aquella manifestación reunió a más de dos millones de personas por las calles de Madrid, por el Paseo del Prado, calle Alcalá, Glorieta de Atocha, en Sol; había gente por todas las calles aledañas a las grandes avenidas. No cabía ni un alma más. Aquella manifestación traspasó fronteras, vinieron a dar su apoyo el primer ministro italiano, el francés, el portugués y el presidente de la comisión europea; el Príncipe de Asturias también participó lo que supuso que por primera vez en la historia un miembro de la familia real se manifestara junto a toda la gente. Sin embargo, y como gritaba la gente, en esa manifestación no estaban todos, faltaban 200. Aquella tarde no sólo Madrid salió a la calle para recordar a las víctimas, todas las ciudades de España se solidarizaron con los madrileños, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao… Las muestras de dolor no solo vinieron de dentro de las fronteras españolas, también del resto del mundo, en especial de Europa, algunos países europeos decretaron luto nacional por estos atentados; incluso la guardia real inglesa, en su tradicional cambio de guardia, tocó el himno nacional español como muestra de respeto.

Ese mismo día 12 de marzo al mediodía se convocaron en toda España cinco minutos de silencio. Como era viernes tenía clase, pero cuando llegó el mediodía todo el colegio salió a la calle a las puertas del colegio para guardar los cinco minutos de silencio. Recordando esto ahora mismo se me está haciendo un nudo en la garganta y se me ponen los pelos de punta. La gente que pasaba por la calle haciendo su vida cuando nos veía se paraba y guardaba también silencio, incluso varios coches y autobuses de la EMT que pasaron por delante del colegio pararon para unirse al silencio. Había gente desde los balcones, desde muchos de los cuales colgaban sabanas blancas con un crespón negro en señal de luto. Recuerdo vivamente el silencio que se hizo en plena calle, un silencio raro, triste, conmovedor. Nadie miraba al frente: el cielo o el suelo eran los destinatarios de la mayoría de las miradas de los presentes, miradas perdidas, miradas que buscaban a los que ya no estaban.

Aquellos truenos que mi madre escuchó y siempre recordará, supusieron el mayor golpe contra la sociedad española desde la Guerra Civil. Aquellos truenos se grabaron en muchos corazones y perdurarán en la memoria de millones de personas. No deberíamos olvidad jamás a aquellos que ese día se nos fueron y a sus familias, para quienes el 11 de marzo es una fecha que preferirían eliminar del calendario para no recordar el dolor y la tristeza que sintieron en 2004. Han pasado ya 10 años de aquel maldito día, en el que Madrid, y España, quedaron heridos para siempre. Podría haber hablado aquí también de la panda de políticos miserables que en aquellos días gobernaban España y que intentaron mentir a toda la sociedad española, pero no se merecen siquiera eso; suficiente es que sobre sus conciencias pesen 192 muertos, casi 1900 heridos, y los miles de familiares de los mismos.

Así como nunca olvidaré el 11 de septiembre de 2001, el 11 de marzo de 2004 jamás podré borrarlo de mis recuerdos. La tristeza que en aquellos días sentí, aun sin conocer a nadie que fuera en los trenes, es muy difícil de contar, sólo sé que si el 11-S me marcó muchísimo y recuerdo perfectamente todo ese día, el 11-M fue aún más doloroso porque era mi ciudad, Madrid, la que estaba sufriendo un dolor semejante, dolor que también se contagió a mi corazón y que hace que cada vez que pienso en esos días se me forme un nudo en la garganta que tengo que controlar para no echarme a llorar. Aquel día fue el peor que ha vivido Madrid, y siempre lo tendremos que recordar, aunque los políticos intente usarlo para sacar algún beneficio electoral, lo que demuestra la poca altura de miras y moral que tienen.

Hoy, como todos los 11 de marzo es el día de recordar a los que aquel día triste, que parecía normal, nos dejaron. Por todos ellos.


Caronte.

domingo, 9 de marzo de 2014

Buscando un regalo; encontrando sorpresas

Tenía que comprar un regalo, y decidí ir al centro de Madrid sin tener una idea clara de lo que la iba a comprar. El destino eran los barrios de Chueca y Malasaña, donde había un par de tiendas en las que quería mirar por si había algo que me gustara. La tarde estaba espectacular, era el primer sábado del año en que el tiempo respetaba: el cielo estaba completamente despejado, y la temperatura era estupenda para pasear por el centro de Madrid. Cogí el metro en mi barrio a eso de las seis de la tarde, cuando el sol ya había empezado su descenso hacia el horizonte, aunque todavía le quedaba más de una hora antes de ponerse. Tuve que hacer transbordo en la estación de Núñez de Balboa. A medida que el metro se acercaba a la estación de Chueca éste se llenaba de gente de toda condición social: desde monjas, hasta rockeros con sus chaquetas de cuero y sus melenas largas, pasando por familias con sus hijos y parejas, tanto hetero como gays.

Me bajé en la estación de Chueca, justo en la plaza del mismo nombre. Plaza, la de Chueca, conocida por propios y extraños en Madrid, visita casi obligada para cualquier turista y por cómo estaba aquella tarde, lugar de referencia para tomarse algo sentado en una de las numerosas terrazas que los bares de la plaza instalan en el espacio público. ¡Cuánta vida respiraba Madrid! Y no es para menos después de un invierno muy frío y gris, que casi todos los fines de semana nos había regalado lluvias y mal tiempo y que arruinaba planes para salir. Pero parece que esto se estaba acabando y que la primavera estaba empezando a llegar, dando visos de que quería quedarse, aun cuando no había acabado el invierno todavía.

Una vez salí del metro me dirigí a mi primer destino, buscando un regalo que comprar. La librería a la que primero me dirigí estaba a un par de calle de la Plaza de Chueca, pera llegar tenía que atravesar la calle Hortaleza. Cuando llegué a dicha calle me sorprendió una melodía que se escuchaba a lo lejos. Como persona que ama Madrid y que siente curiosidad por todo aquello que sucede en esta maravillosa ciudad, me dirigí a ver qué era y de dónde venía esa música. La sorpresa que me llevé fue mayúscula. A medida que me acercaba a la música, ésta se fue haciendo cada vez más clara y nítida y pude distinguir ese sonido típico del metal, típico de Semana Santa, de banda de música popular, donde los únicos instrumentos son las trompetas, trompas, tubas y demás instrumentos de viento metal. Todos mis sentidos se asombraron de lo que los oídos estaban captando, y es que en las fechas que eran era raro que hubiese ninguna procesión religiosa por Madrid, y menos por ese barrio. Mi intuición no fallaba, no era una procesión, sino una simple banda de música que estaba interpretando My way en pleno centro de Madrid. ¡Alucinante! Es increíble lo que Madrid puede deparar a sus habitantes.

Una vez terminé de escuchar a la banda de música, me dirigí a la librería y retomé mi búsqueda de un regalo adecuado. El primer objetivo fue un fracaso, no encontré nada de lo que estaba buscando, nada me convenció. La verdad es que la librería me pareció demasiado snob para mi gusto. Una pena porque pensaba que sería una cosa diferente. Sin embargo no desistí en mi búsqueda del regalo perdido. Tenía otra opción, pero para llegar hasta mi segundo objetivo tenía que andar un poco, algo que no me importaba porque tenía que pasar del barrio de Chueca, al de Malasaña, y pasear por Madrid es uno de mis pasatiempos preferidos. Hasta allí encaminé mis pasos.

Para llegar a mi segundo objetivo tuve que atravesar una de las calles más famosas, concurridas y vivas de Madrid: la calle Fuencarral. No era la primera vez que pasaba por Fuencarral, pero sí fue la primera vez en que me fijé en los peatones que por ella transitaban. En la gente de Madrid. La calle estaba hasta arriba de gente: gente moderna, gente más clásica, gente desenfadada, gays, grupos de tribus urbanas, gente vestida de todas las maneras posibles y por haber, grupos de amigos, familias, parejas. Todos ellos conviviendo en un mismo espacio y compartiéndolo. Esto es lo que más me gusta de Madrid, o mejor dicho de esta parte de Madrid, la mezcolanza de personas de todo tipo. Como he dicho tuve que atravesar la calle Fuencarral y andarla durante un tramo, hasta que la abandoné. Cuando dejé atrás Fuencarral fui a dar con una plaza en la que nunca hasta entonces había estado, la Plaza de San Ildefonso, nombre dado por la iglesia que la preside. El descubrimiento de esta plaza continuó aumentando mi sorpresa y alegría por conocer más a mi Madrid. La plaza estaba llena de gente tomando algo en las terrazas de los bares, pero también en su interior, que estaban abarrotadas. Algo que siempre me ha llamado mucho la atención de Madrid, y es una de las cosas que más me gustan de mi ciudad es el ruido de la gente al charlar animadamente tomando algo en las terrazas. A mucha gente esto no le gusta, pero yo creo que es parte de nuestra forma de ser y por tanto  nos debemos sentir orgullosos de ello.

De la Plaza de San Ildefonso sale la Corredera Alta de San Pedro, y al final de dicha calle estaba mi segundo objetivo aquella tarde. Este objetivo no era más que una tienda llena de cosas curiosas, destinada principalmente a regalos. En esta ocasión sí encontré aquello que buscaba (bueno buscar, buscar, no buscaba nada en concreto, lo que quería era encontrar algo). ¡Ya tenía regalo! Misión cumplida. El objetivo de mi misión aquella tarde ya lo había conseguido, por tanto me dediqué a dar una vuelta antes de volverme para mi casa. Todavía había luz y el sol no se había puesto; y además la tarde estaba buenísima, como muchas de las chicas con las que me cruzaba, ¡qué pena que sea tan sumamente tímido!

Tras comprar el regalo decidí ir a darme una vuelta por la Plaza del Dos de Mayo. La verdad es que no sabía muy bien cómo llegar hasta allí, aunque sabía más o menos dónde estaba. Madrid es sabia y sabe a conducir a aquéllas personas que quieren disfrutarla. No tardé en llegar hasta allí, guiado básicamente por mi intuición ya que sólo había estado por esas calles una vez en mi vida, y eso que tenía 22 años y que presumo de conocer Madrid. ¡Qué equivocado estoy, pues no me quedan sitios por descubrir en esta magnífica ciudad!

La Plaza del Dos de Mayo es el centro neurálgico del barrio de Malasaña, y uno de los lugares más concurridos por los madrileños. Está presidida en su centro por un arco de ladrillo y las esculturas de Daoiz y Velarde, héroes del levantamiento contra los franceses.  Aquella tarde, la plaza estaba abarrotada de gente, daba la impresión de ser una vieja plaza de barrio con sus columpios llenos de críos, las terrazas de los bares llenas de gente, los bancos que rodean la plaza ocupados por madres que vigilan a sus hijos, monjas, niñas comiéndose un helado, parejas disfrutando de una tarde preciosa, chavales jugando al fútbol delante del monumento al Levantamiento del Dos de Mayo. Quien podría imaginar que en pleno Madrid cosmopolita del siglo XXI, el siglo del individualismo todavía se encuentre un refugio para la alternancia entre las personas que permita socializar. ¡Madrid es increíble!

Aún me quedaba una sorpresa más que descubrir antes de volverme a mi casa, y es que escondida en una de las esquinas de la Plaza del Dos de Mayo me llamó la atención un puesto de libros de segunda mano. Me acerqué a dicho puesto y vi que pertenecía a una librería El Rincón de Lectura. La librería no era más grande que el salón de mi casa, pero tenía las cuatro paredes forradas de estanterías desde el suelo hasta el techo, y a su vez las estanterías estaban atestadas de libros, todos usados pero casi como nuevos y a un precio escandaloso. Decidí comprarme dos libros en aquella tienda, ¿cómo iba a dejar pasar esa oportunidad que el destino me había brindado? Los libros escogidos fueron, “La fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa, y “Corazón tan blanco” de Javier Marías, ninguno era de bolsillo y solo me costaron 10€ los dos.

Me es muy complicado expresar con palabras sentimientos que es necesario vivir para poder llegar a entender completamente. Si dijera que aquella tarde mi corazón se intentaba salir de mi pecho de lo contento y alegre que me encontraba por descubrir ese Madrid vivo y multicultural del que tanto he oído hablar. También se sentía muy orgulloso. Orgulloso de que Madrid sea así y que por suerte esta parte de Madrid y este espíritu tan propio no se hayan visto todavía contaminados por el siglo XXI y por el desapego social que impera en otras ciudades, e incluso en otras partes Madrid. Orgulloso de la gente de Madrid, de los madrileños que hacen de esta ciudad la maravilla que es, y de la que estoy empezando a sentirme parte, aunque por aspecto, como un buen amigo mío me dice, pego más en zonas de Madrid menos tolerantes y más cerradas de mentalidad. La única pego que le puedo poner a todos estos sentimientos y que también sentí aquella tarde, es que no tuviera ni tenga a nadie con quien compartir esos sentimientos y esa alegría que siento por Madrid, que no pudiera disfrutar de esa magnífica tarde que preludiaba la primavera con mi novia, porque no la tengo.


Caronte.

jueves, 6 de marzo de 2014

Un - Dos - Tres - Crítica: "The Monuments Men"

En cuanto vi por primera vez en la televisión, más concretamente en el telediario, la noticia de que George Clooney estaba preparando una película sobre la IIGM, todos mis radares se pusieron alerta para saber cuándo saldría a la luz dicha película. Una vez supe cuándo sería el estreno me puse a organizar cuándo iría a verla y se lo propuse a las dos personas con las que sé que puedo contar para ir al cine porque la mayoría de las veces, salvo cuando quiero ver una película muy de mi gusto, me van a decir que sí. Fue el viernes pasado, último día de febrero, una semana después de su estreno oficial, cuando por fin fui a ver esta película que llevaba tanto tiempo esperando: “The Monuments Men”.


Lo primero que quiero decir es que esta película está basada en un libro, de título igual al de la película, del escritor Robert M. Edsel, que narra la historia de un grupo de militares expertos en arte y otras ciencias relacionadas encargados de proteger y salvaguardar las más importante obras de arte de la historia de la humanidad del saqueo y destrucción de los nazis durante la IIGM. El libro, así como la película, narran una historia real, aunque en la película se le da algún que otro toque de humor para hacerla algo más atractiva. He de decir también que no he leído el libro y por tanto no puedo realizar ninguna odiosa comparación entre el mismo y la película. La historia que cuenta la película es más que interesante, y la verdad es que a mucha gente puede que le sorprenda tanto como a mí el saber que durante la IIGM, período infausto de la más reciente historia del mundo durante el cual se cometieron los más desoladores crímenes contra la humanidad y el ser humano mostró cuán cruel puede llegar a ser, un grupo de soldados se encargaran, no de luchar cuerpo a cuerpo con los nazis para liberar Europa de la tiranía de Hitler, sino que dedicaran sus esfuerzos a intentar localizar el paradero de gran cantidad de obras de arte que los alemanes iban robando allá por donde pasaban. Es muy interesante, y a la vez triste, darse cuenta que Hitler amaba más un cuadro de Rembrandt o una escultura de Miguel Ángel que la vida de un ser humano, y sólo porque quería crear un gran museo en Alemania donde se expondrían las grandes obras maestras de la humanidad. Todo para seguir engrandando su megalomanía.

Centrándonos ya sí en la película propiamente dicha, la verdad es que a quien de verdad le guste el cine esta película al menos le tendría que llamar la atención por el gran plantel de estrellas que participan en ella: Cate Blanchet, Matt Damon, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, y el propio George Clooney. Viendo la película uno tiene la sensación de que se lo han tenido que pasar en grande rodándola, se nota que los actores estaban a gusto y que se llevan bien, y esto siempre es un gustazo porque repercute en las interpretaciones. A mí lo primero que me llamó la atención de la película, cuando escuché que Clooney estaba preparándola, fue la temática, la IIGM es algo que me apasiona; pero cuando supe quiénes iban a ser los actores ese entusiasmo se convirtió en euforia, ya que en “The Monuments Men” participan algunos de los actores a los que más cariño tengo, como Bill Murray y John Goodman. No obstante, que nadie se lleva a engaño, los protagonistas de la historia son Clooney y Damon. Para qué voy a mentir, ninguno de los dos protagonistas tiene su mejor papel en esta película, Clooney quizá porque estaría más preocupado de su faceta como director, y Damon supongo que quizá no se lo tomaba muy en serio, sino más bien como una reunión de amiguetes.

The Monuments Men” es una película divertida, aun estando ambientada en la IIGM y basada en una historia real. No es tronchante, también hay que decirlo, pero es amena que en el fondo es lo que se busca al ir al cine. La verdad es que es de agradecer que Clooney haya encontrado la manera de contar parte de la historia de la IIGM de una manera desenfadada; de descubrir al espectador una historia más que interesante y desconocida por muchas personas, entre las que me incluyo. El tema central alrededor del cual gira la película, aparte de intentar salvar de los nazis el mayor número de obras de arte posibles, es la recuperación de un retablo flamenco de la Catedral de Gante, y una Virgen con el Niño de Miguel Ángel. Películas sobre la IIGM hay muchas y para todos los gustos, desde “Patton”, hasta “La lista de Schinlder” pasando por “Salvar al soldado Ryan”, pero en todas ellas el denominador común es mostrar la barbarie de aquella guerra y los horrores de los nazis. En ninguna película conocida sobre la IIGM se ha tratado nunca ningún tema diferente, hasta que ha llegad Clooney y su “The Monuments Men”. Al menos gracias por esto.

De las pocas pegas que le pongo a la película es al propio Clooney pero ahora en su faceta de director. Creo que todavía le falta rodar alguna que otra película de carácter desenfadado más para poder dar el ritmo necesario a este tipo de películas; es posible que a las películas más “serias” como “Buenas noches, y buena suerte” le haya cogido el pulso, pero para una película a la que quiere dar un toque de humor tienes que llevar otro ritmo, porque si no los toques de humor quedan completamente desdibujados. Esto último pasa en parte en “The Monuments Men”, Bill Murray y John Goodman, dan buenos toques de humor, hacen hasta gracia, pero de vez en cuando Clooney decide ponerse metafísico y termina por cortar el rollo, al menos esa es la sensación que yo tuve en algún que otro momento durante la película. Para ser la primera película en la que Clooney mezcla seriedad (al narrar una historia real) con toques de humor, el resultado no es del todo malo, aunque es mejorable.

A pesar de esta falta de práctica por parte de Clooney, salí del cine con muy buen sabor de boca, no solo por haber ido acompañado de dos amigos a ver esta película, sino porque en conjunto ésta me pareció entretenida. Difícilmente podría haber salido muy contrariado teniendo en cuenta mi debilidad por Bill Murray o John Goodman, actores por los que siento especial aprecio y admiración, debido a películas como “Space Jump” del primero, y “Los Picapiedra” del segundo. Siempre es una delicia ver a estos dos grandes actores en una película aunque sea en papeles secundarios.

Antes de acabar me gustaría decir dos cosas más sobre “The Monuments Men”. Lo primero es que en la película hay dos momentos que a mí me pusieron los pelos de punta: uno de ellos es cuando Hitler se da cuenta que está empezando a perder la IIGM y que los aliados están descubriendo que está robando obras de arte y escondiéndolas en minas, y decide quemar y destruir todas las obras de arte para evitar que se recuperen; el otro momento es cuando el grupo liderado por Clooney descubre unos barriles llenos de anillos de oro y dientes del mismo metal, no creo que sea necesario explicar qué son y de dónde proceden, ya que la imagen habla por sí sola. Además de esto, también quiero decir que como buena película americana, no le faltan americanadas. Y es que al final de la película, cuando Hitler ya ha sido derrotado, hay una escena en la que americanos y rusos pugnan por llegar primero a una mina llena de obras de arte, y son los americanos los que salen vencedores de esta “carrera” y dejan como regalito a los rusos una bandera americana. Esto último sinceramente no me gustó, creo que sobraba ese gesto.

Por tanto, mi recomendación personal es que quien quiera pasar un buen rato viendo una película entretenida llena de grandes actores, “The Monuments Men” es su película. No esperen un peliculón de esos que te terminan poniendo los pelos de punta, porque esta película no es así, a Clooney le falta todavía muchas horas de rodaje para conseguir algo así, pero va por buen camino.


Caronte.

domingo, 2 de marzo de 2014

Y el tío Oscar es para......

Que noche más larga le espera a alguno en Los Ángeles. Tensión, nervios, ilusión. Todo tipo de sentimientos se dan cita esta noche en la ciudad de las estrellas, donde el cine cobra su máxima expresión, donde la ficción cobra vida, y donde nadie es quien dice ser. Esta noche se entregan en el Teatro Dolby de Los Ángeles los premios de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas Americana, vamos para todos los mortales habidos y por haber, los Premios Oscars. Una estatuilla dorada que representa a un señor desnudo que sostiene una espada, esto es lo que todos los nominados esperan ganar esta noche, aunque digan que para ellos lo más importante es estar nominados. ¡Ja! Y un cuerno. Lo que quieren todos, es poder sostener en sus manos al Tío Oscar, y poder ponerlo en su salón donde más luzca.


Los nervios que esta noche saldrán a flor de piel y se verán en la caras de los nominados cuando los nombren antes de decir quién es el ganador. Estos nervios empezaron allá por enero cuando se anunciaron las candidaturas. Fue en aquel momento cuando todas las apuestas empezaron a realizarse, y poco a poco mientras se iban entregando otros premios, a saber: los Globos de Oro, el premio del sindicato de actores, los Satellite, los Critic’s Choice, los BAFTA; poco a poco los favoritos fueron haciéndose más favoritos aún, o aquellos que en un primer momento parecían claros ganadores vieron desinfladas sus opciones. Esta noche todos saldremos de dudas.

Está claro que hay grandes favoritos y favoritas para conseguir la preciada estatuilla. Por el lado de las interpretaciones tenemos a Cate Blanchett que ceremonia tras ceremonia ha ido consiguiendo todos y cada uno de los premios a los que estaba nominada, y salvo catástrofe, esta australiana de 44 años conseguirá su segundo Oscar (el primero lo consiguió de la mano de Martin Scorsese por el El Aviador) por su papel en Blue Jasmine, película de Woody Allen. Todo lo que no sea un Oscar para Cate Blanchett será una sorpresa mayúscula, ya que nadie se espera lo contrario, a pesar del enorme plantel de actrices con las que tiene que competir: Judi Dench, Meryl Streep, Amy Adams y Sandra Bullock. Me gustaría destacar la enorme calidad de las actrices nominadas este año, todas tienen ya al tío Oscar en su casa salvo Amy Adams. Por su parte en la categoría de mejor actor principal, hay que resaltar que hay mucha más competencia que en la categoría de mejor actriz, y es que a pesar de la gran calidad de los nominados solo uno de los cinco ya sabe qué es ganar este premio. Sinceramente creo que va a ser Matthew McConaughey quien este año se alce con el Oscar, y es que es el que más ha sorprendido este año, teniendo en cuenta que se le tenía como un actor de comedias románticas y poco más. Por desgracia es posible que Leonardo Di Caprio se vuelva a quedar sin su Oscar, ¡y mira que lo intenta!

En la parte de las interpretaciones secundarias, el Oscar al mejor actor es muy posible que se lo lleve Jared Leto, compañero de McConaughey en la película Dallas Buyers Club (parece que las interpretaciones de sus actores ha gustado en general porque se están llevando casi todos los premios). Gane quien gane el Oscar a la mejor interpretación masculina de reparto cualquiera de los nominados se estrenarán recogiendo al Tío Oscar. En la categoría femenina de interpretación de reparto, solo dos de las nominadas, Jennifer Lawrence y Julia Roberts, tienen ya este premio; la gran favorita para llevárselo este año es Jennifer Lawrence por su papel en La Gran Estafa Americana, bajo permiso de la desconocida Lupita Nyong’o, que puede dar la sorpresa, ya que a Hollywood le gusta mucho hacer el paripé dando Oscars a gente que en la vida va a volver a conseguir uno. De todas maneras la suerte está echada.

Para el premio gordo de la noche, aquel que todos esperamos como agua de mayo, el Oscar a Mejor Película, tres son las grandes favoritas para alzarse con él, según mi opinión, a saber: 12 Años de Esclavitud, de Steve McQueen, drama sobre la esclavitud en EEUU; Gravity de Alfonso Cuarón, película de ciencia ficción que se desarrolla en el espacio; y El Lobo de Wall Street del gran Martin Scorsese, que narra la frenética y alocada vida de un bróker de Wall Street. Si tengo que ser sincero, yo no he visto ninguna de estas grandes favoritas, pero por comentarios de amigos que si han visto alguna puedo decir que de las tres las que más papeletas tiene para alzarse con la dorada estatuilla es 12 Años de Esclavitud, ya que el tema de la esclavitud y la igualdad entre negros y blancos sigue siendo un tema recurrente en Hollywood y suelen gustar mucho los dramas relacionados con ello (pasa algo semejante en España, pero en nuestro caso con la Guerra Civil y las represalias a los rojos derrotados, siempre estamos con lo mismo). En el fondo ninguna de las tres películas que he nombrado como favoritas me llaman la atención lo más mínimo: Scorsese termina por cansarme, ya que siempre recurre a lo mismo, películas en los que se retrata a lo peor del ser humano, excesivamente larga de metraje para mi gusto; la ciencia ficción nunca me ha llamado la atención, y menos aún cuando Gravity solo cuenta con dos protagonistas, ¡qué pereza!; y los dramas sobre esclavitud y maltrato hacia las personas de color me resultan repetitivos y de sobra conocidos. Sin embargo, siendo como son los Oscars todo puede ocurrir, y a lo mejor hay sorpresa y ninguna de las tres películas que he nombrado se lleva el premio gordo. Una cosa que si tengo clara es que los premios a Mejor Película y Mejor director no van a coincidir este año, cosa que considero frivolidades de Hollywood, ya que no veo normal que se considere como Mejor Película a una cinta y que no se premie al director de la misma, cuando suele ser este el ideólogo de la misma.

Algo que tengo claro es que es esta edición de los Premios Oscar no va a haber una gran triunfadora que vaya a arrasar en todo. Creo que los premios de este año van a estar muy repartidos. Los Oscars técnicos se los repartirán entre Gravity y La Gran Estafa Americana, muy probablemente. En cuanto a los mejores guiones, es muy posible que no coincidan con la ganadora a Mejor Película: el Mejor Guión Adaptado puede recaer en Philomena, mientras que el premio al Mejor Guión Original puede ser para Woody Allen con su película Blue Jasmine.

Gane quien gane esta noche, de lo que seguro se hablará mañana será de los modelitos de las actrices; quién ha dio la mejor vestida, quién la peor, cuál ha sido el traje más acertado, cuál el más hortera. No faltarán a la cita los despellejadores oficiales de las estrellas que buscarán cualquier excusa para meterse con ellas y criticar cualquier cosa. Tampoco faltarán mañana en los periódicos y las radios los críticos de cine poniendo de vuelta y media a la Academia del Cine Americana por no haber premiado a su película favorita y por haber hecho que sus predicciones fallaran en casi todos los premios gordos. Mientras escribo estas líneas en Hollywood está amaneciendo y los diferentes nominados estarán ya mordiéndose las uñas y preparando sus trajes y vestidos para esta noche estar deslumbrantes en las lujosa alfombra roja, alfombra que para algunos significará su camino al éxito y para otros a la decepción y la sonrisa forzada que deberán poner cuando no oigan su nombre.

A nivel particular mañana veré cuánto de lo que he escrito hoy se cumple y cuánto pasará a la historia sin convertirse en realidad. Yo también espero la ceremonia de esta noche con cierto nerviosismo ya que en mi Escuela, el Cineclub organiza todos los años una porra de los Oscars y desde primero la llevo haciendo, eso sí sin mucha suerte, y espero que antes de que deje la Escuela la suerte me sonría y gane yo también algo por esta noche. Y como diría Julio César: ALEA IACTA EST. Mucha suerte a los nominados y mañana felicitaré a los ganadores.


Caronte.